Home > ANTONIO MACHADO (1875 - 1939)

ANTONIO MACHADO (1875 - 1939)

           IES DO CASTRO            Departamento de Lingua castel�� e Literatura      Literaturas hisp��nicas   curso 2007 – 2008                  

 IES DO CASTRO            Departamento de Lingua castel�� e Literatura      Literaturas hisp��nicas   curso 2007– 2008                          

Antonio Machado (1875 - 1939)

       ��Soledades��

      XI

Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas!...

¿Ad��nde el camino ir��?

Yo voy cantando viajero.

a lo largo del sendero... 

—La tarde cayendo est��

��En el coraz��n ten��a

la espina de una pasi��n:

logr�� arranc��rmela un d��a

ya no siento el coraz��n.

Y todo el campo un momento

se queda. mudo y sombr��o,

meditando. Suena el viento

en los ��lamos del r��o.

La tarde m��s se oscurece

y el camino que serpea

y d��bilmente blanquea.

se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:

�� Aguda espina dorada.

qui��n le pudiera sentir

en el coraz��n clavada.��

 
 

      ��Del camino��

            XXI

   Daba el reloj las doce... y eran doce

golpes de azada en tierra...

¡Mi hora! —grit��— ... El silencio

me respondi��: —No temas;

  t�� no ver��s caer la ��ltima gota

que en la clepsidra tiembla.

Dormir��s muchas horas todav��a

sobre la orilla vieja,

y encontrar��s una mañana pura

amarrada tu barca a otra ribera.

 

      ��Canciones��

 

     XL    Inventario galante

 

Tus ojos me recuerdan

las noches de verano

negras noches sin luna:

orilla al mar salado,

y el chispear de estrellas

del cielo negro y bajo.

Tus ojos me recuerdan

las noches de verano,

los trigos requemados

y el suspirar de fuego

de los maduros campos.

      ( ...)

 
 
 
 
 
 
 

��Humorismos, fantas��as, apuntes��:

 

Los  grandes  inventos:

 

      XLVI La noria

La tarde ca��a

triste y polvorienta.

El agua cantaba

su copla plebeya

en los cangilones

de la noria lenta.

Soñaba la mula

¡pobre mula vieja!

al comp��s de sombra

que en el agua suena.

La tarde ca��a

triste y polvorienta.

Yo no s�� qu�� noble

divino poeta.

uni�� a la amargura

de la eterna rueda

la dulce armon��a

del agua que sueña,

y vend�� tus ojos,

¡pobre mula vieja!,

  M��s s�� que fue un noble,

divino poeta,

coraz��n maduro

de sombra y de ciencia

    XLVIII Las moscas

Vosotras, las familiares,

inevitables golosas,

vosotras, moscas vulgares,

me evoc��is todas las cosas.

¡Oh viejas moscas voraces

como abejas en abril,

viejas moscas pertinaces

sobre mi calva infantil!

      (...)

      ��Galer��as��

                LXVIII

Llam�� a mi coraz��n, un claro d��a,

con un perfume de jazm��n, el viento

—A cambio de este aroma,

todo el aroma de tus rosas quiero.

—No tengo flores rosas: flores

en mi jard��n no hay ya:

todas han muerto.

Me llevar�� los llantos de las fuentes,

las hojas amarillas y los mustios p��talos.

Y el viento huy��... Mi coraz��n sangraba...

Alma, ¿qu�� has hecho de tu pobre huerto?

 

      V��ase tambi��n: L.T. P.202: ��Esta luz de Sevilla...��

L.T. P.203: (Hast��o) ��El sol es un globo de fuego��

L.T. P.204: ��Castilla miserable, ayer dominadora��

L.T. P.205: ��(Jard��n)�� ��Las ascuas de un crep��sculo morado�� ��Todo pasa y todo queda�� y A Jos�� Mar��a Palacio.

L.T. 215: A un olmo seco.

 
 
 
 
 

Miguel de Unamuno (1864- 1936)

 

      A mi buitre

 

Este buitre voraz de ceño torvo

que me devora las entrañas fiero

y es mi ��nico constante compañero

labra mis penas con su pico corvo.

 

El d��a en que le toque el postrer sorbo

apurar de mi negra sangre, quiero

que me dej��is con ��l solo y señero

un momento, sin nadie como estorbo.

 

Pues quiero, triunfo haciendo mi agon��a

mientras ��l mi ��ltimo despojo traga,

sorprender en sus ojos la sombr��a

 

mirada al ver la suerte que le amaga

sin esta presa en que satisfac��a

el hambre atroz que nunca se le apaga.

 

      V��ase tambi��n:

L.T. P.211: Credo po��tico.

��Leer, leer, leer, vivir la vida��.

 

Juan Ram��n Jim��nez (1881 -1958)

 

Textos procedentes de Segunda antoloj��a

po��tica. Espasa Calpe, Madrid, 199614

 

      (...Et chaque feuille d��or tombe, l��heure venue

        Ainsi qu��un souvenir, lente, sur le gazon.

                                A. SAMAIN) 

   Una a una las hojas secas van cayendo

de mi coraz��n mustio, doliente y amarillo.

El agua que otro tiempo, sal��a de ��l, riendo,

est�� parada, negra, sin cielo ni estribillo.

   ¿Fue un sueño mi ��rbol verse, mi copa de frescura,

mi fuente entre las rosas, de sol y de canciones?

¿La primavera fue una triste locura?

¿Viento aquella florida bandada de ilusiones?

   Ser�� mi seco tronco, con su nido desierto;

y el ruiseñor que se miraba en la laguna,

callar��, espectro m��o, entre el ramaje yerto

hecho ceniza por la vejez de la luna.

                         p.129

 

      El poema

             1

¡No le toques ya m��s,

que as�� es la rosa!

            (Piedra y cielo)

 
 
 
 

      (1903 - 1904)

   Viento negro, luna blanca

Noche de Todos los Santos.

Fr��o. Las campanas todas

de la tierra est��n doblando.

El cielo, duro. Y su fondo

da un azul iluminado

de abajo, al romanticismo

de los secos campanarios.

   Faroles, flores, coronas

—¡campanas que est��n doblando!—

...Viento largo, luna grande,

noche de Todos los Santos.

   ...Yo voy muerto por la luz

agria de las calles; llamo

con todo el cuerpo a la vida;

quiero que me quieran; hablo

a todos los que me han hecho

mudo, y hablo sollozando,

roja de amor esta sangre

desdeñosa de mis labios.

   ¡Y quiero ser otro, y quiero

tener coraz��n, y brazos

infinitos, y sonrisas

inmensas, para los llantos

aquellos que dieron l��grimas

por mi culpa!

            ...Pero ¿acaso

puede hablar de sus rosales

un coraz��n sepulcrado?

   —¡Coraz��n, est��s bien muerto!

¡Mañana es tu aniversario!—

   Sentimentalismo. fr��o.

La ciudad est�� doblando.

Luna blanca, Viento negro.

Noche de Todos los Santos.

            p. 99 (Jardines m��sticos)  

 

       El viaje definitivo

...Y yo me ir��. Y se quedar��n los p��jaros cantando;

y se quedar�� mi huerto con su verde ��rbol,

y con su pozo blanco.

 

Todas las tardes, el cielo ser�� azul y pl��cido;

y tocar��n, como esta tarde est��n tocando,

las campanas del campanario.

 

Se morir��n aquellos que me amaron;

y el pueblo se har�� nuevo cada año;

y en el rinc��n aquel de mi huerto florido y encalado,

mi esp��ritu errar��, nost��ljico...

 

Y yo me ir��; y estar�� solo, sin hogar, sin ��rbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y pl��cido...

Y se quedar��n los p��jaros cantando.

                        (p. 167)

 

Abril ven��a, lleno

todo de flores amarillas:

amarillo el arroyo,

amarillo el vallado, la colina,

el cementerio de  los niños,

el huerto aquel donde el amor viv��a.

   El sol unj��a de amarillo el mundo,

con sus luces ca��das;

¡Ay, por los lirios ��ureos,

el agua de oro, tibia;

las amarillas mariposas

sobre las rosas amarillas!

   Guirnaldas amarillas escalaban

los ��rboles: el d��a

era una gracia perfumada de oro,

en un dorado despertar de vida.

Entre los huesos de los muertos,

abr��a Dios sus manos amarillas.

                        p. 142.

 

      (Balneario en octubre)

      (A Enrique D��ez-Canedo)

   El sol se cansa por la playa, solitario

como un fantasma, p��lido y pensativo.

El ocaso est�� hist��rico, abierto, milenario.

Reina el otoño ya, y todo es espresivo.

   ¡Inflamada elej��a de ausencia y desencanto!

Retamas mustias son el ��nico ornamento

de las arenas tristes. Es cual un camposanto

de m��danos y aguas, llorando por el viento.

   Aqu�� fueron un d��a, de pereza y de est��o,

la elegancia banal y el placer de la vida.

Ya al fin de la estaci��n, un triste amor sombr��o

se alejaba, al crep��sculo, por la costa encendida...

                                    p. 200.

      (TREN Y BUQUE)

  —¡Dulces luces azules de t��neles y puertos,

que alumbr��is solamente una flor, una onda;

que un��s, calladamente, entre la madrugada,

la frente y el cristal con estrellas remotas!—

  ¡Vueltas de los caminos, cuando desde el vag��n

se ve un anfiteatro de coches de caoba,

con niños de ojos tristes que nos miran de pronto,

la frente abierta por el viento de la aurora!

  ¡Buque oscuro que avanza entre buques dormidos,

lento, y para suave, el sueño de sus cosas;

que en la alta noche, plena ya de otro silencio,

ve casas espectrales, amarillas farolas.

                              p. 204.

 

            (Playa de otoño)

   ¡Vehemencia naranja del poniente!

—Nos deslumbraba el sentimiento—.

Solos en el silencio de la costa,

dondequiera que est��bamos,

¡est��bamos tan lejos!

   El enorme coloso del instante

nos lo aplastaba todo: fe, recuerdo,

felicidad, nostaljia,

porvenir y deseo...

   ¡Dondequiera que est��bamos

��ramos, nada m��s, dos tizos huecos!   (p.258)

 
 
 
 
 

      Vino, primero, pura,

vestida de inocencia.

Y la am�� como un niño.

   Luego se fue vistiendo

de no s�� qu�� ropajes.

Y la fui odiando sin saberlo.

   Lleg�� a ser una reina,

fastuosa de tesoros...

¡Qu�� iracundia de yel y sin sentido!

   ...Mas se fue desnudando.

Y yo le sonre��a.

   Se qued�� con la t��nica

de su inocencia antigua.

Cre�� de nuevo en ella.

   Y se quit�� la t��nica,

y apareci�� desnuda toda...

¡Oh pasi��n de mi vida, poes��a

desnuda, m��a para siempre!

                              (p. 308)

 

      Esparce octubre, al blando movimiento

del sur, las hojas ��ureas y las rojas,

y, en la ca��da clara de sus hojas,

se lleva al infinito el pensamiento.

   ¡Que noble paz en este alejamiento

de todo; oh prado bello, que deshojas

tus flores; oh agua fr��a ya, que mojas

con tu cristal estremecido el viento!

   ¡Encantamiento de oro! ¡C��rcel pura,

en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,

echado en el verdor de una colina!

   En una decadencia de hermosura,

la vida se desnuda y resplandece

a escelsitud de su verdad divina.

                  p. 273  (Recojimiento)

 

  Est�� tan puro ya mi coraz��n,

que lo mismo es que muera

o que cante.

   Puede llenar el libro de la vida,

o el libro de la muerte,

los dos en blanco para ��l,

que piensa y sueña.

Igual eternidad hallar�� en ambos.

Coraz��n, da lo mismo: muere o canta.

                        p. 321

      V��ase tambi��n:

L.T. P.206: ��Las campanas del convento��

L.T. P.207: Mar.

L.T. P.208: La fruta de mi flor.

L.T. P.209: Quien pasar��. El otoñado.

Intelijencia.

 

Valle-Incl��n poeta modernista  (1866-1936)

      V��ase: L.T. P.276: Decoraci��n.

 
 

Manuel Machado (1874 - 1947)

 

V��ase:

L.T. p. 211: Chouette. Ocaso. MUERTE.

Le��n Felipe (1884-1968)

SÉ TODOS LOS CUENTOS

Yo no s�� muchas cosas, es verdad.  
Digo tan s��lo lo que he visto.  
Y he visto:  
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,  
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,  
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,  
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,  
y que el miedo del hombre...  
ha inventado todos los cuentos.  
Yo no s�� muchas cosas, es verdad,  
pero me han dormido con todos los cuentos...  
y s�� todos los cuentos.

      V��ase tambi��n L.T. p. 297. Y ahora me voy.

Ram��n G��mez de la Serna (1888- 1963)

 

    GREGUERÍAS.

Esa cosa que tiene el piano de cola dentro como para tejer mantillas de madroños.

Lejanas velas como servilletas en las copas del banquete del mar.

El arco del viol��n cose como aguja con hilo notas y almas, almas y notas.

La sandalia es el bozal de los pies.

La linterna del acomodador nos deja una mancha de luz en  el traje.

De la nieve ca��da en los lagos nacen los cisnes.

Las primeras canas son los hilvanes de la vejez.

                  V��ase tambi��n L.T. P. 219

 
 
 
 
 
 

Gerardo Diego (1896 - 1987)

     Al cipr��s de Silos

Enhiesto surtidor de sombra y sueño

que acongojas el cielo con tu lanza.

Chorro que a las estrellas casi alcanza

devanado a s�� mismo en loco empeño.

M��stil de soledad, prodigio isleño,

lanza de fe, saeta de esperanza.

Hoy llego a ti riberas del Arlanza,

peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,

qu�� ansiedades sent�� de diluirme

y ascender como t�� vuelto en cristales,

como t��, negra torre de arduos filos,

ejemplo de delirios verticales,

mudo cipr��s en el fervor de Silos.

 

V��ase tambi��n: L.T. p. 216: Columpio. L.T. p. 163: Ajedrez. L.T. p. 171: Cauce.

 

Jorge Guill��n (1893 - 1984)

    Salvaci��n de la primavera

Ajustada a la sola

Desnudez de tu cuerpo,

Entre el aire y la luz

Eres puro elemento.

¡Eres! Y tan desnuda,

Tan continua, tan simple

Que el mundo vuelve a ser

F��bula irresistible.

(...)

      V��ase tambi��n p. 227: Muerte a lo lejos.

D��maso Alonso (1898 - 1990)

Oraci��n por la belleza de una muchacha

T�� le diste esa ardiente simetr��a

de los labios, con brasa de tu hondura,

y en dos enormes cauces de negrura,

simas de infinitud, luz de tu d��a;

esos bultos de nieve, que bull��a

al soliviar del lino la tersura,

y, prodigios de exacta arquitectura,

dos columnas que cantan tu armon��a.

Ay, t��, Señor, le diste esa ladera

que en un ��labe dulce se derrama,

miel secreta en el humo entredorado.

 

¿A qu�� tu poderosa mano espera?

Mortal belleza eternidad reclama.

¡dale la eternidad que le has negado!

      V��ase tambi��n: L.T. p.299: Insomnio.

 
 

federico Garc��a Lorca (1898 -1936)

  CANCIÓN DEL JINETE.

  En la luna negra

de los bandoleros, 

cantan las espuelas.

  Caballito negro.

¿D��nde llevas tu jinete muerto?

...Las duras espuelas

del bandido inm��vil 

que perdi�� las riendas.

  Caballito fr��o.

¡Qu�� perfume de flor de cuchillo!

  En la luna negra

sangraba el costado

de Sierra Morena.

  Caballito negro.

¿D��nde llevas tu jinete muerto?

  La noche espolea

sus negros ijares

clav��ndose estrellas.

Caballito fr��o.

¡Qu�� perfume de flor de cuchillo!

En la luna negra

¡un grito! y el cuerno

largo de la hoguera.

  Caballito negro.

¿D��nde llevas tu jinete muerto?

 

      CANCIÓN DEL JINETE.

C��rdoba.

Lejana y sola.

Jaca negra, luna grande,

y aceitunas en mi alforja.

Aunque sepa los caminos

yo nunca llegar�� a C��rdoba.

Por el llano, por el viento,

jaca negra, luna roja.

La muerte me est�� mirando

desde las torres de C��rdoba.

¡ Ay qu�� camino tan largo!

¡Ay mi jaca valerosa!

¡Ay, que la muerte me espera,

antes de llegar a C��rdoba!

C��rdoba.

Lejana y sola. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Llanto por Ignacio S��nchez Mej��as.

      Parte 2 La sangre derramada

¡Que no quiero verla!

   Dile a la luna que venga

que no quiero ver la sangre

de Ignacio sobre la arena.

   ¡Que no quiero verla!

La luna de par en par.

Caballo de nubes quietas,

y la plaza gris del sueño

con sauces en las barreras.

  ¡Que no quiero verla!

Que mi recuerdo se quema.

¡avisad a los jazmines

con su blancura pequeña!

   ¡Que no quiero verla!  (...)

            Parte 3.

      Cuerpo presente.

La piedra es una frente donde los sueños gimen

sin tener agua curva ni cipreses helados.

La piedra es una espalda para llevar al tiempo

con ��rboles de l��grimas y cintas y planetas.

 

   Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas

levantando sus tiernos brazos acribillados,

para no ser cazadas por la piedra tendida

que desata sus miembros sin empapar la sangre.

 

   Porque la piedra coge simientes y nublados,

esqueletos de alondras y lobos de penumbra;

pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,

sino plazas y plazas y otras plazas sin muro.

 

   Ya est�� sobre la piedra Ignacio el bien nacido.  
Ya se acab��; ¿qu�� pasa? Contemplad su figura:  
la muerte le ha cubierto de p��lidos azufres  
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

   Ya se acab��. La lluvia penetra por su boca.  
El aire como loco deja su pecho hundido,  
y el Amor, empapado con l��grimas de nieve,  
se calienta en la cumbre de las ganader��as.

   ¿Qu�� dicen? Un silencio con hedores reposa.  
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,  
con una forma clara que tuvo ruiseñores  
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.

 

V��ase tambi��n L.T. p. 174. M��s fragmentos

del Llanto...

V��ase tambi��n: L.T. p.231: La aurora. L.T. P.241: Reyerta L.T. P.287: fragmento de Bodas de Sangre: Luna.—

 
 

 

    PEQUEÑO VALS VIENÉS

 

En Viena hay diez muchachas,

un hombro donde solloza la muerte

y un bosque de palomas disecadas.

Hay un fragmento de la mañana

en el museo de la escarcha.

Hay un sal��n con mil ventanas

 

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals con la boca cerrada.

 

Este vals, este vals, este vals,

de s��, de muerte y de coñac

que moja su cola en el mar.

 

Te quiero, te quiero, te quiero,

con la butaca y el libro muerto,

por el melanc��lico pasillo,

en el oscuro desv��n del lirio,

en nuestra cama de la luna

y en la danza que sueña la tortuga.

 

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals de quebrada cintura.

 

En Viena hay cuatro espejos

donde juegan tu boca y los ecos.

Hay una muerte para piano

que pinta de azul a los muchachos.

Hay mendigos por los tejados.

Hay frescas guirnaldas de llanto.

 

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals que se muere en mis brazos.

 

Porque te quiero, te quiero, amor m��o,

en el desv��n donde juegan los niños,

soñando viejas luces de Hungr��a

por los rumores de la tarde tibia,

viendo ovejas y lirios de nieve

por el silencio oscuro de tu frente.

 

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals del «Te quiero siempre».

 

En Viena bailar�� contigo

con un disfraz que tenga

cabeza de r��o.

¡Mira qu�� orillas tengo de jacintos!

Dejar�� mi boca entre tus piernas��,

mi alma en fotograf��as y azucenas,

y en las ondas oscuras de tu andar

quiero, amor m��o, amor m��o, dejar,

viol��n y sepulcro, las cintas del vals.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

TAKE THIS WALTZ

 

F G. Lorca / Cohen /Adapt. en ingl��s L. Cohen

 

Now in Vienna there are ten pretty women

There��s a shoulder where death comes to cry

There��s a lobby with five hundred windows

There��s a tree where the doves go to die

There��s a piece that was torn from the morning

And it hangs in the gallery of frost

Ay, ay ay ay

Take this waltz, take this waltz

Take this waltz with the clamp on its jaws

O I want you, I want you, I want you

On a chair with a dead magazine

In a cave af the tip of the lilly

In some hallway where love��s never been

On our bed where the moon has been sweating

In a cry filled with footsteps and sand

Ay ay ay ay

Take th s waltz, take this waltz

Take its broken waist in your hand

This waltz, this waltz, this waltz, this waltz

With its very own breath

Of brandy and death

Dragging its tail in the sea

There��s a concert hall in Vienna

Where your mouth had a thousand reviews

There��s a bar where the boys have stopped talking

They��ve been sentenced to death by the blues

Ah but who is it climbs to your picture

With a garland of freshly-cut tears?

Ay ay ay ay

Take this waltz take this waltz

Take this waltz it�� s been dying for years

There��s an attic where children are playing

Where I��ve got to lie down with you soon

In a dream of Hungarian lanterns

In the mist of some sweet afternoon

And I��ll see what you��ve chained to your sorrow

And your sheep and your lillies of snow

Ay ay ay ay

Take this waltz, take this waltz

With its ��I��ll never forget you, you know��

This waltz, this waltz, this waltz, this waltz

With its very own breath

Of brandy and death

Dragging its tail in the sea

And I��ll dance wiht you in Vienna

I��ll be wearing a river��s disguise

The hyacinth wild on my shoulder

My mouth oh the dew of your thighs

And I��ll bury my soul in a scrapbook

With the photographs there and the moss

And I��ll yield to the flood of your beauty

My cheap violin and my cross

And you��ll carry me down on your dancing

To the pools that you lift on your wrist

O my love, O my love

Take this waltz, take this waltz

Its yours now, its all that there is

 

Vicente Aleixandre (1898 - 1984)

La destrucci��n o el amor.

        Se quer��an.     

    Se quer��an.

Sufr��an por la luz, labios azules en la madrugada,

labios saliendo de la noche dura,

labios partidos, sangre, ¿sangre d��nde?

Se quer��an en un lecho nav��o, mitad noche mitad luz.  

    Se quer��an como las flores a las espinas hondas,

a esa amorosa gema del amarillo nuevo,

cuando los rostros giran melanc��licamente,

giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

    Se quer��an de noche, cuando los perros hondos

laten bajo la tierra y los valles se estiran

como lomos arcaicos que se sienten repasados:

caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

  Se quer��an de amor entre la madrugada,

entre las duras piedras cerradas de la noche,

duras como los cuerpos helados por las horas,

duras como los besos de diente a diente s��lo.

    Se quer��an de d��a, playa que va creciendo,

ondas que por los pies acarician los muslos,

cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...

    Mediod��a perfecto, se quer��an tan ��ntimos,

mar alt��simo y joven, intimidad extensa,

soledad de lo vivo, horizontes remotos

ligados como cuerpos en soledad cantando.

    Amando. Se quer��an como la luna l��cida,

como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,

dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,

donde los peces rojos van y vienen sin m��sica.

   D��a, noche, ponientes, madrugadas, espacios,

ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,

mar o tierra, nav��o, lecho, pluma, cristal,

metal, m��sica, labio, silencio, vegetal,

mundo, quietud, su forma. Se quer��an, sabedlo.

      V��ase tambi��n L.T. P 235: Unidad en ella.

 

Rafael Alberti (1902 - 1999)

¡Qui��n cabalgara el caballo

de espuma azul de la mar!

De un salto

¡qui��n cabalgara la mar!

¡Viento, arr��ncame la ropa!

¡T��rala, viento, a la mar!

De un salto,

quiero cabalgar la mar.

¡Am��rrame a tus cabellos,

crin de los vientos del mar!

De un salto,

quiero ganarme la mar.

      ***

 

El mar. La mar.

el mar. ¡S��lo la mar!

¿Por qu�� me trajiste, padre,

a la ciudad?

¿Por qu�� me desenterraste

del mar?

En sueños, la marejada

me tira del coraz��n;

se lo quisiera llevar

Padre, ¿por qu�� me trajiste

ac��?

Gimiendo por ver el mar,

un marinerito en tierra

iza al aire este lamento:

¡Ay mi blusa marinera;

siempre me la inflaba el viento

al divisar la escollera! 

      V��ase tambi��n: ��Castellanos de Castilla��,                         El ��ngel de  carb��n y Si  mi voz... (L.T. p. 231)

Miguel Hern��ndez (1910 - 1942)

 

El rayo que no cesa. [1936]

      No me conformo, no: me desespero

como si fuera un hurac��n de lava

en el presidio de una almendra esclava

o en el penal colgante de un jilguero.

      Besarte fue besar un avispero

que me clava el tormento y me desclava

y cava un hoyo f��nebre y lo cava

dentro del coraz��n donde me muero.

      No me conformo, no: ya es tanto y tanto

idolatrar la imagen de tu beso

y perseguir el curso de tu aroma.

      Un enterrado vivo por el llanto,

una revoluci��n dentro de un hueso,

un rayo soy sujeto a una redoma.

 

      SONETO FINAL

Por desplumar arc��ngeles glaciales,

la nevada lilial de esbeltos dientes

es condenada al llanto de las fuentes

y al desconsuelo de los manantiales.

Por difundir su alma en los metales,

por dar el fuego al hierro sus orientes,

al dolor de los yunques inclementes

lo arrastran los herreros torrenciales.

Al doloroso trato de la espina,

al fatal desaliento de la rosa

y a la acci��n corrosiva de la muerte

arrojado me veo, y tanta ruina

no es por otra desgracia ni otra cosa

que por quererte y s��lo por quererte.

         

 
 
 
 
 

ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ.

(En Orihuela, su pueblo y el m��o, se me ha muerto como                         del rayo Ram��n Sij��, con quien tanto quer��a.)

Yo quiero ser llorando el hortelano  
de la tierra que ocupas y estercolas,  
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas  
y ��rganos mi dolor sin instrumento,  
a las desalentadas amapolas

dar�� tu coraz��n por alimento.  
Tanto dolor se agrupa en mi costado,  
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,  
un hachazo invisible y homicida,  
un empuj��n brutal te ha derribado.

No hay extensi��n m��s grande que mi herida,  
lloro mi desventura y sus conjuntos  
y siento m��s tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,  
y sin calor de nadie y sin consuelo  
voy de mi coraz��n a mis asuntos.

Temprano levant�� la muerte el vuelo,  
temprano madrug�� la madrugada,  
temprano est��s rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,  
no perdono a la vida desatenta,  
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta  
de piedras, rayos y hachas estridentes  
sedienta de cat��strofe y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,  
quiero apartar la tierra parte a parte 

a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte 
y besarte la noble calavera  
y desamordazarte y regresarte

Volver��s a mi huerto y a mi higuera:  
por los altos andamios de mis flores  
pajarear�� tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.  
Volver��s al arrullo de las rejas  
de los enamorados labradores.

Alegrar��s la sombra de mis cejas,  
y tu sangre se ir��n a cada lado  
disputando tu novia y las abejas.

Tu coraz��n, ya terciopelo ajado,  
llama a un campo de almendras espumosas  
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas...  
de almendro de nata te requiero:  
que tenemos que hablar de muchas cosas,  
compañero del alma, compañero.  

.   (10 de enero de 1936)

 

      V��ase tambi��n L.T. p.294:  Aceitunero y Nanas de la cebolla (fragmento) y p.295: Noria, ��No cesar�� este rayo�� y canci��n ��ltima.

 
 
 
 

Rafael  Morales (1919)

 

Soneto triste para mi ��ltima chaqueta.

Esta tibia chaqueta rumorosa

que mi cuerpo recoge entre su lana,

se quedar�� colgada una mañana,

se quedar�� vac��a y silenciosa.

 

Su delicada tela perezosa

cobijar�� una sombra fr��a y vana,

cobijar�� una ausencia, una lejana

memoria de la vida presurosa.

 

Conmigo no vendr��, que habr�� partido,

y entre su mansa lana entretejida

tan s��lo dejar�� mi propio olvido.

 

Donde alentara la gozosa vida,

no alentar�� ni el m��s pequeño ruido,

s��lo una helada sombra dolorida.

 

C��ntico doloroso al cubo de basura. 

Tu curva humilde, forma silenciosa    

le pone un triste anillo a la basura.

En ti se hizo redonda la ternura

se hizo redonda, suave y dolorosa.

 

Cada cosa que encierras, cada cosa,

tuvo esplendor, acaso hasta hermosura.

Aqu�� de una naranja se aventura

la herida piel que en el olvido posa.

 

Aqu�� de una manzana, verde y fr��a

un resto llora zumo delicado

entre un polvo que nubla su agon��a.

 

Oh, viejo cubo sucio y resignado,  

desde tu coraz��n la pena env��a

el llanto de lo humilde y lo olvidado.   (1944) 

 

A un esqueleto de muchacha

En esta frente, Dios, en esta frente

hubo un clamor de sangre rumorosa,

y aqu��, en esta oquedad, se abri�� la rosa

de una fugaz mejilla adolescente.

 

Aqu�� el pecho sutil dio su naciente

gracia de flor incierta y venturosa,

y aqu�� surgi�� la mano, deliciosa

primicia de este brazo inexistente.

 

Aqu�� el cuello de garza sosten��a

la alada soledad de la cabeza,

y aqu�� el cabello undoso se vert��a.

 

Y aqu��, en redonda y c��lida pereza,

el cauce de la pierna se extend��a

para hallar por el pie la ligereza.

 

Jos�� Mar��a Valverde (1926)

 

      (Historia de la filosof��a)

  Entro en el aula, empiezo a hablar a un ciento

de caras mal despiertas: por un rato

sobre sus vidas, r��gido, desato,

cumpliendo mi deber, el fr��o viento

 

del Ser y de la Nada, de la Idea

y la Cosa; la horrible perspectiva

del v��rtigo que se ha hecho inofensiva,

espect��culo gris, vieja tarea.

 

Si alguno, casi inquieto, se remueve,

los m��s sueñan, o apuntan, o hacen ruido.

Pero basta: es la hora ya. De nueve

 

a diez, vieron el Ser, ese aguafiestas;

prosigan su vivir interrumpido:

yo vuelvo a mi silencio sin respuestas

Blas de Otero (1916 - 1979)

 

Pido la paz y la palabra

      En el principio

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tir��, como un anillo, al agua;

si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

Si ha sufrido la sed, el hambre, todo

lo que era m��o y result�� ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.

Si abr�� los labio para ver el rostro

puro y terrible de mi patria,

si abr�� los labios hasta desgarr��rmelos,

me queda la palabra.

 

      Campo de amor.

Si me muero, que sepan que he vivido

luchando por la vida y por la paz.

Apenas he podido con la pluma,

apl��udanme el cantar.

Si me muero, ser�� porque he nacido

para pasar el tiempo a los de atr��s.

Conf��o que entre todos dejaremos

al hombre en su lugar.

Si me muero, ya s�� que no ver��

naranjas de la China ni el trigal.

He levantado el rastro, esto me basta.

Otros ahechar��n.

Si me muero, que no me muera antes

de abriros el balc��n de par en par.

Un niño, acaso un niño, est�� mir��ndome

el pecho de cristal.

 
 
 
 
 
 

      Un rel��mpago apenas

Besas como si fueses a comerme.

Besas besos de mar, a dentelladas.

Las manos en mis sienes y abismadas

nuestras miradas. Yo, sin lucha, inerme,

me declaro vencido, si vencerme

es ver en ti mis manos maniatadas.

Besas besos de Dios. A bocanadas

bebes mi vida. Sorbes. Sin dolerme,

tiras de mi ra��z, subes mi muerte

a flor de labio. Y luego, mimadora,

la brizas y la rozas con tu beso.

Oh Dios, oh Dios, Oh Dios, si para verte

bastara un beso, un beso que se llora

despu��s, porque, ¡oh, por qu��! no basta eso.

 

      Cuerpo de la mujer.

            ...T��ntalo en fugitiva fuente de oro.

                        Quevedo.

Cuerpo de la mujer, r��o de oro

donde, hundidos los brazos, recibimos

un rel��mpago azul, unos racimos

de luz rasgada en un frondor de oro.

Cuerpo de la mujer o mar de oro

donde, amando las manos, no sabemos

si los senos son olas, si son remos

los brazos, si son alas solas de oro...

Cuerpo de la mujer, fuente de llanto

donde, despu��s de tanta luz, de tanto

tacto sutil, de T��ntalo es la pena.

Suena la soledad de Dios. Sentimos

la soledad de dos. Y una cadena

que no suena, ancla en Dios, almas y limos

 

      Desde luego, la vida

 

Desde luego, la vida 
es una broma pesada. Y sin embargo, 
el aire existe y el año diecisiete existe indestructible 
y ella y yo hemos sin causa aireado d��as en Castilla 
y junto al C��ucaso del Norte, 
es que la vida no sabe lo que hace, 
a veces falta a su palabra, 
no es un r��o que rueda y refleja los ��rboles, las nubes 
y desemboca a hora fija en el Atl��ntico, 
sino un caballo violento, arbitrario, ciego 
y sin embargo hermoso como un caballo, 
y ella y yo lo llevamos asido duramente 
lo mismo en La Habana, Kislavosqui o Bilbao, 
y el aire revuelve las florecillas silvestres 
y estalla la tormenta y corremos hacia la larga fachada 
del palacio de invierno, donde la vida se mud�� de ropa.

 
 

      V��ase tambi��n L.T. p. 304 Hombre.

p. 305. Pido al paz y la palabra y p. 317 Digo vivir.

 
 
 

Gabriel Celaya (1911 - 1991)

    Matinal. 2

MAÑANITAS alegres

y sin razones,

¡como suenan a gloria

los corazones

y a plenitud que irrumpe

los mil temblores!

 

Mañanitas: ¡amores!

V��ase tambi��n: L.T. p. 303 ��Te escribo desde un puerto��

y p. 305 La poes��a es un arma cargada de futuro.

 

Jaime Gil de BieDma (1929 - 1990)

      Albada.

Despi��rtate. La cama est�� m��s fr��a

y las s��banas sucias en el suelo.

Por los montantes de la galer��a

      llega el amanecer.

con su dolor de abrigo de entretiempo

      y liga de mujer.

Despi��rtate pensando vagamente

que el portero de noche os ha llamado.

Y escucha en el silencio: sucedi��ndose

hacia lo lejos, se oyen enronquecer

los tranv��as que llevan al trabajo.

      Es el amanecer,

Ir��n amonton��ndose las flores

cortadas, en los puestos de las Ramblas,

y silbar��n los p��jaros —cabrones

desde los pl��tanos, mientras que ven volver

la negra humanidad que va a la cama

      despu��s de amanecer.

Acu��rdate del cuarto en que has dormido.

Entierra la cabeza en las almohadas,

sintiendo a��n la irritaci��n y el fr��o

            que da el amanecer

junto al cuerpo que tanto nos gustaba

      en la noche de ayer.

y piensa en que debieses levantarte.

Piensa en la casa todav��a oscura

donde entrar��s para cambiar de traje,

y en la oficina, con sueño que vencer.

y en muchas otras cosas que se anuncian

      desde el amanecer.

Aunque a tu lado escuches el susurro

de otra respiraci��n. Aunque tu busques

el poco de calor entre sus muslos

medio dormido, que empieza a estremecer.

Aunque el amor no deje de ser dulce

      hecho al amanecer.

 

—Junto al cuerpo que anoche me gustaba

tanto desnudo, d��jame que encienda

la luz para besarse cara a cara,

      en el amanecer

Porque conozco el d��a que me espera,

y no por el placer.

 

            En el nombre de hoy

 En el nombre de hoy, veintis��is

de abril y mil novecientos

cincuenta y nueve, domingo

de nubes con sol, a las tres

—seg��n sentencia del tiempo —

de la tarde en que doy principio

a este ejercicio en pronombre primero

del singular, indicativo,

y asimismo en el nombre del p��jaro

y de la espuma del almendro,

del mundo, en fin, que habitamos,

voy a deciros lo que entiendo.

Pero antes de ir adelante

desde esta p��gina quiero

enviar un saludo a mis padres

que no me estar��n leyendo.

Para ti, que no te nombro,

amor m��o —y ahora hablo en serio —,

para ti, sol de los d��as

y noches, maravilloso

gran premio de mi vida,

de toda la vida, qu�� puedo

decir, ni qu�� quieres que escriba

a la puerta de estos versos?

Finalmente a los amigos,

compañeros de viaje,

y sobre todos ellos

a vosotros, Carlos, Ángel,

Alfonso y Pepe, Gabriel

y Gabriel, Pepe (Caballero)

y a mi sobrino Miguel,

Joseagust��n y Blas de Otero,

a vosotros pecadores

como yo, que me averg��enzo

de los palos que no me han dado,

señoritos de nacimiento

por mala conciencia escritores

de poes��a social,

dedico tambi��n un recuerdo,

y a la afici��n en general.   

    Canci��n para ese d��a:

He aqu�� que viene el tiempo de soltar palomas

en mitad de las plazas con estatua.

Van a dar nuestra hora. De un momento

a otro, sonar��n campanas.

Mirad los tiernos nudos de los ��rboles

exhalarse visibles en la luz

reci��n inaugurada. Cintas leves

de nube en nube cuelgan. Y guirnaldas

sobre el pecho del cielo, palpitando,

son como el aire de la voz. Palabras

van a decirse ya. O��d. Se escucha

rumor de pasos y batir de alas.

 

      V��ase tambi��n L.T. p. 308: Contra Jaime

Gil de Biedma y p. 309: No volver�� a ser joven.

 
 
 
 
 

Jos�� Agust��n Goytisolo (1928 - 1999)

Donde t�� no estuvieras,

como en este recinto, cercada por la vida,

en cualquier paradero, conocido o distante,

leer��a tu nombre.

 

Aqu��, cuando empezaste a vivir para el m��rmol,

cuando se abri�� a la sombra tu cuerpo desgarrado,

pusieron una fecha: diecisiete de marzo. Y suspiraron

tranquilos, y rezaron por ti. Te concluyeron.

 

Alrededor de ti, de lo que fuiste,

en pozos similares y en funestos estantes,

otros, sal o ceniza, te hacen imperceptible.

 

Lo miro todo, lo palpo todo:

hierros, urnas, altares,

una antigua vasija, retratos carcomidos por la lluvia,

citas sagradas, nombres,

anillos de lat��n, sucias coronas, horribles

poes��as...

Quiero ser familiar con todo esto.

Pero tu nombre sigue aqu��,

tu ausencia y tu recuerdo siguen aqu��.

      ¡Aqu��!

Donde tu no estar��as,

si una hermosa mañana, con m��sica de flores,

los dioses no te hubieran olvidado.

                  (El retorno 1955)

 

      As��  son

Su profesi��n se sabe es muy antigua

y ha perdurado hasta ahora sin variar

a trav��s de los siglos y civilizaciones.

No conocen verg��enza ni reposo

se emperran en su oficio a pesar de las cr��ticas

unas veces cantando

otras sufriendo el odio y la persecuci��n

mas casi siempre bajo tolerancia.

Plat��n no les dio sitio en su Rep��blica.

Creen en el amor

a pesar de sus muchas corrupciones y vicios

suelen mitificar bastante la niñez

y poseen medallones o retratos

que miran en silencio cuando se ponen tristes.

Ah curiosas personas que en ocasiones yacen

en lechos lujos��simos y enormes

pero que no desdeñan revolcarse

en los sucios jergones de la concupiscencia

s��lo por un capricho.

Le piden a la vida m��s de lo que esta ofrece.

Dif��cilmente llegan a reunir dinero

la previsi��n no es su caracter��stica

y se van marchitando poco a poco

de un modo algo rid��culo

si antes no les dan muerte por qui��n sabe qu�� cosas.

As�� son pues los poetas

las viejas prostitutas de la Historia.

                              (Bajo tolerancia)

 
 
 
 

      palabras PARA jULIA

 

T�� no puedes volver atr��s

porque la vida ya te empuja

como un aullido interminable.

Hija m��a es mejor vivir

con la alegr��a de los hombres

que llorar ante el muro ciego.

 

Te sentir��s acorralada

te sentir��s perdida o sola

tal vez querr��s no haber nacido.

Yo se muy bien que te dir��n

que la vida no tiene objeto

que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acu��rdate

de lo que un d��a yo escrib��

pensando en ti como ahora pienso.

 

Un hombre solo una mujer

as�� tomados de uno en uno

son como polvo no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti

cuando te escribo estas palabras

pienso tambi��n en otros hombres.

Tu destino est�� en los dem��s

tu futuro es tu propia vida

tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas

que les ayude tu alegr��a

tu canci��n entre sus canciones.

Entonces siempre acu��rdate

de lo que un d��a yo escrib��

pensando en ti como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes

junto al camino nunca digas

no puedo m��s y aqu�� me quedo.

La vida es bella tu ver��s

como a pesar de los pesares

tendr��s amor tendr��s amigos.

Por lo dem��s no hay elecci��n

y este mundo tal como es

ser�� todo un patrimonio.

 

Perd��name no s�� decirte

nada m��s pero t�� comprende

que yo a��n estoy en el camino.

 

Y siempre siempre acu��rdate

de lo que un d��a yo escrib��

pensando en ti como ahora pienso.

 
 

      V��ase tambi��n L.T. p.288: La guerra.

 
 
 
 
 
 
 

JOSÉ SANTOS CHOCANO. 
(Per��, 1875-1935)

EL SUEÑO DEL ______________

Enorme tronco que arrastr�� la ola, 
yace el ________ varado en la ribera; 
espinazo de abrupta cordillera, 
fauces de abismo y formidable cola,

el sol envuelve en f��lgida aureola, 
y parece lucir cota y cimera, 
cual monstruo de metal que reverbera 
y que, al reverberar se tornasola.

Inm��vil como un ��dolo sagrado, 
ceñido en mallas de compacto acero, 
est�� ante el agua est��tico y sombr��o,

a manera de un pr��ncipe encantado 
que vive eternamente prisionero 
en el palacio de cristal de un r��o...

            Alma Am��rica (1906)

 

Juan Chabas

(España 1900-1954)

 

___________________

 

¡Talle nocturno y sombra despeinada!

Clamor del cielo y aire, signo apenas

de una playa de mirtos y sirenas,

espuma el talle y la melena alada.

 

¡Oh signo y norma de esta tierra anclada!

Esbelta ninfa, viento y mar estrenas,

caracola de lirios y azucenas,

de estrellas y alga verde coronada.

 

Nada perturba tu desnudo anhelo

ni tuerce la flexible primavera

con que susurras por llegar al cielo.

 

Erguida y llameante vas ligera

hasta el m��s alto azul, huyendo al suelo

para decir tu nombre de ____________ .

 

            Árbol de ti nacido (1955)

 
 
 
 
 
 
 
 
 

Juan Ismael.

(España 1907-1981)

La ___________________

La carne te vol�� cuando naciste

fruto de ayuntamiento peregrino

con rueda de fortuna sin destino

y aquel romboide derrumbado y triste

 

Un mudo celuloide fue el camino

donde loca sin boca te creciste

con Linder y Charlot Polo y Maciste

novia primera de zangolotino

 

Viento nuevo traspasa tu osamenta

t�� traspasas trasero de berlina

con tu dura y torcida cornamenta

 

Hoy caballo del diablo te domina

muchacha ojo de sueño descontenta

mecan��grafa gris de una oficina

            Dado de lado (1992)

 

Guillermo D��az Plaja  

(España 1909-1984) 

 

_________________________

(De la National Gallery)

 

¿Qui��n trajo a esta magnolia reclinada

su casi desmayada melod��a?

¿Qu�� guitarra de seda se ceñ��a

a la seda crujiente de la almohada?

 

¿Qu�� genio la cintura delicada

al esplendor de la cadera un��a?

¿C��mo pudo el reflejo que fing��a

recoger el calor de esa mirada?

 

La curva fugitiva de la espalda

cae sobre una sombra de esmeralda

que al dulce peso se convierte en nido.

 

Y el amorcillo, dueño del reflejo,

sonr��e al contemplar, tras el espejo,

el seno que Vel��zquez ha escondido.

 

      Segundo Cuaderno de sonetos (1950)

 
 
 
 
 

lUIS EDUARDO aUTE las cuatro y diez.

  fue en ese cine te acuerdas,

en una mañana al este del ed��n

james dean tiraba piedras

a una casa blanca entonces te bes��

aquella fue la primera

vez tus labios parec��an de papel

y a la salida en la puerta

nos pidi�� aquel inspector nuestros carnets

luego volv�� a la academia

para no faltar a clase de franc��s

T�� me esperaste hora y media

en esta misma mesa y yo me retras��

quieres helado de fresa

o prefieres que te pida ya el caf��

cu��ntame c��mo te encuentras

aunque s�� que me responder��s muy bien

ten esta foto es muy fea

el m��s pequeño acababa de nacer

oiga me trae la cuenta

calla que fui yo quien te invit�� a comer

no te demores no sea

que no llegues a la hora al almac��n

ll��mame el d��a que puedas

date prisa que ya son las cuatro y diez.

      Al alba

 

Si te dijera, amor m��o,

que temo a la madrugada;

no s�� qu�� estrellas son ��stas

que hieren como amenazas;

ni s�� qu�� sangra la luna

al filo de su guadaña.

 

Presiento que tras la noche

vendr�� la noche m��s larga;

quiero que no me abandones,

amor m��o, al alba.

Al alba, al alba,

al alba, al alba.

 

Los hijos que no tuvimos

se esconden en las cloacas;

comen las ��ltimas flores,

parece que adivinaran

que el d��a que se avecina

viene con hambre atrasada.

 

Presiento ......................

 

Miles de buitres callados

van extendiendo sus alas.

¿No te destroza, amor m��o,

esta silenciosa danza,

maldito baile de muertos,

p��lvora de la mañana?

 

Presiento ......................

            Luis Eduardo Aute 1975

 
 
 
 
 
 

      Dentro.

 

A veces recuerdo tu imagen  

desnuda en la noche vac��a,  

tu cuerpo sin peso se abre   

y abrazo mi propia mentira.   

As�� me reanuda la sangre,   

tensando la carne dormida,  

mis dedos aprietan amantes  

un hondo comp��s de caricias.  

Dentro 

me quemo por ti,   

me vierto sin ti   

y nace un muerto. 

Mi mano ahuyent�� soledades, 

tomando tu forma precisa,  

la piel que te hice en el aire  

recibe un temblor de semilla.  

Un quieto cansancio me esparce, 

tu imagen se borra enseguida, 

me llena una ausencia de hambre 

y un dulce calor de saliva.   

Dentro  me quemo por ti,    

me vierto sin ti    

y nace un muerto.           Luis Eduardo Aute, 1973.

 

Joaqu��n sabinA

Tan Joven y Tan Viejo

Lo primero que quise fue marcharme bien lejos; 
en el ��lbum de cromos de la resignaci��n 
peg��bamos los niños que odiaban los espejos 
guantes de Rita Hayworth, calles de Nueva York. 
Apenas vi que un ojo me guiñaba la vida 
le ped�� que a su antojo dispusiera de m��, 
ella me dio las llaves de la ciudad prohibida 
yo, todo lo que tengo, que es nada, se lo di. 
As�� crec�� volando y vol�� tan deprisa 
que hasta mi propia sombra de vista me perdi��, 
para borrar mis huellas destroc�� mi camisa, 
confund�� con estrellas las luces de ne��n. 
Hice trampas al p��ker, defraud�� a mis amigos, 
sobre el banco de un parque dorm�� como un lir��n; 
por decir lo que pienso sin pensar lo que digo 
m��s de un beso me dieron (y m��s de un bofet��n). 
Lo que s�� del olvido lo aprend�� de la luna, 
lo que s�� del pecado lo tuve que buscar 
como un ladr��n debajo de la falda de alguna 
de cuyo nombre ahora no me quiero acordar. 
As�� que, de momento, nada de adi��s muchachos, 
me duermo en los entierros de mi generaci��n; 
cada noche me invento, todav��a me emborracho; 
tan joven y tan viejo, like a rolling stone.

 

XCII  Puntos suspensivos

Lo peor del amor, cuando termina,

son las habitaciones ventiladas,

el solo de pijamas con sordina,

la adrenalina en camas separadas.

Lo malo del despu��s son los despojos

que embalsaman los p��jaros del sueño,

los tel��fonos que hablan con los ojos,

el s��stole sin di��stole ni dueño.

Lo m��s ingrato es encalar la casa,

remendar las virtudes veniales,

condenar a galeras los archivos.

Lo atroz de la pasi��n es cuando pasa,

cuando, al punto final de los finales,

no le siguen dos puntos suspensivos.

                              Ciento volando de catorce

      Contigo

Yo no quiero un amor civilizado, 
con recibos y escena del sof��; 
yo no quiero que viajes al pasado 
y vuelvas del mercado 
con ganas de llorar. 
Yo no quiero vecinas con pucheros; 
yo no quiero sembrar ni compartir; 
yo no quiero catorce de febrero 
ni cumpleaños feliz. 
Yo no quiero cargar con tus maletas; 
yo no quiero que elijas mi champ��; 
yo no quiero mudarme de planeta, 
cortarme la coleta, 
brindar a tu salud. 
Yo no quiero domingos por la tarde; 
yo no quiero columpio en el jard��n; 
lo que yo quiero, coraz��n cobarde, 
es que mueras por m��. 
Y morirme contigo si te matas 
y matarme contigo si te mueres 
porque el amor cuando no muere mata 
porque amores que matan nunca mueren. 
Yo no quiero juntar para mañana, 
no me pidas llegar a fin de mes; 
yo no quiero comerme una manzana 
dos veces por semana 
sin ganas de comer. 
Yo no quiero calor de invernadero; 
yo no quiero besar tu cicatriz; 
yo no quiero Par��s con aguacero 
ni Venecia sin ti. 
No me esperes a las doce en el juzgado; 
no me digas "volvamos a empezar"; 
yo no quiero ni libre ni ocupado, 
ni carne ni pecado, 
ni orgullo ni piedad. 
Yo no quiero saber por qu�� lo hiciste; 
yo no quiero contigo ni sin ti; 
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, 
es que mueras por m��. 
Y morirme contigo si te matas 
y matarme contigo si te mueres 
porque el amor cuando no muere mata 
porque amores que matan nunca mueren

Calle Melancol��a

Como quien viaja a lomos de una yegua sombr��a, 
por la ciudad camino, no pregunt��is ad��nde. 
Busco acaso un encuentro que me ilumine el d��a, 
y no hallo m��s que puertas que niegan lo que esconden. 
Las chimeneas vierten su v��mito de humo 
a un cielo cada vez m��s lejano y m��s alto. 
Por las paredes ocres se desparrama el zumo 
de una fruta de sangre crecida en el asfalto. 
Ya el campo estar�� verde, debe ser Primavera, 
cruza por mi mirada un tren interminable, 
el barrio donde habito no es ninguna pradera, 
desolado paisaje de antenas y de cables. 
Vivo en el n��mero siete, calle Melancol��a. 
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegr��a. 
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranv��a 
y en la escalera me siento a silbar mi melod��a. 
Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido, 
que viene de la noche y va a ninguna parte, 
as�� mis pies descienden la cuesta del olvido, 
fatigados de tanto andar sin encontrarte. 
Luego, de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo, 
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama; 
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos 
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama. 
Trepo por tu recuerdo como una enredadera 
que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy 
esa absurda epidemia que sufren las aceras, 
si quieres encontrarme, ya sabes d��nde estoy. 
Vivo en el n��mero siete, calle Melancol��a. 
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegr��a. 
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranv��a 
y en la escalera me siento a silbar mi melod��a.

 

Pongamos que hablo de Madrid

All�� donde se cruzan los caminos,

donde el mar no se puede concebir,

donde regresa siempre el fugitivo.

Pongamos que hablo de Madrid.

 

Donde el deseo viaja en ascensores

un agujero queda para m��

que me dej�� la vida en sus rincones.

Pongamos que hablo de Madrid.

Las niñas ya no quieren ser princesas

y a los niños les da por perseguir.

El mar dentro de una vaso de ginebra.

Pongamos que hablo de Madrid.

Los p��jaros visitan al psiquiatra,

las estrellas se olvidan de salir,

la muerte pasa en ambulancias blancas.

Pongamos que hablo de Madrid.

El sol es una estufa de butano,

la vida un metro a punto de partir.

Hay una jeringuilla en el lavabo.

Pongamos que hablo de Madrid.

la muerte venga a visitarme

que me lleven al sur donde nac��;

aqu�� no queda sitio para nadie:

Pongamos que hablo de Madrid

 
 

De Pur��sima y Oro

Academia de corte y confecci��n, 
sabañones, aceite de ricino, 
gas��geno, zapatos topolino, 
"el g��nero dentro por la calor". 
Para primores galer��as Piquer, 
para la inclusa niños con anginas, 
para la tisis caldo de gallina, 
para las extranjeras Luis Miguel. 
Para el socio del limpia un carajillo, 
para el estraperlista dos barreras, 
para el Corpus retales amarillos 
que aclaren el morao de las banderas. 
Tercer año triunfal, con brillantina, 
los señoritos cierran "Alaz��n", 
y, en un barquito, Miguel de Molina, 
se embarca, caminito de ultramar. 
Hab��an pasado ya los nacionales, 
hab��an rapado a la "señ��" Cibeles, 
cautivo y desarmado 
el vaho de los cristales. 
A la hora de la zambra, en "Los Grabieles", 
por Ventas madrugaba el pelot��n, 
al d��a siguiente hablaban los papeles 
de Celia, de Pem��n y del bay��n. 
Enseñando las garras de astrac��n, 
reclinaba en la barra de "Chicote", 
la "bien pag��" derrite, con su escote, 
la crema de la intelectualidad. 
Perman��n, con rodete Eva Per��n, 
"Parfait amour", rebeca azul marino, 
-"Maestro, le presento a Lupe Sino, 
lo dejo en buenas manos, matador"- 
Y, luego, el reservao en "Gitanillos", 
y, despu��s, la paella de "Riscal", 
y, la tarde del manso de Saltillo, 
un anillo y unas medias de cristal. 
-"Niño, sube a la suite dos anisettes, 
que, hoy, vamos a perder los alamares"- 
de pur��sima y oro, Manolete, 
cuadra al toro, en la plaza de Linares. 
Hab��an pasado ya los nacionales, 
hab��an rapado a la "señ��" Cibeles, 
volv��an a sus cuidados 
las personas formales. 
A la hora de la conga, en los burdeles, 
por san Blas descansaba el pelot��n, 
al d��a siguiente hablaban los papeles 
de Gilda y del Atleti de Aviaci��n.

 

El Cortijo, enero de 1999 
A Juan Gelman, por seguir de pie. (J.Sabina)

 
 
 
 
 

Que se llama Soledad

Algunas veces vuelo 
y otras veces 
me arrastro demasiado a ras del suelo, 
algunas madrugadas me desvelo 
y ando como un gato en celo 
patrullando la ciudad 
en busca de una gatita, 
a esa hora maldita 
en que los bares a punto est��n de cerrar, 
cuando el alma necesita 
un cuerpo que acariciar. 
Algunas veces vivo 
y otras veces 
la vida se me va con lo que escribo; 
algunas veces busco un adjetivo 
inspirado y posesivo 
que te arañe el coraz��n; 
luego arrojo mi mensaje, 
se lo lleva de equipaje 
una botella..., al mar de tu incomprensi��n. 
No quiero hacerte chantaje, 
s��lo quiero regalarte una canci��n. 
Y algunas veces suelo recostar 
mi cabeza en el hombro de la luna 
y le hablo de esa amante inoportuna 
que se llama soledad. 
Algunas veces gano 
y otras veces 
pongo un circo y me crecen los enanos; 
algunas veces doy con un gusano 
en la fruta del manzano 
prohibido del padre Ad��n; 
o duermo y dejo la puerta 
de mi habitaci��n abierta 
por si acaso se te ocurre regresar; 
m��s raro fue aquel verano 
que no par�� de nevar.

Y algunas veces suelo recostar 
mi cabeza en el hombro de la luna 
y le hablo de esa amante inoportuna 
que se llama soledad.

Joaqu��n Sabina

 
 
 

 

POESÍA HISPANOAMERICANA XIX -  XX

 

JOSÉ MARTÍ  (Cuba ,1853 - 1895)

 

            Po��tica

Vierte coraz��n tu pena

donde no se llegue a ver,

por soberbia, y por no ser

motivo de pena ajena.

  Yo te quiero, verso amigo,

porque cuando siento el pecho

ya muy cargado y deshecho,

parto la carga contigo.

  T�� me sufres, t�� aposentas

en tu regazo amoroso,

todo mi amor doloroso,

todas mis ansias y afrentas.

  T��, porque yo pueda en calma

amar y hacer bien, consientes

en enturbiar tus corrientes

con cuanto me agobia el alma.

  T��, porque yo cruce fiero

la tierra, y sin odio, y puro,

te arrastras, p��lido y duro,

mi amoroso compañero.

  Mi vida as�� se encamina

al cielo limpia y serena,

y tu me cargas mi pena

con tu paciencia divina.

  Y porque mi cruel costumbre

de echarme en ti te desv��a

de tu dichosa armon��a

y natural mansedumbre;

  Porque mis penas arrojo

sobre tu seno, y lo azotan,

y tu corriente alborotan,

y ac�� l��vido, all�� rojo,

  blanco all�� como la muerte,

ora arremetes y ruges,

ora con el peso crujes

de un dolor m��s que t�� fuerte,

  ¿habr��, como me aconseja

un coraz��n mal nacido,

de dejar en el olvido

a aquel que nunca me deja?

  ¡Verso, nos hablan de un Dios

adonde van los difuntos:

verso, o nos condenan juntos,

o nos salvamos los dos.

 
 
 
 

      Po��tica

La verdad quiere cetro. El verso m��o

puede, cual paje amable, ir por lujosas

salas, de aroma vario y luces ricas,

temblando enamorado en el cortejo

de una ilustre princesa, o gratas nieves

repartiendo a las damas. De espadines

sabe mi verso, y de jub��n violeta

y toca rubia, y calza acuchillada.

Sabe de vinos tibios y de amores

mi verso montaraz; pero el silencio

del verdadero amor, y la espesura

de la selva prol��fica prefiere:

¡Cu��l gusta del canario, cu��l del ��guila!

            V

Si ves un monte de espumas

es mi verso lo que ves:

mi verso es un monte, y es

un abanico de plumas.

 

  Mi verso al valiente agrada:

mi verso breve y sincero,

es del vigor del acero

con que se funde la espada.

 

Duermo en mi cama de roca

mi sueño dulce y profundo,

roza una abeja mi boca

y crece en mi cuerpo el mundo.

 

Mi verso es como un puñal

que por el puño echa flor:

mi verso es un surtidor

que da un agua de coral.

 

  Mi verso es de un verde claro

y de un jazm��n encendido:

mi verso es un ciervo herido

que busca en el monte amparo.

 

Al buen Pedro.

 

Dicen, Buen Pedro, que de m�� murmuras

Porque tras  mis orejas el cabello

En crespas ondas su caudal levanta:

¡Diles, brib��n, que mientras t�� en festines,

En rubios caldos y en fragantes pomas,

Entre mancebas del astuto Norte,

De tus esclavos el sudor sangriento,

Torcido en oro bebes descuidado,—

Pensativo, febril, p��lido, grave,

Mi pan rebano en solitaria mesa,

Pidiendo ¡oh triste! al aire sordo modo

De libertar de su infortunio al siervo

Y de tu infamia a ti!—

                  Y en esos lances,

Su��leme, Pedro, en la apretada bolsa

Faltar la monedilla que reclama

Con sus h��medas manos el barbero.

 
 
 

RUBÉN DARÍO. (Nicaragua, 1867 - 1916)

 

      Salutaci��n del optimista.

 

 Ínclitas razas ub��rrimas, sangre de Hispania fecunda,

esp��ritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!

Porque llega el momento en que habr��n de cantar nuevos             [himnos  

lenguas de gloria; un vasto rumor llena los ��mbitos; m��gicas

ondas de vida van renaciendo de pronto;

retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;

se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña

 

                  (...)

 

                    SONATINA.

 

La princesa est�� triste... ¿Qu�� tendr�� la princesa?  
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,  
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.  
La princesa est�� p��lida en su silla de oro,  
est�� mudo el teclado de su clave sonoro,  
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jard��n puebla el triunfo de los pavos reales.  
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,  
y vestido de rojo piruetea el buf��n.  
La princesa no r��e, la princesa no siente;  
la princesa persigue por el cielo de Oriente  
la lib��lula vaga de una vaga ilusi��n.

¿Piensa, acaso, en el pr��ncipe de Golconda o de China,  
o en el que ha detenido su carroza argentina  
para ver de sus ojos la dulzura de luz?  
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,  
o en el que es soberano de los claros diamantes,  
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa  
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,  
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;  
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,  
saludar a los lirios con los versos de mayo  
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,  
ni el halc��n encantado, ni el buf��n escarlata,  
ni los cisnes un��nimes en el lago de azur.  
Y est��n tristes las flores por la flor de la corte,  
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,  
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!  
Est�� presa en sus oros, est�� presa en sus tules,  
en la jaula de m��rmol del palacio real;  
el palacio soberbio que vigilan los guardas,  
que custodian cien negros con sus cien alabardas,  
un lebrel que no duerme y un drag��n colosal.

¡Oh, qui��n fuera hipsipila que dej�� la cris��lida!  
(La princesa est�� triste, la princesa est�� p��lida)  
¡Oh visi��n adorada de oro, rosa y marfil!  
¡Qui��n volara a la tierra donde un pr��ncipe existe,  
—la princesa est�� p��lida, la princesa est�� triste—,  
m��s brillante que el alba, m��s hermoso que abril!

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;  
en caballo, con alas, hacia ac�� se encamina,  
en el cinto la espada y en la mano el azor,  
el feliz caballero que te adora sin verte,  
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,  
a encenderte los labios con un beso de amor».

 
 

��Cantos de vida y esperanza��

  Yo soy aquel que ayer no m��s dec��a

el verso azul y la canci��n profana,

en cuya noche un ruiseñor hab��a

que era alondra de luz por la mañana.

 

   El dueño fui de mi jard��n de sueño,

lleno de rosas y de cisnes vagos;

el dueño de las t��rtolas, el dueño

de g��ndolas y liras en los lagos;

 

   y muy siglo diez y ocho y muy antiguo

y muy moderno, audaz, cosmopolita;

con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,

y una sed de ilusiones infinita.

  

   Yo supe de dolor desde mi infancia;

mi juventud... ¿fue juventud la m��a?,

sus rosas a��n me dejan su fragancia,

una fragancia de melancol��a...

 

ITE, MISSA EST

            A Reynaldo de Rafael

Yo adoro a una son��mbula con alma de Elo��sa,  
virgen como la nieve y honda como la mar;  
su esp��ritu es la hostia de mi amorosa misa,  
y alzo al s��n de una dulce lira crepuscular.

Ojos de evocadora, gesto de profetisa,  
en ella hay la sagrada frecuencia del altar:  
su risa en la sonrisa suave de Monna Lisa;  
sus labios son los ��nicos labios para besar.

Y he de besarla un d��a con rojo beso ardiente;  
apoyada en mi brazo como convaleciente  
me mirar�� asombrada con ��ntimo pavor;

la enamorada esfinge quedar�� estupefacta;  
apagar�� la llama de la vestal intacta  
¡y la faunesa antigua me rugir�� de amor!

 
 

   A MARGARITA DEBAYLE

Margarita est�� linda la mar,  
y el viento,  
lleva esencia sutil de azahar;  
yo siento  
en el alma una alondra cantar;  
tu acento:  
Margarita, te voy a contar  
un cuento:

Esto era un rey que ten��a  
un palacio de diamantes,  
una tienda hecha de d��a  
y un rebaño de elefantes,  
un kiosko de malaquita,  
un gran manto de tis��,  
y una gentil princesita,  
tan bonita,  
Margarita,  
tan bonita, como t��.

Una tarde, la princesa  
vio una estrella aparecer;  
la princesa era traviesa  
y la quiso ir a coger.

La quer��a para hacerla  
decorar un prendedor,  
con un verso y una perla  
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas  
se parecen mucho a ti:  
cortan lirios, cortan rosas,  
cortan astros. Son as��.

Pues se fue la niña bella,  
bajo el cielo y sobre el mar,  
a cortar la blanca estrella  
que la hac��a suspirar.

Y sigui�� camino arriba,  
por la luna y m��s all��;  
m��s lo malo es que ella iba  
sin permiso de pap��.

Cuando estuvo ya de vuelta  
de los parques del Señor,  
se miraba toda envuelta  
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: —«¿Qu�� te has hecho?  
te he buscado y no te hall��;  
y ¿qu�� tienes en el pecho  
que encendido se te ve?».

La princesa no ment��a.  
Y as��, dijo la verdad:  
—«Fui a cortar la estrella m��a  
a la azul inmensidad».

Y el rey clama: —«¿No te he dicho  
que el azul no hay que cortar?.  
¡Qu�� locura!, ¡Qu�� capricho!...  
El Señor se va a enojar».

Y ella dice: —«No hubo intento;  
yo me fui no s�� por qu��.  
Por las olas por el viento  
fui a la estrella y la cort��».

Y el pap�� dice enojado:  
—«Un castigo has de tener:  
vuelve al cielo y lo robado  
vas ahora a devolver».

La princesa se entristece  
por su dulce flor de luz,  
cuando entonces aparece  
sonriendo el Buen Jes��s.

Y as�� dice: —«En mis campiñas  
esa rosa le ofrec��;  
son mis flores de las niñas  
que al soñar piensan en m��».

Viste el rey pompas brillantes,  
y luego hace desfilar  
cuatrocientos elefantes  
a la orilla de la mar.

La princesita est�� bella,  
pues ya tiene el prendedor  
en que lucen, con la estrella,  
verso, perla, pluma y flor.

* * *

Margarita, est�� linda la mar,  
y el viento  
lleva esencia sutil de azahar:  
tu aliento.

Ya que lejos de m�� vas a estar,  
guarda, niña, un gentil pensamiento  
al que un d��a te quiso contar  
un cuento.

      V��ase tambi��n L.T. p.p 198 - 201: Venus; Yo persigo

una forma; Lo fatal; De invierno; Ite misa est; De otoño.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

CÉSAR VALLEJO (Per��, 1892 - 1938)

Considerando en fr��o, imparcialmente...

Considerando en fr��o, imparcialmente,

que el hombre es triste, tose y, sin embargo,

se complace en su pecho colorado;

que lo ��nico que hace es componerse

de d��as;

que es l��brego, mam��fero y se peina...

Considerando

que el hombre procede suavemente del trabajo

y repercute jefe, suena subordinado;

que el diagrama del tiempo

es constante diorama en sus medallas

y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,

desde lejanos tiempos,

su f��rmula fam��lica de masa...

Comprendiendo sin esfuerzo

que el hombre se queda, a veces, pensando,

como queriendo llorar,

y, sujeto a tenderse como objeto,

se hace buen carpintero, suda, mata

y luego canta, almuerza, se abotona...

Examinando, en fin,

sus encontradas piezas, su retrete,

su desesperaci��n, al terminar su d��a atroz, borr��ndolo...

Considerando tambi��n

que el hombre es en verdad un animal

y, no obstante, al voltear me da con su tristeza en la                 [cabeza...

Comprendiendo

que ��l sabe que le quiero,

que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente

Considerando sus documentos generales

y mirando con lentes aquel certificado

que prueba que naci�� muy pequeñito...

le hago un seña,

viene,

y le doy un abrazo, emocionado.

¡Qu�� m��s da! Emocionado... Emocionado...

 

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me morir�� en Par��s con aguacero,

un d��a del cual tengo ya el recuerdo.

Me morir�� en Par��s —y no me corro—

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves ser�� porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los h��meros me he puesto

a la mala y, jam��s como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

C��sar Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que ��l les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

tambi��n con una soga; son testigos

los d��as jueves y los huesos h��meros,

la soledad, la lluvia, los caminos...

      V��ase tambi��n L.T. p. 237 : Masa.

 
 

Vicente Huidobro (Chile, 1893 - 1948)

  Altazor (fragmentos)

No hay tiempo que perder

Ya viene la golondrina monot��mpora

Trae un acento ant��poda de lejan��as que se acercan

Viene gondoleando la golondrina

Al horitaña de la montazonte

La violondrina y el goloncelo

Descolgada esta mañana de la lunala

Se acerca a todo galope

Ya viene la golondrina

Ya viene la golonfina

Ya viene la golontrina

Ya viene la goloncima

Viene la golonchina

Viene la golonclima

Ya viene la golonrima

Ya viene la golonrisa

La golonniña

La golongira

La golonlira

La golonbrisa

La golonchilla

Ya viene la golond��a

Y la noche encoge sus uñas como el leopardo

Ya viene la golontrina

Que tiene un nido en cada uno de los dos calores

Como yo lo tengo en los cuatro horizontes

Viene la golonrisa

Y las olas se levantan en la punta de los pies

Viene la golonniña

Y siente un vah��do en la cabeza de la montaña

Viene la golongira

Y el viento se hace parada de s��lfides en org��a

Se llenan de notas los hilos telef��nicos

Se duerme el ocaso con la cabeza escondida

Y el ��rbol con el pulso afiebrado

Pero el cielo prefiere el rodoñol

Su niño querido de rorreñol

su flor de alegr��a el romiñol

Su piel de l��grima el rofañol

Su garganta nocturna el rosolñol

El rolañol

El rosiñol.

 

      V��ase tambi��n L.T.  p.237: Nipona.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Pablo Neruda (Chile, 1904 - 1973)

Veinte poemas de amor y una canci��n desesperada.

Puedo escribir los versos m��s tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche est�� estrellada,

y tiritan, azules, los astros a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos m��s tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella tambi��n me quiso.

En las noches como esta la tuve entre mis brazos.

La bes�� tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo tambi��n la quer��a.

C��mo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos m��s tristes esta noche.

Pensar que no la tengo, sentir que la he perdido.

O��r la noche inmensa, m��s inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el roc��o.

Qu�� importa que mi amor no pudiera guardarla.

La noche est�� estrellada y ella no est�� conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos ��rboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuanto la quise.

Mi voz buscaba el viento para tocar su o��do.

De otro. Ser�� de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.

Porque en noches como estas la tuve entre mis brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque este sea el ��ltimo dolor que ella me causa

y estos sean los ��ltimos versos que yo le escribo.

 

ME GUSTAS CUANDO CALLAS PORQUE ESTÁS COMO  AUSENTE,

 

y me oyes desde lejos y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado

y parece que un beso te cerrara la boca.

 

Como todas las cosas est��n llenas de mi alma

emerges de las cosas, llena del alma m��a.

Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,

y te pareces a la palabra melancol��a.

 

Me gustas cuando callas y est��s como distante.

Y est��s como quej��ndote, mariposa en arrullo.

Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:

d��jame que me calle con el silencio tuyo.

D��jame que te hable tambi��n con tu silencio

claro como una l��mpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

 

Me gustas cuando callas porque est��s como ausente.

Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Una palabra entonces, una sonrisa bastan.

Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

 

      V��ase tambi��n L.T. p. 237: ��En su llama mortal...��

 

Nicol��s Guill��n (Cuba, 1902 - 1989)

      Canci��n

¡De qu�� callada manera

se me adentra usted sonriendo,

como si fuera la primavera!

Yo muriendo.

Y de qu�� modo sutil

me derram�� en la camisa

todas las flores de abril.

¿Qui��n le dijo que yo era

risa siempre, nunca llanto,

como si fuera la primavera?

No soy tanto.

En cambio qu�� espiritual

que usted me brinde una rosa

de su rosal principal.

 

      Sensemaya

(Canto para matar una culebra)

¡Mayombe-bombe-mayombe!

¡Mayombe-bombe-mayombe!

¡Mayombe-bombe-mayombe!

La culebra tiene los ojos de vidrio;

la culebra viene, y se enreda en un palo;

con sus ojos de vidrio en un palo,

con sus ojos de vidrio.

La culebra camina sin patas;

la culebra se esconde en la yerba;

caminando se esconde en la yerba;

caminando sin patas.

¡Mayombe-bombe-mayombe!

¡Mayombe-bombe-mayombe!

¡Mayombe-bombe-mayombe!

T�� le das con el hacha y se muere:

¡dale ya!

¡No le des con el pie, que te muerde,

no le des con el pie, que se va!

            (...)

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Jorge Enrique Adoum (Ecuador, 1923)

 
 

despu��s de añ��simos de quizases talveces ojalases

no quedan sino porqu��s nuncamases y tampocos

ya jamasmente la ��sima

ya s��lo la escorpiona

parasiempremente no sida

el puro postamor casi inamor amortejado

en la subalma o la desvida

diciembremente terminado

 

                                    De No son todos los que est��n. (1960)

 

      V��ase tambi��n L.T. p. 217: Epitafio del extranjero vivo.

 
 

Silvio Rodr��guez  (Cuba,1946)

 

En estos d��as.

 

En estos d��as

todo el viento del mundo sopla en tu direcci��n,

la Osa Mayor corrige la punta de su cola

y te corona con la estrella que gu��a,

la m��a.

 

Los mares se han torcido,

no con poco dolor, hacia tus costas,

la lluvia dibuja en tu cabeza la sed de millones de ��rboles

las flores te maldicen muriendo,

celosas.

 

En estos d��as

no sale el sol

sino tu rostro.

 

Y en el silencio

sordo del tiempo

gritan tus ojos.

 

¡Ay de estos d��as terribles!

¡Ay de lo indescriptible!

 

En estos d��as

no hay absoluci��n posible para el hombre,

para el feroz, la fiera que ruge y canta ciega,

ese animal remoto que devora y devora

primaveras.

 

En estos d��as

no sale el sol,

sino tu rostro.

 

Y en el silencio

sordo del tiempo

gritan tus ojos.

 

¡Ay de estos d��as terribles!

¡Ay del nombre que lleven!

¡Ay de cuantos se marchen!

¡Ay de cuantos se queden!

 

¡Ay de todas las cosas

que hinchan este segundo!

¡Ay de estos d��as terribles

Asesinos del mundo!

            (1978)

 

      Te doy una canci��n 

¡C��mo gasto papeles record��ndote,  

c��mo me haces hablar en el silencio,  

c��mo no te me quitas de las ganas, 

aunque nadie me ve nunca contigo!  

 ¡Y c��mo pasa el tiempo   

que de pronto son años   

sin pasar t�� por m��,    

detenida!     

Te doy una canci��n si abro una puerta  

y de la sombra sales t��.   

Te doy una canci��n de madrugada  

cuando m��s quiero tu luz.   

Te doy una canci��n cuando apareces  

el misterio del amor   

y si no lo apareces,

no me importa,

yo te doy una canci��n.   

Si miro un poco afuera me detengo,  

la ciudad se derrumba y yo cantando;    

la gente que me odia y que me quiere  

no me va a perdonar que me distraiga.  

Creen que lo digo todo,    

que me juego la vida,     

porque no te conocen   

ni te sienten.    

Te doy una canci��n y hago un discurso

sobre mi derecho a hablar;   

Te doy una canci��n con mis dos manos,

con las mismas de matar.

  Te doy una canci��n y digo patria

y sigo hablando para ti;

  Te doy una canci��n como un disparo,

como un libro, una palabra, una guerrilla,

como doy el amor.

                                                                              (1975)

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

                                  ¡Ojal��!

¡Ojal�� que las hojas

no te toquen el cuerpo cuando caigan,

para que no las puedas

convertir en cristal!         

¡Ojal�� que la lluvia deje de ser

milagro que baja por tu cuerpo!

¡Ojal�� que la luna pueda salir sin ti!

¡Ojal�� que la tierra no te bese los pasos!

¡Ojal�� se te acabe la mirada constante,

la palabra precisa, la sonrisa perfecta!

¡Ojal�� pase algo que te borre de pronto:

una luz cegadora, un disparo de nieve!

¡Ojal�� por lo menos que me lleve la muerte,

para no verte tanto, para no verte siempre,

en todos los segundos

en todas las visiones!

¡Ojal�� que no pueda

tocarte ni en canciones! 

¡Ojal�� que la aurora

no d�� gritos que caigan en mi espalda! 

¡Ojal�� que tu nombre  

se le olvide a esa voz!

¡Ojal�� las paredes

no retengan tu ruido de camino cansado! 

¡Ojal�� que el deseo se vaya tras de ti,

a tu viejo gobierno de difuntos y flores!

¡Ojal�� se te acabe la mirada constante,

la palabra precisa, la sonrisa perfecta!

¡Ojal�� pase algo que te borre de pronto:

una luz cegadora, un disparo de nieve!

¡Ojal�� por lo menos que me lleve la muerte,

para no verte tanto, para no verte siempre,

en todos los segundos

en todas las visiones!

¡Ojal�� que no pueda

tocarte ni en canciones! 

 

            (1978)

 

Un poeta del siglo XIII

Vuelve a mirar los arduos borradores 
De aquel primer soneto innominado,  
La p��gina arbitraria en que ha mezclado 
Tercetos y cuartetos pecadores.

Lima con lenta pluma sus rigores 
Y se detiene. Acaso le ha llegado 
Del porvenir y de su horror sagrado 
Un rumor de remotos ruiseñores.

¿Habr�� sentido que no estaba solo 
Y que el arcano, el incre��ble Apolo 
Le hab��a revelado un arquetipo,

Un ��vido cristal que apresar��a 
Cuanto la noche cierra o abre el d��a: 
D��dalo, laberinto, enigma, Edipo?

                  Jorge Luis Borges

 
 
 

ESPUMAS

Este cuerpo de amor no necesita 
quemar su luz en otra ardiente rama. 
La lava en que se quema y que derrama, 
por su propio volc��n se precipita.

Tu hermosura sin voz s��lo me incita, 
no un coraz��n ni el vuelo de una llama. 
Mi alimento es mi amor, y lo que ama 
mi sangre, es esa piel, que un astro imita.

¿Qu�� esconde esa belleza? S��lo espumas, 
Oh hermosa nada que a mi amor convoca, 
raudo cielo sin Dios, mar sin secreto.

Pero besar todas sus dulces plumas 
es ya el ��nico sino de esta boca, 
la ��nica gloria ya de este esqueleto.

 

Octavio Paz; mexicano (1914-1998)

 

Mar��a Rosal Nadales; española (1961)

 

Tempus fugit 
 
De tibio pedernal, m��rmol triunfante,  
delirios circulares de armon��a, 
en redonda y severa simetr��a, 
gemela suavidad, melaza andante. 
 
Dulce empeño, cristal, claro diamante, 
embrujada y turgente geograf��a, 
que en mostrando descaro y osad��a 
no habr�� vaina leal que no levante. 
 
Si una mano os asalta en la espesura, 
responded con fervor y sin recato, 
que en amorosa lid, vale locura. 
 
Y pues que tempus fugit por mandato 
fuera necio no obrar con desmesura 
ante l��brico dios, nunca sensato.

 

      Remedio antiguo no hallado en la botica (1994)

 
 
 
 
 
 
 
 
 

Ernestina de Champourcin,  España 1905-1999

 

Tu silencio me envuelve y me traspasa...

 

Tu silencio me envuelve y me traspasa

con agujas de hostiles soledades,

muro obstinado tras el cual evades

la pregunta de fuego que me abrasa.

¡Abre tu cerco al fin! Es tan escasa

la luz en mi camino, que si invades

con tu niebla sus tenues claridades,

naufragar�� en la sombra. Ven y arrasa

para siempre mi inquieta incertidumbre.

Devu��lveme tu voz, dame la lumbre

de tu palabra n��tida y serena.

Derrumba en torno m��o tu muralla

y escucahr��s el c��ntico que calla

en el pozo sin cielo de mi pena.

      C��ntico in��til (1936)

 

Tino Barriuso España 1948

Carta al ayer         a begoña arnaiz

 

Vienes como la lluvia en primavera,

a desnudar arc��ngeles glaciales,

y llamas con el ala en los cristales,

siempre dentro de m��, mas siempre fuera.

Desciendes por la hond��sima escalera

que lleva al coraz��n, y en los umbrales

sonr��es con tus ojos manantiales,

tu falda de ma��z, tu voz de cera.

Y ya ves: voy andando hacia el olvido,

pero vivo, neg��ndole a la muerte

la luz de los trabajos y los d��as.

Te guardo m��s de lo que te he querido,

y no hallo otra manera de quererte

que parecerme al hombre que quer��as.

      Paloma sin alas (1991)

 

Antonio c��ceres España 1960

Homenaje al soneto

 

Jacopo de Lentini, funcionario

de la Corte Imperial, vate discreto,

al combinar cuarteto con terceto

fij�� un preciso molde literario.

As�� nace el discurso lapidario

que seguimos haciendo; este soneto

es un ensayo m��s, siempre incompleto,

del perfecto soneto imaginario.

Petrarca, Borges, Lope, Garcilaso,

Quevedo, Shakespeare, G��ngora y Cervantes

de esta idea alcanzaron la excelencia.

Manuel Machado presinti�� que, acaso,

en los catorce versos consonantes

de un hombre cabe entera la existencia.

            Vuelta de hoja (1992)

 
 

Viaje infinito.

Para el que con su incendio te ilumina, 
c��smico caracol de azul sonoro, 
blanco que vibra un c��mbalo de oro, 
��ltimo trecho de la jabalina,

la mano que te busca en la penumbra 
se detiene en la tibia encrucijada 
donde musgo y coral velan la entrada 
y un r��o de luci��rnagas alumbra,

 

s��, portulano1, fuego de esmeralda,

sirte2 y fanal3 en una misma empresa

cuando la boca navegante besa

La poza m��s profunda de tu espalda,

suave canibalismo que devora 
su presa que la danza hacia el abismo, 
oh laberinto exacto de s�� mismo 
donde el pavor de la delicia mora

agua para la sed del que te viaja 
mientras la luz que junto al lecho vela 
baja a tus muslos su h��meda gacela 
y al fin la estremecida flor desgaja

            Julio Cort��zar Último round.

 

Cristina N��ñez Pereira (Madrid)

Concurso: Luces y Sombras 
T��tulo: Soneto del amor bien medido

Perfecta entre tus senos la cesura, 
consonante la rima en tu cadera. 
(Sin ti; yo, cabo roto, estrofa huera.) 
Ni un solo ripio afea tu cintura, 
 
ni una s��laba falta en tu hermosura; 
tu ritmo alejandrino me acelera, 
y ni en el hemistiquio se modera 
mi amor que tras tus besos se apresura. 
 
Mi m��s sonoro verso queda mudo 
por ti. Por ti me vuelvo pareado, 
por ti yo me encadeno en un terceto, 
 
por ti yo me encabalgo y me desnudo; 
ante el tuyo, mi pie queda quebrado�� 
y al fin, s��lo por ti, soy un soneto.

JAVIER KRAHE

      La hoguera.

Es un asunto muy delicado

el de la pena capital

porque adem��s del condenado

juega el gusto de cada cual;

empalamiento, lapidamiento

inmersi��n, crucifixi��n,

desuello, descuartizamiento;

todos son dignos de admiraci��n.

Pero dejadme, ay, que yo prefiera

la hoguera, la hoguera, la hoguera;

la hoguera tiene ¡qu�� s�� yo!

que s��lo lo tiene la hoguera.

S�� que han probado su eficacia

los carchutos del pelot��n;

la guinda del tiro de gracia

es exclusiva del pared��n.

La guillotina por supuesto

posee el ��chic�� de lo franc��s:

la cabeza que cae al cesto,

ojos y lengua de trav��s.

Pero dejadme, ay, que yo prefiera

la hoguera, la hoguera, la hoguera,

la hoguera tiene ¡qu�� s�� yo!

que s��lo lo tiene la hoguera.

No tengo elogios suficientes

para la c��mara de gas,

que para grandes contingentes

ha resultado ser el as.

Ni negar�� que el balanceo

de la horca un hallazgo es,

ni lo que se estira el reo

cuando lo lastran por los pies. 

Pero dejadme, ay, que yo prefiera

la hoguera, la hoguera, la hoguera;

la hoguera tiene ¡qu�� s�� yo!

que s��lo lo tiene la hoguera.

Sacudir con corriente alterna

reconozco que no est�� mal

la silla el��ctrica es moderna,

americana, funcional.

Y s�� que iba de maravilla

nuestro castizo garrote vil

para ajustarle la golilla

al pescuezo m��s incivil.

 

Pero dejadme, ay, que yo prefiera

la hoguera, la hoguera, la hoguera,

la hoguera tiene ¡qu�� s�� yo!

que s��lo lo tiene la hoguera.

 
 

      Un burdo rumor

 

No s�� tus escalas por lo tanto eres muy dueña

de ir por ah�� diciendo que la tengo muy pequeña.

No est�� su tamaño en honor a la verdad

fuera de la ley de la relatividad.

Y aunque en rigor no es mejor

por ser mayor o menor,

ciertamente es un burdo rumor.

Pero como veo que, por ser tu tan cotilla,

va de boca en boca y es la comidilla,

en vez de esconderla como har��a el avestruz

tomo mis medidas: h��gase la luz.

Y aunque en rigor no es mejor

por ser mayor o menor,

una encuesta he hecho a mi alrededor.

Trece interesadas respondieron a esta encuesta,

de las cuales una no sabe, no contesta,

y en las otras doce divisi��n, como ver��is:

se me puso en contra la mitad, es decir, seis.

Y aunque en rigor no es mejor

por ser mayor o menor,

otras seis francamente a favor.

Y si hubo reproches fueron, en resumen,

por su rendimiento, no por su volumen.

Y las alabanzas, que tambi��n hubo un mont��n,

hay que atribuirlas a una cuarta dimensi��n.

Y aunque en rigor no es mejor

por ser mayor o menor,

a que a veces soy muy cumplidor.

Mi mujer incluso dijo: ��aunque prefiero,

como t�� ya sabes, la del jardinero;

por si te interesa pon que est��is a la par,

s��lo que la suya es mucho menos familiar��

Y aunque en rigor no es mejor

por ser mayor o menor,

nunca olvida traerme una flor.

Es m��sero, s��rdido, y aun dir��a t��trico

someterlo todo al sistema m��trico:

no est��s con la regla m��s de lo que es natural

te aseguro, chica, que eso puede ser fatal.

Y aunque en rigor  no es peor

por ser mayor o menor,

yo que t�� consultaba al doctor L��pez Ibor.

 

  

 
 

   

Villatripas.

Por su gran prosperidad

decidi�� la autoridad

de Villatripas de Arriba

—¡Que viva el alcalde; viva!—

erigir un monumento

un aut��ntico portento

que a los de abajo asombrara:

una escultura bien cara,

como dijo el pregonero,

que costara su dinero,

pues de m��rmol o alabastro

de nuestro rico catastro

la montara un escultor

en plena plaza mayor.

Y terminaba el preg��n:

—ser�� una gran erecci��n—

 

Se gast�� mucha saliva

en Villatripas de Arriba;

la gente andaba tan fatua

con la cosa de la estatua

y hab��a gran emoci��n

cuando la inauguraci��n.

La alcaldesa con premura

corri�� el velo a la escultura

y apareci�� ante la villa

la supuesta maravilla:

saliendo de entre las aguas

sin siquiera unas enaguas,

toda toda desnudita,

una Venus Afrodita.

La erecci��n no estuvo mal,

satisfizo al personal.

Ten��a el pueblo de al lado

el ��nimo muy picado,

y all�� habl�� el señor alcalde:

—erigiremos de valde—

En Villatripas de Abajo

se suple con desparpajo

por parte del vecindario

la falta de monetario:

—Vecinos de este lugar,

hay que vencer o ganar.

¿Est��is dispuestos a todo

por sacudiros el lodo

de esa Venus Afroooo....... leches?

—Alcalde, lo que nos eches —

respondi�� la poblaci��n

con una gran ovaci��n.

 

Cogieron a la Jacinta,

la moza de mejor pinta,

y en la misma plazoleta

la pusieron en porreta

y la echaron al pil��n

sin mayor vacilaci��n.

Luego fue una comitiva

a Villatripas de Arriba

a decirles que bajaran,

miraran y compararan.

Comparando las dos Venus,

¿cu��l es m��s y cual es menos?

excepto alg��n poetastro

que alab�� la de alabastro

y el pelma de Don Sim��n

que de un vuelo fue al pil��n,

se oy�� gritar al comp��s:

—La Jacinta mucho m��s,

la Jacinta mucho m��s —

Y con graciosa vehemencia

añadi�� la concurrencia,

sobre todo los varones:

—que en lo tocante a erecciones

la Jacinta en el pil��n

matarile rile ro.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

    Texto 1

 

Los poetas demostraron, antes que los psicoling��istas, que todas las palabras suenan en nuestros o��dos aunque las leamos en silencio. Despu��s, los estudiosos del lenguaje y del cerebro humano han convenido en que la lectura de un texto va acompañada de una articulaci��n interior, imperceptible. Ellos lo llaman ��subvocalizaci��n��. Por eso aprender a leer afecta a la forma de percibir las palabras que se oyen. Una vez que sabemos leer no s��lo vemos las palabras con sus letras. Tambi��n las escuchamos con sus sonidos.

Y con los sonidos nos llegan los colores de los fonemas y cuanto sugieren. Las formas que envuelven los vocablos crean tambi��n una est��tica que alcanza a los sentidos del ser humano y puede, como un lienzo, dejar admirados nuestros ojos. Las letras cumplen el papel de colores en la paleta de quien plasma un poema.

La vocal u, por ejemplo, se inserta en ��luz��, en ��lumbre��, en ��fulgor��, en ��fulgurante��, en ��iluminar��, ��luminaria�� ... palabras todas ellas que se apoyan en el sonido ��u�� y que se relacionan con la luz misma. D��maso Alonso hablaba de ��la magia de la imagen fon��tica�� para componer ��la imagen po��tica��, y recordaba aquel verso del poeta dueño del color, Luis de G��ngora: ��Infame turba de nocturnas ave��, donde la acentuaci��n de la frase en las dos s��labas ��tur�� (turba y nocturna), en los dos golpes de la u, hace caer sobre el verso dos intensos chorros de luz, pero de luz negra; la misma luz negra que inunda la palabra ��l��gubre�� ... La negrura de ��luto�� y ��luctuoso��, las s��labas que evocan el dolor primitivo de la palabra.

Y es esa misma ��tur�� acentuada en ��turba�� y en ��nocturna�� la que encontramos en turbio, en el d��o de letras ��ur�� que hallamos en ��oscuro��, la misma letra u que sobreviene opaca en el azul marino o en la l��gubre luz del ��ngulo umbr��o, del ��ngulo oscuro: un cierto fulgor, luz s��; pero de brillo negro, el brillo de la ��p��rpura�� y del ��crep��sculo��; porque el azul profundo y las ��es que lo muestran se hallan muy cerca, hasta el punto de que en franc��s se dice ��no veo m��s que azul�� para explicar que alguien no ve nada; y en alem��n, ��estar en azul�� equivale a ��estar borracho�� ... situaci��n que en España se llama tambi��n ��estar ciego��3. (...)

La a, por el contrario, se muestra blanca... blancas son las letras a de ��lamo y de c��ndida, de clara y de di��fana, de glaciar, de alba y de cal y de agua y de cana o de diana, la a que transparenta, la a de cristalina y de escarcha... y de la propia palabra ��blanca��, que exhibe su blancura en las dos vocales que la pronuncian. Y blancos son los ����lamos�� en su madera blanca, y los ��fantasmas�� en sus ��s��banas��, en sus s��banas blancas, vestidos por las aes de todas esas s��labas que hacen menos blanca la nieve que la nevada.

La letra i es tal vez el amarillo, palabra que la acoge adem��s en su s��laba t��nica, el amarillo de ��genista�� porque encajar��a m��s a la retama el color blanco y a la genista el amarillo, siendo en realidad la misma planta, sin��nimas en los diccionarios... El amarillo que se marchita y amarillea marchit��ndose y que pone el acento en la i de marchito, el amarillo del pelo rubio, el amarillo de un rostro l��vido, del cofre aurino, de la piel cetrina, de la orina, de la ictericia y su palidez, el amarillo del trigo5 (...)

La o lleva los valores de ��negro��, cuyo sonido se asocia con lo f��nebre tal vez porque ��nekro�� lleg�� al español desde el griego para nombrar a la muerte (identificamos el negro con la necrol��gica, y vemos el negro futuro de alguien...  (...) GRIJELMO, Alex: La seducci��n de las palabras, Taurus, Madrid, 2000; pp. 39-41

 
 

    Texto 2

 

Una vez m��s, pues, hab��a cometido una tonter��a con mi costumbre de escribir cartas muy espont��neas y enviarlas enseguida. Las cartas de importancia hay que retenerlas por lo menos un d��a hasta que se vean claramente todas las posibles consecuencias.

Quedaba un recurso desesperado, ¡el recibo! Lo busqu�� en todos los bolsillos, pero no lo encontr��: lo habr��a arrojado est��pidamente por ah��. Volv�� corriendo al correo, sin embargo, y me puse en la fila de las certificadas. Cuando lleg�� mi turno, pregunt�� a la empleada, mientras hac��a un horrible e hip��crita esfuerzo para sonre��r:

—¿No me conoce?

La mujer me mir�� con asombro: seguramente pens�� que era loco. Para sacarla de su error, le dije que era la persona que acababa de enviar una carta a la estancia Los Omb��es. El asombro de aquella est��pida pareci�� aumentar y, tal vez con el deseo de compartirlo o de pedir consejo ante algo que no alcanzaba a comprender, volvi�� su rostro hacia un compañero; me mir�� nuevamente a m��.

—Perd�� el recibo —expliqu��.

No obtuve respuesta.

—Quiero decir que necesito la carta y no tengo el recibo —agregu��.

La mujer y el otro empleado se miraron, durante un instante, como dos compañeros de baraja.

Por fin, con el acento de alguien que est�� profundamente maravillado, me pregunt��:

—¿Usted quiere que la devuelva la carta?

—As�� es.

—¿Y ni siquiera tiene el recibo?

Tuve que admitir que, en efecto, no ten��a ese importante documento. El asombro de la mujer hab��a aumentado hasta el l��mite. Balbuce�� algo que no entend�� y volvi�� a mirar a su compañero.

—Quiere que le devuelva una carta —tartamude��.

El otro sonri�� con infinita estupidez, pero con el prop��sito de querer mostrar viveza. La mujer me mir�� y me dijo:

—Es completamente imposible.

—Le puedo mostrar documentos —repliqu�� sacando unos papeles.

—No hay nada que hacer. El reglamento es terminante.

—El reglamento, como usted comprender��, debe estar de acuerdo con la l��gica —exclam�� con violencia mientras comenzaba a irritarme un lunar con pelos largos que esa mujer ten��a en la mejilla.

—¿Usted conoce el reglamento? —me pregunt�� con sorna.

—No hay necesidad de conocerlo, señora —respond�� fr��amente, sabiendo que la palabra señora deb��a herirla mortalmente.

Los ojos de la harp��a brillaban ahora de indignaci��n.

—Usted comprende, señora, que el reglamento no puede ser il��gico: tiene que haber sido redactado por una persona normal, no por un loco. Si yo despacho una carta y al instante vuelvo a pedir que me la devuelvan porque me he olvidado de algo esencial lo l��gico es que se atienda mi pedido. ¿O es que el correo tiene empeño en hacer llegar cartas incompletas o equ��vocas? Es perfectamente claro y razonable que el correo es un medio de comunicaci��n, no un medio de compulsi��n: el correo no puede obligar a mandar una carta si yo no quiero.

—Pero usted lo quiso —respondi��.

—¡S��! —grit��—, ¡pero le vuelvo a repetir que ahora no lo quiero!

—No me grite, no sea mal educado. Ahora es tarde.

—No es tarde porque la carta est�� all�� —dije, señalando hacia el resto de las cartas despachadas.

La gente comenzaba a protestar ruidosamente. La cara de la solterona temblaba de rabia. Con verdadera repugnancia, sent�� que todo mi odio se concentraba en el lunar.

—Yo le puedo probar que soy la persona que ha mandado la carta —repet��, mostr��ndole unos papeles personales.

—No grite, no soy sorda —volvi�� a decir—. Yo no puedo tomar semejante decisi��n.

—Consulte al jefe, entonces.

—No puedo. Hay demasiada gente esperando. Ac�� tenemos mucho trabajo, ¿comprende?

—Este asunto forma parte del trabajo —expliqu��.

Algunos de los que estaban esperando propusieron que me devolvieran la carta de una vez y se siguiera adelante. La mujer vacil�� un rato, mientras simulaba trabajar en otra cosa; finalmente fue adentro y al cabo de un largo rato volvi�� con un humor de perro. Busc�� en el cesto.

—Solo tiene iniciales y direcci��n —dijo.

—¿Y eso?

—¿Qu�� documentos tiene para probarme que es la persona que mand�� la carta?

—Tengo el borrador —dije, mostr��ndolo.

Lo tom��, lo mir�� y me lo devolvi��.

—¿Y c��mo sabemos que es el borrador de la carta?

—Es muy simple: abramos el sobre y lo podemos verificar.

La mujer dud�� un instante, mir�� el sobre cerrado y luego me dijo:

—¿Y c��mo vamos a abrir esta carta si no sabemos que es suya? Yo no puedo hacer eso.

La gente comenz�� a protestar de nuevo. Yo ten��a ganas de hacer alguna barbaridad.

—Ese documento no sirve —concluy�� la harp��a.

—¿Le parece que la c��dula de identidad ser�� suficiente? —pregunt�� con ir��nica cortes��a.

—¿La c��dula de identidad?

Reflexion��, mir�� nuevamente el sobre y luego dictamin��:

—No la c��dula sola no, porque ac�� s��lo est��n las iniciales. Tendr�� que mostrarme tambi��n un certificado de domicilio. O si no la libreta de enrolamiento, porque en la libreta figura el domicilio.

Reflexion�� un instante m��s y agreg��:

—Aunque es dif��cil que usted no haya cambiado de casa desde los dieciocho años. As�� que casi seguramente va a necesitar tambi��n certificado de domicilio.

Una furia incontenible estall�� por fin en m�� y sent�� que alcanzaba tambi��n a Mar��a y, lo que es m��s curioso, a Mim��.

—¡M��ndela usted as�� y v��yase al infierno! —le grit��, mientras me iba.

Sal�� del correo con un ��nimo de mil diablos y hasta pens�� si, volviendo a la ventanilla pondr��a incendiar de alguna manera el cesto de las cartas. ¿Pero c��mo? ¿Arrojando un f��sforo? Era f��cil que se apagara en el camino. Echando previamente un chorrito de nafta, el efecto ser��a seguro; pero eso complicaba las cosas. De todos modos pens�� esperar a la salida del personal de turno e insultar a la solterona.

 

                              S��bato, Ernesto: El T��nel; de. C��tedra, Madrid, 1982, pp. 145 - 148.

 
 
 
 
 
 
 

    Texto 3     

    Las palabras no caen en el vac��o. ZOHAR

Esta noche he visto alzarse la M��quina nuevamente. Era, en la proa, como una puerta abierta sobre el vasto cielo que ya nos tra��a olores de tierra por sobre un Oc��ano tan sosegado, tan dueño de su ritmo, que la nave, levemente llevada, parec��a adormecerse en su rumbo, suspendida entre un ayer y un mañana que se trasladaran con nosotros. Tiempo detenido entre la Estrella Polar, la Osa Mayor y la Cruz del Sur —ignoro, pues no es mi oficio saberlo, si tales eran las constelaciones, tan numerosas que sus v��rtices, sus luces de posici��n sideral, se confund��an, se trastocaban, barajando sus alegor��as, en la claridad de un plenilunio, empalidecido por la blancura del Camino de Santiago... Pero la Puerta-sin-batiente estaba erguida en la proa, reducida al dintel y las jambas con aquel cartab��n, aquel medio front��n invertido, aquel tri��ngulo negro, con bisel acerado y fr��o, colgando de sus montantes. Ah�� estaba la armaz��n, desnuda y escueta, nuevamente plantada sobre el sueño de los hombres, como una presencia —una advertencia, — que nos concern��a a todos por igual. La hab��amos dejado a popa muy lejos, en sus cierzos de abril, y ahora nos resurg��a sobre la misma proa, delante, como guiadora —semejante, por la necesaria exactitud de sus paralelas, su implacable geometr��a, a un gigantesco instrumento de marear. Ya no la acompañaban pendones, tambores ni turbas; no conoc��a la emoci��n, ni la c��lera, ni el llanto, ni la ebriedad de quienes, all��, la rodeaban de un coro de tragedia antigua, con el crujido de las carretas de rodar-hacia-lo-mismo, y el acoplado redoble de las cajas. Aqu��, la Puerta estaba sola, frente a la noche, m��s arriba del mascar��n tutelar, relumbrada por su filo diagonal, con el bastidor de madera que se hac��a el marco de un panorama de astros. Las olas acud��an, se abr��an, para rozar nuestra eslora; se cerraban, tras de nosotros, con tan continuado y acompasado rumor que su permanencia se hac��a semejante al silencio que el hombre tiene por silencio cuando no escucha voces parecidas a las suyas. Silencio viviente, palpitante y medido, que no era, por lo pronto, el de lo cercenado y yerto... Cuando cay�� el filo diagonal con brusquedad de silbido y el dintel se pint�� cabalmente, como verdadero remate de puerta en lo alto de sus jambas, el investido de Poderes, cuya mano hab��a accionado el mecanismo, murmur�� entre dientes: (Hay que cuidarla del salitre». Y cerr�� la Puerta con una gran funda de tela embreada, echada desde arriba. La brisa ol��a a tierra —humus, esti��rcol, espigas, resinas— de aquella isla puesta, siglos antes, bajo el amparo de una Señora de Guadalupe que en C��ceres de Extremadura y Tepeyac de Am��rica ergu��a la figura sobre un arco de luna alado por un Arc��ngel.

                              Carpentier, Alejo: El siglo de las luces, Seix Barral, 1972. p.1.

 
 
 
 
 
 
 
 

    Texto 4

La diferencia que existe entre las f��bricas que lanzan grandes series y las que ��nicamente producen cantidades m��s restringidas de productos no es solamente —como podr��a suponerse— de tipo cuantitativo, sino que hay diferencias cualitativas gracias a las cuales la aplicaci��n de las reglas emanadas del taylorismo-bedo��smo logra una eficacia infinitamente superior y de otro orden. Cuando una fabricaci��n alcanza la envergadura propia de la gran serie es cuando la producci��n en cadena destina uno o m��s operarios a cada una de las m��nimas operaciones en que la anal��tica del proceso puede llegar a descomponer la totalidad bien integrada del mismo. Es entonces cuando el principio del cronometraje alcanza toda su virtualidad y cuando puede llegar a impedirse que la totalidad de la factor��a ��tenga que marchar al ritmo del peor de sus obreros��. Un planning adecuado del conjunto, con esquem��ticos ��ndices de la complejidad relativa de cada operaci��n y una econom��a de desplazamientos, movimientos, lapsos. deliberaciones, con absoluta exclusi��n de todo recurso a la maestr��a, llegan a producir los resultados que todos deseamos. Esta racionalizaci��n quiz�� en ninguna empresa de nuestra ciudad haya podido llegar a establecerse con absoluta precisi��n por falta de la masa de producci��n necesaria. Por ello, para hacernos idea de los principios en que se basa recurriremos a una organizaci��n en que, aunque no se trate propiamente hablando de manufactura, se dispone del numero suficiente de objetos a manipular para que las normas racionalizadoras alcancen su eficacia indudable. Se trata de los enterramientos verticales que se practican con los cad��veres de las personas que, habiendo pertenecido en vida a las clases sociales menos pudientes, no han podido o no han querido adquirir una sepultura en propiedad y por ello est��n destinados a ser colocados de modo poco preciso en un terreno vago e indelimitado, durante el n��mero de años necesario para que los procesos de la putrefacci��n completen su obra y posteriormente a ser trasladados a la fosa que se conoce con el sonoro y elegante nombre de osario. Puesto que el terreno de que se dispone (a despecho de la notable extensi��n del desierto periciudadano) es forzosamente limitado, mientras que el n��mero de muertos puede considerarse pr��cticamente infinito ya que, a lo largo del curso ininterrumpido del tiempo, cada d��a con parsimonia o con generosidad aporta su carga, ha sido preciso poner a punto una t��cnica de aprovechamiento que, al mismo tiempo que limita la extensi��n de la zona putrefactora, disminuye los gastos que el erario debe dedicar a este nov��simo servicio prestado a cada ciudadano. La esencia y fundamento del taylobedo��smo — como es sabido —consiste en que cada obrero no deje pasar ni un solo instante improductivo (ya en espera de la llegada de las herramientas, ya por necesidad de disponer de un modo adecuado la pieza en que deba trabajar, ya por negligente encendido de un pitillo) y en que durante el trabajo, cada uno de los movimientos constituyentes de esta actividad ininterrumpida tenga un rendimiento preciso modificando la situaci��n de la materia en el espacio, refiri��ndonos aqu�� a la que forma parte del objeto manufacturado. De acuerdo con estas normas, los sepultureros del Este, en lugar de juguetear con calaveras o tibias haciendo bromas macabras casi siempre de dudoso gusto, dedican su actividad de un modo continuo a un trabajo normalizado y racional. Mientras una de las brigadas, que podemos designar con la letra A, confecciona en la tierra rojiza unas fosas paralelepip��dicas rectangulares de una profundidad aproximada de cuatro metros y de la anchura y largura que una larga experiencia ha demostrado ser la m��s conveniente, otra brigada que podemos denominar C transporta en carretillas hacia unos terrenos donde se aprovecha como relleno la parte sobrante —que viene a ser algo menos de los siete octavos del total— al par que la brigada B se dedica al enterramiento propiamente dicho que siendo la fase m��s especializada del proceso merece una descripci��n m��s minuciosa. De acuerdo con el esquema racionalizador, cada uno de estos operarios se dedica exclusivamente a su trabajo espec��fico y son otros servicios subalternos los que suministran el material a manipular, conforme a un ritmo cuya periodicidad ha de ser rigurosamente controlada si se quiere conseguir el rendimiento ��ptimo. Esta periodicidad se consigue gracias al previo dep��sito de cuantos han de ser transportados durante la duraci��n de la jornada de trabajo, en un espacioso hangar desde el que las expediciones parten a intervalos regulares traslad��ndose con velocidad uniforme por los diversos senderos que previamente han sido diseñados. Puesto que el tiempo invertido en cada pieza oblonga est�� bien determinado, viene a constituir el orden de periodicidad b��sico al que se añade un coeficiente corrector basado en el respeto al dolor humano de los deudos; con lo que se consigue que los cortejos mortuorios no tropiecen unos con otros ni coincidan en el mismo tajo. Este pudor se protege m��s perfectamente disponiendo trayectorias diferentes, no superponibles, para cada dos transportes sucesivos. Llegado el objeto al pie de la fosa paralelepip��dica que acaba de abandonar la brigada A para empezar a vaciar a cierta distancia otra semejante, los obreros de la brigada B entran en acci��n. Con movimientos r��pidos y precisos disponen dos gruesas sogas que hacen pasar por debajo del ata��d: una en la posici��n te��rica del cuello o algo m��s abajo. en el punto de la v��rtebra que resalta y hace prominencia al comienzo de la espalda; la otra en la posici��n te��rica de la corva o hueso popl��teo. As�� colocadas ambas sogas aseguran un equilibrio perfecto de la carga. Mediante ellas, agarrando cada uno de los cuatro miembros de la brigada uno de los cabos, la caja desciende r��pidamente (confeccionada en madera de pino de poco espesor que favorecer�� la m��s r��pida penetraci��n de cuantos elementos deben introducirse en ella para una rica putrefacci��n: humedad, tierra, ra��ces de plantas, g��rmenes, larvas de insectos, pequeños gusanos blanquecinos) sin tropezar o rozando apenas los bordes verticales de la cavidad excavada. Llegada al fondo y comprobada su horizontalidad, las sogas son retiradas f��cilmente mediante el procedimiento de tirar de uno de los cabos soltando el otro. El acompañamiento sonoro y religioso del entierro se ha ido produciendo simult��neamente y tras dar, durante un breve instante, opci��n a alguno de los parientes m��s pr��ximos para arrojar al fondo un puñado de tierra que rompa la precaria intangibilidad de la tapa, los cuatro obreros con movimientos s��ncronos y sin estorbarse mutuamente, cubren el objeto de una capa de tierra de espesor suficiente para ocultarlo a las miradas de los curiosos (y a veces impertinentes deudos que se obstinan en inclinarse sobre el agujero con la esperanza de seguir viendo un trozo de tabla negra), pero no tan gruesa que disminuya importantemente la cabida de la fosa, con la consiguiente merma en el rendimiento de su trabajo. Concluido que es el dep��sito de esta capa de tierra que estrechamente (aunque dejando el aire necesario para la futura vida necr��faga) abraza al muerto, los obreros de la brigada B hacen un gesto tan expresivo de all right, finito, ya est��, se acab��, que cuantos circunstantes siguen estudiando la coloraci��n ocre de la terrosa sustancia superpuesta se hacen conscientes de la inanidad de su ocupaci��n y levantando la vista y tras cierta indecisi��n, siguen los pasos — m��s seguros — del capell��n del campo de la paz y de su ac��lito que se retiran a buen andar hacia el dep��sito en busca de nueva carga.

                        Mart��n Santos, Luis: Tiempo de silencio, Seix Barral, 1982. pp. 176 - 17

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Texto 5

 

��¿Qu�� se habr��a cre��do? Que yo me iba a amolar y a cargar con el cr��o. Ella, ��que es tuyo��, ��que es tuyo��. Y yo ya sabia que hab��a estao con otros. Aunque fuera m��o. ¿Y qu��? Como si no hubiera estao con otros. Ya sab��a yo que hab��a estao con otros. Y ella, que era para mi, que era m��o. Se lo ten��a cre��do desde que le pinch�� al Guapo. Estaba el Guapo como si tal. Todos le ten��an miedo. Yo tambi��n sin la navaja. Sabia que ella andaba conmigo y all�� delante empieza a tocarla los achuch��is6. Ella, la muy zorra, poniendo cara de susto y mirando para m��. Sabia que yo estaba sin el corte. Me cago en el coraz��n de su madre, la muy zorra. Y luego ��que es tuyo��, ��que es tuyo��. Ya s�� yo que es m��o. Pero a m�� qu��. No me voy a amolar y a cargar con el cr��o. Que hubiera tenido cuidao la muy zorra. ¿ Qu�� se habr�� cre��do? Todo porque le pinche al Guapo se lo ten��a cre��do. ¿ Para qu�� anduvo con otros la muy zorra? Y ella ��que no��, ��que no��, que s��lo conmigo. Pero ya no estaba estrecha cuando estuve con ella y me dije ��Tate, Cartucho, aqu�� ha habido tomate��. Pero no se lo dije porque a��n andaba camel��ndola. Pero hab��a tomate. Y ella ��que no��, que no��. Nada, que me lo iba a tragar. El Guapo toc��ndola delante m��o y ella por el mor de dar celos. Tonta. Sub�� a la chabola y baj�� con la navaja. Y miro antes de entrar y ella ya se hab��a retirado de ��l. No se dejaba tocar m��s que delante m��o, la tonta. Ya nadie se atrev��a a darle cara. No ten��an navaja o no sab��an usarla. El corte7 a mi me da m��s fuerza que al hombre m��s fuerte. Y ��l delante m��o ��Esta j�� est�� chocha por mi menda��. Me hast��an esos que hablan caliente como si por hablar as�� ya no se les pudiera pinchar. A m��. Y viendo que yo aguantaba y me achaparraba ��Ll��vale priva al Cartucho��. Y yo no aguanto que me digan Cartucho m��s que cuando yo quiero. Pero, chito chit��n. Yo achaparrao y ella mir��ndome como si para decir que era marica. Y ��l ��Bueno, si no quiere priva, pañ�� de muelle8��. Y viene con el vaso de sif��n y me lo pone en las napies y yo lo bebo. Mir��ndole a la jeta. Y ��l, ri��ndose ��Que me hinca los ac��is9��. Y se va chamullando entre dientes. ��No hay pel��s10.�� ��No hay pel��s.�� Pero a ella la ten��a yo camel�� y mira que te mira como si fuera yo marica. Me cago en el coraz��n de su madre, la zorra. Y que ya se le ve la tripa y venga a diquelar11 y a buscarme las vueltas. 

 

                        Mart��n Santos, Luis: Tiempo de sielencio, Seix Barral, 1982. pp 54 - 55

 
 
 
 
 
 
 
 
 

    Texto 6

 

Cuando uno est�� solo, cuando uno vive solo y adem��s en el extranjero, se fija enormemente en el cubo de la basura, porque puede llegar a ser lo ��nico con lo que se mantiene una relaci��n constante, o, a��n es m��s, una relaci��n de continuidad. Cada bolsa negra de pl��stico, nueva, brillante, y lisa, por estrenar, produce el efecto de la absoluta limpieza y la infinita posibilidad. Cuando se la coloca, a la noche, es ya la inauguraci��n o promesa del nuevo d��a: est�� todo por suceder. Esa bolsa, ese cubo, son a veces los ��nicos testigos de lo que ocurre durante la jornada de un hombre solo, y es all�� donde se van depositando los restos, los rastros de ese hombre a lo largo del d��a, su mitad descartada, lo que ha decidido no ser ni tomar para s��, el negativo de lo que ha comido, de lo que ha perdido, de lo que ha fumado, de lo que ha utilizado, de lo que ha comprado, de lo que ha producido y de lo que le ha llegado. Al t��rmino de ese d��a la bolsa, el cubo, est��n llenos y son confusos, pero se los ha visto crecer, transformarse, formarse en una mezcla indiscriminada de la cual, sin embargo, ese hombre no s��lo conoce la explicaci��n y el orden, sino que la propia e indiscriminada mezcla es el orden y la explicaci��n del hombre. La bolsa y el cubo son la prueba de que ese d��a ha existido y se ha acumulado y ha sido levemente distinto del anterior y del que seguir��, aunque es asimismo uniforme y el nexo visible con ambos. Ese es el ��nico registro, la ��nica constancia o fe del transcurrir de ese hombre, la ��nica obra que ese hombre ha llevado a cabo verdaderamente. Son el hilo de la vida. Tambi��n su reloj. Cada vez que uno se acerca al cubo y echa en ��l algo, vuelve a ver y a tener contacto con las cosas que tir�� en las horas previas, y eso es lo que le da un sentido de la continuidad: su d��a est�� jalonado por sus visitas al cubo de la basura, y all�� ve el envase del yogurt de fruta que desayun��, y aquel paquete de tabaco del que al comenzar la mañana quedaban s��lo dos cigarrillos, y los sobres ahora vac��os y rotos que le trajo el correo, los botes de coca-cola y la viruta de una l��piz al que sac�� punta  antes empezar el trabajo (aunque fuera a escribir con pluma), las hojas arrugadas que juzg�� imperfectas o equivocadas, el envoltorio de celof��n que contuvo tres sandwiches, las colillas vertidas numerosas veces desde los ceniceros, los algodones empapados en colonia con los que se refresc��  la frente, la grasa de los fiambres que comi�� distra��do para no interrumpirse, los informes in��tiles recogidos en la facultad, una hoja de perejil, una de albahaca, papel de plata, las briznas, las uñas que se cort��, la oscurecida piel de una pera, el cart��n de la leche, el frasco de la medicina acabada, las bolsas inglesas de papel crudo y ��spero en las que envuelven sus libros los libreros de viejo. Todo se va apretando y se va concentrando, se va tapando y se va fundiendo, y as�� se convierte en el trazo perceptible —material y s��lido— del dibujo de los d��as de la vida de un hombre. Cerrar y anudar la bolsa y sacarla fuera significa comprimir y clausurar la jornada, que tal vez habr�� estado punteada tan s��lo por esos actos, por el acto de arrojar desechos y mondaduras, el acto de prescindir, el acto de seleccionar, el acto de discernir lo in��til. El resultado del discernimiento es una obra que impone su propio t��rmino: cuando el cubo rebosa est�� concluida, y entonces, pero s��lo entonces, su contenido son desperdicios.     

 

                                          Javier  Mar��as: Todas las almas, 1993.

 
 
 
 
 
 
 
 

    Texto 7

          —¿Se puede? el est��mago se me revuelve.

          —S��, pase por favor. La estaba esperando, que arreglada se vino la petisa.

          —Qu�� lindas tiene las plantas... pero la casa da asco

          —Es lo ��nico que me dar��a l��stima dejar si me voy de Vallejos... ¿qu�� miras tanto los mosaicos rotos del piso? se vino impecable, la lana del tapado12 es cara, el sombrero de fieltro

      —Qu�� fr��o hace ¿no? no tiene estufa esta orillera13

          —S��, perdone que esta casa es tan fr��a, venga por ac�� que pasamos a la sala. vas a encontrar mugre si sos bruja... f��jate qu�� limpieza.

          —Mire, a mi no me importa ir a la cocina si est�� m��s calentito... no tiene estufa, ya se le cay�� la papada, debe tener cuarenta y cinco, y los ojos bolsudos

          —Bueno, si no le importa vamos, est�� todo limpito, por suerte. te cr��as que me agarrabas con todo sucio ¡enana sos! ¡enana! por m��s que te pongas sombrero para alargarte

          —¿Le traga mucha leña esta cocina? la debe refregar todo el d��a, la orillera esta

          —Y, bastante, pero como me la paso ac�� todo el d��a, no importa. s��, soy sencilla ¿y qu�� te importa?

          —¿Recibi�� carta de su hija? la gorda

          —S��, est�� lo m��s bien, gracias. pesc�� marido, no como vos

          —¿D��nde es que se fue a vivir, a Charlone?. Tan chiquito Charlone? cuatro ranchos perdidos entre la tierra

          —S��, el muchacho tiene negocio en Cahrlone. Tan chiquito Charlone, ¿no? pero casada, casada, no soltera como quien sabes...

          —Usted hace bien en irse de Vallejos ¿qu�� va a hacer ac��, sola? y remanyada14

          —S��, la hija se me fue, qu�� voy a hacer ac�� sola. cuando se tiene un amor, a qu�� perder el tiempo sola...

          —¿Cu��ntos años hace que se qued�� viuda? ¿qu�� le habr�� visto mi hermano? es ordinaria, mal vestida

          —Van para doce años, ya. La nena ten��a ocho años cuando ��l muri��. Yo he sufrido mucho en la vida, señorita Celina. me lleg�� la hora de pasarla bien, qu�� te pens��s...

          —¿Qu�� edad ten��a usted al morir su esposo?  confes��

          —¿Qu�� le digo? La nena ten��a ocho... no, no, no, no te voy a dar el gusto

          —Mire, señora, como le mand�� decir, tengo algo que hablar con usted muy importante. ten��s un corte de pelo a la garçonne que da asco y esos aros de argolla no le faltan a ninguna chusma

          —S��, hable con toda confianza. ay��dame, Dios m��o, que ��sta es capaz de cualquier cosa

          —Mire, ante todo quiero que usted me prometa no cont��rselo a nadie. orillera chusma vas a sufrir sin cont��rselo a la vecina

          —Se lo juro por lo m��s sagrado. ¿Dios no me castigar�� que estoy jurando? 

    (.................)    PUIG, Manuel: Boquitas pintadas, Seix Barral, 1984 (1968)

 

    Textos 8

         Cort��simo metraje

      Automovilista en vacaciones recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la cuidad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del auto-stop, t��midamente pregunta si direcci��n Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro, lac��nicamente a las preguntas del que ahora, mirando los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al t��rmino de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en lo m��s espeso. De reojo sintiendo como cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror poco a poco. Bajo los ��rboles una profunda gruta vegetal donde se podr��, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los hombros. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura para arrastrarla entre los ��rboles, pistola del bolso y a la sien. Despu��s billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que abandonar�� unos kil��metros m��s lejos sin dejar la menor impresi��n digital porque en ese oficio no hay que descuidarse.

                              Julio Cort��zar:  Ultimo Round.

 

                              Texto 9

 

      Instrucciones para dar cuerda a un reloj.

      All�� en el fondo est�� la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, rem��ntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los ��rboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de s�� mismo y de ��l brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

      ¿Qu�� m��s quiere, qu�� m��s quiere? Átelo pronto a su muñeca, d��jelo latir en libertad, im��telo anhelante. El miedo herrumbra las ��ncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fr��a sangre de sus pequeños rub��es. Y all�� en el fondo est�� la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

                              Julio Cort��zar: Historias de cronopios y de famas.

    Texto 10

                        Doña Rosa.

 

Doña Rosa no era, ciertamente, lo que se suele decir una sensitiva.

—Y lo que le digo, ya lo sabe. Para golfos yo tengo bastante con mi cuñado. ¡ Menudo pend��n! Usted est�� todav��a muy verdecito, ¿me entiende?, muy verdecito. ¡Pues estar��a bueno! ¿D��nde ha visto usted que un hombre sin cultura y sin principios ande por ah��, tosiendo y pisando fuerte como un señorito? ¡ No ser�� yo quien lo vea, se lo juro!

Doña Rosa sudaba por el bigote y por la frente.

—Y t��, pasmado, ya est��s yendo por el peri��dico. ¡ Aqu�� no hay respeto ni hay decencia, eso es lo que pasa! ¡Ya os dar��a yo para el pelo, ya, si alg��n d��a me cabreara! ¡ Habrase visto!

Doña Rosa clava sus ojitos de rat��n sobre Pepe, el viejo camarero llegado, cuarenta o cuarenta y cinco años atr��s, de Mondoñedo. Detr��s de los gruesos cristales, los ojitos de doña Rosa parecen los at��nitos ojos de un p��jaro disecado.

—¡Qu�� miras! ¡Qu�� miras! ¡Bobo! ¡Est��s igual que el d��a que llegaste! ¡A vosotros no hay Dios que os quite el pelo de la dehesa! ¡ Anda, espabila y tengamos la fiesta en paz, que si fueras m��s hombre ya te hab��a puesto de patas en la calle! ¿Me entiendes? ¡Pues nos ha merengao!

Doña Rosa se palpa el vientre y vuelve de nuevo a tratarlo de usted.

—Ande, ande... Cada cual a lo suyo. Ya sabe, no perdamos ninguno la perspectiva, ¡qu�� leñe!, ni el respeto, ¿me entiende?, ni el respeto.

Doña Rosa levant�� la cabeza y respir�� con profundidad. Los pelitos de su bigote se estremecieron con un gesto retador, con un gesto airoso, solemne, como el de los negros cuernecitos de un grillo enamorado y orgulloso.

                                    CELA, C.J.: La colmena. Alfaguara, 1970; p. 17

 

    Texto 11

 

CAPÍTULO VII

 

��Sobre este punto hay un acuerdo un��nime el nivel de vida aumenta sensiblemente basta recorrer la Pen��nsula de un extremo a otro sonora geograf��a de nombres imperiales Madrigal de las Altas Torres Puente del Arzobispo Villarreal de los Infantes Egea de los Caballeros Motilla del Palancar como un Herr Schmidt o un Monsieur Dupont cualesquiera al volante de su Citröen o su Volswagen para advertir año tras año el lento pero firm��simo despegue de un pa��s secularmente pobre lanzado hoy gracias a veinticinco años de paz y orden social por la esplendorosa y ancha v��a de la industria y el progreso desde hace casi cinco lustros tenemos el privilegio de un orden bienhechor como no lo saborearon nuestros padres ni nuestros abuelos ni nuestros bisabuelos orden que resisti�� imperturbable una guerra mundial que rondando las fronteras asolaba todav��a m��s en lo moral que en lo material media Europa y entregaba al cautiverio a la otra media paz que precisamente por lo absoluta ya nos parece natural y no es natural pues no es cosa que por s�� misma espont��neamente regale la naturaleza como regala la lluvia o el sol el amanecer y el crep��sculo el d��a y la noche esta paz que disfrutamos origen y fuente del actual progreso y bienestar es obra de un hombre y de un R��gimen que disciplinando ordenando superando purgando nuestra natural propensi��n a ��ntimas pugnas y desgarramientos intestinos la supieron inventar para glor��a y ejemplo de las generaciones venideras y aunque para toda naci��n la paz es deseable y su organismo sufre cuando la paz se turba pueblos menos glandulados que el nuestro pueden soportar el alboroto y el desorden sin que eso les acarree consecuencias mortales pero no el pueblo español entre nosotros cuando la paz se altera las consecuencias son instant��neas y fulminantes y la amenazadora sombra de Ca��n oscurece como dir��a fray Luis la ��espaciosa y triste España�� as�� conforme se va alejando en el horizonte de lo pasado la invariable fecha del primero de abril m��s clara vemos su singular trascendencia como montaña ingente s��lo susceptible de ser abarcada con la mirada desde lejos por eso aunque a muchos mocitos y caballeros emperejilados de hoy que no supieron de las penas de la guerra ni de los placeres de haberla vencido y se encontraron con la mesa puesta les parezca in��til recordar lo que quisieran olvidado para siempre nosotros los combatientes de entonces art��fices del actual bienestar les diremos gracias a esa paz desmemoriados y olvidadizos señores son ustedes señores y potentados y est��n ustedes tranquilamente sentados en la calle y tienen ustedes buen color y conservan la piel la luz se hizo en un d��a primero de abril en la plenitud de una primavera que por cielo tierra y mar se esperaba anunciada en el prop��sito heroico y en la esperanza segura del himno liberador y desde entonces hemos vivido ��pocas de excepci��n y de sacrificio hemos atravesado un largo periodo de dificultades y combates hemos debido mantener con energ��a el rumbo frente a la incomprensi��n el odio y la ceguera de los Estados liberales de democracia desvertebrada e inorg��nica pero despu��s que aquellos años de hambre y privaciones fruto del bloqueo y las sequ��as esto que ya muchos llaman el milagro español ha sido nuestra obra com��n la de todos los españoles que colaboraron con sus esfuerzos y disciplina en vencer tan dif��cil y fundamental etapa y ahora que en el plano econ��mico la evoluci��n es patente la mejor��a notable y los medios de que el pa��s dispone infinitivamente superiores basta la mirada neutra y vacua de Herr Schmidt o Monsieur Dupont uno de los doce millones y pico que seg��n estimaciones oficiales visitar��n este nuestra patria atra��dos por el ardor del sol el garboso pisar de las mujeres el emboque de los vinos la emoci��n viril de la corrida la belleza monacal del paisaje el bajo ��ndice de los precios para apreciar la mejora de las carreteras y los ferrocarriles (...)

 

                  Juan Goytisolo: Señas de identidad. Argos Vergara, Barcelona, 1979, pp. 370-371

 
 

    Texto 12

 

CAPÍTULO I

 

Muchos años despu��s, frente al pelot��n de fusilamiento, el coronel Aureliano Buend��a hab��a de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llev�� a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un r��o de aguas di��fanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehist��ricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carec��an de nombre, y para mencionarlas hab��a que señalar��as con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el im��n. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorri��n, que se present�� con el nombre de Melqu��ades, hizo una truculenta demostraci��n p��blica de lo que ��l mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes met��licos, y todo el mundo se espant�� al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se ca��an de su sitio, y las maderas cruj��an por la desesperaci��n de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hac��a mucho tiempo aparec��an por donde m��s se les hab��a buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detr��s de los fierros m��gicos de Melqu��ades. «Las cosas, tienen vida propia —pregonaba el gitano con ��spero acento—, todo es cuesti��n de despertarles el ��nima.» Jos�� Arcadio Buend��a, cuya desaforada imaginaci��n iba siempre m��s lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun m��s all�� del milagro y la magia, pens�� que era posible servirse de aquella invenci��n in��til para desentrañar el oro de la tierra. Melqu��ades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero Jos�� Arcadio Buend��a no cre��a en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, as�� que cambi�� su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguar��n, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio dom��stico, no consigui�� disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replic�� su marido.

 
 

Garc��a M��rquez, Gabriel: Cien años de soledad, Cap��tulo primero; pp. 9-10. Editorial sudamericana, Barcelona, 1972.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

                Texto 13

CAPÍTULO II

 

El coronel Aureliano Buend��a promovi�� treinta y dos levantamientos armados y los perdi�� todos. Tuvo diecisiete lujos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes (le que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escap�� a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelot��n de fusilamiento. Sobrevivi�� a una carga de estricnina en el caf�� que habr��a bastado para matar un caballo. Rechaz�� la Orden del M��rito que le otorg�� el presidente de la rep��blica. Lleg�� a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias. con jurisdicci��n y mando de una frontera a la otra, y el hombre m��s temido por el gobierno. pero nunca permiti�� que le tomaran una fotograf��a. Declin�� la pensi��n vitalicia que le ofrecieron despu��s de la guerra y vivi�� basta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller de Macondo. Aunque pele�� siempre al frente de sus hombres, la ��nica herida que recibi�� se la produjo ��l mismo despu��s de firmar la capitulaci��n de Neerlandia que puso t��rmino a casi veinte años de guerras civiles. Se dispar�� un tiro de pistola en el pecho y el proyectil le sali�� por la espalda sin lastimar ning��n centro vital. Lo ��nico que qued�� de todo eso fue una calle con su nombre en Macondo. Sin embargo, seg��n declar�� pocos años antes de morir de viejo. ni siquiera eso esperaba la madrugada en que se fue con sus veinti��n hombres a reunirse con las fuerzas del general Victorio Medina.

—Ah�� te dejamos a Macondo —fue todo cuanto le dijo a Arcadio antes de irse—. Te lo dejamos bien, procura que lo encontremos mejor.

Arcadio le dio una interpretaci��n muy personal a la recomendaci��n Se invent�� un uniforme con galones y charreteras de mariscal, inspirado en las l��minas de un libro de Melqu��ades y se colg�� al cinto el sable con borlas doradas del capit��n fusilado. Emplaz�� las dos piezas de artiller��a a la entrada del pueblo, uniform�� a sus antiguos alumnos, exacerbados por sus proclamas incendiarias, y los dej�� vagar armados por las calles para dar a los forasteros una impresi��n de invulnerabilidad.

 

                  Garc��a M��rquez, Gabriel: Cien años de soledad, pp. 94-95. Editorial sudamericana, Barcelona, 1972.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

    Texto 14

 

Deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sab��a por d��nde empezar a asombrarse. Se trasnochaban contemplando las p��lidas bombillas el��ctricas alimentadas por la planta que llev�� Aureliano Triste en el segundo viaje del tren, y a cuyo obsesionante tumtum cost�� tiempo y trabajo acostumbrarse. Se indignaron con las im��genes vivas que el pr��spero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de bocas de le��n, porque un personaje muerto y sepultado en una pel��cula, y por cuya desgracia se derramaron l��grimas de aflicci��n, reapareci�� vivo y convertido en ��rabe en la pel��cula siguiente. El p��blico que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inatudita y rompi�� la silleter��a. El alcalde, a instancias de don Brumo Crespi, explic�� mediante un bando que el cine era una m��quina de ilusi��n que no merec��a los desbordamientos pasionales del p��blico. Ante la desalentadora explicaci��n, muchos estimaron que hab��an sido v��ctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya ten��an bastante con sus propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios. Algo semejante ocurri�� con los gram��fonos de cilindros que llevaron las alegres matronas de Francia en sustituci��n de los anticuados organillos, y que tan hondamente afectaron por un tiempo los intereses de la banda de m��sicos. Al principio, la curiosidad multiplic�� la clientela de la calle prohibida, y hasta se supo de señoras respetables que se disfrazaron de villanos para observar de cerca la novedad del gram��fono, pero tanto y de tan cerca lo observaron que muy pronto llegaron a la conclusi��n de que no era un molino de sortilegio, como todos pensaban y como las matronas dec��an, sino un truco mec��nico que no pod��a compararse con algo tan conmovedor, tan humano y tan lleno de verdad cotidiana como una banda de m��sicos. Fue una desilusi��n tan grave, que cuando los gram��fonos se popularizaron hasta el punto de que hubo uno en cada casa, todav��a no se les tuvo como objetos para entretenimiento de adultos, sino como una cosa buena para que la destriparan los niños. En cambio, cuando alguien del pueblo tuvo oportunidad de comprobar la cruda realidad del tel��fono instalado en la estaci��n del ferrocarril, que a causa de la manivela se consideraba como una versi��n rudimentaria del gram��fono, hasta los m��s incr��dulos se desconcertaron. Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaiv��n entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelaci��n, hasta el extremo de que ya nadie pod��a saber a ciencia cierta d��nde estaban los l��mites de la realidad. Era un intrincado frangollo de verdades y espejismos, que convulsion�� de impaciencia al espectro de Jos�� Arcadio Buend��a bajo el castaño y lo oblig�� a caminar por toda la casa aun a pleno d��a. Desde que el ferrocarril fue inaugurado oficialmente y empez�� a llegar con regularidad los mi��rcoles a las once, y se construy�� la primitiva estaci��n de madera con un escritorio, el tel��fono y una ventanilla para vender los pasajes, se vieron por las calles de Macondo hombres y mujeres que fing��an actitudes comunes y corrientes, pero que en realidad parec��an gente de circo. En un pueblo escaldado por el escarmiento de los gitanos no hab��a tan buen porvenir para aquellos equilibristas del comercio ambulante que con igual desparpajo ofrec��an una olla pitadora que un r��gimen de vida para la salvaci��n del alma al s��ptimo d��a; pero entre los que se dejaban convencer por cansancio y los incautos d siempre, obten��an estupendos beneficios. Entre esas criaturas de la far��ndula, con pantalones de montar y polainas sombrero de corcho, espejuelos con armaduras de acero, ojos de topacio y pellejo de gallo fino, uno de tantos mi��rcoles lleg�� a Macondo Y almorz�� en la casa el rechoncho y sonriente Mr. Herbert.

      Garc��a M��rquez, Gabriel: Cien años de soledad, pp. 194-195 . Editorial sudamericana, Barcelona, 1972.

 
 

    Texto 15      Las palabras no caen en el vac��o. ZOHAR

Esta noche he visto alzarse la M��quina nuevamente. Era, en la proa, como una puerta abierta sobre el vasto cielo que ya nos tra��a olores de tierra por sobre un Oc��ano tan sosegado, tan dueño de su ritmo, que la nave, levemente llevada, parec��a adormecerse en su rumbo, suspendida entre un ayer y un mañana que se trasladaran con nosotros. Tiempo detenido entre la Estrella Polar, la Osa Mayor y la Cruz del Sur —ignoro, pues no es mi oficio saberlo, si tales eran las constelaciones, tan numerosas que sus v��rtices, sus luces de posici��n sideral, se confund��an, se trastocaban, barajando sus alegor��as, en la claridad de un plenilunio, empalidecido por la blancura del Camino de Santiago... Pero la Puerta-sin-batiente estaba erguida en la proa, reducida al dintel y las ¡ambas con aquel cartab��n, aquel medio front��n invertido, aquel tri��ngulo negro, con bisel acerado y fr��o, colgando de sus montantes. Ah�� estaba la armaz��n, desnuda y escueta, nuevamente plantada sobre el sueño de los hombres, como una presencia —una advertencia,— que nos concern��a a todos por igual. La hab��amos dejado a popa muy lejos, en sus cierzos de abril, y ahora nos resurg��a sobre la misma proa, delante, como guiadora —semejante, por la necesaria exactitud de sus paralelas, su implacable geometr��a, a un gigantesco instrumento de marear. Ya no la acompañaban pendones, tambores ni turbas; no conoc��a la emoci��n, ni la c��lera, ni el llanto, ni la ebriedad de quienes, all��, la rodeaban de un coro de tragedia antigua, con el crujido de las carretas de rodar-hacia-lo-mismo, y el acoplado redoble de las cajas. Aqu��, la Puerta estaba sola, frente a la noche, m��s arriba del mascar��n tutelar, relumbrada por su filo diagonal, con el bastidor de madera que se hac��a el marco de un panorama de astros. Las olas acud��an, se abr��an, para rozar nuestra eslora; se cerraban, tras de nosotros, con tan continuado y acompasado rumor que su permanencia se hac��a semejante al silencio que el hombre tiene por silencio cuando no escucha voces parecidas a las suyas. Silencio viviente, palpitante y medido, que no era, por lo pronto, el de lo cercenado y yerto... Cuando cay�� el filo diagonal con brusquedad de silbido y el dintel se pint�� cabalmente, como verdadero remate de puerta en lo alto de sus jambas, el investido de Poderes, cuya mano hab��a accionado el mecanismo, murmur�� entre dientes: (Hay que cuidarla del salitre». Y cerr�� la Puerta con una gran funda de tela embreada, echada desde arriba. La brisa ol��a a tierra —humus, esti��rcol, espigas, resinas— de aquella isla puesta, siglos antes, bajo el amparo de una Señora de Guadalupe que en C��ceres de Extremadura y Tepeyac de Am��rica ergu��a la figura sobre un arco de luna alado por un Arc��ngel.

  Detr��s quedaba una adolescencia cuyos paisajes familiares me eran tan remotos, al cabo de tres años, como remoto me era el ser doliente y postrado que yo hubiera sido antes de que Alguien nos llegara, cierta noche, envuelto en un trueno de aldabas; tan remotos como remoto me era ahora el testigo, el gu��a, el iluminador de otros tiempos, anterior al hosco Mandatario que, recostado en la borda, meditaba —junto al negro rect��ngulo encerrado en su funda de inquisici��n, oscilante como fiel de balanza al comp��s de cada ola... El agua era clareada, a veces, por un brillo de escamas o el paso de alguna errante corona de sargazos.

                              Carpentier, Alejo: El siglo de las luces, Seix Barral, 1972. p.1.

    Texto 16

CAPITULO PRIMERO

  Detr��s de ��l, en acongojado diapas��n, volv��a el Albacea a su recuento de responsos, crucero, ofrendas, vestuario, blandones, bayetas y flores, obituario y r��quiem —y hab��a venido ��ste de gran uniforme y hab��a llorado aqu��l, y hab��a dicho el otro que no ��ramos nada...— sin que la idea de la muerte acabara de hacerse l��gubre a bordo de aquella barca que cruzaba la bah��a bajo un t��rrido sol de media tarde, cuya luz rebrillaba en todas las olas, encandilando por la espuma y la burbuja, quemante en descubierto, quemante bajo el toldo, metido en los ojos, en los poros, intolerable para las manos que buscaban un descanso en las bordas. Envuelto en sus improvisados lutos que ol��an a tintas de ayer, el adolescente miraba la ciudad, extrañamente parecida, a esta hora de reverberaciones y sombras largas, a un gigantesco lampadario barroco. cuyas cristaler��as verdes, rojas, anaranjadas, colorearan una confusa rocalla de balcones, arcadas, cimborrios, belvederes y galer��as de persianas —siempre erizada de andamios, maderas aspadas, horcas y cucañas de la albañiler��a, desde que la fiera de la construcci��n se hab��a apoderado de sus habitantes enriquecidos por la ��ltima guerra de Europa. Era una poblaci��n eternamente entregada al aire que la penetraba, sedienta de brisas y terrales, abierta de postigos. de celos��as, de batientes, de regazos, al primer aliento fresco que pasara. Sonaban entonces las arañas y gir��ndulas, las l��mparas de flecos. las cortinas de abalorios las veletas alborotosas, pregonando el suceso. Quedaban en suspenso los abanicos de penca, de seda china, de papel pintado. Pero al cabo del fugaz alivio, volv��an las gentes a su tarea de remover un aire inerte. nuevamente detenido entre las alt��simas paredes de los aposentos.

                        Carpentier, Alejo: El siglo de las luces, Seix Barral, Barcelona, 1972.

 
 

    Texto 17

 

Yo no ten��a sueño, de manera que torn�� el libro de gram��tica de debajo de la almohada y me dispuse a leerlo con la intenci��n de hallar las diferencias entre el sustantivo y el adjetivo o entre el verbo y el adverbio. Me pareci�� sorprendente que hasta ese instante las palabras hubieran constituido un todo) indiferenciado, como las plantas o los ��rboles (apenas ��ramos capaces de distinguir una acacia de un chopo), siendo tan diferentes entre s��.

El verbo ten��a una textura fibrosa y un sabor concentrado. Trat�� de imaginarme uno muy rudimentario, que no fuera capaz de expresar aun el pasado ni el futuro: s��lo el presente, e hice c��balas sobre ese momento de la historia, o de la prehistoria, en el que de s��bito apareci�� el tiempo o los tiempos, y fue posible mirar hacia delante y hacia atr��s, hacia ayer y mañana. Ayer se hab��a muerto mi abuelo y mañana lo enterraban. Vistas as��, las palabras eran ventanas por las que te asomabas a la realidad. Gracias a la existencia de un verbo en pasado o en futuro, las cosas desaparecidas continuaban durando y las que no hab��an llegado comenzaban a suceder.

El adjetivo pese a su aparatosidad, me pareci�� algo ins��pido, aunque al morderlo produc��a un ruido excitante, como una l��mina de caramelo. El sustantivo era sin duela alguna el rey. Te llenaba la boca con su olor ya antes de empezar a masticarlo y al romperse por la presi��n de los dientes liberaba m��s jugos de los que parec��a contener. As�� como el sabor del verbo pod��a evocar el de una v��scera (el h��gado de ternera, quiz��), el del sustantivo estaba m��s cerca de las sensaciones que producen las [rutas al contacto con la lengua. Y los labios amargos,  dulces, ��cidos, empalagosos. agridulces y picantes. Algunos no se pod��an tragar sino envueltos en un adjetivo.

Los art��culos y las preposiciones no sab��an a nada, pero al colocarlos entre los dientes y presionar se romp��an como las pipas de girasol. En cierto modo eran semillas: si plantabas un art��culo o una preposici��n debajo de la lengua, en seguida se desprend��a de ��l un sustantivo: no pod��a estar solo. El adverbio emanaba el olor acre caracter��stico de algunas v��sceras encargadas de filtrar los humores corporales, y las conjunciones ten��an tambi��n algo de fruto seco. Era entretenido masticar��as, pero no pod��an sustituir una comida.

No sabia qu�� hora era cuando termin�� de repasar los accidentes gramaticales, pero aunque apagu�� la luz continuaba excitado, sin sueño. Mi padre se hab��a levantado varias veces recorriendo el pasillo de un extremo a otro. Pod��a distinguir sus pasos de los de mi madre como un verbo de un adverbio. Los de pap�� siempre hab��an carecido de ritmo); serv��an desde luego para trasladarse de un lugar a otro, pero no dibujaban ninguna escritura a lo largo del pasillo.

 

               Juan Jos�� Mill��s: El orden alfab��tico. Editorial Alfaguara.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

    Texto 18

 

La situaci��n en la parte de fuera del calcet��n, o de la caja, hab��a empeorado tras caerse sucesivamente del vocabulario las palabras tenedor, cuchara y cuchillo. Como ya sucediera con las mesas, pronto empezamos a desprendernos de estos utensilios que no) pod��amos nombrar. Quienes ten��an trasteros en sus casas, los guardaron en ellos, fuera del alcance de la vista. Otros los arrojaron sencillamente a la basura, de donde al principio los recog��an mis amigos para jugar con ellos en el descampado. Pero, tambi��n como) en el caso de las mesas, su mera presencia, desprovista de nombre, produc��a tal aprensi��n que dejaron de ser en seguida objetos de juego. M��s tarde, si por casualidad ve��as uno en el suelo, lo normal era apartarlo de la circulaci��n con el pie, del mismo modo que se retira una inmundicia de en medio de la acera.

La consecuencia m��s desagradable fue que tuvimos que empezar a comer con las manos: sin mesas y con mas manos. Entonces adquiri�� para m�� verdadero sentido la frase de mi padre sobre el proceso de animalizaci��n comenzado con la desaparici��n de la palabra mesa. Era tal la verg��enza que nos produc��a manipular los alimentos de ese modo que al poco dejamos de reunirnos para comer. Mi madre dejaba la comida en la encimera de la cocina y entr��bamos furtivamente a por ella. Si nos hubieran dicho que solo la p��rdida de cuatro palabras podr��a alterar nuestra vida de ese modo, nos habr��a parecido sin duda un disparate. Pero as�� era.

A veces, mientras mis amigos jugaban al f��tbol, yo me sentaba frente a la charca y fantaseaba con la idea de que se me aparec��a un genio que me permit��a cambiar las cuatro palabras perdidas por otras menos necesarias. Pensaba r��pidamente, pues dispon��a de un tiempo limitado para hacer la elecci��n, y dec��a, por ejemplo:

Tapadera, cementerio, picaporte, armoricano.

Es decir, lo primero que se me ven��a a la cabeza. Al principio me parec��a que hab��a hecho un buen cambio, pero m��s tarde, cuando empezaba a imaginar con tranquilidad las consecuencias de vivir sin tapaderas, cementerios o picaportes, me quedaba aterrado. En cuanto a los armoricanos, lo hab��a dicho por decir, porque era una palabra que me sonaba sin saber su significado. Luego, al averiguar que eran los habitantes de un pueblo de Bretaña (eso dijo mi padre cuando le pregunt��), Sent�� remordimientos de conciencia por haber condenado a muerte a toda una poblaci��n sin contar con los problemas añadidos de que no hab��a donde enterrarlos por la desaparici��n de los cementerios, y de que permanec��an en ata��des sin tapadera. Parece mentira, pero las cosas estaban ligadas unas a otras por una relaci��n de necesidad, de tal forma que la ausencia de la m��s in��til pod��a provocar una cadena de cat��strofes, igual que la extinci��n de un mosquito era suficiente para ocasionar la aniquilaci��n de un ecosistema.

As�� que dej�� de fantasear con la aparici��n del genio. Por otra parte. lleg�� un momento en el que, al no disponer de las palabras ni de las cosas, perd��amos tambi��n la capacidad de echarlas de menos. Eso no quiere decir que dejara de dolernos la p��rdida sino que se transformaba en un malestar difuso, como cuando no nos encontramos bien pero somos incapaces de situar el origen del mal en el est��mago o en la cabeza. La pregunta m��s inquietante en esos momento era si no hab��amos perdido cosas que ya no record��bamos.

 
 

                              Juan Jos�� Mill��s: El orden alfab��tico.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

    Texto 19

HAY una fundamental diferencia entre los hombres que han perdido la vista por enfermedad o accidente y los ciegos de nacimiento. A esta diferencia debo el haber penetrado finalmente en sus reductos, bien que no haya entrado en los antros m��s secretos, donde gobiernan la Secta, y por lo tanto el Mundo, los grandes y desconocidos jerarcas. Apenas si desde esa especie de suburbio alcanc�� a tener noticias, siempre reticentes y equ��vocas, sobre aquellos monstruos y sobre los medios de que se valen para dominar el universo entero. Supe as�� que esa hegemon��a se logra y se mantiene (aparte el trivial aprovechamiento de la sensibler��a corriente) mediante los an��nimos, las intrigas, el contagio de pestes, el control de los sueños y pesadillas. el sonambulismo y la difusi��n de drogas. Baste recordar la operaci��n a base de marihuana y de coca��na que se descubri�� con los colegios secundarios de los Estados Unidos, donde se corromp��a a chicos y chicas desde los once a doce años de edad para tenerlos al servicio incondicional y absoluto. La investigaci��n, claro, termin�� donde deb��a empezar de verdad: en el umbral inviolable. En cuanto al dominio mediante los sueños, las pesadillas y la magia negra, no vale ni siquiera la pena demostrar que la Secta tiene para ello a su servicio a todo el ej��rcito de videntes y de brujas de barrio, de curanderos; de manos santas, de tiradores de cartas y de espiritistas: muchos de ellos, la mayor��a, son meros farsantes; pero otros tienen aut��nticos poderes y. lo que es curioso, suelen disimular esos poderes bajo la apariencia de cierto charlatanismo, para mejor dominar el mundo que los rodea.

  Si, como dicen, Dios tiene el poder sobre el cielo, la Secta tiene el dominio sobre la tierra y sobre la carne. Ignoro si, en ��ltima instancia, esta organizaci��n tiene que rendir cuentas, tarde o temprano, a lo que podr��a denominarse Potencia Luminosa; pero, mientras tanto, lo obvio es que el universo est�� bajo su poder absoluto, poder de vida y muerte, que se ejerce mediante la peste o la revoluci��n, la enfermedad o la tortura, el engaño o la falsa compasi��n, la mistificaci��n o el an��nimo, las maestritas o los inquisidores.

  No soy te��logo y no estoy en condiciones de creer que estos poderes infernales puedan tener explicaci��n en alguna retorcida Teodicea. En todo caso, eso ser��a teor��a o esperanza. Lo otro, lo que he visto y sufrido, eso son hechos.

  Pero volvamos a las diferencias.

  Aunque no: hay mucho todav��a que decir sobre esto de los poderes infernales, porque acaso alg��n ingenuo piensa que se trata de una simple met��fora, no de una cruda realidad. Siempre me preocup�� el problema del mal, cuando desde chico me pon��a al lado de un hormiguero armado de un martillo y empezaba a matar bichos sin ton ni son. El p��nico se apoderaba de las sobrevivientes, que corr��an en cualquier sentido. Luego echaba agua con la manguera; inundaci��n. Ya me imaginaba las escenas dentro, las obras de emergencia, las corridas, las ��rdenes y contra��rdenes para salvar dep��sitos de alimentos, huevos, seguridad de reinas, etc��tera. Finalmente, con una pala remov��a todo, abr��a grandes boquetes, buscaba las cuevas y destru��a fren��ticamente: cat��strofe general. Despu��s me pon��a a cavilar sobre el sentido general de la existencia, y a pensar sobre nuestras propias inundaciones y terremotos. As�� fui elaborando una serie de teor��as, pues la idea de que estuvi��ramos gobernados por un Dios omnipotente, omnisciente y bondadoso me parec��a tan contradictoria que ni siquiera cre��a que se pudiese tomar en serio. Al llegar a la ��poca de la banda de asaltantes hab��a elaborado ya las siguientes posibilidades:

1.º Dios no existe.

02.º Dios existe y es un canalla.

3.º Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia.

4.º Dios existe, pero tiene accesos de locura: esos accesos son nuestra existencia.

5.º Dios no es omnipresente, no puede estar en todas partes. A veces est�� ausente ¿ en otros mundos? ¿ En otras cosas?

6.º Dios es un pobre diablo, con un problema demasiado complicado para sus fuerzas. Lucha con la materia como un artista con su obra. Algunas veces, en alg��n momento logra ser Goya, pero generalmente es un desastre.

7.º Dios fue derrotado antes de la Historia por el Pr��ncipe de las Tinieblas. Y derrotado, convertido en presunto diablo, es doblemente desprestigiado, puesto que se le atribuye este universo calamitoso.

Yo no he inventado todas estas posibilidades, aunque por aquel entonces as�� lo cre��a; m��s tarde, verifiqu�� que algunas hab��an constituido tenaces convicciones de los hombres, sobre todo la hip��tesis del Demonio triunfante. Durante m��s de mil años hombres intr��pidos y l��cidos tuvieron que enfrentar la muerte y la tortura por haber develado el secreto. Fueron aniquilados y dispersados, ya que, es de suponer, las fuerzas que dominan el mundo no van a detenerse en pequeñeces cuando son capaces de hacer lo que hacen en general. Y as��, pobres diablos o genios, fueron por igual atormentados, quemados por la inquisici��n, colgados. desollados vivos; pueblos enteros fueron diezmados y dispersados. Desde la China hasta España, las religiones de estado (cristianos o mazdeistas) limpiaron el mundo de cualquier intento de revelaci��n. Y puede decirse que en cierto modo lograron su objetivo. Pues aun cuando algunas de las sectas no pudieron ser aniquiladas, se convirtieron a su turno en nueva fuente de mentira, tal como sucedi�� con los mahometanos. Veamos el mecanismo: seg��n los gn��sticos. el mondo sensible fue creado por un demonio llamado Jehov��. Por largo tiempo la Suprema Deidad deja que obre libremente en el mundo, pero al fin env��a a su hijo a que temporariamente habite en el cuerpo de Jes��s, para de ese modo liberar al mundo de las falaces enseñanzas de Mois��s. Ahora bien: Mahoma pensaba, como algunos de estos gn��sticos, que Jes��s era un simple ser humano, que el Hijo de Dios hab��a descendido a ��l en el bautismo y lo abandon�� en la Pasi��n, ya que si no, ser��a inexplicable el famoso grito: ��Dios m��o, Dios m��o, ¿por qu�� me has abandonado?�� Y cuando los romanos y los jud��os escarnecen a Jes��s, est��n escarneciendo una especie de fantasma. Pero lo grave es que de este modo (y en forma m��s o menos similar, pasa con las otras sectas rebeldes) no se ha revelado la mistificaci��n sino que se ha fortalecido. Porque para las sectas cristianas que sosten��an que Jehov�� era el Demonio y que con Jes��s se inicia la nueva era, como para los mahometanos, si el Pr��ncipe de las Tinieblas rein�� hasta Jes��s (o hasta Mahoma), ahora en cambio, derrotado, ha vuelto a sus infiernos. Como se comprende, ��sta es una doble mistificaci��n: cuando se debilita la gran mentira, estos pobres diablos la consolidaban.

  Mi conclusi��n es obvia: sigue gobernando el Pr��ncipe de las Tinieblas. Y ese gobierno se hace mediante la Secta Sagrada de los Ciegos. Es tan claro todo que casi me pondr��a a re��r si no me poseyera el pavor.

 

                          S��bato, Ernesto: Sobre h��roes y tumbas, Seix Barral, Barcelona, 1978 (1961) pp. 298- 300

 
 
 
 
 
 
 
 
 

    Texto 20

¡Oh qu�� felices se las promet��an los dos compañeros de trabajo al iniciar su marcha hacia las legendarias chabolas y campos de cunicultura y ratolog��a del Muecas! ¡Oh qu�� compenetrados y amigos se agitaban por entre las bordas matritenses el investigador y el mozo ajenos a toda diferencia social entre sus respectivos or��genes, indiferentes a toda discrepancia de cultura que intentara impedirles la conversaci��n, ignorantes de la extrañeza que produc��an entre los que apreciaban sus diferentes cataduras y atuendos! Porque a ambos les un��a un proyecto com��n y los dos ten��an el mismo inter��s —aunque por distintas razones— en la posible existencia de aut��nticos ratones descendientes de la estirpe selecta portadora hereditaria de c��nceres espont��neos desarrollados en el pliegue inguinal conducentes a la muerte inexorable del animal, si bien no antes de que, alcanzada la edad de la reproducci��n, nacieran de ellos m��ltiples anim��culos de an��logo aspecto al del hombre — a pesar de sus diferentes dimensiones — dotados como nuestros semejantes de h��gado, p��ncreas, c��psulas suprarrenales y de Hiato de Winslow, los que pudieran ser sucesivo motivo de meditaci��n cient��fica y quiz�� de inesperados descubrimientos de las causas del supremo mal.

La mañana era hermosa, en todo id��ntica a tantas mañanas madrileñas en las que la c��nica candidez del cielo pretende hacer ignorar las lacras estruendosas de la tierra. Por las calles reci��n lavadas por la brigada municipal, relucientes los granitos trasladados desde la lejana Sierra y hechos trozos cuadrangulares por ej��rcitos de incansables canteros, colocados despu��s mediante t��cnica dif��cil con ayuda de agua, arena y una barra de hierro (m��s tarde, llegada la decadencia del oficio, tambi��n con algo de cemento l��quido en los intersticios), discurr��a una abundante turba de individuos de diversos oficios todos ellos mal vestidos y s��lo algunos afeitados recientemente. Los trajes de los viandantes de colores indefinibles entre el violeta p��lido, el marr��n amarillento y el gris verdoso, aparecen en esta ciudad de tal modo desva��dos y lacios que no puede atribuirse su deslucido aspecto ��nicamente a la pobreza de los moradores — con su consecutiva, escasa y lenta renovaci��n de guardarropa — sino tambi��n a los efectos purificadores de ��ndole qu��mica de un aire especialmente rico en ozono y a los de ��ndole f��sica de una luminosidad poco frecuente, persistente durante un n��mero de horas apenas soportable para individuos de raza no negra.   (Tiempo de Silencio, pp. 29 - 30)

 

    Texto 21

En contra de la opini��n de los arquitectos sanitarios suecos que ��ltimamente prefieren construir los quir��fanos en forma hexagonal o hasta redondeada (lo que facilita los desplazamientos del personal auxiliar y el transporte del material en cada instante requerido) aquel en que yac��a la Florita era de forma rectangular u oblonga, un tanto achatado por uno de sus polos y con el techo artificiosamente descendente a lo largo de una de sus dimensiones. No gozaba la paciente casi-parturienta de niquelada mesa o de aceroinoxidada mesa con soportes de muslos para mejor obtener la posici��n ginecol��gica preferida por casi todos los art��fices, sino acajonada mesa de pino gallego antes servidora del transporte de c��tricos de la regi��n valenciana y posteriormente acondicionada a la funci��n de lecho, soporte del jerg��n de muelle y de las s��banas rojas de su propia sangre abundosamente huida. La l��mpara escial��tica sin sombra se sustitu��a ventajosamente con dos candiles de acetileno que emanan un aroma a p��lvora y a bosque con jaur��as m��s satisfactorio que el del ��ter y el bi��xido de nitr��geno, consiguiendo, a pesar del temblor que la entrada de intrusos (desgraciadamente no dotados de la imprescindible mascarilla en la boca) provocaba, una iluminaci��n suficiente. Trat��ndose de hembra sana de raza toledana pareci�� superflua toda anestesia, que siempre intoxica y que hace a la paciente olvidarse de s�� misma, y es en este punto en el que mejor se cumplieron los c��nones modernos que hoy. por obra y gracia de la reflexolog��a, la educaci��n previa, los ejercicios gimn��sticos relajantes de la musculatura perineal y la contracci��n de las mand��bulas en los momentos dif��ciles consiguen de vez en cuando hermos��simos ejemplos de grito sin dolor. M��s inculta la muchacha rug��a con palabras destempladas (en lugar de con finos ayes carentes de sentido escatol��gico) que contribu��an a quitar la necesaria serenidad a los m��ltiples asistentes al acto. Estos pod��an ser clasificados. seg��n diversos criterios, en ��familiares y no familiares��, ��peritos en abortos provocados e imperitos en el mismo arte, vecinos provenientes de la plana toledana e inmigrantes de otras regiones de la España ��rida��, ��gentes aptas para el consejo moral y c��nicos que comprend��an que as�� es la vida��, ��mujeres que un��a una oscura solidaridad y hombres que un��a una furtiva esperanza de llegar a ver los pechos de la paciente y. finalmente, para concluir esta ordenaci��n dicot��mica, ��sabedores de que el padre de Florita estaba en trance de llegar a ser padre-abuelo y simples sospechadores de la misma casievidente verdad��.  (Tiempo de Silencio, pp. 129 - 130)

 
 
 
 

                        Texto 22.

Si hubieran vivido siempre en el Cortijo quiz�� las cosas se hubieran producido de otra manera pero a Crespo, el Guarda Mayor, le gustaba adelantar a uno en la Raya de lo de Abend��jan por si las moscas y a Paco, el Bajo, como quien dice, le toc�� la china y no es que le incomodase por ��l, que a ��l, al fin y al cabo, lo mismo le daba un sitio que otro, pero s�� por los muchachos, a ver, por la escuela, que con la Charito, la Niña Chica, ten��an bastante y le dec��an la Niña Chica a la Charito aunque, en puridad, fuese la niña mayor, por los chiquilines, natural,

madre, ¿por qu�� no habla la Charito?, ¿por qu�� no se anda la Chanito, madre?, ¿por qu�� la Charito se ensucia las bragas?, preguntaban a cada paso, y ella, la R��gula, o ��l, o los dos a coro, pues ponque es muy chica la Charito, a ver, por contestan algo, ¿ qu�� otna cosa pod��an decirles?, peno Paco, el Bajo, aspiraba a que los muchachos se ilustrasen, que el Hachemita asegunaba en Condovilla, que los muchachos pod��an salir de pobres con una pizca de conocimientos, e incluso la pnopia Señora Marquesa, con objeto de erradicar el analfabetismo del cortijo, hizo venir durante tres veranos consecutivos a dos señoritos de la ciudad para que, al terminar las faenas cotidianas, les juntasen a todos en el porche de la corralada, a los pastores, a los porquenos, a los apaleadones, a los muleros, a los gañanes y a los guardas, y all��, a la cruda luz del aladino, con los moscones y las polillas bordoneando alrededor, les enseñasen las letras y sus mil misteriosas combinaciones, y los pastores, y los porqueros, y los apaleadores y los gañanes y los muleros, cuando les preguntaban, dec��an, la B con la A hace BA, y la C con la A hace Za, y, entonces, los señoritos de la ciudad, el señorito Gabriel y el señorito Lucas, les correg��an y les desvelaban las trampas, y les dec��an, pues no, la C con la A, hace KA, y la C con la I hace CI y la C con la E hace CE y la C con la O hace KO, y los porqueros y los pastores, y los muleros, y los gañanes y los guardas se dec��an entre s�� desconcertados, tambi��n te tienen unas cosas, parece como que a los señoritos les gustase embromarnos, pero no osaban levantan la voz, hasta que una noche, Paco, el Bajo, se tom�� dos copas, se encar�� con el señonito alto, el de las entradas, el de su grupo, y, ahuecando los orificios de su chata nariz (por donde, al decir del senorito Iv��n, los d��as que estaba de buen ta

lante, se le ve��an los sesos), pregunt��, señorito Lucas, y ¿a cuento de qu�� esos caprichos? y el señorito Lucas rompi�� a re��r y a re��r con unas carcajadas rojas, incontroladas, y, al fin, cuando se calm�� un poco, se limpi�� los ojos con el pañuelo y dijo, es la gram��tica, oye, el porqu�� preg��ntaselo a los acad��micos, y no aclar�� m��s, pero, bien mirado, eso no era m��s que el comienzo, que una tarde lleg�� la G y el señorito Lucas les dijo, la G con la A hace GA, pero la G con i hace JI, como la risa, y Paco, el Bajo, se enoj��, que eso ya era por dem��s, coño, que ellos eran ignorantes pero no tontos y a cuento de qu�� la E y la I hab��an de llevar siempre trato de favor y el señorito Lucas, venga de re��r, que se desternillaba...

 

                  Delibes, Miguel: Los santos inocentes. Seix Barral, 1981, pp. 33-35.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

TEATRO    Texto 1

escena cuarta

Gran interrupci��n. Un trote ��pico, y la patrulla de soldados romanos desemboca por una calle traviesa. Traen la luna sobre los cascos y en los charrascos. suena un toque de atenci��n y se cierra con golpe pronto la puerta de la Buñoler��a. Pitito, capit��n de los ��quites municipales, se levanta sobre los estribos.

El Capit��n Pitito ¡Mentira parece que sean ustedes intelectuales y que promuevan estos esc��ndalos! ¿Qu�� dejan ustedes para los analfabetos?

Max ¡Eureka! ¡Eureka!¡Eureka!¡Pico de Oro! En griego, para mayor claridad, Cris��stomo. ¡Señor Centuri��n, usted hablar�� el griego en sus cuatro dialectos!

El Capit��n Pitito ¡Por borrach��n, a la Delega!

Max Y m��s chulo que un ocho. ¡Señor Centuri��n, yo tambi��n chanelo el sermo vulgaris!

EL CAPITÁN Pitito ¡Serenooo...! ¡Serenooo...!

EL Sereno ¡Vaaa...!

EL CAPITÁN Pitito ¡Enc��rguese usted de este curda!

Llega El Sereno meciendo a comp��s el farol y el chuzo. Jadeos y vahos de aguardiente. El Capit��n Pitito revuelve el caballo: Vuelan chispas de las herraduras. Resuena el trote sonoro de la patrulla que se aleja. Valle-Incl��n: Luces de Bohemia.

                  Texto 2

ESCENA QUINTA

Zagu��n en el Ministerio de la Gobernaci��n. Estanter��a con legajos. Bancos al filo de la pared. Mesa con carpetas de badana mugrienta. Aire de cueva y olor fr��o de tabaco rancio. Guardias soñolientos. Polic��as de la Secreta. —Hongos, garrotes, cuellos de celuloide, grandes sortijas, lunares rizosos y flamencos. —Hay un viejo chabacano —bisoñ�� y manguitos de percalina— que escribe y un pollo chulap��n de peinado reluciente, con brisas de perfumer��a, que se pasea y dicta humeando un veguero. Don Seraf��n, le dicen sus obligados, y la voz de la calle Seraf��n el Bonito. —Leve tumulto. Dando voces, la cabeza desnuda, humorista y lun��tico, irrumpe Max Estrella. —Don Latino le gu��a por la manga, implorante y suspirante. Detr��s asoman los cascos de los Guardias. Y en el corredor se agrupan, bajo la luz de una candileja, pipas, chalinas y melenas del modernismo.

MAX.— ¡Traigo detenida una pareja de guindillas! Estaban emborrach��ndose en una tasca y los hice salir a darme escolta.

SERAFÍN EL BONITO .— Correcci��n, señor m��o.

MAX .— No falto a ella, señor Delegado.

SERAFÍN EL BONITO .— Inspector.

MAX .— Todo es uno y lo mismo.

SERAFÍN EL BONITO .— ¿C��mo se llama usted?

MAX .— Mi nombre es M��ximo Estrella. Mi seud��nimo Mala Estrella. Tengo el honor de no ser Acad��mico.

SERAFÍN EL BONITO .— Est�� usted propas��ndose. ¿Guardias, por qu�� viene detenido?

UN GUARDIA.— Por esc��ndalo en la v��a p��blica y gritos internacionales. ¡Est�� algo briago!

SERAFÍN EL BONITO.— ¿Su profesi��n?

MAX .— Cesante.

SERAFÍN EL BONITO. —¿En qu�� oficina ha servido usted?

MAX .— En ninguna.

SERAFÍN EL BONITO .— ¿No ha dicho usted que cesante?

MAX .— Cesante de hombre libre y p��jaro cantor. ¿No me veo vejado, vilipendiado, encarcelado, cacheado e interrogado?      

SERAFÍN EL BONITO .—¿D��nde vive usted? 

MAX .— Bastardillos. Esquina a San Cosme. Palacio.

UN GUINDILLA .— Diga usted casa de vecinos. Mi señora, cuando a��n no lo era, habit�� un sotabanco de esa susodicha finca.

MAX .— Donde yo vivo es siempre un palacio.

EL GUINDILLA .— No lo sab��a.

MAX . — Porque t��, gusano burocr��tico, no sabes nada. ¡Ni soñar!

SERAFÍN EL BONITO .—¡Queda usted detenido!

MAX . — ¡Bueno! ¿Latino, hay alg��n banco donde pueda echarme e dormir?

SERAFÍN EL BONITO .— Aqu�� no se viene a dormir

MAX . —¡Pues yo tengo sueño!

SERAFÍN EL BONITO .—¡Est�� usted desacatando  y autoridad! ¿Sabe usted qui��n soy yo?

MAX . —¡Seraf��n el Bonito!

SERAFÍN EL BONITO .—¡Como usted repita esa gracia, de una bofetada, le doblo!

MAX . —¡Ya se guardar�� usted del intento! ¡Soy el primer poeta de España! ¡Tengo influencia en todos los peri��dicos! ¡Conozco al ministro! ¡Hemos sido compañeros!

SERAFÍN EL BONITO .— El señor ministro no es un golfo

MAX . —Usted desconoce la Historia Moderna

                                    Valle-Incl��n: Luces de Bohemia.

            Texto 3.

            ESCENA OCTAVA

    Secretar��a particular de Su Excelencia. Olor de brevas habanas, malos cuadros, lujo aparente y provinciano. La estancia tiene un recuerdo partido por medio, de oficina y sala de c��rculo con timba. De repente el grillo del tel��fono se orina en el gran regazo burocr��tico. Y Dieguito Garc��a —Don Diego del Corral, en la ��Revista de tribunales y estrados��pega tres brincos y se planta la trompetilla en la oreja.

    Dieguito.— ¿Con qui��n hablo?

    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

    Ya he transmitido la orden para que se le ponga en libertad.

    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

    ¡De nada! ¡De nada!

    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

    ¡Un alcoh��lico!

    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

    S�� ... Conozco su obra.

    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

    ¡Una desgracia!

    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

    No podr�� ser. ¡Aqu�� estamos sin un cuarto!

    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

    Se lo dir��. Tomo nota.

    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .    .

    ¡De nada! ¡De nada!

    Max Estrella aparece en la puerta p��lido, arañado, la corbata torcida, la expresi��n altanera y alocada. Detr��s, aboton��ndose los calzones, aparece El Ujier.

    El Ujier.— Det��ngase usted, caballero.

    Max .— No me ponga usted la mano encima.

    El Ujier.— Salga usted sin hacer desacato.

    Max.— An��ncieme usted al ministro

    El Ujier.— No est�� visible.

    Max.— ¡Ah! Es usted un gran l��gico. Pero estar�� audible.

    El Ujier.— Ret��rese, caballero. Éstas no son horas de audiencia.

    Max.— An��ncieme usted.

    El Ujier.— Es la orden... Y no vale ponerse pelmazo, caballero.

    Dieguito.— Fern��ndez, deje usted a ese caballero que pase.

    Max.— ¡Al fin doy con un ind��gena civilizado!   Valle-Incl��n: Luces de Bohemia.

                   

 
 
 
 
 
 
 
 

MUY CURIOSO, Y GENIAL. INCREIBLE, HASTA DONDE LLEGA ELCEREBRO 
 
SI CONSIGUES LEER LAS PRIMERAS PALABRAS, EL CEREBRO DESCIFRARÁ LAS OTRAS. 
 
 
C13R70 D14 D3 V3R4N0, 3574B4 3N L4 PL4Y4 0853RV4ND0 4 D05 CH1C45 8R1NC4ND0 
3N 14 4R3N4, 357484N 7R484J484ND0 MUCH0 C0N57RUY3ND0 UN C4571LL0 D3 4R3N4 
C0N 70RR35, P454D1Z05 0CUL705 Y PU3N735. 
 
CU4ND0 357484N 4C484ND0 V1N0 UN4 0L4, D357RUY3ND0 70D0, R3DUC13ND0 3L 
C4571LL0 4 UN M0N70N D3 4R3N4 Y 35PUM4. 
 
P3N53 9U3 D35PU35 DE 74N70 35FU3RZ0 L45 CH1C45 C0M3NZ4R14N 4 L10R4R, P3R0 
3N V3Z D3 350, C0RR13R0N P0R L4 P14Y4 R13ND0 Y JU64ND0, Y C0M3NZ4R0N 4 
C0N57RU1R 07R0 C4571LL0. C0MPR3ND1 9U3 H4814 4PR3ND1D0 UN4 6R4N L3CC10N; 
 
64574M05 MUCH0 713MP0 D3  NU357R4 V1D4 C0N57RUY3ND0 4L6UN4 C054, P3R0 
CU4ND0 M45 74RD3 UN4 0L4 L1364 4 D357RU1R 70D0, S010 P3RM4N3C3 14 4M1574D, 
3L 4M0R Y 3L C4R1Ñ0, Y L45 M4N05   D3 49U3LL05 9U3 50N C4P4C35 D3 H4C3RN05 
50NRR31R. 
 
S2L078S

 
 

                P��rdida y recuperaci��n del pelo.

      Para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecuci��n de fines ��tiles, mi primo el mayor propugna el procedimiento de sacarse un buen pelo de la cabeza, hacerle un nudo en el medio, y dejarlo caer suavemente por el agujero del lavabo. Si este pelo se engancha en la rejilla que suele haber en dichos agujeros, bastar�� abrir un poco el grifo para que se pierda de vista. Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperaci��n del pelo.

      La primera operaci��n se reduce a desmontar el sif��n del lavabo para ver si el pelo se ha enganchado en una de las rugosidades del caño. Si no se lo encuentra, hay que poner en descubierto el tramo de caño que va del sif��n a la cañer��a de desag��e principal. Es seguro que en esa parte aparecer��n muchos pelos, y habr�� que contar con la ayuda del resto de la familia para examinarlos uno a uno en busca del nudo. Si no aparece, se plantear�� el interesante problema de romper la cañer��a hasta la planta baja, pero eso significa un esfuerzo mayor, pues habr�� que comprar los cuatro pisos situados debajo del de mi primo el mayor.

      Llegar�� el d��a en que podamos romper los caños de todos los pisos, y durante meses viviremos rodeados de palanganas y otros recipientes llenos de pelos mojados, as�� como de asistentes y mendigos a los que pagaremos generosamente para que busquen, separen clasifiquen y nos traigan los pelos posibles a fin de alcanzar la deseada certidumbre. Si el pelo no aparece, entraremos en una etapa mucho m��s vaga y complicada, porque el tramo siguiente nos lleva a las cloacas mayores de la ciudad.

      Pero antes de eso, y quiz�� mucho antes, por ejemplo, a pocos cent��metros de la boca del lavabo, a la altura del segundo piso, o en la primera cañer��a subterr��nea, puede suceder que encontremos el pelo. Basta pensar en la alegr��a que eso nos producir��a, en el asombrado c��lculo de los esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para justificar, para escoger, para exigir pr��cticamente una tarea semejante, que todo maestro consciente deber��a aconsejar a sus alumnos desde la m��s tierna infancia, en vez de secarles el alma con la regla de tres compuesta.

 

            Cort��zar, Julio : Historias de Cronopios y de famas,  Buenos Aires, Minotauro, 1962..

 
 
 
 
 
 
 
 
 

TEXTO 6. Instrucciones para subir una escalera.   

      Nadie habr�� dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ��ngulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en l��nea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agach��ndose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se est�� en posesi��n moment��nea de un peldaño o escal��n. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sit��a un tanto m��s arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinaci��n producir�� formas quiz�� m��s bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

      Las escaleras se suben de frente, pues hacia atr��s o de costado resultan particularmente inc��modas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escal��n. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (tambi��n llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llev��ndola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en ��ste descansar�� el pie, y en el primero descansar�� el pie. (Los primeros peldaños son siempre los m��s dif��ciles, hasta adquirir la coordinaci��n necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace dif��cil la explicaci��n. Cu��dese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

      Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella f��cilmente, con un ligero golpe de tal��n que la fija en su sitio, del que no se mover�� hasta el momento del descenso.

 

            Cort��zar, Julio,  Historias de Cronopios y de famas,  Buenos Aires, Minotauro, 1962..

 

            TEXTO 7.

             Aplastamiento de las gotas.

      Yo no s��, mira, es terrible c��mo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aqu�� contra el balc��n con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detr��s de otro, qu�� hast��o. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todav��a no se cae. Est�� prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ah�� va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el m��rmol.

      Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ah�� mismo se tiran; me parece ver la vibraci��n del salto, sus piernitas desprendi��ndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adi��s gotas. Adi��s.   

 

      Cort��zar, Julio, Historias de Cronopios y de famas,  Buenos Aires, Minotauro, 1962.

            Por escrito gallina una  
 
Con lo que pasa es nosotras exaltante. R��pidamente del posesionadas mundo estamos hurra. Era un inofensivo aparentemente cohete lanzado Cañaveral americanos Cabo por los desde. Razones se desconocidas por ��rbita de la desvi��, y probablemente algo al rozar invisible la tierra devolvi�� a. Cresta nos cay�� en la paf, y mutaci��n golpe entramos de. R��pidamente la multiplicar aprendiendo de tabla estamos, dotadas muy literatura somos de historia, qu��mica menos un poco, desastre ahora hasta deportes, no importa pero: de ser�� gallinas cosmos el, carajo qu��.

 
  
Julio Cort��zar  La vuelta al d��a en ochenta mundos.Siglo XXI editores, Madrid, 1971.   

 
 
 
 
 

Estaci��n de la mano

                                                A Gladys y Sergio Sergi.

La dejaba entrar por la tarde, abri��ndole un poco la hoja de mi ventana que da al jard��n, y la mano descend��a ligeramente por los bordes de la mesa de trabajo, apoy��ndose apenas en la palma, los dedos sueltos y como distra��dos, hasta venir a quedar inm��vil sobre el piano, o en el marco de un retrato, o a veces sobre la alfombra color vino. Amaba yo aquella mano porque nada ten��a de voluntariosa y s�� mucho de p��jaro y hoja seca. ¿Sab��a ella algo de m��? Sin titubear llegaba a la ventana por las tardes, a veces de prisa —con su pequeña sombra que de pronto se proyectaba sobre los papeles— y como urgiendo que le abriese; y otras lentamente, ascendiendo por los peldaños de la hiedra donde, a fuerza de escalarla, hab��a calado un camino profundo. Las palomas de la casa la conoc��an bien; con frecuencia escuchaba yo de mañana un arrullar ansioso y sostenido, y era que la mano andaba por los nidos, ahuec��ndose para contener los pechos de tiza de las m��s j��venes, la pluma ��spera de los machos celosos. Amaba las palomas y los bocales de agua fresca; cu��ntas veces la encontr�� al borde de un vaso de cristal, con los dedos levemente mojados en el agua que se complac��a y danzaba. Nunca la toqu��; comprend��a que aquello hubiera sido desatar cruelmente los hilos de un acaecer misterioso. Y muchos d��as anduvo la mano por mis cosas, abri�� libros y cuadernos, puso su ��ndice —con el cual sin duda le��a— sobre mis m��s bellos poemas y los fue aprobando uno a uno. El tiempo transcurr��a. Los sucesos exteriores a los cuales deb��a mi vida someterse con dolor, principiaron a ondularse como curvas que s��lo de sesgo me alcanzaban. Descuid�� la aritm��tica, vi cubrirse de musgo mi m��s prolijo traje; apenas sal��a ahora de mi cuarto, a la espera cadenciosa de la mano, atisbando con ansiedad el primer— y m��s lejano y hundido— roce en la hiedra. Le puse nombres; me gustaba llamarla Dg, porque era un nombre s��lo para pensarse. Incit�� su probable vanidad dejando anillos y pulseras sobre las repisas, espiando su actitud con secreta constancia. Varias veces cre�� que se adornar��a con las joyas, pero ella las estudiaba dando vueltas en torno y sin tocarlas, a semejanza de una araña desconfiada; y aunque un d��a lleg�� a ponerse un anillo de amatista fue s��lo un instante y lo abandon�� como si le quemara. Yo me apresur�� a esconder las joyas en su ausencia y desde entonces me pareci�� que estaba m��s complacida. As�� declinaron las estaciones, unas esbeltas y otras con semanas ceñidas de luces violentas, sin que sus llamadas premiosas llegaran hasta nuestro ��mbito. Todas las tardes volv��a la mano, mojada con frecuencia por las lluvias otoñales, y la ve��a ponerse de espaldas sobre la alfombra, secarse prolijamente un dedo con otro, a veces con menudos saltos de cosa satisfecha. En los atardeceres de fr��o su sombra se teñ��a de violeta. Yo colocaba entonces un brasero a mis pies y ella se acurrucaba y apenas bull��a, salvo para recibir, displicente, un ��lbum con grabados o un ovillo de lana que le gustaba anudar y retorcer. Era incapaz, lo advert�� pronto, de estarse largo rato quieta. Un d��a encontr�� una artesa con arcilla, y se precipit�� sobre la novedad; horas y horas model�� la arcilla mientras yo, de espaldas, fing��a no preocuparme por su tarea. Naturalmente, model�� una mano. La dej�� secar y la puse sobre el escritorio para probarle que su obra me agradaba. Pero era error: como a todo artista, a Dg termin�� por molestarle la contemplaci��n de esa otra mano r��gida y algo convulsa. Al retirarla de la habitaci��n, ella fingi�� por pudor no haberlo advertido. Mi inter��s se torn�� bien pronto anal��tico. Cansado de maravillarme, quise saber; he ah�� el invariable y funesto fin de toda aventura. Surg��an las preguntas acerca de mi hu��sped: ¿Vegeta, siente, comprende, ama? Imagin�� tests, tend�� lazos, apront�� experimentos. Hab��a advertido que la mano, aunque capaz de leer, jam��s escrib��a. Una tarde abr�� la ventana y puse sobre la mesa un lapicero, cuartillas en blanco, y cuando entr�� Dg me march�� para dejarla libre de toda timidez. Por la cerradura vi que hac��a sus paseos habituales y luego, vacilante, iba hasta el escritorio y tomaba el lapicero. O�� el arañar de la pluma, y despu��s de un tiempo ansioso entr�� en el cuarto. Sobre el papel, en diagonal y con letra perfilada, Dg hab��a escrito: Esta resoluci��n anula todas las anteriores hasta nueva orden. Jam��s pude lograr que volviese a escribir. Transcurrido el periodo de an��lisis, comenc�� a querer de veras a Dg. Amaba su manera de mirar las flores de los b��caros, su rotaci��n acompasada en torno a una rosa, aproximando la yema de los dedos h asta rozar los p��talos, y ese modo de ahuecarse para envolver una flor, sin tocarla, acaso su manera de aspirar la fragancia. Una tarde que yo cortaba las p��ginas de un libro reci��n comprado, observ�� que Dg parec��a secretamente deseosa de imitarme. Sal�� entonces a buscar m��s libros, y pens�� que tal vez le agradar��a formar su propia biblioteca. Encontr�� curiosas obras que parec��an escritas para manos, como otras para labios o cabellos, y adquir�� tambi��n un puñal diminuto. Cuando puse todo sobre la alfombra— su lugar predilecto— Dg lo observ�� con su cautela acostumbrada. Parec��a temerosa del puñal, y reci��n d��as despu��s se decidi�� a tocarlo. Yo segu��a cortando mis libros para infundirle confianza, y una noche (¿he dicho que s��lo al alba se marchaba, llev��ndose las sombras?) principi�� ella a abrir sus libros y separar las p��ginas. Pronto se empeñ�� con una destreza extraordinaria; el puñal entraba en las carnes blancas u opalinas con gracia centelleante. Terminada la tarea, colocaba el cortapapel sobre una repisa —donde hab��a acumulado objetos de su preferencia: lanas, dibujos, f��sforos usados, un reloj de pulsera, montoncitos de ceniza— y descend��a para acostarse de bruces en la alfombra y principiar, la lectura. Le��a a gran velocidad, rozando las palabras con un dedo; cuando hallaba grabados, se echaba entera sobre la p��gina y parec��a como dormida. Not�� que mi selecci��n de libros hab��a sido acertada; volv��a una y otra vez a ciertas p��ginas (Étude de Mains de Gautier; un lejano poema m��o que comienza: <<Poder tomar tus manos...>>; Le Gant de Crin de Reverdy) y colocaba hebras de lana para recordarlas. Antes de irse, cuando yo dorm��a ya en mi div��n, encerraba sus vol��menes en un pequeño mueble que a tal prop��sito le destin��; y nunca hubo nada en desorden al despertar. De esta manera sin razones— plenamente basada en la simplicidad del misterio— convivimos un tiempo de estima y correspondencia. Toda indagaci��n superada, toda sorpresa abolida, ¡qu�� acaecer total de perfecci��n nos conten��a! Nuestra vida, as��, era una alabanza sin destino, canto puro y jam��s presupuesto. Por mi ventana entraba Dg y con ella era el ingreso de lo absolutamente m��o, rescatado al fin de la limitaci��n de los parientes y las obligaciones, rec��proco en mi voluntad de complacer a aquella que de tal forma me liberaba. Y vivimos as��, por un tiempo que no podr��a contar, hasta que la sanci��n de lo real vino a incidir en mi flaqueza, ardida de celos por tanta plenitud fuera de sus c��rceles pintadas. Una noche soñ��: Dg se hab��a enamorado de mis manos— la izquierda, sin duda, pues ella era diestra— y aprovechaba mi sueño para raptar a la amada cort��ndola de mi muñeca con el puñal. Me despert�� aterrado, comprendiendo por primera vez la locura de dejar un arma en poder de aquella mano. Busqu�� a Dg, a��n batido por las turbias aguas de la visi��n; estaba acurrucada en la alfombra y en verdad parec��a atenta a los movimientos de mi siniestra. Me levant�� y fui a guardar el puñal donde no pudiera alcanzarlo, pero despu��s me arrepent�� y se lo traje, haci��ndome amargos reproches. Ella estaba como desencantada y ten��a los dedos entreabiertos en una misteriosa sonrisa de tristeza. Yo s�� que no volver�� m��s. Tan torpe conducta puso en su inocencia la altivez y el rencor. —Yo s�� que no volver�� m��s! ¿Por qu�� reproch��rmelo, palomas, clamando all�� arriba por la mano que no retorna a acariciarlas? ¿Por qu�� afanarse as��, rosa de Flandes, si ella no te incluir�� ya nunca en sus dimensiones prolijas? Haced como yo, que he vuelto a sacar cuentas, a ponerme mi ropa, y que paseo por la ciudad el perfil de un habitante correcto.

(Cort��zar, Julio: La vuelta al d��a en ochenta mundos. Editorial Siglo XXI, Madrid, 1978)

 

Segunda lectura

A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y remueve un poco la cola, pero despu��s se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha rubia por las baldosas del patio.

En la habitaci��n hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera le gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la ��nica excepci��n es la muchacha rubia.

Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira.

Es simplemente feliz, la muchacha ha pasado por el patio, ��l la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra en las baldosas.

Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro y sigue aplicando la cola a la madera terciada .

Julio Cort��zar, en Último round, M��xico, Siglo XXI, 1999.

 
 
 
 
 

  La noche boca arriba.   Y sal��an en ciertas ��pocas a cazar enemigos;            le llamaban la guerra florida .

   

  A mitad del largo zagu��n del hotel pens�� que deb��a ser tarde, y se apur�� a salir a la calle y sacar la motocicleta del rinc��n donde el portero de al lado le permit��a guardarla. En la joyer��a de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegar��a con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y ��l— porque para s�� mismo, para ir pensando, no ten��a nombre— mont�� en la m��quina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

  Dej�� pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte m��s agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de ��rboles, con poco tr��fico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quiz�� algo distra��do, pero corriendo sobre la derecha como correspond��a, se dej�� llevar por la tersura, por la leve crispaci��n de ese d��a apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidi�� prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones f��ciles. Fren�� con el pie y la mano, desvi��ndose a la izquierda; oy�� el grito de la mujer, y junto con el choque perdi�� la visi��n. Fue como dormirse de golpe.

  Volvi�� bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres j��venes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sent��a gusto a sal y sangre, le dol��a una rodilla, y cuando lo alzaron grit��, porque no pod��a soportar la presi��n en el brazo derecho. Voces que no parec��an pertenecer a las caras suspendidas sobre ��l, lo alentaban con bromas y seguridades. Su ��nico alivio fue o��r la confirmaci��n de que hab��a estado en su derecho al cruzar la esquina. Pregunt�� por la mujer, tratando de dominar la n��usea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia pr��xima, supo que la causante del accidente no ten��a m��s que rasguños en las piernas. <<Ust�� la agarr�� apenas, pero el golpe le hizo saltar la m��quina de costado...>> Opiniones, recuerdos, despacio, ��ntrenlo de espaldas, as�� va bien, y alguien con guardapolvo d��ndole a beber un trago que lo alivi�� en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

  La ambulancia policial lleg�� a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al polic��a que lo acompañaba. El brazo casi no le dol��a; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lami�� los labios para beberla. Se sent��a bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada m��s. El vigilante le dijo que la motocicleta no parec��a muy estropeada. <<Natural>>, dijo ��l. <<Como que me la ligu�� encima...>>. Los dos se rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le dese�� buena suerte. Ya la n��usea volv��a poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabell��n del fondo, pasando bajo ��rboles llenos de p��jaros, cerr�� los ojos y dese�� estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quit��ndole la ropa y visti��ndolo con una camisa gris��cea y dura. Le mov��an cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del est��mago se habr��a sentido muy bien, casi contento.

  Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos despu��s, con la placa todav��a h��meda puesta sobre el pecho como una l��pida negra, pas�� a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acerc�� y se puso a mirar la radiograf��a. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sinti�� que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acerc�� otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palme�� la mejilla e hizo una seña a alguien parado atr��s. 

  Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y ��l nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volv��a nadie. Pero el olor ces��, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se mov��a huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, ten��a que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su ��nica probabilidad era la de esconderse en lo m��s denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que s��lo ellos, los motecas, conoc��an. Lo que m��s le torturaba era el olor, como si a un en la absoluta aceptaci��n del sueño algo se rebelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no hab��a participado del juego. <<Huele a guerra>>, pens��, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inm��vil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esper��, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, deb��an estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñ��a esa parte del cielo. El sonido no se repiti��. Hab��a sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como ��l del olor de la guerra. Se enderez�� despacio, venteando. No se o��a nada, pero el miedo segu��a all�� como el olor, ese incienso dulz��n de la guerra florida. Hab��a que seguir, llegar al coraz��n de la selva evitando las ci��nagas. A tientas, agach��ndose a cada instante para tocar el suelo m��s duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, busc�� el rumbo. Entonces sinti�� una bocanada horrible del olor que m��s tem��a, y salt�� desesperado hacia adelante.

  — Se va a caer de la cama— dijo el enfermo de al lado . No brinque tanto, amigazo.  

  Abri�� los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonre��r a su vecino, se despeg�� casi f��sicamente de la ��ltima visi��n de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sinti�� sed, como si hubiera estado corriendo kil��metros, pero no quer��an darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el di��logo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frot�� con alcohol la cara anterior del muslo y le clav�� una gruesa aguja conectada con un tubo que sub��a hasta un frasco lleno de l��quido opalino. Un m��dico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajust�� al brazo sano para verificar alguna cosa. Ca��a la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas ten��an un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una pel��cula aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

  Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, m��s precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dol��a nada y solamente en la ceja, donde lo hab��an suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y r��pida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pens�� que no le iba a ser dif��cil dormirse. Un poco inc��modo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sinti�� el sabor del caldo, y suspir�� de felicidad, abandon��ndose.

  Primero fue una confusi��n, un atraer hacia s�� todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprend��a que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de ��rboles era menos negro que el resto. <<La calzada>>, pens��. <<Me sal�� de la calzada>>. Sus pies se hund��an en un colch��n de hojas y barro, y ya no pod��a dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabi��ndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agach�� para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del d��a iba a verla otra vez. Nada pod��a ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo ��l aferraba el mango del puñal, subi�� como el escorpi��n de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musit�� la plegaria del ma��z que trae las lunas felices, y la s��plica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sent��a al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hac��a insoportable. La guerra florida hab��a empezado con la luna y llevaba ya tres d��as y tres noches. Si consegu��a refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada m��s all�� de la regi��n de las ci��nagas, quiz�� los guerreros no le siguieran el rastro. Pens�� en los muchos prisioneros que ya habr��an hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuar��a hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo ten��a su n��mero y su fin, y ��l estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

  Oy�� los gritos y se enderez�� de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas movi��ndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le salt�� al cuello casi sinti�� placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanz�� a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrap�� desde atr��s.

  — Es la fiebre— dijo el de la cama de al lado— . A m�� me pasaba igual cuando me oper�� del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

  Al lado de la noche de donde volv��a, la penumbra tibia de la sala le pareci�� deliciosa. Una l��mpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se o��a toser, respirar fuerte, a veces un di��logo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin... Pero no quer��a seguir pensando en la pesadilla. Hab��a tantas cosas en qu�� entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan c��modamente se lo sosten��an en el aire. Le hab��an puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebi�� del gollete, golosamente. Distingu��a ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no deb��a tener tanta fiebre, sent��a fresca la cara. La ceja le dol��a apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Qui��n hubiera pensado que la cosa iba a acabar as��? Trataba de fijar el momento del accidente y le dio rabia advertir que hab��a ah�� como un hueco, un vac��o que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo hab��an levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo ten��a la sensaci��n de que ese hueco, esa nada, hab��a durado una eternidad. . De todas maneras al salir del pozo negro hab��a sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusi��n en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al d��a y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntar��a alguna vez al m��dico de la oficina. Ahora volv��a a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quiz�� pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la l��mpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

  Como dorm��a de espaldas, no lo sorprendi�� la posici��n en que volv��a a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerr�� la garganta y lo oblig�� a comprender. In��til abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolv��a una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sinti�� las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y h��medo. El fr��o le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el ment��n busc�� torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo hab��an arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria pod��a salvarlo del final. Lejanamente, como filtr��ndose entre las piedras del calabozo, oy�� los atabales de la fiesta. Lo hab��an tra��do al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

  Oy�� gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era ��l que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defend��a con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pens�� en sus compañeros que llenar��an otras mazmorras, y en los que ascend��an ya los peldaños del sacrificio. Grit�� de nuevo sofocadamente, casi no pod��a abrir la boca, ten��a las mand��bulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudi�� como un l��tigo. Convulso, retorci��ndose, luch�� por zafarse de las cuerdas que se le hund��an en la carne. Su brazo derecho, el m��s fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le lleg�� antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los ac��litos de los sacerdotes se le acercaron mir��ndolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce; se sinti�� alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro ac��litos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban delante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los ac��litos deb��an agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente a ��l la escalinata incendiada de gritos y danzas, ser��a el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya se iba a acabar, de repente oler��a el aire libre lleno de estrellas, pero todav��a no, andaban llev��ndolo sin fin en la penumbra roja, tirone��ndolo brutalmente, y ��l no quer��a, pero c��mo impedirlo si le hab��an arrancado el amuleto que era su verdadero coraz��n, el centro de la vida.

  Sali�� de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pens�� que deb��a haber gritado, pero sus vecinos dorm��an callados. En la mesa de noche, la botella de agua ten��a algo de burbuja, de imagen transl��cida contra la sombra azulada de los ventanales. Jade��, buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas im��genes que segu��an pegadas a sus p��rpados. Cada vez que cerraba los ojos las ve��a formarse instant��neamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo proteg��a, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin im��genes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era m��s fuerte que ��l. Hizo un ��ltimo esfuerzo, con la mano sana esboz�� un gesto hacia la botella de agua; no lleg�� a tomarla, sus dedos se cerraron en un vac��o otra vez negro, y el pasadizo segu��a interminable, roca tras roca, con s��bitas fulguraciones rojizas, y ��l boca arriba gimi�� apagadamente porque el techo iba a acabarse, sub��a, abri��ndose como una boca de sombra, y los ac��litos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cay�� en la cara donde los ojos no quer��an verla, desesperadamente se cerraban y abr��an buscando pasar al otro lado descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abr��an era la noche y la luna mientras lo sub��an por la escalinata ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaiv��n de los pies del sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una ��ltima esperanza apret�� los p��rpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo crey�� que lo lograr��a, porque otra vez estaba inm��vil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero ol��a la muerte, y cuando abri�� los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que ven��a hacia ��l con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanz�� a cerrar otra vez los p��rpados, aunque ahora sab��a que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso hab��a sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que hab��a andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ard��an sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño tambi��n lo hab��an alzado del suelo, tambi��n alguien se le hab��a acercado con un cuchillo en la mano, a ��l tendido boca arriba, a ��l boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

 

                  Cort��simo metraje

      Automovilista en vacaciones recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la cuidad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del autoestop, t��midamente pregunta si direcci��n Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro, lac��nicamente a las preguntas del que ahora, mirando los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al t��rmino de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en lo m��s espeso. De reojo sintiendo como cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror poco a poco. Bajo los ��rboles una profunda gruta vegetal donde se podr��, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los hombros. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura para arrastrarla entre los ��rboles, pistola del bolso y a la sien. Despu��s billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que abandonar�� unos kil��metros m��s lejos sin dejar la menor impresi��n digital porque en ese oficio no hay que descuidarse.

                              Julio Cort��zar,  Ultimo Round.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

      Lucas, sus pudores

En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene o��dos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida est�� apenas a tres metros del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que har�� el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del di��logo, en alg��n momento reverberar�� uno de esos sordos ruidos que o��r se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido pat��tico de un papel higi��nico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.

 
 
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror s��lo puede compararse a la intensidad del c��lico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezar lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relaci��n de la p��lvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonaci��n mas bien horrenda har�� temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de pl��stico de la ducha.

Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los m��todos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atr��s al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo m��s posible para aumentar el di��metro del conducto proceloso. Vana es la multiplicaci��n de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; pr��cticamente siempre, al t��rmino de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.

Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por ��l pues est�� seguro que de un segundo a otro resonar el primer halal�� de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas as��, aunque es evidente que no est��n desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que hab��a estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cu��n distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reuni��n y anuncian: Mam��, quiero caca. Qu�� bienaventurado, piensa a continuaci��n Lucas, el poeta an��nimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer m��s exquisito / que cagar bien despacito / ni placer m��s delicado / que despu��s de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor deb��a estar exento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.

Ya instalado en el terreno po��tico, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisi��n mental a la m��s alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que est�� diciendo el doctor Berenstein a prop��sito de la ley de alquileres.

 

      Lucas, sus desconciertos

All�� por el año del gofio Lucas iba mucho a los conciertos y dale con Chopin, Zoltan Kodaly, Pucciverdi y pare que te cuento Brahms y Beethoven y hasta Ottorino Respighi en las ��pocas flojas.

Ahora no va nunca y se las arregla con los discos y la radio o silbando recuerdos, Menuhin y Friedrich Gulda y Marian Anderson, cosas un poco paleol��ticas en estos tiempos acelerados, pero la verdad es que en los conciertos le iba de mal en peor hasta que hubo un acuerdo de caballeros entre Lucas que dej�� de ir y los acomodadores y parte del publico que dejaron de sacarlo a patadas. ¿A que se deb��a tan espasm��dica discordancia? Si le pregunt��s, Lucas se acuerda de algunas cosas, por ejemplo la noche en el Col��n cuando un pianista a la hora de los bises se lanz�� con las manos armadas de Khatchaturian contra un teclado por completo indefenso, ocasi��n aprovechada por el p��blico pare concederse una crisis de histeria cuya magnitud corresponda exactamente al estruendo alcanzado por el artista en los paroxismos finales, y ah�� lo tenemos a Lucas buscando alguna cosa por el suelo entre las plateas y manoteando pare todos lados.

—¿Se le perdi�� algo, señor?— inquiri�� la señora entre cuyos tobillos proliferaban los dedos de Lucas

—La m��sica, señora— dijo Lucas, apenas un segundo antes de que el senador Poliyatti le zampara la primera patada en el culo.

Hubo asimismo la velada de lieder en que una dame aprovechaba delicadamente los pianissimos de Lotte Lehman pare emitir una tos digna de las bocinas de un templo tibetano, raz��n por la cual en alg��n momento se oy�� la voz de Lucas diciendo: "Si las vacas tosieran, toser��an como esa señora", diagn��stico que determin�� la intervenci��n patri��tica del doctor Chucho Belaustegui y el arrastre de Lucas con la cara pegada al suelo hasta su liberaci��n final en el cord��n de la vereda de la calle Libertad.

Es dif��cil tomarle gusto a los conciertos cuando pasan cosas as��, se est�� mejor at home.

 

Lucas, su patriotismo

De mi pasaporte me gustan las p��ginas de las renovaciones y los sellos de visados redondos / triangulares / verdes / cuadrados / negros / ovalados / rojos; de mi imagen de Buenos Aires el transbordador sobre el Riachuelo, la plaza Irlanda, los jardines de Agronom��a, algunos caf��s que acaso ya no est��n, una cama en un departamento de Maip�� casi esquina C��rdoba, el olor y el silencio del puerto a medianoche en verano, los arboles de la plaza Lavalle. 
Del pa��s me queda un olor de acequias mendocinas, los ��lamos de Uspallata, el violeta profundo del cerro de Velasco en La Rioja, las estrellas chaqueñas en Pampa de Guanacos yendo de Salta a Misiones en un tren del año cuarenta y dos, un caballo que monte en Saladillo, el sabor del Cinzano con ginebra Gordon en el Boston de Florida, el olor ligeramente al��rgico de las plateas del Col��n, el superpullman del Luna Park con Carlos Beulchi y Mario D��az, algunas lecher��as de la madrugada, la fealdad de la Plaza Once, la lecture de Sur en los años dulcemente ingenuos, las ediciones a cincuenta centavos de Claridad con Roberto Arlt y Castelnuovo, y tambi��n algunos patios, claro, y sombras que me callo, y muertos.

 

Lucas, su patiotismo

El centro de la imagen ser��n los malvones, pero hay tambi��n glicinas, verano, mate a las cinco y media, la m��quina de coser, zapatillas y lentas conversaciones sobre enfermedades y disgustos familiares, de golpe un polio dejando su firma entre dos sillas o el gato atr��s de una paloma que lo sobra canchera. Todo eso huele a ropa tendida, a almid��n azulado y a lej��a, huele a jubilaci��n, a factura surtida o tortas fritas, casi siempre a radio vecina con tangos y los avisos del Geniol, del aceite Cocinero que es de todos el primero, y a chicos pateando la pelota de trapo en el bald��o del fondo, el Beto meti�� el gol de sobrepique. 
Tan convencional todo, tan dicho que Lucas de puro pudor busca otras salidas, a la mitad del recuerdo decide acordarse de como a esa hora se encerraba a leer a Homero y Dickson Carr en su cuartito atorrante pare no escuchar de nuevo la operaci��n del ap��ndice de la t��a Pepa con todos los detalles luctuosos y la representaci��n en vivo de las horribles n��useas de la anestesia, o la historia de la hipoteca de la calle Bulnes en la que el t��o Alejandro se iba hundiendo de mate en mate hasta la apoteosis de los suspiros colectivos y todo va de mal en peor, Josefina, aqu�� trace falta un gobierno fuerte, carajo. Por suerte la Flora ah�� para mostrar la foto de Clark Gable en el rotograbado de La Prensa y rememurmurar los momentos estelares de Lo que el vierto se llev��. A veces la abuela se acordaba de Francesca Bertini y el t��o Alejandro de Barbara La Marr que era la mar de b��rbara, vos y las vampiresas, ah los hombres, Lucas comprende que no hay nada que hacer, que ya est�� de nuevo en el patio, que la tarjeta postal sigue clavada pare siempre al borde del espejo del tiempo, pintada a mano con su franja de palomitas, con su leve borde negro.

 

      Continuidad en los parques.

      Hab��a empezado a leer la novela unos d��as antes. La abandon�� por negocios urgentes, volvi�� a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, despu��s de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuesti��n de aparcer��as, volvi�� al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sill��n favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dej�� que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los ��ltimos cap��tulos. Su memoria reten��a sin esfuerzo los nombres y las im��genes de los protagonistas; la ilusi��n novelesca lo gan�� casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando l��nea a l��nea de lo que le rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba c��modamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos segu��an al alcance de la mano, que m��s all�� de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la s��rdida disyuntiva de los h��roes, dej��ndose ir hacia las im��genes que se concertaban y adquir��an color y movimiento, fue testigo del ��ltimo encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero ��l rechazaba las caricias, no hab��a venido para repetir las ceremonias de una pasi��n secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo lat��a la libertad agazapada. Un di��logo anhelante corr��a por las p��ginas como un arroyo de serpientes, y se sent��a que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada hab��a sido olvidado; coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante ten��a su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrump��a apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados r��gidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella deb��a seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta ��l se volvi�� un instante para verla correr con el pelo suelto. Corri�� a su vez parapet��ndose en los ��rboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crep��sculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no deb��an ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estar��a a esa hora, y no estaba. Subi�� los tres peldaños del porche y entr��. Desde la sangre galopando en sus o��dos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, despu��s una galer��a, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitaci��n, nadie en la segunda. La puerta del sal��n, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sill��n de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sill��n leyendo una novela.

 

                                    Julio Cort��zar.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Con leg��timo orgullo.       In Memoriam K.

      Ninguno de nosotros recuerda el texto de la ley que obliga a recoger las hojas secas, pero estamos convencidos de que a nadie se le ocurrir��a que puede dejar de recogerlas; es una de esas cosas que vienen desde muy atr��s, con las primeras lecciones de la infancia, y ya no hay demasiada diferencia entre los gestos elementales de atarse los zapatos o abrir los paraguas y los que hacemos al recoger las hojas secas a partir del dos de noviembre a las nueve de la mañana.  Tampoco a nadie se le ocurrir��a discutir la oportunidad de esa fecha, es algo que figura en las costumbres del pa��s y que tiene su raz��n de ser. La v��spera nos dedicamos a visitar el cementerio, no se hace otra cosa que acudir a las tumbas familiares, barrer las hojas secas que las ocultan y confunden, aunque ese d��a las hojas secas no tienen importancia oficial, por as�� decir, a lo sumo son una penosa molestia de la que hay que librarse para luego cambiar el agua a los floreros y limpiar las huellas de los caracoles en las l��pidas. Alguna vez se ha podido insinuar que la campaña contra las hojas secas podr��a adelantarse en dos o tres d��as, de manera que al llegar el primero de noviembre el cementerio estuviera ya limpio y las familias pudieran recogerse ante las tumbas sin el molesto barrido previo que suele provocar escenas penosas y nos distrae de nuestros deberes en ese d��a de recordaci��n. Pero nunca hemos aceptado esas insinuaciones, como tampoco hemos cre��do que se pudieran impedir las expediciones a las selvas del norte, por m��s que nos cuesten. Son costumbres tradicionales que tienen su raz��n de ser, y muchas veces hemos o��do a nuestros abuelos contestar severamente a esas voces an��rquicas, haciendo notar que la acumulaci��n de hojas secas en las tumbas sirve precisamente para mostrar a la colectividad la molestia que representan una vez avanzado el otoño, e incitarla as�� a participar con m��s entusiasmo en la labor que ha de iniciarse al d��a siguiente.

      Toda la poblaci��n est�� llamada a desempeñar una tarea en la campaña. La v��spera, cuando regresamos del cementerio, la municipalidad ya ha instalado su quiosco pintado de blanco en medio de la plaza, y a medida que vamos llegando nos ponemos en fila y esperamos nuestro turno. Como la fila es interminable, la mayor��a s��lo puede volver muy tarde a su casa, pero tenemos la satisfacci��n de haber recibido nuestra tarjeta de manos de un funcionario municipal. En esa forma y a partir de la mañana siguiente, nuestra participaci��n quedar�� registrada d��a tras d��a en las casillas de la tarjeta, que una m��quina especial va perforando a medida que entregamos las bolsas de hojas secas o las jaulas con las mangostas, seg��n la tarea que nos haya correspondido. Los niños son los que m��s se divierten porque les dan una tarjeta muy grande, que les encanta mostrar a sus madres, y los destinan a diversas tareas livianas pero sobre todo a vigilar el comportamiento de las mangostas. A los adultos nos toca el trabajo m��s pesado, puesto que adem��s de dirigir a las mangostas debemos llenar las bolsas de arpillera con las hojas secas que han recogido las mangostas, y llevarlas a hombros hasta los camiones municipales. A los viejos se les conf��an las pistolas de aire comprimido con las que se pulveriza la esencia de serpiente sobre las hojas secas. Pero el trabajo de los adultos es el que exige la mayor responsabilidad, porque las mangostas suelen distraerse y no rinden lo que se espera de ellas; en ese caso nuestras tarjetas mostrar��n al cabo de pocos d��as la insuficiencia de la labor realizada, y aumentar��n las probabilidades de que nos env��en a las selvas del norte. Como es de imaginar hacemos todo lo posible por evitarlo, aunque llegado el caso reconocemos que se trata de una costumbre tan natural como la campaña misma, y no se nos ocurrir��a protestar; pero es humano que nos esforcemos lo m��s posible en hacer trabajar a las mangostas para conseguir el m��ximo de puntos en nuestras tarjetas, y que para ello seamos severos con las mangostas, los ancianos y los niños, elementos imprescindibles para el ��xito de la campaña.

      Nos hemos preguntado alguna vez c��mo pudo nacer la idea de pulverizar las hojas secas con esencia de serpiente, pero despu��s de algunas conjeturas desganadas acabamos por convenir en que el origen de las costumbres, sobre todo cuando son ��tiles y atinadas, se pierde en el fondo de la raza. Un buen d��a la municipalidad debi�� reconocer que la poblaci��n no daba abasto para recoger las hojas que caen en otoño, y que s��lo la utilizaci��n inteligente de las mangostas, que abundan en el pa��s, podr��a cubrir el d��ficit. Alg��n funcionario proveniente de las ciudades linderas con la selva advirti�� que las mangostas, indiferentes por completo a las hojas secas, se encarnizaban con ellas si ol��an a serpiente. Habr�� hecho falta mucho tiempo para llegar a esos descubrimientos, para estudiar las reacciones de las mangostas frente a las hojas secas, para pulverizar las hojas secas a fin de que las mangostas las recogieran vindicativamente. Nosotros hemos crecido en una ��poca en que ya todo estaba establecido y codificado, los criaderos de mangostas contaban con el personal necesario para adiestrar��as, y las expediciones a las selvas volv��an cada verano con una cantidad satisfactoria de serpientes. Esas cosas nos resultan tan naturales que s��lo muy pocas veces y con gran esfuerzo volvemos a hacernos las preguntas que nuestros padres contestaban severamente en nuestra infancia, enseñ��ndonos as�� a responder alg��n d��a a las preguntas que nos har��an nuestros hijos. Es curioso que ese deseo de interrogarse s��lo se manifieste, y aun as�� muy raramente, antes o despu��s de la campaña. El dos de noviembre, apenas hemos recibido nuestras tarjetas y nos entregamos a las tareas que nos han sido asignadas, la justificaci��n de cada uno de nuestros actos nos parece tan evidente que s��lo un loco osar��a poner en duda la utilidad de la campaña y la forma en que se la lleva a cabo. Sin embargo, nuestras autoridades han debido prever esa posibilidad porque en el texto de la ley impresa en el dorso de las tarjetas se señalan los castigos que se impondr��an en tales casos; pero nadie recuerda que haya sido necesario aplicarlos.

      Siempre nos ha admirado c��mo la municipalidad distribuye nuestras labores de manera que la vida del estado y del pa��s no se vean alteradas por la ejecuci��n de la campaña. Los adultos dedicamos cinco horas diarias a recoger las hojas secas, antes o despu��s de cumplir nuestro horario de trabajo en la administraci��n o en el comercio. Los niños dejan de asistir a las clases de gimnasia y a las de entrenamiento c��vico y militar, y los viejos aprovechan las horas de sol para salir de los asilos y ocupar sus puestos respectivos. Al cabo de dos o tres d��as la campaña ha cumplido su primer objetivo, y las calles y plazas del distrito central quedan libres de hojas secas. Los encargados de las mangostas tenemos entonces que multiplicar las precauciones, porque a medida que progresa la campaña las mangostas muestran menos encarnizamiento en su trabajo, y nos incumbe la grave responsabilidad de señalar el hecho al inspector municipal de nuestro distrito para que ordene un refuerzo de las pulverizaciones. Esta orden s��lo la da el inspector despu��s de haberse asegurado de que hemos hecho todo lo posible para que las mangostas sigan recogiendo las hojas, y si se comprobara que nos hemos apresurado fr��volamente a pedir que se refuercen las pulverizaciones, correr��amos el riesgo de ser inmediatamente movilizados y enviados a las selvas. Pero cuando decimos riesgo es evidente que exageramos, porque las expediciones a las selvas forman parte de las costumbres del estado a igual t��tulo que la campaña propiamente dicha, y a nadie se le ocurrir��a protestar por algo que constituye un deber como cualquier otro.   

      Se ha murmurado alguna vez que es un error confiar a los ancianos las pistolas pulverizadoras. Puesto que se trata de una antigua costumbre no puede ser un error, pero a veces ocurre que los ancianos se distraen y gastan una buena parte de la esencia de serpiente en un pequeño sector de la calle o una plaza, olvidando que deben distribuirlo en una superficie lo m��s amplia posible. Ocurre as�� que las mangostas se precipitan salvajemente sobre un mont��n de hojas secas, y en pocos minutos las recogen y las traen hasta donde las esperamos con las bolsas preparadas; pero despu��s, cuando confiadamente creemos que van a seguir con el mismo tes��n, las vemos detenerse, olisquearse entre ellas como desconcertadas, y renunciar a su tarea con evidentes signos de fatiga y hasta de disgusto. En esos casos el adiestrador apela a su silbato, y por un momento consigue que las mangostas junten algunas hojas, pero no tardamos en darnos cuenta de que la pulverizaci��n ha sido despareja y que las mangostas se resisten con raz��n a una tarea que de golpe ha perdido todo inter��s para ellas. Si se contara con suficiente cantidad de esencia de serpiente, jam��s se plantear��an estas situaciones de tensi��n en las que los ancianos, nosotros y el inspector municipal nos vemos abocados a nuestras respectivas responsabilidades y sufrimos enormemente; pero desde tiempo inmemorial se sabe que la provisi��n de esencia apenas alcanza para cubrir las necesidades de la campaña, y que en algunos casos las expediciones a las selvas no han alcanzado su objetivo, obligando a la municipalidad a apelar a sus exiguas reservas para hacer frente a una nueva campaña. Esta situaci��n acent��a el temor de que la pr��xima movilizaci��n abarque un n��mero mayor de reclutas, aunque al decir temor es evidente que exageramos, porque el aumento del n��mero de reclutas forma parte de las costumbres del estado a igual t��tulo que la campaña propiamente dicha, y a nadie se le ocurrir��a protestar por algo que constituye un deber como cualquier otro. De las expediciones a las selvas se habla poco entre nosotros, y los que regresan est��n obligados a callar por un juramento del que apenas tenemos noticia. Estamos convencidos de que nuestras autoridades procuran evitarnos toda preocupaci��n referente a las expediciones a las selvas del norte, pero desgraciadamente nadie puede cerrar los ojos a las bajas. Sin la menor intenci��n de extraer conclusiones, la muerte de tantos familiares o conocidos en el curso de cada expedici��n nos obliga a suponer que la b��squeda de las serpientes en las selvas tropieza cada año con la despiadada resistencia de los habitantes del pa��s fronterizo, y que nuestros conciudadanos han tenido que hacer frente, a veces con graves p��rdidas, a su crueldad y a su malicia legendarias. Aunque no lo digamos p��blicamente, a todos nos indigna que una naci��n que no recoge las hojas secas se oponga a que cacemos serpientes en sus selvas. Nunca hemos dudado de que nuestras autoridades est��n dispuestas a garantizar que la entrada de las expediciones en ese territorio no obedece a otro motivo, y que la resistencia que encuentran se debe ��nicamente a un est��pido orgullo extranjero que nada justifica.

      La generosidad de nuestras autoridades no tiene limites, incluso en aquellas cosas que podr��an perturbar la tranquilidad p��blica. Por eso nunca sabremos —ni queremos saber, conviene subrayarlo— qu�� ocurre con nuestros gloriosos heridos. Como si quisieran evitarnos in��tiles zozobras, s��lo se da a conocer la lista de los expedicionarios ilesos y la de los muertos, cuyos ata��des llegan en el mismo tren militar que trae a los expedicionarios y a las serpientes. Dos d��as despu��s las autoridades y la poblaci��n acuden al cementerio para asistir al entierro de los ca��dos. Rechazando el vulgar expediente de la fosa com��n, nuestras autoridades han querido que cada expedicionario tuviera su tumba propia, f��cilmente reconocible por su l��pida y las inscripciones que la familia puede hacer grabar sin impedimento alguno; pero como en los ��ltimos años el n��mero de bajas ha sido cada vez m��s grande, la municipalidad ha expropiado los terrenos adyacentes para ampliar el cementerio. Puede imaginarse entonces cu��ntos somos los que al llegar el primero de noviembre acudimos desde la mañana al cementerio para honrar las tumbas de nuestros muertos. Desgraciadamente el otoño ya est�� muy avanzado, y las hojas secas cubren de tal manera las calles y las tumbas que resulta muy dif��cil orientarse; con frecuencia nos confundimos completamente y pasamos varias horas dando vueltas y preguntando hasta ubicar la tumba que busc��bamos. Casi todos llevamos nuestra escoba, y suele ocurrirnos barrer las hojas secas de una tumba creyendo que es la de nuestro muerto, y descubrir que estamos equivocados. Pero poco a poco vamos encontrando las tumbas, y ya mediada la tarde podemos descansar y recogernos. En cierto modo nos alegra haber tropezado con tantas dificultades para encontrar las tumbas porque eso prueba la utilidad de la campaña que va a comenzar a la mañana siguiente, y nos parece como si nuestros muertos nos alentaran a recoger las hojas secas, aunque no contemos con la ayuda de las mangostas que s��lo intervendr��n al d��a siguiente cuando las autoridades distribuyan la nueva raci��n de esencia de serpiente tra��da por los expedicionarios junto con los ata��des de los muertos, y que los ancianos pulverizar��n sobre las hojas secas para que las recojan las mangostas. Julio Cort��zar: La vuelta al d��a en ochenta mundos. Editorial Siglo XXI, Madrid, 1978.

 
 
 
 
 
 

                 Vietato introdurre biciclette

      En los bancos y casas de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tuc��n, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñ�� mi madre, o llevando de la mano un chimpanc�� con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el veh��culo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

      Para una bicicleta, ente d��cil y de conducta modesta, constituye una humillaci��n y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristales de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condici��n social. Pero en absolutamente todos los pa��ses de la tierra est�� prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: <<y perros>>, lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bunge & Born o en los estudios de los abogados de la calle San Mart��n sin ocasionar m��s que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje a los susodichos animales a la calle.

      Esto ��ltimo puede suceder pero no es humillante, primero, porque s��lo constituye una probabilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fr��a maquinaci��n preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o de esmalte, tablas de la ley inexorable que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.

      De todas maneras, - cuidado, gerentes! Tambi��n las rosas son ingenuas y dulces, pero quiz�� sep��is que en una guerra de dos rosas murieron pr��ncipes que eran como rayos negros, cegados por p��talos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un d��a cubiertas de espinas; que las astas de sus manubrios crezcan y embistan, que acorazadas de furor arremetan en legi��n contra los cristales de las compañ��as de seguros y que el d��a luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.

 
 

    Lucas, sus sonetos.

      Con la misma henchida satisfacci��n de una gallina, de tanto en tanto Lucas pone un soneto. Nadie se extrañe: huevo y soneto se parecen por lo riguroso, lo acabado, lo terso, lo fr��gilmente duro. Ef��meros, incalculables, el tiempo y algo como la fatalidad los reiteran, id��nticos y mon��tonos y perfectos.

      As��, a lo muy largo de su vida Lucas ha puesto algunas docenas de sonetos, todos excelentes y algunos decididamente geniales. Aunque el rigor y lo cerrado de la forma no dejan mayor espacio para la innovaci��n, su estro (en primera y tambi��n en segunda acepci��n) ha tratado de verter vino nuevo en odre viejo, apurando las aliteraciones y los ritmos, sin hablar de esa vieja mani��tica, la rima, a la cual le ha hecho hacer cosas tan extenuantes como aparear a Dr��cula con m��cula. Pero hace ya tiempo que Lucas se cans�� de operar internamente en el soneto y decidi�� enriquecerlo en su estructura misma, cosa aparentemente demencial dada la inflexibilidad quitinosa de este cangrejo de catorce patas.

As�� naci�� el Zipper Sonnet, t��tulo que revela culpable indulgencia hacia las infiltraciones anglosajonas en nuestra literatura, pero que Lucas esgrimi�� despu��s de considerar que el t��rmino ��cierre rel��mpago�� era penetrantemente est��pido, y que ��cierre de cremallera�� no mejoraba la situaci��n. El lector habr�� comprendido que este soneto puede y debe leerse como quien sube y baja un ��zipper��, lo que ya est�� bien, pero que adem��s la lectura de abajo arriba no da precisamente lo mismo que la de arriba abajo, resultado m��s bien obvio como intenci��n pero dif��cil como escritura. A Lucas lo asombra un poco que cualquiera de las dos lecturas den (o en todo caso le den) una impresi��n de naturalidad, de por supuesto, de pero claro, de elementary my dear Watson, cuando para decir la verdad la fabricaci��n del soneto le llev�� un tiempo loco. Como causalidad y temporalidad son omn��modas en cualquier discurso apenas se quiere comunicar un significado complejo, digamos el contenido de un cuarteto, su lectura patas arriba pierde toda coherencia aunque cree im��genes o relaciones nuevas, ya que fallan los nexos sint��cticos y los pasajes que la l��gica del discurso exige incluso en las asociaciones m��s il��gicas. Para lograr puentes y pasajes fue preciso 3 14 que la inspiraci��n funcionara de manera pendular, dejando ir y venir el desarrollo del poema a raz��n de dos o a lo m��s tres versos, prob��ndolos apenas salidos de la pluma (Lucas pone sonetos con pluma, otra semejanza con la gallina) para ver si despu��s de haber bajado la escalera se pod��a subirla sin tropezones nefandos. El hic es que catorce peldaños son muchos peldaños, y este Zipper Sonnet tiene en todo caso el m��rito de una perseverancia mani��tica, cien veces rota por palabrotas y desalientos y bollos de papel al canasto pluf.

Pero al final, hosanna, h��lo aqu�� el Zipper Sonnet que s��lo espera del lector, aparte de la admiraci��n, que establezca mental y respiratoriamente la puntuaci��n, ya que si ��sta figurara con sus signos no habr��a modo de pasar los peldaños sin tropezar feo.

 
 
 
 
 
 

ZIPPER SONNET

 
 
 

de arriba abajo o bien de abajo arriba

este camino lleva hacia s�� mismo

simulacro de cima ante el abismo

��rbol que se levanta o se derriba

quien en la alterna imagen lo conciba

ser�� el poeta de este paroxismo

en un amanecer de cataclismo

n��ufrago que a la arena al fin arriba

vanamente eludiendo su reflejo

antagonista de la simetr��a

para llegar hasta el dorado gajo

visionario amarr��ndose a un espejo

obstinado hacedor de la poes��a

de abajo arriba o bien de arriba abajo

 

      ¿Verdad que funciona? ¿Verdad que es- que son- bello (s)? Preguntas de esta ��ndole hac��ase Lucas trepando y descolg��ndose a y de los catorce versos resbalantes y metamorfoseantes, cuando h��te aqu�� que apenas hab��a terminado de esponjarse satisfecho como toda gallina que ha puesto su huevo tras meritorio empuj��n retropropulsor, desembarc�� procedente de Sao Paulo su amigo el poeta Haroldo de Campos, a quien toda combinatoria sem��ntica exalta a niveles tumultuosos, raz��n por la cual pocos d��as despu��s Lucas vio con maravillada estupefacci��n su soneto vertido al portugu��s y considerablemente mejorado como podr�� verificarse a continuaci��n:

 
 
 
 

                        ZIPPER SONNET

De cima abaixo ou ja de baixo acima

este caminho �� o mesmo em seu tropismo

simulacro de cimo frente o abismo

��rvore que ora alteia ora declina

quem na dupla figura assim o imprima

sera' o poeta deste paroxismo

num desanoitecer de cataclismo

n��ufrago que na areia ao fim reclina

iludido a eludir o seu reflexo

contraventor da pr��pria simetria

ao ramo de ouro erguendo o alterno braço

vision��rio a que o espelho empresta

um nexo refator contumaz desta poesia

de baixo acima o ja'de cima abaixo.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Veamos alg��n ejemplo de las cualidades del soneto en otros autores:

 
 
 
 
 
 
 

No es f��cil componer un buen soneto

si te haces exigente en las medidas

y justo al verso das las consabidas

letras que pone y quita el alfabeto

 

Esto es medir. Ya puedes el secreto

compartir con las huestes atrevidas

que, con poco meollo y pocas bridas

no alcanzan nunca el ��ltimo terceto

 

Diles que no nos den cien sinalefas

cien di��resis o que por fas o nefas

no vengan por cent��metros las cosas

 

Medida es esto y lo dem��s es cuento

Patenta en cuanto puedas el invento

y no lo toques m��s como a las rosas

 
 
 
 
 
 
 

                                          Jos�� Garc��a Nieto

 
 
 
 
 
 
 
 

La perfecci��n del soneto radica tambi��n en su flexibilidad: puede ser un huevo o un cubo:

 
 
 
 
 
 
 
 

      No es f��cil componer un buen soneto

      si te haces exigente en las medidas

      y justo al verso das las consabidas

      letras que pone y quita el alfabeto

 

      Esto es medir. Ya puedes el secreto

      compartir con las huestes atrevidas

      que, con poco meollo y pocas bridas

      no alcanzan nunca el ��ltimo terceto

 

      Diles que no nos den cien sinalefas

      cien di��resis o que por fas o nefas

      no vengan por cent��metros las cosas

 

      Medida es esto y lo dem��s es cuento

      Patenta en cuanto puedas el invento

      y no lo toques m��s como a las rosas

 
 
 
 
 
 
 
 

                                                    Jos�� Garc��a Nieto. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Departamento de Lengua castellana y Literatura.       Curso 2007-2008

Cuestionario de la asignatura

 

  Para resolver este cuestionario ser�� necesario utilizar el cuadernillo de la asignatura, el libro de texto y un buscador de Internet que permita llegar a los datos de forma r��pida. Para ello, el profesor facilitar�� en alguna ocasi��n el acceso al aula de Inform��tica. Se entiende que todas las preguntas van referidas a a textos del cuadernillo o del libro si no se dice lo contrario expl��citamente.

  Las respuestas al cuestionario deber��n ser entregadas de forma correcta emn las fechas que se señalen y los retrasos ser��n penalizados salvo enfermedad grave.

  Todos los alumnos deber��n entregar un m��nimo de tres preguntas y un m��ximo de seis, asignadas por el profesor.

 

P��ginas Web recomendadas:

 

http://www.rae.es/

http://www.proyectosalonhogar.com/Diversos_Temas/Diccionario_Literario.htm

http://centros.edu.xunta.es/iesdocastro/departamentos.html (Departamento de Lengua IES DO CASTRO)

http://www.google.es/

http://www.altavista.com/

http://espanol.yahoo.com/

http://www.auladeletras.net/material/cervan.pdf

http://cervantesvirtual.com/ (Sobre Literatura española e hispanoamericana en general)

http://www.poesia-inter.net/default.htm

http://cultural.abc.es/

http://www.elcultural.es/default.asp

http://www.rae.es/

http://www.culturageneral.net/

 

Libro de Texto: Lengua castellana y Literatura. 2º de Bachillerato. OXFORD EDUCACIÓN 2003.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Cuestionario

 

1. Intertextualidad

 

  A) Hay un poema de B��cquer que no figura en la antolog��a, cuyo ��ltimo verso se recoge en otro de un poeta homosexual que falleci�� debido a una enfermedad relacionada en aquel momento con su condici��n sexual: anliza los dos poemase e indica qu�� aporta el de B��cquer al sentido, muy distinto, del otro.

  B) Busca un poema de Antonio Machado que contiene un s��mbolo po��tico tomado de otro de Rosal��a; anal��zalos y expl��calos. Indica tambi��n un poema de B��cquer en el que aparece el mismo motivo y explica las diferencias.

  C) ¿Cu��l es el poema m��s breve de la antolog��a? ¿Con qu�� poema de un autor chileno vanguardista que aparece en una columna lateral del libro se relaciona? ¿Cu��les son los sentidos del s��mbolo que se cita y cu��l es el tema ��ltimo de estos poemas?

  D) El Soneto final de Miguel Hern��ndez recoge dos motivos ya citados en este cuestionario; com��ntalos en relaci��n al sentido del poema y del libro al que pertenece. Adem��s el primer cuarteto nos conduce a un poeta del siglo de oro muy amigo de este tipo de im��genes literarias. Indica qui��n es este poeta y reproduce parcialmente alg��n texto de este que muestre parecido con el cuarteto. Prueba a buscar en Google el nombre del poeta combinado con alguna de las palabras claves del cuarteto y encontrar��s lo que buscas.

  E) El soneto Cuerpo de mujer de Blas de Otero indica expl��citamente su fuente al comienzo; busca el poema de Quevedo que le sirve de base y explora los campos po��ticos relacionados con la luz en ambos sonetos. Ay��date con un diccionario mitol��gico.

  F) En el poema de Joaqu��n Sabina Contigo hay muchas referencias a canciones, poemas u obras literarias conocidas; dos de ellas hacen referencias a ciudades famosas, otra a una obra literaria m��tica y la cuarta a una canci��n popular española. Ind��calas y explica su sentido en el poema. ¿Como calificar��as el amor que se presenta en esta canci��n?

  G) Busca los elementos simb��licos actuales que aparecen en Pongamos que hablo de Madrid de Sabina y los elementos simb��licos hist��ricos de De pur��sima y oro del mismo autor. De qu�� ��poca habla este ��ltimo poema? ¿Qu�� elementos intertextuales y culturales destacan en el poema?

  H) En el libro de texto aparece un poema de Cernuda cuyo t��tulo est�� extra��do de un verso de B��cquer que tambi��n aparece en el libro. ¿Cu��l es el tema de ambos poemas? ¿Qu�� particularidad sint��ctica tiene el poema de Cernuda que solo se explica por su intertextualidad con el de B��cquer?

  I) Busca en los poemas modernistas del libro o de la antolog��a 15 referencias musicales y clasif��calas seg��n el siguiente esquema: instrumentos, composiciones, motivos, met��foras y s��mbolos. Por otra parte ¿qu�� entienden por musicalidad los modernistas?

  J) En el cuadernillo aparecen dos albas de distinto estilo, y contenido; anal��zalas explicando su sentido amoroso y pol��tico respectivamente. Para este ��ltimo necesitar��s Internet.

   

 
 
 
 
 
 
 
 
 

2. ENIGMAS

 

  A) En la p��gina 14 aparecen 4 sonetos a los que se les han suprimido las palabras clave y se han sustituido por una l��nea horizontal. Averigua los enigmas y justifica el hallazgo. Nota: en soneto de Juan Ismael ignora el 2º cuarteto que solo te despistar��.

  B) En el poema Tren y buque se esconde una aliteraci��n que aparece explicada en otra parte del cuadernillo. Analiza El poema y expl��ca la aliteraci��n en su contexto.

  C) ¿Qu�� s��mbolo aparece en el poema de Juan Ram��n ��Una a una las hojas secas van cayendo��? ¿Qu�� expresa? Analiza el poema.

  D) ¿Qu�� es un retru��cano? Busca algunos en dos poemas de Sabina y explica su funci��n respecto al texto o la frase en que aparece. Analiza uno de los poemas.

  E) As�� son ¿Cu��l es la figura central de este poema? ¿Qu�� aporta al sentido del mismo? Analiza el poema.

  F) Al buen Pedro. ¿Cu��l es la figura que da forma a todo el poema? ¿Qu�� relaci��n tiene con la necesidad descriptiva y con el contraste de personajes? Sintetiza el mensaje que esconde el poema. Anal��zalo.

  G) Hay en la antolog��a un texto en prosa de car��cter claramente l��rico. Encu��ntralo, anal��zalo y explica su naturaleza.

 
 
 
 

3. OTRAS CUESTIONES

 

     A) Analiza toda la informaci��n impl��cita que se puede deducir en el poema Las cuatro y diez. Sit��alo en el tiempo por las referencias que contiene.

  B) La segunda Po��tica de Jos�� Mart�� se relaciona con dos vertientes po��ticas explicadas en clase: expl��calas y pon ejemplos modernistas de los autores estudiados: Juan Ram��n, Machado, Rub��n Dar��o.

  C) Averigua a qu�� ��mbito pertenece la forma ling����stica del poema considerando en fr��o, imparcialmente. Para ello puedes utilizar el buscador y las palabras ling����sticamente significativas en cuanto a la forma del texto. Analiza el poema.

  D) Texto en prosa n��mero 11 (p��gina 30) ¿De qu�� m��quina habla? Justifica tu respuesta. Ay��date del contexto hist��rico. Analiza el texto.

  E) Texto en prosa n��mero 5 (p��gina 32) ¿Qui��n habla y de qu��? Anal��zalo.

  F) Texto 3 de Teatro (p��gina 34) Acotaci��n: De repente el grillo del tel��fono se orina en el gran regazo burocr��tico. Humor, met��fora y esperpento. Anal��zala y busca semejanzas en alg��n texto de G��mez de la Serna. ¿En qu�� se parecen? Analiza el fragmento.

  G)  Villatripas: humor y ambig��edad. Explica todos los rasgos de humor de la canci��n.

  H) El sarcasmo en LA HOGUERA. Humor macabro.

  I)  CORRESPONDENCIAS (L.T. P��g. 188). Puede considerarse como una especie de manifiesto del simbolismo. Explica por qu��. Relaciona tu respuesta con tres poemas de paisaje simb��lico de autores como B��cquer, Rosal��a, Machado o Juan Ram��n. Relaci��nala tambi��n con alg��n poema de este ��ltimo donde el color tenga car��cter simb��lico como el amarillo.

  J) Analiza todos los elementos comunes (no m��tricos) a los tres poemas de Rafael Morales (Cuadernillo p��g. 8).


1portulano. (Del it. portolano, y este del lat. portus, puerto). 1. m. Colecci��n de planos de varios puertos, encuadernada en forma de atlas.

2sirte. 1. f. Bajo de arena.

3fanal. (Del it. fanale, y este del gr.). 1. m. Farol grande que se coloca en las torres de los puertos para que su luz sirva de señal nocturna.

 

4. Obs��rvese el siguiente fragmento de Juan Ram��n Jim��nez del poema titulado TREN Y BUQUE:

        —¡Dulces luces azules de t��neles y puertos,

      que alumbr��is solamente una flor, una onda;

      que un��s, calladamente, entre la madrugada,

      la frente y el cristal con estrellas remotas!—

      (...)

        ¡Buque oscuro que avanza entre buques dormidos,

      lento, y para suave, el sueño de sus cosas;

      (...)

5De nuevo Juan Ram��n Jim��nez ilustra la teor��a de Grijelmo:

         Abril ven��a, lleno

      todo de flores amarillas:

      amarillo el arroyo,

      amarillo el vallado, la colina,

      el cementerio de  los niños,

      el huerto aquel donde el amor viv��a.

         El sol unj��a de amarillo el mundo,

      con sus luces ca��das;

      (...)

6Pechos.

7La navaja.

8Pañ�� de muelle: sif��n.

9Ojos.

10Huevos.

11Mirar, percatarse.

12Argentina. *Abrigo o *capa de señora o de niño.

13(Venezuela). «Arrabalero». Habitante de las *afueras de una ciudad.

14Seguramente de remallar. Arreglar o reforzar las *mallas viejas o rotas. ��Remendada��.

Search more related documents:ANTONIO MACHADO (1875 - 1939)

Set Home | Add to Favorites

All Rights Reserved Powered by Free Document Search and Download

Copyright © 2011
This site does not host pdf,doc,ppt,xls,rtf,txt files all document are the property of their respective owners. complaint#nuokui.com
TOP