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1 REFLEXIONES SOBRE PODER, GUERRA Y RELIGIÓN EN LA HISTORIA DE ESPAÑA LEANDRO MARTÍNEZ PEÑAS Y MANUELA F




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REFLEXIONES SOBRE PODER, GUERRA Y
RELIGIÓN EN LA HISTORIA DE ESPAÑA






LEANDRO MARTÍNEZ PEÑAS
Y
MANUELA FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ

(COORDS.)



3






EL PRESENTE TRABAJO RECOGE A MODO DE ACTAS, LAS
PONENCIAS Y COMUNICACIONES PRESENTADAS AL CONGRESO

"DOS ÁMBITOS DE PODER EN LA ESPAÑA MODERNA: GUERRA Y
RELIGIÓN"

ORGANIZADO Y FINANCIADO
POR EL VICERRECTORADO
DE EXTENSIÓN UNIVERSITARIA Y CENTROS ADSCRITOS
DE LA UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS
Y
EL INSTITUTO DE HISTORIA DE LA INTOLERANCIA
(INQUISICIÓN Y DERECHOS HUMANOS),
ADSCRITO A LA
REAL ACADEMIA DE JURISPRUDENCIA Y LEGISLACIÓN



5
AGRADECIMIENTOS


Entre las muchas personas a las que tenemos el deber de
agradecer que el presente libro colectivo haya visto la luz se
encuentran las personas relacionadas con el Congreso "Dos
��mbitos de poder en la Historia Moderna: Guerra y Religi��n",
celebrado en la Universidad Rey Juan Carlos el d��a 31 de marzo de
2011.
Nuestro m��s sincero agradecimiento para las dos
instituciones que lo hicieron posible, el Instituto de Historia de la
Intolerancia (Inquisici��n y Derechos Humanos) y el Vicerrectorado
de Extensi��n Universitaria y Centros Adscritos de la Universidad
Rey Juan Carlos; agradecimiento que queremos hacer expreso,
muy especialmente, a las personas concretas que, con su trabajo y,
con demasiada frecuencia, tambi��n con su paciencia, han hecho
posible primero el Congreso y, en segundo lugar, como
consecuencia directa del mismo, este libro.
As��, manifestamos nuestra gratitud al profesor Jos��
Antonio Escudero, director del Instituto de Historia de la
Intolerancia, y a Juan Carlos Dom��nguez Nafr��a, por su constante
apoyo y ayuda en este y otros proyectos, as�� como a Rosa Guindel
y Mar��a Sol��s, de la Universidad Rey Juan Carlos, que solventaron
tantas cuestiones pr��cticas necesarias para que una reuni��n
cient��fica llegue a buen puerto, y a Rafael Romero, que tanto ha
hecho para facilitar al m��ximo posible que de aquel Congreso se
haya extra��do el presente libro.
Tambi��n nuestro agradecimiento para los profesores
Federico Gallegos y Jes��s Mar��a Navalpotro, que tan amablemente
-y, en ocasiones, tan engañados- colaboraron con la organizaci��n
de la jornada, as�� como al profesor Andr��s Gambra, que con poco
m��s de una tarde de preaviso se avino, con la extraordinaria
disposici��n de ayuda que le caracteriza, a realizar la presentaci��n e
inauguraci��n del Congreso, exponiendo una extraordinaria
reflexi��n sobre el papel de la religi��n y las fuerzas armadas en el
presente y el pasado de la historia española.


6
Muy especialmente quer��amos mostrar nuestra gratitud
para con los profesores F��lix Labrador Arroyo y Jos�� Eloy Hortal,
que, habiendo participado en el Congreso, por razones de
calendario acad��mico y profesional, en atenci��n a sus m��ltiples
compromisos, no han podido ver incluidos en el presente volumen
los trabajos que presentaron, y que hubieran enriquecido este libro,
mejor��ndolo sustancialmente. Nos queda al respecto el consuelo de
saber que dichos estudios pronto ser��n objeto de publicaci��n y
estar��n a disposici��n de los investigadores interesados.
Nuestro agradecimiento debe ser tambi��n para los
profesores Fernando Su��rez Bilbao y Rogelio P��rez-Bustamante,
por el respaldo facilitado dentro de la Universidad Rey Juan
Carlos, as�� como por su gu��a y tutela en el mundo universitario en
general.
Por ��ltimo, debemos agradecer con sinceridad a todos los
profesores participantes en el presente libro su colaboraci��n en el
mismo, prestando el fruto de su esfuerzo, su tiempo y su trabajo
para hacer posible el volumen que el lector tiene entre sus manos.
Por tanto, ya que sin ellos y sin su esfuerzo profesional y personal,
en especial para completar sus trabajos en los draconianos plazos
que se les fijaron, no hubiera sido posible concluir este proyecto,
expresamos nuestra gratitud para con todos ellos, compañeros y,
sin embargo, amigos.



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ÍNDICE

Presentaci��n: Una naci��n de te��logos armados������p. 9.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez
Rodr��guez,
Universidad Rey Juan Carlos

El ej��rcito visigodo: el primer ej��rcito español������..p. 15.
Federico Gallegos V��zquez,
Universidad Rey Juan Carlos

Del "Estado de poder" a la "inocencia" del pr��ncipe:
reflexiones sobre la Raz��n de Estado en la Monarqu��a
Hisp��nica��.����������������������������������p. 57.
Enrique San Miguel P��rez,
Universidad Rey Juan Carlos

Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a
Hisp��nica������������������������������������p. 75.
Ignacio Ruiz Rodr��guez,
Universidad Rey Juan Carlos

La representaci��n de la España moderna en la ficci��n
cinematogr��fica: tres visiones sobre guerra, pol��tica y
sociedad������������������������������������.p. 111.
David Bravo D��az,
Universidad de Valladolid


8
El Convenio de la villa de San Fernando: un acuerdo entre
España y los apaches.....................................................p. 141.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez
Rodr��guez,
Universidad Rey Juan Carlos

Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833..p. 177.
Francisco Baltar Rodr��guez,
Universidad de Zaragoza

La crisis del Estado liberal y los mecanismos de creaci��n
legislativa de la dictadura militar de Primo de Rivera. (1923-
1930)��������������������������������������..p. 203.
Gabriela Cobo del Rosal,
Universidad Rey Juan Carlos

La imagen de la independencia de M��xico en Francia��.��p. 225.
Pablo Avil��s Flores,
École des Hautes Études en Sciences Sociales, Par��s

La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el
tardofranquismo������...����������������������..p. 319.
Manuela Antonio Pacheco Barrio,
Universidad de Valladolid.
Presentaci��n


9
UNA NACIÓN DE TEÓLOGOS ARMADOS

Leandro Mart��nez Peñas
Manuela Fern��ndez Rodr��guez
Universidad Rey Juan Carlos

Desde el reinados de los Reyes Cat��licos en adelante, dos
elementos caracterizaron, en gran medida, la imagen que la
Monarqu��a Hisp��nica proyectaba hacia el mundo: el poder militar,
que permiti�� a los reyes de España imponer sus pol��ticas desde el
Atl��ntico hasta los l��mites entre la cristiandad y el poder otomano,
en Europa Oriental y el Este del Mediterr��neo; y la conceptuaci��n
de la Monarqu��a como una instituci��n vinculada de forma
indisoluble con el catolicismo romano, de cuyos intereses se
convirti�� en defensora.
Esa conceptuaci��n, con muchos matices, ha seguido
formando parte consustancial de la Historia de España en los siglos
posteriores: No podemos olvidar que la mayor parte de las
constituciones españolas han sido confesionales y que, en la
actualidad, la religi��n cat��lica sigue gozando de un marco legal
señalado, en raz��n a su hist��rico arraigo en la sociedad española.
Igualmente, las fuerzas armadas españolas nunca han dejado de ser
uno de los elementos social y pol��ticamente m��s consustanciales al
Estado español, en su vertiente m��s positiva y tambi��n en la de
m��s controvertidas consecuencias.
En una monarqu��a con un aparato militar hegem��nico y
con una orientaci��n claramente teol��gica -ya que no teocr��tica-,
como fue la española, militares y religiosos hab��an de desempeñar,
por fuerza, un papel clave en los asuntos del gobierno, m��s all�� de
sus respectivas esferas. Fray Hernando de Talavera, confesor y
embajador de Isabel la Cat��lica; el cardenal Cisneros, por dos
veces regente de Castilla; Domingo y Pedro de Soto, o el arzobispo
Carranza, entre los religiosos; o el duque de Alba, Gonzalo
Fern��ndez de C��rdoba –m��s conocido como ��el Gran Capit��n��,
don Juan de Austria, Álvaro de Baz��n o don Ambrosio Sp��nola,
entre los que hicieron de las armas su principal oficio, son
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

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personajes claves que contribuyeron a forjar, ya con la pluma, la
Biblia, el arcabuz o la galera, la Historia de la España y el mundo
de su tiempo, cuyos ecos se extienden hasta nuestros d��as. Incluso
hubo personajes, como el cardenal-infante Fernando, vencedor
sobre el ej��rcito sueco en el campo de Nordlingen, que aunaron en
su persona la condici��n de religioso con la de militar.
Pero ese fen��meno no se limit�� a la ��poca imperial o al
siglo XVIII borb��nico, una centuria prolija en acontecimientos
b��licos y de agitaci��n teol��gica, sino que un simple recorrido por
el siglo XIX nos confirma el papel determinante que la guerra y la
religi��n y, quiz�� m��s a��n, siendo rigurosos, los militares y los
religiosos, jugaron en la historia española: Desde la guerra de
Independencia a las alteraciones doceañistas, pasando por la
fundaci��n de los principales partidos pol��ticos y por el gobierno de
la naci��n, los militares, y no solo los llamados "grandes
espadones", fueron pieza clave y, en muchas ocasiones, motriz, del
desarrollo del Estado liberal.
El comienzo de la Historia moderna en la Pen��nsula suele
considerarse el ascenso al trono de Castilla de Isabel I, para lo cual
hubo de luchar una guerra que tanto tuvo de civil –contra los
partidarios de su sobrina doña Juana- como de conflicto
internacional –con la invasi��n portuguesa del suelo castellano y la
breve intervenci��n francesa en el Norte-. Esta guerra no fue ni
mucho menos un suceso aislado: Desde la guerra de las
Comunidades, iniciada en 1520, reci��n iniciado el reinado de
Carlos V, hasta la guerra de la Independencia contra el invasor
napole��nico, fruto de la cual nace la Constituci��n de C��diz y se
inicia el reinado de Fernando VII, fecha tradicional que se utiliza
como referencia del fin de la Edad Moderna en España y el inicio
de la Edad Contempor��nea, es raro encontrar periodos de paz que
abarquen de forma consecutiva m��s de unos pocos años. Incluso
estos periodos de paz, como el que tuvo lugar en los ��ltimos años
del reinado de Fernando VI, en ocasiones estuvieron motivados por
circunstancias extraordinarias –en el caso citado, por la locura del
rey, que imped��a que, en la pr��ctica, España tuviera un gobierno
fuerte capaz de tomar decisiones del calado que implicaba una
guerra- y no por la capacidad de la monarqu��a para mantener en
paz sus dominios. La situaci��n no fue demasiado diferente en el
siglo XIX y en los primeros cuatro decenios del XX, donde los
conflictos civiles y las guerras coloniales fueron una constante,
Presentaci��n


11
apareciendo, adem��s, ��pocas, en ocasiones extensas, en las que el
gobierno del Estado qued�� en manos de reg��menes militares.
Entre los conflictos en que se vio envuelta la monarqu��a
hisp��nica en la Edad Moderna pueden mencionarse la perenne
lucha contra el turco, las guerras de N��poles, las guerras de Carlos
V contra Francisco I de Francia, las campañas alemanas, la guerra
de los Treinta Años, las campañas militares en Am��rica –como la
conquista de M��jico, la de Per��, las campañas apaches o las
guerras aymaras, un conflicto poco conocido pero de gran
importancia para España, hasta el punto de que fueron conocidas
como ��el Flandes de Am��rica��-, las guerras europeas del reinado
de Felipe V –guerra de sucesi��n de Polonia y guerra de sucesi��n
austr��aca-. Igualmente importantes fueron los decisivos conflictos
internos que afront�� la monarqu��a, como la guerra de sucesi��n de
Castilla en el siglo XV, la guerra de las Comunidades en el siglo
XVI, la guerra de los Segadores en el siglo XVII o la guerra de
Sucesi��n, que es tanto un conflicto internacional como una guerra
civil en España, en el siglo XVIII.
En los siglos XIX y XX, la nota caracter��stica la pondr��an,
tr��gicamente, los conflictos internos: las alteraciones del
doceañismo, los Cien Mil Hijos de San Luis, las tres guerras
carlistas, la Revoluci��n Gloriosa, las revoluciones federales y
cantonalistas y, como corolario, la que probablemente sea la mayor
tragedia de la historia española, la guerra civil de los años 1936-39.
Estos dos siglos vieron tambi��n la liquidaci��n del imperio colonial
español y los ��ltimos intentos por mantener parte de dichas
posesiones, acciones estas que, igualmente, dejaron un amplio
reguero de guerras y conflictos: la guerra de los Diez Años, la
guerra del 98 contra Estados Unidos, las rebeliones filipinas y la
innumerable sucesi��n de guerras africanas que se extendieron hasta
la segunda mitad del siglo XX, con la tantas veces olvidada guerra
de Ifni.
Esta serie pr��cticamente ininterrumpida de conflictos
b��licos marcaron la realidad institucional, administrativa, pol��tica,
jur��dica y social de España, creando una serie de estructuras,
insertadas en los ��mbitos de poder y decisi��n del Estado, sin las
cuales es dif��cil entender el porqu�� de las pol��ticas españolas del
periodo, y dieron lugar a qu�� profesionales de las armas
desempeñaran un papel vital en la Monarqu��a, al igual que las
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

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instituciones relacionadas con la milicia: las guardas, los tercios,
las tropas de la Casa del Rey, el Consejo de Guerra, las juntas de
��ndole militar, etc.
Por otro lado, la religi��n aparece como una de las gu��as de
la pol��tica imperial española, tanto en su vertiente interna como en
su proyecci��n externa. Es muy dif��cil encontrar un asunto que no
est�� impulsado o en el que no se tengan en cuenta consideraciones
de ��ndole religiosa o relacionadas con la Iglesia, desde las guerras,
ya sea contra potencias cristianas o contra infieles, a los impuestos,
pasando por los cargos de la administraci��n, las relaciones
internacionales, la expansi��n ultramarina o la misma estructura de
la sociedad hisp��nica.
Instituciones como el Santo Oficio de la Inquisici��n,
derechos del rey como el patronato regio o situaciones de facto,
como la integraci��n de altos cargos eclesi��sticos en los Consejos y
juntas de la monarqu��a, fueron factores determinante de la pol��tica
exterior e interior de los territorios del rey de España, as�� como en
la construcci��n de una realidad institucional y social en la que la
religi��n era uno de los pilares b��sicos en lo moral y espiritual, pero
tambi��n en lo pr��ctico.
Ambos campos, guerra y religi��n, aparecieron en
numerosas ocasiones entremezclados de una forma poco menos
que indisociable. Las campañas de Carlos V contra la Liga de
Smalkalda –formada mayoritariamente por pr��ncipes protestantes
alemanes-, la lucha en el Mediterr��neo contra los turcos, la
intervenci��n en las guerras de religi��n francesas durante el reinado
de Felipe II o el apoyo español al poder de Viena en las primeras
fases de la guerra de los Treinta Años, son solo algunos de los
ejemplos destacables en los que los acontecimientos b��licos fueron
impulsados, influidos o se mezclaron con cuestiones de orden
religioso.
Igualmente, ambas realidades de la monarqu��a, han sido de
las m��s denostadas por los que han alentado la leyenda negra. Los
excesos y crueldades de los Tercios españoles en diversos lugares
de Europa, la intransigencia y el fanatismo religioso de las
autoridades españolas y la t��trica luz emanada de las hogueras
inquisitoriales son lugares comunes de la tanta veces citada
��leyenda negra��, que, en muchas ocasiones, no hace sino proyectar
sobre hechos pasados juicios morales derivados de las
Presentaci��n


13
concepciones del presente, pasando por alto lo que lo que era
tenido por correcto, excesivo o brutal en los siglos XVI, XVII o
XVIII, con frecuencia no es equivalente a las concepciones
actuales.
Precisamente por ello, es necesaria una labor cient��fica e
historiogr��fica que contribuya a un estudio serio y riguroso,
desprovisto de prejuicios, de estos dos factores omnipresentes,
guerra y religi��n, en el devenir de la monarqu��a hisp��nica, de
forma que sea posible poner en claro tanto los excesos cometidos
como las exageraciones o deformaciones que, fruto de la guerra
propagand��stica que contra España iniciaron en los siglos XVI y
XVII sus enemigos pol��ticos, han pasado a insertarse en la visi��n
m��s com��n sobre estos fen��menos, sin haber sido sometido a un
examen hist��rico riguroso por la propia historiograf��a hisp��nica.
Afortunadamente, en los ��ltimos años una serie de autores
e instituciones han llevado a cabo una meritoria labor en este
sentido. Cabe destacar las actividades realizadas por el Instituto de
Historia de la Intolerancia (adscrito a la Real Academia de
Jurisprudencia y Legislaci��n), quiz�� la m��s prestigiosa de las
instituciones que, sin limitarse a ello, han estudiado en profundidad
el fen��meno inquisitorial en España.
De la misma forma, los estudios sobre la realidad militar
de la España imperial en la Edad Moderna se encuentran en pleno
auge, en una corriente creciente que abarca el conjunto de la
Historia Militar de España. Prueba de ello son el surgimiento de la
primera titulaci��n española en ese campo, surgida del curso que
imparte al respecto el Instituto Universitario General Guti��rrez
Mellado, y los estudios de un gran n��mero de profesores, como
Juan Carlos Dom��nguez Nafr��a, Enrique Mart��nez Ruiz, Francisco
Javier Baltar, Carlos Fern��ndez P��rez-Tur��gano, Fernando Puell de
la Villa y otros.
La presente selecci��n de trabajos re��ne estudios sobre dos
realidades tan controvertidas de la historia española moderna como
fueron el papel de la guerra y de la religi��n en la configuraci��n del
Estado, fen��menos cuya realidad hist��rica ha sido distorsionada, en
ocasiones, por haberse asumido como ��nica la visi��n, que en su
tiempo, dieron los enemigos de la Monarqu��a.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

14
"España es una naci��n de te��logos armados", afirm�� en una
ocasi��n Men��ndez Pelayo, y al releer hoy en d��a esa frase, acude a la
mente la figura del cardenal-infante Fernando, aquel niño, hermano
de Felipe III, al que, pese a su evidente vocaci��n militar, las luchas de
poder entre el valido Lerma y sus oponentes terminaron por convertir
en religioso, lo cual no le impidi�� alcanzar, al frente de los Tercios de
la Monarqu��a, la victoria de Nordlingen frente a las hasta entonces
victoriosas tropas suecas, cuya caballer��a, en aquella jornada, se
estrell�� en diecis��is est��riles cargas contra los muros de picas y
p��lvora levantados por los infantes españoles bajo la mirada de aquel
general que tambi��n era un pr��ncipe de la Iglesia.
La batalla de Nordlingen, en plena guerra de los Treinta
Años, quiz�� la mayor conflagraci��n de connotaciones religiosas que
ha sufrido Europa, y la figura del "capit��n de aquel d��a", el cardenal-
infante don Fernando, reflejan como pocas la confluencia, tantas
veces tr��gica y tantas brillante, de esos tres v��rtices de la Historia de
España: el poder, la religi��n y la guerra.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

15
EL EJÉRCITO VISIGODO: EL PRIMER EJÉRCITO
ESPAÑOL

Federico Gallegos V��zquez
Universidad Rey Juan Carlos

Tradicionalmente se ha considerado al ej��rcito visigodo
como la uni��n del pueblo reunido en armas, formado por el
conjunto de hombres libres capaces de portar un arma, todos los
varones de entre veinte y cincuenta años, que ten��an el derecho y el
deber de prestar el servicio de armas y s��lo ellos eran elementos
activos de la comunidad pol��tica1. De igual manera se ha
considerado a la monarqu��a visigoda como una monarqu��a militar,
en donde el rey es principalmente un caudillo militar marchando al
frente del ej��rcito o delegando esta funci��n en un dux o varios
duques o en un comes exercitus2; esta imagen del rey-caudillo que
marcha a la guerra al frente del ej��rcito se mantendr�� a lo largo de
toda la historia del reino visigodo, dejando su impronta en la
liturgia cat��lica hispana3.
Sin embargo estas premisas tradicionales, al igual que otras
muchas, referentes a aspectos militares no son objeto de acuerdo
entre los estudiosos, del pueblo visigodo en general y del ej��rcito
en particular. Muchos son los aspectos referentes al ej��rcito
visigodo que se pueden tratar, su composici��n, su estructura, su
evoluci��n, su originalidad, son diferentes los puntos de vista desde
los que se puede estudiar, por su relaci��n con la sociedad o con las
condiciones econ��micas de cada momento, o teniendo en
consideraci��n los diferentes periodos hist��ricos en donde los
visigodos tienen presencia.

1
GARCÍA DE VALDEAVELLANO. L, Curso de Historia de las
Instituciones españolas. De los or��genes al final de la Edad media,
Madrid 1998, p.215. ESCUDERO. J.A, Curso de Historia del
Derecho, Madrid 1986, p. 261.
2
GARCÍA DE VALDEAVELLANO. L, Ibden.
3
ORLANDIS. J, Historia del reino Visigodo Español, Madrid 2003,
p. 149.
Federico Gallegos V��zquez

16
Nosotros vamos a intentar hacer un somero estudio de
estos diferentes aspectos y desde los diferentes enfoques, pero
queremos resaltar y poner de manifiesto la importancia que el
ej��rcito visigodo tiene en la historia de España, por ser el primer
ej��rcito que podemos considerar como ej��rcito español; de igual
manera que desde San Isidoro de Sevilla y San Juli��n de Toledo, se
empieza a tener una concepci��n de España, distinta de la Hispania
romana, podr��amos hablar a partir de este momento de un ej��rcito
español.
La historia del pueblo visigodo en los tres siglos y medio
que van hasta el año 711, vienen marcados por hechos de armas,
desde la derrota de los visigodos por los unos de Balamir en 375 y
su instalaci��n en tierras del Imperio Romano (Tracia y Moesia)
despu��s de que el Emperador Valente les permita cruzar el
Danubio; la batalla de Andrian��polis en la que el ej��rcito visigodo
al mando de Fritigerno derrota al ej��rcito romano del emperador
Valente, que resultar�� muerto; la batalla de los Campos
Catal��unicos de 451 en donde, como aliados de Roma, conseguir��n
derrotar a los unos de Atila; la batalla de Vouille de 507 contra los
francos de Clodoveo I, en la que Alarico II encontrar�� la muerte y
el ej��rcito visigodo ser�� derrotado; y la batalla de Guadalete de 711
en la que encontr�� la muerte Don Rodrigo, y que supondr�� el fin
del reino visigodo de Toledo, y la p��rdida de España, que en pocos
años pasar�� a estar completamente dominada por un nuevo poder,
el de los musulmanes seguidores de Mahoma.

1.- Momentos hist��ricos

No podemos considerar de forma homog��nea al pueblo
visigodo y, por tanto, tampoco lo podemos hacer con el ej��rcito,
sino que debemos establecer una serie de momentos diferentes, que
marcan de forma definitiva la evoluci��n del pueblo visigodo y de
su ej��rcito.
Los tres primeros cuartos del siglo IV los visigodos los
pasan viviendo en la Dacia y, aunque son un pueblo b��rbaro, en el
m��s puro sentido del derecho romano, ya que se sit��an fuera de los
l��mites del Imperio Romano, tienen muchos contactos con ��ste,
contactos y relaciones de muy diverso car��cter, fundamentalmente
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

17
comerciales y militares, lo que ayudar�� a una progresiva
asimilaci��n de costumbres y modos de vida romana por parte del
pueblo visigodo, una romanizaci��n, que tambi��n se dar�� en el
��mbito militar. En estos primeros momentos los visigodos entrar��n
a formar parte del ej��rcito romano de forma individual, siendo
encuadrados en unidades militares romanas bajo mandos romanos,
Jordanes nos informa de un pacto de federados realizado por
Constantino con los visigodos, y tambi��n nos dice que con
anterioridad a este acuerdo hab��an participado al lado de
emperador en su victoria contra Licinio en 3244. Tambi��n es
importante en esta ��poca, la conversi��n al arrianismo de una parte
importante de los visigodos, conversi��n debida a la labor realizada
por Ulfilas, desde que en 341 fuese consagrado obispo por Eusebio
de Nicodemia, que consagr�� el resto de su vida, hasta el 380 en que
fallece en Constantinopla, a predicar la fe arriana entre el pueblo
visigodo. En estos dos hechos se basa Thompson para sostener que
los visigodos eran el m��s romanizado de los pueblos b��rbaros5.
A partir de 376 en que, tras la derrota a manos de los
hunos, el emperador Valente permite que crucen el Danubio y se
instalen en tierras del Imperio, en Tracia y Moesia; sin embargo, el
abuso al que fueron sometidos los visigodos por parte de los
romanos, hace que se revelen y, tras un intento de asesinato de
Fritigerno y parte de los nobles visigodos por el emperador
Valente, derrotan al ej��rcito romano en Andrian��polis en donde
encontrar�� la muerte el propio emperador. A partir de este
momento los visigodos permanecer��n dentro del Imperio, atacando
ciudades y tierras romanas unas veces, participando en las guerras
civiles a favor de uno de los bandos, o incluso ayudando a Roma
en la lucha contra otros pueblos b��rbaros que invad��an las tierras
imperiales. Destaca en esta ��poca la figura de Alarico I que
consigui�� unir a todos los visigodos bajo su mando, a la muerte del
emperador Teodosio Alarico saquear�� las tierras del Imperio de
Oriente hasta poner sitio a Constantinopla en 395, siendo
nombrado jefe militar de la Iliria��Magister millitum per

4
JORDANES, De Origine Actibusque Getarum, ed. T. Mommsen,
Monumenta Germaniae Historica, Auctores Antiquissimi, V, I,
Berolini, 1882.
5
THOMPSON. E. A., The visigoths in the time of Ulfila, p. 6, Oxford,
1965.
Federico Gallegos V��zquez

18
Illyricum��, y en 409 jefe del ej��rcito romano Magister peditum;
aunque el hecho m��s destacado del reinado de Alarico es el saqueo
de Roma en 410, saqueo que se produjo como consecuencia del
incumplimiento por parte de Roma de lo pactado con los visigodos
y no recibir una compensaci��n por la ayuda prestada al imperio
contra los b��rbaros que invad��an las tierras imperiales. En este
periodo el contacto de los visigodos con Roma es constante, y la
romanizaci��n, asimilaci��n de costumbre romanas, es cada vez
mayor, siendo el aspecto militar uno en los que m��s se aprecia esta
asimilaci��n.
Despu��s de una serie de años, bajo el mando de Alarico
primero y Ataulfo despu��s, en que los visigodos recorren las tierras
de Italia, el sur de las Galias y tierras de Hispania, ya con Walia, en
el 418 se firma un tratado de federaci��n, foedus, con el emperador
Honorio y son instalados en la Aquitania Sequnda, dando inicio al
reino visigodo de Tolosa, que se consolidar�� tras la desaparici��n
del ��ltimo emperador romano, R��mulo Augusto. Desde este
momento el pueblo visigodo se convierte en un reino de clara
influencia romana, en donde subsistir��n algunas instituciones de
origen germ��nico, pero en el que las instituciones principales ser��n
copia de las romanas, y de igual manera suceder�� en el ej��rcito.
Por ��ltimo, la derrota en 507 de los visigodos de Alarico II
en Vouille a manos de los francos de Clodoveo I, que provocar�� la
p��rdida de gran parte de los territorios de las Galias, donde s��lo
conservar��n la provincia Narvonense. Esta derrota har�� que los
visigodos centren sus miradas definitivamente en la Pen��nsula
Ib��rica, que a partir de ahora no ser�� un territorio en el que ejercer
una mayor o menor influencia, sino que ser�� el propio de la
monarqu��a visigoda. As�� nacer�� el reino visigodo de Toledo, y
como se ver�� m��s tarde, el reino visigodo hispano, que durar�� hasta
su p��rdida en 711 tras la derrota de la batalla de Guadalete. En este
��ltimo periodo la romanizaci��n del reino visigodo alcanza su
mayor nivel, si bien el ej��rcito ya no sufrir�� muchos cambios.




El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

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2.- La evoluci��n social

Para estudiar c��mo evolucion�� el ej��rcito visigodo, en las
diferentes etapas vistas hay que tener en cuenta la evoluci��n que
sufre la propia sociedad visigoda6. De ser una sociedad poco
desarrollada, donde lo que predominaban eran los lazos de sangre y
la familia, en sus diferentes niveles, constitu��a la ��nica
organizaci��n social, se va pasando a una sociedad m��s
estructurada, en donde va surgiendo una nobleza que adquirir��
paulatinamente mayor poder y riqueza, primero de car��cter mueble
y posteriormente principalmente inmueble, y en donde las
relaciones no ser��n tanto familiares sino personales, entre los
nobles y los que dependen de ellos; estos cambios se afianzan con
la creaci��n de la monarqu��a militar de Alarico I y encuentra su
punto culminante con la instalaci��n en el sur de la Galia y la
creaci��n del reino de Tolosa.
En los primeros momentos de la historia de los godos,
cuando son un pueblo n��mada que busca un lugar en donde
asentarse, la sociedad visigoda es tribal, en ella, la familia tiene una
gran importancia, si bien el t��rmino familia no podemos asimilarlo
a un grupo pequeño, sino que har�� referencia a un conjunto de
individuos ligados por lazos de sangre, la Sippe, que acarrea toda
una serie de lazos parentales, en ella se da una asociaci��n
geneal��gica por v��a del sexo masculino, en donde se re��ne a todos
los hombres y mujeres descendientes, de un tronco masculino
com��n, aplicando el principio de agnaci��n por el que se determina
el parentesco a trav��s del v��nculo masculino existente entre las
personas que descienden de un var��n, punto com��n de partida de
todas ellas7; as�� la sippe, adem��s de tener efectos jur��dico privados,
tendr��a tambi��n efectos jur��dico p��blicos, constituyendo la m��s

6
El ej��rcito visigodo y la relaci��n de ��ste con la sociedad visigoda y
la evoluci��n del primero, derivada de la evoluci��n de la sociedad
visigoda ha sido estudiada de forma muy exhaustiva por Dionisio
P��rez S��nchez en varias obras PÉREZ SÁNCHEZ, D, El Ej��rcito en
la sociedad visigoda, Salamanca, 1989; ��El Ej��rcito y el pueblo
visigodo desde su instalaci��n en el Imperio hasta el reino visigodo de
Tolosa��, Studia hist��rica antigua, nº 2-3 1984-85, pp. 249-269.
7
PEREZ PRENDES Y MUÑOZ DE ARRACO. J.M., Breviario de
derecho germ��nico, p. 17, Madrid 1993,
Federico Gallegos V��zquez

20
antigua asociaci��n y por lo tanto grupo social del mundo
germ��nico y visigodo8. En estos momentos es cuando podemos
aplicar al ej��rcito las teor��as seg��n las cuales ��ste estar��a formado
por la uni��n de todos los hombre libres capaces de portar un arma,
en el que todos tendr��an la obligaci��n y el derecho a participar en
��l, un ej��rcito de iguales, en donde s��lo el jefe de la familia tendr��a
un papel importante como representante de ese grupo, y en el que
la asamblea de guerreros tendr��a cierta importancia. En estos
primeros momentos el ej��rcito visigodo no se reunir��a sino
espor��dicamente cuando se produjese la uni��n de las diferentes
tribus y familias, siendo en este caso el ej��rcito la uni��n de estos
clanes familiares, careciendo as�� de toda organizaci��n
Desde que se asientan en la Dacia y entran en contacto con
Roma, con sus formas de vida y con la sociedad romana, el pueblo
visigodo ir�� cambiando; en la sociedad visigoda ir�� apareciendo
una nobleza a imitaci��n de la aristocracia romana, que ir��
concentrando poder y riquezas. En estos momentos la riqueza ser��
principalmente de car��cter mueble, atesoramiento de riquezas
obtenidas de botines y cabezas de ganado, en donde tendr��n una
importancia grande el caballar, principalmente para el ��mbito
militar. A imitaci��n de la sociedad romana, esta primitiva nobleza
goda ira reuniendo a su alrededor grupos de personas cuyo lazo no
ser�� ya s��lo el familiar, sino de car��cter personal, que en muchos
casos vendr�� propiciado por la posibilidad de participar de esas
riquezas obtenidas de botines, cuantos m��s triunfos obtuviera un
noble mayor ser��a el n��mero de seguidores que tendr��a y se podr��an
beneficiar de los botines obtenidos; aparecer��an relaciones
personales voluntarias entre individuos que se comprometen a una
serie de prestaciones rec��procas, y que puede ser roto por
cualquiera de las partes. As�� se ir��an creando ej��rcitos privados,
igual que suced��a en el mundo romano, en donde un individuo
congrega a su alrededor a un n��mero indeterminado de guerreros,
que prestan servicio de armas para dicho individuo, como clientes
suyos. Estos ej��rcitos privados ser��n los que entrar��n a servicio de
Roma a lo largo de los primeros tres cuartos del siglo IV.
Tras cruzar el Danubio, la sociedad visigoda cambia
considerablemente debido al influjo de la sociedad romana, al
asentarse en unos territorios en los que existe una oligarqu��a o

8
Ibden. p.18.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

21
aristocracia que controla la mayor��a de las riquezas y de las tierras,
la nobleza visigoda ir�� adquiriendo una posici��n cada vez m��s
parecida a la de la aristocracia romana, la influencia de estos
nobles sobre el pueblo visigodo ser�� cada vez mayor y las
comitivas armadas particulares ir��n adquiriendo mayor influencia
dentro del ej��rcito visigodo, as�� cuanto mayor sea la importancia de
un noble, mayor ser�� su comitiva armada y mayor su importancia
dentro del ej��rcito godo, consecuencia de esta evoluci��n social y
militar ser�� la creaci��n de la monarqu��a militar de Alarico I, que
basar�� todo su poder en el ej��rcito.
Señala P��rez S��nchez que la influencia pol��tico-social
romana sobre los visigodos se manifestar�� en cuatro
consecuencias: consolidaci��n de la organizaci��n estatal frente a la
tribal; paso de la gran familia a una organizaci��n familiar m��s
pequeña; establecimiento del patrimonio privado, desapareciendo
la antigua concepci��n de patrimonio comunal; y aumento del poder
del pr��ncipe territorial, que alcanzar�� su culmen con Alarico9.
Tras la derrota infringida por los visigodos al ej��rcito
romano del emperador Valente en Andrian��polis, el emperador
Teodosio firmar�� un foedus con Fritigerno en 382, y a partir de este
momento el grueso del ej��rcito visigodo servir�� en el ej��rcito
romano bajo el mando de sus propios jefes a t��tulo de federados; en
este periodo la relaci��n entre los visigodos y los romanos ser�� muy
grande, la nobleza goda ir�� adquiriendo cada vez mayor poder
social y pol��tico
Desde el momento en que los visigodos se asientan en el sur
de las Galias, el cambio en la sociedad visigoda llega a su cenit; el
tratado de federaci��n, foedus, suscrito entre el emperador Honorio
y Walia en 418, por el que los visigodos se asientan en la Aquitania
Sequnda, supondr�� que los visigodos se conviertan en titulares de
propiedades inmuebles, al igual que los romanos, destacando las
propiedades de fundos r��sticos por parte de los nobles visigodos,
por lo que no s��lo se dar�� a partir de ahora una equiparaci��n con la
aristocracia romana, sino que se producir�� una coincidencia de
intereses entre ambos grupos aristocr��ticos. La creaci��n
propiamente de un reino visigodo tras la ca��da definitiva del

9
PEREZ SANCHEZ. D., El ej��rcito y el pueblo visigodo desde su
instalaci��n en el Imperio hasta el reino visigodo de Tolosa. p. 251.
Federico Gallegos V��zquez

22
Imperio de occidente, no supondr�� cambios sociales, tan s��lo ser��n
cambios pol��ticos, pues ya no se reconocer�� a ninguna autoridad
pol��tica superior, pero la posici��n de los magnates visigodos no
cambiara. En esta ��ltima ��poca, que comienza con el asentamiento
en el sur de las Galias, el ej��rcito visigodo se ver�� formado por los
ej��rcitos particulares o comitivas armadas junto a un ej��rcito real,
que podr��amos considerar oficial, si bien dentro de este ej��rcito
regio tambi��n debemos incluir a la comitiva propia de cada
monarca.

3.- Organizaci��n del ej��rcito visigodo

En los primeros tiempos, antes de su asentamiento en la
Dacia y primeros momentos de este asentamiento, el ej��rcito
visigodo estar��a formado por todos los hombres libres capaces de
portar un arma, en este caso nos encontrar��amos con un ej��rcito
igualitario, en el que todos sus miembros tendr��an igual condici��n,
carecer��a de una organizaci��n determinada y tan s��lo estar��an
divididos en funci��n de la tribu a la que se pertenec��a. Se podr��a
decir que m��s que un ej��rcito se trataba de un conglomerado de
bandas e individuos, careciendo de organizaci��n, infraestructura y
suministros10; en este sentido Amiano Marcelino, mejor fuente que
disponemos para el conocimiento de la segunda mitad del siglo IV,
nos dice que el ej��rcito visigodo carec��a de todo orden: ��Et quia
nullo ordine iam sed per procursus pugnabatur et globos, quod
desperationis erat signum extremae, flexo in vesperam die, digresi
omnes rediere adtentoria tristes, inconsideratae dementiae alter
alterum arguentes, quod non (ut suaserat antea Fritigernus),
obsidionales aerumnas ubique declinarunt��11. Zeumer señala que
en estos primeros momentos, los visigodos no ten��an otra
organizaci��n que la militar, siendo ��sta una organizaci��n de
car��cter personal, ��mientras los visigodos fueron un pueblo
trashumante, estaban organizados ��nicamente como ej��rcito,
formado por grupos personales unidos en torno a sus jefes
militares, que eran al mismo tiempo sus jueces, y les bastaba, en

10
PÉREZ SÁNCHEZ, D., Op. Cit. p. 256.
11
AMIANO MARCELINO, Rerum Gestarum libri quae supersunt,
XXXI, 15, 15., Loeb Classical library.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

23
general, el viejo derecho consuetudinario de su naci��n��12. Los
m��todos utilizados en las acciones b��licas eran muy precarios y de
escasa o nula estrategia, realizando ataques en emboscada y en los
casos en que ten��an que realizar una acci��n defensiva, la ��nica
t��ctica que realizaban era la de cobijarse tras los carros de
suministros formados en c��rculo; Thompson señala que, debido a la
falta de organizaci��n del ej��rcito godo, en el siglo IV eran
incompetentes para tomar plazas fuertes13.
Una vez que los visigodos se instalaron en los l��mites del
Imperio y empezasen a integrarse en el ej��rcito romano, bien a
t��tulo individual, bien participando en grupos, de forma tribal o
como miembros de comitivas armadas de optimates, de ej��rcitos
privados, comenz�� a darse una asimilaci��n de la organizaci��n, las
t��cnicas y el armamento romano, sufriendo el ej��rcito visigodo una
transformaci��n en muchos aspectos. Estas integraciones en el
ej��rcito romano, principalmente las de comitivas armadas,
provocar�� que la influencia romana se manifieste principalmente
en la organizaci��n militar, y as�� los optimates godos se convertir��an
en oficiales, mientras que el resto de los godos se convertir��an en
clase de tropa.
Tras el paso del Danubio, la situaci��n del ej��rcito visigodo
pas�� a un estado de gran precariedad debido a que se les oblig�� a
entregar las armas, por eso tras algunos enfrentamientos con tropas
romanas una de sus primeras actuaciones era hacerse con las armas
del enemigo, sin embargo poco a poco se fueron rehaciendo y
volvieron a ser un ej��rcito plenamente armado, tanto es as�� que en
Andrian��polis el ej��rcito visigodo se enfrent�� en campo abierto al
romano. Tradicionalmente se ha mantenido que fue la caballer��a
goda la que otorg�� la victoria a los godos, no por que fuese
superior en n��mero a la infanter��a, pudi��ndola calificar ya como
caballer��a pesada, tanto por el armamento ofensivo, como por el
defensivo, por las protecciones de hombre y bestias14. Sin embargo

12
ZEUMER, K., Historia de la legislaci��n visigoda, Barcelona, 1944,
p. 65.
13
TOMPSON, E.A., The Early Germans, pp. 133-135, Oxford 1965.
14
BENNETT, M., BRADBURY, J., DEVRIES, K., DICKIE, I. y
JESTICE, P. G., T��cnicas b��licas del mundo medieval. 500 d.C –
1500 d.C, traducci��n Miguel Parra, Alcobendas 2007, p. 174. No s��lo
sostienen que en Andrian��polis fue la caballer��a la que determin�� la
Federico Gallegos V��zquez

24
siguiendo las fuentes, esta batalla, narrada por Amiano Marcelino,
no supuso el paso al primer plano de la caballer��a, la victoria goda
no se debi�� al papel de la caballer��a, siendo su participaci��n
puramente convencional, fue la infanter��a goda la que derrot�� a la
infanter��a romana, en gran parte por la superioridad num��rica,
aunque no debemos obviar el papel del emperador Valente, que por
exceso de soberbia al considerar a la infanter��a goda un enemigo
poco cualificado para derrotar a las legiones romanas, o por carecer
de conocimientos t��cticos, fue causa determinante de esta gran
derrota.
Seg��n Jordanes, a la muerte de Atanarico, sucesor de
Fritigermo, todo el ej��rcito godo pasa al servicio del Imperio,
uni��ndose a las tropas regulares, formando un solo cuerpo, con los
mismos efectivos y las mismas denominaciones que ya hab��an
tenido bajo Constantino, con quien hab��an luchado contra Eugenio;
esta uni��n se produjo mediante un foedus firmado por Teodosio en
382: defuncto ergo Aithanarico cunctus eius exercitus in servitio
Theodosi imperatoris perdurans Romano se imperio subdens cum
milite velut unum corpus effecit militiaque illa dudum sub
Constantino pr��ncipe foederatorum renovata et ipsi dicti sunt
foederati e quibus imperator contra Eugenium tyrannum, qui
occiso Gratiano Gallas occupasset plus quam viginti milia
armatorum fideles sibi el amicos intellegens secum duxit
victoriaque de praedicto tirano potitus ultionem exegit15. A partir
de estos momentos, la asimilaci��n entre el ej��rcito visigodo y el
romano ser��a total, la organizaci��n de ambos ej��rcito ser��a pues la
misma, no s��lo en la divisi��n en unidades, sino tambi��n en el
establecimiento de los mandos de dichas unidades, que seg��n P��rez
S��nchez, ser��an ocupados por los nobles titulares de las comitivas
armadas.
La asimilaci��n organizativa alcanzar��a su grado m��ximo
pocos años despu��s, en 397, cuando se firma un nuevo foedus entre
Roma y los visigodos, en este caso con Alarico. Los
incumplimientos de lo pactado por parte de Roma har��n que
Alarico se dedique a saquear las tierras del imperio, llegando a las

victoria de los visigodos frente a las tropas del Imperio romano, sino
que tambi��n fue la que dio la victoria a los godos en la batalla de
Dibalto de 378.
15
JORDANES, Getia, XXVIII.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

25
puertas de Constantinopla, as�� Roma se ver�� forzada a firmar un
foedus en el que el rey godo es nombrado jefe supremo del ej��rcito
de la Iliria Magister millitum per Illyricum. En estos momentos la
asimilaci��n de la organizaci��n militar romana por parte del ej��rcito
visigodo ser�� ya completa, propiciada por la nobleza, siendo su
mayor exponente el rey. Tras marchar sobre Roma por segunda vez
el mismo Alarico consigue en 409 que el Senado de Roma le
nombre jefe supremo del ej��rcito romano, magister peditum.

4.- Composici��n del ej��rcito visigodo

La composici��n del ej��rcito visigodo segu��a un sistema de
base decimal organiz��ndose en unidades crecientes: decania,
centenas y millenas, mandadas por decanus, centenarius y
millenarius, respectivamente. En lo que se refiere al origen o
procedencia de este organizaci��n decimal, la posici��n m��s seguida
es la que sostiene que se debe a la influencia romana, siguiendo un
esquema procedente del tard��o ordenamiento bajoimperial, ya que
antes de la batalla de Andrian��polis no tenemos constancia de esta
organizaci��n decimal16, ser��a, por tanto, el largo contacto de los
visigodos con Roma, y m��s concretamente las relaciones militares
entre ambos, la larga etapa como foederati de los visigodos,
participando en el ej��rcito romano formando parte de sus unidades
o como trapas auxiliares del mismo; este es el caso de Garc��a
Moreno quien afirma rotundamente que el origen de esta
composici��n decimal no proven��a de base germ��nica, sino que se
deb��a a la influencia romana cuyo ej��rcito se estructuraba de igual
manera y con el que hab��a estado en contacto desde hac��a mucho
tiempo17; de igual manera se manifiestan Orlandis18, Garc��a de

16
GARCÍA MORENO. L.A., Estudio sobre organizaci��n
administrativa del reino visigodo de Toledo, A.H.D.E., 1974, pp. 65-
155.
17
GARCIA MORENO, L.A., ��Hispania Visigoda (siglos V a VII),
Historia Militar de España, dirigida por Hugo O��Donnell y Duque de
Estrada. Tomo II Edad Media, Coordinada por Miguel Ángel Ladero
Quesada, R.A.H., Ediciones Laberinto y Ministerio de Defensa,
Madrid, 2010, pp. 41-78
18
ORLANDIS, J., Op. Cit. p. 151-152
Federico Gallegos V��zquez

26
Valdeavellano19 o Escudero20. Algunos historiadores, como es el
caso de P��rez S��nchez, defienden esta postura, pero sostienen que
habr��a que sumar un cierto car��cter de evoluci��n de la propia
sociedad goda21, que se estructurar��a en centenas. Para Thompson
esta organizaci��n decimal ser��a una creaci��n artificial, sin poder
decir en qu�� momento y por quien se produjo este cambio
organizativo22.
Por contra algunos autores sostienen que esta composici��n
decimal del ej��rcito visigodo proviene del car��cter germ��nico
cuyas sociedades y tambi��n sus ej��rcitos se organizaban con una
base decimal, siendo esta organizaci��n decimal com��n a todos los
troncos de los grupos germ��nicos. Esta postura encuentra su
fundamento para algunos autores en un texto de ��La guerra de las
Galias�� de Cesar en donde habla de la organizaci��n militar de los
suevos. ��Es la naci��n de los suevos la m��s populosa y guerrera de
toda la Germania. D��cese que tienen cien merindades, cada una de
las cuales contribuye anualmente con mil soldados para la guerra.
Los dem��s quedan en casa trabajando para s�� y los ausentes. Al
año siguiente alternan; van ��stos a la guerra, qued��ndose los otros
en casa. . De esta suerte no se interrumpe la labranza y est��
suplida la milicia��23.
No obstante, esta organizaci��n decimal del ej��rcito visigodo,
no podemos decir que fuese exacta, esto es, el n��mero de
individuos que compon��an cada una de estas unidades no deb��a
coincidir con el n��mero que te��ricamente deb��a componerlo, lo que
se deb��a a que una gran parte del ej��rcito visigodo, desde los
momentos en que empiezan a entrar al servicio de Roma, est��
compuesto por comitivas armadas de optimates, esto es, ej��rcitos
particulares, cuya cantidad de hombres no ten��a ning��n n��mero
concreto, as�� nos encontrar��amos con centenas y millenas que no
tendr��an ni cien ni mil hombres24.

19
GARCÍA DE VALDEAVELLANO, L., Op. Cit. p. 215
20
ESCUDERO, J. A., Op. Cit. p. 265
21
PÉREZ SÁNCHEZ. D., Op. Cit., p. 264
22
THOMPSON, E. A., Los Godos en España, Madrid, 1971, p. 169
23
CESAR, J., La Guerra de las Galias. Traducci��n de Jos�� Goya
Muni��in y Manuel Balbuena. Ed. Orbis, Barcelona 1986, Libro IV.1,
p.57
24
GARCÍA DE VALDEAVELLANO, L., Op. Cit, Op. Cit. p. 215
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

27
En segundo lugar tenemos que tener en cuenta que el
ej��rcito visigodo estaba formado en gran medida por comitivas de
Optimates. Desde los primeros tiempos de asentamiento de los
visigodos en la Dacia, las comitivas de optimates aparecen en el
ej��rcito visigodo, a imitaci��n de los ej��rcitos privados que ten��a la
aristocracia romana; seg��n P��rez S��nchez 25 esta situaci��n se ver��a
favorecida en la ��poca de las migraciones, Völkerwanderung, por
la necesidad de una autoridad indiscutida que condujese a buen
t��rmino esta migraci��n en busca de un hogar; tambi��n ser��an
factores determinantes los cambios de la sociedad visigoda, donde
ir�� cre��ndose una diferencia social y econ��mica cada vez mayor
entre los optimates y los dem��s hombres libres, que influir�� en la
evoluci��n del ej��rcito visigodo. Paulatinamente se producir�� una
consolidaci��n de las comitivas privadas, proceso que culminar��
con el asentamiento de los godos en las Galias y el reparto de
tierras a favor de los optimates26.
Barbero y Vigil sostienen esta misma postura, afirmando que
��la existencia de ej��rcitos privados nos es conocida ya desde el
Bajo imperio y se perpet��a en el reino visigodo. Estos ej��rcitos
serv��an indistintamente para acciones privadas o campañas
p��blicas��, seg��n lo recogido en el C��digo Theodosiano IX, 14, 227.
La existencia de estas comitivas de optimates en el periodo
tolosano nos la confirma Idacio, quien en su Cronic��n nos dice que
en 430 Aecio acab��, no lejos de Arl��s, con una tropa de godos
mandada por el magnate Anaolso a qui��n Idacio llama optimate.
Per Aetium comitem haud procul de Arelate quaedam Gothorum
manus exstinguitur, Anaolfo optimate eorum capto28.
El ej��rcito visigodo no s��lo sufrir��a una transformaci��n en
cuanto a la inclusi��n en ��l de las comitivas particulares, sino que
tambi��n se producir��a un cambio en la condici��n de quienes

25
PÉREZ SÁNCHEZ, D. P.260
26
Ibdem p. 268.
27
BARBERO, A. y VIGIL, M., La formaci��n del feudalismo en la
pen��nsula Ib��rica, Barcelona 1978, pp. 38-39.
28
HIDATIO, Chronicom. Año 430. Texto en lat��n de TRANOY, A.,
Hydace Chronique, Par��s 1974, texto en castellano, MACÍAS
GARCÍA, M, Cronic��n del Obispo Idacio,versi��n castellana, con
abundantes notas y aclaraciones, precedida de un estudio acerca del
insigne obispo y su obra, Orense, 1906.
Federico Gallegos V��zquez

28
formaban parte de este ej��rcito. P��rez S��nchez considera que desde
principios del siglo V, e incluso con anterioridad, el ej��rcito
visigodo ya no estar��a formado ��nica y exclusivamente por
hombres libres, sino que tambi��n por no libres o esclavos29. Para
que este cambio se produjese deb��a darse entre los visigodos la
existencia de esclavos; por Jordanes tenemos conocimiento de que
los visigodos ten��an esclavos30, posiblemente procedentes de
capturas realizadas en campañas b��licas; y por Amiano Marcelino
sabemos que, durante las correr��as que los godos realizan por
Tracia e Iliria, un gran n��mero de esclavos particulares y
procedentes de las minas, as�� como de colonos agrarios, se unieron
a los visigodos, y lo mismo sucedi�� en 408, cuando tras la muerte
de Estilic��n, aparece un movimiento antib��rbaro en Roma, y un
gran n��mero de esclavos y soldados de toda condici��n se unieron a
Alarico.
La claridad de las fuentes, en cuanto a la existencia de
individuos de condici��n no libre, siervos y esclavos, en el ej��rcito
visigodo, y principalmente en las comitivas, lleva a que aquellos
que sostienen la concepci��n tradicional de que el ej��rcito godo
estaba formado ��nica y exclusivamente por hombre libres, busquen
una explicaci��n, este es el caso de Immink, quien afirma que ��en el
periodo de las invasiones los s��quitos no se componen ��nicamente
de los hombres libres, sino tambi��n de un cuerpo de servidores
provenientes de no libres puestos en libertad �� de contingentes
m��s o menos grandes de de nacionalidad heterog��nea o de tribus
enteras��31, as�� la inclusi��n de los no libres en el ej��rcito se har��a a
trav��s de un paso previo a la condici��n de libre, que ser��a necesario
para as�� poder formar parte del ej��rcito, aunque en ning��n caso
tenemos constancia de tal cambio en el status personal de ��stos.
Para P��rez S��nchez no se habr��a dado una conversi��n del
papel de estos individuos sino que se dar��a una admisi��n de los
mismos en la sociedad visigoda respetando su anterior papel social;

29PÉREZ SÁNCHEZ, D., El Ej��rcito en la Sociedad Visigoda, pp.
40-48
30
JORDANES, Getia, XXVI, en este sentido jordanos relata c��mo
debido a la hambruna que sufr��a el pueblo godo tras su asentamiento
en tierras imperiales, vend��an sus esclavos a cambio de alimentos.
31
IMMINK, P. W. A., ��Gouvern��s et gouverment dans la societ��
germanique��, Rec. Soc. J. Bodin, XXIII, 2, Bruxelles, 1968, p. 373.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

29
el gran n��mero de siervos y esclavos que tras la muerte de
Estilic��n se pasaron a las filas de Alarico, lo har��an como tales
siervos o esclavos sin conmutar su situaci��n, y su inclusi��n en el
ej��rcito visigodo se producir��a por la necesidad de ��ste de personas
aptas para combatir pero manteniendo siempre su misma
condici��n32. Siguiendo lo recogido por Orosio (VII, 40, 5-8) y
Z��simo (VI, 4, 3) Barbero y Vigil afirman que las comitivas de
optimates, o ej��rcitos privados estaban formados inicialmente tanto
por hombres libres como por siervos33.
Estas teor��as echar��an por tierra las teor��as tradicionales
seg��n las cuales el ej��rcito visigodo estar��a formado s��lo por
hombres libres, as�� como las relativas al car��cter ��igualitario�� del
ej��rcito visigodo, por lo tanto, desde tiempos muy tempranos, el
ej��rcito godo estar��a formado tanto por hombres libres como por no
libres, fundamentalmente en las comitivas o ej��rcitos privados.

5.- El ej��rcito del reino visigodo

Una vez que los visigodos se asientan en la Aquitania
Sequnda, merced al foedus firmado en 418 entre Walia y Honorio,
junto a los cambios sociales, principalmente la consolidaci��n de
una nobleza que se convierte en propietaria de fundos r��sticos, se
produce un cambio pol��tico, ya que aparece un elemento nuevo, un
territorio en el que ejerce su poder; esto lleva a la transformaci��n
tambi��n del ej��rcito, que se convirti�� en defensor de dicho
territorio, por lo que se tendr��n que crear unidades de guarnici��n
de fortalezas y ciudades. En su mayor��a estas ciudades y plazas
fuertes eran encomendadas a nobles, de mayor poder seg��n fuese
la importancia de ellas y las unidades de guarnici��n de las mismas
estaban constituidas por las propias comitivas privadas. Este
cambio culminar�� con la plena formaci��n del reino visigodo de
Tolosa y su completa independencia pol��tica al desaparecer
definitivamente el Imperio Romano de Occidente en 476. As�� se
manifiesta Garc��a Moreno, quien dice que la dominaci��n de
Hispania, tras la derrota de Vouille de 507, se centr�� en el

32
PEREZ SANCHEZ, D., Op. Cit. p. 44-46.
33
BARBERO, A. y VIGIL, M. Op. Cit. pp. 45-46.
Federico Gallegos V��zquez

30
asentamiento de guarniciones militares, articuladas por s��quitos
armados bajo el mando de un noble godo34.
Esta nueva estructuraci��n del ej��rcito visigodo se mantendr��
tanto en el periodo del reino tolosano como durante el reino de
Toledo, ya que lo ��nico que cambia es el ��mbito territorial sobre el
que ejerce su poder. La organizaci��n del ej��rcito, sus unidades y su
composici��n ser��n iguales, lo ��nico que encontramos que cambia
es el emplazamiento de las unidades de guarnici��n, ya que las
ciudades y fronteras en las que hay fortalezas son diferentes.
Gracias a Idacio tenemos conocimiento del ej��rcito visigodo
de la mitad del siglo V, ya que en su cr��nica se relata la campaña
de Teodorico II contra los suevos de Requiario, entre los años 456
y 45735. No sabemos ni el n��mero ni la composici��n de este
ej��rcito visigodo, s��lo sabemos que era poderoso y estaba mandado
por el rey ��rex Gothorum Theudoricus cum ingenti exercitu suo��,
lo que hace suponer que los grandes nobles visigodos acudiesen
con sus ej��rcitos privados, cuya existencia nos relata el mismo
Idacio ya en 430; lo que no sabemos exactamente es la iniciativa de
estos ej��rcitos privados, en especial cuando est��n formando parte
de un gran ej��rcito mandado por el propio Rey; puede que los
intereses de unos y otro fuesen diferentes, mientras que el rey
tuviese ciertos intereses estrat��gicos, los nobles visigodos puede
que s��lo se moviesen por intereses particulares, como hacerse con
un bot��n de importancia; as�� ser��a en este caso, si tenemos en
cuenta la depredaci��n llevada a cabo por ciertos nobles, a finales
del invierno de 456-457 y principios de la primavera de 457
cuando Teodorico regres�� a las Galias, permitiendo que algunos
nobles se desviase y obtuviesen bot��n de las tierras de la meseta
norte, ��et Gallias repetens partem ex ea quam habebat multitudine
variae nationis, cum ducibus suis ad campos Gallaeciae dirigit��36.
Primeros contactos del ej��rcito visigodo con tierras hispanas.
Desde tiempos muy tempranos, anteriores a su asentamiento
en las Galias, los visigodos tuvieron contacto con las tierras
españolas, debido a las presiones romanas Ataulfo se replegar��
hasta Barcelona, donde ser�� asesinado en 415; su sucesor Walia

34
GARCÍA MORENO. L.A., Hispania Visigoda, p. 43.
35
HIDATIO. Chronicom. Años 456 y 457
36Ibdem. Año 457
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

31
negociar�� con Roma y, a cambio de suministros de trigo, como
aliados de Roma combatir�� a los alanos y a los v��ndalos silingos
que asolan las tierras de la pen��nsula, y depredan la B��tica y la
Cartaginense, empujando a los suevos y v��ndalos asdingos a
Galaecia y Lusitania ��Cui succedens Wallia in regno, cum patricio
Constantio pace mox facta, Alanis et Wandalis Silingis, in
Lusitania et Baetica sedentibus adversatur37. Wandali Silingi in
Baetica per Walliam regem omnes exstincti��38. Tambi��n
colaboraron con Roma en conflictos de tipo social como fue el
caso de las bagaudas, contra las que intervinieron a petici��n del
emperador ��Per Fredericum Theudorici regis fratrem Bacaudae
Tarraconenses caeduntur ex auctoritate Romana��39. As�� como la
mencionada campaña de 456-457 contra los suevos de Requiario
que, habiendo roto el pacto firmado con Roma y con el propio
Teodorico II, estaban asolando las tierras de la B��tica y la
Cartaginense, e incluso de la Tarraconense.
Sin embargo estas acciones militares en Hispania no
supusieron un asentamiento de los visigodos en tierras
peninsulares; Collins considera que tras esta campaña se
establecieron guarniciones estables en M��rida40, sin embargo
Garc��a Moreno considera muy poco probable que M��rida quedase
bajo control visigodo tras la salida de Teodorico41
El espacio pol��tico de los visigodos estaba exclusivamente
en tierras allende los Pirineos, lo que no es ��bice a que se
estableciesen algunos pequeños destacamentos en determinados
puntos, pero no como etapas de una estrategia de anexi��n
territorial. No obstante hay autores que consideran que desde
tiempos muy tempranos los visigodos establecieron guarniciones
en tierras hispanas, as�� Dom��nguez Monedero considera que desde
421 exist��a una presencia estable goda en torno a la ciudad de

37
HIDATIO. Chronicom. año 417
38
Ibdem. año 419
39
Ibdem. año 454
40
COLLINS, R., ��M��rida and Toledo: 550-585��, Visigothic Spain:
New approaches, Oxford 1980, p. 200.
41
GARCÍA MORENO, L. A., ��M��rida y el reino visigodo de Tolosa
(418-507) Homenaje a S��enz de Buroaga��, Madrid 1982, p.231.
Federico Gallegos V��zquez

32
Sevilla42, posiblemente derivada de las campañas de Walia contra
alanos y v��ndalos. Mariezkurrena43 consideran que ya desde
mediados del siglo V habr��a pequeños destacamentos godos en la
Tarraconense, fundando esta aseveraci��n en el termino foederatos
que Idacio utiliza al comentar el ataque de Basilio y Requiario a la
iglesia de Tarazona, sin embargo este t��rmino no viene referido a
tropas ningunas, por lo que consideramos que no tenemos pruebas
para defender esta postura.
Lo que s�� podemos intuir es que poco despu��s de esta
campaña de Teodorico II contra los suevos de Requiario s�� se
establecieron algunas guarniciones en Hispania, tanto en la B��tica
como en Galicia y la Lusitana, no por seguir unas pautas de
incorporaci��n de territorios al reino visigodo, sino m��s bien como
puntos de control de quienes pudiesen ser contrarios a los intereses
de los godos.
La salida precipitada de Teodorico de M��rida en el mes de
mayo de 457, tras haber pasado el invierno en ella, se produce tras
recibir la noticia de la muerte de Avito, por lo que viendo peligrar
sus intereses en el sur de las Galias regresa a Tolosa, y asegurar su
posici��n en esas tierras, igual que seis años antes hab��a hecho su
hermano Turismundo nada m��s ser elegido rey en los campos
Catal��unicos a la muerte de Teodorico I, abandonando en este caso
el campo de batalla y regresando a Tolosa para asegurar su nueva
posici��n.
Poco despu��s vemos como el rey visigodo empieza a centrar
su mirada en tierras hispanas. En 458, una vez afianzada su
posici��n en Tolosa y tranquilizadas las cosas en el Imperio,
Teodorico manda un ej��rcito a la B��tica al mando de Cirila,
��Gothicus exercitus duce suo Cyrila a Theudorico rege ad
Hispanias missus mense Julio succedit ad Baeticam. Legati
Gothorum et Wandalorum pariter ad Suevos veniunt, et

42
DOMÍNGUEZ MONEDERO, A. J., «La Cr��nica Caesaraugustana
y la presunta penetraci��n popular visigoda en Hispania», Los
visigodos. Historia y civilizaci��n. Murcia 1986, p. 62.
43
MARIEZKURRENA, S. I., ��Regnum destructum et finitum est
suevorum. La campaña g��tica en la Pen��nsula Ib��rica del año
456/457��, POLIS. Revista de ideas y formas pol��ticas de la
Antig��edad cl��sica, 14, 2002, pp. 177-195, p. 181; GARCÍA
MORENO, L. A., Historia de España Visigoda, Madrid 1989, p. 59.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

33
revertuntur��44; un año despu��s otro ej��rcito, este al mando de
Sunierico, se dirige a la B��tica, siendo llamado Cirila a las Galias,
esto supondr��a que Cirila se hab��a quedado en la B��tica y era
sustituido por Sunierico, ��Theudoricus cum duce suo Sunierico
exercitus sui aliquantam ad Baeticam dirigit manum: Cyrila
revocatur ad Gallias��45. En 460 los condes Sunierico y Nepociano
son enviados al frente de un ej��rcito a Galicia, ��Pars Gothici
exercitus a Sunierico et Nepotiano comitibus ad Gallaeciam
directa, Suevos apud Lucum depraedantur��46, el primero de ellos
se apodera de Santar��n, ��Suniericus Scallabim cui adversabatur,
obtinet civitatem.��47; dos años m��s tarde, en 462, Sunierico regresa
a las Galias y por orden de Teodorico Nepociano es sustituido por
Arborio.
La decadencia de Roma, la p��rdida de control sobre las
tierras del todav��a Imperio de Occidente, har�� que los visigodos
empiecen a actuar cada vez m��s en tierras hispanas. En 463, Cirilia
es enviado a los suevos (como legado) y se queda en Galicia, ��Per
Theudoricum ad Suevos Remismundus et Cyrila cum aliquantis
Gothis qui prius venerant, remittuntur. Cyrila in Gallaecia
remanente��; este mismo año Idacio nos dice que los godos invaden
las regiones que manten��an bajo el poder de los romanos, en este
caso el cronista hace referencia a la Cartaginense y a la
Tarraconense, que son las ��nicas provincias controladas en estos
momentos por Roma. Cada vez la actuaci��n visigoda sobre
Hispania ser�� mayor, y as��, en el ��ltimo año que recoge el
Cronic��n de Idacio, 469, se nos dice que tropas godas se dirigen e
instalan en M��rida, tras el ataque de los suevos a Lisboa, los godos,
probablemente los establecidos en M��rida, atacan esta ciudad y la
saquean, ��Legatorum Suevorum reditum aliquanta Gothorum
manus insequens Emeritam petit. Ulyxippona a Suevis occupatur,
cive suo qui illic praeerat, tradente Lusidio. Hac re cognita Gothi
qui venerant, invadunt et Suevos depraedantur, pariter et Romanos
ipsis in Lusitaniae regionibus servientes.��; de igual manera, a
imitaci��n de los suevos, hostilizan las inmediaciones del convento
Asturicense y regiones de Lusitania ��Suevorum, qui et Lusitaniae

44
HIDATIO, Chronicom, año 458.
45
Ibdem, año 459.
46
Ibdem, año 460.
47
Ibdem, año 460.
Federico Gallegos V��zquez

34
et conventus Asturicensis quaedam loca praedantes invadunt.
Gothi circa eumdem conventum pari hostilitate desaeviunt, partes
etiam Lusitaniae depraedantur��48.
Una vez desaparecido el Imperio de Occidente, los visigodos
se ver��n con las manos libres para actuar en Hispania, y as��, la
��nica provincia que hasta ese momento estaba bajo control romano
pas�� a ser objeto de predaci��n por los visigodos de Eurico, ��Nec
mora, partes Lusitaniae magno impetu depraedatur. Exercitum
inde alium mittit, qui captam inde Pampilonam et
Caesaraugustam, misso exercitu, capit, superiorem quoque
Hispaniam in potestatem submittit. Tarraconensis etiam provinciae
nobilitatem, quae ei repugnaverat, exercitus irruptione evertit��49,
campaña que tuvo dos puntas de entrada, la primera por Pamplona
con Heldefredo, que ocupar��a la cuenca del Ebro, y Vicente, que
tras penetrar por el Rosell��n ocupar��a parte de la costa
mediterr��nea, as�� nos habla de ellos la Chronica Gallica�� al
describir la entrada de Eurico en España: ��Heldefredus quoque
cum Vicentio Hispanorum duce obsessa Tarracona mar��timas
urbes obtinuit��50; de esta forma Eurico llegar��a a controlar la
Lusitana, la Tarraconense, la parte m��s occidental de la Galicia y
parte de la Cartaginense51.

6.- El ej��rcito visigodo español

Señala Orlandis que la historia del reino visigodo español
est�� marcado por dos batallas, dos derrotas, Vouille en 507, donde
los francos de Clodoveo I derrotaron a Alarico II, quien encontrar��
la muerte en esta batalla, y Guadalete en 711, donde Don Rodrigo

48
HIDATIO, Chronicom, años 463 y 469
49
HISIDORUS HISPALENSIS, Historia Gothorum, ed.
MOMMSEN, M.G.H. Chonica Minora, II, pp. 267-295. 34, era 504.
50
Chronica Gallica, M:G:H Chronica Minora I, Auctores Antiquisimi
IX, Berolini 1982, pp. 654-665, Ed MOMMSEN, T.
51
DE ABADAL, R., Del reino de Tolosa al Reino de Toledo, Madrid
1960, pp. 44-45.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

35
es derrotado por los musulmanes de Tarik, encontrando tambi��n la
muerte el rey visigodo52.
Para Garc��a Moreno, la derrota frente a Clodoveo en 507,
supone que la pen��nsula se convierta en el escenario principal de la
historia goda, centr��ndose desde este momento su dominaci��n en
el asentamiento de guarniciones militares que se establecieron
fundamentalmente en ejes estrat��gicos y en n��cleos urbanos53.
Tras la derrota de Vouille, el derrotado ej��rcito visigodo
busc�� refugio en la pen��nsula. Par Luis Su��rez, cuando los
visigodos consiguen extender su autoridad a cuatro de las cinco
provincias de la di��cesis hispana, lo har��n sin modificar las fuentes
de su poder; la consecuencia fue que los habitantes de Hispania
que, desde un siglo y medio antes, estaban acostumbrados a
constituir una di��cesis, acentuaron el car��cter individual y
diferenciado de su territorio. Hispania pas�� a ser una especie de
entidad pol��tica en la que el poder militar y ejecutivo era detentado
por reyes germ��nicos; la poblaci��n hispana admit��a que la
soberan��a fuese ejercida por un extranjero54.
Parad��jicamente la derrota de Vouille determin�� la aparici��n
de un reino hispano que ser�� considerado reino y patria de los
godos, que desde su contacto con el Imperio Romano fueron
configurando una conciencia y realidad social hasta su
desaparici��n en 71155.
Esta concepci��n de naci��n se presenta desde los primeros
momentos del asentamiento de los visigodos en Hispania. Desde
finales del siglo VI los escritores de allende los Pirineos
identificaban el espacio peninsular con el reino visigodo,
designando a ambos con el nombre de Hispania; no existe, como
en el caso de los francos y las Galias, una diferencia entre la
entidad f��sica y la pol��tica. Esta identidad, denominada por los
intelectuales hispanos del siglo VII, como ��coyunda g��tica��,

52
ORLANDIS ROVIRA, J., ��Estampas de la guerra en la España
visigoda��. Revista de Historia Militar��, 91, pp. 11-24, Madrid, p. 11
53
GARCÍA MORENO, L. A., Hispania Visigoda, p. 43.
54
SUÁREZ FERNANDEZ, L., Historia de España antigua y media.
Vol. I, Madrid, 1976, pp. 89-91.
55
TEILLET, S., Des Goths a la nation gothique. Les origins de l��idee
de nation en Occident du V au VII si��cle, Par��s, 1984.
Federico Gallegos V��zquez

36
constituir�� el mejor instrumento para legitimizar la total
independencia pol��tica respecto del Imperio; esta coyunda o uni��n
de cosas estar��a formada por el dominio de la ��gens gothorum��, la
naci��n goda, sobre la tierra, patria, hispana56.
El ej��rcito del reino visigodo de Toledo al igual que como
suced��a con anterioridad en el reino tolosano, estaba formado por
dos tipos de tropas, unas permanentes y otras convocadas para
acciones b��licas determinadas. Para G��rate C��rdoba el ej��rcito
visigodo tuvo dos ramas, una fija, el ��exercitus��, n��cleo
permanente de magnates y hombres de armas, que formaba la
oligarqu��a militar del reino visigodo, y otra ocasional ��hostis��,
reclutado de forma forzosa, que incorporaba tropas reclutadas para
el servicio militar seg��n un plan previsto, siendo en esta ��hueste��
en la que se incorporaban los nobles con sus clientelas armadas57.
Por su parte Garc��a Moreno, siguiendo la ��antigua�� IX, 2, 6., el
ej��rcito visigodo estar��a compuesto por la ��tiufa�� y las tropas de
guarnici��n de ciudades y plazas fuertes, siendo mayor la
importancia num��rica de estas ��ltimas, cuya jurisdicci��n y mando
corresponde al conde de cada ciudad, situ��ndose por encima de
��stos el duque de una provincia, que aglutinar��a el ej��rcito de
varias ciudades, organizaci��n que ya aparecen en el reino de
Tolosa y cuyo origen est�� en los ��duces limitis�� bajoimperiales
que mandaban las tropas de guarnici��n establecidas en una
provincia fronteriza58. Seg��n este autor el modelo del ej��rcito
visigodo ser��a el del ��ej��rcito de maniobra�� del Bajo Imperio
romano, que estar��a formado por unidades estables, de no gran
tamaño, pero con un alto nivel de profesionalidad, siendo
fundamentalmente un ej��rcito ecuestre, no de peones59; as�� este
ej��rcito estar��a formado en tiempos de Ataulfo (410-415) por un
total de quince mil hombres; no obstante la derrota de Vouille de
507 y la posterior derrota de Gesaleico por los generales de
Teodorico el Amalo (rey de los ostrogodos) en 511, supusieron un
brutal cambio en el ej��rcito visigodo, fundamentalmente por el
quebranto de este ��ej��rcito de campaña�� o ��maniobra��, lo que se

56
GARCÍA MORENO, L. A., Hispania visigoda, p, 46.
57
GÁRATE CÓRDOBA, J. M., Historia del Ej��rcito Español. Tomo
I, Los or��genes. Servicio Hist��rico Militar, Madrid 1981, p. 303
58
GARCÍA MORENO, L. A., Op. Cit, p. 46,
59
Ibdem. p. 45.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

37
pondr��a de manifiesto en el hecho de que pocos años despu��s
Teudis consiguiese hacerse con el trona gracias a una fuerza de
unos dos mil lanceros de ��lite.
En el estudio del ej��rcito visigodo del reino de Toledo varias
son las cuestiones que nos planteamos; la existencia, y desde
cuando, de las comitivas privadas; su organizaci��n decimal; la
participaci��n de los hispano-romanos en el ej��rcito visigodo; la
incorporaci��n de hombres de condici��n no libre o servil; y por
��ltimo la distribuci��n territorial del ej��rcito del reino de Toledo. En
todos estos aspectos podr��amos decir con Barbero y Vigil, que la
organizaci��n del ej��rcito y las instituciones militares tan s��lo son
una consecuencia de la organizaci��n de la sociedad en su
conjunto60.

Las comitivas de ��optimates��

Las fuentes bajoimperiales nos dan testimonio de la
existencia de las comitivas particulares, y lo habitual que eran en la
sociedad romana61, lo que seg��n la doctrina se deb��a a la debilidad
del Imperio para sostener un ej��rcito p��blico capaz de procurar una
seguridad frente a los ataques de pueblos b��rbaros como a las
revueltas internas, as�� se fomentar��an los ej��rcitos privados
dependientes de grandes señores. Desde principios del siglo V
tenemos noticias de estos ej��rcitos privados tanto en la Galia como
en tierras hispanas. Orosio y Z��simo nos cuentan que dos
miembros de la familia de Teodosio, Didimo y Veriano, primos del
emperador Honorio, defendieron durante dos años los pasos de los
Pirineos, enfrent��ndose a las tropas enviadas por el antiemperador

60
BARBERO, A. y VIGIL.M. Op. Cit. pp. 41.
61
Encontramos testimonios en fuentes legales, Codex Teodosianun.
VII. 13. 16; VII. 1. 15; IX. 14. 2. Breviario de Alarico, VIII. 11. 2;
como en fuentes literarias, Paulino de Pella, Sidonio Apolinar,
Gregorio de Tours, Orosio, Procopio e Idacio, que nos hablan de las
comitivas armadas de particulares, tanto de magnates civiles como de
eclesi��sticos, como es el caso del propio sidonio Apolinar obispo de
Clermont.
Federico Gallegos V��zquez

38
Constantino III, con un ej��rcito reclutado entre sus esclavos62.
Tambi��n Sidonio Apolinar nos da noticias de ej��rcitos privados en
el sur de las Galias, actuando tanto en empresas particulares como
en empresas de car��cter p��blico, sustituyendo as�� a un ej��rcito
publico casi inexistente en esta zona del imperio. En el ataque a
Clemornt por los visigodos, Apolinar se dirige a Ecdicio para que
levante el sitio puesto a esta ciudad, ya que si el emperador no
dispone de fuerzas para hacerlo, es obligaci��n de la nobleza
rescatar la ciudad63. En 417 Ecdicio armar�� un ej��rcito para poner
fin a las correr��as godas por el sur de las Galias, actuando en este
caso como un ej��rcito p��blico ��privatis viribus publici exercitus64;
y tambi��n nos cuenta Gregorio de Tours como Apolinar, hijo de
Avito, particip�� junto a Alarico II en la batalla de Vouille,
acudiendo con un contingente importante de soldados levados de
sus predios en la Auvernia, ��Maximus ibi tunc Arvernorum
populus, qui cum Apollinare venerat, et primi erant ex senatoribus
corruerunt65.
Ya hemos visto como desde sus primeros contactos con
Roma los visigodos adoptaron sus costumbres, entre las que no
qued�� fuera la creaci��n de comitivas armadas por parte de los
nobles visigodos. Tras su asentamiento en el sur de las Galias esta
comitivas no desaparecieron, sino que se fueron consolidando,
recibiendo su ratificaci��n legislativa en el Breviario de Alarico
(Breviario IX, 14, 2.). Garc��a Moreno nos dice que como en otras
monarqu��as militares, la visigoda, creada en torno al linaje y
persona de Alarico el Balto, el n��cleo de so ej��rcito estaba
constituido por s��quitos militares vinculados personalmente,
formado por j��venes guerreros nobles y por otro m��s numeroso
constituido por hombres de condici��n no libre66. La importancia de
este s��quito regio y de sus oficiales vendr��a del elevado grado de
diferenciaci��n social de los godos ya con Alarico I. por su parte,

62
OROSIO, Historiae adversus paganus, Ed. ZANGEMEISTER,
Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum, V, Viena 1882, VII,
40, 5-8; ZOSIMO, Historia nova, Ed. MENDELSSOHN, Leipzig,
1887, VI. 4. 3.
63
SIDONIO APOLINAR, Epistolas, II. 1.4.
64Ibdem. III. 3. 7.
65
GREGORIO DE TOURS, Historia Francorum, II. 37. M.G.H.
SSM. I, pp. 31-455.
66
GARCÍA MORENO. L. A.., Hispania Visigoda, p. 47.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

39
los j��venes nobles del s��quito constituir��an un ej��rcito de protocolo
formado por los gardingos, en un ej��rcito palatino, equiparables a
los espartarios que depender��an del ��conde de los espartarios��.
La ley 31 del c��digo de Eurico muestra la importancia que
en el siglo V ten��an las comitivas armadas, que subsistieron a lo
largo de los siglos; una prueba de su importancia en el siglo VI la
vemos en el hecho de que Theudis consigui�� hacerse con el trono
gracias a un ej��rcito de unos dos mil hombres y una guardia
personal, reclutados gracias a los bienes de su esposa, hispano-
romana, y levados entre los hombres de los dominios de ella.
Idacio, al que hemos seguido en otros momentos de nuestro
trabajo, tambi��n nos aporta informaci��n importante en este asunto.
Dos veces hace menci��n de Friderico, hermano de Teodorico II,
participando en campañas militares, en 454, a solicitud de Roma,
interviniendo en la Tarraconense contra las bagaudas, y nueve años
m��s tardes, en 463, protagonizando un levantamiento en la
Armorica contra el conde Egido, general de una y otra milicia. En
estas dos menciones del hermano del rey visigodo no se nos dice
que actuase por mandato del rey, como en otros muchos casos, si
bien en el primero su actuaci��n vemos c��mo es de car��cter p��blico,
para luchar contra las bagaudas que depredaban la Tarraconense, y
se hace a petici��n de Roma; por el contrario la segunda parece ser
una actuaci��n particular, pues es un levantamiento contra la
autoridad de la Armorica, lo que debi�� ser por inter��s particular y
gracias al apoyo de su propia comitiva.
Idacio hace otras muchas menciones que podemos relacionar
con comitivas armada privadas; as�� en 457 cuando Teodorico
regresa a Tolosa, tras la campaña contra los suevos de Rechiario,
env��a a los campos de Galia a parte de su ej��rcito con algunos de
sus generales, donde podemos ver a magnates con sus comitivas
privadas que seg��n Mariezkurrena67 se dedicar��an a saquear las
tierras de la meseta norte, Idacio nos habla del saqueo de Astorga y
Palentia, para obtener un bot��n que no hab��an conseguido en las
campañas por tierras galaicas y lusitanas. Tambi��n nos cuenta de
diversos ej��rcitos enviados por Teodorico al mando de nobles
godos; en 458 manda un ej��rcito a la B��tica al mando de Cirila; en
459 env��a otro, tambi��n a la B��tica, al mando de Sunierico,

67
MARIEZKURRENA, S.I., Op. Cit. p. 191.
Federico Gallegos V��zquez

40
regresando Cirila a Tolosa; en 460 es a Galicia a donde env��a un
ej��rcito al mando de Sunierico y Nepociano, y en 463 son enviados
a Galicia Remismundo y Cirila, y a partir de 469 nos cuenta de
tropas visigodas depredando tierras de la Lusitana, Cartaginense y
Galicia68.
Las comitivas armadas permanecer��n a lo largo de la historia
del reino visigodo de Toledo, y as�� vemos como las leyes militares
de Wamba y Ervigio, de 673 y 682 respectivamente, consagran su
existencia. La primera de ellas establece que todo hombre libr��
deber��a acudir con la mitad de sus siervos de entre 20 y 50 años al
llamamiento regio69, y la ley de Ervigio, reconoci�� oficialmente las
��clientelas señoriales�� señalando que el servicio militar se cumpl��a
igualmente acudiendo a la movilizaci��n del ej��rcito junto al
funcionario correspondiente de la administraci��n territorial, conde
o duques, o bien formando parte del s��quito que un magnate
llevase consigo70.

La organizaci��n decimal

Ya hemos visto como desde tiempos anteriores a su
establecimiento en las Galias, el ej��rcito visigodo ten��a una
organizaci��n de base decimal, siguiendo un esquema procedente
del tard��o ordenamiento bajoimperial, dividi��ndose en decenas,
centenas y milenas, mandadas por decanus, centenarius y
milenarius respectivamente. Garc��a C��rdoba considera que esta
organizaci��n fue tomada de la romana tard��a, por influencia de su
larga etapa como foederati, ya que no habr��a prueba de esta
ordenaci��n decimal con anterioridad a la batalla de
Andrian��polis71. Al igual que la mayor��a de la doctrina actual,
Garc��a Moreno sostiene que esta base decimal no proviene de
origen germ��nico, sino que ser��a adoptada por influencia romana,
cuyo ej��rcito, en los siglos V y VI se estructuraba de igual manera
y con el que hab��a estado en contacto desde hac��a mucho tiempo el

68
HIDATIO. Chronicom.
69
L.I., IX.2.8.
70
L.I., IX.2.9.
71
GÁRATE CÓRDOBA, J. M., Op. Cit. p. 302.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

41
pueblo godo72.Algunos autores alemanes de finales del siglo XIX y
principios del XX, sosten��an por el contrario que esta organizaci��n
decimal ten��a un origen germ��nico y era com��n a todos los pueblos
de tronco germ��nico.
A finales del siglo VI las fuentes hacen menci��n de una
nueva unidad, de base decimal, en el ej��rcito visigodo, la
quingentena, mandada por un quingentenario, si nos dejamos
llevar por el propio t��rmino, estar��amos ante una unidad formada
por quinientos hombres. Sin embargo no tenemos noticia alguna
que nos indique el momento ni la raz��n de esta nueva unidad, que
por otro lado no tiene equivalente con las del ej��rcito bajoimperial
ni con las coet��neas del bizantino, como s�� suced��a con las
anteriores vistas. El origen de esta quingentena podr��a venir de la
disminuci��n del n��mero de hombres de las unidades militares
visigodas, pero tambi��n podr��a derivar, como sostiene la mayor��a
de la doctrina, de una divisi��n de la milena en dos mitades, dando
lugar as�� a la quingentena, aunque igual que la milena no estaba
formada exactamente por mil hombre, esta quingentena tampoco
estar��a formada por quinientos hombres.
Junto a estas unidades y mandos que estructuran el ej��rcito
visigodo seg��n un sistema decimal, que coincide con el existente
en el ej��rcito bajoimperial y bizantino, nos encontramos con una
unidad completamente distinta y que no coincide con ninguna
unidad romana, la thiufa, mandada por un thiufado. La mayor��a de
autores como P��rez S��nchez equiparan la thiufa a la milena y el
tiufado al milenarius73; sin embargo Garc��a Moreno discrepa de
esta tesis, considerando al thiufado como un funcionario regio con
determinadas funciones militares. El autor sostiene que el origen
etimol��gico de thiufa ser��a el t��rmino germano ��thius��, cuyo
significado es esclavo o siervo, y as�� el tiufado ser��a el funcionario
encargado de mandar a los esclavos; el autor apoya su tesis en lo
recogido en normas visigodas, en las que se señala que el thiufadus
estaba encargado de reclutar a los esclavos y siervos, siendo a su
vez el encargado de llevarlos al combate, poniendo de manifiesto
la importancia que, desde el siglo V, tendr��an dentro del ej��rcito

72
GARCÍA MORENO, L. A., Op. Cit. p. 43.
73
PÉREZ SÁNCHEZ, D., Op. Cit; GARCÍA DE
VALDEAVELLANO, L., Op. Cit.; ESCUDERO. J.A., Op. Cit.
ORLANDIS. J., Op. Cit.
Federico Gallegos V��zquez

42
visigodo los esclavos del propio rey ��servi dominici��74; por lo tanto
el nombre de este mando del ej��rcito visigodo no har��a menci��n a
una unidad de un n��mero determinado de hombres, sino que
vendr��a del tipo de hombres que mandaba, los ��servi dominici�� del
Rey, cuyo reclutamiento y mando tendr��a encomendado el
thiufado; por otro lado ��ste estar��a vinculado con el monarca por
lazos de especial dependencia, siendo por lo general libertos que
mantendr��an la relaci��n con su señor, el Rey. De aqu��, el thiufado
estar��a por tanto, encargado de reclutar a los siervos y esclavos
dependientes del rey, form��ndose una unidad, la thiufa, cuyo
mando tambi��n ostentar��a. Cosa distinta a nuestro entender, y s��lo
es una conjetura, que para no distorsionar toda la organizaci��n
decimal del ej��rcito visigodo, en funci��n del n��mero de siervos y
esclavos a reclutar, se nombrase un n��mero de thiufadus concreto,
y as�� las distintas thiufas resultantes fuesen parecidas en tamaño a
las ��milenas��.
Dentro del estudio de la organizaci��n del ej��rcito visigodo
del reino de Toledo, debemos tener en cuenta otras organizaciones
de las que nos hablan las fuentes. Nos referimos a las ��divisiones��
y ��turnas��, que San Juli��n de Toledo menciona en su relato de la
campaña que el rey Wamba realiza en el ��ltimo tercio del siglo VII
para sofocar el levantamiento del duque Paulo en la provincia
Narvonense y parte de la Tarraconense entre el 672 y 67375; el
arzobispo toledano hace una minuciosa descripci��n de esta
campaña del rey Wamba, sin embargo no menciona como se
estructuraba este ej��rcito, ni cu��l era el n��mero de sus miembros,
tan s��lo se habla de ��turna�� y ��divisi��n��. Al hablar de divisi��n, no
es probable que haga referencia a una unidad concreta del ej��rcito,
sino m��s bien a un mero reparto de tropas en grupos, sin un
esquema concreto, ser��a por tanto una mera operaci��n aritm��tica
aplicada sobre el total del ej��rcito del rey Wamba; en cuanto a la
��turna�� no tenemos conocimiento de a qu�� se refiere, en el texto de
San Juli��n es una unidad indeterminada, por lo que tambi��n

74
GARCÍA MORENO, Op. Cit. pp. 52-53.
75
JULIAN DE TOLEDO, Historiae Wambae, Edici��n de FLOREZ,
E., ��España sagrada, T. VI Ap��ndice ��ltimo, Real Academia de la
Historia, 3ª edici��n, Madrid 1859. Versi��n en Español, VELASCO,
T., Historia del Ej��rcito Español, Madrid 1981, tomo I, ap��ndice VI,
pp. 413-433.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

43
podr��amos pensar que no son sino divisiones o reparto de las tropas
del ej��rcito que llevaba Wamba.
En el texto de San Juli��n de Toledo s��lo se menciona como
mandos a duques y alguna vez a ��sus oficiales��, sin especificar a
qu�� tipo de oficiales se refer��a. Al hablar de los duques no se dice
que mando ten��a, por lo que s��lo se puede suponer que mandar��a
una parte del ej��rcito. Sabemos que en el reino visigodo hab��a dos
tipos de duques con mando militar, el ��dux provinciae�� que
mandaba las tropas reclutadas en su provincia, sin que sepamos el
n��mero de hombres que mandaba, y el ��dux exercitus�� que ejerc��a
el mando de una fracci��n importante del ej��rcito en campaña, y del
que tampoco sabemos qu�� n��mero de hombres mandaba. Respecto
del ��dux provinciae�� hay autores que sostienen que debi�� mandar
una milena, que ser��a la fuerza permanente de la provincia; la ��nica
noticia que tenemos al respecto es que el duque Teodomiro, tras la
invasi��n musulmana, moviliz�� en un primer momento entre 1.200
y 1.700 hombres. Por lo que respeta al dux exercitus, tampoco
tenemos noticias que nos digan cual era su mando en tropas,
creemos al respecto, que lo m��s l��gico ser��a que mandase una de
esas divisiones o turnas en que se divid��a el ej��rcito en campaña;
como ejemplo tenemos noticia, por San Juli��n, de que el duque
Wandemiro mandaba 10.000 en la reserva en el ataque de Wamba
a Nimes76.

Participaci��n de los no libres en el ej��rcito visigodo

Existe una dualidad doctrinal sobre la situaci��n jur��dica de
los soldados que compon��an el ej��rcito visigodo, en cuanto a que
fuesen de condici��n libre o, por el contrario, que hubiese personas
de condici��n servil.
La primera posici��n seguir��a la teor��a tradicional, seg��n la
cual, s��lo los hombres libres en edad de poder empuñar armas
tendr��a el derecho y el deber de formar parte del ej��rcito godo.
S��nchez Albornoz sostiene que en un primer momento, que se

76
Ibdem. 15. ��Mira ergo in ordinando celeritate per Wandemirum
ducem electos de exercitu fere decem milia uiros ad auxilium
pugnantibus destinauit��
Federico Gallegos V��zquez

44
corresponder��a con la casi totalidad del reino de Toledo, nada
permitir��a imaginar una masiva intervenci��n servil en empresas
b��licas y seguramente los siervos acudir��an ��nicamente para
desempeñar un servicio de car��cter dom��stico cerca de su amo.
Ser��a, pues, al final de la historia visigoda cuando fuese preciso
que los dueños de los siervos fueran a la guerra con una parte de
los mismos, arm��ndolos a sus expensas, lo que el autor pone en
relaci��n con la protofeudalizaci��n del estado y del ej��rcito
visigodo77; el ej��rcito visigodo a lo largo de la mayor parte de su
historia no ser��a un ej��rcito de siervos sino de hombres libres.
Sin embargo es la segunda postura la m��s seguida entre
nuestros historiadores, si bien no hay acuerdo en el momento en
que los no libres participaron en el ej��rcito visigodo. Para P��rez
Pujol78 los siervos participar��an en el ej��rcito visigodo desde el
reinado de Eurico (466-484), debido, seg��n ��l, a la dificultad desde
este reinado de arrancar a la poblaci��n libre goda de sus hogares
para emprender campañas guerreras, ya que el asentamiento en
tierras galas y el paso a la condici��n de propietarios cambiar��a la
forma de vida de los visigodos, igual��ndose con los propietarios
galorromanos, y dando por tanto las mismas dificultades de
reclutamiento que se daban en la Roma bajoimperial. Barbero y
Vigil, estudiando dos leyes del C��digo de Eurico, la ley 323, en la
que se reconoce la participaci��n de siervos en una campaña de
car��cter p��blico, al disponer que cuando un hombre acuda a una de
estas campañas con siervos pertenecientes a su esposa, sean del
marido los bienes adquiridos por ellos, aunque, como se ha dicho,
sean propiedad de su esposa; y la ley 310, que da noticia de la
existencia de bucelarios ingenuos en situaci��n de dependencia de
un patrono, sostienen que ��En el reino visigodo de Tolosa los
grandes propietarios ten��an a su servicio bajo las armas tanto a
hombres libres como a siervos��79.
Para Garc��a Moreno la presencia de esclavos en el ej��rcito
godo no es una innovaci��n de la protofeudalizaci��n de las ��ltimas

77
SÁNCHEZ ALBORNOZ, C., ��El ej��rcito visigodo: su
protofeudalizaci��n�� en ��Investigaciones y documentos sobre las
instituciones hispanas��, Chile 1970. p. 30
78
PÉREZ PUJOL, Historia de las Instituciones sociales de la España
Goda. V. II, Madrid 1896, pp. 186-192.
79
BARBERO. A. y VIGIL. M., Op. Cit. p. 46.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

45
d��cadas del siglo VII. Ya a principios del siglo V ser��a una n��cleo
muy importante de las tropas de la monarqu��a militar balta, su
ej��rcito de ��no libres�� (knechtsgefolgschaft o s��quitos de
dependientes armados) cuyo recuerdo ser��a la ��thiufa��. Herederos
de estos no libres del ej��rcito visigodo ser��an los ��esclavos
fiscales�� que ser��an los habitantes de la gran cantidad de
propiedades fundar��as pertenecientes al Rey. Para el autor no
habr��a que confundir ��stos con los siervos o esclavos que todo
hombre libre ten��a que llevar al ej��rcito cuando era convocado80.
Ya hemos visto como desde la instalaci��n del pueblo
visigodo en tierras del Imperio romano, los nobles godos integran
en sus comitivas armadas a esclavos y siervos; por otro lado hemos
visto como desde estos mismos momentos, por influencia romana,
las comitivas de ��optimates�� van formando cada vez con mayor
importancia una parte del ej��rcito visigodo, por lo que desde estos
mismos momentos podemos decir que los no libres participaban en
el ej��rcito godo; una vez que se instalan en las Galias y despu��s en
Hispania, este fen��meno se fue generalizando, derivado del cambio
social producido en el pueblo visigodo en el que la nobleza va
adquiriendo poder y riqueza cada vez mayor, gracias a la
conversi��n en propietarios fundiarios y, como hemos visto, este
fen��meno generalizado desde mediados del siglo V obtuvo
regularizaci��n legal con Eurico, y despu��s con Leovigildo.
No s��lo los siervos fiscales, dependientes del rey ser��an la
parte de no libres que formasen parte del ej��rcito visigodo, cuando
vemos que Wamba establece, no s��lo la permisi��n de que los
nobles acudan con sus siervos al ej��rcito, sino la obligatoriedad de
acudir con la mitad de ellos, de entre 20 y 50 años, ante el
llamamiento del rey, incluyendo en esta obligaci��n a los magnates
seglares y religiosos, tambi��n se refiere a la participaci��n de los no
libres en el ej��rcito; igual suceder��a con Ervigio, que dulcific�� la
norma de su antecesor, reduciendo la cantidad de siervos con la
que se deb��a acudir a una decima parte.



80
GARCÍA MORENO. L. A., Hispania Visigoda, pp. 57-59.
Federico Gallegos V��zquez

46
Participaci��n de los hispano-romanos en el ej��rcito
visigodo.

En los tiempos finales del reino visigodo no hay duda de que
los hispano-romanos ten��an las mismas obligaciones militares que
los godos, como se desprende de las leyes de Wamba y Ervigio. La
cuesti��n que se plantea es el momento en que se produce la
incorporaci��n de los provinciales en dicho ej��rcito. Como en casi
todas las cuestiones referentes al ej��rcito visigodo, existen posturas
variadas, que podemos resumir en dos grandes bloques; por un
lado los que opinan que la participaci��n de hispano-romanos en el
ej��rcito del Reino de Toledo fue muy tard��a, a finales del siglo VII,
con algunos autores que matizan esta afirmaci��n, sosteniendo que
esta incorporaci��n tard��a se produjo con la unificaci��n religiosa
con Recaredo; y por otro lado los que sostienen que la
incorporaci��n de provinciales fue temprana, desde la ��poca del
reino de Tolosa.
El mayor exponente de los defensores de la tard��a
incorporaci��n de los hispano-romanos al ej��rcito visigodo es
S��nchez Albornoz, quien al plantearse en qu�� momento el servicio
militar se extendi�� a los hispano-romanos de forma obligatoria,
señala que no pudo darse nunca antes de Leovigildo, y sin poder
precisarlo sit��a este acontecimiento en la segunda mitad del siglo
VII81, defiende que en tiempos de Alarico II los romanos no
formaban parte del ej��rcito reclutado, y solamente formaban parte
del ej��rcito de forma ocasional, cuando eran llamados para realizar
una publica expeditio82.
Entre aquellos que defienden una incorporaci��n no tan tard��a
vemos como Thompson, apoy��ndose en que la doctrina religiosa
visigoda, el arrianismo, supondr��a un rasgo diferenciador de los
godos al que no estar��an dispuestos a renunciar, sostiene que estos
planteamientos condicionar��an la participaci��n de los no godos en
el ej��rcito, y los reyes s��lo permitir��an entrar en sus ej��rcitos a una
pequeña proporci��n de no godos, y para el periodo arriano el

81
SÁNCHEZ ALBORNOZ. C., Op. Cit. p. 10.
82
SÁNCHEZ ALBORNOZ. C., ��La p��rdida de España, el ej��rcito
visigodo: su protofeudalizaci��n��, Cuadernos de historia de España,
Buenos aires, 1967, p. 12.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

47
ej��rcito visigodo estar��a formado por godos de condici��n libre,
aunque admite que en determinados casos algunos destacados
hispano-romanos pod��an ser nombrados ��duces�� con poderes
militares83. De forma similar King sostiene que la incorporaci��n
de los hispano-romanos al ej��rcito visigodo se realizar��a s��lo tras la
unificaci��n religiosa, sin saber precisar en qu�� momento se dio84.
Por otro lado tenemos los que sostienen la temprana
incorporaci��n de los provinciales, galo-romanos en el reino de
Tolosa e hispano-romanos en el de Toledo, en el ej��rcito visigodo.
Ya en el siglo XIX, F��lix Dahn sosten��a la incorporaci��n de
provinciales galo-romanos desde los primeros momentos del reino
de Tolosa, si bien no se producir��a, seg��n el autor, una mezcla de
ambas formaciones, sino que se respetar��an las peculiaridades de
cada una de ellas85. Torres L��pez86 y Garc��a Gallo87 sostienen que
desde los primeros momentos de la creaci��n del reino de Eurico,
los galo-romanos y luego los hispano-romanos formar��an parte del
ej��rcito, estando obligados a su reclutamiento. Contradiciendo la
teor��a de S��nchez Albornoz Torres L��pez defiende en primer lugar
que la mayor��a de los grandes propietarios eran de origen romano y
eran poseedores de clientelas armadas; a su vez existieron
personajes de ascendencia romana que desempeñaron cargos
importantes en el ej��rcito visigodo, como el conde Vitorio, en
tiempos de Eurico, o el duque Claudio de la Lusitania; por otro
lado Torres dice que no existe ninguna ley antigua que excluya a
los provinciales romanos del ej��rcito88. Garc��a de Valdeavellano
sostiene que los hispano-romanos tambi��n participaron en el
ej��rcito desde tiempos muy tempranos, posiblemente desde
tiempos de Eurico, extendi��ndose pronto tambi��n a los siervos de

83
THOMPSON. E.A. Los godos, p. 167.
84
KING. P. D., Derecho y sociedad en el reino visigodo, Madrid
1981, p. 92
85
DAHN, F., ��Die Könige der Germanen��, VI Die Verfassung der
Westgothem, Wurzburg, 1871, pp. 209-225. Citado por PÉREZ
SÁNCHEZ, D., Op. Cit. p. 64.
86
TORRES LÓPEZ, Historia del Derecho, I y II, salamanca, 1934, p.
237.
87
GARCÍA GALLO. A., Curso de Historia del Derecho Español,
Madrid, 1973.
88
TORRES LÓPEZ., Historia de España de Ram��n Men��ndez Pidal,
V. III, Madrid, 1940, p. 226.
Federico Gallegos V��zquez

48
��stos. Orlandis señala que en el reino de Toledo s��lo se prescindi��
de los hispano-romanos en el ej��rcito cuando no eran necesarios y
la casta militar goda se bastaba89, añadiendo que no podemos decir,
como hace S��nchez Albornoz, que hasta tiempos tan tard��os los
hispano-romanos estuvieran excluidos de la obligaci��n de formar
parte del ej��rcito90.
Para Garc��a Moreno91 hay que decantarse por la
incorporaci��n de los galo-romanos desde tiempos tempranos, por
lo menos desde Eurico, ya que en la batalla de Vouille en el
ej��rcito godo combatieron muchos provinciales auvernenses,
comandados por los grandes propietarios de estirpe senatorial,
entre ellos Apolinar, hijo de Sidonio Apolinar, obispo de Clermont,
lo que habr��a que situar en los s��quitos tardorromanos de
bucelarios y en el reclutamiento de encomendados, campesinos y
esclavos por los grandes propietarios que consagra la legislaci��n
euriciana. Ejemplos anteriores ser��an los protagonizados en 412
por Didino y Veriniano, dos j��venes miembros de la familia de
Teodosio, posiblemente primos del emperador Honorio, que se
opusieron al antiemperador Constantino III formando un ej��rcito
entre sus esclavos rurales, controlando durante dos años los pasos
de los pirineos. De igual manera entre el 549 y el 573 la rebelde
aristocracia goda e hispano-romana cordobesa se opuso al poder
real con soldados reclutados entre sus campesinos.
El tr��nsito de un ej��rcito formado exclusivamente por godos
a la participaci��n de la aristocracia hispano-romana con sus
s��quitos vendr��a marcado por la derrota de Vouille (507) y la
separaci��n entre ostrogodos y visigodos (526) as�� como las
sucesivas guerras civiles entre las que se har��an necesarias las
alianzas con la aristocracia romana.
P��rez S��nchez92 sostiene que aunque los galo-romanos del
reino tolosano no estuviesen al margen de los asuntos b��licos, no
tiene mucho sentido que, habiendo sido llamados los visigodos

89
ORLANDIS. J., La España Visigoda, p. 227.
90
ORLANDIS. J., ��Los romanos en el ej��rcito visigodo��, separata del
Homenaje a Fray Justo P��rez de Urbel, Tomo I, Silos 1976, pp. 123-
129, p. 126.
91
GARCÍA MORENO. L.A., Op. Cit. pp. 57-59.
92
PÉREZ SÁNCHEZ. D., El ej��rcito en la sociedad visigoda, pp. 53-
73.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

49
para cubrir el hueco dejado por los provinciales en asuntos
militares, desde los primeros momentos del reino de Tolosa, e
incluso en su etapa final, esta poblaci��n entrase a formar parte del
ej��rcito visigodo, y tan s��lo por coincidencia de intereses se
producir��an colaboraciones puntuales. Aunque reconoce la
presencia de Victorio, en ��poca de Eurico, tras la anexi��n de
auvernia como gobernador de siete ciudades de las Galias, como
recoge Gregorio de Tours93, as�� como la participaci��n de Apolinar
y Avito en la batalla de Vouille, que seg��n el autor s��lo ser��a una
uni��n ante la amenaza de un enemigo com��n, defiende que la
participaci��n de individuos galorromanos que serv��an militarmente
a los visigodos no es prueba concluyente para hacerlo extensivo a
la totalidad de la poblaci��n.
Para el autor, las leyes del Breviario de Alarico94, que seg��n
algunos demostrar��an la participaci��n de provinciales galo-
romanos y luego hispano-romanos en el ej��rcito visigodo, no son
sino fruto de una situaci��n concreta del reino tolosano, la situaci��n
de los ��ltimos años del reinado de Alarico II puede que influyese
en que las leyes que hablan de provinciales en el ej��rcito respondan
a un intento de contar con el m��ximo posible de tropas ante la
amenaza franca. Estas disposiciones tendr��an por tanto un car��cter
coyuntural.
Cierto es que los visigodos fueron llamados por el
emperador Honorio para cubrir unas necesidades de car��cter
militar que no se cubr��an por parte de la poblaci��n del Imperio,
tanto la de las Galias como la de las provincias hispanas, que ve��an
como eran arrasados sus campos y saqueadas sus ciudades por los
b��rbaros que hab��an cruzado el Rhin helado en la noche del 31 de
diciembre de 406, siendo incapaces de hacerles frente. Tambi��n
fueron los visigodos los que tuvieron que luchar contra los
levantamientos sociales de las bagaudas, ��Per Fredericum
Theudorici regis fratrem Bacaudae Tarraconenses caeduntur ex
auctoritate Romana��95. o contra los intentos de ocupaci��n del
poder de antiemperadores, y ayudar al escaso ej��rcito imperial ante
la amenaza de Atila, o castigar a Requiario por los ataques contra

93
GREGORIO DE TOURS, Historiae Francorum, II, 20.
94
Breviario de Alarico: I.5.5.; I.5.6.; II.1.9.; II.10.6.; III.5.5.; IV.8.9.;
IV.10.3.; IV.22.4.; V.6.1.; XI.1.8.
95
Hidatio, Chronicom. año 454.
Federico Gallegos V��zquez

50
tierras de las provincias b��tica, Cartaginense y Tarraconense. Pero
tambi��n es cierto que desde estos primeros momentos los
provinciales romanos siguen participando en acciones b��licas; los
grandes propietarios galo-romanos e hispano-romanos son titulares
de ej��rcitos privados y con ellos participan en campañas militares.
Ya hemos visto como en 412 Didinio y Z��simo armaron un
ej��rcito, de entre sus siervos y esclavos, con el que se enfrentaros a
las tropas del antiemperador Constantino III, y bloquearon durante
dos años los pasos de los Pirineos impidi��ndoles la entrada en
Hispania. Tambi��n hemos visto como Victorio fue quien conquist��
la ciudad de Clermont, quedando al mando de Auvernia como
��dux�� de siete ciudades. Pocos años despu��s, en 463, cuando
Friderico, hermano de Teodorico II, se levanta en la Armorica, lo
hace contra Egido, al que Idacio presenta como general de una y
otra milicia, ��Adversus Aegidium comitem utriusque militiae,
virum, ut fama commendat, Deo bonis operibus complacentem, in
Armoricana provincia Fretiricus frater Theuderici regis insurgens,
cum his cum quibus fuerat, superatus occiditur��96. Cuando Eurico
se decide a expandir su reino en Hispania, manda dos ej��rcitos para
conquistar la Tarraconense; el primero de ellos entrar�� por los
pasos occidentales de los Pirineos, ocupando Pamplona y
avanzando por el alto valle del Ebro, siendo mandado por el
visigodo Heldefredo; el segundo entrar�� por la parte oriental
conquistando ciudades costeras, entre ellas la propia capital de la
provincia, Tarragona, siendo encomendado el mando de este
segundo ej��rcito a Vicencio o Vicente, ��Heldefredus quoque cum
Vicentio Hispanorum duce obsessa Tarracona mar��timas urbes
obtinuit��97. Por ��ltimo, cuando Clodoveo se enfrenta a Alarico II
en Vouille en 507, la nobleza auverniense, encabezada por
Apolinar combate junto al rey visigodo ��Maximus ibi tunc
Arvernorum populus, qui cum Apollinare venerat, et primi erant ex
senatoribus corruerunt98.
La participaci��n de los provinciales romanos en el ej��rcito
visigodo fue constante desde los primeros momentos de su
asentamiento en las Galias y desde la creaci��n del reino de Tolosa,

96Ibdem, año 463.
97
Chronica Gallica, 652.
98
GREGORIO DE TOURS. Historia Francorum, II. 37. M.G.H.
SSM. I, pp. 31-455.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

51
m��s aun en el reino de Toledo. Suponer que s��lo algunos magnates
y por razones exclusivamente de ��ndole personal, por la
salvaguarda de sus intereses y bienes particulares, participaban en
acciones b��licas, bas��ndose en que los textos s��lo mencionan a
algunos magnates, o forzar las leyes de Eurico diciendo que s��lo
fueron dictadas para solventar unos problemas concretos, en unos
momentos es que se necesitaban hombres para el ej��rcito visigodo,
resulta excesivo. Los textos hacen menci��n solo de algunos
magnates porque s��lo ��stos eran conocidos y ellos eran los que
comandaban sus propios ej��rcitos, por ello es l��gico es que sean
ellos los mencionados; en cuanto a las leyes de Eurico en las que se
hace menci��n de la participaci��n de los provinciales en el ej��rcito,
resulta absurdo la inclusi��n de dichas leyes si no fuese normal su
participaci��n en el ej��rcito visigodo. La doctrina mayoritaria opina
que el C��digo de Eurico es una norma solamente aplicable a los
visigodos, por lo que no ser��a de aplicaci��n a los romanos; tan s��lo
el profesor Garc��a Gallo sostiene que las leyes euricianas tuvieron
un car��cter territorial, aplicable a todos los ciudadanos del reino
visigodo independientemente de su origen o raza. Si tenemos en
cuenta la teor��a nacional del C��digo de Eurico, ser��a absurdo la
inclusi��n de normas referentes a la inclusi��n de los romanos en el
ej��rcito, si no fuese habitual dicha participaci��n prob��ndose as�� la
habitualidad de tal situaci��n; y si tenemos en cuenta la postura de
Garc��a Gallo, estas leyes tendr��an plena raz��n de ser, pues al ser un
c��digo aplicable a toda la poblaci��n no ser��a nada de extraño que
en ��l se regulase este aspecto; por tanto este conjunto de leyes lo
que nos demuestra es la participaci��n conjunta de romanos y
visigodos en el ej��rcito.
Tampoco tenemos norma alguna que proh��ba la
participaci��n de los provinciales romanos en el ej��rcito del reino
visigodo, incluso en los momentos de mayor tensi��n entre ambas
comunidades, como es en tiempos de Leovigildo, en donde la
tensi��n entre hispano-romanos cat��licos y visigodos arrianos,
llegaron a su m��ximo nivel, encontramos a un hispano-romano
duque de una provincia con mando militar, el Duque Claudio de
Lusitania99, quien destaca en este reinado como uno de los

99
Vitae sanctorum patrum Emeretensium, V.X., ed. y trad. GARVIN.
J. N., ��THE VITAS SANCTORUM PATRUM Emeretensium��, CUA,
Federico Gallegos V��zquez

52
principales generales del ej��rcito por sus victorias contra los
francos.
Desde la creaci��n de lo que podemos llamar el reino
visigodo hispano, anterior a la instalaci��n de la capital en Toledo,
marcado por el asentamiento en tierras peninsulares y la separaci��n
definitiva de los ostrogodos, hablamos de ��Ej��rcito visigodo
español��, primer ej��rcito de España.
Este ej��rcito visigodo español estar��a formado por visigodos
y por provinciales, galo-romanos e hispano-romanos desde sus
primeros momentos, siendo n��cleo fundamental del mismo las
comitivas armadas particulares, entre las que podemos incluir las
de los magnates, tanto laicos como religiosos, as�� como la propia
del rey, que se constituir��a a su vez por un n��cleo de guerreros
escogidos, los ��fideles regis�� y una gran masa de guerreros
reclutados de entre las propiedades del fisco regio, que formar��an
las ��thiufas��. Junto a estas comitivas estar��an los hombres libres,
con sus siervos, que, cumpliendo la obligaci��n de acudir al
llamamiento regio, formaban la hueste.
El rey convocaba a la hueste mediante una orden ��regalis
ordinatio�� en la que se fijaba el momento en que deb��a reunirse
��Tempore exercitus��, para acudir a la guerra. (L.I. 5.7.19) lo que
no nos dice esta ley de Egica es que existiese un tiempo, una ��poca
del año concreta, en que el rey convocaba al ej��rcito, como
sabemos que se produc��a en momentos posteriores en diferentes
reinos europeos; el caso mejor conocido es el del reino-imperio
carolingio, en el que el ej��rcito era convocado de forma autom��tica
en una ��poca concreta del año, finales de marzo – comienzos de
abril, y en un lugar concreto, para, tras su revista, comenzar las
campañas b��licas anuales, que sol��an durar desde mediados de la
primavera hasta antes de que llegasen los grandes fr��os de finales
del otoño y comienzos del invierno. Sin embargo es posible que en
algunos momentos hubiese algo parecido a un llamamiento
autom��tico, aunque se hiciese mediante la ��regalis ordinatio��, nos
referimos a aquellos reinados en los que se desarroll�� una actividad
b��lica anual y duradera; este es el caso del reinado de Leovigildo,
quien mantuvo durante tres lustros una actividad b��lica permanente

studies iin medieval and renaissance latin language and literature,
XIX. Washington D.C., 1946, pp. 136-259.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

53
contra los m��ltiples enemigos del reino, bizantinos, a los que
consigui�� reconquistar un buen n��mero de plazas fuertes, los
suevos, a los que derrot�� y conquist�� todo su reino en 585, los
francos, contra los que guerre�� en varias ocasiones y frente a los
que destac�� el duque Claudio de Lusitania, y por ��ltimo contra los
levantiscos vascones a los que derrot��, fundando Victoriacum en
582100.
Pero no siempre era necesaria la ��regalis ordinatio�� para
convocar al ej��rcito, ya que cuando el reino era atacado por
enemigos externos o cuando se produc��a una revuelta no hab��a que
esperar al llamamiento regio pues el ��dux�� de la provincia atacada
o en la que se produc��a la revuelta deb��a reunir el ej��rcito de su
provincia de forma autom��tica, teniendo obligaci��n de acudir todo
aquel que se encontrase en un radio de cien millas de donde se
produc��a la agresi��n o la revuelta (L.I. IX.2.9). No obstante, el
cumplimiento de esta obligaci��n no debi�� ser siempre correcto, es
m��s, en muchos casos se debi�� incumplir, pues vemos como en
683, tras regresas de sofocar el levantamiento del Duque Claudio
en la Septimania, Wamba tuvo que dictar unas leyes muy duras en
este aspecto, imponiendo seberas penas de destierro, confiscaci��n
de bienes, imposibilidad de prestar testimonio en juicio, etc., para
quienes incumpliesen la obligaci��n de acudir al llamamiento regio.
Pero tampoco debieron solucionar el problema ya que su sucesor
Ervigio, nueve años despu��s, en 692, reconoc��a que la mitad del
reino no pod��a participar en juicio por aplicaci��n de la ley de
Wamba, suavizando la pena de no poder participar en juicio.
Desde tiempos antiguos, como suced��a en todas las
monarqu��as de origen germano, la cabeza del ej��rcito visigodo la
ejerc��a el rey, asistido por los ��comes exercitus�� y el ��Dux
exercitus��; junto al rey estaban los espartarios, nobles godos que
formaban una unidad militar permanente, mandados por el ��duque
de los espartarios�� y los ��fideles regis��, grupo escogido de entre los

100
Para el estudio del reino de Leovigildo y toda la actividad militar
que desarroll�� desde los primeros momentos, tenemos la suerte de
contar con la Cr��nica de Juan de Biclaro, nosotros hemos trabajado
con la traducci��n de Irene A. Arias, de la edici��n de los MGH, Auct.
Antiq., XI, pp. 211 y ss., en: Cuadernos de Historia de España, X,
1948, Buenos Aires, pp. 130-141.
Federico Gallegos V��zquez

54
propios espartarios que, en n��mero de cien, formaban la guardia
personal del rey.
Para Orlandis101 la configuraci��n geogr��fica del reino de
Toledo, aislado en la Pen��nsula Ib��rica, hizo que el ej��rcito se
limitase a una defensa de las fronteras del reino, con los franco en
todo el norte, con los suevos en el noroeste y con los bizantinos en
el sur y sureste, destacando las fronteras mantenidas con francos y
bizantinos en las que se establecieron plazas fuertes a lo largo de
todas ellas.
De la antigua IX.2.6. se desprende una clara diferencia entre
las tropas pertenecientes a la hueste y las que constitu��an la
guarnici��n de ciudades y plazas fuertes, siendo mayor la
importancia num��rica del ��ej��rcito de guarnici��n��, c, las tropas de
su ciudad, cuyo mando correspond��a al ��comes civitatis��, y por
encima de ��stos al ��dux provinciae��, que mandaba todas las
fuerzas provinciales. Estos duques provinciales con mando en las
tropas de su provincia los encontramos ya en el reino de Tolosa y
su origen, seg��n Garc��a Moreno102, estar��a en los ��duces limitus��
bajoimperiales que mandaban las tropas de guarnici��n establecidas
en una provincia fronteriza; pero fue Leovigildo quien generaliz��
que los duques provinciales fuesen comandantes militares de las
tropas establecidas en su provincia.
La importancia de estas tropas de guarnici��n frente al
ej��rcito movilizado por el rey se aprecia en los muchos alzamientos
de nobles visigodos que ejerc��an en el momento de la rebeld��a el
t��tulo de ��dux provinciae�� y se apoyaban militarmente en los
ej��rcitos de guarnici��n de su provincia, gran parte de los cuales
estar��an formados por hombres pertenecientes a su propia comitiva.
Con el paso del tiempo el ej��rcito visigodo que destacaba en
tiempos de Alarico y durante su establecimiento en Tolosa, por su
��ej��rcito de campaña�� o ��de maniobra��, se fue convirtiendo cada
vez m��s en un ej��rcito de guarnici��n, primero por las derrotas
sufridas contra los francos de Clodoveo y los ostrogodos de
Teodorico el Amalo que provocaron muchas bajas en ese ej��rcito,
pero tambi��n por la propia configuraci��n geogr��fica del reino, en

101
ORLANDIS ROVIRA. J., ��Estampas de la guerra en la España
visigoda��, p. 13.
102
GARCÍA MORENO. L.A., Hispania Visigoda, pp. 63-64.
El ej��rcito visigodo: El primer ej��rcito español

55
el que las fronteras eran escasas y en muchos casos f��ciles de
defender; en este sentido Orlandis103 señala que tras el
asentamiento en Hispania el ej��rcito visigodo no particip�� en
grandes batallas, sino que s��lo particip�� en batallas pequeñas y
todas de car��cter defensivo. Este cambio se aprecia perfectamente
en las leyes militares de Wamba y Ervigio en las que se da
much��sima importancia a este ��ej��rcito de guarnici��n��
Durante gran parte del reino visigodo hispano su ej��rcito
mantuvo enfrentamientos casi permanente con sus vecinos francos,
suevos y bizantinos. S��lo desde Suintila los visigodos dominaron
toda la Pen��nsula, tras derrotar a los bizantinos y conquistar las
��ltimas plazas que ten��an, Cartago Nova en 625, pero los
alzamientos internos siguieron siendo bastante habituales y los
levantiscos vascones siguieron protagonizando revueltas y
realizando correr��as por las tierras lim��trofes, especialmente en la
parte alta y media del valle del Ebro, hasta el ��ltimo momento del
reino, llegando a provocar que el rey Rodrigo se desplazase a
combatirlos cuando se produjo la invasi��n musulmana de 711.

103
ORLANDIS ROVIRA. J., ��Estampas de la guerra en la España
visigoda��, p. 16.
Del "Estado de poder" a la "inocencia" del Pr��ncipe

57
DEL "ESTADO DE PODER" A LA "INOCENCIA"
DEL PRÍNCIPE: REFLEXIONES SOBRE LA RAZÓN
DE ESTADO EN LA MONARQUÍA HISPÁNICA

Enrique San Miguel P��rez
Universidad Rey Juan Carlos

1. Entre Hintze y Meinecke: el Estado, su raz��n, y "el fin de la
historia" hisp��nico

"Aquella situaci��n o condici��n de una comunidad en la
que ��sta se encuentra capacitada para producir una voluntad
com��n y un obrar com��n y, por tanto, tambi��n un esfuerzo
com��n"1.

La definici��n de Estado de Otto Hintze permanece, se
dir��a, muy esencialmente vigente. Y vigente en todos sus t��rminos:
en la comunidad y su condici��n o situaci��n, en la voluntad, en el
obrar, en el esfuerzo, y en la conjunci��n de todas sus opciones,
acciones y elecciones. Pero Hintze, el prusiano que combati�� el
nazismo, y uno de esos distinguidos intelectuales alemanes que
renunciaron a toda forma de reconocimiento u honor acad��mico
previo a la pesadilla totalitaria, para elegir el ��spero itinerario del
exilio interior , es tambi��n el responsable de una concepci��n del
Estado sumamente original y, casi un siglo despu��s de su
formulaci��n, sumamente pl��stica: el Estado no es un concepto
l��gico sistem��tico, sino una noci��n ideal y, por lo tanto, una
concepci��n siempre plena de vida2. El Estado, as�� pues, se
comporta como una entidad dotada de su propia y muy
caracter��stica l��gica, como cualquier organismo vital. Y eso
significa que el Estado disfruta de su propia raz��n.

1
HINTZE, O.: Historia de las formas pol��ticas. Madrid. 1968, p. 294.
2
Ib., pp. 295-296.
Enrique San Miguel

58
Definir esa raz��n, desde el Renacimiento, ha tendido a
equivaler a su equiparaci��n con el conjunto de los g��lidos
mecanismos que posibilitan la conservaci��n y ampliaci��n de la
propia base sustentante del Estado, y en todos sus t��rminos.
Friedrich Meinecke, compatriota y riguroso contempor��neo de
Hintze, sin duda m��s contemporizador con el totalitarismo y,
suprema paradoja, m��s difundido con posterioridad, era menos
original y m��s acr��tico con la perspectiva que el propio
pensamiento cl��sico de la teor��a estatal hab��a decidido proyectar
desde los tiempos de Giovanni Botero, cuando en su Della ragione
di Stato, cuya versi��n original data de 1589, adjudicaba a su raz��n
de existencia una n��tida interpretaci��n: "el conocimiento de los
medios adecuados para fundar, mantener y aumentar un Estado"3.
Raz��n es, por tanto, instrumentos para crear, sostener y
ampliar. Y por sus instrumentos conocer��is al Estado. ¿A qu��
Estado? Llama la atenci��n la coincidencia temporal de la
finalizaci��n del libro de Botero con la Jornada de Inglaterra y la
conversi��n de Enrique de Borb��n en rey de Francia, y viene a
poner de relieve el esencial condicionante hist��rico del desarrollo
de la literatura pol��tica acerca de la teor��a de la raz��n de Estado: la
hegemon��a universal de España. Y, en virtud de su genuina
dimensi��n mundial, sin precedentes en la historia, la irrupci��n del
sentimiento de que la Historia estaba pr��xima a su final o, mejor
dicho, al primero de sus finales4, un final que se suscitaba como
consecuencia de la aparici��n de un sistema de gobierno dotado de
la pretensi��n y la virtualidad de afectar a todo el planeta.
Se trataba de un sentimiento que algunos finos escritores
como Hernando de Acuña hab��an madurado en versos dedicados a
la victoria española en Lepanto. Como es l��gico, ese sentimiento
era motivo de especulaci��n intelectual en todo el continente. Y,
como es m��s l��gico todav��a, esa mera posibilidad produc��a una
honda inquietud en las restantes Cortes europeas.

3
MEINECKE, F.: La idea de la Raz��n de Estado en la Edad Moderna.
Madrid, 1983, p. 69: "Si se pregunta, empero, qu�� empresa es mayor, la
de aumentar o la de conservar un Estado, habr�� que responder que esta
��ltima".
4
GARCÍA PELAYO, M.: Mitos y s��mbolos pol��ticos. Madrid. 1964, pp.
67 y ss.
Del "Estado de poder" a la "inocencia" del Pr��ncipe

59
Es evidente que la historia no termin�� en la Monarqu��a de
Felipe II. E, incluso, para algunas grandes personalidades de la
historia de las formas pol��ticas, esa Monarqu��a no era ni siquiera un
Estado. Por ejemplo, para Hintze. El profesor de Pomerania, que
era m��s exigente que Meinecke, pero tambi��n m��s creativo y
ganado para una distintiva voluntad de estilo, propon��a una
clasificaci��n hist��rica de los modelos de Estado que permit��a
entender mucho m��s n��tidamente sus teor��as. En esencia, las
formas estatales pod��an reducirse a cuatro grandes tipolog��as: el
"Estado de poder soberano", que se desarrollaba en el marco del
sistema europeo de Estados; el "Estado comercial", que adoptaba
una forma "capitalista burguesa"; el "Estado liberal de derecho y
constitucional", comprometido con las libertades personales de los
ciudadanos; y el "Estado nacional", que pretend��a abarcar este
conjunto de tendencias, con una n��tida "orientaci��n hacia la
democracia"5.
En t��rminos hist��ricos, Hintze delimitaba as�� las formas
estatales que se desarrollaban partiendo del Estado moderno y
finalizaban en la Rep��blica de Weimar, pasando por los grandes
imperios comerciales brit��nico y neerland��s, y el Estado liberal
decimon��nico. Si "Estado de poder soberano" y "Estado moderno"
son categor��as pr��cticamente equivalentes6, y cabr��a incardinar las
reflexiones de este trabajo dentro de este modelo, resultar��a forzoso
conocer qu�� exigencias debe satisfacer un Estado capaz de
desarrollar sus propios medios para fundar, conservar y ampliar su
espacio de soberan��a.





5
HINTZE, O.: Historia de las formas pol��ticas..., p. 299: "...la mejor
manera de designarlas es por el objetivo a que se han dirigido o mejor a��n
por el resultado que de hecho representa la acci��n de las mismas".
6
Ib., p. 302: "La soberan��a significa... el desligamiento del Estado, en
cuanto individuo, de la sujeci��n a antiguas relaciones de comunidad, y la
transici��n a una autodeterminaci��n individual. Los presupuestos de esto
son independencia hacia afuera y exclusividad del poder estatal en el
interior".
Enrique San Miguel

60
2. El "Estado de poder soberano" y su "raz��n"

De acuerdo con una concepci��n, digamos, cl��sica, los
caracteres del Estado moderno eran cinco: territorial, nacional,
mon��rquico, centralizador de los poderes p��blicos, y soberano. Es
decir: plenamente asimilables a una España que no s��lo ser��a
naci��n y Estado, sino la primera de las grandes formulaciones de
ambos principios de la historia7.
Pero algunas de las exigencias del pensador germano son
necesariamente pol��micas. Para Hintze, no exist��a la soberan��a all��
donde la autoridad civil no se hab��a "liberado" de la "tutela de la
Iglesia" (es decir, de la Cat��lica). E, igualmente, la soberan��a era
incompatible con cualquier forma de organizaci��n pol��tica
"supranacional universal". El planteamiento de Hintze se basaba en
los postulados hace m��s de dos siglos enunciados por Hegel, quien
distingu��a entre dos "sistemas de Estados", el rom��nico,
dependiente de la Iglesia, un sistema basado en la seguridad, pero
tambi��n en la servidumbre, y el germ��nico, integrado por genuinos
Estados, en el que pod��a desenvolverse "la libertad subjetiva de la
raz��n"8. Esta posici��n, que encerraba un m��s que visible prejuicio,
no resiste el m��s superficial de los an��lisis hist��ricos. Pero, como
toda visi��n maximalista, tuvo la virtud de establecer una distinci��n

7
CUEVA, M de la: La idea del Estado. M��xico D. F. 1996, pp. 49-56, y
especialmente p. 53: "La naci��n es una cultura que se integra con una
filosof��a de la vida, con una literatura y una poes��a, con un sentido de las
bellas artes, con una ��tica social, con una estructura pol��tica y con un
orden jur��dico. Es una cultura que corre sobre su lecho en busca de su
destino y cuyo motor es la libertad, que es la esencia de lo humano...".
8
HEGEL, G. W. F.: Lecciones sobre la filosof��a de la historia universal.
Madrid. 1982, p. 676: "...Era, pues, necesario que se mantuviesen fieles a
la antigua Iglesia, porque hab��a en ellos algo fijo, positivo y contrario a la
libertad del esp��ritu. Es de observar que la religi��n cat��lica es muy
recomendable para los pr��ncipes, pues colabora a la seguridad de su
gobierno... Pero esta seguridad radica en la servil obediencia religiosa; y
solo existe cuando la constituci��n pol��tica y todo el derecho del Estado
descansa todav��a en la propiedad positiva; mas si la constituci��n y las
leyes han de basarse sobre un derecho verdaderamente eterno, solo existe
seguridad en la religi��n protestante, en cuyo principio se desenvuelve la
libertad subjetiva de la raz��n".
Del "Estado de poder" a la "inocencia" del Pr��ncipe

61
que, por supuesto, amputaba radicalmente la posibilidad de que en
pa��ses como esa España de la dependencia y la servidumbre,
pudiera desarrollarse una raz��n de Estado que necesitaba de la
libertad para su mera existencia.
El an��lisis de Otto Hintze sumaba a las categor��as
hegelianas una perspectiva sumamente reduccionista. Él mismo
reconoc��a que, de acuerdo con sus categor��as cient��ficas,
probablemente s��lo Francia e Inglaterra merec��an ser consideradas
como Estados de poder soberano (yo dir��a que, con estas pautas, ni
siquiera Francia e Inglaterra) y ni que decir tiene que si exist��a una
formaci��n pol��tica e institucional que en modo alguno disfrutaba
de soberan��a era el "Imperio Español" (de acuerdo con la
terminolog��a de Hintze) o el Imperio Austro-H��ngaro,
abiertamente asociados en la comparaci��n por el escritor alem��n.
En resumen: si la existencia de un Estado de poder era inseparable
de la soberan��a, imposible se antojaba tambi��n la raz��n de Estado
en España.
Ni que decir tiene que en España no se ha compartido esta
interpretaci��n tan esquem��tica de uno de los per��odos m��s
fecundos de su historia. Ya Enrique G��mez Arboleya sosten��a casi
exactamente lo contrario de Hintze, cuando afirmaba que España
hab��a conseguido transformar "el caos del mundo moderno en
cosmos de pensamiento y vida"9. La "soberan��a", en la visi��n de
Hintze, equival��a al "desligamiento del Estado, en cuanto
individuo, de la sujeci��n a antiguas relaciones de comunidad, y la
transici��n a una autodeterminaci��n individual"10. En la Monarqu��a
de España, la concepci��n soberana es a la vez "nacional" y
universal. Esa es la originalidad de la Monarqu��a Cat��lica como

9
GÓMEZ ARBOLEYA, E.: Estudios de teor��a de la sociedad y del
estado. Madrid. 1982, pp. 185 y 216-217: "...lo que comenz�� con una
afirmaci��n del orden c��smico termina con una instauraci��n del orden
hist��rico. La armon��a jer��rquica sostiene el mundo del ser y el orbe del
devenir. Sobre el hombre, como individualidad ��tica, se alza el Estado,
como totalidad moral; sobre ��ste, todo el orbe hist��rico, como unidad de
destino humano. Y el conjunto: orden c��smico y humano, tiene una sola
meta trascendente y valiosa, unitaria y constante: la mayor gloria de
Dios".
10
HINTZE, O.: Historia de las formas pol��ticas, p. 302: "...en cualquier
caso, se excluye todo empleo de la coacci��n dentro del Estado que no
provenga del poder estatal mismo".
Enrique San Miguel

62
forma de organizaci��n que hace honor al sustantivo y al adjetivo.
Una originalidad que expresa la vocaci��n estatal renacentista, pero
que tambi��n da continuidad al proyecto de universalidad cat��lica
medieval11.
Hintze sosten��a que la noci��n de soberan��a era, ante todo,
hist��rica12. La configuraci��n de la autoridad de acuerdo con un
sistema jur��dico, un concepto esencial a la Recepci��n del Derecho
Com��n, y el modelado de una concepci��n iusc��ntrica de la
sociedad que ven��a a reemplazar a la teoc��ntrica, reemplazaba a las
teor��as que hab��an tratado de razonar la soberan��a en t��rminos
abstractos, como una propiedad del poder estatal que no depend��a
de ninguna instancia pol��tica. De este modo, Hintze adelantaba
posiciones respecto a Jellinek o Heller, y acertaba a enraizar el
discurso en un territorio disciplinar necesariamente muy pr��ximo a
las inquietudes b��sicas del historiador del Derecho.
Meinecke, sin embargo, consideraba que la existencia del
Estado no depend��a tanto de la ostentaci��n de la soberan��a como de
su capacidad de autodefensa, as�� como del establecimiento de
formas de poder equilibradas. El pensamiento de Meinecke no
estimaba tan relevante discernir si la existencia del Estado
precisaba del previo requisito de la soberan��a, o lo que es lo
mismo, de un poder que estableciera sus propios mecanismo de
equilibrio y control con car��cter autoreferenciador, como en
adjudicar a cada Estado que lo es realmente un esquema de
actuaci��n de acuerdo con un objetivo general que otorgara sentido
a su propia plausibilidad. Esa era la "raz��n de Estado" de acuerdo
con los planteamientos del historiador saj��n. Y, por lo tanto, ese
concepto resultaba plenamente detectable en toda formaci��n
pol��tica digna de esa caracterizaci��n estatal13.

11
ROUCO VARELA, A. M.: Estado e Iglesia en la España del siglo XVI.
Madrid. 2001, pp. 127 y ss.
12
HINTZE, O.: Historia de las formas pol��ticas..., p. 303: "...soberan��a
del pr��ncipe con tendencia al absolutismo, el cual se asocia f��cilmente con
la validez exclusiva absoluta del poder estatal, pero que solamente
aparece en pa��ses donde el territorio estatal ha sido creado de nuevo
mediante la pol��tica mon��rquica centralizadora".
13
MEINECKE, F.: La Idea de la Raz��n de Estado..., pp. 1-2: "Para cada
Estado hay en cada momento una l��nea ideal del obrar, una raz��n de
Estado ideal. Conocerla es el esfuerzo y el af��n, tanto del pol��tico
Del "Estado de poder" a la "inocencia" del Pr��ncipe

63
Y, lo que resultaba m��s significativo, para Meinecke la
ultima ratio delimitadora de la existencia o ausencia de la raz��n de
Estado era la propia racionalidad, en primer lugar, en la
conformaci��n intelectual del pr��ncipe, y en su cualificaci��n para la
tarea de gobierno y, en segundo t��rmino, en la aplicaci��n de la
misma racionalidad en la adopci��n y ejecuci��n de las decisiones14.
La acci��n pol��tica quedaba, de esta forma, abierta al ��mbito de la
aportaci��n cient��fica, convertida en una dedicaci��n presidida por
pautas plenamente objetivas y racionales. La raz��n de Estado
quedaba as�� atribuida al espacio en el que se desenvolv��a con m��s
naturalidad la inteligencia, y no tanto la fuerza.
La raz��n de Estado dicta los imperativos de la propia
subsistencia, a poder ser saludable, de la formaci��n estatal. Y el
pr��ncipe tiene la obligaci��n de poner toda su inteligencia y su
diligencia, su astucia y su prudencia en acci��n, al servicio de ese
prop��sito15. Por eso, la fuerza del Estado no era una variable
neutra, sino que se manten��a solamente si se desarrollaba y crec��a.
Ser humano y Estado coincid��an, por lo tanto, en su identidad
compartida, Meinecke dir��a "anfibia", en cuanto entes morales,
pero tambi��n anclados en el estado de naturaleza. Pero el Estado se

actuante, como del historiador que dirige su mirada hacia el pasado.
Todos los juicios valorativos sobre el obrar pol��tico no son otra cosa que
ensayos para descubrir el secreto de la verdadera raz��n de Estado del
Estado en cuesti��n...
...La peculiar idea vital del Estado individual tiene, pues, que
desarrollarse dentro de una conexi��n f��rrea de causa y efectos. Vivir libre
e independientemente no significa otra cosa para el Estado que seguir la
Ley que le dicta su raz��n de Estado".
14
MEINECKE, F.: La idea de la Raz��n de Estado..., p. 8: "...La raz��n de
Estado exige, en efecto, ante todo y sobre todo, una gran racionalidad y
adecuaci��n en el obrar pol��tico. La raz��n de Estado exige del pol��tico que
se eduque en su sentido y que se transforme humanamente, que se domine
a s�� mismo, que reprima sus afectos y sus inclinaciones o repugnancias
personales para entregarse plenamente al cometido objetivo del bien del
Estado".
15
FERNÁNDEZ-ESCALANTE, M.: Álamos de Barrientos y la teor��a de
la raz��n de Estado en España (Posibilidad y frustraci��n) Barcelona.
1975, pp. 167 y ss. Cfr. igualmente MEINECKE, F.: La idea de la
Raz��n de Estado..., p. 1: "La raz��n de Estado es la m��xima del obrar
pol��tico, la ley motora del Estado. La raz��n de Estado dice al pol��tico lo
que tiene que hacer, a fin de mantener al Estado sano y robusto"
Enrique San Miguel

64
encontraba, por su propio ser, obligado al "uso y el abuso" de sus
facultades, al servicio, cabe insistir, de su creaci��n, sostenimiento y
ampliaci��n16.
El mejor testimonio hist��rico de los planteamientos de
Meinecke se correspond��a con la trayectoria de los Imperios, desde
luego Estados tambi��n en la perspectiva del pensador alem��n, que
en absoluto descartaba de su perspectiva de an��lisis la trayectoria
hist��rica de España. Eso significa que el estudio de la raz��n de
Estado en la Monarqu��a Hisp��nica es, en primer lugar, posible. Y,
siguiendo con los perfiles delimitados por Meinecke, habr��a de
atender a sus estrategias y objetivos, es decir, a sus "caminos y
metas", para discernir su raz��n de ser, que a partir de la
culminaci��n de su propio proceso de creaci��n, en 1580, ser��a ni
m��s ni menos que la pervivencia de su sistema imperial17.

3. De la adquisici��n gracias a la fuerza a la conservaci��n
mediante la sabidur��a: la Monarqu��a Hisp��nica, y su raz��n,
seg��n sus cr��ticos

La mejor forma de medir la verdadera grandeza de un
sistema pol��tico con vocaci��n de hegemon��a universal es conocer
el examen hist��rico de sus cr��ticos, y no digamos de sus enemigos.

16
Ib., p. 17: "...la 'necesidad pol��tica', que hace ilusorios los v��nculos del
Derecho y de la moral, tiene un lado ��tico y un lado elemental, y es que el
Estado es un ser anfibio que vive en el mundo ��tico y en el mundo de la
naturaleza. Tambi��n todo hombre y toda construcci��n humana son un
anfibio en este sentido, pero aqu��l y ��ste se encuentran bajo la coacci��n
del Estado, el cual sanciona todo abuso de los impulsos naturales, al
menos en lo que violan las leyes vigentes. El Estado mismo, en cambio,
se encuentra en la necesidad de practicar, a la vez, el uso y el abuso de un
impulso natural".
17
SAN MIGUEL PÉREZ, E.: La Monarqu��a, los Reinos de la Corona de
España y sus just��simas causas en el pensamiento de Gregorio L��pez. De
la ciencia del gobierno al realismo pol��tico y jur��dico. Madrid. 2003, p.
5: "La Casa de Austria hab��a culminado su hist��rico proyecto aglutinador
de los territorios de la antigua Monarqu��a de España, y ahora la directriz
esencial de gobierno obedec��a a una naturaleza distinta: conservar el
nuevo complejo pol��tico tan trabajosamente levantado".
Del "Estado de poder" a la "inocencia" del Pr��ncipe

65
Y, cuando se analiza la extensi��n y, sobre todo, calidad de los
pensadores y tratadistas que convirtieron su raz��n de existir en la
detecci��n de las debilidades, la erosi��n de la fortaleza, la
cualificaci��n o descalificaci��n de virtudes y defectos, o todas las
anteriores, cuando enjuiciaron a la Monarqu��a Hisp��nica, puede
aventurarse que, realmente, su proyecto imperial, el primero
genuinamente mundial y "global" de la historia, revisti�� una
dimensi��n hist��rica absolutamente imponente18.
Unas reflexiones te��ricas tan breves y modestas como las
que ocupan estas l��neas no pueden aspirar sino a ocuparse de
algunos de esos te��ricos. Y a este respecto debo confesar,
abiertamente, mi debilidad por dos: Giovanni Botero y Traiano
Boccalini.
Giovanni Botero era, como John Kennedy de Ted
Sorensen, "el banco de sangre intelectual" de Carlos Borromeo,
arzobispo de Mil��n, despu��s canonizado, y justamente considerado
como el prototipo episcopal posterior al Concilio de Trento, y ello
tanto en cuestiones de dogma como en asuntos de gobierno. Años
atr��s tuve la oportunidad de constatar la gigantesca estatura
hist��rica del prelado lombardo, y sus poco amistosas relaciones
con Felipe II de España19. Pero no me ocup�� de su secretario,
jesuita piamont��s, legendario por su car��cter cascarrabias, y su
muy piamontesa animadversi��n de juventud hacia España, rasgos
despu��s sosegados por Carlos Borromeo, pero no lo suficiente
como para posibilitar que su disc��pulo y secretario llegara a
integrarse dentro de los cuadros directivos de la Monarqu��a
Hisp��nica20.
Dicen que Botero era un hombre muy destemplado. Lo que
resulta indiscutible es la delicadeza y lucidez de su visi��n de la
acci��n de gobierno, y de la diferencia entre la fuerza que permite el

18
GÓMEZ ARBOLEYA, E.: Estudios sobre teor��a..., pp. 185-186: "El
nervio b��sico del siglo de oro español es la idea cat��lica. En efecto, la
gran idea del mundo como un todo creado es el horizonte en que respira
toda la filosof��a y la vida española".
19
SAN MIGUEL PÉREZ, E.: "El Dominio de Mil��n y el sistema imperial
de Felipe II. La Instrucci��n de gobierno de Alonso P��rez de Guzm��n de
1581". Estudios de Historia del Derecho Europeo III, pp. 321-332.
Madrid. 1995, pp. 322 y ss.
20
MEINECKE, F.: La idea de la Raz��n de Estado..., pp. 68 y ss.
Enrique San Miguel

66
acceso al poder, y la sabidur��a que posibilita su mantenimiento, y
es que la fuerza la pueden utilizar muchos, por no decir todos, pero
la sabidur��a unos pocos21. Botero recomendaba al pr��ncipe, adem��s,
singularmente en el escenario italiano, establecer las mejores
relaciones posibles con las ciudades y, sin duda, no romper nunca
la relaci��n con la Iglesia, extremos ambos que se encontrar��an
siempre muy presentes en las Instrucciones de gobierno de la
Monarqu��a Hisp��nica.
Las sugerencias del sagaz Botero se expresan de una
manera m��s descarnadamente l��cida en el pensamiento de uno de
sus m��s rigurosos contempor��neos, Traiano Boccalini, procedente
de Loreto, en la costa adri��tica de las Marcas, entonces
pertenecientes a los Estados Pontificios. En Boccalini, que habr��a
de terminar sus d��as al servicio de la siempre astuta Signoria
veneciana, la raz��n de ser de la Monarqu��a obedece a dos
requisitos imprescindibles: el inter��s y la unidad religiosa. El
primero, porque "mueve la lengua del pr��ncipe, no la justicia ni el
amor por el bien com��n". La segunda, porque "all�� donde hay dos
religiones hay tambi��n dos cabezas en el Estado" y, por lo tanto,
debe el pr��ncipe asegurar, dentro del necesario proceso de
concentraci��n del poder que lidera, que no exista en su Estado m��s
que una religi��n, que as�� contribuya a su propia unidad y
estabilidad interna, y no a su fractura22.
Partiendo de estos presupuestos, Botero y, sobre todo,
Boccalini, entienden que el modelo de Estado de su tiempo es una
España de la que, dir�� el pensador de Loreto, "ninguna Naci��n es
m��s cauta, m��s vigilante", si bien su virulenta aversi��n a España le
llevar��a afirmar que el eje explicativo de la pervivencia en el
tiempo del control español sobre Italia radicaba en su "crueldad".
Boccalini, en todo caso, ten��a una posici��n muy esc��ptica respecto
de las bondades de las entidades estatales, como habr��a de hacer

21
Ib., p. 69.
22
Ib., pp. 78 y 86: "el hombre pol��tico convierte en m��xima de su obrar
la de que, por encima de todo, se encuentra la necesidad de afirmarse y
mantenerse en el Estado, y llevado por esta m��xima pisotea todos los
otros valores del cielo y de la tierra"
"Como las herej��as modernas se han convertido en intereses de los
Estados, aqu��llos ya no se deciden por los concilios, ni con disputas o
decretales, sino por la fuerza de las armas"
Del "Estado de poder" a la "inocencia" del Pr��ncipe

67
notar Jos�� Antonio Maravall23, una aversi��n cuyas ra��ces muy
probablemente se ubican en su n��tida percepci��n de los perfiles no
ya estatales, sino h��per-estatales, de la Monarqu��a de España.
Botero, en cambio, aspiraba a la construcci��n de una ciencia del
gobierno desprovista de aristas, una teor��a que Luis Gonz��lez Seara
ha calificado como "conciliadora, armoniosa", frente a la
radicalidad antiespañola de Boccalini24.
Cabe pensar que, en los propios medios dirigentes de la
Monarqu��a Hisp��nica, el sentido de la raz��n de Estado obedec��a a
ese mismo criterio pragm��tico y racional. Pero no solamente. O a
un criterio pragm��tico y racional en absoluto reñido con una
profunda vocaci��n moral. El pensamiento español del Siglo de Oro
imprime a la pol��tica, como ciencia del gobierno, una
imprescindible dimensi��n ��tica. Y eso no comporta la existencia de
una presunta incompatibilidad entre el desarrollo t��cnico del arte
del gobierno y su integraci��n dentro de una concepci��n
trascendente de la acci��n humana y su proyecci��n p��blica.
La cruda Realpolitik que se promueve desde otras Cortes
no es desconocida para la literatura pol��tica del sistema imperial
español. Pero sus tratadistas albergan la suprema ambici��n pol��tica
y espiritual de poner el arte pol��tico al servicio de un ideal
genuinamente cat��lico, universal25. Y, en este sentido, puede
acudirse a algunos de los tratadistas de la Monarqu��a que tanto
desde una perspectiva perif��rica como metropolitana, no vacilaron
en respaldar el proyecto universal de una Monarqu��a que, por
primera vez en la historia, imprimi�� sentido a su adjetivaci��n como
Cat��lica.

23
MARAVALL, J. A.: Teor��a del Estado en España en el siglo XVII.
Madrid. 1997, p. 376.
24
GONZÁLEZ SEARA, L.: El poder y la palabra. Idea del Estado y vida
pol��tica en la cultura europea. Madrid. 1995, pp. 214-215.
25
GÓMEZ ARBOLEYA, E.: Estudios de teor��a..., p. 202: "...se iba
alzando, as��, este absolutismo del Estado, desarraigado de la teolog��a y del
dec��logo...
Los autores españoles intentan detener esta progresiva ascensi��n racional
en dos maneras. Por una, vinculando el poder a la comunidad pol��tica,
esto es, d��ndole l��mite y contorno humano. Por otro, enlazando virtud
pol��tica -la virt��- y virtud moral, esto es, uniendo los dictados de la
providencia y la conducta del hombre".
Enrique San Miguel

68

4. La prudencia, "un h��bito del intelecto pr��ctico", como
expresi��n de la teor��a de la raz��n de Estado en España

Uno de esos tratadistas "perif��ricos", aunque si una
localizaci��n era verdaderamente central en el sistema imperial
español era su "plaza de armas" de Mil��n, ser��a Ludovico Settala.
Contempor��neo y compatriota de Giovanni Botero y de Traiano
Boccalini, era milan��s, y fiel s��bdito de una Monarqu��a a la que
serv��a con racional, tenaz y convencida ausencia de pasi��n.
Su pensamiento, expresado en una obra que culmin�� en los
��ltimos años de su prolongada existencia y se edit�� en 1627 bajo el
t��tulo Della Ragion di Stato, era simple y contundente: "la pol��tica
tiene por objetivo principal el bien p��blico, mientras que la raz��n
de Estado procura preferentemente el bien de los que son los jefes
de la Rep��blica; aqu��lla siempre se muestra con cara honrada y
piadosa, ��sta con aspecto frecuentemente malvado y cruel"26.
Pero Settala hace singular ��nfasis en la necesidad de
asociar inteligencia y prudencia... "un h��bito del intelecto pr��ctico,
llamado prudencia o sagacidad, mediante el cual los hombres,
despu��s de la consulta, resuelven acerca de los medios y los modos
con los que pueden establecer o conservar la forma del dominio en
la que se encuentran". El pensador lombardo fund��a esta cualidad
pol��tica con otras dos, la honradez y la virtud, para componer un
muy singular fresco de cualidades pol��ticas, sumamente vigente en
el tiempo pero, desde luego, tambi��n muy expresivo de la
mentalidad barroca27.
La propuesta del Siglo de Oro español, en efecto, se
encontraba nada ret��ricamente comprometida con un ideal ��tico
cuyos fundamentos han sido atribuidos por autores como Barzun al
propio sentimiento de responsabilidad que recae sobre la
Monarqu��a de Carlos V y sus pensadores cuando toman adecuada
conciencia de la verdadera dimensi��n universal de su sistema
imperial, y se corona en la sensatez y justicia que denotan los

26
SETTALA, L.: La Raz��n de Estado. M��xico D. F. 1988, p. 45.
27
Ib., p. 57.
Del "Estado de poder" a la "inocencia" del Pr��ncipe

69
principios observados por Alonso Quijano28. Carlos V o Felipe II
son inexplicables sin el Quijote.
Pero no tienen nada que ver con el "quijotismo". Porque el
"quijotismo", o lo que es lo mismo, la construcci��n de un mito
pol��tico, con vocaci��n adem��s de caracterizaci��n nacional, que
adjudica a la Monarqu��a de España y a sus centros rectores una
presunta identidad ingenua, f��cil v��ctima del crudo, ego��sta y
perverso realismo de sus malignos vecinos, es una construcci��n tan
gratuita como falsa. Porque, para empezar, desconoce el sentido y
el significado del Quijote. A riesgo de reiterar lo obvio, España fue
un Estado europeo del Renacimiento y del Barroco m��s. Mejor
dicho, con dos particularidades: fue el primero digno de la
caracterizaci��n como "moderno", y adem��s cre�� y conserv��
durante un siglo y medio el primer sistema imperial de gobierno de
alcance verdaderamente universal de la historia. Haciendo
abstracci��n de estos dos signos distintivos, no existe una
excepcionalidad hist��rica española. España no es diferente.
Lo que fue España, y lo fueron sus pr��ncipes ya desde el
siglo XV, es inteligente. Y mucho. No se construye un sistema
imperial sin inteligencia. Settala sosten��a que la protecci��n m��s
eficaz de la vida del pr��ncipe era su propia bondad, invocando el
legendario "me acompaña mi inocencia; mi defensa es el amor de
mi pueblo" que respond��a el rey Alfonso V de Arag��n a todos
cuantos expresaban su inquietud por verle pasear sin escolta por
cualquiera de sus capitales, y muy singularmente por su adorada
N��poles29.
El triunfo del t��pico de una España oscurantista, enemiga
de la ciencia, la creaci��n y la investigaci��n, del emprendimiento y
del comercio, habitada por fan��ticos irracionales y holgazanes,
abrumados por su propia grandeza, un t��pico magistralmente
descrito por el mism��simo Hegel30, adem��s de falsear y

28
BARZUN, J.: Del amanecer a la decadencia. Madrid. 2001, p. 205.
29
SETTALA, L.: La Raz��n de Estado..., pp. 63-64.
30
HEGEL, G. W. F.: Lecciones sobre la filosof��a..., p. 676: "...Los
españoles son el pueblo del honor, de la dignidad personal individual y,
por tanto, de la gravedad en lo individual. Este es su car��cter principal.
Pero en ��l no hay un verdadero contenido; pues ponen la dignidad en el
nacimiento y en la patria, no en la raz��n. Su caballerosidad ha descendido
as�� hasta convertirse en un honor inerte, que es bien conocido: la grandeza
Enrique San Miguel

70
desprestigiar la imagen hist��rica de nuestro pa��s, revisti�� unas
consecuencias completamente inesperadas en la propia España, en
donde no fueron poco los que asimilaron y adoptaron con enorme
convicci��n esta interpretaci��n aberrante de su historia. Con estos
presupuestos, el estudio de la teor��a de la raz��n de Estado en el
territorio metropolitano de la Monarqu��a podr��a considerarse una
tarea de extrema dificultad.
Sin embargo, existen figuras verdaderamente eminentes
del pensamiento español del Siglo de Oro que, a pesar de no ser
seguidoras de Maquiavelo, sino de T��cito, o por esa misma raz��n,
desarrollaron un muy elaborado y original edificio doctrinal. El
caso m��s relevante es el del castellano Baltasar Álamos de
Barrientos, que concluye su obra m��s representativa, su T��cito
español ilustrado con aforismos en 1594, coincidiendo en el
tiempo con obras como el Tratado de Rivadeneira (1594) o De
rege et regis institutione de Juan de Mariana (1599) en plena Edad
de Oro de un pensamiento español que, adem��s de su ciencia
pol��tica, desarrolla un sistema de gobierno y administraci��n cuya
cualificaci��n y eficacia se considera desde los propios centros
rectores de la Monarqu��a como esencial a su propia subsistencia31.
Un sistema imperial que, por cierto, en los ��ltimos años del reinado
de Felipe II y los primeros del reinado de Felipe III no se
encontraba precisamente en decadencia, sino en su c��spide32.
Pero, en esta contribuci��n, me gustar��a ponderar la
vocaci��n realista del pensamiento de Álamos de Barrientos en dos
sentidos: en primer t��rmino, el acad��mico, porque el gran tacitista
español es un autor que define la pol��tica, ante todo, como una
disciplina cient��fica; pero, igualmente, tambi��n en sentido pr��ctico,
con una plena voluntad de servir al gobierno y conservaci��n, sobre

hisp��nica. En la industria han permanecido rezagados; las clases del
Estado no han logrado la independencia. El Estado y la Iglesia no se han
encontrado en oposici��n, porque ambos han dejado inc��lume aquella
dignidad individual...".
31
SAN MIGUEL PÉREZ, E.: "En torno al Derecho Com��n y la ciencia
jur��dica de la Monarqu��a Hisp��nica en el Barroco". Le Droit Commun et
l'Europe. Journ��es Internationales d'Histoire du Droit de l'Escurial, pp.
273-283. Madrid. 2000, pp. 273 y ss.
32
STRADLING, R. A.: Europa y el declive de la estructura imperial
española, 1580-1720. Madrid. 1992, pp. 75 y ss.
Del "Estado de poder" a la "inocencia" del Pr��ncipe

71
todo conservaci��n, de la Monarqu��a. Porque Álamos de Barrientos
es, probablemente, el pensador que m��s n��tidamente detecta que el
objetivo de la Monarqu��a Hisp��nica, en cuanto forma de gobierno
universal, no debe ser la constante expansi��n, sino su
consolidaci��n y mantenimiento, culminada esa fase expansi��n
imperial que, seg��n otro incondicional morador de la Monarqu��a,
como Campanella, era el corolario natural del esp��ritu que hab��a
venido madurando durante la Reconquista 33.
Por eso, Álamos de Barrientos persigue construir un
esquema de an��lisis cient��fico, y pretende que el saber espec��fico
del pr��ncipe, como hombre de gobierno, sea la "ciencia de guerra y
Estado"34. No puede expresarse m��s l��cidamente la concepci��n
tacitista y, por consiguiente, un profundo y desarrollado sentido del
realismo pol��tico, que esta afirmaci��n de Baltasar Álamos de
Barrientos.
Muy interesante resulta, finalmente su teor��a de las tres
"experiencias" que deb��a sumar el pr��ncipe si es que deseaba
completar su cualificaci��n para el ejercicio de la tareas de
gobierno. Ya Maquiavelo manten��a que el hombre de Estado deb��a
disfrutar de una "larga experiencia de las cosas modernas y una
continua lecci��n de las antiguas". Álamos de Barrientos opone a la
visi��n maquiav��lica la realista, m��s elaborada, y tambi��n m��s
precisa en cuanto a la delimitaci��n de las prioridades:
- El quehacer pol��tico propio, es decir, la propia trayectoria
como verdadero estadista.
- Los ejemplos ajenos, que se deducen de un profundo
conocimiento de la historia
- La historia propiamente considerada, que se convierte en
un rengl��n de estudio esencial a la profesi��n pol��tica.

33
CAMPANELLA, T.: "Monarqu��a de España". La Pol��tica, pp. 73-159.
Madrid. 1991, pp. 75 y ss.
34
ÁLAMOS DE BARRIENTOS, B.: Aforismos al T��cito Español I.
Estudio preliminar de J. A. Fern��ndez Santamar��a. Madrid. 1987, p. 154:
"El Pr��ncipe es bien que se diferencia y haga ventaja a los dem��s
particulares en alg��n g��nero de ciencia, que no sea com��n a todos; que
aun esto har�� que se le tenga mayor respeto y veneraci��n, no menor que
por la dignidad Real, como ser�� la ciencia de guerra y Estado"
Enrique San Miguel

72
De esta forma, la teor��a de la raz��n de Estado adquiere una
formulaci��n sistem��tica, atenta a las enseñanzas que se derivan de
dominios cient��ficos tan esenciales para la adecuada educaci��n de
un hombre de gobierno como la historia, pero tambi��n al bagaje
vital y experiencial del propio servidor p��blico que se sabe siempre
inmerso en un continuo proceso de formaci��n para la acci��n
pol��tica, y los grandes testimonios que depara el acontecer pol��tico.
La teor��a de la raz��n de Estado se convierte en una realidad
perfectamente delimitada y definida en la Monarqu��a de España,
cuando no adquiere un desarrollo y profundidad en sus
planteamientos y en sus hallazgos a la altura de lo que cabe esperar
en el Siglo de Oro español. Siglo de Oro de unas bellas artes en las
que cabe incluir, plenamente, y por derecho propio, a la pol��tica.

5. Consideraciones finales: una Monarqu��a basada en la
inteligencia y en la racionalidad, un Imperio sustentado sobre
la competencia y el pragmatismo

El sistema imperial español no fue una excepci��n: como
todos los grandes sistemas imperiales de la historia, es decir, como
todos los que acertaron a prolongarse en el tiempo, no fue
consecuencia de la mera exhibici��n de fuerza o de los ��xitos
militares, sino de la adecuaci��n entre objetivos y medios
materiales, entre finalidades y recursos, del ajuste entre la adopci��n
razonada de las decisiones, y el realismo pol��tico con el que se
procedi�� a su administraci��n y aplicaci��n.
El juicio de sus adversarios, y no digamos de sus
enemigos, no deja lugar a dudas: el talento, la prudencia y la
sabidur��a sostuvieron a la Monarqu��a Hisp��nica. Una Monarqu��a
dotada de sentido estatal, de virtualidad hist��rica, y como tal
reconocida por sus contempor��neos e, insisto, muy singularmente
los m��s abiertamente partidarios del fracaso de su esquema
imperial, pero tambi��n por sus intelectuales, dentro y fuera de su
espacio metropolitano.
Como es natural, y cabe constatar en cualquier clase de
formaci��n estatal, la Monarqu��a de los Austrias españoles delimit��
con nitidez su propia raz��n de ser. No parece posible dominar el
mundo, y dominarlo durante un siglo y medio, y despu��s mantener
Del "Estado de poder" a la "inocencia" del Pr��ncipe

73
durante otro siglo y medio un estatuto de gran potencia, sin una
n��tida percepci��n de los medios para fundar, conservar y ampliar
un Estado.
Es posible que, como sosten��a con amargura Campanella,
los españoles no hubieran sabido nunca hispanizar y atesorar, es
decir, aculturar al modo de la romanizaci��n, y mucho menos crear
un erario p��blico digno de esa denominaci��n. Transcurridos cuatro
siglos desde la composici��n de la producci��n de Campanella, sin
embargo, parece indiscutible que ninguna otra de las naciones
modernas acert�� a construir un espacio de cultura tan amplio como
el hisp��nico. Y de un an��lisis detallado de la actuaci��n de los
centros de gobierno de la Monarqu��a de España se deduce que fue
mucho m��s competente, m��s cualificada, y m��s eficaz de lo que la
historiograf��a abonada al masoquismo nacional hab��a nunca
llegado a reconocer, empeñada en retozar sobre las praderas de la
lamentaci��n y de los complejos.
Eso signific�� que, cuando tras la finalizaci��n de la Guerra
de Sucesi��n a la Corona de España, se estableci�� un sistema
pol��tico de Estados basado en el af��n de equilibrio, y superaci��n de
un ideal hegem��nico, es decir, el sistema largamente perseguido
por los tratadistas que, en plena c��spide del sistema imperial
español, debat��an acerca de su l��gica interna, siempre racional, y
de la consiguiente oportunidad de su sostenimiento, o lo contrario,
la posici��n de la Monarqu��a de España, privilegiada a ambas orillas
del Atl��ntico, seguir��a reclamando una atenci��n preferente por
parte de las restantes potencias35. El Estado hab��a sabido preservar
su raz��n. Como en las mejores ��pocas de la historia de una España,
tambi��n por este concepto, tan n��tidamente prefiguradora de la
modernidad.

35
DUCHHARDT, H.: La ��poca del Absolutismo. Madrid. 1992, p. 115.
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

75
JUAN EVERARDO NITHARD, UN JESUITA
AL FRENTE DE LA MONARQUÍA HISPÁNICA

Ignacio Ruiz Rodr��guez
Universidad Rey Juan Carlos

1.- Introducci��n

Antes de introducirnos en materia, no est�� de m��s recordar
que el presente trabajo tiene como principio dos obras que no hace
mucho tiempo publicamos. La primera de ellas, Juan Jos�� de
Austria en la Monarqu��a Hisp��nica. Entre la pol��tica, el poder y la
intriga, Madrid, 2007; mientras que la segunda es la que vine a
intitular Fernando de Valenzuela. Or��genes, ascenso y ca��da de un
Duende de la Corte del Rey Hechizado, Madrid, 2008. En ellas se
encontrar�� con mayor profusi��n muchos de los datos que aqu�� han
sido eliminados, tales como las fuentes y bibliograf��a que me
permitieron elaborarlas, as�� como un amplio aparato cr��tico en sus
correspondientes notas al pie de p��gina.

2.- Los preliminares del matrimonio de Felipe IV con su
sobrina Mariana

La muerte del pr��ncipe Baltasar Carlos, que hubiese sido el
heredero natural de la Monarqu��a, habr��a de traer una sorpresa a las
cortes europeas, materializada en forma de matrimonio. En efecto,
el por entonces viudo Felipe IV, que lo era desde el fallecimiento
en 1644 de Isabel de Borb��n, y alegando razones de Estado, vino a
convenir con el Emperador el enlace con su sobrina Mariana. Si de
rizar el rizo se trataba, est�� claro que lo hab��a conseguido.
Esta acci��n era justificada frente a todos por el propio
monarca español, que alegando un conjunto amplio de razones
determinaba la necesidad de contraer un nuevo matrimonio. As��,
analizando aquel decreto regio, observaremos que no hab��a tiempo
Ignacio Ru��z Rodr��guez

76
para las lamentaciones por la muerte del pr��ncipe Baltasar Carlos,
sino que urg��a engendrar a un heredero:

��Decreto de Su Majestad escrito todo de su real mano,
sobre la resoluci��n de casarse con la seren��sima señora
archiduquesa Mariana de Austria.
Aunque he mostrado en todas ocasiones la satisfacci��n que
tengo de el Consejo, y lo que deseo favorecerle, no me parece que
quedar�� satisfecho, si en los negocios de mayor importancia, y que
m��s inmediatamente tocan a mi persona, y al bien de estos reinos,
tomara su parecer, pues al paso de sus obligaciones, as�� estoy
cierto que desvelar�� y procurar�� consultarme lo que tuviera por
m��s conveniente��.

No tardar��a el monarca en indicar expresamente a todos
que hab��a tomado resoluci��n de contraer un nuevo matrimonio
desde el mismo momento del fallecimiento del que hab��a sido
llamado a heredar la Monarqu��a Hisp��nica:

��Desde que muri�� el pr��ncipe (que goce de Dios) resolv��
entrar en segundo matrimonio, habi��ndome costado harto el
vencer mi propia inclinaci��n, pues aseguro al Consejo, que era
bien contraria a este estado, pero pareci��ndome que deb��a yo
sacrificarme por el mayor bien de mis vasallos, y de estos reinos, y
que debi��ndoles tan gran amor, y lealtad solo pod��a pag��rsela
haciendo por ellos lo m��s que estaba en mi mano, que es vencerme
a m�� mismo por su alivio, y consuelo. Tom�� esta resoluci��n y
orden�� al Consejo de estado que discurriese, y me consultase
sobre los sujetos que juzgaban ser��an a prop��sito para mi esposa.
Y aunque cuando se trat�� el casamiento de mi hijo, me hab��a
hecho la consulta que ver��is, en que hablaba en todos los que
hab��a para su matrimonio, con todo eso volvi�� a hacer las dem��s
que van inclusas, y juntamente se pidi�� su parecer a los consejeros
ausentes, y al Almirante, y marqu��s de Velada, que aunque no lo
son, me pareci�� conveniente ped��rsela por las noticias, que
pr��ximamente han adquirido en los puestos que han ocupado en
mi servicio.
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

77
Todas estas consultas y papeles os remito, para que
habi��ndolos visto, y considerado con la atenci��n tan grave materia
requiere, y pidiendo a Dios os encamine a lo que fuere mayor
servicio suyo, me d�� el consejo su parecer. Yo espero en su infinita
misericordia que precediendo el de tan grande tribunal, y el de mis
consejeros de Estado, me alumbrar�� para que yo acierte a elegir
tal sujeto para esposa, que nos podamos prometer por medio de
este matrimonio larga sucesi��n en estos reinos, que sea firme
columna en que estribe la religi��n cat��lica, y que los veamos en el
estado que primero tuvieron, y con lustre, autoridad en toda
Europa, que tan justamente alcanzaron en tiempo de mis gloriosos
predecesores.
Señalado tambi��n de la Real mano de Su Majestad, y la
fecha y direcci��n al presidente. Madrid a cuatro de enero de mil
seiscientos cuarenta y siete. Al presidente del Consejo��.

Pero, claro, para ello nuevamente habr��a de acudirse al
Santo Padre para solicitar la correspondiente dispensa, que ahora
parec��a todav��a m��s complicada que la anteriormente realizada, la
que permit��a contraer matrimonio al ahora fallecido Baltasar Carlos
con su prima Mariana. Con todo el papel del conde de Oñate,
embajador ante el Santo Padre, ser��a fundamental. Pronto llegar��a
la diplomacia española, una vez m��s, a la obtenci��n del benepl��cito
de la Iglesia. Todo estaba ya dispuesto para la celebraci��n del
matrimonio entre el Rey y su sobrina. En este sentido, pronto
llegar��a a España esta princesa alemana acompañada de un nutrido
cortejo de criados, entre los cuales encontramos a uno que
destacar�� especialmente por encima de los restantes, el jesuita Juan
Everardo Nithard. Se trataba ahora de su confesor privado, pero
tambi��n del personaje que años m��s tarde, durante la regencia de la
Reina, se convertir�� en uno de los hombres m��s significados de la
Monarqu��a Hisp��nica, vinculaci��n que proseguir�� incluso durante
el reinado efectivo de su hijo Carlos II.
En este sentido, la documentaci��n resulta sumamente
interesante al proporcionarnos este dato:

���� relaci��n de los criados que han de venir sirviendo a la
Reina, Nuestra Señora, desde Alemania a España, y los que van
Ignacio Ru��z Rodr��guez

78
desde España a recibir a Su Majestad con la Casa del Rey,
Nuestro Señor, a los confines de Alemania�� Capilla. El padre
confesor de la Reina, Nuestra Señora, y sus compañeros de la
Compañ��a de Jes��s����.

Con respecto a los or��genes de este destacado personaje
para el estudio de tan interesante ��poca de la historia de España,
indicar que hab��a nacido en el seno de una familia cat��lica
procedente del Tirol. M��s tarde, ayudando a su padre, se dedicar��a
a funciones misioneras y de control de la herej��a. En un momento,
dado ser��a encarcelado en Neuhaus, siendo condenado a morir de
una manera sumamente cruel, ya que las cr��nicas nos indican que
ser��a enterrado hasta la garganta, y una vez en aquella situaci��n le
dar��an muerte, ��jugando con unas bolas tiradas a su cabeza hasta
quitarle la vida��.
La fortuna se apiadar��a de Nithard, posponiendo para años
m��s tarde su encuentro con la muerte, ya que las tropas imperiales
le librar��an del atroz final que se hab��a cernido sobre su persona.
Poco despu��s, y tras haber formado parte de los ej��rcitos
de la Liga Cat��lica en donde obtendr��a la graduaci��n de alf��rez,
cuando contaba 21 años ingres�� en la Compañ��a de Jes��s,
estudiando en el Colegio de Graz, en la actual Austria, en donde
ser��a tiempo m��s tarde profesor, adem��s de serlo tambi��n del
Colegio de Viena.
Continuando con un servicio que ya ven��a de tiempo atr��s,
en cuanto a la vinculaci��n de su familia con la imperial, el
Emperador Fernando III le nombr�� preceptor de sus hijos
Leopoldo y Mariana. La cercan��a a la familia imperial vino a
reconocerla expresamente el padre Nithard del modo siguiente:

���� a que pudiera añadir la dignaci��n de Vuestra
Majestad con que no solamente me ha sufrido m��s de 24 años a
sus reales pies, y nunca querido darme licencia, para poderme
retirar a mi rinc��n, habi��ndoselo suplicado con todas las veras de
mi coraz��n, y repetidas veces instado a Vuestra Majestad en esto
mismo, sino antes mand��ndome, y aun (si se puede decir)
rog��ndome por el amor que debo a Dios no hablase en eso
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

79
palabra, ni la desamparase en el estado de su soledad, y viudez,
continuando mi asistencia para el consuelo de su alma: ni son
nuevos, ni los primeros estos, y semejantes favores, y honores que
yo, mis padres, y abuelos hemos recibido de la clement��sima mano
de los gloriosos progenitores de Vuestra Majestad y de la
August��sima Casa de Austria; pues consta por diplomas ces��reos
(cuya copia aut��ntica tengo en mi poder, y la ha visto Vuestra
Majestad) en que se da testimonio de c��mo desde el tiempo del
señor Emperador Maximiliano Primero, padre del señor Rey
Felipe I, y abuelo del señor Emperador Carlos V, se han servido
Sus Majestades de ocupar, y emplear a los de mi familia en
puestos nobles, y principales, as�� pol��ticos, como militares en el
Sacro Imperio, Italia, y otras partes, como consta por dicho
diploma: y as�� a lo menos por estas dignificaciones, nacidas de la
grandeza, y clemencia de tantos, y tan soberanos pr��ncipes����.

De este modo, y siguiendo con su vinculaci��n con la
familia imperial austriaca, ahora en calidad de confesor de la
archiduquesa, vino a acompañar a ��sta a España con motivo de su
enlace con su t��o, y pronto marido, Felipe IV, tal y como vimos en
el citado documento que anteriormente expon��amos.

3.- La materializaci��n del matrimonio entre Felipe y Mariana

Y aquel nada ordinario matrimonio vendr��a a celebrarse
ese mismo año, no hab��a tiempo que perder. Los fastos que se
celebraron fueron ingentes, no dejando que las dificultades
pol��ticas y econ��micas ensombreciesen el regio enlace. Adem��s,
las gentes de Madrid en particular, pero del resto de los territorios
de la Monarqu��a, en general, se hicieron copart��cipes de la alegr��a
de los contrayentes. Sin embargo, en el trasfondo de todo ello se
desbordaba la necesidad casi urgente de contar con un heredero, y
ello apremiaba al Rey Felipe, y aunque ��ste hab��a demostrado
sobradamente su solvencia a la hora de amar y engendrar en una
mujer en sus años de juventud –no olvidemos la amplia n��mina de
hijos bastardos que hab��a generado-, muchos de los dif��ciles
acontecimientos padecidos especialmente en los ��ltimos años de su
reinado, adem��s de contar con una edad mucho m��s avanzada, se
Ignacio Ru��z Rodr��guez

80
presentaban como un duro impedimento a superar. Por otro lado no
conviene dejar de lado la gran diferencia de edad que separaba al
Rey de su nueva esposa.
Cuenta Deleito y Piñuela, que la segunda mitad del reinado
de Felipe IV fue menos propensa a los festejos a lo que lo fuese en
la primera. La edad y fatiga del Rey junto con las calamidades de
toda naturaleza vinieron a hacer una importante mella en su
car��cter, y eso se ver��a reflejado, sin duda alguna, a la hora de
organizar fastos. Sin embargo ahora todo quedaba atr��s y, una vez
publicadas las capitulaciones matrimoniales hubo una solemne
recepci��n palatina y tres meses de luminarias p��blicas. M��s tarde
la infanta Mar��a Teresa festejar��a aquel acontecimiento con una
velada en Palacio, la noche del 21 de diciembre de aquel año de
1647, en donde aparte de un importante fest��n habr��a concierto de
violines y baile de disfraces.
El 6 de julio del año siguiente se celebrar��a una importante
corrida de toros, en honor de San Juan Bautista, en donde por
expreso deseo del monarca concurrir��an los m��s ilustres personajes
de la Corte, y en donde se distinguir��a como lidiador el propio
Almirante de Castilla.
Con todo, la apoteosis llegar��a con la entrada p��blica
solemne en Madrid de la nueva Reina, el 15 de noviembre de 1649,
despu��s de aquel largo viaje que la tra��a de tierras del norte de
Europa, siendo uno de los espect��culos m��s grandiosos de los que
se recordaron en aquel reinado. Har��a su entrada sobre un caballo
llamado El Cisne, en relaci��n a su blancura, que iba revestido de
riqu��simo jaez. Portaba Mariana de Austria un traje de n��car,
siendo acompañada por trescientos pr��ceres y una multitud de
damas en palafrenes ricamente ataviadas. Fueron a su recibimiento
los regidores, tambi��n ricamente vestidos.
En ese momento el Rey Felipe, acompañado de su s��quito,
la esperaba en Santa Mar��a, en donde se detendr��a la joven
Mariana, escuchando all�� el Tedeum, marchando m��s tarde hasta el
patio de Palacio, donde la recibir��an la hija del Rey acompañada de
un gran n��mero de caballeros y damas. Tras ello seguir��n ocho
d��as continuos de fuegos artificiales, luminarias, besamanos, y una
fiesta de m��scara.

Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

81
4.- El inicio de la carrera pol��tica de Nithard

El inicio de la carrera pol��tica del jesuita Nithard deber��a
esperar al mismo fallecimiento del rey Felipe IV, momento en el
cual se iniciaba una dilatada regencia, de diez años de duraci��n, al
frente de la cual se encontrar��a la reina viuda, encargada de
garantizar los derechos de su hijo Carlos, as�� como de representar a
la instituci��n mon��rquica y la ejecuci��n del testamento del rey
difunto. Pero si el rey hab��a pretendido ya en los ��ltimos años de su
vida dirigir ��l directamente sus estados, y as�� se lo hab��a
recomendado tambi��n a Mariana, nuevamente se abr��a paso a la
f��rmula del favorito, en este momento representado en la figura del
confesor de la Reina, el jesuita Nithard. Éste comenzaba no con
mucho agrado su carrera pol��tica en enero de 1666, al ser
nombrado consejero de Estado. Los motivos esgrimidos por la
regente para dicha designaci��n fueron los siguientes:

��El primero por la grande estimaci��n que hac��a de su
capacidad y m��ritos y lealtad, y por la confianza que ten��a de su
persona, juzg��ndola digna de ser condecorada con este puesto. Lo
segundo, porque hall��ndose en ��l, pudiese con m��s autoridad y
noticias, dirigir y asegurar la conciencia de Su Majestad, en tan
grave peso, como supon��a el gobierno de la monarqu��a. Lo tercero
porque el bar��n de Lisola hab��a puesto en las reales manos de Su
Majestad, un papel en que alegaba muchas y grav��simas razones,
demostrando ser muy conveniente y necesario al servicio de toda
la august��sima casa, el que el padre confesor asistiese en el
Consejo de Estado��.

Pero adem��s la influencia y control pol��tico del austriaco
supuso, en cierto modo, la reducci��n del papel y competencias de
la Junta de Gobierno erigida gracias a una cl��usula del testamento
del rey difunto, para auxiliar a Mariana, por m��s que en este
personaje nunca encontr��semos pruebas palpables que viniesen a
evidenciar una ambici��n pol��tica. Al contrario, m��s bien hay
hechos m��s que relevantes para poder afirmar lo contrario, y que si
se encontraba en aquellos lances pol��ticos era por satisfacer los
deseos de Mariana de Austria.
Ignacio Ru��z Rodr��guez

82
Con todo, la Reina Mariana para dar respaldo pol��tico a su
favorito y cumplir a su vez con el testamento de Felipe IV,
aprovechar��a la vacante dejada por el Arzobispo de Toledo para
promocionar a don Pascual de Arag��n como nuevo titular de la
di��cesis primada de España. Tras conseguir la Reina su necesaria
renuncia al cargo de Inquisidor General, la regente nombrar��a acto
seguido al jesuita como m��ximo responsable de dicha Instituci��n.
Era el 22 de septiembre de 1666, y la documentaci��n nos lo narra
con claridad:

����copia del real decreto de Su Majestad en que nombra
para Inquisidor General al padre Juan Everardo Nitardo (sic), su
confesor.
Por el largo conocimiento que tengo de la virtud, letras, y
buenas partes de Juan Everardo Nitardo, de la compañ��a de Jes��s,
mi confesor, he deseado reducir su dictamen, a que se encargue
del puesto de Inquisidor General de esta monarqu��a. Y aunque no
se ha inclinado, antes bien repetidas veces se ha escusado de
admitir este empleo. Atendiendo yo a que no puede estar m��s
tiempo sin persona id��nea, y de sus prendas, que llene enteramente
este oficio, he tenido por muy conveniente al servicio de Nuestro
Señor, y al del Rey, mi hijo, y m��o, y al bien com��n de esta corona,
de elegir y nombrar al dicho Juan Everardo Nitardo, mi confesor,
por Inquisidor General, por verle adornado de tanta suficiencia,
celo, aplicaci��n y desinter��s, y as�� lo particip�� al Consejo de
C��mara, para que por esta parte, se de el despacho necesario,
escribiendo a Su Santidad en la forma que es costumbre, y a los
dem��s ministros que asisten en Roma, para que soliciten esta
expedici��n. Y porque dicho mi confesor tiene voto de seguir las
constituciones de su religi��n, de no aceptar dignidades, sino es que
se lo mande Su Santidad, ser�� necesario suplicarle en mi nombre
se sirva mandar, acepte este cargo de Inquisidor General, por lo
que importa, le sirva su gesto tan aprobado por el Rey, mi señor, y
por m��. En Madrid, a 22 de septiembre de 1666. Al presidente del
Consejo��.
Como indica el texto, hab��a que superar para hacer efectivo
aquel nombramiento importantes dificultades, que har��an poner en
marcha la diplomacia de la Monarqu��a. La mayor de todas era sin
g��nero de duda la necesaria naturalizaci��n del padre Nithard, que
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

83
se hizo efectiva el 20 de septiembre de 1666. Otro significado
impedimento derivaba de su condici��n de jesuita, no pudiendo
admitir dignidad alguna fuera de su religi��n, asunto que tambi��n
hubo de ser solventado con las pertinentes autoridades de su orden,
primero, y de Roma, m��s tarde. Ahora ya nada imped��a a la Reina
la promoci��n de su amigo y confesor. Tras asumir aquel
relevante cargo, don Diego de Arce, su antecesor al frente de la
Inquisici��n, escrib��a al jesuita Everardo Nithard, haci��ndole una
serie de valiosas recomendaciones:

��Carta exhortatoria de don Diego de Arce y Reinoso,
Inquisidor General que fue, escrita a su sucesor el padre Juan
Everado, de la Compañ��a de Jes��s.
O�� decir al Rey don Felipe 4º (que haya gloria), cuando la
causa del protonotario, que si su propio hijo delinquiera contra la
fe, le entregar�� al tribunal y ayudar�� a su castigo. Palabras con
que dej�� dada la sentencia, para la ocasi��n presente.
No soy te��logo de profesi��n, pero si de estudio, y no veo
como se puede librar de censura vertical, el decir que le es l��cito al
que no tiene jurisdicci��n matar a un hombre, s��lo por su antojo,
pues que si es inocente, como ac�� consta en el campo de la verdad,
pues que si es ministro del Rey, pues que si es Inquisidor General.
Yo le prometo como buen español y como paisano de aquel c��lebre
alcalde de Zalamea, que si eso fuera en mi tiempo, aunque fuera
hijo del Rey, le hab��a de echar a cuestas la bula con tal
impedientes, y no se habr��a de ir alabando.
Velad excelent��simo señor por cuanto desprecio de las
censuras, y una acci��n que s��lo podr��a dar gusto a los infieles, es
amenaza contra la fe cat��lica. Dios libre a la Iglesia de tal, y a
V.E., etc.��.

Cuenta el profesor Kamen que nos encontramos con la
prueba palpable de la decadencia que afectaba al prestigio del
Santo Oficio, y en donde las viejas quejas por parte de los que
formaban la n��mina de oficiales del mismo aparec��an a cada
momento. El encumbramiento de Nithard como Inquisidor General
ser��a la gota que colmase el vaso: se trataba del primer y ��nico
Ignacio Ru��z Rodr��guez

84
jesuita que ocupase dicho cargo. Fuera de este alem��n, los
personajes que hab��an accedido a la dignidad de Inquisidor General
a lo largo de todo el reinado de Carlos II siempre portaron las m��s
altas calificaciones. En este sentido, la n��mina de aquellos
Inquisidores de la ��ltima parte del siglo XVII fue la siguiente:
a.- Don Pascual de Arag��n, cardenal Arzobispo de Toledo.
Accedi�� al cargo en septiembre de 1665 al ser nombrado por la
regente, dimitiendo m��s tarde a petici��n de la misma sin haber
ejercido el cargo.
b.- El padre Nithard, confesor de la regente. Nombrado.
Las acciones, presiones y exigencias de don Juan de Austria
provocar��an su ca��da y salida de tierras de España.
c.- Don Diego Sarmiento Valladares, consejero de Estado,
Gobernador de Castilla, Arzobispo de Toledo.
d.- Don Juan Thom��s de Rocaberti, OP, general de su
orden, arzobispo y Virrey de Valencia.
e.- Don Alfonso Fern��ndez de C��rdoba y Aguilar,
consejero de Estado, cardenal y arzobispo. Falleci�� antes de tomar
posesi��n del cargo.
f.- Don Baltasar de Mendoza y Sandoval, obispo de
Segovia. Tom�� posesi��n el 3 de diciembre y dimiti�� por orden del
Rey a inicios de 1705.
Mientras tanto, don Juan, que como hemos visto hab��a sido
excluido de aquellas dignidades (Junta de Gobierno, Consejo de
Estado��) a tenor de lo contenido en el testamento del difunto
monarca, no cesaba en su empeño. Y para ello recordaba cada vez
que ten��a la m��s m��nima oportunidad a su prima Mariana de
Austria su dignidad, el estado de postraci��n en que su persona se
encontraba, adem��s de la protecci��n sobre su persona que el
difunto Rey hab��a encomendado a la Reina. Para tal fin, en este
caso concreto, enviaba un sustancioso memorial a la regente,
exponi��ndole los muchos servicios que hab��a prestado al Rey y a la
Monarqu��a, adem��s del amor que sobre ��l profesaba Felipe IV y la
difunta Reina Isabel. En resumidas cuentas, y con respecto a don
Juan de Austria, el testamento de Felipe IV, en su cl��usula 60,
simplemente se preocupa de demandar a la Reina viuda un trato de
favor hacia su hijo bastardo, ruego que tambi��n se extendiese a su
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

85
hijo Carlos, cuando ��ste asuma las riendas del poder. Resulta
curioso ver como en este texto el Rey llama a su bastardo y es una
de las pocas veces as�� lo hace- ��don Juan Jos����, y no simplemente
don Juan de Austria. La idea que manten��a Felipe IV era que su
muerte no viniera a suponer para su bastardo la p��rdida de la
protecci��n de la casa real, en su m��s amplio sentido y conforme a
su condici��n de hijo natural que era del Rey difunto. Veamos esas
notas:

��Por cuanto tengo declarado por mi hijo a don Juan
Joseph de Austria, que le tuve siendo casado, y le reconozco por
tal, ruego y encargo a mi sucesor y a la majestad de la Reina�� le
amparen y favorezcan, y se sirvan de ��l como de cosa m��a,
procurando acomodarle de hacienda, de manera que pueda vivir
conforme a su calidad, si no se la hubiere dado yo al tiempo de mi
fin y muerte����.

Continuando con el proceso de encumbramiento del jesuita
Everardo Nithard, indicar como tan s��lo dos d��as despu��s de su
naturalizaci��n, la Reina gobernadora le nombraba Inquisidor
General. Ello abrir��a un importante cisma entre aquellos que
obedecieron ciegamente la decisi��n de Mariana de Austria –tan
s��lo unos pocos- y los que entend��an que en tierras hisp��nicas
hab��a candidatos que ten��an mayores m��ritos para asumir tal
dignidad, sin tener que acudir a un personaje que muy pocas ra��ces
ten��a en España, y que desconoc��a la realidad del territorio.

5.- Las cr��ticas de don Juan Jos�� de Austria

Cr��tico como no pod��a ser de otra manera a dicha
designaci��n, don Juan de Austria enviar��a, a trav��s de Blasco de
Loyola, un documento en el que apercib��a de una serie de
inconvenientes que reportar��a dicho nombramiento, y en donde se
incid��a directamente en su condici��n de extranjero con el
consiguiente agravio comparativo con los españoles:

Ignacio Ru��z Rodr��guez

86
��Desde que vac��, todos han puesto los ojos en las
personas del primer grado de la Monarqu��a; y sientes con dolor,
que se quiera torcer esta elecci��n, en perjuicio de sujetos de tan
gran magnitud, contra raz��n y contra ley. No desacredite ni haga
odioso su gobierno, con acci��n que ha de ser reprobada de todos
los hombres de buen sentir... ninguna cosa ha alterado m��s los
��nimos de los naturales de estos Reinos en todas edades, que el
intentar gobernarlos por extranjeros, y se han reconocido siempre
impacientes en este punto los que tan rendidamente consienten las
inmensas cargas y grav��menes que los oprimen... es muy contrario
a esto privarlos y a todos sus naturales de puesto tan grande que
se puede estimar el primero de la Monarqu��a y que olvidados tan
preeminentes servicios sea colocado el extraño sobre las cabezas
de todos; y que estos reinos den la sangre, las vidas, los caudales
tan s��per abundantemente para el servicio de sus Reyes y defensa
de su Real Corona, y que el mayor premio que tienen a s�� mismos
se les hubiese de arrancar para el forastero��.

Contin��a don Juan indicando que al respecto:

���� no se debe atender menos que a la persona a quien se
hace la merced a las de aquellos a quien deja de hacerse. Es
ascenso y premio supremo para todos los mayores Prelados de
España la Inquisici��n General, despu��s de muchos años de
Colegios, C��tedras, Tribunales, Consejos, Iglesias gobernadas con
gran prudencia, cr��dito y satisfacci��n y despu��s de tantos t��tulos y
grados es muy superior ascenso. Cuando se da a un prelado, se
honra en ��l a los dem��s prelados y a todo el estado eclesi��stico.
Desecharles a todos y anteponerles un particular no natural ser��a
en todos queja universal de incomparable dolor... tienen
asegurada estos Reinos con tanta sangre derramada y tantos
tesoros arrojados a los pies de sus Reyes, la excepci��n y
observancia de sus leyes y privilegios, y es tan principal entre
todos ellos, el que extranjeros no gocen de sus dignidades,
honores, puestos y emolumentos, que se debe temer que en
contravenci��n tan señalada resulten dificultades��.

Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

87
A todo ello contestar��a la Reina gobernadora rebatiendo,
punto por punto, todos los argumentos expuestos por el hijo
bastardo de Felipe IV. En sus l��neas no dudar�� en ning��n momento
en defender la pertinencia de la designaci��n de su confesor para
tales dignidades. Y para ello incidi�� fundamentalmente en el
aspecto relativo a su origen extranjero, indicando que:

��¿Qui��n le ha dicho que en Alemania no nacen hombres
capaces, que hablan con perfecci��n todas las lenguas de Europa,
que con profundo juicio penetran las costumbres y leyes de otras
Naciones, y que con lealtad constante sirven a sus pr��ncipes,
mirando por el bien de sus vasallos? ¿Puede negar España, que
tienen los alemanes buena mano para el cetro? D. Alonso el
s��ptimo, Emperador de España, ¿no fue hijo de un borgoñ��n? ¿Y
Carlos Quinto, Emperador de Alemania?, ¿no fue hijo de un
Flamenco? ¿Puede negar, que en nuestros d��as, se han visto todos
los ej��rcitos y todos los virreinatos en extranjeros? Pero que
mucho si las almas grandes de los españoles, se emplean todas, en
hacer coplas y en galantear damas, sin aplicarse a las artes de
defender y gobernar la rep��blica. Y si le agradan los ejemplos de
Francia vuelva los ojos al cardenal Mazarino, que tambi��n era
extranjero��.

Finalmente, y tras aquellos salvables inconvenientes
planteados, el padre Nithard tomaba posesi��n formal de su cargo
de Inquisidor General el s��bado 13 de noviembre de 1666. Al d��a
siguiente hac��a lo mismo en la Junta de Gobierno que fuese erigida
conforme al testamento de Felipe IV. Junta a la que asistir��a con
regularidad, aportando sus opiniones o solicitando las de los otros
miembros que la compon��an en los asuntos que all�� eran tratados.

6.- Prosigue el ascenso pol��tico del jesuita Nithard

Con la promoci��n de Nithard a las m��s elevadas
dignidades eclesi��sticas y de gobierno de la monarqu��a, y que
hubieron de culminar con el ascenso a la m��s importante de todas
ellas, al valimiento, bien pudo parecer a m��s de uno que
Ignacio Ru��z Rodr��guez

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correlativamente a ello necesariamente otra instituci��n debiera
llegar su fin: la Junta de Gobierno, que como bien sabemos hab��a
sido erigida para contribuir con sus doctas opiniones al buen
desenvolvimiento del gobierno de la monarqu��a.
Sin embargo aquella idea pronto saldr��a de la mente del
m��s ferviente de sus detractores, ya que ��sta Junta continuar��a
funcionando m��s o menos ordinariamente muchos años m��s,
siendo en sus años de existencia incluso renovados algunos de sus
cargos por motivos variados. En este sentido, junto a la ya citada
entrada de Nithard, en marzo de 1668, el octogenario conde de
Castrillo se retir��, confiado en obtener la grandeza de España que
persiguiera in��tilmente durante el reinado de Felipe IV, y muriendo
el 24 de diciembre de 1670. Le sustituy�� en la presidencia de
Castilla y en la Junta de Gobierno el obispo de Palencia, Diego
Riquelme de Quir��s, quien muri�� casi inmediatamente, el 13 de
mayo de 1668. Su baja ser��a cubierta por el Inquisidor Diego
Sarmiento de Valladares, fiel disc��pulo y partidario incondicional
del padre Nithard, quien fue consagrado al mismo tiempo como
obispo de Oviedo. El nuevo Inquisidor Valladares hab��a sido
colegial e inquisidor de Valladolid hasta su llegada a la Corte, en la
que desempeñar��a los cargos de fiscal y consejero de la
Inquisici��n, bajo la presidencia de Nithard.
Seg��n el duque de Maura, la designaci��n de este personaje
para la Presidencia de Castilla vino a producir un un��nime
descontento entre los cada vez m��s numerosos enemigos del
confesor de la Reina. Con todo, la promoci��n de su siempre fiel
Valladares fue, en todo caso, la ��nica baza pol��tica ganada por
Nithard en el seno de la Junta de Gobierno. Tras su ca��da, en 1669,
se producir��an otra serie de cambios.
As��, en octubre de 1669 muri�� el secretario, Blasco de
Loyola, qui��n ser��a sustituido por otro vasco, el que ven��a
habitualmente ejerciendo las tareas de secretario de Peñaranda
desde el Congreso de M��nster, don Pedro Fern��ndez del Campo
Angulo, qui��n hab��a sido alcalde de Bilbao, al igual que su padre,
alcalde y regidor entre 1625-1626. Fern��ndez del Campo era hasta
este momento Secretario de Estado de la parte del Norte. Cierto
tiempo despu��s, en 1673, obtuvo el t��tulo de marqu��s de Mejorada.
M��s tarde, el puesto dejado por Nithard al frente de la Inquisici��n
fue cubierto por el ya citado Valladares, quien dej�� libre la
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

89
presidencia del Consejo de Castilla, aunque ello no supondr��a su
salida de la Junta de Gobierno, ya que continu�� en ella ahora en
calidad de Inquisidor General. El nuevo titular de la m��s alta
magistratura castellana fue Pedro N��ñez de Guzm��n, conde de
Villaumbrosa, que hab��a sido presidente del Consejo de Hacienda
desde febrero de 1666 a septiembre de 1667, y a quien Maura
describe como bibli��mano y erudito, pero poco capacitado para la
acci��n.
Curiosamente, tanto Valladares como Villaumbrosa eran
abiertamente hostiles al hijo bastardo de Felipe IV, don Juan de
Austria. Éste, adem��s, observaba con suma intranquilidad como en
la Junta de Gobierno se hallaba uno de sus m��s ac��rrimos
enemigos pol��ticos: el marqu��s de Aytona. La muerte de este
personaje, caballerizo mayor y, m��s tarde, mayordomo mayor de
palacio y coronel de la Chamberga –de la cual daremos en p��ginas
siguientes debida referencia-, se produjo el 17 de marzo de 1670,
v��ctima al parecer de la gota, que atormentaba su voluminosa
persona, o como sus enemigos indicaron: ���� muri�� el marqu��s de
Aytona de violenta enfermedad, y hay algunos que han dicho que
expir�� echando la lengua afuera��.
Pero la muerte del fiel marqu��s no significar��a perder el
amparo de la Reina con respecto de aquella Casa. En este sentido
encontramos una carta acordada del Consejo, fechada el 26 de abril
de 1674, dirigida a su tesorero general Diego Gonz��lez de Arce, en
donde se le ordena pagar 1.000 pesos de a ocho reales en plata para
el nuevo marqu��s de Aytona, por cuenta de 4.000 escudos de
ayuda de costa, de que Su Majestad le hab��a hecho merced.
Por otro lado, el 22 de febrero de 1672 falleci�� el
Vicecanciller de Arag��n, Crist��bal Cresp��. Le sustituy�� en el cargo
Melchor de Navarra y Rocafull, duque consorte de la Palata, quien
ten��a en aquel momento cuarenta y tres años y, al contrario que
Cresp�� en su ��ltima ��poca, era poco afecto a don Juan Jos�� de
Austria.
En este momento, de aquella primitiva Junta de Gobierno
erigida en 1665 ��nicamente quedaban el cardenal de Toledo, don
Pascual de Arag��n, que habr��a de tener un importante
protagonismo pol��tico a lo largo de toda la regencia de Mariana de
Austria, y fundamentalmente en ese dif��cil momento de la ca��da de
don Fernando de Valenzuela; y el anciano conde de Peñaranda,
Ignacio Ru��z Rodr��guez

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poco sustituible en aquellos momentos en la direcci��n de la pol��tica
exterior.
Mientras tanto, don Juan hab��a perseguido obtener
paulatinamente una serie de cargos p��blicos de relevancia, con el
��nimo de engrandecer su Casa, por un lado, y, por otro y m��s
importante todav��a, su presencia en los engranajes de la corona, a
los cuales cre��a tener derecho a pertenecer por su origen. En este
sentido, la idea de incorporarse a la Junta de Gobierno no le
abandonaba, aunque no vino a despreciar tampoco –quiz�� como
mal menor- su incorporaci��n al Consejo de Estado. Y sobre esa
instituci��n centrar��a el grueso de sus actuaciones, realizando una
vez m��s incesantes gestiones ante todos aquellos que pudieran
presionar de alg��n modo para hacer realidad esta demanda.
Obviamente esas demandas no pod��an dejar de lado la instancia
m��s importante: la que representaba la Reina gobernadora, la cual
recibir��a como si de una lluvia de papeles se tratase innumerables
cartas exponiendo sus pretensiones, y que inclu��an el env��o de
cierto memorial en el cual ven��a a exponer los argumentos que en
su opini��n se constitu��an como m��s que definitivos, en relaci��n a la
pertinencia de su incorporaci��n a aquella Instituci��n.

7.- El frustrado intento de enviar a don Juan de Austria a
Flandes. El comienzo del enfrentamiento directo y abierto
entre el bastardo y el padre confesor.

A lo largo del per��odo que abarc�� el reinado de Carlos II
tres fueron las guerras que se mantuvieron con Francia. La primera
de ellas respond��a a los derechos que la Reina del pa��s galo
pretend��a tener sobre Bravante, y otros dominios insertos en los
Pa��ses Bajos; la segunda que tuvo era consecuencia inmediata de la
que el Rey Cristian��simo declar�� a la Rep��blica de Holanda, y en
donde en una sola campaña les arrebataba Francia m��s de cuarenta
plazas fuertes. Finalmente, emprendi�� el Rey franc��s una tercera
campaña b��lica con motivo de la famosa Liga de Ausburg, obra de
Guillermo de Nasau, pr��ncipe de Orange, general��simo de las
Provincias Unidas.
En este momento hist��rico la situaci��n exterior de la
Monarqu��a Española se ve��a fuertemente deteriorada y, aunque
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

91
queda claro que la grav��sima situaci��n no ten��a su origen en la
��poca del confesor de la Reina, sino m��s bien desde la paz de
Westfalia de 1648, lo que quedaba claro es que vinieron a coincidir
en este momento important��simos acontecimientos negativos para
los intereses de la Monarqu��a Hisp��nica, y en donde Portugal y los
Pa��ses Bajos, juntamente con la presencia m��s o menos continua de
los ej��rcitos franceses en tierras del Principado de Cataluña, fueron
destacados protagonistas.
Uno de esos problemas encontraba su origen, como ya
indic��bamos en p��ginas anteriores, en la pol��tica internacional del
monarca franc��s Luis XIV. Éste hab��a iniciado en 1667, apenas dos
años despu��s de la muerte de Felipe IV y aprovechando la minor��a
de edad de Carlos II, la llamada Guerra de Devoluci��n, para
intentar satisfacer sus aspiraciones pol��ticas y territoriales en los
Pa��ses Bajos españoles.
Para frenar esa constante agresi��n a la Monarqu��a
Hisp��nica don Juan de Austria parec��a ser el hombre ideal por
varias y poderosas razones. Ya ten��a experiencia en un
nombramiento similar años antes, y aunque el resultado no hab��a
sido muy provechoso, habiendo cosechado derrotas muy
importantes, en este momento, y en el ��nimo de inducirle a
abandonar España, se le volv��a a ofrecer la vuelta a aquellas tierras
de las que ten��a nombramiento de Gobernador de manera vitalicia.
Adem��s, y para favorecer m��s si cabe la idea de que aceptara la
misi��n, y de paso con ello tranquilizar a los rectores de la Corte
madrileña, se le otorgar��an poderes sin precedentes. ¡Qu�� lejos
quedaban ya aquellas peticiones insatisfechas que realizara cuando
dirig��a los destinos del territorio en 1656!
La idea en todo caso se antojaba dif��cil. Para comenzar,
don Juan de Austria, tal y como se encontraban las cosas, no
pareci�� tener nunca ning��n inter��s en marchar nuevamente hacia
aquellas tierras europeas, entendiendo que su aut��ntica guerra la
ten��a en la consecuci��n de los m��s altos cargos en Madrid, ese
honor que ��l comenzaba a anhelar cada vez con mayor pasi��n,
convencido de que bajo su autoridad las cosas necesariamente
tendr��an que mejorar. Por otro lado, estamos convencidos de que
don Juan de Austria ve��a en la empresa de los Pa��ses Bajos un final
ya pronosticado, y que pasaba por una nueva e inevitable derrota,
que ��nicamente se podr��a evitar con la posesi��n de unas fuerzas
Ignacio Ru��z Rodr��guez

92
muy poderosas y bien pertrechadas o, en el peor de los casos,
mediante la firma de un acuerdo de paz por muy inicuo que ��ste
fuese. Y por si fuera poco, vino a exponer abiertamente que aquella
situaci��n era debida a ��la monstruosidad del gobierno presente
cual jam��s creo yo que se habr�� o��do, desordenado y confuso en
todas sus partes y murmurado y vituperado de los mismos que lo
componen... m��dese y comp��ngase este y yo ir�� a defender a
Flandes y aun a Ibiza, si fuere menester��.
Y sin embargo don Juan aceptar��a la propuesta, por m��s
que ello viniese a provocar el mayor de los disgustos al
Condestable de Castilla, don Iñigo Fern��ndez de Velasco, que
hab��a sido previamente designado para esa misi��n, hasta el punto
de anunciar que, dejando el gobierno de Galicia que en ese
momento desempeñaba, estaba dispuesto a retirarse a su casa. Al
parecer todos esperaban que don Juan pusiera alguna de sus
muchas y acostumbradas excusas a esta empresa, motivo por el
cual tambi��n se ofreci�� el cargo al Condestable. Sin embargo,
seg��n la Reina, ��se ha resignado en mi voluntad don Juan de
Austria, mostrando el gusto con que ir�� a servir su puesto de
Gobernador y Capit��n General, propietario de aquellos estados,
cuya acci��n me ha parecido aprobar, y queda disponiendo su
viaje�� Madrid, 7 de febrero de 1668��.
Pero la idea de mandarle fuera de España era una misi��n
considerada por muchos como de Estado. Y es por ello que en ese
anhelo de conseguir que don Juan de Austria se hiciera cargo de la
defensa de los intereses de la monarqu��a en tierras de Flandes, se
llegaba a aceptar por parte de la regente las pretensiones del hijo de
Felipe IV, con respecto al deplorable estado de su Casa. Quedaba
claro que su estancia en tierras aragonesas no hab��a servido para
enriquecer a don Juan de Austria, es m��s, la hacienda de este
personaje se hab��a resentido muy seriamente:
Pero aparte de ello, las peticiones de don Juan eran
ampl��simas, incluy��ndose como condici��n para asumir dicho
nombramiento concesiones que hasta ese momento nunca se
hab��an planteado por otro que hubiese desempeñado el cargo de
Gobernador General de los Pa��ses Bajos, tales como importantes
medios materiales y humanos, as�� como poderes amplios. La idea
no era otra que la de desestabilizar el gobierno que resid��a en la
Corte madrileña a cualquier costa. Con todo se hicieron por parte
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

93
de ��stos todos los esfuerzos con objeto de satisfacer dichas
demandas, entre otras cosas por el deseo de Mariana de Austria de
conseguir la salida del bastardo de tierras de España.
As��, la presi��n ejercida por don Juan de Austria tendr��a su
recompensa, ya que las concesiones recibidas fueron de la
magnitud siguiente: la autoridad para hacer la guerra y la paz, para
otorgar t��tulos de nobleza, para disponer de un mill��n de pesos en
efectivo y 780.000 escudos en t��tulos de cr��dito. Asimismo, se le
asignaron unos emolumentos personales de 600.000 escudos, se
prepararon los refuerzos y se dispuso un escuadr��n naval, que
esperaba en La Coruña.
Aquel esfuerzo econ��mico sin parang��n para financiar la
campaña de Flandes, conforme a las peticiones del bastardo, unido
a otros gastos adicionales para hacer frente a otras necesidades de
la monarqu��a, motivar��an aquella carta, que en julio de 1668
enviara el presidente del Consejo de Hacienda, don Lope de los
R��os, a la regente, en respuesta a cierta consulta de Mariana de
Austria. En ella no ocultaba la imposibilidad de poder hacer frente
a las constantes demandas financieras que ante el Consejo que
presid��a se presentaban, singularmente desde que se hiciese cargo
de la Presidencia de Hacienda, en donde ya hall�� enteramente
distribuido el montante total del caudal de los años 1667 y 1668.
Y es que parec��a haberse olvidado don Juan de Austria de
que el ��ltimo proveedor de todas esas partidas econ��micas, no era
otro que el ya empobrecido contribuyente castellano. Ese mismo
que ��l continuamente alardeaba defender a capa y espada,
acusando de los males que les afectaba a los que desde Madrid
dirig��an los designios de la Monarqu��a, pero, a la vez, exigi��ndoles
cantidades econ��micas que dif��cilmente ser��an conseguidas si no se
aumentaba la presi��n fiscal, o se dejaban de realizar otras
actividades ordinarias, muchas de las cuales repercutir��an
directamente sobre aquellos necesitados pecheros, a los cuales,
curiosamente, se les arengaba por los agentes de don Juan a dirigir
sus iras al padre confesor, al cual se les presentaba como el
aut��ntico culpable de todos sus males.
Pero veamos lo que sobre ello opinaba el jesuita Everardo
Nithard, en ese momento m��ximo ministro de la Monarqu��a:

Ignacio Ru��z Rodr��guez

94
���� que yo no he sido, ni soy causa de las calamidades, y
trabajos que padecen los vasallos, como me lo imputa el señor don
Juan: porque desde los tiempos del señor Emperador Carlos V,
Felipe II, y III, y IV, ha sido el clamor de España toda en su
perdici��n, y destrucci��n por los tributos. Consta de consulta hecha
por el Consejo Real de Castilla el año de 1619, que despu��s
coment��, y dilucid�� eruditamente Navarrete en su libro, y pido a
Vuestra Majestad, y a todos lo que quisieren ser enterados de esta
verdad, se sirvan de leerla desde el principio. Consta tambi��n de
los tiempos del seños Rey Felipe IV, que est�� en el Cielo, que para
las proposiciones de tributos, y donativos, se propuso siempre a
los te��logos, la extrema necesidad en que se hallaba la
Monarqu��a; y en virtud de esta opini��n se han impuesto los
tributos, con que le halan cargados los vasallos. V��anse las
consultas hechas del reino en cortes, y tiempos antecedentes, que
se hallan en diversas secretar��as; de que se sigue, y infiere
claramente, que yo no soy causa de estas calamidades, y trabajos:
y por consiguiente queda sin fuerza este grav��simo����.

Continuando con su an��lisis de aquella situaci��n en la que
se ve��a inmersa la Monarqu��a, el padre Everardo Nithard indicaba
que:

���� algunos años antes que muriese el Rey, Nuestro Señor
(que est�� en el Cielo) fue servido de nombrarme por uno de los que
asist��an en la Junta General de Medios, por haber reconocido en
mi Su Majestad un ardiente celo (que por la misericordia de Dios
me acompaña) del bien com��n, y alivio de estos reinos, y vasallos.
Y todo lo que su favor he obrado, y votado constantemente, en
dicha Junta dir��n las consultas que la Junta hizo a Su Majestad, y
se hallar��n en las secretar��as, que son instrumentos aut��nticos de
la verdad, y que acreditar��n lo que digo. Testigos hay vivos que
son el duque de Medina, el conde de Castrillo, don Antonio de
Contreras; fray Juan Mart��nez, confesor de Su Majestad; y otros
que testificar��n lo mismo. Y el duque de Medina sobre ciertos
pareceres m��os, encaminados a que no se impusiesen nuevos
tributos, los alab�� con palabras bien encarecidas, diciendo, que
hab��a hablado como un San Juan Cris��stomo, y lo refiero con
confusi��n m��a, aunque necesaria para testimonio de la verdad que
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

95
aqu�� propongo, y defiendo, que le dar�� tambi��n el secretario
Legasa, que lo era tambi��n de la Junta; de que se infiere, que las
calamidades, y trabajos no se padecen por m��.
Pru��base claramente esto mismo��, porque desde que
muri�� Su Majestad, que goce de Dios, no se ha impuesto tributo
general alguno en estos reinos, ni pedido donativo alguno en las
ciudades, y reinos de Castilla, a que he asistido en todas las
ocasiones que se trataba de esto con todas mis fuerzas, y razones
que difundieron semejantes imposiciones y donativos, de que hago
testigos a todos los que concurrieron conmigo en los Consejos y
Juntas, y otros muchos que me oyeron hablar de esto fuera de
ellas, adem��s que consta aut��nticamente de las consultas que se
hicieron sobre dichas materias a que me remito��.

Incluso, en palabras de Nithard, observamos la creaci��n de
una Junta, llamada del Alivio de los Tributos, que se encargar��a de
velar por aquella enorme carga impositiva que soportaban los
pecheros, y que siempre se ha imputado su iniciativa de manera
exclusiva a don Juan de Austria.
Con todo, y volviendo al asunto de la marcha de don Juan
de Austria a los Pa��ses Bajos, indicar que a pesar de aquellas
condiciones inusitadas, el bastardo, en el ��nimo de desestabilizar el
gobierno de Nithard, hab��a afirmado que todo ello resultaba
insuficiente, planteando exigencias a todas luces imposibles, y que
inclu��an el derecho de vender privilegios comerciales a los ingleses
y de poder llegar a acuerdos financieros con los holandeses.

8.- El frustrado intento de asesinar a Nithard

En estos dram��ticos momentos previos a lo que iba a ser la
marcha de don Juan a los Pa��ses Bajos, la ira del pr��ncipe y sus
partidarios hacia el padre confesor era terrible. Nithard se hab��a
convertido en un personaje que se interpon��a en los planes del
bastardo, y por lo tanto no cab��a otra opci��n que eliminarlo
f��sicamente. Para tan fin, por aquellas fechas se prepar�� todo lo
necesario para acabar con la vida del padre confesor, en un
complot en donde se preve��a fuese asesinado en las calles de
Ignacio Ru��z Rodr��guez

96
Madrid a manos de los agentes de don Juan, o cuando menos
secuestrado, tal y como el propio Nithard da cuenta a Mariana de
Austria meses despu��s, tras haber guardado secreto sobre ello a la
reina:

���� en que el señor don Juan dispuso de darme muerte...
De este cargo, que toca en mi muerte, intentada en 17 de febrero
pasado, de que habla el señor don Juan como si no fuera el darme
la muerte, sino otra cosa menos escandalosa. Puedo decir a
Vuestra Majestad con verdad, que jam��s he hablado, ni publicado
este caso, y he tenido ��nimo de dejarlo a los secretos consejos de
Dios Nuestro Señor, como otras muchas cosas. Pero ya que el
señor don Juan confiesa p��blicamente, no s��lo en la carta para
Vuestra Majestad, pero en copias de ella, enviadas a diversas
personas y conventos religiosos de Madrid, me parece me es l��cito,
y aun preciso el representar a Vuestra Majestad no lo mucho que
pod��a decir sobre este designio, sino solamente lo que puede servir
de leg��tima defensa m��a, en orden a dar alguna satisfacci��n a
dicho cargo, y as�� respondo a ��l.
Lo primero, que habiendo tenido avisos de personas de
mucha suposici��n, que aquel viernes 17 de febrero (que era del
perd��n de enemigos) me conven��a estar en mi casa, y no salir por
la tarde a la Junta del Gobierno; porque sin duda estaba dispuesta
mi muerte al pasar por el convento de la Encarnaci��n. Y aunque
nunca me persuad��a a temor, y fiaba en Dios Nuestro Señor ser��a
servido de mirarme con ojos de piedad y guardarme todav��a
fueron tantos los que me dijeron que era tentar a Dios el
exponerme a ese riesgo sin especial necesidad; y por esta raz��n, y
otras de conocido y forzoso impedimento de mi ocupaci��n no fui a
la Junta, y a esto llama el señor don Juan temor de mi mala
conciencia...��.

Esta cr��nica que realiza el propio padre Nithard aparece
completada por otra que ciertos personajes aportar��n, despu��s de
haber analizado todos y cada uno de los detalles de aquel suceso, y
que ampl��an con la inclusi��n de sus conclusiones sobre la situaci��n
en la que quedar��a el gobierno de la Monarqu��a Hisp��nica, ya que
juntamente con el jesuita caer��a la Reina Mariana de Austria, la
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

97
cual parece ser iba a terminar sus d��as internada en un convento:

����que saliendo un viernes de palacio de la junta de
gobierno de noche, hab��a de haber en el distrito de la plazuela de
la Encarnaci��n, sesenta caballos escondidos en diferentes puestos,
parte detr��s de la casa del marqu��s de Malpica, parte en la
rinconada de las casas de Garnica, y parte debajo de la tienda del
herrador, que est�� enfrente del juego de la pelota a los caños del
Peral, y parte en el convento de doña Mar��a de Arag��n, con orden
de que volviendo el Inquisidor General de noche de palacio, a su
casa, le cogiesen obligando a sus criados a que se retirasen, y
meti��ndole en un coche de seis mulas, prevenido a la bajada del
pretil de doña Mar��a de Arag��n, y entreg��ndole a otros sesenta
caballos que estar��an dispuestos a distancia de media legua de
Madrid, con un pliego cerrado, que se hab��a de entregar a los
cabos de ellos, para llevarle preso a la parte señalada en dicho
pliego.
Y que a este mismo tiempo se hab��a de hallar su alteza a
caballo con otros muchos de su s��quito, y encamin��ndose al
palacio, sacar con la misma violencia a la Reina, Nuestra Señora,
para ponerla en un convento y apoderarse de la persona del Rey,
Nuestro Señor, con el pretexto de criarle, y asistirle el señor don
Juan en el gobierno��.

Esos sucesos todav��a hab��an contribuido mucho m��s a
caldear el ambiente existente en la Corte. La aparente tranquilidad
y armon��a que pudiera suponerse en la Junta de Gobierno que
crease el difunto Felipe IV no era m��s que eso, una apariencia. En
este sentido don Juan Jos�� ten��a cierto apoyo entre ellos, nobles
que se refer��an a ��l como ��el hijo de nuestro llorado monarca��, y
que cre��an que encarnaba las virtudes de la monarqu��a, en un
momento en el que España carec��a de un infante solvente, y en el
que la imagen del futuro monarca, y su pervivencia en el tiempo
quedaban en un m��s que maltrecho estado. Por otro lado, el
gobierno del jesuita no sali�� reforzado en virtud de sus distintas
actuaciones, incluida la de la guerra, en donde la Triple Alianza de
Inglaterra, las Provincias Unidas y Suecia llevar��a al Rey Sol a la
mesa de las negociaciones, en 1668, y en donde España carec��a de
Ignacio Ru��z Rodr��guez

98
una posici��n s��lida. En este sentido, a cambio de recuperar el
Franco Condado tendr��a que ceder una serie de importantes puntos
estrat��gicos en los Pa��ses Bajos.

9.- 1669: la primera entrada de las tropas de don Juan en
Castilla. ¿El primer golpe de estado de la España Moderna?

A comienzos de 1669 Mariana de Austria segu��a
insistiendo al Virrey de Cataluña de que deb��a convencer al
bastardo para que regresara a la sede de su priorato. Todo ser��a un
nuevo intento in��til. Como r��plica, el 22 de enero escrib��a a
Mariana de Austria indic��ndole como los Consejos hab��an
informado a la regente sobre la necesidad de cesar al jesuita, tal y
como hemos visto con aquella resoluci��n del 21 de diciembre.

De paso, y para agravar m��s si cabe la situaci��n, una nueva
carta de don Juan de Austria indicaba a la Reina su intenci��n de
marchar hacia tierras de Castilla, con un destino final que no era
otro que Madrid. Un d��a despu��s, don Juan de Austria escrib��a a la
ciudad de Barcelona, remiti��ndole copia de aquella m��s que dura
carta que hab��a enviado a la regente, as�� como de su intenci��n de
partir en breve hacia Madrid:

��A la ciudad de Barcelona, y en la misma conformidad a la
Diputaci��n, Cabildo y Brazo Militar. En continuaci��n de la
confianza con que he tratado siempre a V.S. me ha parecido
remitirle la copia inclusa de la carta que he escrito a la Reina
nuestra señora. Y puede creer V.S. que es motivo universal del bien
y quietud de esta Corona, que me ha obligado a tomar la
resoluci��n que V.S. ver�� en ella, no ha tenido la menor parte el
deseo que me asiste, de no ser, ni aun indirectamente atractivo a
esta nobil��sima provincia, de las molestias de una guerra, cuando
quisiera, a costa de toda sangre, adquirirla un reposo muy feliz y
seguro. Y este mismo afecto me deber�� V.S. en cualquiera parte, y
fortuna donde Dios me condujere.
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

99
Él prospere a V.S. en toda felicidad, del Iesus, junto a
Barcelona, a 23 de enero de 1669. Don Juan��.

Aquellos acontecimientos movieron a recomendar a la
Reina un cambio en la actitud de confrontaci��n que hasta ese
momento ven��a manteniendo con don Juan de Austria. En tal
sentido se le invitaba a acercarse a la Corte, tal y como nos
transmite la siguiente carta que escribe el hijo de Felipe IV desde
El Jes��s:

��Copia de carta del señor don Juan, escrito a la Reina,
Nuestra Señora, desde El Jes��s, junto a Barcelona, a 25 de enero
de 1669. Señora. He holgado infinito de encontrar tan
anticipadamente el real gusto de Vuestra Majestad no s��lo en la
resoluci��n de acercarme a esa Corte, sobre que encargaba
Vuestra Majestad al duque de Osuna me hablase segunda vez, si
no en las noticias de ella, en que Vuestra Majestad hace tan justo
concepto de mi primera obligaci��n, y estimo como debo la
seguridad de Vuestra Majestad se sirvi�� volverme a dar de su real
parte como en el real nombre de Vuestra Majestad me lo a
repetido el duque, y no dudo señora que mis humildes s��plicas
desde m��s cerca tendr��n el breve y buen despacho que tan preciso
es para el universal bien, y quietud de España. Dios guarde la real
persona de Vuestra Majestad��.

Acto seguido, como si pretendiera que su decisi��n fuese
conocida por toda la geograf��a del Imperio, escrib��a tambi��n al
reino de Arag��n y singularmente a su principal ciudad, avis��ndole
de su vuelta a la Corte madrileña:

��Copia de carta del señor don Juan escrita al reino de
Arag��n y ciudad de Zaragoza. Por la copia inclusa de lo que he
escrito a la Reina nuestra señora, ver�� V.S. la resoluci��n que he
tomado y los motivos de tan precisa obligaci��n m��a, que me la han
influido. Y puede creer V.S. que no ha tenido la menor parte en
ella el deseo de manifestar de m��s cerca de V.S. la constante
voluntad y afecto que le profeso, y el sumo agradecimiento y
Ignacio Ru��z Rodr��guez

100
confianza con que estoy de lo mucho que he debido y espero
deber�� a V.S. el Rey, Nuestro Señor (que Dios guarde), en el curso
de estos negocios, asegur��ndome esto mismo el gran celo y
consumada prudencia de V.S., y que continuar�� su humilde
instancia con la Reina nuestra señora, para que nos consuele a
todos, pues si V.S. con tan generosa resoluci��n lo ejecut��, cuando
era yo solo el que lo pronunciaba, hoy, que hablar�� por la boca de
los mayores ministros y principales consejos de la monarqu��a, y
especialmente por la del supremo de esta corona, ya se ve con
cuantos m��s estrechos v��nculos le incumbe la obligaci��n de apoyar
con sus reverentes instancias una resoluci��n tan saludable como
precisa en el estado de las cosas. Dios prospere a V.S. del Jes��s,
junto a Barcelona, a 25 de enero de 1669��.

As�� las cosas, pronto har��a honor a su palabra, marchando
al frente de una nutrida escolta de 300 jinetes que el duque de
Osuna hab��a puesto a su disposici��n. El 4 de febrero part��a don
Juan de Austria de la ciudad condal, siendo despedido por todas las
autoridades de la ciudad de Barcelona, y recibiendo a lo largo de
todo su trayecto el fervor de todas aquellas localidades por las
cuales discurriese su camino.
Para acabar con ese apoyo que tanto dañaba la imagen de
la reina, fueron enviadas unas instrucciones al conde de Aranda, en
donde se le indicaba la necesidad de evitar la continua afrenta que
don Juan dispensaba a la Reina con su actitud. Adem��s, en Madrid
molestaban aquellas ininterrumpidas pruebas de fidelidad hacia la
persona del bastardo. Pero todo ello parec��a en este momento
imposible de frenar.
Un d��a despu��s, el 5 de febrero, llegaba el pr��ncipe don
Juan a la catalana localidad de L��rida, en donde un d��a antes los
representantes de la localidad se hab��an adelantado a su encuentro,
portando todas las insignias de la ciudad. De este modo, a un
cuarto de legua de la ciudad vinieron a contactar con don Juan el
cabildo y obispo, en cuyo palacio pasar��a el hijo de Felipe IV la
noche y el d��a siguiente.
El d��a 7 marchar��a hacia la localidad oscense de Fraga, en
donde aguardaban a don Juan de Austria a la entrada del reino de
Arag��n, para rendirle los honores correspondientes, el capit��n de la
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

101
guarda de aquel reino con sus dos compañ��as de infanter��a y
caballer��a, un juez del consejo y el comisario general del reino con
otros ministros, todos ellos enviados para que recibiesen, alojasen
y le acompañasen en su tr��nsito por el reino de Arag��n.
M��s tarde, y continuando con su imparable avance hacia
Madrid, con Juan de Austria entr�� en la oscense localidad de
Fraga, en un itinerario que le llevar��a a La Puebla, a unas dos
leguas de Zaragoza. Huelga decir que a lo largo de todo el camino
las muestras de alegr��a y general aclamaci��n eran continuas,
indicando las cr��nicas que a lo largo del viaje ��no se o��a, ni ve��a
otra cosa que sombreros en el aire, y voces de viva, y vitor el señor
don Juan, nuestro restaurador, que mira por la honra de España,
con extraños vituperios y maldiciones al confesor��.
Pronto llegar��an a don Juan las primeras noticias de las
actuaciones que ten��a el Virrey de Arag��n, el conde de Aranda, que
cumpl��a fielmente con todos los protocolos posibles para
convertirse –como as�� fue- en su eterno enemigo, el cual hab��a
hecho notificar tanto al reino como a la ciudad por mano del fiscal:

���� y en suposici��n de ser orden de la Reina, Nuestra
Señora, que no hiciesen demostraci��n alguna con Su Alteza ni le
visitasen. Extravagancia que recelada de Su Alteza la hab��a
prevenido de antemano, escribiendo al conde que la prisa con que
pasaba, y los t��rminos de inc��gnito en que iba no le permit��an
recibir agasajos p��blicos, y que lo previniese as�� a los cuerpos de
ciudad y reino. Hall�� Su Alteza en La Puebla a los marqueses de
Ariza, de Navarr��s, y de Coscojuela, a los condes de Fuenclara y
de Castel-Florit, y otros caballeros, a quienes siguieron luego el
Justicia, Cabildo del Aseo, otros muchos particulares, y el Virrey
con n��mero de nobleza. Dicen que dese�� mucho justificar su
intenci��n y los procedimientos en el ��nimo del señor don Juan, y
Su Alteza le respondi�� que nunca hab��a cre��do de ��l cosa que fuese
contra la obligaci��n que ten��a de buen pol��tico, pues en obrar en
contra los dict��menes de Su Alteza faltar��a a ambas cosas, a la
primera porque cualquiera que no adhiriese a ellos ir��a contra el
Rey, y a lo segundo porque ser��a gran error de providencia
embarcarse en una barca de caña, y arrimarse a un ��rbol tan flaco
y poco seguro, como era el padre confesor, que mañana, o esotro
le ver��amos cortado por el tronco, o arrancado de cuajo. A la
Ignacio Ru��z Rodr��guez

102
visita del Virrey y de la nobleza sigui�� en lo restante de aquel d��a
gran cantidad de gente de la ciudad, de todos los estados, que con
indecibles muestras de voluntad deseaban ver a Su Alteza. Al
mismo tiempo que estaba con el Virrey, dieron a Su Alteza una
carta de los diputados del reino, en esta forma��.

En aquella misiva, en relaci��n a los Diputados aragoneses
que se hab��an acercado al encuentro del pr��ncipe don Juan, se
indica lo siguiente:

��Seren��simo señor: Habiendo llegado a la noticia de este
consistorio que Vuestra Alteza por venir de inc��gnito y pasar por
esta ciudad con tanta prisa ha escrito al Virrey (seg��n se dice)
mostrando gusto de que no le visitasen los pueblos, nos ha
parecido ser muy de nuestra obligaci��n, para no faltar a ella,
asegurarnos en esta noticia, teniendo la de Vuestra Alteza para
que seg��n ella obremos cumpliendo con el obsequio debido a la
seren��sima persona de Vuestra Alteza, que guarde y prospere el
Cielo, como deseamos. Zaragoza, febrero de 1669����.

Mientras tanto, no dejar��an de escucharse aquellos v��tores
y aclamaciones. Cuando el bastardo acudi�� a visitar la Bas��lica de
Nuestra Señora del Pilar, todo parec��a ser un clamor popular,
uni��ndose a ello de paso los ataques al ya m��s que odiado por
muchos valido austriaco y, de paso tambi��n, al arzobispo de
Zaragoza, que no hab��a acudido a recibir a Juan de Austria.
Con todo el hijo de Felipe IV pronto continuar��a camino
hacia Madrid, entendiendo que aquella empresa no pod��a esperar.
Pero la tarea de los agentes no ten��a tregua, ya que antes de partir
don Juan de tierras de Arag��n la regente hab��a sido informada
sobre las intenciones que ten��a el bastardo:

��copia de carta del reino de Arag��n para la Reina nuestra
señora, sobre las cosas que propone el señor don Juan de Austria.
D��a mi��rcoles 2 del presente nos lleg�� a manos de mi secretario un
pliego de carta cerrada, cuya cubierta manifiesta ser para m���� se
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

103
reconoci�� por la firma era del señor don Juan de Austria�� me ha
parecido es de mi obligaci��n ponerlas en las reales manos de
Vuestra Majestad�� y el que los enemigos de esta corona que sin
duda estar��n a la mira de lograr sus intereses no nos hallen
embarazados en una guerra civil, y nuestras fuerzas enflaquecidas
y d��biles para oponerse a las suyas����.

Muchos creyeron ver en esto como un asalto militar a
Madrid, porque parec��a exagerado el contingente armado que
acompañaba a Juan de Austria en su caminar. Contingente que iba
en aumento conforme avanzaban hacia su objetivo, lo que
provocar��a la alarma en la Corte. Pero tambi��n llama la atenci��n
c��mo aquellos soldados que acompañaban al hijo de Felipe IV
pudiesen llegar a atemorizar a los gobernantes del Imperio. Un
Imperio con miles y miles de soldados esparcidos a lo largo de
todos los continentes hasta ese momento conocidos, se estaba
asustando de un pr��ncipe bastardo que se acercaba a la Corte
acompañado por unos cientos de hombres.
Pero la decisi��n de marchar hacia Madrid ya hab��a sido
tomada por don Juan de Austria. Incluso una vez abandonado el
reino de Arag��n, y en claro agradecimiento de la solidaridad y
apoyo prestado por dicho territorio hacia su causa, escrib��a a los
diputados de Zaragoza, indic��ndoles su agradecimiento eterno a
esas gentes. Muchos vemos en estos apoyos continuos hacia don
Juan como una de las causas que movieron, algunos años m��s
tarde, cuando se hab��a encumbrado al valimiento de la Monarqu��a
Hisp��nica, a convocar Cortes en el Reino de Arag��n, las ��nicas
convocadas a lo largo del reinado de Carlos II:
Ante la dif��cil situaci��n que se preve��a, el Consejo de
Guerra inform�� de que ser��a conveniente ordenar al bastardo la
detenci��n de su marcha a una distancia prudencial de Madrid, y
desde ese lugar desarrollar todas cuantas conversaciones fuesen
necesarias para dar por finalizada la tensa situaci��n que exist��a ya
desde la marcha apresurada de Juan Jos�� de Austria desde la sede
de su priorato. Enviado un correo al hermano del Rey Carlos II, en
donde se le indicaba la prohibici��n de entrar armado en tierras
castellanas, el hijo de Felipe IV har��a o��dos sordos al mismo,
continuando en su avance.
Ignacio Ru��z Rodr��guez

104
Pero tambi��n se alzaron voces, an��nimas o no, intentando
mediar en este enfrentamiento entre la regente y don Juan. Una de
aquellas, a la hora de resolver esos ��sucesos del gobierno��,
propon��a a la regente designar a don Juan como presidente de
Castilla. Con estos mimbres no resulta extraño pensar que el
ambiente estaba de lo m��s caldeado en Madrid, incluso desde
muchas instancias se barajaba la fundada posibilidad de que en
alg��n momento podr��a estallar una sublevaci��n popular, gentes que
desde hac��a años estaban hastiados de la situaci��n que ten��an que
soportar en muchos sentidos, clase social partidaria en su mayor��a
de Juan de Austria y contraria al valimiento del jesuita Nithard.
Incluso, ante dicho temor, algunos nobles leales de Mariana de
Austria, a cuya cabeza figuraba el Almirante de Castilla,
comenzar��an a elaborar un plan para la defensa militar de la Corte.
Mientras tanto el Nuncio vaticano, llamado a convertirse
en el intermediario del enfrentamiento, se reun��a con Mariana de
Austria. En la misma le transmiti�� la preocupaci��n de Clemente IX
por la situaci��n que se viv��a en tierras españolas. Puestos a
colaborar, ofrecer��a su labor apaciguadora en un intento de poder
resolver el problema y que, de no acabar r��pidamente con el
mismo, podr��a ser la antesala de una aut��ntica cat��strofe. As�� las
cosas, el 19 de febrero, como si de un fantasma se tratara, circulaba
por Madrid la falsa noticia de que Juan Jos�� de Austria ya se
encontraba en la Corte. Sin embargo, ��ste todav��a estaba a unas
diez leguas de Madrid. Desde all�� escribir��a a la Reina poni��ndose
una vez m��s a sus pies, señal��ndole que con la actitud que exhib��a
no hac��a sino recoger el sentir general de todos los españoles para
que se pusiese fin al desdoro de la monarqu��a, y que el ��nico
culpable de todo ello era el padre Everardo Nithard. Su salida
inmediata era el remedio a todos esos males.
Continu�� el bastardo regio en su acercamiento a Madrid, y
el 23 de febrero don Juan de Austria ya estaba en Torrej��n de
Ardoz, en donde se le unir��an todav��a m��s hombres. Entre ellos se
encontraban muchos de sus partidarios madrileños, adem��s de
algunos veteranos que hab��an participado a su lado en algunas
empresas militares que dirigi�� en ��pocas pret��ritas,
fundamentalmente de aquella triste campaña de Portugal, tras la
cual se hab��a perdido para la monarqu��a hisp��nica dicho reino.
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

105
En Madrid la situaci��n era tan calamitosa que Nithard, no
sin enormes dosis de la honestidad que le caracterizaba en la
mayor��a de sus actuaciones, vino a solicitar una vez m��s a Mariana
de Austria que le liberase de sus responsabilidades de gobierno:

��Señora: Vuestra Majestad se digne de acordarse, como
en tiempos pasados, y aun en vida del Rey (que goce de Dios)
diversas veces he pedido licencia a Vuestras Majestades para
retirarme de la Corte y acabar los pocos d��as que me quedan de
vida en alg��n colegio de mi sagrada religi��n, no habiendo sido
servidas Vuestras Majestades de conced��rmela, por hallarse
(seg��n me dec��an) enteramente satisfechos de mis largos servicios,
y rendidos y fieles obsequios, y religiosos procedimientos.
Ahora, Señora, viendo lo que pasa, desde el d��a que don
Juan de Austria (movido de su rencor y odio y de los fines que no
se ignoran) se empeñ�� con tanta fiereza en perseguirme y
apartarme de los reales pies de Vuestra Majestad tan sin causa de
fundamento ni raz��n, como es notorio a Vuestra Majestad y lo
testifican abiertamente sus reales y supremos Consejos en todas
sus consultas, vuelvo de nuevo a hacer la misma s��plica a Vuestra
Majestad pidiendo su benigna licencia para retirarme��.

Para encontrar respuesta a lo planteado, la Junta de
Gobierno que crease Felipe IV en su testamento se reun��a de
urgencia. All�� se aceptar��a la mediaci��n ofrecida por el Vaticano,
encomendando al Nuncio que se dirigiese al encuentro de Juan
Jos�� de Austria, que en ese momento se encontraba en Torrej��n de
Ardoz, y le propusiese su retirada a Guadalajara, y que diese un
plazo de cuatro d��as para tratar de resolver el contencioso.
Aceptando la gesti��n propuesta, aquel mismo d��a, 24 de febrero, el
Nuncio Federico Borromeo, sal��a hacia Torrej��n de Ardoz,
quedando mientras tanto reunido el Consejo de Castilla hasta que
llegaran noticias de aquel encuentro. Borromeo, que pronto estar��a
junto al bastardo, no obtendr��a ninguna concesi��n, es m��s, Juan de
Austria le informar��a de que todos los plazos se hab��an agotado, y
que su paciencia ya no daba m��s de s��. Acabar��a indic��ndole que
��si el lunes no sal��a el confesor por la puerta, entrar��a ��l el martes
acompañado de su gente y le arrojar��a por la ventana��.
Ignacio Ru��z Rodr��guez

106
Tras ello el Nuncio sugerir��a al padre Everardo que
meditase sobre su posible salida de tierras españolas, resolvi��ndose
as�� dicho problema, y que el Papa podr��a concederle un capelo
cardenalicio, a lo que parece ser respondi�� Nithard que ��ni lo
pretend��a ni deseaba y adem��s que no lo aceptar��a a no ser que se
lo ordenara el Sumo Pont��fice so pena de pecado mortal��.
Aquella misma noche el Consejo de Castilla ser��a
informado sobre esa reuni��n. Con ello, dicho ��rgano de la
administraci��n acordaba solicitar a Mariana de Austria, por el bien
y sosiego de la Monarqu��a, el reemplazo inmediato de su primer
ministro. Al d��a siguiente se reun��an nuevamente los miembros de
la Junta de Gobierno, para que pudiesen pronunciarse sobre las
recomendaciones que hab��a realizado el Consejo de Castilla a
Mariana de Austria, con respecto a la continuidad del jesuita
Nithard.
Mientras tanto la prensa de la ��poca vino a participar
directamente en este asunto. As��, en un escrito dirigido al confesor
de la Reina le aconsejaba su marcha de España, ya que al fin y al
cabo era un extranjero, y que recordase lo que vino a suceder en
tiempos de Catalina de M��dicis, Reina madre de Francia, con su
valido el mariscal de Ancr��, a qui��n:

��por extranjero, y antoj��rsele al pueblo que era causa de
todos sus males, despu��s de muerto y arrastrado por las calles de
Par��s, no se ten��a por buen franc��s el que no llevaba un pedazo de
su cuerpo para quemarlo en la puerta de su casa o en su pueblo, ��l
que hab��a venido de fuera y que tuviese cuidado pues lo mismo
pod��a pasarle a ��l si porfiaba en no querer retirarse��.

Interesante fue la participaci��n del Nuncio Borromeo en la
obtenci��n de las llamadas capitulaciones del señor don Juan, que
obtuvo en su posici��n de intermediario entre el pr��ncipe y la
regente, y en donde vino a obtener importantes ventajas tanto para
��l como para su milicia, aunque no cabe duda de que en este
momento el vencedor parec��a ser el bastardo de Felipe IV, por m��s
que con ello se provocaba la definitiva ca��da del confesor de la
Reina:
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

107
��Capitulaciones por el señor don Juan. Siendo el señor
Nuncio de España que aquellas materias del señor don Juan cada
d��a se empeñaban m��s y hac��an peores tensos, resolvi�� valerse de
Breve de su Santidad, de legado ad latere, que para este efecto
ten��a, y as�� el martes 26 de marzo se tom�� la ��ltima resoluci��n,
nombr��ndose parte en la Corte para el señor don Juan, que fueron
los señores Cardenal, duque de Montalto, conde de Castrillo y
duque del Infantazo y Alba, fue lo capitulado como sigue:
1º. Primero que Su Majestad en conformidad de las
mercedes que el Rey nuestro señor (que goza de gloria) hizo al
señor don Juan, su hijo, se vuelve al gobierno general de los
Estados de Flandes, como lo tuvo el señor Cardenal Infante.
2º. Que Su Majestad empeñando su real palabra que el
padre Everardo, su confesor, renunciar�� luego a todos los puestos
que tiene y ocupa, en España, y que en toda la vida no volver�� a
ella.
3º. Que desde luego manda y declara por recusados el
presidente de Castilla, que es y es el Marqu��s de Aytona, en todas
materias mayores y menores que lo fueren del señor don Juan.
4º. Que todos los papeles y decretos, edictos contra el
señor don Juan, desde 16 de octubre del año pasado de 668 hasta
hoy se rompan y arranquen de los registros; y asimismo que en
ning��n tiempo se pueda hacer cargo a ninguno de los que se han
sido sus parciales.
5º. Que a los cabos y soldados que le han asistido se les
haga bueno el tiempo y sueldo, como si hubiese sido servicio hecho
en campaña al Rey nuestro señor.
6º. Que el señor don Juan tenga facultad de poder vivir y
asistir con su casa y familia donde le pareciere.
7º. Que la Junta para el Alivio de los vasallos se empiece
desde luego, con obligaci��n de admitir todos los papeles
particulares y apuntamientos de pueblos y ciudades.
Que Su Majestad, d�� su real palabra directamente a Su Santidad
para la seguridad de la persona del señor don Juan, y de mandar
cumplir y guardar todas las cosas contenidas en este tratado, y as��
lo firm������.
Ignacio Ru��z Rodr��guez

108

Entre tanto, nos ha resultado llamativa la postura que en
estos momentos adopta el duque de Alba, convertido en uno de los
m��ximos valedores de la causa de don Juan de Austria, en
detrimento de Nithard.

10.- La ca��da del padre Nithard

Las actuaciones de don Juan de Austria contra Nithard
terminar��an con la destituci��n del jesuita por parte de la Reina
regente. Todo ello para satisfacci��n de muchos, tristeza de algunos
–fundamentalmente de Mariana de Austria-, y alivio del propio
cesado. Destituci��n que, en todo caso, respond��a directamente a la
coerci��n recibida, m��s que al tenor de obedecer a deseos internos:
��... atendiendo a sus instancias [las de Nithard] y por otras justas
consideraciones, concederle la licencia que pide para poderse ir a
la parte que le pareciere��. Era la primera vez en la historia de
España que un primer ministro era cesado en contra de los deseos
del monarca, por m��s que en este caso se tratase de una regente.
Tras ello, la Reina hizo saber p��blicamente la salida del
jesuita, indicando que lo comunicaba ��... para que lo tengan
entendido y se desengañen si sobre las controversias que se tra��an
entre el Sr. Don Juan y ��l [Nithard], fundaban los ��mulos de ��sta
Corona algunas ventajas��. Tampoco ocultaba Mariana de Austria
el resquemor que esta obligada y m��s que contraria a su voluntad
actuaci��n le hab��a provocado, al indicar que ��... la pura necesidad
y la violencia me han obligado a venir en lo que pasa conmigo y
con vos��, y m��s adelante ��... ya que la violencia nos aparta y
separa...��.
Con todo, Mariana de Austria, a pesar de su intenso dolor
por tener de desprenderse de aquel hombre que la hab��a
acompañado durante la pr��ctica totalidad de su vida, en esos
momentos de soledad, y confidente de sus m��s profundas
intimidades, ese mismo 25 de febrero acabar��a firmando el decreto
que le mandaba salir fuera de las tierras españolas. En ese mismo
documento, sin embargo, y para evitar lo traum��tico que supon��a
esta cesi��n forzada a don Juan, se le conced��a el t��tulo de
Juan Everardo Nithard, un jesuita al frente de la Monarqu��a

109
embajador extraordinario, ya fuese en Alemania o Roma, dejando
esta particularidad a elecci��n de Nithard, adem��s de la ��retenci��n
de todos sus puestos y lo que goza por ellos��.
Ese mismo d��a sali�� el padre confesor de la Corte, sobre las
tres o cuatro de la tarde, en coche desde palacio, siendo su
compañero de primeros kil��metros el Cardenal de Arag��n, el cual
estuvo a su lado hasta Fuencarral, donde pernoctar��a aquella noche.
Los acontecimientos que desembocaron en la ca��da de
Nithard vinieron a convertirse en un importante triunfo para don
Juan y los partidarios de expulsar a aquel extranjero, que hab��a
controlado gran parte del poder. Adem��s resulta m��s que necesario
reseñar que el decreto que viniese a apartar al jesuita del gobierno
le es arrancado a la regente contra su voluntad. Es por ello que
resulta evidente el hecho de que doña Mariana de Austria no es
qui��n destituye a Nithard, sino que m��s bien ser�� el pr��ncipe Juan
de Austria, quien le obligue a ello mediante amenazas y
coacciones.
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

111
LA REPRESENTACIÓN DE LA ESPAÑA MODERNA
EN LA FICCIÓN CINEMATOGRÁFICA: TRES
VISIONES SOBRE GUERRA, POLÍTICA Y
SOCIEDAD

David Bravo D��az
Universidad de Valladolid

1.- Introducci��n

Durante la Edad Moderna varios fueron los pa��ses que
lucharon por la hegemon��a en Europa. Sin duda, España fue una de
ellas, siendo la potencia dominante durante los siglos XVI y XVII,
y uno de los Estados m��s fuertes durante el XVIII. Por ello, se
podr��a asegurar que un pa��s que ha sido tan importante en la
Historia occidental, debe tener su reflejo en uno de los artes que
m��s ha producido representaciones sobre el pasado, como es el
Cine.
En este art��culo se va a analizar, aunque sea someramente,
ese reflejo que ha producido el cine sobre la España moderna, y se
va a realizar a trav��s de los tres filmes siguientes: La Kermesse
heroica (La Kermesse h��roique. Jacques Feyder, 1935), Elizabeth,
la edad de oro (Elizabeth: The golden era. Shekhar Kapur, 2007) y
Alatriste (Agust��n D��az Yanes, 2006).
Para realizar este an��lisis, primero se va a introducir al
lector en un breve resumen sobre la relaci��n que ha tenido la
Historia y el cine, con una leve descripci��n de quienes han sido, en
este campo, los m��s importantes investigadores tanto
internacionalmente como en España.
Tambi��n el lector encontrar�� un resumen sobre los filmes
que han sido contextualizados en la Edad Moderna. Por su puesto,
los films aqu�� nombrados no son todas las producciones que se han
realizado a lo largo de la historia del cine, trabajo que se me antoja
casi imposible de realizar, pero s�� se incluyen los que, en mi
David Bravo D��az

112
opini��n, son m��s relevantes, tanto por su calidad como por su
fama.
Para el an��lisis de los tres filmes, he preferido realizar una
divisi��n por ep��grafes, estando los primeros ep��grafes centrados en
las caracter��sticas t��cnicas de las pel��culas analizadas, para en un
��ltimo ep��grafe, y a modo de conclusiones, centrarnos en cu��l es la
visi��n que se tiene de los españoles en estos tres films.
Las tres pel��culas no han sido elegidas para su an��lisis a la
ligera, pues he buscado un primer film en el que los hechos
contados no fueran reales, otro film en el que los hechos fueran
hist��ricos, y una mezcla de ambas, en el que personajes de ficci��n
se mezclan con personajes y acontecimientos reales.
Pero adem��s, su elecci��n se debe a la diferencia, a primera
vista, del trato que se da a los españoles de la modernidad, con una
visi��n positiva (La Kermesse heroica), una visi��n negativa
(Elizabeth, la edad de oro) y una visi��n propia, es decir, la visi��n
que tienen los propios españoles de su pasado (Alatriste).
Sin duda, este art��culo no es m��s que un boceto de c��mo el
cine ha reflejado a los españoles durante sus m��s de 100 años de
historia, siendo solo una llave que quiz��s sirva para abrir una
puerta hacia un trabajo de investigaci��n m��s profundo y extenso,
en un campo que a��n est�� por explorar en su mayor��a. Me refiero,
por supuesto, al campo del Cine en su relaci��n con la Historia.

2.- El pasado en im��genes

El primer autor que toma en serio el cine y su relaci��n con
la Historia fue Siegfried Kracauer, que publica en 1947 De
Caligari a Hitler, una historia psicol��gica del cine alem��n.1
Gracias a su ensayo, se convierte en la piedra angular en este tema,
acerc��ndose a ��l la mayor��a de los investigadores siguientes.

1
KRACAUER, Siegfried. De Caligari a Hitler. Una historia
psicol��gica del cine alem��n. Barcelona: Paid��s. 1985.
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

113
Tras Kracauer aparece Marc Ferro2, siendo el gran pionero
en la utilizaci��n del cine como fuente hist��rica y medio did��ctico,
pues est�� vinculado a la Escuela de Annales, donde la fuente
hist��rica se entiende como todo lo que merezca la pena para el
historiador.
El m��s importante despu��s de Ferro ha sido Pierre Sorlin3,
catedr��tico de Sociolog��a del Cine en la Universidad de la Sorbona.
Sorlin centra su atenci��n no s��lo en el film como fuente hist��rica,
sino que el mismo film es parte de la Historia, pues es una
expresi��n ideol��gica del momento en que se realiza.
El catedr��tico del Instituto Tecnol��gico de California,
Robert A. Rosenstone4 se interesa por otro aspecto importante,
pues piensa que se difunde m��s historia por el medio
cinematogr��fico que por los medios cl��sicos, por lo que hay que
aceptar el cine como un nuevo m��todo para hacer historia, con sus
propios l��mites y su propio lenguaje.
En España existen distintas ramas. La perteneciente a la
Historia del Arte o el punto de vista est��tico tiene como pioneros a
Ángel Luis Hueso5 y Jos�� Enrique Monterde6.
En la rama de Historia, coexisten tres focos importantes. El
primero se sit��a en Barcelona, liderado por Jos�� Mar��a Caparr��s
Lera, que inici�� en los años 90 un ciclo de cine, guerra y sociedad,
originando el Centro de Investigaciones Film-Historia. Es un autor
prol��fico pero desigual, mezclando la cr��tica cinematogr��fica y
escaseando el an��lisis hist��rico. Populariz�� en España los
planteamientos de Ferro, destacando de esta escuela R. de España,
S. Alegre, y M. Crusells, siendo esta ��ltima investigadora la que
m��s destaca con sus estudios sobre la Guerra Civil y el cine.

2
FERRO, Marc. Historia contempor��nea y cine. Barcelona: Ariel.
1995.
3
SORLIN, Pierre. Cines europeos, sociedades europeas. 1939-1990.
Barcelona: Paid��s. 1996.
4
ROSENSTONE, Robert A. El pasado en im��genes. El desaf��o del cine a
nuestra idea de la Historia. Barcelona: Ariel. 1997.
5
HUESO, Ángel Luis. El cine y la Historia del Siglo XX. Universidad de
Santiago de Compostela. 1983.
6
MONTERDE, Jos�� Enrique. La representaci��n cinematogr��fica de la
Historia. Madrid: Akal. 2001.
David Bravo D��az

114
El segundo foco reside en Madrid, en la Facultad de
Ciencias de la Informaci��n de la Universidad Complutense,
constituido por Julio Montero y Mar��a Antonia Paz, entre otros.
Coincidiendo con las celebraciones del centenario del cine (1995)
y de la primera proyecci��n en España (1996) estos dos profesores
organizaron unas ��Primeras Jornadas sobre Cine e Historia�� a las
que invitaron a destacados estudiosos nacionales e internacionales,
como los ya citados Rosenstone o Caparr��s. El ��xito del evento
anim�� a sus promotores a darlo continuidad, siendo un punto de
referencia en España, y dando como resultado a una segunda
generaci��n de investigadores como Jos�� Cabeza, Araceli
Rodr��guez o Jos�� Carlos Rueda.
El tercer foco importante se adscribe a la Universidad del
Pa��s Vasco, donde desde 1998 Santiago de Pablo coordina unas
jornadas sobre la Historia a trav��s del cine, y en las que se utilizan
determinadas pel��culas para explicar determinados procesos
hist��ricos7.

3.- Resumen de las producciones cinematogr��ficas sobre la
Edad Moderna.

El cine ha representado, a lo largo de sus m��s de cien años
de historia, todas las ��pocas hist��ricas, tanto desde un punto de
vista veraz representando hechos hist��ricos muy concretos, como
utilizando un determinado marco temporal para desarrollar
determinada narraci��n ficticia.
Muchas son las pel��culas que han sido ambientadas en la
Edad Moderna de una manera o de otra, en distinto grado de
exactitud hist��rica. En este ep��grafe voy a nombrar aquellas que en
mi opini��n m��s han destacado desde los inicios del cine.
Sin duda, los filmes m��s numerosos que han tratado la
Edad Moderna son aquellos que se centran en personajes

7
Informaci��n m��s completa v��ase PELAZ LÓPEZ, Jos��-Vidal, El
pasado como espect��culo: reflexiones sobre la relaci��n entre la Historia
y el cine. LÉGETE. Estudios de comunicaci��n y sociedad. Nº7.
Diciembre 2007. P��gs. 5-31.
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

115
hist��ricos. Desde los comienzos del cine tenemos filmes como El
asesinato del duque de Guisa (L��assassinant du duc de Guise.
Andr�� Calmettes, Charles Le Bargy, 1908). Pero sin duda los
personajes hist��ricos que m��s destacan son los reyes ingleses, en
especial Enrique VIII, con sus mujeres, sobre todo Ana Bolena, y
su hija la reina Isabel I.
De esta manera el film que trata la vida de Enrique VIII
que m��s destaca podemos decir que es La vida privada de Enrique
VIII (The pr��vate life of Henry VIII. Alexander Korda, 1933), que
muestra la relaci��n del rey con sus esposas. De esta relaci��n
existen varios films, como Ana Bolena (Anna Boleyn. Ernst
Lubitsch, 1920), Ana de los mil d��as (Anne of the thousand days.
Charles Jarrott, 1969), y Las hermanas Bolena (The other Boleyn
girl. Justin Chadwick, 2008).
Otra relaci��n famosa de Enrique VIII fue la amistad
mantenida con Tom��s Moro, de la que dos pel��culas son reflejo,
siendo una un remake de la otra. Nos referimos a Un hombre para
la eternidad (A man for all seasons. Fred Zinnemann, 1966) cuyo
remake se produce para televisi��n en 1988.
Otras dos reinas copan las producciones sobre la Edad
Moderna, como son Mar��a Estuardo e Isabel I. La reina de Escocia
es representada en los filmes Mar��a Estuardo (Mary of Scotland.
John Ford, 1936), y Mar��a, reina de Escocia (Mary, queen of
Scots. Charles Jarrott, 1972), mientras que sobre Isabel I hay una
extensa producci��n, pudiendo nombrar La vida privada de
Elizabeth y Essex (The pr��vate lives of Elizabeth and Essex.
Michael Curtiz, 1939), El favorito de la reina (The virgin queen.
Henry Koster, 1955), y a finales del S.XX se hace un intento (por
ahora fallido) de representar la vida de la ��reina virgen�� en una
trilog��a, habi��ndose producido solo dos de las tres producciones
pensadas: Elizabeth (Shekhar Kapur, 1998) y Elizabeth, la edad de
oro (Elizabeth, the golden era. Shekhar Kapur, 2007).
Tambi��n destacan otros filmes sobre reyes europeos
modernos, como los films sovi��ticos Iv��n el terrible parte I (Ivan
Groznyy I. Sergei M. Eisenstein, 1944) e Ivan el terrible parte II
(La conjura de los boyardos) (Ivan Groznyy II: Boyarsky zagovor.
Sergei M. Eisenstein, 1958), la producci��n francesa La reina
Margot (La reine Margot. Jean Dr��ville, 1954) que tiene un
remake dirigido por Patrice Ch��reau en 1994, las producciones
David Bravo D��az

116
españolas sobre Juana de Castilla Locura de amor (Juan de
Orduña, 1948) y Juana la loca (Vicente Aranda, 2001), o la
pel��cula germana Henri IV (Jo Baier, 2010) que gira en torno a la
figura de Enrique IV de Francia y III de Navarra.
Otros films importantes sobre reyes europeos son Catalina
de Rusia (The rise of Catherine the Great. Paul Czinner, Alexander
Korda, 1934), Catalina la Grande (Great Catherine. Gordon
Flemyng, 1968), sobre la emperatriz rusa. Mar��a Antonieta (Marie
Antoinette. W.S. van Dyke, 1938), Marie-Antoinette (Sofia
Coppola, 2006), sobre la reina francesa. Y La reina Cristina de
Suecia (Queen Christina. Rouben Mamoulian, 1933) sobre la reina
sueca son solo algunos ejemplos.
Como vemos, destacan sobre manera el n��mero de las
producciones sobre las reinas que sobre los reyes europeos.
Existe un gran bloque de pel��culas sobre la Era Moderna
que se basan en la representaci��n de personajes importantes del
pasado. As�� tenemos filmes sobre artistas y pensadores como El
burlador de Florencia (The affairs of Cellini. Gregory La Cava,
1934), Rembrandt (Alexander Korda, 1936), Galileo (Liliana
Cavani, 1968), Giordano Bruno (Giuliano Montaldo, 1973),
Amadeus (Milos Forman, 1984), Caravaggio (Derek Jarman,
1985), Nostradamus (Roger Christian, 1993), Shakespeare in love
(John Madden, 1998), Goya en Burdeos(Carlos Saura, 1999), El
Greco (Yannis Smaraqdis, 2007), Miguel y William (In��s Par��s,
2007), y Lope (Andrucha Waddington, 2010).
Tambi��n aparecen films sobre personajes hist��ricos
importantes, como La leona de Castilla (Juan de Orduña, 1951),
que plasma la vida de Mar��a Pacheco; La princesa de Éboli (That
lady. Terence Young, 1955) sobre la noble española; Diane (David
Miller, 1956), que muestra la vida de Diana de Poitiers; Cromwell
(Ken Hughes, 1970), sobre el gobernador ingl��s; La ��ltima
cruzada (Mihai Viteazul. Sergiu Nicolaescu, 1970), que trata sobre
el reyezuelo Miguel el Valiente; La monja alf��rez (Javier Aguirre,
1987), producci��n sobre Catalina de Erauso; Cabeza de Vaca
(Nicol��s Echeverr��a, 1991), que muestra la vida del descubridor
español; Rob Roy, la pasi��n de un rebelde (Rob Roy. Michael
Caton-Jones, 1995), que trata la vida del rebelde escoc��s; The
Countess (Julie Delpy, 2009), que relata la vida de la sangrienta
condesa Bathory; y La princesa de Montpensier (La princesse de
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

117
Montpensier. Bertrand Tavernier, 2010) sobre la vida de Marie de
M��zi��res.
Adem��s, aparecen pel��culas sobre vidas de santos, como
Monsieur Vincent (Maurice Cloche, 1947), que muestra la vida de
San Vicente de Paul; El hombre que no quer��a ser santo (The
reluctant saint. Edward Dmytryk, 1962), sobre San Jos�� de
Copertino; El señor de la Salle (Luis Cesar Amadori, 1964), que
trata la vida de Juan Bautista de la Salle; El hombre que supo amar
(Miguel Picazo, 1978), sobre San Juan de Dios; y Sed Buenos�� si
pod��is (State buoni��se potete. Luigi Magni, 1984), donde se relata
la obra de San Felipe Neri. Adem��s aparece el film sobre el l��der
de la reforma protestante Mart��n Lutero (Martin Luther. Irving
Pichel, 1953), que tendr�� su revisi��n con Lutero (Luther. Eric Till,
2003).
El cine tambi��n ha sabido plasmar momentos hist��ricos
puntuales de la Edad Moderna, siendo los ejemplos m��s
destacables Rebeli��n a bordo (Mutiny on the Bounty. Frank Lloyd,
1935) que tendr�� sendos remakes en 1962 y en 1984. La nave del
destino (Playmouth adventure. Clarence Brown, 1952), sobre los
primeros colonos. La toma del poder por parte de Luis XIV (La
prise de pouvoir par Louis XIV. Roberto Rossellini, 1966). Los
films sobre el descubrimiento de Am��rica Crist��bal Col��n: el
descubrimiento (Christopher Columbus: The discovery. John Glen,
1992) y 1492: La conquista del para��so (1492: The conquest of
Paradise. Ridley Scott, 1992), o el film español La conjura de El
Escorial (Antonio del Real, 2008).
Otro campo que ha tocado el cine es la representaci��n de la
vida en la ��poca de la modernidad, pudiendo encontrar films como
la producci��n alemana La letra escarlata (Der scharlachrote
buchstabe. Wim Wenders, 1973) que tendr�� un remake
hollywoodiense en 1995, y que muestra el puritanismo en los
primeros años de la colonizaci��n norteamericana. Tambi��n Barry
Lyndon (Stanley Kubrick, 1975) muestra las aventuras y
desventuras de un joven en el S.XVIII. De los entresijos de la
nobleza encontramos Las amistades peligrosas (Dangerous
liaisons. Stephen Frears, 1988). Sobre la vida del pueblo llano
tenemos La marrana (Jos�� Luis Cuerda, 1992), y tambi��n
encontramos sobre la vida en la corte el filme Restauraci��n
(Restoration. Michael Hoffman, 1994). Y M��s fuerte que su
David Bravo D��az

118
destino (Dangerous beauty. Marshall Herskovitz, 1998) nos
muestra c��mo una muchacha normal se convierte en cortesana.
Un gran bloque del cine ambientado en la modernidad es el
que traslada textos literarios ambientados en esta ��poca al cine.
As��, nos encontramos con la producci��n italiana Cyrano de
Bergerac (Cirano di Bergerac. Augusto Genina, 1925), que ser��
llevada de nuevo al cine en 1950 por Hollywood y nuevamente en
1990 por Francia. Otra obra que ser�� rehecha es la española El
lazarillo de Tormes (Flori��n Rey, 1925), estrenando su remake en
1959. Tambi��n la que para mucho es la mejor novela jam��s escrita
es llevada al cine en varias ocasiones, y por parte de distintas
nacionalidades. As��, la francesa Don Quijote (Don Quichotte.
Georg Wilhelm Pabst, 1933) abre brecha a las representaciones
f��lmicas de esta novela, a la que siguen en 1934 una producci��n
americana (de animaci��n), una española en 1947, y una sovi��tica
en 1957. Les seguir��n a estas obras distintas versiones de la obra
de Cervantes.
Sin duda, Shakespeare tambi��n ha sido llevado al cine en
m��ltiples ocasiones, destacando Mucho ruido y pocas nueces
(Much ado about nothing. Kenneth Branagh, 1993) y El mercader
de Venecia (The merchant of Venice. Michael Radford, 2004).
Otro gran autor que ha sido llevado al cine es el ruso Nikolai V.
Gogol, con su gran obra llevada al cine Taras Bulba (J. Lee
Thompson, 1962), de la que se ha realizado un remake en 2009
obra del director Vladimir Bortko.
Pero sin duda alguna el autor que m��s ha sido llevado al
cine de esta ��poca es Alejandro Dumas. Sus obras sobre los
mosqueteros, ��Los tres mosqueteros�� (1844), ��Veinte años
despu��s�� (1845) y ��El vizconde de Bragelonne�� (1848), y ��El
conde de Montecristo�� (1845) han sido llevadas al cine en
m��ltiples ocasiones, tanto de una manera fiel y completa, como de
forma libre y sesgada. As�� encontramos La m��scara de hierro (The
iron mask. Allan Dwan, 1929), con un remake en 1939, y otro m��s
en 1998.
Sobre los tres mosqueteros los films son casi infinitos,
desde la producci��n de 1921 con Douglas Fairbanks a la cabeza,
llamada Los tres mosqueteros (The three musketeers. Fred Niblo,
1921), hasta la producci��n de 2011 de Paul W.S. Anderson, se
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

119
producen remakes en 1922, 1942, 1948, y 1993. Tambi��n
encontramos Los hijos de los mosqueteros (At sword��s point (sons
of the musketeers). Lewis Allen, 1952) o La hija de D��Artagnan
(La fille de D��Artagnan. Bernard Tavernier, 1994).
La otra gran obra de Dumas tambi��n ha sido llevada al cine
varias veces, con El conde de Monte Cristo (The count of Monte
Cristo. Rowland V. Lee, 1934), la producci��n argentina El conde
de Montecristo (Le��n Klimovsky, 1954), o La venganza del conde
de Monte Cristo (The count of Monte Cristo. Kevin Reynolds,
2002).
La religi��n tambi��n ha sido llevada al cine ambientado en
la Edad Moderna. Las danesas La mujer del p��rroco (Prästänkan.
Carl Theodor Dreyer, 1920) y Dies Irae (Vredens dag. Carl
Theodor Dreyer, 1943), comedia y drama respectivamente son un
buen ejemplo, como tambi��n lo es la visi��n positiva en la española
Marcelino, pan y vino (Ladislao Vadja, 1955), o las mexicanas El
santo oficio (Arturo Ripstein, 1973) y La virgen de Guadalupe
(Alfredo Salazar), con una visi��n negativa y positiva de la religi��n
respectivamente. Las españolas Inquisici��n (Paul Naschy, 1976) y
Akelarre (Pedro Olea, 1984) donde la visi��n tampoco es positiva
hacia la religiosidad moderna son otro ejemplo. La producci��n
brit��nica La Misi��n (The Mission. Roland Joff��, 1986), que
muestra el drama de las misiones jesuitas de la zona del Guaran��. Y
la b��lgara Tiempo de violencia (Vreme na nasilie. Ludmil Staikov,
1988) que muestra la lucha entre el islam y el cristianismo.
Finalmente la venezolana Jeric�� (Luis Alberto Lamata, 1990),
muestra los intentos por cristianizar las poblaciones ind��genas de
Sudam��rica, y los conflictos con la Inquisici��n.
Sobre la vida en la Am��rica colonial existen varios films,
destacando la producci��n argentina La quintrala (Hugo del Carril,
1955), la mexicana El jard��n de t��a Isabel (Felipe Cazals, 1971), la
chilena La araucana (la conquista de Chile) (Julio Coll, 1971), la
germana Aguirre, la c��lera de Dios (Aguirre der zorn Gottes.
Werner Herzog, 1972), las de nuevo mexicanas Retorno a Aztl��n
(Juan Mora Catlett, 1991), rodada ��ntegramente en lengua n��huatl,
y La otra conquista (Salvador Carrasco, 1998), y la norteamericana
El nuevo mundo (The new world. Terrence Malick, 2005).
El ��ltimo gran bloque sobre films ambientados en la Edad
Moderna es sin duda el de las pel��culas sobre piratas. El gavil��n de
David Bravo D��az

120
los mares (The sea hawk. Frank Lloyd, 1924), El pirata negro (The
black pirate. Albert Parker, 1926), El capit��n Blood (Captain
Blood. Michael Curtiz, 1935), Piratas del mar Caribe (Reap the
wild wind. Cecille B. DeMille, 1942), Los bucaneros (The
buccaneer. Anthony Queen, 1958), Piratas (Pirates. Roman
Polanski, 1986), La isla de las cabezas cortadas (Cutthroat island.
Renny Harlin, 1995), y la saga de Piratas del Caribe de Disney,
que mezcla el g��nero de piratas con lo fant��stico, son s��lo algunos
ejemplos.
Adem��s, hemos de decir que esta ��poca ha sido utilizada
como contexto para filmes de todos los g��neros, como la comedia
rom��ntica con la pel��cula La fierecilla domada (The taming of the
shrew. Sam Taylor, 1929), cuyo famoso remake es de 1966,
aunque tiene varios m��s y es una de las obras de Shakespeare m��s
llevada al cine. De terror encontramos El p��ndulo de la muerte
(The pit and the pendulum. Roger Corman, 1961), o la finlandesa
Sauna (Antti-Jussi Annila, 2008), y de comedia existen ejemplos
como Rosa y negro (Rose et noir. G��rard Jugnot, 2009).
Encontramos films b��licos como El ��ltimo valle (The last valley.
James Clavell, 1970), de animaci��n como El pr��ncipe y el mendigo
(Mickey��s the prince and the pauper. George Scribner, 1990) o
Pocahontas (Mike Gabriel, Eric Goldberg, 1995), e incluso de
ciencia ficci��n como Ivan Vasilievich: back to the future (Ivan
Vasilievich menyaet professiyu. Leonid Gaidai, 1973).
Como colof��n a este ep��grafe, se ha de aclarar que adem��s
de esta extensa producci��n, tambi��n se producen films para
televisi��n y series, que generalmente suelen ser remakes hechos en
calidad de telefilmes, sin aportar casi nada nuevo al g��nero, como
Las seis esposas de Enrique VIII (The six wives of Henry VIII.
Naomi Capon, John Glenister, 1970), Elizabeth R (Roderick
Graham, 1971), Blaise Pascal (Robert Rossellini, 1972), La
m��scara de hierro (The man in the iron mask. Mike Newell, 1977),
La fierecilla domada (The taming of the shrew. Jonathan Miller,
1980), Pedro el Grande (Peter the Great. Marvin J. Chomsky,
Lawrence Schiller, 1986), Un hombre para la eternidad (A man for
all seasons. Charlton Heston, 1988), La controverse de Valladolid
(Jean-Daniel Verhaeghe, 1992), El pr��ncipe y el mendigo (The
prince and the pauper. Giles Foster, 2000), Las hermanas Bolena
(the other Boleyn girl. Philippa Lowthorpe, 2003), Henry VIII
(Pete Travis, 2003), Elizabeth I (Tom Hooper, 2005), Los Tudor
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

121
(The Tudors. Showtime TV, 2007), y La princesa de Éboli (Bel��n
Mac��as, 2010).

4.- La kermesse heroica. La visi��n positiva de España

Sin duda alguna, La kermesse heroica es un filme que
muestra a los españoles con una visi��n positiva dentro de un
contexto antib��lico, algo muy poco com��n en la historia del Cine.

El director del film

Jacques Feyder fue un director de origen belga, que naci��
en 1885 y muri�� en 1948. Aunque como hemos dicho su origen era
belga, su carrera se desarroll�� en Francia y Estados Unidos, siendo
el primer director en rodar una pel��cula en Hollywood narrada
totalmente en franc��s.
Su prometedora carrera fue truncada por el servicio militar
durante la Primera Guerra Mundial. Es posible que por esta
experiencia, en 1935 realizase esta s��tira de la sociedad y la guerra,
en un momento en que un nuevo conflicto internacional se
vislumbraba a lo lejos.
Sus obras m��s exitosas fueron, aparte de este film,
L��Atlantide (La Atl��ntida. Jacques Feyder, 1921), Crainquebille
(Jacques Feyder, 1923), Anna Christie (Jacques Feyder, 1931), y
Pension Mimosas (Jacques Feyder, 1935). Sin duda su obra m��s
exitosa es La Kermesse heroica, con la que gan�� varios premios,
destacando el premio al mejor director en el Festival Internacional
de Cine de Venecia.

Contexto hist��rico en que se realiza el film

El año 1935 es un año convulso, militarizado, estando sus
acontecimientos dirigidos hacia un conflicto como el hombre jam��s
hab��a visto a la fecha.
David Bravo D��az

122
En ese año, el 18 de febrero Italia comunica el embarque
de tropas hacia Somalia, el 1 de marzo se da un golpe de Estado en
Grecia, en Alemania, el 15 de septiembre, entran en vigor las
Leyes de N��remberg, y el 3 de octubre Italia invade Etiop��a. Todos
estos acontecimientos est��n relacionados entre s��, y no son m��s que
algunos eslabones de los acontecimientos que ocurren en los años
30.
As��, la d��cada de los 30 destaca por la creaci��n de los
gobiernos totalitarios de Alemania, Italia y Portugal, mientras un
Jap��n cuyo gobierno estaba en manos de los gerifaltes militares se
expand��a por Asia chocando con los intereses europeos y
estadounidenses.
Otro de los gobiernos totalitarios, el de la URSS, realizaba
��la gran purga�� a manos de Stalin, mientras que en España una
guerra civil transformaba al pa��s en un Estado totalitario al final de
la d��cada.
As��, esta d��cada de los años 30 es una d��cada de creaci��n y
asentamiento de gobiernos totalitarios, que provocar��n la lucha
entre la democracia y el totalitarismo en la d��cada posterior.

Contexto hist��rico-cinematogr��fico

En 1935 la mayor��a de producciones destacables del cine
se dirigen hacia la reconstrucci��n de ��pocas hist��ricas. Si duda la
m��s importante es Rebeli��n a bordo, ganadora del premio Oscar a
la mejor pel��cula. Curiosamente todas las pel��culas que narran este
acontecimiento hist��rico fueron protagonizadas por ganadores del
premio de la Academia, es decir, Clark Gable en su primera
adaptaci��n, y Marlon Brando, y Mel Gibson en los remakes
siguientes.
Tambi��n destaca sobremanera El delator (The informer.
John Ford, 1935), drama ambientando en el Dubl��n de 1922, es
decir, nada m��s terminar la guerra contra el Reino Unido por la
independencia y comenzando con la guerra civil que sacudi��
Irlanda hasta mediados de 1923.
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

123
Otro film que destaca es Ana Karenina (Anna Karenina.
Clarence Brown, 1935), en el que se desarrolla una fuerte cr��tica
social, en especial a la aristocracia rusa de finales de SXIX.
Adem��s sobresale el film Tres lanceros bengal��es (The
lives of a Bengal lancer. Henry Hathaway, 1935), ficci��n basada
en los soldados brit��nicos desplegados en la India colonial y que
luchan contra las tribus de la zona.
Otra pel��cula a resaltar de este año es El capit��n Blood, que
narra las aventuras de un pirata en los mares del Caribe, con el
trasfondo del gobierno de Jacobo II de Inglaterra.
Tambi��n encontramos para este año el film David
Copperfield (George Cukor, 1935). Drama de ��poca sobre la vida
de un niño que tiene que aprender a ganarse la vida por s�� mismo,
apoyado por su familia no directa.
Finalmente otros dos films destacan en este año, El sueño
de una noche de verano (A midsummer night��s dream. William
Dieterle y Max Reinhardt, 1935), obra de William Shakespeare
llevada al cine y 39 escalones (The 39 steps. Alfred Hitchcock,
1935), pel��cula de suspense del maestro ingl��s.
Como vemos, la mayor��a de los films destacables de ese
año narran acontecimientos b��licos del pasado o cr��ticas a la
sociedad, por lo que no es raro que se produzca La Kermesse
heroica en este año de 1935.
Podemos decir que los films que se producen buscan la
cr��tica de una sociedad desigual, y la gloria y encumbramiento de
los hechos b��licos. La Kermesse heroica acompaña esta cr��tica
social, pero va m��s all�� realizando tambi��n una cr��tica a la guerra y
a la belicosidad de la ��poca.

Estructura argumental

La estructura de este film es completamente lineal. Se van
desarrollando los acontecimientos de forma cronol��gica, aunque
hay que destacar que en el principio del film se da una especie de
flash-forward, aunque en realidad no lo es, pues es la imaginaci��n
de los protagonistas masculinos del film, que imaginan c��mo va a
David Bravo D��az

124
ser la llegada de los españoles, siendo completamente err��nea su
percepci��n.

Sinopsis del contenido y su contexto hist��rico

Esta obra cinematogr��fica narra los acontecimientos que
ocurren en la pequeña ciudad ficticia de Boom, en Flandes, durante
la guerra de independencia de dicha zona de la soberan��a española.
Flandes se encontraba dividida en 17 provincias, de las
cuales se independizaron 15 tras lo que se conoce como Guerra de
los 80 años (1568-1648), formando lo que hoy conocemos como
Holanda o Pa��ses Bajos, mientras que Luxemburgo y B��lgica se
mantuvieron fieles a la corona española hasta el S. XVIII.
Tras esta guerra, el nuevo pa��s se convirti�� en una potencia
econ��mica gracias a su poder mar��timo y financiero, mientras que
España perd��a prestigio en Europa y poder econ��mico en el
mundo.
La trama del film comienza con el inicio de hostilidades
entre el Flandes levantado y los ej��rcitos españoles enviados all��
para sofocar dicho levantamiento. Las gentes del lugar piensan y
alardean de que lucharan con valent��a contra los españoles, pero
cuando llega un emisario español todos huyen. El emisario entra en
la Casa Consistorial, donde anuncia que el ej��rcito español pasar��
all�� la noche.
Asustados ante la perspectiva de la llegada de los temibles
tercios, y desbordados por su propia imaginaci��n, deciden planear
una trama que les saque del apuro: fingir el fallecimiento del
burgomaestre.
Ante esta perspectiva, es la mujer del burgomaestre la que
toma las riendas de la situaci��n, ayudada por las dem��s mujeres de
Boom. As��, reciben calurosamente a los españoles, en todos los
sentidos, d��ndose cuenta que no son tan malos como imaginaban, y
que les resulta beneficioso pues dejan all�� su dinero.
De esta manera, gracias a la perspicacia femenina, el
pueblo de Boom ve alejarse a los tercios a la mañana siguiente, sin
haber causado ning��n problema.
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

125
Personajes individuales y colectivos:

En este apartado nos centraremos en los todos los
personajes del film, a excepci��n de los españoles como personaje,
pues es el bloque m��s importante del art��culo, y lo analizaremos en
un gui��n exclusivo m��s adelante.

• Cornelia de Witte: interpretada por Françoise Rosay, es la
mujer del burgomaestre. Es el personaje principal de la pel��cula,
siendo la persona que toma las riendas de la ciudad cuando los
hombres se asustan con la llegada pr��xima de los españoles.
• Korbus de Witte: interpretado por Andr�� Alerme, es el
burgomaestre. Ante su miedo por la llegada de los españoles
decide representar una farsa con el fallecido, para que los
españoles no tomen represalias contra su persona.
• El duque de Olivares: papel realizado por Jean Murat, es
el comandante del ej��rcito español. Es culto, refinado, y educado.
• El sacerdote: Louis Jouvet interpreta a este sacerdote que
encarna las virtudes de la religi��n cat��lica y su Iglesia, aunque
luego deje ver su lado humano con la comida, la bebida, y el
dinero.
• Siska: fue interpretada por Micheline Cheirel. Siendo la
hija mayor del burgomaestre, quiere casarse con el retratista que
trabaja para su padre. Este se negar��, pero gracias a la audacia de
su madre, que aprovechar�� la llegada de los españoles, conseguir��
casarse con el pintor.
• Julien Breughel: interpretado por Bernard Lancret, es un
pintor con talento que est�� enamorado de Siska.

Como personajes colectivos encontramos los siguientes:

• Los hombres habitantes de Boom: al principio de la
pel��cula se sienten muy seguros de s�� mismos. Tienen la situaci��n
bajo control y no temen al enemigo, alardeando de su valent��a.
Pero cuando aparece el primer español todo esto se esfuma,
intentando buscar una soluci��n f��cil a la visita de los tercios
españoles, pues han imaginado su futuro y no es nada halag��eño.
David Bravo D��az

126
Finalmente deciden literalmente desaparecer de la escena, pero con
la actuaci��n de las mujeres, poco a poco se van dando cuenta que
sus temores son infundados, y que incluso la visita del ej��rcito
español puede ser provechosa.
• Las mujeres habitantes de Boom: son las autenticas
protagonistas del film. Ellas son las que toman las riendas de la
situaci��n ante la cobard��a de sus maridos, consiguiendo no solo
que los españoles se marchen en seguida, sino tambi��n que se
vayan contentos despu��s de una noche de fiesta. Es un canto a la
igualdad entre hombres y mujeres.
• Los españoles: este es otro personaje, el cual como ya
hemos dicho, analizaremos m��s adelante.


5.- Elizabeth, la Edad de Oro: La visi��n negativa

Este film, Elizabeth, la edad de oro, posiblemente sea uno
de los que m��s falsamente ha retratado la Historia, y por ende, a la
sociedad y la corona española, y no lo ha sido por omisi��n o
incapacidad del director para recrear los hechos, sino que es una
pel��cula que est�� realizada con el fin de engrandecer a la naci��n
inglesa demonizando a su enemigo, en este caso el reino de Felipe
II, importando poco la veracidad de los hechos. As��, nos
encontramos con una falsa recreaci��n hist��rica.

El director del film

Shekhar Kapur es el director de este film. De origen indio,
inici�� su carrera en Bollywood, donde tuvo cierto ��xito con
pel��culas como Mr. India (Shekhar Kapur, 1987), o La reina de los
bandidos (Bandit queen. Shekhar Kapur, 1994). El ��xito llegar��a
con Elizabeth, con la que tendr��a el reconocimiento internacional
avalado por m��ltiples premios, entre ellos un Oscar, y varios
Globos de Oro y premios BAFTA.
Despu��s dirigir��a Las cuatro plumas (The four feathers.
Shekhar Kapur, 2002), un drama sobre los j��venes oficiales del
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

127
ej��rcito colonial brit��nico, de c��mo uno de ellos huye ante el
miedo a la guerra, y c��mo recupera su honor.
Finalmente dirigi�� el film que aqu�� analizamos, para no
volver a filmar ning��n largometraje hasta la fecha.

Contexto hist��rico en que se realiza el film:

El año 2007 es un año marcado por los acontecimientos
terroristas en África, Irak, y Afganist��n, relacionados con la lucha
contra el terrorismo de las potencias occidentales tras los atentados
del 11-S.
Tras estos atentados, se vivi�� una ��poca de inseguridad en
Occidente, y su resultado fue la invasi��n de Afganist��n e Irak,
eliminando as�� los pa��ses que daban cobijo a los terroristas
islamistas, e instaurar la democracia.
Pero la realidad es que la misi��n no fue exitosa, pues
aunque se invadieron dichos pa��ses con velocidad, no se ha
conseguido a��n su pacificaci��n hasta la fecha, aunque s�� es cierto
que la amenaza terrorista ha sido mermada.

Contexto hist��rico-cinematogr��fico del film

Debido al crecimiento de las actividades b��licas en la
primera d��cada del tercer milenio, el cine sucumbi�� a la tem��tica
militar, realiz��ndose pel��culas b��licas durante toda la d��cada en
gran cantidad, en especial sobre la II Guerra Mundial
(posiblemente la ��ltima guerra justa librada por el hombre
occidental).
Pero tambi��n aparecen un renovado inter��s por el pasado
m��s lejano, sobre todo en aquellos hechos que est��n relacionados
con la libertad de un pueblo o zona, a manos de un tirano o
dictador, siendo la analog��a con los tiempos actuales bastante clara.
As�� tenemos films este mismo año como 1612 (Vladimir
Jotinenko, 2007), Expiaci��n, m��s all�� de la pasi��n (Atonement. Joe
David Bravo D��az

128
Wright, 2007), La guerra de Charlie Wilson (Charlie Wilson��s
war. Mike Nichols, 2007), La ��ltima legi��n (The last legion. Doug
Lefler, 2007), Mongol (Sergey Bodrov, 2007), etc.

Estructura argumental

La estructura de este film es sencilla. Completamente
lineal, no tiene ni flashback ni flashforward, aunque si tiene una
curiosa doble linealidad, ya que muestra lo que ocurre en Inglaterra
y a la vez en España.

Sinopsis del contenido y su contexto hist��rico

Esta pel��cula trata b��sicamente del paso, seg��n el film, del
reino de Inglaterra al Imperio del Reino Unido, gracias a su
victoria ante la Armada Invencible.
En ella, se nos muestra a una reina Isabel asentada en el
trono, aunque tenga la amenaza de Mar��a Estuardo, reina de
Escocia. A partir de este inicio, vemos c��mo la reina virgen no
desea marido con quien desposarse, c��mo acaba con Mar��a
Estuardo debido a sus intrigas con los españoles (y as�� dando una
excusa a los españoles para atacar Inglaterra), c��mo siente
atracci��n por Walter Raleigh y las historias del nuevo mundo,
como si hubiera preferido no ser reina de Inglaterra. Mientras se
nos muestra esto, tambi��n se nos muestra a un Felipe II envuelto en
la oscuridad y el misticismo, que desea acabar con Isabel por no
ser cat��lica.
La pel��cula termina con la victoria sobre la Armada
Invencible, dejando a Inglaterra como potencia dominante en
Europa.
Este film nos narra los acontecimientos, de una manera
muy poco fidedigna, ocurridos durante la Guerra anglo-española
(1585-1604). Esta guerra se inici�� debido principalmente a tres
hechos importantes:
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

129
- El pacto entre Inglaterra y las Provincias Unidas, llamado
Tratado de Nonsuch con el que se pactaba una alianza anglo-
holandesa contra España.
- El conflicto religioso, pues Isabel manten��a la religi��n
fundada por Enrique VIII, con lo que fue excomulgada de la Santa
Sede, mientras Felipe II hab��a firmado un pacto para luchar contra
el protestantismo llamado Tratado de Joinville en 1584.
- Los continuos ataques de los piratas ingleses contra la flota
española que tra��a el oro de Am��rica, y contra las ciudades
españolas tanto de la Pen��nsula como del Imperio.
La guerra comenz�� con las victorias inglesas de C��diz
(1587) y la Armada Invencible (1588). Pero a partir de entonces el
resto fueron victorias españolas. En 1589 se venci�� a la Invencible
Inglesa, y con la sofisticaci��n de los sistemas de defensa de los
convoyes españoles se venci�� a los corsarios ingleses. La siguiente
expedici��n de Drake a las colonias españolas fue un desastre, sin
conseguir ninguna victoria. As�� España volver��a a tener el dominio
en el Atl��ntico.
Tras una nueva destrucci��n de la armada española en
C��diz por parte de los ingleses en 1596, y una nueva victoria
española en las Azores en 1597, en 1601 los tercios
desembarcar��an en Irlanda, para retirarse en 1602 tras su derrota en
Kinsale.
Con la muerte de Felipe II en 1598, y de Isabel en 1603,
los nuevos reyes, Felipe III y Jacobo I, firman la paz con el
Tratado de Londres de 1604, siendo mucho m��s positivo para
España, pues Inglaterra estaba en una fuerte crisis econ��mica
producto de la guerra.
As��, España sigui�� siendo la potencia hegem��nica en
Occidente hasta el final de la Guerra de los Treinta Años, siendo
vencida por Francia que se alzar�� como la mayor potencia europea,
y dejando el mar en manos de los Pa��ses Bajos.






David Bravo D��az

130
Personajes individuales y colectivos

Al igual que con el film anterior, los españoles como
personaje ser��n analizados con profundidad en su correspondiente
ep��grafe. As��, encontramos los siguientes personajes.
• Reina Isabel I: interpretada por Cate Blanchett, es la reina
de Inglaterra. Es una mujer apasionada, aunque su pasi��n ha de ser
sometida por su obligaci��n como reina de Inglaterra. No es una
mujer que ataque, sino que defiende sus intereses y a su pa��s.
• Sir Francis Walsingham: papel realizado por Geoffrey
Rush, es la mano derecha de Isabel, su secretario principal
(curiosamente el primer ministro, el bar��n de Burghley, no aparece
en todo el film).
• Sir Walter Raleigh: interpretado por Clive Owen, es un
reconocido pirata y explorador. Seduce a la dama de compañ��a de
la reina, enamor��ndose de ella, con lo que enoja a la reina Isabel.
Finalmente le perdona y gracias a ��l vencen a la Armada
Invencible.
• Bess Throckmorton: interpretada por Abbie Cornish. Es
una de las damas de Isabel, y se podr��a decir que su mejor amiga.
Se enamora de Walter Raleigh, con el siguiente enfado de la reina
virgen.
• Felipe II: papel realizado por Jordi Moll��, representa a un
Felipe II misterioso y aparentemente loco, obsesionado con la
religi��n y con destruir a Isabel, sin importarle nada m��s.
• Robert Reston: interpretado por Rhys Ifans. Es el enviado
por Felipe II para llevar a cabo el asesinato contra Isabel.
• Maria Estuardo: interpretada por Samantha Morton,
aparece presa de los ingleses, y desea la muerte de Isabel para
reinar en Inglaterra. Para ello los españoles la ayudan, aunque
luego la traicionan, de tal forma que al morir tengan la excusa para
atacar Inglaterra.

Sobre los personajes colectivos, s��lo encontramos a los
españoles, que como ya hemos dicho, analizamos m��s adelante.


La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

131
6.- Alatriste. La visi��n propia

Alatriste es una de esas superproducciones españolas que
narran su Historia, de formas m��s directa o m��s indirecta, y que
finalmente no conecta con el p��blico. Es posible que esto ocurra
por la visi��n que se da de la España moderna.
Posiblemente, un estudio pormenorizado de c��mo los
españoles recrean su propia historia de la Edad Moderna a trav��s
del cine, dar��a trabajo suficiente para la realizaci��n de otro art��culo,
y qui��n sabe, si de un trabajo de investigaci��n.
Analizando t��tulos como El Dorado (Carlos Saura, 1988),
Cabeza de Vaca, El perro del hortelano (Pilar Mir��, 1996), Juana
la loca, Teresa: el cuerpo de Cristo (Ray L��riga, 2007) y Lope, e
incluso una producci��n para televisi��n como La princesa de Éboli,
podr��amos llegar a tener una idea de c��mo nuestro cine reciente
trata nuestra propia Historia.

El director del film:

Agust��n D��az Yanes no es un director cualquiera a la hora
de tratar temas hist��ricos, pues es Licenciado en Historia por la
Universidad Complutense de Madrid.
Su filmograf��a es escasa, aunque siempre rodeada de
premios. As��, su primera pel��cula como director, Nadie hablar�� de
nosotras cuando hayamos muerto (Agust��n D��az Yanes, 1995) le
report�� ocho premios Goya, mientras que su segundo film, Sin
noticias de Dios (Agust��n D��az Yanes, 2001) tuvo 11 nominaciones
a los mismos premios, aunque no obtuvo ninguno. Con Alatriste
obtuvo 14 nominaciones, obteniendo 3 premios, y con su ��ltimo
film, S��lo quiero caminar (Agust��n D��az Yanes, 2008) tuvo 11
nominaciones, ganando s��lo un premio.
Por ello podemos decir que Agust��n D��az Yanes es un
director de calidad, al menos a nivel nacional, y que tiene
conocimientos de la ��poca tratada en el film y de la Historia en
general.
David Bravo D��az

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Contexto hist��rico en que se realiza el film:

Lo cierto es que en el año 2006 tiene las mismas
tendencias hist��ricas que las ocurridas en el año 2007, por lo que
para este punto hago referencia al ep��grafe de Elizabeth, la edad de
oro.

Contexto hist��rico-cinematogr��fico

Ocurre lo mismo que en el año 2007, pues es la misma
tendencia. El inter��s por pel��culas del pasado es patente, pues se
estrenan varios films ambientados en el pasado como Apocalypto
(Mel Gibson, 2006), Banderas de nuestros padres (Flags of our
fathers. Clint Eastwood, 2006), Cartas desde Iwo Jima (Letters
from Iwo Jima. Clint Eastwood, 2006), Copiyng Beethoven
(Agnieszka Holland, 2006), El inquisidor (Day of wrath. Adrian
Rudomin, 2006), Los Borgia (Antonio Hern��ndez, 2006), Mar��a
Antonieta, etc.

Estructura argumental:

Es un film de estructura simple, muy lineal. Se desarrolla
cronol��gicamente, pero como es la uni��n de varias novelas de
Arturo P��rez-Reverte, se dan saltos en el tiempo, mostrando los
hechos m��s importantes de la vida de su protagonista, el capit��n
Alatriste, desde el momento en que se hace cargo del hijo de un
compañero de armas fallecido en Flandes.

Sinopsis del contenido y su contexto hist��rico:

Esta pel��cula narra las aventuras y desventuras de Diego
Alatriste, contadas por su, al principio paje y despu��s amigo, Iñigo
Balboa. Las aventuras narradas comienzan en 1618, y finalizan en
la batalla de Rocroi en 1643. Entre medias se narra la vida de este
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

133
soldado de fortuna, que lucha contra flamencos, berberiscos, y
cualquier enemigo de los intereses de España fuera de sus
fronteras, mientras que por dinero se bate en duelo dentro de las
fronteras españolas.
Esas aventuras le hicieron conocer a personajes hist��ricos
como Felipe IV, el Conde-duque de Olivares, Ambrosio Sp��nola,
Francisco de Quevedo, Diego Vel��zquez, etc.
Como vemos, las aventuras est��n marcadas claramente por
dos años, 1618 y 1643. Este periodo engloba la Guerra de los
treinta años (1618-1648), y el gobierno del Conde-Duque de
Olivares (1622-1643), siendo valido del rey Felipe IV.

La Guerra de los Treinta Años en relaci��n con España y con los
hechos narrados en la pel��cula:

En 1621 termina la Tregua de los doce años entre España y
las Provincias Unidas. Los españoles dominaron la lucha por tierra,
con asedios como Breda, que fue tomada por Sp��nola en 1625,
mientras que los holandeses se centraron en el mar.
En 1634, el cardenal y hermano del rey, don Fernando,
vence a los protestantes y suecos en un pueblo de Alemania, en
Nördlingen, dirigi��ndose hacia territorio holand��s en 1635. Pero el
inicio de la guerra con Francia paraliz�� la acci��n que podr��a haber
acabado con la resistencia holandesa. En 1639 España perdi�� la
batalla naval de la Dunas, dejando Flandes sin refuerzos y
haciendo la situaci��n insostenible en ese territorio para la corona
española. Castilla, el ��nico reino que hab��a colaborado con los
gastos de las empresas de la Monarqu��a, mostraba señales de
agotamiento. Por ello, el valido exigi�� a los dem��s reinos una
contribuci��n equivalente y se dispuso a paliar las trabas
institucionales que pudieran existir. Durante esta ��ltima etapa se
producen las diferencias con: Cataluña, Portugal y Andaluc��a.
El 19 de mayo de 1643 se enfrentaron el ej��rcito franc��s y
el español en Rocroi, comandados por el Duque de Enghien y por
Francisco de Melo, respectivamente. La victoria al principio fue
cayendo hacia el lado imperial, pero, la batalla cambi�� de signo,
siendo la primeria victoria de una potencia extranjera sobre los
David Bravo D��az

134
tercios viejos de España. Aunque fue la primera victoria, y se toma
como el principio de la decadencia del ej��rcito español en Europa,
lo cierto es que fue m��s una victoria moral, pues el resultado fue
bastante parejo.

Personajes individuales y colectivos

Al igual que en los dos films anteriores, dejaremos para el
siguiente ep��grafe el an��lisis de los españoles en la pel��cula.
• Diego Alatriste: interpretado por Viggo Mortensen, es el
personaje principal del film, en el que se narra sus aventuras,
amor��os, y desventuras en el Madrid de los Austrias y en las
provincias del Imperio.
• Iñigo Balboa: su papel fue realizado por Unax Ugalde. Es
el paje de Alatriste, pues este promete al padre del chico, un
compañero de armas ca��do en Flandes, que se encargar��a de Iñigo.
Quiere convertirle en persona de estudios, pero ��l quiere seguir los
pasos de Alatriste.
• Ang��lica de Alquezar: interpretada por Elena Anaya. Es
una de las meninas de la reina. Iñigo se enamora de ella, pero le
traiciona finalmente.
• Mar��a de Castro: su rol lo interpret�� Ariadna Gil. Es una
actriz, amante de Alatriste, pero tambi��n de Felipe IV, lo que le
acarrear�� problemas.
• Sebasti��n Copons: papel realizado por Eduard Fern��ndez.
Compañero de armas de Alatriste, al que conoce desde hace años
por ser tambi��n veterano del Tercio de Cartagena.
• Gualterio Malatesta: fue interpretado por Enrico Lo Verso.
Es un espadach��n, enemigo de Alatriste. Es su ant��tesis, aunque
finalmente no sean muy diferentes.
• Fray Emilio Bocanegra: Blanca Portillo interpret�� a este
sacerdote, Inquisidor General Inquisici��n, que encarga un trabajo a
Alatriste, que finalmente no cumple, gan��ndosele como enemigo.
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

135
• Conde de Guadalmedina: su papel fue realizado por
Eduardo Noriega. Es un Grande de España, amigo de Alatriste,
pues este le salv�� la vida.
• Conde-Duque de Olivares: interpretado por Javier
C��mara. Es el valido del rey, el que gobierna de facto. Aparece
como alica��do y apesadumbrado, con mucha carga sobre sus
hombros. Como dice en el film: ��Flandes me quita el sueño��.
• Francisco de Quevedo: Juan Echanove realiza este papel
consiguiendo una brillante interpretaci��n. Excelente escritor, no le
tiembla la mano a la hora de desenvainar el acero.

6.- Conclusiones

En este ep��grafe vamos a analizar los tres films en lo
referido a c��mo aparece reflejado ��lo español��, siendo este t��rmino
referente a todo aquello que est�� relacionado con la España
moderna.
Comenzaremos este punto con el ej��rcito, y por ende, la
guerra. El soldado español es mostrado de varias maneras distintas.
Puede ser mostrado como un saqueador, torturador, violador, y
asesino (incluso de mujeres y niños) como se muestra en la primera
parte de La kermesse heroica, cuando los hombres del pueblo de
Boom imaginan como son los españoles. Pero esta visi��n cambia
r��pidamente, pues es solo pura imaginaci��n. Pasando a una visi��n
muy positiva, siendo soldados muy disciplinados, pero tambi��n
educados, amigables, y capaces de mostrar parte de la cultura
hispana, como el uso del abanico o el baile flamenco.
Curiosamente, no hay una manera negativa de mostrar al
soldado en los tres films analizados, pues en la pel��cula que m��s
visi��n negativa muestra, el ej��rcito español no aparece
mencionado, salvo muy indirectamente. Sin duda, es en Alatriste
donde m��s informaci��n podemos obtener. En este film se muestra
a los soldados españoles en plena lucha, a trav��s de tres batallas
distintas, donde muestran su car��cter de soldados. As��, en la
primera batalla o incursi��n se nos muestra a un conde, Grande de
España, en el agua con los dem��s soldados. Posiblemente para
David Bravo D��az

136
mostrar que en los tercios no hab��a distinciones pues todos quer��an
luchar. Ese conde, al finalizar la escaramuza, se queda sin armas
ante un soldado flamenco, y adopta una postura de valent��a
santigu��ndose y aceptando la muerte. En esa misma situaci��n, el
padre de Iñigo, que est�� en brazos de Alatriste, sabe que va a morir
y no se lamenta. Son unas muestras de la valent��a ante una muerte
que se sabe antes o despu��s va a llegar.
En la segunda batalla, en el sitio de Breda, se nos describe
a unos tercios cansados de la situaci��n en la que est��n, pues no
cobran desde hace meses. En ese momento el oficial apela a su
patriotismo para que luchen, pues ninguno, ni oficiales ni
comandantes ni soldados han cobrado, y son los soldados de otras
naciones quienes primero piden cobrar y luego luchar, no como los
tercios españoles. Al decirles esto, los tercios se resignan y
contin��an luchando.
Y en la ��ltima batalla, en Rocroi, los españoles aparecen
firmes en sus puestos despu��s de ocho horas de batalla. Luchan con
los franceses, y estos les ofrecen una rendici��n honrosa, pero los
españoles se niegan diciendo simplemente: ��esto es un tercio
español��, a pesar de que est��n moribundos y en una situaci��n
cr��tica, pues saben que van a morir. Se dan dos actos curiosos en
este cap��tulo. Ante el nuevo ataque franc��s, colocan a los soldados
veteranos al frente, y a los novatos atr��s, para darles m��s
posibilidades de sobrevivir, y el otro es que mientras los franceses
cargan gritan por su rey, mientras los españoles gritan por España.
El ej��rcito est�� vinculado al pa��s, no a su representante.
Ante estos tres acontecimientos, podemos decir que el
soldado español en Alatriste se muestra valiente, tanto ante el
enemigo como ante la muerte, disciplinado, y patriota.
Pero esto no es lo ��nico que se muestra en estos filmes,
pues se enseñan varias pinceladas del mundo de aquella ��poca,
como las armas de los tercios, con los lanceros y los arcabuceros, y
el resto de las naciones que luchaban al lado del Imperio español
como suizos, malteses, etc. en La kermesse heroica. Y en Alatriste
aparecen los fusiles con mecha, las espadas y dagas vizca��nas, la
formaci��n cerrada de los piqueros, y los cruces que entre estas
armas son siempre muy sangrientos y desesperados. En el asedio
de Breda se nos muestra la desesperaci��n, el cansancio, y el peligro
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

137
constante que es estar en esa situaci��n y aparece el uso del gas en
las caponeras.
Veamos ahora como se muestra al español de alta cuna. En
el primer film analizado, el noble español es inteligente, pues el
presunto difunto no le engaña; culto, pues juega al ajedrez y habla
de pintura; refinado, pues come con cubiertos; galante, con las
mujeres del pueblo; y educado, pues al ver que est��n de luto
intentan no molestar e irse lo antes posible; e incluso con un punto
de excentricidad, pues lleva monos como animales de compañ��a y
enanos en su comitiva.
En cambio, en el segundo film, se muestra a los nobles
maleducados, capaces desde ofender a la reina hasta pasar por
encima de los amerindios, mostr��ndose como personas
deshonrosas, que urden un plan en la sombra, y que mienten
cuando son descubiertos. Siempre visten de negro, expresando que
son personas oscuras.
En detalle, la figura de Felipe II, ��El rey prudente��, nos es
mostrado desde el principio vestido completamente de negro, y con
una cojera. Y aunque es conocido hist��ricamente que Felipe II era
cojo, en el film se nos muestra caminando de una forma realmente
rid��cula. Adem��s nos dice que ha hablado con Dios, y se muestra
siempre en la oscuridad, como si la luz del Sol le hiciera daño. Es
un personaje claramente oscuro y ridiculizado.
A trav��s del film le vemos como deforesta España para
construir la Armada, sin importarle el futuro ecol��gico de España
(en pleno siglo XVI, siendo esto un claro anacronismo), e insulta a
Isabel llam��ndola zorra sin m��s. Pero lo m��s fascinante es cuando
aparece ��l mismo bendiciendo los barcos de la Armada Invencible,
como si fuera un cl��rigo. Finalmente, tras la derrota de la Armada
llora arrodillado y todos le dan la espalada. La representaci��n de
Felipe II es claramente una caricatura diab��lica del personaje
hist��rico. Parece incre��ble que haya sido interpretado de manera
tan irreal por un actor español.
En el tercer film, como ya hemos dicho, aparece un Grande
de España luchando con el resto de soldados, aunque luego su
posici��n es la de noble, con poder e influencia, pero ha tenido que
ganarse el respeto de los dem��s luchando como todos.
David Bravo D��az

138
A continuaci��n vamos a ver como se muestra la religi��n y
la religiosidad. En La kermesse heroica la ��nica reseña religiosa,
aunque importante, es la figura del cl��rigo dominico, representante
de la Inquisici��n, que aunque parezca un riguroso siervo de Dios,
es en realidad muy humano, pues no obedece los votos que jur��
cumplir. Mientras, la visi��n religiosa de Elizabeth, la edad de oro
es bien distinta, y el film ya nos explica su idea desde el principio.
En la misma introducci��n aparecen unos dibujos a modo de
vidrieras, en la que aparecen los lanceros españoles, mostrando el
poder��o militar español, y a continuaci��n religiosos tras la figura de
Felipe II, para pasar a mostrar a la muerte, y a varios cl��rigos
realizando torturas a no sabemos qui��n. Como vemos la intenci��n
desde el principio es clara.
A continuaci��n se nos muestra a Felipe II, exclamando que
Inglaterra est�� esclavizada por el demonio, y hay que liberarla con
una guerra santa, pues Felipe ha hablado con Dios. Como vemos,
la intenci��n de mostrar a Felipe II como un fan��tico religioso es
tambi��n muy clara. Pero lo m��s revelador es cuando a
continuaci��n, Felipe II aparece en el balc��n de El Escorial, para ser
vitoreado por el p��blico. Este p��blico no lleva ni banderas ni
s��mbolos españoles, sino cruces, que mueven a modo de bandera.
Pero ¿c��mo se ve a los cat��licos en Inglaterra? La
respuesta es sencilla. En el film, los cat��licos ingleses no obedecen
��rdenes del Papa, sino de los españoles, y se tacha al catolicismo
de viejas supersticiones. Es decir, lo cat��lico representa lo caduco,
lo que hay que dejar atr��s, mientras que el anglicanismo es lo
moderno. Como vemos siempre es una contraposici��n entre lo
ingl��s y lo español. Contraposiciones sencillas de lo bueno contra
lo malo. Incluso un religioso aparece envuelto en algunas escenas
en rojo sangre, ya que est�� oculto en una casa de textiles, que tiñen
de rojo todas las telas. Es decir, los cat��licos se relacionan con la
sangre.
Adem��s, se desarrolla una idea muy clara en el film. Los
españoles est��n inmersos en el catolicismo, en todas las facetas.
Para ellos, la religi��n lo es todo, y siempre est��n seguros de su
superioridad. Pero al final de la pel��cula, tras la batalla naval,
vemos una cruz hundirse en el mar. El significado es claro: Dios no
estaba con los españoles.
La representaci��n cinematogr��frica de la España Moderna

139
En Alatriste destaca la ausencia de religiosidad, pues no
aparece como algo importante en la vida de los soldados y de los
españoles en general. S�� es cierto que aparece el Presidente del
Tribunal de la Santa inquisici��n, que es quien urde un plan para
acabar con un viajero extranjero, recordando esa España de la
��leyenda negra�� que est�� llena de conspiraciones.
Tambi��n aparece como insulto, cuando en el sitio de Breda
un soldado llama a otro jud��o, con lo que esto conlleva, o m��s
curioso a��n, la falta de creencia cuando tras un duelo Iñigo le dice
a Malatesta que no hay nada tras la muerte. O cuando ven cerca la
muerte que se santiguan, pero no aparece como algo fan��tico ni
obsesivo.
Y Sobre la ��leyenda negra��, podemos entrever varios
aspectos en Elizabeth, la edad de oro, siendo el que m��s destaca la
imagen de Felipe II mirando una vela, reflejando claramente el
misticismo y ocultismo que hab��a en la corte española. Pero la
��leyenda negra�� no es solo misticismo, ocultismo, y excentricidad,
sino tambi��n conjuras y planes en las sombras. Esto tambi��n es
reflejado en el film, pues lo españoles planean un atentado contra
Isabel, de tal modo que este atentado parezca real pero sea falso, y
as�� inculpar a Mar��a Estuardo para que sea ejecutada, y tener los
españoles la excusa para atacar Inglaterra.
Mientras que en Alatriste no aparece m��s que lo ya
mencionado de la ��leyenda negra��, en La Kermesse heroica
aparece mostrada muy sutilmente en una escena cuando el oficial,
el cl��rigo, y el enano muestran sus respetos a la vez al presunto
fallecido en una de las mejores escenas del film, siendo cada uno
los representantes de los tres pilares m��s famosos de la España de
aquella ��poca, pues sin duda son conocidos de manera universal el
ej��rcito, la Inquisici��n, y la ��leyenda negra�� en todo el mundo.
La exposici��n de estos tres pilares que repito a
continuaci��n, ej��rcito, religi��n, y ��leyenda negra��, se muestran de
distinta forma seg��n la intencionalidad del film, y cuyas
caracter��sticas han sido recogidas y expuestas en este art��culo,
siendo este el objetivo del mismo.
El convenio de la Villa de San Fernando

141
EL CONVENIO DE LA VILLA DE SAN FERNANDO:
UN ACUERDO ENTRE ESPAÑA Y LOS APACHES1

Leandro Mart��nez Peñas
Manuela Fern��ndez Rodr��guez
Universidad Rey Juan Carlos.

1.- España y los lipanes

"No hay duda en que la congregaci��n lipana es el brazo
derecho de la apacher��a por el mayor n��mero de sus hombres de
armas astutos guerreros y bien instruidos de las fuerzas de
nuestros presidios y poblaci��n habi��ndoles facilitado estos
conocimientos sus antiguas paces. Convendr��a mucho la sujeci��n
de estos indios, pues una vez conseguida ser��a menos dif��cil la de
los dem��s apaches pero es menester consultar primero los medios
m��s seguros y conducirles a este logro"2.

Qui��n as�� escrib��a era el virrey de Nueva España, el conde
de Revilla Gigedo, durante cuyo mandato (1789-194) las fronteras
de las llamadas Provincias Interiores sufrieron numerosas
devastaciones de manos de las diversas parcialidades que formaban
el conjunto de la naci��n apache3. Una de las m��s numerosas y

1
Este trabajo ha sido elaborado gracias a la ayuda y financiaci��n del
Ministerio de Defensa, a trav��s del Proyecto de Investigaci��n 061/01,
"El Ej��rcito y la Armada en el Pac��fico Noroeste: Nootka y otras
cuestiones".
2
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 173.
3
Al parecer, el origen de la palabra "apache" es un vocablo zuñi, cuyo
significado era "enemigo" (DUTTON, B. P., Navahos and apaches: the
atabaskan people. Englewood Cliffs, 1975, p. 23; WEBBER, D. J.,
B��rbaros. Spaniards and their savages in the age of Enlightemment.
Londres-New Haven, 2005, p. 72). Hasta 37 diferentes ramas se
agruparon bajo la denominaci��n com��n de "apaches" (DUNN, W. E.,
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

142
problem��ticas era la constituida por los apaches lipanes, dividida a
su vez en lo que los españoles denominaban "lipanes de arriba" y
"lipanes de abajo". Precisamente por la importancia de esta
parcialidad, lograr la paz con ellos, ya fuera mediante acuerdos o
mediante la pacificaci��n militar del territorio, fue uno de los
objetivos prioritarios de los comandantes de las Provincias
Interiores.
Los apaches, originariamente relativamente sedentarios y
que no hab��an causado excesivos problemas a los españoles, por
cuanto se encontraban asentados al Norte de las provincias que
depend��an del virreinato de Nueva España, se vieron empujados
hacia el Sur por la llegada de otras tribus, como los comanches y
los yutas, mucho menos sedentarizados y m��s belicosos, en aquel
tiempo, que los apaches4. Incapaces de resistir la presi��n de estas
naciones, los apaches acabaron entrando en la zona de influencia
del virreinato de Nueva España5, lo cual dar��a lugar a d��cadas de
conflicto entre las diferentes parcialidades apaches y las
autoridades españolas6.
A finales del siglo XVIII, los apaches lipanes sufrieron la
trata de esclavos, ya que si bien las leyes de la monarqu��a hisp��nica
establec��an como obligatorio el dar un trato humanitario y
convertir a la poblaci��n ind��gena, lo cierto es que los territorios de
Nuevo M��xico estaban alejados del centro administrativo del

"Apache relations in Texas", en The Texas State Historical Association
Quartely, n.º 14, 1911, p. 263).
4
Solo una de las ramas de los apaches resisti�� esta presi��n y se mantuvo
en las Grandes Llanuras. Fueron los apache kiowa (FLAGER, E. K., "La
pol��tica española para pacificar a los indios apaches a finales del siglo
XVIII", en Revista española de antropolog��a americana, nº 30, 2000, p.
223).
5
Uno de los momentos clave de este proceso fue la batalla del r��o de
Hierro, identificado por los historiadores como el r��o Wichita, en el que
los comanches derrotaron a los apaches, causando tal mortandad entre los
guerreros que tres clanes de apaches -pelones, natag��s y jumanes-
hubieron de unirse para sobrevivir, dando origen a los lipanes (DUNN,
"Apache relations in Texas", p. 226).
6
Sobre los conflictos posteriores de esta naci��n india con los Estados
Unidos, ver CONWAY, J. Las guerras apaches. Barcelona, 1966; y
ROBERTS, D., Las guerras apaches. Cochise, Ger��nimo y los ��ltimos
indios libres. Barcelona, 2005.
El convenio de la Villa de San Fernando

143
virreinato y las autoridades ten��an exiguos medios para controlar
de forma efectiva el cumplimiento de la ley. A esto se sum�� el
hecho de que, en diversos periodos, las propias autoridades locales
se lucraron con el comercio de esclavos, como fue el caso de uno
de los gobernadores de la regi��n de Nuevo Le��n a finales del siglo
XVI, Luis de Carvajal de la Cueva, as�� como de su lugarteniente,
Gaspar Castaño de Sosa7.
Desde Nuevo M��jico, los apaches acabaron por llegar a las
Provincias Internas, sobre todo cuando los comanches, la naci��n
m��s poderosa de las llanuras8, ayudada por sus aliados pawnees9 y
vidais, practicaron una pol��tica de bloqueo comercial contra los
apaches, cerr��ndoles las rutas comerciales hacia Lousiana, porque
era all��, de manos de los comerciantes franceses, donde los apaches
obten��an las armas de fuego, la p��lvora y la munici��n que tan
necesarias les eran tanto para cazar como para la guerra10.
En 1749, el 18 de agosto, los apaches lipanes y las
autoridades españolas firmaron un acuerdo de paz, el tratado de
Álamo Plaza, por el cual los apaches se compromet��an a cesar en
sus ataques en el territorio de la misi��n de San Antonio a cambio
de que las autoridades españolas les permitieran desplazarse al
territorio que circundaba al presidio de la Bah��a11, para comerciar y

7
ELIZABETH, J., Storms Brewed in Other Men's Worlds: The
Confrontation of Indians, Spanish, and French in the Southwest, 1540-
1795. Texas, 1975, p. 111; STOGNER, CH. C., Relations between
comanches and lipans from White contact to early nineteenth century.
Texas, 1997, p. 14.
8
Sobre esta naci��n, ver el estudio, recientemente publicado en España,
HÄMÄLÄINEN, P., El Imperio Comanche. Madrid, 2011.
9
Sobre los pawnees, ver FLAGER, E. K., "Auge y declive de la naci��n
pawnee, potencia de las llanuras centrales de Norteam��rica", en Revista
española de antropolog��a americana, n.º 40, 2010.
10
NAVARRO GARCÍA, Don Jos�� de G��lvez y la comandancia general
de las provincias internas del Norte de Nueva España. Sevilla, 1968, p.
103 y siguientes.
11
Los presidios eran la piedra angular del sistema defensivo español en
las Provincias Interiores. Un estudio sobre los presidios de un ��rea
concreta en IVEY, J. E., "Presidios of the Big Ben ��rea", en Southwest
Cultural Resources Center. Professional Papers, nº. 31.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

144
realizar intercambios. Como consecuencia de ese acuerdo, en 1757,
se construyeron en territorio lip��n una misi��n y un presidio12.
Al año siguiente, se produjeron constantes incursiones de
partidas de guerra de los indios del Norte -tonkawas, vidais,
orcoquizas, hasinais y otras tribus- contra los lipanes, decenas de
cuyos guerreros murieron en enfrentamientos con sus enemigos.
Los norteños dieron muerte, adem��s, a diez españoles, en su mayor
parte sacerdotes, tras atacar la misi��n situada en territorio lip��n,
San Sab��, la cual qued�� destruida tras cuatro d��as de asedio13. En
1759, tropas españolas, auxiliadas por los lipanes, marcharon en
una operaci��n de castigo contra los indios del Norte, acci��n
comandada por Diego Ortiz de Parrilla14. El resultado de la
campaña emprendida en el R��o Rojo fue desastroso: desconociendo
la fuerza y n��mero de los enemigos, la expedici��n se vio
ampliamente superada por los indios norteños y sus aliados
comanches, que dieron muerte a noventa y nueve de los quinientos
soldados españoles que participaron en ella15.
En la d��cada de 1760, los lipanes propusieron a las
autoridades españolas que se reconstruyera la misi��n de San
Sab��16, pero algo m��s al Sur de su emplazamiento anterior,
situ��ndola sobre el r��o de las Nueces. A cambio, los apaches
solicitaron que tropas españolas escoltaran a sus partidas a la caza
del bisonte y colaboraran con los guerreros lipanes en los ataques
contra los comanches, que hab��an seguido hostigando
continuamente a los lipanes en los años anteriores. Los españoles
convinieron en todo, salvo en participar en la guerra contra los

12
STOGNER, Relations between comanches and lipans from White
contact to early nineteenth century, pp. 31-32.
13
En el asalto a San Sab�� participaron wichitas, tejas, tonkawas y vidais,
pero el grueso de los m��s de dos mil guerreros indios que se concentraron
en la zona era comanches (MARTÍNEZ LAÍNEZ y CANALES,
Banderas lejanas, p. 171).
14
Mientras los guerreros acompañaban a los soldados españoles, enviaron
a sus mujeres e hijos al Sur, con los mescaleros, los natag��s y los
faraones, para protegerlas de cualquier ataque que pudiera producirse
mientras los guerreros lipanes se encontraban en campaña.
15
MARTÍNEZ LAÍNEZ y CANALES, Banderas lejanas, p. 173.
16
Sobre esta misi��n, ver ROMERO DE TERREROS, J. M., San Sab��,
misi��n para los apaches. Madrid, 2000.
El convenio de la Villa de San Fernando

145
comanches17, de modo que, en 1762, se abri�� en tierras lipanes la
misi��n de San Lorenzo del Cañ��n, junto al r��o de las Nueces. Esto
no impidi��, en aquel mismo año, una nueva campaña de los
comanches y los norteños -en especial, los tonkawas- contra los
lipanes. Cuarenta cazadores apaches fueron masacrados en el r��o
Colorado18 y, habiendo detectado las escoltas españolas a las
partidas, las tribus del Norte consideraron esta ayuda a los lipanes
como una violaci��n de los tratados que España hab��a firmado con
ellos. A resultas, guerreros taovayas mataron a tres españoles cerca
de San Sab��. Pese a lo grave de la situaci��n y a las repetidas
peticiones de los lipanes, los españoles mantuvieron la prohibici��n
de facilitar armas de fuego a los apaches. Los constantes fracasos
españoles en proteger a los lipanes convencieron a estos de que la
alianza era in��til y, gradualmente, fueron dejando las misiones y
alej��ndose de la ��rbita de influencia española, reanudando sus
correr��as. En 1766, la alianza entre españoles y lipanes hab��a
concluido en la pr��ctica.
En 1773 se hizo un intento de negociar nuevamente con los
apaches19, ofreci��ndoseles asentarse en territorio de misiones y en
pueblos, a cambio de que devolvieran las cabezas de ganado
robadas que poseyeran y los cautivos que estuvieran en su poder.
Los apaches negaron tener ganado robado y cautivos, y rechazaron
trasladarse de sus rancher��as a pueblos y misiones, pero s��
ofrecieron a los españoles su ayuda en la guerra que, en aquel
entonces, enfrentaba a las tropas presidiales con los comanches.

17
TUNNEL, C. D., y NEWCOMB, W. W. Jr., "A Lipan Apache Mission:
San Lorenzo de La Santa Cruz, 1762-1771", en Texas Memorial Museum
Bulletin, n.º 14, 1969, pp. 162-163.
18
Conocido tambi��n como r��o Puerco. "De todos los territorios de los
actuales Estados Unidos que en alg��n momento de su historia formaron
parte de la Corona española ninguna est�� tan olvidado como Arizona.
Para los españoles actuales, nombres como Yuma, Tucson, o r��os como el
Gila o el Colorado, evocan historias o paisajes mil veces vistos en las
pel��culas del Oeste producidas por Hollywood, pero rara vez a alguien se
le ocurre recordar que fueron territorio español" (MARTÍNEZ LAÍNEZ,
F., y CANALES, C., Banderas lejanas. Madrid, 2009, p. 143).
19
El origen de los lipanes se encuentra en la fusi��n de varias
parcialidades apaches asentadas en Texas en las primeras d��cadas del
siglo XVIII: Salineros, melenudos, natag��s, chentis, jumanes�� (DUNN,
"Apache relations in Texas", p. 266).
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

146
Para ello, oficiales españoles se entrevistaron con los caudillos
lipanes Javier y Cabello Largo, que consintieron en que se creara
un presidio en la regi��n. Se hizo el d��a 24 de abril de 1773, en un
paraje conocido como Aguas Verdes, y al presidio se le dio el
nombre de Santa Rosa20, que aparecer�� vinculado tr��gicamente a
los hechos analizados en este art��culo, puesto que en dicho
presidio, 18 años m��s tarde, iban a perder la vida varios apaches,
tres mujeres indias y dos soldados españoles, en un enfrentamiento
que truncar��a los planes de las autoridades españolas para acabar
con la revuelta de los lipanes de abajo.
A lo largo de los primeros años de la d��cada de 1780, los
lipanes volvieron a ser auxiliares de las tropas españolas, en esta
ocasi��n en las campañas contra los mescaleros liderados por
Alegre y Patule el Grande, que, insatisfechos con los intentos de
sedentarizaci��n, volvieron a la vida n��mada basada en el robo. A
lo largo de 1781 y 82, las bandas de mescaleros asesinaron a m��s
de ochenta personas en la provincia de Cohauila, pero las
campañas punitivas del gobernador Ugalde, con auxilio de los
lipanes, devolvieron cierta tranquilidad a la regi��n21.
El espectro pol��tico de las relaciones entre los indios y la
Monarqu��a cambi�� en 1785 tras el llamado "abrazo de Anza", el
pacto entre España y los comanches, escenificado por el abrazo de
Juan Baustista de Anza, gobernador español de Nuevo M��jico, con
los caudillos comanches22. Como consecuencia de esta nueva
alianza, en 1786 se dieron nuevas instrucciones sobre el modo de

20
NAVARRO GARCÍA, Don Jos�� de G��lvez y la comandancia general
de las provincias internas del Norte de Nueva España, p. 222-223. No
obstante, en los años siguientes las tropas españolas se vieron obligadas a
lanzar grandes campañas contra los apaches, como ocurri�� en los años
1775 y 1776.
21
FLAGER, "La pol��tica española para pacificar a los indios apaches a
finales del siglo XVIII", p. 224.
22
Anza dirigi�� en el verano de 1779 una muy exitosa campaña contra los
comanches, en el transcurso de la cual dio muerte a uno de sus principales
jefes, Cuerno Verde. Esto, unido a una epidemia de viruela que devast��
en los años subsiguientes a los indios, llev�� a los guerreros a negociar una
paz. No faltaron voces contra este acuerdo, como la del caudillo
comanche Toro Blanco, que, finalmente, fue asesinado por guerreros
comanches kotsotekas (MARTÍNEZ LAÍNEZ y CANALES, Banderas
lejanas, p. 205).
El convenio de la Villa de San Fernando

147
proceder con los apaches, dando un giro belicista a la pol��tica
española: hab��an de emprenderse acciones militares constantes
contra las bandas de guerreros apaches, de forma que estos se
vieran obligados, presionados tanto por españoles como por
comanches y norteños, a asentarse en los entornos de las misiones
y a aceptar su sedentarizaci��n23.
Los apaches en general, y los lipanes en particular, eran
una amenaza para la paz y la seguridad en las Provincias Interiores
del virreinato de Nueva España24, y a lo largo de varias d��cadas se
sucedieron las violencias y las acciones militares y de guerra por
parte de uno y otro bando25. En este sentido, no eran los lipanes los
��nicos enfrentados a las autoridades españolas. Los apaches
chiricahuas, por ejemplo, protagonizaron una rebeli��n a lo largo de
1790, cuando m��s de cien apaches de esta parcialidad escaparon
del asentamiento de Bacoachi, bajo el mando de Jos�� Reyes Pozo,
un desertor de las tropas auxiliares presidiales26. En conjunto, las
fuerzas que la Monarqu��a pod��a emplear en combatir estas

23
FLAGER, E. K., Defensores de la Madre Tierra. Relaciones
inter��tnicas: los españoles y los indios de Nuevo M��jico. Palma de
Mallorca, 1997, p. 186.
24
La estructura administrativa de las Provincias Interiores estuvo
sometida a cambios constantes, a veces reunida bajo un ��nico mando y en
otras ocasiones dividida en varias comandancias generales; en el
momento en que ocurrieron los acontecimientos objeto del presente
trabajo, las Provincias Interiores se encontraban divididas en Provincias
Interiores de Oriente y Provincias Interiores de Poniente. Sobre diversos
aspectos de la administraci��n española en estas Provincias puede verse
NAVARRO GARCÍA, L., "Los intendentes de las Provincias Internas de
Nueva España", en Temas Americanistas, nº. 19. Sevilla, 2007. Una
visi��n de la historiograf��a norteamericana a trav��s de WEBB, D. J., The
Spanish frontier in North America. Yale, 1992; Y WEBBER, D. J.,
"Borbones y b��rbaros: centro y periferia en la reformulaci��n de la pol��tica
de España hacia los ind��genas no sometidos", en Anuario del IHES, nº 12,
1998.
25
Sobre el folklore de los lipanes, ver OPLER, M. E., Myths and legends
of the Lipan Apache Indians. Nueva York, 1970.
26
Sobre estos hechos, ver MIRAFUENTES GALVÁN, J. L., "Los dos
mundos de Jos�� Reyes Pozo y el alzamiento de los apaches chiricahuis
(Bacoachi, Sonora, 1790", en Estudios de Historia Novohispana, nº. 21,
2000.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

148
amenazas, eran muy reducidas y carentes de medios reales para
asegurar una paz completa en la regi��n27.

2.- El Convenio de San Fernando.

Uno de los caudillos m��s importantes de los lipanes de
arriba, a quien los españoles conoc��an como Jos�� Antonio, se
present�� en la villa de San Fernando acompañado por otros cuatro
capitancillos, llamados Malabe, El Hijo de Cabello Largo, El del
Balazo y Ayatinde, por siete guerreros y tres mujeres28. El objeto
de su presencia en San Fernando no era otro que pedir la firma de
un tratado de paz, que fue redactado por Pedro de Nava, hombre de
experiencia en cuestiones relativas a negociar con los indios. En el
otoño de 1790, Nava hab��a conseguido salvar la vital alianza entre
España y los comanches, despu��s de que una partida de soldados
españoles, desobedeciendo las instrucciones que ten��an,
acompañara a guerreros mescaleros en una incursi��n contra un
campamento comanche, acci��n en la que hab��a sido capturado un
hijo de Ecueracapa, el caudillo comanche reconocido como
"general" de su naci��n por las autoridades españolas29.
El 8 de febrero, firmaban el convenio Jos�� Antonio en
representaci��n de los lipanes de arriba y el brigadier Pedro de Nava
por parte de las autoridades españolas. Las dudas sobre la
autoridad que ten��a Jos�� Antonio para obrar en nombre de alguien
m��s que de s�� mismo o de sus inmediatos subordinados quedan
expresadas bien a las claras por el hecho de que el primer art��culo
del Convenio establece "que Jos�� Antonio sea el capit��n general
que gobierne a los de su parcialidad a fin de que le est��n
subordinados y le reconozcan por tal para que responda y de

27
La historiograf��a norteamericana ha mostrado cierto inter��s en las
instituciones militares empleadas por los españoles en este conflicto
larvado. Una s��ntesis historiogr��fica puede consultarse en GONZÁLEZ
DE LA VARA, M., "Historiograf��a norteamericana sobre las
instituciones militares en la frontera Norte de Nueva España", en
Iztapalapa, n.º 51, 2001.
28
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 155.
29
FLAGER, "La pol��tica española para pacificar a los indios apaches a
finales del siglo XVIII", p. 230.
El convenio de la Villa de San Fernando

149
satisfacci��n de los daños que puedan causar los indios de ellos"30.
Lo cual no deja de ser sumamente llamativo: se firma un tratado
con alguien cuya representatividad queda establecida por el mismo
tratado, y no de forma previa. Quiz��, m��s que en el sentido de una
afirmaci��n de la legitimidad de Jos�� Antonio como firmante, el
primer art��culo del convenio de San Fernando pretende convertir
en responsable al caudillo apache de cualquier incumplimiento,
oblig��ndole, al responder con su persona como "capit��n general"
de los lipanes de arriba, a que los suyos, en la medida de lo posible,
cumplan el Tratado. La medida fue aceptada por los lipanes
presentes, comprometi��ndose a obedecer a Jos�� Antonio31.
En este sentido cabe interpretar el art��culo 9º del Convenio,
que fija que, de cometer alguna violaci��n del tratado o delito los
lipanes sometidos a Jos�� Antonio, las autoridades españolas
informar��n de ello al caudillo, sobre el que recaer��a la obligaci��n
de castigar a los infractores de la manera m��s conveniente y a
satisfacci��n de las autoridades españolas. Para evitar
malentendidos, el art��culo fijaba las penas por las dos faltas m��s
comunes: si el apache hab��a robado alg��n objeto, este deb��a ser
restituido y el delincuente castigado en la picota. Si el apache era
responsable de una muerte, deb��a ser ejecutado por los propios
indios, de lo cual se informar��a puntualmente a las autoridades
españolas. La jurisdicci��n apache para castigar estos delitos no era
absoluta, puesto que el convenio establec��a tambi��n que, en caso de
que las autoridades españolas quisieran juzgar y castigar ellas
mismas los hechos, los apaches estaban obligados a entregarles a
los infractores.
El punto clave del Convenio era el compromiso de los
lipanes de no traspasar los l��mites marcados por los arroyos

30
El articulado del Convenio lo transmiti�� don Pedro de Nava al virrey
Revilla Gigedo a trav��s de un oficio; el texto ��ntegro original puede
consultarse en AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fols. 158-
163. Todas las citas del articulado en el presente trabajo han sido
extra��das de dicho documento.
31
El texto del convenio est�� escrito a dos columnas; en la de la izquierda
figura el texto del art��culo, mientras que en la de la derecha figura la
respuesta o los comentarios dados por los lipanes al art��culo en cuesti��n.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

150
Atascoso y de las Vacas, sin alejarse demasiado de los presidios32
que marcaban la l��nea entre Coahuila y Laredo, donde se les
autorizaba a que sembraran33. Lo cierto es que se trataba de una
concesi��n m��s bien ret��rica, ya que los lipanes apenas recurr��an a
la agricultura para subsistir, manteni��ndose fundamentalmente de
la caza del bisonte -cibolo, en la terminolog��a de la ��poca34- y del
latrocinio, obteniendo con el comercio y "cambalache" de los
bienes as�� obtenidos los objetos que requer��an para su
subsistencia35. En esta estructura econ��mica, el caballo era pieza
fundamental36, ya que no solo les era imprescindible para cazar
bisontes, sino que el propio bruto era uno de los alimentos b��sicos
de su dieta. As�� pues, parece que la autorizaci��n a sembrar era poco
m��s que un brindis al sol, hecho, quiz��, con la esperanza de lograr
sedentarizar sus costumbres o aminorar su dependencia del robo
como forma de vida.

32
��Hasta ��poca muy reciente el vocablo castellano presidio conserv�� todo
su sabor cl��sico de fortaleza o cuartel, y con este sentido se aplic�� a las
guarniciones establecidas en todas las provincias internas, como en el
resto del imperio español" (NAVARRO GARCÍA, L., Don Jos�� de
G��lvez y la comandancia general de las provincias internas del Norte de
Nueva España. Sevilla, 1964, p. 15).
33
Art��culo 3º del Convenio.
34
"La cacer��a del cibolo es en dos estaciones del año, la primera es en
junio, en que se van los apaches intern��ndose al Norte en busca de los
machos y entonces se encuentran con las naciones que lo habitan en
noviembre y diciembre es la segunda cacer��a en que la cibola se viene
huyendo del fr��o hasta el r��o de San Pedro y entonces las naciones del
Norte siguen tras de ella y se encuentran con los apaches, de lo que se
infiere que ellos no reconocen leg��tima posesi��n de esta clase de ganado"
(Carta de Pedro de Nava al virrey, fechada el 28 de marzo de 1791, en
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2,fols. 190 y 191).
35
Sobre esta cuesti��n, ver FLAGER, E. K., "Comercio y ferias de
trueque: España y los indios de Nuevo M��xico", en Revista de
antropolog��a americana, n.º 37, 2007.
36
No solo era vital para los apaches, sino tambi��n para las fuerzas
españolas. De ello da una idea el hecho de que, en la d��cada de 1730,
cada soldado presidial contaba para el servicio con diez caballos, una
proporci��n ��nica en los ej��rcitos de la ��poca (NAVARRO GARCÍA, Don
Jos�� de G��lvez y la comandancia general de las provincias internas del
Norte de Nueva España, p. 68).
El convenio de la Villa de San Fernando

151
Este desplazamiento no respond��a a un capricho de las
autoridades o a una mera cuesti��n de soberan��a territorial, sino que
buscaba lograr varios objetivos estrat��gicos destinados a aumentar
el control de las autoridades españolas sobre las actividades de los
lipanes. Se pretend��a, por un lado, separarlos de diversas tribus de
indios del Norte con las que, tras años de enfrentamientos por los
territorios de caza de bisontes, los lipanes parec��an haber
convertido, si no en sus aliados, s�� en amistosas hacia ellos; en
segundo lugar, pretend��an los militares españoles tener cumplida
informaci��n de los desplazamientos de los lipanes a la caza del
bisonte, momento delicado, por cuanto los apaches lo hac��an
reunidos en grandes grupos, para protegerse de los ataques de sus
enemigos, los comanches:

"Es cierto que es dif��cil obligar a los lipanes a que
respeten exactamente los l��mites de los arroyos del Atascoso y de
las Vacas en unos territorios despoblados, pero lo que nos interesa
es separarlos a una larga distancia de las naciones del Norte con
quien est��n tratando que corten toda comunicaci��n entre s�� y no se
apoderen del ganado perteneciente a la misi��n pr��xima al presidio
de la Bah��a del Esp��ritu Santo, como ahora est��n haciendo.
Cuando los lipanes salgan a la cacer��a del cibolo, ha de ser con
nuestro conocimiento tanto la ida como la vuelta y siempre salen
unidos a ella a causa de los comanches con quienes tienen sus
encuentros"37.

Los lipanes aceptaron mantenerse en aquellos l��mites,
abandonando los territorios del r��o Guadalupe, donde se hab��an
instalado, causando el conflicto que el Convenio trataba de
solucionar.
Otro punto importante del convenio, que era com��n a
cualquier negociaci��n que se emprendiera con los lipanes o con
cualquier otra parcialidad apache, era la devoluci��n de los cautivos
que estos pudieran tener en su poder, ya que la captura de personas
en los territorios españoles era habitual. Los apaches se los

37
Carta de Pedro de Nava al virrey, fechada el 28 de marzo de 1791, en
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fols. 193 y 194.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

152
llevaban para utilizarlos como trabajadores y siervos en sus
rancher��as. As�� pues, no es de extrañar, dada la importancia que las
autoridades españolas daban al rescate de estos cautivos, que el
art��culo segundo del convenio exigiera de los lipanes la devoluci��n
de los prisioneros en su poder. Jos�� Antonio y los lipanes que lo
acompañaban declararon a Pedro de Nava -y lo pusieron por
escrito en el Convenio- que no ten��an ning��n cautivo en sus
rancher��as, pero que averiguar��an si exist��an en otras vecinas y, de
obtener resultados positivos, proceder��an a devolverlos.
Los art��culos del 4º al 8º fijaban el marco "diplom��tico",
por expresarlo con un t��rmino de Derecho Internacional, en el que
hab��an de moverse las relaciones entre los apaches lipanes de
arriba, firmantes del acuerdo, los lipanes de abajo -que se hab��an
negado a firmar cualquier acuerdo de paz con España- y las propias
autoridades españolas. En esta serie de art��culos, los lipanes de
arriba se compromet��an a enviar mensajeros a los lipanes de abajo
pidi��ndoles que se retiraran, al igual que ellos, a la zona de los
arroyos Atascoso y de las Vacas, abandonando las proximidades
del r��o Guadalupe, donde tantos problemas estaban causando. Para
realizar estas gestiones, con las cuales los indios se mostraron de
acuerdo, lo ��nico que los apaches pidieron fue que Pedro de Nava
les diera un documento oficial que les permitiera cruzar los l��mites
de la provincia de Texas38, donde deb��an localizar a los lipanes de
abajo. Pedro de Nava consinti�� y entreg�� el documento solicitado,
un pasaporte, a Jos�� Antonio.
Tambi��n se establec��a que, si los lipanes de abajo, en todo
o en parte, se negaban a desplazarse a las regiones antes
mencionadas, seg��n el art��culo 6º del convenio, España emplear��a
"el rigor de nuestras armas", pese a lo cual el Convenio seguir��a
obligando a los lipanes de arriba a mantener la paz. Dicho de otra

38
Sobre la relaci��n entre los comandantes de las Provincias Interiores y el
gobierno de Texas, ver ALMARAZ, F. D., "Arco de defensa: La
Comandancia General de las Provincias Internas de la Nueva España y su
impacto en Texas, 1772-1821", en GARRIGUES LÓPEZ-CHICHERI, E.,
Norteam��rica a finales del siglo XVIII. Madrid, 2008; sobre la
interrelaci��n entre las cuestiones militares y sociales, ver ALMARAZ, F.
D., "Social interaction between civil, military and mission communities in
Spanish colonial Texas during the height of the Bourbon reforms, 1763-
1772", en Revista Complutense de Historia de Am��rica, n.º 21, 1995.
El convenio de la Villa de San Fernando

153
manera: los lipanes de arriba se compromet��an a no intervenir ni
saltarse las cl��usulas del convenio de San Fernando ni siquiera si
España atacaba a sus parientes que permanec��an en las
inmediaciones del r��o Guadalupe. Los apaches presentes en San
Fernando aceptaron, as��, no ayudar a los lipanes de abajo, al
declarar:

"Que conociendo lo justo de esta demanda no faltar��n a la
paz y amistad con los españoles aunque estos hagan la guerra a
los de su naci��n que se obstinen a no volverse a sus antiguos
l��mites, pues en donde hoy se hayan est��n los ganados
pertenecientes a los españoles y siempre han de hacer daño".

En esta l��nea, el siguiente art��culo del tratado obligaba a los
lipanes que se mov��an con la banda liderada por el caudillo lipiy��n
al que los españoles apodaban El Calvo a abandonar de inmediato
dicha banda guerrera, una de las m��s temidas por los pobladores de
aquellas tierras, y en la que actuaban mezclados tanto lipiyanes
como lipanes de arriba y de abajo. Los apaches presentes en San
Fernando informaron a Pedro de Nava que ya hab��an transmitido
esas ��rdenes, y que esperaban que, en cualquier momento, los
lipanes de la banda de El Calvo llegaran a San Fernando, como
prueba de haber cumplido con lo que se firmaba. Si dicha llegada
no se produc��a en los pr��ximos d��as, los lipanes se compromet��an a
enviar emisarios que obligaran a venir a sus guerreros que
acompañaban a El Calvo.
La obligaci��n m��s dura en este campo, para los apaches,
era la que fijaba el art��culo 8º, seg��n el cual los lipanes de arriba
"han de ser auxiliares nuestros en todo evento o rompimiento de
guerra en que soliciten contra cualquiera naci��n a quien se la
declaremos". En la pr��ctica, esto supon��a, antes que nada, que
exist��an muchas posibilidades de que hubieran de colaborar con las
tropas presidiales y las compañ��as volantes del virreinato39 en una

39
Las tropas presidiales y las compañ��as volantes formaban parte de las
tropas regulares de Nueva España. Estas fuerzas regulares se completaban
en el virreinato con las milicias, es decir, los vecinos armados, a las cuales
Revilla Gigedo prest�� mucha atenci��n durante su gobierno, como se
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

154
campaña contra sus parientes los lipanes de abajo, hasta entonces
reacios a cumplir las exigencias planteadas por las autoridades
virreinales. De forma quiz�� sorprendente, los lipanes de Jos��
Antonio se comprometieron a cumplir tambi��n este punto, sin
plantear objeci��n alguna -o, al menos, si se plantearon, Pedro de
Nava no la recoge entre las observaciones hechas por los indios
con las que anota la copia del tratado que remiti�� al virrey-.
Las dos ��ltimas cl��usulas del convenio -10º y 11º- hac��an
referencia a cuestiones primordialmente de ��ndole econ��mica. En
primer lugar, compromet��an a los apaches a devolver a sus dueños
aquellos caballos40 mesteños que atraparan "en tierra conocida", es
decir, bajo la autoridad española, deb��an ser devueltos a sus
dueños, ya fueran estos habitantes de los pueblos, indios de las
misiones o las propias tropas presidiales. Para recibir este ganado,
se design�� al sargento Joaqu��n Guti��rrez, un veterano de la frontera
acostumbrado a tratar con los apaches41. Sin embargo, a este
art��culo s�� que pusieron condiciones los lipanes: Aceptaban
devolver de forma gratuita las reses que "capturaran" en corrales -
es decir, robadas de sus establos-, pero no las que capturaran en
campo abierto, a lazo. Para devolver estos caballos, los apaches
exig��an que se les pagara una cantidad en concepto de
"gratificaci��n por el trabajo que tienen y lo que maltratan sus
caballos" durante la caza.

estudia en CRUZ BARNEY, O., "Las milicias en la Nueva España: La
obra del segundo conde de Revilla-Gigedo (1789-1794)", en Estudios de
Historia Novohispana, n.º 34, 2006.
40
Al parecer, los apaches no consiguieron sus primeros caballos hasta la
d��cada de 1630, pero, al igual que ocurri�� con la mayor parte de las tribus
indias, en el curso de unas pocas generaciones se hab��an convertido en
h��biles jinetes y la introducci��n de este animal hab��a revolucionado por
completo su modo de vida, hasta el punto de convertirse en uno de los
ejes en torno al cual giraba toda la econom��a y la sociedad apache.
41
"En las rancher��as de los lipanes de arriba se halla el sargento graduado
Joaqu��n Guti��rrez, quien hace años trata y conoce a todos. Es de bastante
viveza y est�� a la mira de los encuentros para dar parte al comandante de
Aguaverde o R��o Grande de las novedades que advierta y poder
reconvenir al capitancillo Jos�� Antonio nombrado principal entre ellos"
(Nava al virrey, carta de 28 de marzo de 1791, en AGS, Secretar��a de
Guerra, leg. 7021, doc. 2,fol. 170).
El convenio de la Villa de San Fernando

155
Por ��ltimo, el art��culo 11º autorizaba a los lipanes e arriba
a entrar libremente en las poblaciones de la frontera para comerciar
con sus mercader��as y adquirir los bienes que necesitaran, siempre
y cuando no causaran perjuicio alguno mientras estuvieran en ellas.
Una vez firmado el Convenio, "el capit��n Jos�� Antonio
como caudillo de los lipanes de arriba pidi�� se les diese copia de
este convenio, lo que se le concedi��".

3.- Las dudas sobre cumplimiento del Convenio

La noticia del acuerdo firmado en San Fernando fue
recibida en M��xico a trav��s de la carta que Pedro de Nava remiti��
al virrey, conde de Revilla Gigedo, el 20 de febrero de 1791, doce
d��as despu��s de la firma del tratado. El virrey qued�� satisfecho en
cuanto al desempeño de Nava en la negociaci��n; sin embargo,
manifestaba sus dudas respecto a que los apaches pudieran y
quisieran cumplir los acuerdos:

"La paz con los apaches lipanes es uno de los puntos de
mayor gravedad y combinaci��n dif��cil [��] Es cierto que en las
capitulaciones celebradas con los lipanes de arriba ha reunido
vuestra excelencia hasta lo posible con tino y cordura los puntos
m��s conducentes para el establecimiento de una paz s��lida y
fructuosa pero dudo que esos indios puedan o sean capaces de
cumplirlas"42.

Esta era una de las principales dificultades que planteaba la
convivencia entre apaches y autoridades españolas: el hecho de que
los acuerdos que se suscrib��an eran incumplidos sistem��ticamente
por una, otra o ambas partes.
Desde el principio, el propio virrey manifest�� sus dudas
sobre la posibilidad de que el Convenio de San Fernando fuera a

42
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 170, carta de Revilla
Gigedo al brigadier Pedro de Nava, fechada en M��xico el d��a 16 de marzo
de 1791.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

156
correr mejor suerte que otros acuerdos anteriores. Muchas eran las
razones, que as�� lo indicaban. Una de las dificultades que se
planteaba era el hecho de que el robo formaba una parte
inexcusable de su sistema econ��mico. Los apaches viv��an
fundamentalmente de la caza del bisonte, y "no podr��an hacerla si
les faltasen el auxilio de caballos y mulas que los conducen a estas
cacer��as que les transporten sus despojos y que tambi��n les sirven
de alimento". Mediante la captura de animales salvajes no pod��an
obtener monturas en n��mero suficiente, lo cual les obligaba a robar
caballos y mulas para poder mantener la din��mica de la caza del
bisonte43. Por ello, toda promesa que supusiera renunciar al robo de
caballos o a pagar indemnizaciones por los latrocinios que se
produjeran estaba condenada a ser rota, puesto que solo podr��an
cumplirla los lipanes con una reforma completa de su sistema
econ��mico e incluso social, algo a lo que no parec��an tener
intenci��n alguna cuando firmaban acuerdos como el de San
Fernando.
Los acuerdos tambi��n eran dif��ciles de cumplir en tanto en
cuanto las distintas parcialidades apaches carec��an de una jefatura
conjunta, por lo cual cada clan o grupo de familias, liderado por su
propio caudillo o, en la terminolog��a española de la ��poca,
"capitancillo", no se sent��a vinculado por ning��n acuerdo que
hubiera sido firmado por otro clan o familia. Esto, que dificultaba
la conclusi��n de una paz completa y duradera con los apaches,
tambi��n era valorado de forma positiva en lo militar, pues, por lo
general, imped��a que los apaches actuaran de forma conjunta y
coordinada, hecho que constitu��a uno de los temores principales de
las autoridades de Nueva España:

"Es fortuna nuestra que para conseguirlos no hayan
pensado hasta ahora en reconocer a un jefe, reyezuelo o cacique
que los dirija, gobierne y aliente a mayores empresas, pero todo
puede recelarse de la ilustrada malicia de los apaches"44.


43
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 170.
44
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 171.
El convenio de la Villa de San Fernando

157
En la misma l��nea que el virrey se manifestaba el
comandante de las Provincias Interiores de Poniente, Pedro de
Nava:

"La experiencia tiene acreditado que los apaches no son
capaces de reunirse o sujetarse a un jefe que les mande. Esto tal
vez pudiera tenernos cuenta, porque si as�� sucediese vivir��an
unidos y nuestras operaciones se dirigir��an sobre un objeto
determinado que las har��a felices del mismo modo que lo fueron
Cort��s y Pizarro que pelearon contra cuerpos reunidos y
subordinados"45.

A��n constituyendo familias y grupos diferentes, resultaba
complicado que los miembros de un clan se volvieran contra otro.
En el caso concreto del convenio de San Fernando, los lipanes de
arriba se hab��an comprometido, a trav��s de la cl��usula 8ª, a ayudar
como auxiliares a las fuerzas españolas en sus campañas contra los
lipanes de abajo, si estos ��ltimos no firmaban una paz, pero ni
Pedro de Nava ni el virrey Revilla Gigedo albergaban esperanza
alguna de que los lipanes de arriba cumplieran esta parte del
acuerdo:

"Nunca podr�� conseguirse que lo sean de sus mismos
compañeros y compatriotas. A esto se obligan los lipanes de arriba
por la cl��usula octava de las capitulaciones de paz y ya se ve que
no es posible su cumplimiento a menos que pretendan acreditarlo
con las falsedades y engaños que acostumbran para disculpar sus
alevos��as y sostener no s��lo a sus hermanos y parientes los lipanes
de abajo, sino tambi��n a todas las parcialidades de la apacher��a
dando los oportunos avisos de nuestros movimientos, ideas y
operaciones"46.

Igualmente, en M��xico se dudaba que hubiera forma de
separar a los guerreros lipanes de la cuadrilla liderada por El

45
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 191.
46
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 172.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

158
Calvo, puesto que los apaches firmantes no corr��an ning��n riesgo
derivado del incumplimiento, ya que era imposible para los
españoles verificar si esta cl��usula se cumpl��a o no, toda vez que
no hab��a forma de mantener el control sobre las rancher��as de los
lipiyanes y, aunque esto fuera posible, no era posible determinar a
qu�� grupo pertenec��a cada apache, puesto que lipiyanes y lipanes,
si bien eran parcialidades diferentes, ambas eran parte de la naci��n
apache y pose��an un mismo idioma, un car��cter similar, unas
costumbres casi id��nticas y, a ojos de los españoles, una fisonom��a
y un vestuario indiferenciado47.
Finalmente, incluso sobre el objetivo ��ltimo del acuerdo,
que los apaches se retiraran hasta la zona que delimitaban el arroyo
Atascoso y el arroyo de las Vacas, el virrey Revilla Gigedo estaba
convencido de que era pr��cticamente imposible de cumplirse, por
dos razones ya expuestas: porque ello hubiera trastocado el sistema
comercial y econ��mico lip��n y por la ausencia de una jerarqu��a
unificada dentro de los lipanes:

"Esto es lo mismo que poner puertas al campo inmenso
que abarcan los desiertos territorios de estas fronteras porque
aquellas capitulaciones han sido siempre infructuosas, porque es
preciso que los lipanes rompan aquellos l��mites para trasladarse a
las cacer��as del cibolo con que se alimentan abrigan visten y
forman sus tiendas de campo y porque cada indio lip��n, mescalero
o de cualesquiera parcialidad apache es un hombre o una familia
libre que no conoce otro jefe superior o cabeza que su albedr��o o
voluntariedad"48.

Pese a todo ello, el virrey segu��a respaldando la firma de
acuerdos con los apaches, siguiendo la l��nea marcada por el
art��culo 29 de las instrucciones del conde de G��lvez, l��neas
maestras por las que se reg��a desde años atr��s la pol��tica india de
las Provincias Interiores, en las que se afirmaba, literalmente, que

47
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 173.
48
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 173.
El convenio de la Villa de San Fernando

159
con los apaches era mejor firmar una mala paz que mantener una
buena guerra49.
Al acuerdo firmado entre Nava y el jefe Jos�� Antonio se
añadieron despu��s varias rancher��as m��s de apaches lipanes, de la
rama conocida como "los de arriba", que, en el camino de Nava
hacia Cohauila le dieron muestras de amistad y de agradecimiento
por lo que, al parecer, consideraban un acuerdo generoso50. De
hecho, el mismo brigadier manifestaba su sorpresa, casi dos meses
despu��s de la firma del acuerdo, por el hecho de que los lipanes
parecieran estar cumpliendo lo acordado:

"He practicado todo lo posible para unir en las
capitulaciones celebradas con los lipanes de arriba los puntos que
son m��s conducentes para el establecimiento de una paz s��lida y
fructuosa de su permanencia es imposible asegurar nada pero
debo informar a Vuestra Excelencia que, despu��s de concluidas,
no nos han dado motivos de queja y que se han ido reuniendo a las
rancher��as de los capitulantes diferentes otras"51.

¿Es posible firmar un tratado con una entidad que carece
de estructura estatal, de jerarqu��a de gobierno? ¿Qu�� valor jur��dico
puede tener dicho tratado si el representante de una de las partes
carece de legitimidad para representarla, hasta el punto de que es el
propio texto del tratado el que le erige en representante, acci��n
respaldada tras la firma por la entrega de un bast��n de mando?
¿Qu�� sentido tiene firmar el documento, cuando existe el firme
convencimiento de que la otra parte no va a cumplir en modo
alguno lo acordado, en primer lugar porque no alberga semejante
intenci��n y, en segundo lugar, porque aunque la albergara, le
resultar��a materialmente imposible?

49
"Yo me inclino a la que concibi�� sobre ese punto el señor conde de
G��lvez exponiendo en el art��culo 29 de su instrucci��n que seg��n el estado
menos malo que entonces ten��an las Provincias Internas nos era m��s
fructuosa una mala paz con todas las naciones que la soliciten que los
esfuerzos de una buena guerra"(AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021,
doc. 2, fol. 173).
50
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 188.
51
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 190)
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

160
La primera explicaci��n a por qu�� firmar semejante tratado
es la referida en p��rrafos anteriores: entre gran parte de las
autoridades españolas, era opini��n extendida que m��s val��a tener
una paz con los apaches, aunque su cumplimiento dejara mucho
que desear desde el punto de vista español, que enfrentarse, con los
limitados recursos disponibles, a su hostilidad manifiesta. Este
convencimiento, del que era part��cipe tanto el virrey como el
comandante de las Provincias Interiores de Poniente, Pedro de
Nava, se ve��a respaldado no solo por las consideraciones pr��cticas,
sino por el contenido de las Instrucci��n de Jos�� de G��lvez, un
documento que hab��a adquirido la categor��a de poco menos que
"catecismo" sobre el gobierno de las Provincias Interiores. A lo
largo de la documentaci��n conservada en la Secretar��a General de
Guerra del Archivo de Simancas, son incontables las referencias
que se hacen a esta instrucci��n en la correspondencia entre los
comandantes de las Provincias Interiores, el virrey y las
autoridades de Madrid, muchas veces utiliz��ndose las Instrucciones
como arma para echar en cara su incumplimiento en las diferentes
pol��micas suscitadas por como gobernar la regi��n.
En segundo lugar, la divisi��n de los indios era uno de los
objetivos fundamentales de la pol��tica española en la regi��n, quiz��
el ��nico que permit��a afrontar la defensa el territorio con ciertas
garant��as. Esto no solo supon��a el uso contra los apaches de otras
tribus, como los comanches52 o las llamadas naciones de indios del
Norte, sino tambi��n la fragmentaci��n de la propia apacher��a.
Las autoridades españolas ya hab��an logrado convertir en
sus aliados a los mescaleros, que, con frecuencia, actuaban como
auxiliares de las compañ��as volantes y de las tropas presidiales53, y,

52
Sobre las relaciones entre los apaches lipanes y los comanches existe
una tesis doctoral, STOGNER, CH. C., Relations between comanches and
lipans from White contact to early nineteenth century. Texas, 1997.
53
Pedro de Nava valoraba como de la m��xima importancia mantener la
amistad de los mescaleros, ya que consideraba que, mientras los
mescaleros no se unieran a los lipanes, las capacidades b��licas de estos
��ltimos no supon��an una amenaza demasiado grave para España (Carta de
Nava al virrey, de 26 de marzo de 1791, en AGS, Secretar��a de Guerra,
leg. 7021, doc. 2, fol. 186). Este proceso se hab��a iniciado a lo largo de
1777 y 1778, cuando, durante el virreinato de Caballero de Croix,
numerosos caudillos mescaleros se presentaron en los presidios españoles,
especialmente en el de Janos, para pedir la paz. El proceso fue arduo y
El convenio de la Villa de San Fernando

161
en esa l��nea diplom��tica, firmar un tratado con los lipanes de arriba
supon��a separarles, cuando menos en teor��a, de los rebeldes lipanes
de abajo. Aunque las circunstancias reales fueran diferentes de las
contenidas en el articulado, que España, como hemos visto, no
ten��a esperanza de que los apaches fueran a cumplir ni siquiera en
un marco de m��nimos, al menos supon��a una pequeña cuña entre
ambas ramas de los lipanes, una brecha que, quiz�� en el futuro,
pudiera ampliarse.
Otra de las cuestiones que impulsaron a la firma del
Convenio con los apaches fue de ��ndole moral. España no quer��a
negar la paz a aquellas naciones que la solicitasen de buena fe, algo
que el virrey Revilla Gigedo remarca en numerosas ocasiones,
tanto en su correspondencia con el comandante de Poniente, Pedro
de Nava, como con el comandante de Oriente, Ram��n de Castro,
as�� como en sus informes a la Corte. Se consideraba una obligaci��n
moral aceptar en son de paz a aquellos pueblos que lo ofrecieran de
buena fe, a��n cuando sobre esa buena fe gravitaran numerosas
dudas.
En el pasado, los indios hab��an sufridos traiciones de
enorme gravedad durante sus procesos negociadores con los
españoles, traiciones que se hab��an traducido en el derramamiento
de grandes cantidades de sangre, primero al ser v��ctimas los
apaches de sus enemigos54, y luego en las implacables violencias
que, como venganza, sol��an desencadenar aquellos en represalia
por lo ocurrido.
Pese a que hab��a voces en la administraci��n que se opon��an
a la paz, la correspondencia de los oficiales españoles deja bien
claro que no hab��a intenci��n, por parte de España, de traicionar
aquellos acuerdos, tan solo prevenci��n respecto a lo que ocurrir��a
cuando los incumplieran los apaches, algo que se ve��a inevitable.
Un ejemplo de ello lo constituyen las cartas de Ram��n de Castro al

repleto de fracasos, pero en 1791 los mescaleros eran, de forma m��s o
menos firme, aliados de España.
54
Parte de estas traiciones se produjeron durante el gobierno de Juan de
Ugalde, que en sus campañas contra los apaches en los años 1789 y 1790
declar�� que iba a combatir a los apaches como los apaches combat��an a
los españoles: negando todo cuartel, utilizando la perfidia, la cautela y el
engaño (NAVARRO GARCÍA, Don Jos�� de G��lvez y la comandancia
general de las provincias internas del Norte de Nueva España, p. 470).
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

162
virrey, en el que le pide que se retracte oficialmente de lo firmado,
pues Castro considera que la guerra es la ��nica soluci��n al
problema apache y, por su honor, no quiere llevarla a cabo
violando un tratado de paz:

"Sin embargo, no quiero que, admitidos de paz, los de
arriba se les haga una ruina p��rfida y alevosa quebrant��ndolas
nosotros sino dieren motivo para ello"55.

Pedro de Nava hac��a menci��n a esas traiciones previas, que
hab��an convertido en muy dif��cil convencer a los apaches de que
volvieran a negociar con los españoles. Por ello, concluir un
tratado sin que hubiera incidentes ni derramamiento de sangre, y
que España lo respetara era importante de cara al futuro,
demostrando a los indios que la Monarqu��a era un interlocutor con
el que se pod��a negociar y esperar que se cumpliera lo negociado.
As�� lo expres�� el brigadier Nava, en carta al virrey a finales de
marzo de 1791:

"Ellos, la verdad, estaban muy recelosos de los sucesos
pasados y la falta de fe por nuestra parte y es necesario atraerlos
con suavidad para que vayan deponiendo su desconfianza. Por
esta causa tuve por conveniente concederles las capitulaciones que
remit�� a Vuestra Excelencia, pues de exasperarlos podr��an
sobrevenir malas resultas, como ya se ha visto en otras
ocasiones"56.

El factor tiempo tambi��n era una cuesti��n a tener en
cuenta. Las inmensas extensiones de terreno a cubrir con recursos
muy limitados exig��an enormes esfuerzos a las fuerzas en lo
t��ctico, y tambi��n a la Monarqu��a en lo estrat��gico, teniendo con
frecuencia que desplazar miles de kil��metros a unos pocos
centenares de hombres para reforzar un ��rea concreta de la
frontera. As��, una paz con los lipanes de arriba, a��n no respetada

55
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 224.
56
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 187.
El convenio de la Villa de San Fernando

163
plenamente, podr��a dar a las fuerzas españolas un pequeño respiro,
tranquilidad en un ��rea amplia y flexibilidad para realizar un
ejercicio concentrado, si era necesario, contra los lipanes de
abajo57.

4.- La oposici��n del comandante general Ram��n de Castro al
Convenio

Ram��n de Castro, incluso antes de asumir el mando de las
Provincias Interiores de Oriente58, se mostr�� contrario al acuerdo, y
lo expres�� con vehemencia en varias cartas al virrey. As��, el 21 de
marzo de 1791, el oficial escrib��a a Revilla Gigedo:

"Dado que los acuerdos solo los han firmado siete
capitancillos, no se puede creer que el conjunto de los apaches
vaya a sentirse atado a ese acuerdo. Se enviaron mensajeros a por
otros, pero ni siquiera volvieron los mensajeros (��). De ello se
desprende que los dichos capitancillos han procedido dolosamente
en estas paces con solo el objeto de percibir el acostumbrado
regalo y sin intenci��n de cumplir lo estipulado en ellas��59.

Castro era partidario de dar una soluci��n militar al
conflicto lo antes posible, forzando por las armas a los lipanes de
abajo -que, al asentarse en el r��o Guadalupe, hab��an roto un

57
Nava al virrey: "Aunque cualquier acontecimiento variase este modo de
pensar siempre hemos ganado tiempo para remontar nuestras tropas y
poder castigar su veleidad y falta de fe" (AGS, Secretar��a de Guerra, leg.
7021, doc. 2, fol. 187).
58
Castro hab��a sido nombrado comandante general de las Provincias
Interiores de Poniente el 30 de junio de 1790 (NAVARRO GARCÍA,
Don Jos�� de G��lvez y la comandancia general de las provincias internas
del Norte de Nueva España, p. 478); sin embargo, en la pr��ctica, no pudo
asumir su mando sobre el terreno hasta marzo de 1791, pese a que
acometi�� la traves��a del Caribe, desde Santo Domingo a la costa mexicana
en septiembre, en plena temporada de huracanes, "asumiendo un
extraordinario riesgo", en palabras de Luis Navarro Garc��a (p. 481).
59
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 199.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

164
acuerdo previo firmado durante el mandato de Juan de Ugalde- a
pedir un acuerdo, cuyas condiciones habr��an de ser m��s duras que
las concedidas por Nava a los lipanes de arriba:

��Concibo conviene atacarlos con vigor, como Vuestra
Excelencia previene, hasta destruirlos o, a lo menos, obligarlos a
que ellos mismos pidan las paces dando pruebas de hacerlo de
buena fe��60.

En este sentido, tanto Nava como Castro61 hab��an
solicitado el parecer del gobernador de Texas, tambi��n afectado
por la cuesti��n. Inquirido sobre las posibilidades de que llevara a
cabo una acci��n militar contra los lipanes de abajo, el gobernador
se neg�� a ello, alegando que en la Misi��n, de la que deb��an partir
sus tropas en el caso de llevarse a cabo el ataque, hab��a apaches
lipanes, de forma que tan pronto se iniciaran los preparativos para
llevar a cabo el ataque, los apaches de la Misi��n avisar��an a sus
parientes y las tropas encontrar��an el campo vac��o o, a��n peor, al
enemigo preparado y emboscado donde m��s le conviniera. La
soluci��n que le propusieron Nava y Castro, expulsar a los apaches
lipanes de la Misi��n antes de iniciar los preparativos, tampoco era
pr��ctica, ya que hubiera equivalido al anuncio de lo que se
planeaba62.
Castro no dio su brazo a torcer e inici�� una peligrosa
escalada en sus intentos de acabar con la validez del Convenio de
San Fernando. Escribi�� al virrey Revilla Gigedo alegando que
Pedro Nava se hab��a excedido al firmar un tratado en las provincias
cuyo mando le correspond��a a ��l, Ram��n de Castro, y en las cuales

60
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 201.
61
Nava hab��a recibido instrucciones del virrey para que se reuniera con
Castro y le informara de la situaci��n del mando que iba a asumir: "Ya va
caminando para su destino el comandante general de las provincias de
Oriente don Ram��n de Castr��, con cuyo jefe ha de concurrir Vuestra
Señor��a antes de retirarse de las de su mando propietario, para
conferenciar e instruirle de cuanto interesa al mejor servicio del rey"
(Carta de Revilla Gigedo a Pedro de Nava, firmada en M��xico el 2 de
marzo de 1791, en AGI, Contrataci��n, leg. 5534, doc. 1º, fol. 186)
62
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fol. 202.
El convenio de la Villa de San Fernando

165
Nava detentaba tan solo la jefatura interina, motivada por el retraso
de Castro en su viaje para asumir dicho mando. Dado que no pudo
convencer a Revilla Gigedo de que revocara el tratado, Castro
alegaba que su honor militar se ver��a violentado, pues las
circunstancias, ineludiblemente, habr��an de llevarle a atacar a los
lipanes, con lo cual quebrar��a la letra del tratado:

"Excelent��simo señor: son muy evidentes las ilimitadas
facultades de la alta dignidad de virrey con que el m��rito de
Vuestra Excelencia se haya considerado, y muy notorias las sabias
disposiciones con que hace prosperar al reino de su mando. Por
consiguiente, no merecen menor concepto las que se sirvi�� Vuestra
Excelencia tomar, en virtud de aquellas, ampliando interinamente
al brigadier don Pedro de Nava, comandante general de las
Provincias Internas de Poniente el mando a las de Oriente, cuando
no constaba a Vuestra Excelencia, sino por cartas particulares,
haberme la piedad del Rey conferido la propiedad del de estas,
pero sabi��ndolo ya Vuestra Excelencia de oficio y verificada mi
llegada a este reino, me es forzoso hacerle referente que, a pesar
de que considero el superior talento, pericia militar y amor al Real
servicio del señor Nava, sin embargo, podr�� ceder en desaire m��o
el que establezca en las provincias de mi cargo paces con los
apaches lipanes, que la veleidad y mala fe de estos o alguna otra
circunstancia que puede hab��rsele ocultado a aquel me obligue a
romper, haci��ndoles la guerra seg��n el esp��ritu de las ��rdenes de
Vuestra Excelencia e instrucci��n del señor conde de G��lvez. No
obstante, de ser precisamente bajo de este solo concepto, dejo a la
discreta comprensi��n de Vuestra Excelencia prever y conocer las
funestas consecuencias que esto producir��a contra mi honor entre
la variedad de opiniones de las gentes. Es innegable que las
determinaciones de Vuestra Excelencia ��nicamente se dirigen al
bien del Estado y felicidad de las provincias, pero, ¿qui��n señor
excelent��simo, la desear�� con m��s ansia que aquel que las ha de
gobernar y ser responsable de ellas? Y, por consiguiente, ¿qui��n
procurar�� m��s bien que el hacer todas las combinaciones que
puedan contribuir a cimentar y consolidar unas paces en las
cuales, con el de la naci��n, vincula su honor propio?

Para Castro, la soluci��n no ofrec��a lugar a dudas:
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

166
"En virtud de esto, y de que Vuestra Excelencia no ignora
cu��n pr��xima est�� mi partida para el citado destino, ni tampoco la
causa del involuntario retraso que he tenido para verificarla antes,
he de deber a Vuestra Excelencia este favor: de que se sirva
mandar al expresado señor don Pedro de Nava suspenda el
establecimiento de paces con dichos indios, a fin de que pueda yo
ejecutarlo despu��s de examinadas prolijamente todas las
circunstancias. Me lisonjeo de que Vuestra Excelencia me har�� la
justicia de creer que s��lo a impulsos del honor y del amor al Real
servicio le hago esta respetuosa representaci��n que, hasta ahora,
me ha sido impracticable a causa de mi dudosa salida de esta
capital por los justos motivos que, repito, constan a Vuestra
Excelencia. Dios os guarde a vuestra excelencia muchos años"63.

Este giro de las protestas de Castro motiv�� una prolija
respuesta el virrey respaldando todo lo hecho por el brigadier
Pedro Nava, y ratificando la validez de los acuerdos firmados por
Nava en nombre de la Monarqu��a:

"El virrey mi inmediato antecesor, don Manuel Antonio
Flores, decidi�� que ser��a m��s conveniente dividir la comandancia
[de las Provincias Interiores]; tom�� esta providencia dejando a
cargo del comandante general don Jacobo Ugarte las cuatro
provincias situadas al Poniente de la l��nea de frontera y poniendo
al del brigadier don Juan Ugalde las dos que demoran al oriente
con agregaci��n de la Colonia y el Nuevo Le��n. Todo esto lo
aprob�� Su Majestad en calidad de por ahora hasta que, por
��ltimo, se sirvi�� declarar virtualmente la divisi��n de las
comandancias en las elecciones que hizo de Vuestra Señor��a y del
brigadier don Pedro de Nava para jefes de ellas con
independencia de mandos, sujet��ndolos al m��o superior. Separado
el de las Provincias de Oriente don Juan Ugalde64 (��) Promovido

63
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fols. 234-235.
64
Ugalde hab��a atacado en 1789 un campamento de mescaleros, sin que
mediara provocaci��n alguna por parte de estos, masacrando a decenas de
hombres, mujeres y niños. Tras esto, envi�� al virrey Revilla Gigedo
inform��ndole que pensaba hacer lo propio con un asentamiento lip��n,
cuyos integrantes, igualmente, no hab��an incurrido, que se supiera, en
El convenio de la Villa de San Fernando

167
al de la nueva comandancia general de Guadalajara, fue preciso
dejar en el de las Provincias al brigadier don Pedro de Nava, a
qui��n le correspond��a el mando de todas porque no hab��a Vuestra
Señor��a llegado al reino, s�� se sab��a de oficio su acceso a la
comandancia de las de Oriente. (��) Por consecuencia no hayo
raz��n para prevenir al brigadier don Pedro de Nava que suspenda
los tratados de paz con los apaches lipanes, seg��n Vuestra Señor��a
solicita, ni que les contin��e la guerra, pues esta ser��a, ciertamente,
verdadera ruina de los tratados, y que puede usar aquel jefe con
legitimo t��tulo, del mismo modo que por su ausencia las usara"65.

Una vez sobre el terreno, Castro se entrevist�� con Nava. Al
parecer, el tema del tratado de San Fernando qued�� zanjado, y
ambos jefes llegaron a la conclusi��n de que la mejor soluci��n al
problema de los apaches de abajo era lanzar un ataque coordinado,
por sorpresa y en fuerza contra ellos, de forma que se les obligara a
pedir la paz, lo cual fue aprobado por el virrey Revilla Gigedo:

��Habiendo conferenciado sobre el terreno ambos
capitanes generales de la Provincias convinieron, y as�� lo
representaron al virrey, que poni��ndose el capit��n general de las
de Oriente a la cabeza de n��mero competente de tropas, procurare
sorprender a los lipanes de abajo d��ndoles un golpe decisivo que
los obligara a solicitar con ansia nuestra amistad, a lo cual
contest�� (��) el virrey que haci��ndose cargo con la perfidia con la
que siempre han procedido los apaches lipanes, aprobaba lo
acordado (��), acordando asegurarse bien que del golpe no se
pudieran producir fatales consecuencias. No lleg�� a verificarse
esta expedici��n por la serie de sucesos que intervino"66.


causa alguna que justificara el ataque. Revilla Gigedo, horrorizado,
procedi�� a apartar del mando a Ugalde antes de que pudiera llevar a cabo
la acci��n (FLAGER, E. K., "La pol��tica española para pacificar a los
indios apaches a finales del siglo XVIII", p. 229).
65
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fols. 214-215.
66
AGI, Contrataci��n, leg. 5.534, doc. 1, fols. 10 y 11.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

168
Este desgraciado suceso que se menciona tuvo lugar en la
Villa de Santa Rosa, cuando un grupo de apaches lipanes que
hab��an acudido al lugar a negociar un acuerdo de paz hab��a
acabado vi��ndose envuelto, dentro de una casa de la misma villa,
en un violento incidente con las tropas españolas, en el que se vio
involucrado personalmente el propio comandante general Ram��n
de Castro. El informe m��s prolijo sobre lo acaecido es el de Juan
Guti��rrez de la Cueva, presente en Santa Rosa en el momento en
que se produjo el incidente:

��Excelent��simo señor: precisado por el mandato de mi
comandante general coronel don Ram��n de Castro, doy a Vuestra
Excelencia la desagradable noticia de lo sucedido con los lipanes
de la parcialidad de abajo, que llegaron ayer a este valle a tratar
de paces, y fueron el capit��n Lombraña, dos capitancillos, once
gandules, tres mujeres y una cautiva que tra��an para entregar (��)
Llegados a la casa del comandante general, se les
pregunt�� por ��ste, entre otras cosas, por qu�� no hab��an venido los
dem��s capitanes que se les hab��a indicado en Rio Grande, y
habi��ndosele hecho todas sus respuestas sospechosas, y lo mismo
a los dem��s que presenciaron el acto, les propuso enviaran
emisarios para traerlos, quedando entre tanto en rehenes el
capit��n Lombraña, uno de los dos capitancillos y tres gandules, a
lo que condescendieron con alguna repugnancia. Como a las
nueve de la noche del mismo d��a, dieron parte de haber desertado
el capit��n Lombraña y dos gandules, a pesar de las precauciones
que se tomaron de centinelas en la salida de la plaza67, con cuya
noticia pas�� el comandante general con la poca gente que pudo
juntar del cuartel a la casa del teniente don Juan Ignacio de
Arrambide (que es donde pararon los apaches), y habiendo

67
Lombraña liderar��a posteriormente varias incursiones contra el
territorio español, y acabar��a siendo abatido, junto a otro capit��n apache,
El Canoso, y cinco guerreros, en un encuentro con tropas españoles bajo
el mando del capit��n Jos�� Mar��a Tovar (AGS, Secretar��a de Guerra, leg.
7021, doc. 2, fol. 277). Esta y otras acciones contra los apaches son
analizadas en MARTÍNEZ PEÑAS, L., y FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ,
M., "La guerra contra los apaches bajo el mando de los comandantes
Ram��n de Castro y Pedro de Nava en las Provincias Interiores", pendiente
de publicaci��n.
El convenio de la Villa de San Fernando

169
reconvenido a estos sobre la falta de los tres compañeros, y
penetr��ndole el fin de la pregunta, que era apoderarse de sus
personas y asegurarlas en las c��rceles, la respuesta fue abrazarse
un gandul con el comandante general, d��ndole dos puñaladas en
la espalda, que, aunque no muy penetrantes, no dejan de ser de
bastante cuidado, y de las cuales se desasi�� de ��l, que de un
pistoletazo en el pecho le dej�� muerto a sus pies. En este mismo
lance sali�� muy mal herido el teniente Don Juan Ignacio
Arrambide, que se duda escape. Mataron a un sargento y un
soldado y heridos de esta clase ha habido siete, todos del presidio
de la Bah��a. Inmediatamente se cogieron las bocacalles y se cerc��
la casa en que estaban y se hab��an hecho fuertes los enemigos, sin
perderlos de vista, hasta darles muerte a todos (menos los tres que
huyeron y la cautiva que qued�� en nuestro poder), lo cual se
concluy�� a las ocho de la mañana del d��a de hoy (��) Valle de
Santa Rosa, 29 de mayo de 1791, de Juan Guti��rrez de la Cueva al
excelent��simo señor Conde Revilla Gigedo"68.

Informado de lo ocurrido, el virrey no pareci�� sorprendido
de que los apaches se comportaran del modo en que lo hicieron,
toda vez que en otras ocasiones hab��an sido traicionados por los
españoles cuando acud��an a pedir paces:

"En todo tiempo han acreditado su perfidia y mala fe los
apaches lipanes pero tambi��n ellos han experimentado iguales
procedimientos por nuestras parte en los casos muy recientes de
haber sido atacadas sus rancher��as que estaban de paz y
sorprendidos los mescaleros que buscaron a solicitarla en ese
mismo valle.
Con tales antecedentes no es extraño que el capit��n
Lombraña y los dem��s comisarios de la lipaner��a de abajo
entraren en desconfianza cuando Vuestra Señor��a, poco satisfecho
en sus contestaciones, les oblig�� a dejar rehenes que se le
presentasen los diez capitanes que quiso Vuestra Señor��a
concurriesen con otros treinta o cuarenta generales de la
parcialidad para la celebraci��n de paces. Tambi��n

68
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fols. 254-257.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

170
era consiguiente que, recelosos los lipanes, intentasen la prueba
que verific�� Lombraña con esos dos gandules, y que no habiendo
podido conseguirla los dem��s se abandonasen a la resistencia y
desesperaci��n que les ha causado la muerte. Habi��ndola dado a
un sargento y un soldado de esa compañ��a presidial, dejando
heridos peligrosamente al teniente don Juan Ignacio Arrambide y
a unos siete soldados y haciendo sobre todo m��s sensible su
atrevida acci��n con haber acometido a Vuestra Señor��a hiri��ndolo
dos veces aunque a costa de perecer a sus manos el autor de esta
desgracia"69.

Tras este incidente, y con Castro convaleciente de sus
graves heridas, con los lipanes en pie de guerra por los sucesos de
Santa Rosa, que los indios consideraban una encerrona deliberada,
y temiendo una oleada de ataques a lo largo de las Provincias
Interiores, los planes de un ataque decisivo contra los lipanes de
abajo fueron abandonados, pas��ndose, por el contrario a tomar
disposiciones de cara a proteger el territorio de los ataques indios
que se preve��an:

"Las resultas no pueden menos de ser desagradables
porque la lipaner��a, compuesta de m��s de dos mil hombres de
armas, la emplear�� cruelmente en venganza de sus repetidos
agravios, no se confiar��n de nuestras promesas y, si alguna vez
fingieren abrazarlas, ser�� para incurrir en mayores perfidias. Por
descontado, debo esperar noticias de las incursiones de estos
indios, pero ya he tomado las providencias para contenerlas en la
orden de que acompaño copia (��), previniendo que, reunidas las
tropas de las fronteras de Oriente, empleen partidas respetables en
las operaciones defensivas de batir la campaña, resguardar los
presidios y, situados de caballada, cubrir las poblaciones m��s

69
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fols. 262-265. Revilla
Gigedo hizo responsable de lo ocurrido a la inexperiencia de Castro en los
asuntos de la frontera: "Yo no puedo atribuir esta desgraciado suceso a
otra causa que a la de haber prevalecido el esp��ritu bizarro y el celo
ardiente del coronel Ram��n de Castro a todas las consideraciones que
solo enseña la experiencia en el trato con los indios" (AGI, Contrataci��n,
leg. 5.534, doc. 1, fol. 131).
El convenio de la Villa de San Fernando

171
expuestas y ocurrir prontamente al remedio o castigo de la
irrupci��n o del insulto.
Tengo la satisfacci��n del comandante general don Ram��n
de Castro haya tomado estas providencias, como lo acredita la
copia de oficio n��mero 8, y estoy bien persuadido que, no siendo
de peligro las heridas de este jefe, se restablezca prontamente de
ellas y, puesto a la cabeza de sus tropas, contenga a los indios
enemigos para que no acaben de arruinarse las provincias a su
cargo. El comandante de las Poniente [Pedro de Nava] tiene la
orden para franquearle los auxilios que necesite maniobrando en
todas las fronteras (��).
Espero que Vuestra Excelencia las mire con la atenci��n
que exige su actual cr��tico estado, bajo el supuesto de que,
mientras se sirve avis��ndome de la Soberana resoluci��n del Rey,
pondr�� mis esmeros en precaver la ruina de aquella frontera
recomendables, facilit��ndoles los auxilios que fueren precisos, sin
excusar los gastos de urgencia para que se haga y no se atrase el
m��s importante servicio de Su Majestad"70.

De esta forma, un desafortunado incidente, relativamente
fortuito, hab��a truncado gran parte de los logros que derivaban del
acuerdo de la villa de San Fernando con los lipanes de arriba: la de
separar, siquiera te��ricamente, a estos de sus parientes los lipanes
de abajo, permitiendo contemplar la posibilidad, como la hab��an
planificado Nava y Castro, de lanzar un ataque sorpresa contra los
lipanes de abajo, reacios toda paz, oblig��ndoles por las armas a
solicitar un acuerdo en los t��rminos m��s beneficiosos posibles para
España.







70
AGI, Contrataci��n, leg. 5.534, doc. 1, fols. 134-135.
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

172
APÉNDICE DOCUMENTAL
CONVENIO DE LA VILLA DE SAN FERNANDO71

Convenio ajustado por el brigadier don Pedro de Nava
comandante general de provincias internas con los indios de la
naci��n lipana conocidos por los de arriba, que se han presentado en
la villa de San Fernando solicitando la paz por medio del caudillo
principal que es Jos�� Antonio, a quien se unieron los capitancillos
Malabe, el Hijo de Cabello Largo, el del Balazo y Ayatinde
acompañados de siete gandules y siete mujeres, el d��a 8 de febrero
de 1791 que se celebr��:
1º Que Jos�� Antonio sea el capit��n general que gobierne a
los de su parcialidad a fin de que le est��n subordinados y le
reconozcan por tal para que responda y d�� satisfacci��n de los daños
que puedan causar los indios de ellos.
Responden los indios: Que todos se conforman con que sea
el capit��n general Jos�� Antonio, a quien obedecer��n deseosos de
que se verifique lo propuesto en este art��culo.
2º Que han de entregar todos los cautivos cristianos que
tengan en su poder sin que se les d�� cosa alguna por ello de rescate
y que han de solicitar los que haya en otras rancher��as.
Responden los indios: Que no tienen los presentes en sus
rancher��as ning��n cautivo pero que har��n diligencia en las dem��s
que est��n distantes y los traer��n.
3º Que no han de pasar en la provincia a Texas del arroyo
nombrado el Atascoso, ni del de las Vacas, manteni��ndose no
distantes de los presidios que forman la l��nea de Coahuila y
Laredo, donde podr��n hacer sus siembras.
Responden los indios: Que as�� lo ejecutar��n.
4º: Que, desde luego, han de enviar sus emisarios a los
lipanes de abajo para que inmediatamente se instituyan a sus
antiguos establecimientos que tienen por l��mites el arroyo del
Atascoso, separ��ndose totalmente del r��o de Guadalupe en que se
hayan.

71
AGS, Secretar��a de Guerra, leg. 7021, doc. 2, fols. 158-163.
El convenio de la Villa de San Fernando

173
Responden los indios: Ofrecen cumplirlo y piden para
ejecutarlo con seguridad el pasaporte correspondiente par air a la
provincia de Texas. Se les entreg�� el pasaporte.
5º Que si no conviniesen los referidos lipanes de abajo a
retirarse del r��o Guadalupe, ha de encargarse a los comisarios
persuadi��ndoles se vengan a unir con los reducidos, pues de lo
contrario sufrir��n el castigo de nuestras armas que ser�� preciso
emplear contra los que por su terquedad insistan retirarse de aquel
destino, advirtiendo a los que lo verifiquen ser��n tratados con las
mismas franquicias que los se han dado por amigos.
Responden los indios: Prometieron ejecutarlo.
6º: Que en caso de que alguno de los lipanes de abajo no
consideren avenirse a los l��mites que se les señala y por cuyo
motivo sea necesario usar del rigor de nuestras armas no han de
faltar los de este armisticio a lo estipulado en ��l
Responden los indios: Que conociendo lo justo de esta
demanda no faltar��n a la paz y amistad con los españoles, aunque
estos hagan la guerra a los de su naci��n que se obstinen a no
volverse a sus antiguos l��mites pues en donde hoy se hayan est��n
los ganados pertenecientes a los españoles y siempre han de hacer
daño.
7º Que igualmente han de solicitar vengan a unirse con
ellos todos los lip��n de arriba que est��n con el lip��n conocido entre
nosotros por El Calvo, separ��ndose totalmente de ��l.
Responden los indios: Que les est��n esperando y que si se
tardan los har��n venir.
8º: Que han de ser auxiliares nuestros en todo evento o
rompimiento de guerra en que soliciten contra cualquiera naci��n a
quien se la declaremos.
Responden los indios: Prometen ser nuestros auxiliares
contra los que sean enemigos de los españoles.
9º Que siempre que se experimente daño por algunos
lipanes de los de la parcialidad amiga, de que se dar�� aviso a su
caudillo Jos�� Antonio debe este, con los dem��s de ella, perseguir a
los malhechores oblig��ndolos a que los restituya y castig��ndolos a
Leandro Mart��nez Peñas y Manuela Fern��ndez Rodr��guez

174
1a aprobaci��n del exceso, entreg��ndolos si se les pidieren por
nosotros para que se les imponga la pena que merezcan
Responden los indios: Que si es solo robo se restituir�� y se
azotar�� en una picota y si ha hecho de muerte que lo matar��n, de
que seremos sabedores.
10º: Que cuando corran mesteños han de devolver las
bestias que cojan de tierra conocida, bien sean de la tropa, vecinos
o indios de misi��n o pueblo a satisfacci��n del sargento Joaqu��n
Guti��rrez u otro que de nuestra parte se destine con ellos a este fin.
Responden los indios: Dicen que las bestias que cojan en
los corrales que hagan las entregar��n a sus dueños pero que las que
cojan en el campo a lazo les han de dar estos una gratificaci��n por
el trabajo que tienen y lo que maltratan sus caballos.
11º: Que podr��n entrar libremente en nuestras poblaciones
de la frontera y cambalachear los cibolos y dem��s efectos que
poseen y puedan adquirir sin perjuicio nuestro manej��ndose en su
detenci��n y retirada de las citadas poblaciones sin hacer perjuicio
alguno.
Responden los indios: Ofrecen cumplir lo que se les
propone.
Nota: El capit��n Jos�� Antonio como caudillo de los
lipanes de arriba pidi�� se les diese copia de este convenio, lo que se
le concedi��.
Concluida esta capitulaci��n, yo, el comandante general don
Pedro de Nava, y todos los indios relacionados al principio de ella,
entregu�� a Jos�� Antonio capit��n nombrado para los lipanes de
arriba, un bast��n por el cual queda constituido por principal jefe de
su parcialidad, mandando se le atienda el t��tulo de tal y
entreg��ndole una bandera que solicit�� ��l y los dem��s, con
expresi��n de que hubiese una cruz que no fuese encarnada,
obsequi��ndole con un vestido decente. Igualmente dispuse se
regalasen a proporci��n a los dem��s capitancillos gandules y
mujeres de la citada parcialidad que estuvieron presentes a este
acto. Y fenecido se miraron todos muy contentos haciendo los
mayores ofrecimientos y protestas de una perpetua sincera amistad
y reconocimiento, habi��ndose hallado presentes en todo lo
ejecutado el ayudante inspector don Juan Gutierres de la Cueva y
El convenio de la Villa de San Fernando

175
el teniente don Leandro Mart��nez Pacheco, ��nico oficial de la
compañ��a de Aguaverde que se halla en este puesto.
Villa de San Fernando, 8 de febrero de 1791, Pedro de
Navas".
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

177
LOS CAPITANES GENERALES DE ARAGÓN ENTRE
1823 Y 1833

Francisco Baltar Rodr��guez
Universidad de Zaragoza

1.- La D��cada Ominosa

La ��ltima fase del reinado de Fernando VII viene marcada
como es conocido por la restauraci��n absolutista. Conocida como
la D��cada Ominosa, se trata de una etapa marcada por la represi��n
del liberalismo, la crisis institucional, econ��mica y por supuesto
tambi��n en el ej��rcito. Un postrer periodo del que contamos,
afortunadamente, con la relaci��n de los mandos de todas las
Capitan��as Generales de España, tambi��n la de Arag��n, por lo que
podemos conocer mejor la transici��n de unas a otras, hasta llegar a
la fecha del 27 de abril de 1834 cuando por real disposici��n se
establece ��Que los comandantes generales de los distritos s��lo
tienen el mando militar de las armas y no el pol��tico, exceptuando
casos de especial comisi��n��1. Supone este Decreto la partida de
defunci��n del oficio de Capit��n General tal y como se hab��a
concebido desde el año 1711 para algunos territorios de la
Monarqu��a, singularmente los de la Corona de Arag��n: un jefe
militar que lo era tambi��n jefe pol��tico de un territorio como
presidente de la Real Audiencia.
Del periodo 1823-1833 en la Capitan��a General de Arag��n
llama la atenci��n en primer lugar, la corta duraci��n de los
mandatos. En apenas diez años se suceden ocho capitanes
generales, algunos de ellos con gobiernos de cinco �� seis meses. Y
en segundo lugar, destaca el hecho de que la mayor parte no son
españoles. Efectivamente, la intervenci��n de las potencias europeas
y, en concreto, del ej��rcito franc��s al mando de duque de
Angulema hab��a evitado o pospuesto un enfrentamiento civil en

1
Archivo General Militar (en adelante AGM), Secci��n 2ª, Divisi��n 3ª,
leg. 141.
Francisco Baltar Rodr��guez

178
España. La p��rdida de las posesiones americanas acentu�� la
debilidad del Estado. Los ingresos se redujeron a��n m��s en un pa��s
que todav��a no se hab��a repuesto del desastre de las guerras
napole��nicas. Las reformas liberales no atajaron estos problemas.
Los partidarios del Nuevo R��gimen tuvieron que exiliarse o verse
sometidos a una dura represi��n. S��lo algunas ciudades, como
C��diz, guarnecidas por tropas francesas fueron lugar de acogida
para los liberales en la pen��nsula.
España, hab��a devenido definitivamente en una mediana
potencia en el concierto europeo. Bajo la dependencia financiera y
comercial de Francia, con un ej��rcito franc��s –unos 40000
hombres- acantonado en las principales ciudades españolas entre
1823 y 1828, con un ej��rcito nacional licenciado por un
desconfiado Fernando VII que ve��a en sus propias tropas un
germen de liberalismo. A este cuadro habr��a que añadir los
instrumentos de represi��n y depuraci��n que afectaron a la
administraci��n civil y tambi��n al ej��rcito. Razones que explican la
abundancia de capitanes generales extranjeros al frente de estas
circunscripciones en toda España, tambi��n en Arag��n2.

2.- Felipe Fleyres y Le Gallois de Grimarest

Fernando VII ser��a liberado en octubre de 1823. Desde
mayo funciona una Regencia bajo influencia francesa. En Zaragoza
Felipe Fleyres, mariscal de campo, ser�� gobernador y Capit��n
General del Ej��rcito y Reino de Arag��n desde mayo de 1823 a
diciembre de 1823. Este noble flamenco, nacido en 1776 en Liefe,
como muchos otros ocupantes de la Capitan��a General de Arag��n
hab��a comenzado su carrera en las reales guardias de Infanter��a
valona. Con la categor��a de Distinguido en 6 de noviembre de
1792, cadete en 5 marzo 1796 y subteniente en 15 agosto 1796.
Posteriormente sirvi�� en el tercio de Migueletes de Talarn, desde
comandante, en 26 de agosto de 1808 hasta el grado de coronel, en
la primera secci��n de infanter��a de l��nea de la segunda legi��n

2
Una s��ntesis de la D��cada Ominosa en LUIS, Jean-Philippe, ��La d��cada
ominosa (1823-1833), una etapa desconocida en la construcci��n de la
España contempor��nea��, en Ayer, 41 (2001) pp. 85-117.
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

179
catalana. Brigadier en su anterior empleo, coronel efectivo de la
referida secci��n y posteriormente jefe de la primera brigada de la
divisi��n del Ampurd��n, en su clase en el regimiento de Infanter��a
de leales manresanos, y dem��s empleos: teniente coronel en 29
enero 1809, grado de coronel en 1 septiembre 1809, brigadier en 3
enero 1810, y coronel en 19 junio 1810.
Siendo mariscal de campo, nombrado en 28 agosto de
1822, estuvo emigrado en Francia a las ��rdenes del General Egu��a.
Ser��a mariscal de campo Gobernador y Capit��n General del Reino
de Arag��n de mayo de 1823 a diciembre de 1824. Posteriormente
gobernador pol��tico y militar de Ciudad Rodrigo de enero 1825 a
enero 1828, Comandante General del partido de Asturias en mayo
1829, y gobernador militar y pol��tico de la plaza de C��diz de julio
1829 a octubre de 1831 donde redujo varias revueltas3.
Particip�� en la guerra de 1793-1794, en Gibraltar en 1797,
y en 1808. Varios ascensos se debieron a m��ritos de guerra: result��
herido en una mano por casco de bomba en Gerona el 12
noviembre 1809, se opuso a la rendici��n de Gerona; fue hecho
prisionero y llevado a Francia. Se fug�� del castillo de Bellegarde
en 13 de diciembre de 1809. Estuvo integrado en el ej��rcito de
Cataluña hasta su pr��ctica desaparici��n, a fines de 1811; form��
luego el regimiento de leales manresanos con el que tuvo varias
acciones destacadas como en Moncada en 24 septiembre, en San
Celoni el 5 de diciembre siendo herido en la cabeza, o el 7 de abril
de 1812, cuando fue herido en la Pobla de Segur4.
A Fleyres le sucedi�� Pedro Le Gallois de Grimarest,
teniente general, Capit��n General del Ej��rcito y Reino de Arag��n
de 28 de enero a 26 de mayo de 1824. Le Gallois, de condici��n
noble hab��a nacido en 1757 en Peñ��scola, y muri�� el 12 de febrero
de 1841 en Manila (Filipinas) de ancianidad y de achaques
habituales, como informaba el Capit��n General de Filipinas, Juan
Lardiz��bal en oficio fechado el d��a 13. All�� se hallaba confinado en
virtud de Real Orden para que fuera conducido a las Islas
Marianas, a las que no pudo ser remitido desde la Capitan��a
General de Filipinas. Le Gallois como muchos otros altos oficiales
inici�� su carrera como cadete en un regimiento –en este caso el de

3
AGM, expediente personal (diciembre 1830)
4
AGM, expediente personal (diciembre 1830)
Francisco Baltar Rodr��guez

180
Infanter��a de Asturias en 2 julio 1777-; gran parte de su carrera
militar se desarroll�� en Am��rica donde fue ascendiendo
progresivamente: subteniente por despacho del virrey de M��xico
en 29 octubre 1779 con el real despacho en 3 de abril 1780.
Maestro de cadetes desde el año 1782, pas�� a Marruecos por orden
de 6 agosto 1785 con Francisco Salinas y Moñino encargado de
regalos que el rey envi�� al emperador. Teniente desde el 18 de
agosto de 1785, ayudante mayor en 21 de agosto 1787. Obtuvo el
grado de capit��n en 29 octubre 1789, con despacho de 9 de
diciembre 1790. Combati�� en Or��n desde el 14 de octubre de 1790,
en la campaña de Francia en el ej��rcito de Navarra, Guip��zcoa y en
el de Arag��n de ayudante del Mayor general, en el cant��n de Jaca
durante once meses, con diversas acciones frente al enemigo.
Estuvo en Ceuta de guarnici��n siete meses tras la guerra con
Francia. Adquiri�� el grado de teniente coronel en 4 de septiembre
de 1795. Sargento mayor en el regimiento de Burgos en 20 de
junio de 1800. En la guerra de Portugal, en 1801, actu�� como
segundo ayudante general del Estado Mayor que entonces se
form��. En 1802 fue nombrado secretario de la Junta de Generales
de Am��rica, cargo que ocup�� hasta el 22 de mayo de 1804 cuando
se le promovi�� a Comandante General de las Provincias Internas
Orientales de Nueva España y jefe e inspector de los Tercios
españoles de Infanter��a y Caballer��a de Texas. En 1805 con los
Tercios de Texas se embarc�� en la expedici��n de La Martinica y al
regreso en el combate de Finisterre fue gravemente herido,
apresado por los ingleses y llevado a Inglaterra. Regres�� a España
bajo palabra de honor. Con el t��tulo de comandante en 16 de
febrero de 1803, recibe el grado de coronel en el regimiento de
Extremadura en 5 mayo 1803. Brigadier en el ej��rcito de
Andaluc��a en 9 noviembre 1805.
En 1808, un mes antes de erigirse las juntas provinciales,
incit�� la guerra contra los franceses en defensa del rey, la patria y
la religi��n y bati�� en Villanueva a una fuerza de 800 a 1000
franceses. En la Guerra de la Independencia, en Bail��n fue el
segundo jefe de la 2ª Divisi��n con la cual contribuy�� eficazmente a
la victoria peleando contra el ej��rcito de Vedel, por cuyo m��rito
ser��a promovido a mariscal de campo con destino en la Costa de
Granada en 11 de agosto de 1808. En 1 de octubre de 1808 en
ausencia del general Manuel de la Peña entr�� en Navarra con la 2ª
divisi��n causando mucha p��rdida al ej��rcito de Moncey,
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

181
continuando despu��s hasta Calahorra a donde se retir��. Por orden
del general Castaños pas�� a Tarazona seguido por Moncey, y luego
a Cuenca. En Alhama evit�� con su caballer��a y alguna infanter��a la
total derrota de Francisco Venegas. Se distingui�� en Santa Cruz de
la Zarza, reuni�� hombres y rechaz�� los ataques del mariscal
Veneres que intentaba cortar el ej��rcito: tuvo que retroceder y
repasar el Tajo. En enero de 1809 por orden del duque del
Infantado pas�� desde Cuenca a relevar la vanguardia al mando del
general Venegas que antes de llegar a Ucl��s fue derrotada: reuni�� y
salv�� unos 400 caballos y 200 infantes y con ellos se incorpor�� en
Chinchilla al ej��rcito que march�� a la Mancha, y fue nombrado
mayor general interino de infanter��a y caballer��a.
Por falta de salud y por presentar al gobierno planes de
campos volantes para la defensa de la patria no se hall�� en la
batalla de Ciudad Real, lleg�� el ��ltimo de marzo a Santa Elena, al
d��a siguiente le destin�� el conde de Cartaojal a defender la
cordillera de Puerto del Rey, luego a Despeñaperros y Collado de
los Jardines. Despu��s que la Junta General confi�� al general
Venegas el ej��rcito lo destinaron a Montiron con una divisi��n de
4000-5000 hombres. Entrando en La Mancha atac�� varios
destacamentos y liber�� m��s de la tercera parte de esa provincia de
las contribuciones e hizo muchos prisioneros en frecuentes
acciones hasta que atacando vigorosamente en Valdepeñas mat��
m��s de 400 enemigos y les oblig�� a retirarse al otro lado del
Guadiana. Con partidas sueltas lleg�� hasta Aranjuez y extrajo de
all�� la yeguada de la casa real. Aunque le obligaron a tomar el
mando de la 3ª divisi��n sigui�� haciendo servicios imponentes.
En julio le mand�� la Junta Central pasase a Écija al mando
del ej��rcito de reserva para su organizaci��n, a los tres meses fue
relevado por Ram��n de Carvajal: se quej�� al gobierno y pidi�� ser
puesto en Consejo de Guerra o que se le diese destino y libertad
para pelear contra el ej��rcito enemigo. La Junta resolvi�� en el mes
de noviembre que volviese a tomar el mando y en diciembre que lo
entregase a Carvajal. En enero de 1810 al romper los franceses por
Sierra Morena pidi�� adelantarse y no se le permiti��. Dejado en
Écija el 23 con 60 hombres y caballos sali�� al encuentro del
ej��rcito franc��s lo entretuvo tres d��as para que pasase el nuestro al
mando del duque de Alburquerque, y que llegase antes que el
enemigo a la Isla de Le��n. En enero de 1811 lleg�� a C��diz. Quiso
representar sus agravios al Consejo de Regencia y solicitar pelear
Francisco Baltar Rodr��guez

182
contra los enemigos, se encontr�� con la orden de ir arrestado a un
castillo o admitir el gobierno y mando de la isla de Menorca. El
gobierno le destin�� a la Costa de Granada, en marzo que pasase a
Mallorca, y finalmente es Gobernador de Menorca durante siete
meses en 1811. All�� lleg�� en septiembre con la orden dada en julio
y consigui�� apaciguar la insurrecci��n en que se hallaba la isla y
que se evitase un rompimiento con los argelinos. Por Real Orden
de 4 febrero 1812 volvi�� a C��diz desde donde se le mand�� en
primeros de julio pasar a encargarse del mando del condado de
Niebla. Consigui�� con poca gente evitar las correr��as y exacciones
de los franceses y cerca de Valverde del Camino acompañado con
solas dos compañ��as de infanter��a, una guerrilla de la misma arma,
y otra de caballer��a de 24 caballos se encontr�� con una emboscada
enemiga de 500 de aquellos y 200 infantes y logr�� al fin batirlos y
hacerlos huir. Despu��s, entrando en Niebla, evit��, con 100
caballos, que los franceses pudiesen volver, como lo intentaron a
llevarse la artiller��a y municiones a boca y guerra que se hab��an
dejado.
En fines de agosto del citado año de 1812 se le dio
interinamente el gobierno de Sevilla que ejerci�� durante 5 meses.
Gobernador y comandante general de la plaza de Ceuta en 2 de
febrero de 1813. Gobernador de la ciudadela de la plaza de
Barcelona, por salida de Juan Caro como gobernador militar y
pol��tico de la plaza de M��laga, en 22 diciembre 1819. Ten��a que
jurar en manos del Capit��n General de Cataluña. Reconocido
p��blicamente como realista tuvo serios problemas con el nuevo
sistema nacido del Trienio Liberal. Por eso se vio obligado a
publicar en 1821 una Carta a sus conciudadanos del mariscal de
campo D. Pedro de Grimarest, acusado de conspirador contra la
ley fundamental por el licenciado D. F��lix Mar��a Hidalgo,
acompañada de su defensa en respuesta a la acusaci��n. Se trata de
un documento exculpatorio de 20 p��ginas.
A finales de 1823, se especul�� con su entrada en una
Regencia dirigida por Egu��a y en la que se incluir��an adem��s otras
personas como G��mez Calder��n y Erro, conminando a Mataflorida
para que cesase en sus funciones5. Teniente General y Capit��n
General del ej��rcito y Reino de Arag��n de 3 de enero a 26 de mayo

5
ARTOLA, Miguel, La España de Fernando VII, Barcelona 2005, p.
635.
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

183
de 1824 como ya hemos dicho. Desde Zaragoza pasar��a a Teniente
General y Gobernador y Capit��n General de Guip��zcoa,
nombramiento dado en Palacio de 25 diciembre de 1824. Por todos
estos actos de servicio recibi�� la Cruz de la fidelidad militar de
primera clase creada por R.D. de 9 de agosto de 1824, en 6 marzo
18256. Una de sus pocas actuaciones en Arag��n fue la publicaci��n
de un bando dirigido a los zaragozanos agradeci��ndoles la
formaci��n de los voluntarios realistas en la capital del Reino y
solicitando un donativo voluntario en favor de la Corona7. Pedro
Le Gallois Grimarest contrajo matrimonio, en segundas nupcias,
con Mariana Aguado y Rem��rez de Estenoz, nacida en Sevilla e
hija de los II Condes de Montelirios. De este matrimonio nacer��a
Juan Nepomuceno Le Gallois de Grimarest y Aguado8.

3.- Carlos de España de Couserans, Luis Alejandro Procopio
de Bassecourt y Rafael Sempere.

Con id��nticos t��tulos que Le Gallois, Carlos Jos�� de España
de Couserans y Cabalbi, fue Capit��n General de Arag��n desde
junio de 1824 a julio de 1825. De origen franc��s, fue un conspicuo
realista. Hijo de Enrique Bernardo de España, marqu��s de España y
Cornuel y de Clara Carlota de Cabalbi. Naci�� en la Castelania de
Ramefort di��cesis de Cominges, en Foix el 16 de agosto de 1775.
La familia huy�� en 1791 de Francia y se instal�� en Palma de
Mallorca en 1793. Carlos de España entr�� al servicio del rey de
España en su ej��rcito abandonando el de Inglaterra en virtud de
R.O. comunicada por el duque de Alcudia al marqu��s del Campo
embajador en Londres.
De segundo teniente pas�� a grado de capit��n en 15 febrero
1792 en el regimiento de Infanter��a ligera de la Reina. Primer
teniente del regimiento Infanter��a de Borb��n en 20 abril 1726.

6
AGM, expediente personal dado en Madrid 18 noviembre 1816; AGS,
Secretar��a de Guerra, legajo 30, expediente 13.
7
Bando de 9 de febrero de 1824. Biblioteca de la Diputaci��n Provincial
de Zaragoza 10080/18(27).
8
MAYORALGO Y LODO, Jos�� Miguel de, Conde de los Acevedos, ��El
linaje sevillano de Villac��s��, en Anales de la Real Academia Matritense
de Her��ldica y Genealog��a IV (1996-1997), pp. 7-121, p. 112.
Francisco Baltar Rodr��guez

184
Ayudante del mismo en 20 diciembre 1801. Teniente coronel en 1
marzo 1809. Comandante de granaderos de Ciudad Rodrigo el 14
de mayo de 1809. Grado de coronel en 19 de agosto de 1809.
Brigadier el 14 marzo 1810. Mariscal de campo en 23 junio 1811.
Segundo Comandante General de Castilla la Vieja por
nombramiento de la regencia como consta en oficio de Jos�� de
Heredia ministro de la guerra comunicado al general Castaños en
26 de septiembre 1811 y durante 10 meses y medio. Combati��
contra la Convenci��n, contra Inglaterra, fue ayudante de campo del
Capit��n General de Baleares, Vives, y Comandante General de
Menorca, Felipe Ram��rez, al iniciarse la Guerra de la
Independencia era ayudante de Vives Capit��n General de Cataluña.
Particip�� en numerosas batallas y acciones. Luch�� en Bail��n,
Arapiles o Vitoria. Estuvo con Wilson en Ciudad Rodrigo, en la
batalla de Tamames, protagoniz�� varias acciones en Extremadura
result�� herido en Badajoz en febrero de 1811, y luego por un golpe
de lanza en el brazo izquierdo. En Ciudad Rodrigo combati�� con
Wellington, tambi��n en 1812. Tras la entrada de los aliados en
Madrid en agosto de 1812 fue nombrado gobernador de la ciudad
durante 3 meses nombrado por Wellington y aprobado por la
Regencia. Gobernador pol��tico y militar de la plaza de Tarragona
en 15 agosto 1814 y durante 9 meses. Teniente General en 28
agosto 1815. En 1813 particip�� en el bloqueo de Pamplona, all�� fue
herido en el muslo por una bala de fusil. Se encuentra en Bayona
en 1814, y en 1815 fue destinado al ej��rcito de observaci��n de los
Pirineos orientales a las ��rdenes del Capit��n General Francisco
Javier Castaños reteniendo el gobierno de Tarragona.
Segundo cabo comandante militar del Principado de
Cataluña 28 diciembre 1817. Realista convencido y enemigo del
liberalismo, sus ideas le reportaron la persecuci��n y ser despojado
de sus oficios durante el Trienio: fue desterrado a Mallorca desde
Tarragona por desafecto al sistema constitucional, encerrado en el
lazareto de Menorca durante cuatro meses y medio. Partidario del
absolutismo, se opuso al r��gimen constitucional y recab�� la ayuda
de la Santa Alianza. A finales de mayo de 1822 abandonando a su
familia sali�� de Menorca en comisi��n reservada por orden secreta
del rey hacia Par��s, Viena y Verona a inmediaciones del Congreso
activando la ocupaci��n de España para conseguir el
restablecimiento de Fernando VII poni��ndose de acuerdo con el
Capit��n General de los Ej��rcitos, conde del Real Aprecio (Egu��a)
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

185
que como Presidente de la Junta Provisional de Gobierno de
España e Indias le encarg�� organizar las divisiones realistas y le
nombr�� Virrey y Capit��n General del Ej��rcito y Reino de Navarra
en 21 abril 1823. De all�� pasa a Galicia como Capit��n General de
su Ej��rcito y Reino en 18 de julio de 1823. Fue vocal de la Junta de
Oficiales Generales auxiliar del Ministerio de Guerra en 14
diciembre 1823 para fijar la fuerza que deb��a tener la Guardia Real
y las dem��s armas del Ej��rcito. Nombrado Capit��n General
interino del Ej��rcito y Reino de Arag��n el 12 de mayo 1824 y en
propiedad por Real Orden del 17 de mayo con la presidencia de la
Audiencia que ejerci�� hasta julio de 1825. Fue Comandante
General de la Guardia Real de Infanter��a por R.O. de 14 junio de
1825 y as�� en agosto combate el levantamiento de Getafe que
concluy�� en Molina de Arag��n con el castigo ejemplar de los
culpables. Asimismo fue miembro de la comisi��n presidida por el
Capit��n General D. Francisco Javier de Castaños para examinar un
proyecto de arreglo general de todas las dependencias del
Ministerio de la Guerra, nombrado por R.O. 22 diciembre 1825.
Consejero nato del Consejo Supremo de la Guerra en 2 de junio de
1827, y Capit��n General de Cataluña en 12 de septiembre de 1827
conservando el mando de la Guardia Real de Infanter��a, hasta
18329.
Reprimi�� la revuelta de los agraviados en Cataluña en
1827. Ese mismo año recibi�� el t��tulo de Conde de España con
Grandeza de España. La sublevaci��n levantada en una parte del

9
Recibi�� diversas condecoraciones: sable de honor por acci��n en Badajoz
en febrero 1811: fue herido. Medalla de honor por las Cortes por la acci��n
en Pamplona en 1813. Caballero de la real y militar orden de San Luis de
Francia. Cruces de distinci��n señaladas por acciones de guerra por la
defensa del Puerto de Baños, por la del bloqueo de Pamplona y Bayona, y
por la batalla de la Albuera. Caballero de la real y militar orden de San
Hermenegildo en 1816. Caballero Gran Cruz y Banda de la real y militar
orden de San Fernando en 1815. Gran Cruz de la real y distinguida orden
española de Carlos III en 1823. Ben��fica cruz de fidelidad militar de 1ª
clase en 1824. Gran Cruz de la real orden Americana de Isabel la Cat��lica
en 23 agosto 1825, por la represi��n del levantamiento liberal de Getafe, y
a la que renunci�� ante el rey y este le acept��. Gentilhombre de C��mara
con servicios por Decreto Especial del rey en 3 octubre 1829. Casado con
Dionisia Rosiñol y Comellas, natural de Mallorca. AGM, expediente
personal y matrimonial en 1803.
Francisco Baltar Rodr��guez

186
Principado alcanz�� cierta importancia dominando los distritos de
Manresa, Vich y Gerona, por la debilidad de la respuesta oficial.
Por eso se concedi�� el mando de fuerzas respetables al conde de
España, y la Capitan��a General de Cataluña con retenci��n del
empleo de Comandante General de la guardia real de infanter��a y
presidencia del Real Acuerdo, por confianza, cualidades guerreras
y virtudes militares, y sobre todo por la lealtad que hab��a
demostrado recientemente en la campaña de 1823. El rey le
entreg�� plenos poderes con autoridad para modificar las sentencias
impuestas a los delincuentes, o para perdonar a los rebeldes que
por motivos de p��blica conveniencia y para mayor ventaja del
Estado tuviese oportuno. Le confiri�� la facultad de ofrecer premios
y recompensas, proponi��ndolas al monarca, en favor de los jefes y
autoridades civiles y militares, el mando en jefe de las tropas y
todos los voluntarios realistas del Principado. Recibi�� la
autorizaci��n para desarmar cuerpos realistas que no luchasen,
juzgar como militares a los cuerpos de voluntarios realistas
mientras estuvieran de servicio. Con todos estos poderes y
facultades esperaba Fernando VII que su general conde de España
pacificase la m��s industriosa de sus provincias. En realidad, desde
su base principal en la Ciudadela de Barcelona el Conde de España
impuso un verdadero clima de terror en buena parte de Cataluña,
donde se le sobrepuso el nombre de Tigre de Cataluña.
Tras la muerte del rey Fernando abraz�� la causa de Carlos
Mar��a Isidro. Tom�� el mando de las fuerzas carlistas en el
Principado. En Francia estuvo preso y fingi��ndose loco en la
ciudadela de Lille de donde se escap�� en mayo de 1835 para pasar
a mandar el ej��rcito carlista de Cataluña. Destituido del cargo, fue
asesinado por sus partidarios cuando regresaba a Francia, al
parecer, por indicaci��n de los principales jefes carlistas que ve��an
en el Conde de España un fuerte obst��culo para alcanzar el acuerdo
con los liberales10.
Su muerte cuando conclu��a la primera guerra carlista
estuvo rodeada de misterio. Parece que fue asesinado por su propia
escolta o por facciones carlistas del norte de Cataluña. Falleci�� el 4
de noviembre de 1839 en Orgañ�� (Gerona). El gobernador de la
Seo de Urgel con fecha 15 de noviembre de 1839 informaba al

10
Gran Enciclopedia Catalana, vol.7, pp. 75-76; AGM, expediente
personal.
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

187
Capit��n General de Cataluña de los indicios que hab��a adquirido
sobre la muerte del malvado ex conde de España. Informaba con
certeza que el cad��ver sacado del r��o Segre por los vecinos del
pueblo de Coll de Varg�� en la mañana del d��a 5 era el del conde:
estaba enteramente desnudo, atado de pies, manos y cuello, sin otra
señal de violencia en su cuerpo m��s que unas marcas en la cara,
rodillas y baja espalda que se creen ocasionadas por las piedras del
r��o11.

11
El gobernador de la Seo prosegu��a informando de sus averiguaciones.
El conde de España hab��a sido asesinado, probablemente, por una partida
de facciosos. La justicia de Coll de Narg�� dio conocimiento a los
facciosos de Orgañ��. El cad��ver fue enterrado durante la noche
imponiendo rigurosas penas al que hablase de este acontecimiento, lo
mismo que a las fuerzas facciosas que hab��a en aquella villa a cuyos
soldados se les impuso silencio. El gobernador averigu�� que Carlos
España iba por la ribera de Arñellas conducido por unos 30 mozos de
escuadra, estrechamente atado y agarrada la cuerda por un mozo y
tomando precauciones de sigilo pernoctaron el d��a 28 de octubre en el
lugar de Frucanel (inmediaciones de Orgaña), el 29 en Pujol de Segre
casa de campo de las mismas inmediaciones, el d��a 30 retrocediendo el
camino pasaron la noche en el lugar de Cañellas donde parece que
aguardaban alg��n aviso. A las 8 de la noche del d��a 31 se presentaron 4
mozos de escuadra facciosos en casa Cañellas (a media hora de Orgaña)
exigieron el cuarto m��s a prop��sito de la casa y dos horas despu��s se
presentaron los dem��s mozos introduciendo a D. Carlos en el cuarto;
antes los cuatro mozos metieron a los habitantes de la casa en la cocina
para que no reconocieran a D. Carlos, all�� estuvo tres d��as guardado por 6
mozos, los dem��s en la cocina, durante esos d��as bajaba de Orgañ�� tres
veces diarias el vocal de la Junta rebelde de Berga D. Narciso Ferrer,
manten��a conversaciones a solas con D. Carlos algunas de dos horas y
regresaba a Orgañ��, se manten��an escritos, s��lo se les oy�� que era un
estudiante de 65 años de edad que pronto cantar��a misa. El d��a 30 a las 10
de la noche se llevaron a Carlos de España quedando 4 mozos en Casa
Cañellas impidiendo que los habitantes de la casa se movieran de la
cocina hasta el d��a siguiente a las 4 de la tarde que se marcharon los
mozos a Orgañ�� y enseguida a Avi��. Los que escoltaban a D. Carlos
fueron en direcci��n de Casa Fab�� para ocultar la que llevaron despu��s...
dicha escolta iba de regreso por la Coll de Lluch (entre Aliña y Cambrils)
al d��a siguiente (de encontrar a España en el Segre) con el jefe a caballo y
dos mulos vac��os. Se cree que Carlos de España fue arrojado al Segre
desde el puente de Esp��a y que no creyeron que ser��a tan pronto hallado
por lo muy crecido que iba el r��o y parece lo ataron con una piedra que se
Francisco Baltar Rodr��guez

188
Le sucede, el teniente general Luis Alejandro Procopio de
Bassecourt, que ocupa la Capitan��a de Arag��n por poco tiempo,
desde el 7 de julio de 1825 a enero de 1826. Falleci�� el d��a 18 a las
6 de la mañana. Era caballero del h��bito de Montesa, gran cruz de
las reales y militares ��rdenes de San Hermenegildo y San
Fernando, director de los reales canales de Arag��n. Fue velado en
el palacio de S��stago, donde habitaba, amortajado con su uniforme
y medallas, cubierto con el manto capitular de Montesa, y
enterrado el d��a 20 en la iglesia de Santa Isabel12.
Naci�� en 1765, en el Chateau de Fontaines les Boulans
(Flandes). Ingres�� en el ej��rcito como cadete de las guardias
valonas en 24 de junio de 1783. Alf��rez de fusileros en 26 junio
1783, y de granaderos en 17 marzo 1788. Asciende a segundo
teniente de fusileros en 12 junio 1788. Segundo ayudante mayor el
27 noviembre 1788. De cadete subalterno y jefe en el real cuerpo
de guardias Valonas de Infanter��a desde cadete a segundo ayudante
mayor inclusive. Primer teniente y ayudante mayor en 11
septiembre 1794. Primer ayudante mayor el 30 octubre 1794.
Particip�� en la guerra de 1793-1795, en 1794 result�� herido su
hermano y otro muerto en el campo batalla; un tercer hermano fue
hecho prisionero de guerra. En 12 de junio 1796 recibi�� orden de
pasar a Cuba: all�� fue gobernador de la ciudad de Trinidad y
subdelegado de la Real Hacienda, reprimi�� un levantamiento de
esclavos negros ejecutando a los cabecillas, combati�� a los
ingleses. Capit��n de fusileros en 23 agosto 1805. Brigadier el 14
agosto 1808. Con los prisioneros no franceses de Bail��n form�� casi
un batall��n, y lo present�� a la Suprema Junta.

soltar��a por la violencia de la corriente pues despu��s de muy atado el
cad��ver a��n sobraban unas cuatro varas de cordel. Las conversaciones de
los facciosos de nota existentes en Orgañ�� relativas a este acontecimiento
eran estudiadas y sigilosas y por lo mismo no han dado luces hasta ahora
sobre el motivo. Por lo tanto fue mandado ejecutar por la Junta rebelde de
Berga. El informe remitido al Capit��n General de Cataluña, es remitido
por ��ste con fecha en Barcelona a 19 de noviembre de 1839, y luego
dirigido al Ministerio de la Guerra por Antonio Seoane (estado mayor de
la Capitan��a General Cataluña) Se envi�� desde Berga su equipaje al hijo
de Carlos de España, residente en Mallorca. AGM, expediente personal.
12
CASAMAYOR y ZEBALLOS, Faustino, Años pol��ticos e hist��ricos de
las cosas particulares ocurridas en la Imperial y Augusta Ciudad de
Zaragoza, t. 43, ff. 114-115.
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

189
Durante la Guerra de la Independencia, desempeñando la
Comandancia General en Valencia, se enfrent�� con la Junta de
Defensa, siguiendo el ejemplo de lo ocurrido en Cataluña y
tratando de diluir sus responsabilidades militares en un ��rgano
colegiado13. Arrest�� a tres vocales de la Junta-Congreso de
Valencia que se quisieron hacer caudillos rebeldes asumiendo
funciones soberanas. Ascendi�� a mariscal de campo el 8 de abril
de 1809. Es nombrado Comandante General de la provincia de
Cuenca y presidente de la Junta Superior en diciembre de 1809.
Capit��n General interino del ej��rcito y reino de Valencia en agosto
de 1810 sin dejar el de Cuenca. Mando interino del ej��rcito y reino
de Galicia en 4 mayo 1814. Segundo cabo comandante militar de
dicho Reino de Galicia en 18 de noviembre de 1814. Teniente
general por real despacho de 9 de agosto de 1815 y antig��edad de
30 mayo 1815. Sargento mayor e inspector del real cuerpo de
guardias valonas en 12 junio 1815. Teniente general Capit��n
General de Valencia y Murcia en 4 julio 1824. Teniente general
Capit��n General del Reino de Granada y Ja��n en 27 enero 1825.
Capit��n General del Ej��rcito y Reino de Arag��n de 17 junio de
1825 a enero de 1826. Por todos estos servicios recibi�� numerosas
distinciones: caballero de la orden de Montesa, Gran Cruz de 3ª
clase de la real y militar orden de San Fernando, con la de San
Hermenegildo, con el escudo de distinci��n de la batalla de
Medell��n, con las cruces de distinci��n de la fuga de Madrid, batalla
de Talavera, y la concedida al 2º ej��rcito, de Mora y Consuegra, de
la Junta Superior de la provincia de Cuenca y la del Reino de
Valencia14.
Le sustituye Rafael Sempere, mariscal de campo, de enero
a febrero de 1826. El caso de este ilicitano resulta curioso.
Sempere naci�� el 29 de marzo de 1777. Sirvi�� en el regimiento de
Infanter��a de l��nea de Asturias, en el de Caballer��a de dragones de
Pav��a, en el de Caballer��a de h��sares de Fernando VII. Cadete en
20 agosto 1790. Soldado y cabo distinguido en 25 noviembre 1792.
Particip�� en 1790-1792 en el sitio de Or��n, fue uno de los
voluntarios de la compañ��a destinada a los puestos avanzados y

13
BLANCO VALDÉS, Roberto L., Rey, cortes y fuerza armada en los
or��genes de la España liberal, 1808-1823, Madrid 1988, p. 262.
14
AGM, Secci��n 2ª, Divisi��n 3ª, leg. 129; AGM, expediente personal
(30 mayo 1815, y 31 diciembre 1820)
Francisco Baltar Rodr��guez

190
escuchas durante el sitio de los moros. Estuvo en 1793-1795 en la
guerra contra Francia. De 1796 a 1800 de guarnici��n, en 1801 en la
guerra contra Portugal. Licenciado en 24 febrero 1802. Entre 1802
y 1808 se retira del servicio al que regres�� en 1809 como oficial en
la Guerra de la Independencia. Alf��rez en 1 enero 1809. Teniente
en 18 junio 1810. Capit��n en 15 agosto 1811. Comandante de
escuadr��n 14 septiembre 1811. Retirado en 1 mayo 1813.
Actu�� entre 1810-1813 en la Mancha, Teruel y Vinaroz. Al
terminar la guerra volvi�� a retirarse en Madrid y Extremadura,
hasta que los acontecimientos de 1820 despertaron sus ��nimos
realistas. Efectivamente defendi�� la causa de Fernando VII en las
filas absolutistas en 1820-1823, organizando un levantamiento en
Extremadura. Comandante de una divisi��n realista en 20
noviembre 1820 que oper�� en Sig��enza y Valencia desde 1821
hasta el 9 de julio de 1822 y en 1823 en Morella, Vinaroz, Sagunto,
Valencia, Segorbe, Alicante, Elche, y Cartagena. Este apoyo a la
causa de Fernando VII relanz�� su carrera militar. Se le nombr��
mariscal de campo en 13 de febrero de 1823 y segundo cabo de
Capit��n General del ej��rcito y Reino de Arag��n, o Capit��n General
interino de Arag��n nombrado en 23 de marzo de 1825 hasta 28 de
febrero de 1826. Aqu�� desempeñ�� el cargo de vocal de la Junta de
Purificaci��n nombrado por R.O. de 11 de junio de 1825.
Pas�� luego a segundo Cabo de Galicia y Comandante
General de la Provincia de Tuy nombrado en 28 febrero 1826 hasta
fin de octubre de 1832. Subdelegado de rentas del partido de Vigo
hasta 5 febrero 1829 cuando por nueva plantilla se separ�� este
ramo de la Comandancia General. De cuartel en Vigo con el
mando interino de la Capitan��a General de Galicia de 31 octubre de
1829 a 5 mayo 1830 por enfermedad de Nazario Egu��a, y de nuevo
interino en 23 octubre 1832 cuando fue separado del mando Egu��a.
Igualmente de segundo cabo de la misma y de gobernador de la
plaza de la Coruña en 21 noviembre 1843. Jefe de l��nea de esta
plaza. Gobernador en propiedad de la del Ferrol en 10 de mayo de
1846, y de cuartel hasta diciembre de 1848. En 1843 y 1846
combati�� diversos levantamientos de tropas en Galicia. Por todos
estos servicios recibi�� numerosas condecoraciones: la del segundo
Ej��rcito, la del tercer Ej��rcito, la de la defensa de Madrid por
diploma de 2 de junio de 1819, un escudo de fidelidad por otro de
6 de abril de 1825, la de segunda clase de fidelidad militar por otro
de 6 de abril de 1825, la cruz y placa de 4ª clase de la militar orden
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

191
de San Fernando por otro de 23 de junio de 1825, la de San
Hermenegildo por otra de 29 de septiembre de 182615.

4.- Leclement de Saint Marc y Manuel Llauder

El insigne militar de origen belga, nacido en Fournay,
Felipe Augusto Caballero Leclement de Saint Marc, fue teniente
general, Capit��n General del Ej��rcito y Reino de Arag��n desde
marzo de 1826 a septiembre de 1830: el m��s largo de este periodo
que nos hemos fijado para el presente trabajo. Cadete de las reales
guardias valonas en 1 de junio de 1776; alf��rez de fusileros en 26
julio 1776: alf��rez de granaderos en 23 noviembre de 1780,
segundo teniente de fusileros en 22 febrero 1782, y de granaderos
en 20 abril 1786; primer teniente de fusileros en 24 enero 1788, de
granaderos en 11 de septiembre 1794. Capit��n provisional de
fusileros en 19 febrero 1795. Brigadier en 4 septiembre 1795.
Capit��n en propiedad de fusileros en 27 abril 1797, de granaderos 1
mayo de 1803. Mariscal de campo en 24 julio 1808. Teniente
general en 25 enero 1809. Capit��n General del Reino de Galicia en
21 julio 1814. Capit��n General de Reino de Galicia en 19 de
septiembre 1814. Teniente general Capit��n General de Valencia y
Murcia, sin fecha, hasta Real Orden de 4 de julio de 1824 cuando
es relevado y se le señala cuartel en Barcelona. Teniente general
Capit��n General del ej��rcito y Reino de Arag��n de 8 de febrero de
1826 a septiembre de 183016.

Saint Marc hab��a participado en el bloqueo y sitio de
Gibraltar desde el principio hasta su ascenso a alf��rez de
granaderos. Intervino en la guerra contra la Rep��blica francesa en
el ej��rcito del Rosell��n al mando de los voluntarios, y de los
somatenes y tercios de miqueletes. Por Real Orden de 4 de abril de
1799 pas�� como brigadier con letras de servicio a la isla de
Mallorca. All�� se mantuvo hasta finales de 1801 cuando fue
nombrado mayor general del Estado Mayor de la 2ª divisi��n

15
AGM Expediente Personal 1848.
16
AGM, Secci��n 2ª, Divisi��n 3ª, leg. 129; AGM, expedientes personales
de Luis Alejandro Bassecourt (30 mayo y diciembre de 1815).
Francisco Baltar Rodr��guez

192
preparando la guerra con Portugal. En marzo de 1807 es enviado a
Figueras a apaciguar a los prisioneros prusianos que se hallaban en
el castillo. All�� estuvo cuatro meses hasta que esos prisioneros
regresaron a Francia.
Tuvo un destacado papel en la Guerra de Independencia, y
en parte en territorio aragon��s. Al ser invadida España por los
ej��rcitos franceses y cuando Saint Marc cumpliendo ��rdenes se
dirig��a desde Barcelona a Galicia, se le mand�� suspender su
marcha. Se fug�� de Madrid el d��a 11 de junio, llegando a Valencia
el d��a 24, donde es encargado del mando del ej��rcito de las
Cabrillas, dispersado por el general franc��s Mencey. Saint Marc
reuni�� la tropa que le fue posible y con unos 4.000 hombres
dispuso una l��nea de defensa en torno a la ermita de S. Onofre en
Cuarte, y all�� contuvo a los 11.000 franceses en la tarde del d��a 29
de junio dando tiempo a que la ciudad de Valencia preparara mejor
su defensa, y retir��ndose posteriormente a la misma. Con algunos
dragones y paisanos armados sali�� detr��s del ej��rcito franc��s que
se retiraba y pudo tomar algunos cañones abandonados por el
camino. Recibi�� orden de pasar a cubrir el puerto de las Cabrillas
para oponerse al general Lefebvre que intentaba auxiliar a Mencey
en su retirada por el camino real de Almansa. Consigui�� que no se
unieran las fuerzas de los dos generales franceses, a los que sigui��
por La Mancha. Entr�� en Cuenca y desde all�� sali�� a marchas
forzadas para socorrer la plaza de Zaragoza.
En Paniza y Longares se uni�� a unos 3.000 aragoneses
conducidos por el bar��n de Verrage desde Calatayud. Consigui��
que el general Lefebvre levantase el primer Sitio, sigui��ndole
posteriormente hasta Tudela, donde se le junt�� el marqu��s de
Laz��n con unos 4.000 hombres y el general O��Neil. Acudi�� a
defender las Cinco Villas, en Ejea de los Caballeros y S��daba, para
impedir el paso de las tropas de Mencey establecidas en Tafalla,
Olite y Caparroso. El 27 de noviembre se retir�� a Zaragoza. El d��a
1 de diciembre rechaz�� a los franceses que atacaban el monte
Torrero, haciendo que se retiraran las tropas del Gran Ej��rcito. Los
franceses volvieron a atacar los d��as 20 y 21, y desbordado, Saint
Marc orden�� la retirada a la ciudad de Zaragoza, mandando volar
el puente de Am��rica sobre el canal, que hab��a mandado minar
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

193
durante la noche y evitando de esta manera un n��mero de bajas
mayor entre los españoles17.
Fue uno de los m��s destacados defensores de Zaragoza, y
alcanz�� un gran protagonismo en el desenlace del segundo Sitio.
Al caer gravemente enfermo, Palafox le cedi�� el mando, que Saint
Marc compartir��a a su vez con una Junta Suprema de Gobierno
compuesta por una serie de notables de la ciudad sitiada. Esta Junta
negoci�� la capitulaci��n con los franceses el d��a 20 de febrero de
1809. Un d��a despu��s entraban los franceses en Zaragoza18. Saint
Marc fue hecho prisionero y conducido hasta el dep��sito de Nancy,
en donde permanecer��a hasta el 4 de febrero de 1814. Sufri�� 63
d��as de prisi��n por haber incitado a la sublevaci��n a los prisioneros
españoles. Trasladado de Nancy a Robene, el d��a 28 de marzo de
1814 se les ordena ir a Caen, orden que Saint Marc no cumpli��. Se
mantuvo oculto hasta el 13 de abril, cuando conocedor de la
entrada de los aliados en Par��s se present�� en dicha ciudad al
ministro plenipotenciario nombrado por el rey de España ante la
corte de Prusia, D. Jos�� Garc��a de Le��n y Pizarro, regresando a
España el d��a 21 de junio19.
Manuel Llauder y Cam��n fue teniente general, gobernador
y Capit��n General del Ej��rcito y Reino de Arag��n de septiembre a
octubre de 1830. Al final de su vida dej�� por escrito gran parte de
sus recuerdos con el fin de aclarar su intervenci��n en distintos
aspectos de la historia de España20. Gracias a lo cual contamos con
m��s informaci��n acerca de este Capit��n General. Naci�� en
Argentona (Barcelona) el 3 de julio de 1789 y falleci�� en Madrid el
6 de marzo de 1851. Ingres�� como cadete en el regimiento de

17
AGM, expediente personal.
18
��El ef��mero espacio de tiempo de la jefatura de Saint Marc no permite
encuadrarlo dentro del conjunto de Capitanes Generales de aquel
momento, pues fue una eventualidad sin que mediase nombramiento
alguno a no ser la simple cesi��n del titular��. ALEGRÍA de RIOJA, Jes��s,
Los Sitios de Zaragoza y la Capitan��a General de Arag��n durante la
Guerra de la Independencia: transici��n hacia el liberalismo, Zaragoza
2001, p. 39.
19
AGM, expediente personal.
20
Memorias documentadas del Teniente General Don Manuel Llauder,
marqu��s del Valle de Rivas, en las que se aclaran sucesos importantes de
la historia contempor��nea, en que ha tenido parte el autor, Madrid 1844.
Francisco Baltar Rodr��guez

194
Infanter��a de Ultonia y en el mismo servir��a hasta fines de
noviembre de 1811.
Cadete de infanter��a en 3 septiembre 1805. Subteniente en
16 agosto 1807. Teniente en 23 marzo 1809. Capit��n en 1
septiembre 1809. Teniente Coronel en 24 abril 1810. Sargento
Mayor en 20 enero 1811. Coronel en 3 mayo 1811. Gobernador de
las Islas Medas hasta fin de marzo 1812. Comandante en 14 marzo
1812. En el regimiento de Matar�� hasta fin agosto 1812. Coronel
de infanter��a en 21 diciembre 1812. Brigadier de infanter��a en 23
de marzo 1814. En el regimiento de San Fernando hasta fin de abril
1815. Teniente coronel mayor en 1 agosto 1815. En el regimiento
de C��rdoba hasta fin de septiembre 1815. En el de Soria hasta fin
de abril 1817. Mariscal de campo en 9 abril 1817. Consejero nato
en el Consejo Supremo de Guerra. En el de Fernando VII hasta fin
de abril de 1820. En el de Extremadura (agregado) hasta 16 julio
1820. En el Estado Mayor de la plaza de Zaragoza hasta 19 octubre
1821. De cuartel hasta fin de enero 1823. Emigrado hasta 9 abril
1823. Capit��n General de las Provincias Vascongadas hasta fin de
enero 1824. Gobernador militar y pol��tico de L��rida hasta fin de
junio de 1825. Teniente general en 30 noviembre 1829, sirvi�� con
este grado 21 años 5 meses y 6 d��as. Fue Inspector General de
Infanter��a hasta 8 septiembre 1830. Teniente general Capit��n
General del ej��rcito y Reino de Arag��n en lugar del anterior
destino de 8 de septiembre hasta fin de octubre de 1830. Virrey
Gobernador y Capit��n General de Navarra y Guip��zcoa con
retenci��n de la Inspecci��n de la Infanter��a de 25 octubre 1830 hasta
fin de febrero de 1832. Teniente general Capit��n General de
Cataluña en 13 diciembre 1832 hasta 3 noviembre 1834. Ministro
de la Guerra hasta 17 febrero 1835. Capit��n General de Cataluña
hasta 10 agosto 1835. Teniente general Capit��n General del Reino
de Granada y Ja��n 20 noviembre 1839 (no aparece en su hoja de
servicios). De cuartel y con real licencia en Francia hasta fin
diciembre 1839. De cuartel en Madrid hasta fin de mayo de 1840.
Con real licencia en Francia hasta fin de diciembre de 1843. De
cuartel en Madrid y Barcelona hasta 26 octubre de 1849. Ministro
del Tribunal Supremo de Guerra y Marina hasta 6 de mayo de
1851. Por su carrera de servicios recibi�� numerosas distinciones:
medalla de distinci��n por los sitios de Gerona, Tarragona y de la
acci��n de la Bisbal, primer Ej��rcito, campañas de 1813 y 1814.
Gran Cruz de la real y militar orden de San Fernando, la de
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

195
segunda clase de fidelidad militar. Gran Cruz de San
Hermenegildo. Benem��rito de la Patria en grado heroico y
eminente. Una laureada de San Fernando. Gran Cruz de la real y
militar orden de San Luis de Francia. Acad��mico de Honor de la de
Nobles y Bellas Artes de S. Luis de Zaragoza. Socio de n��mero de
la Real Sociedad Aragonesa de Amigos del Pa��s. Recibi�� t��tulo de
Castilla con la denominaci��n de marqu��s del Valle de Rivas en
183521.
Durante la Guerra de Independencia actu��
fundamentalmente en Cataluña. En Gerona en 1808-1809 donde
fue herido de bala. Fue ayudante de campo del general en jefe del
ej��rcito de Cataluña entre 1809 y 1810. Comisionado para formar y
organizar las compañ��as de granaderos de la guardia del general en
jefe del ej��rcito de Cataluña en 1810. En 1813, el 7 de mayo, por la
acci��n que dirigi�� en el Valle de Rivas atacando con inferiores
fuerzas a una brigada enemiga a la que derrot�� completamente
obtuvo una laureada de San Fernando en juicio contradictorio. Al
año siguiente, 1814, realiz�� varias incursiones en los pueblos
fronterizos franceses oblig��ndoles a pagar contribuciones que
depositaba en poder del ministro de Hacienda de la brigada que
mandaba.
En 1817, siendo brigadier en Cataluña, cumpli�� las ��rdenes
del Capit��n General Castaños para dirigir las operaciones contra
las fuerzas acaudilladas por Lacy y Milans del Bosch, generales
destinados en Barcelona y Gerona respectivamente, hasta su
extinci��n22. Sirvi�� en las filas realistas de 1820 al 1823. Emigrado,
regresa y participa en el sitio de San Sebasti��n. Es rehabilitado con
la restauraci��n absolutista sirviendo como Capit��n General de en
Guip��zcoa en 1823, gobernador de L��rida en 1824 e Inspector
General de Infanter��a en mayo de 1825. Contuvo las insurrecciones
del corregimiento de Cervera en 1825 y de Arag��n en 1829. Se
encarg�� de la reorganizaci��n de la infanter��a de la pen��nsula y la
creaci��n de nuevos batallones para Am��rica en 1829. En 1830, en
27 de octubre, bati�� al rebelde Mina tomando el fuerte de Vera y le
persigui�� hasta Francia. Por este hecho recibi�� la felicitaci��n del
rey por Real Orden concedi��ndole la Gran Cruz de la real y militar

21
AGM, Secci��n 2ª, Divisi��n 3ª, leg. 129; Gran Enciclopedia Catalana,
vol.7, pp. 75-76; AGM, expediente personal.
22
ARTOLA, La España de Fernando VII, p. 496.
Francisco Baltar Rodr��guez

196
orden de San Fernando, y una pensi��n de 10000 reales de vell��n
anuales, transmisibles a su mujer e hijos23. Desde Arag��n pasar��a a
ejercer el virreinato de Navarra entre 1830 y 1832. A comienzos de
la guerra carlista ejerci�� la Capitan��a General de Cataluña, y con
Mart��nez de la Rosa ser��a nombrado ministro de la Guerra.
Tambi��n tuvo otras responsabilidades pol��ticas como pr��cer en
1834-1835 y senador vitalicio en 1845.

5.- Blas de Fournas-Labrosse y Jos�� de Ezpeleta

Le sucedi�� Blas de Fournas-Labrosse y Gailhac-Lagardie,
teniente general, gobernador y Capit��n General del Ej��rcito y
Reino de Arag��n hasta octubre de 1832, cuando fue relevado del
cargo debido a su avanzada edad y se le recompens�� con la
concesi��n de la Real Orden americana de Isabel la Cat��lica. Antes
hab��a ejercido la Capitan��a General del Reino y Costa de Granada,
desde donde pasar��a por Real Orden de 25 de julio de 1825 a la
Capitan��a General de Guip��zcoa. Nacido en Narbona en 1761,
Fournas sirvi�� durante m��s de quince años al rey de Francia en el
regimiento de Infanter��a de Flandes, llegando a ayudante mayor,
hasta que los acontecimientos de la Revoluci��n le obligaron a
abandonar su pa��s, y como muchos otros miembros de la nobleza
entrar al servicio de otras potencias. Luch�� en Alemania contra la
revoluci��n, y en 1794 Fournas entra al servicio de España
inscribi��ndose como voluntario el 1 de mayo de 1794 en la Legi��n
Real de los Pirineos.
Desde all�� inicia una carrera militar que se sale del modelo
que era propio en el resto de capitanes generales estudiados hasta
ahora. Primer teniente con grado de capit��n desde el 28 de mayo de
1795, en la citada Legi��n Real de los Pirineos y luego, a partir del
20 de abril de 1796 en el regimiento de Infanter��a de Borb��n,
donde pasar��a el 30 de marzo de 1803 a ayudante mayor, y a
capit��n el 30 de agosto de 1808. Adiestr�� al ej��rcito en la nueva
t��ctica en Vallecas. Destinado en Mallorca, volvi�� a Cataluña
donde realiz�� gran parte de la Guerra de Independencia. Capit��n en

23
AGM, Secci��n 2ª, Divisi��n 3ª, leg. 129; Gran Enciclopedia Catalana
vol.7, pp. 75-76; AGM, expediente personal.
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

197
30 agosto de 1808. Teniente coronel el 27 de enero de 1809,
comandante de la 4ª divisi��n de los tercios de Cataluña en 27 de
enero de 1809, coronel el 1 de agosto del mismo año. Teniente
coronel del 2º batall��n de la Legi��n catalana en 23 de septiembre
de 1809, brigadier de Infanter��a un mes despu��s, y mariscal de
campo el 3 de enero de 1810. Se encontr�� en el Sitio de Gerona de
1809 que describi�� en un manuscrito publicado en 1882. Prisionero
en Francia hasta 1814. Mariscal de campo en 3 marzo de 1810. En
junio de 1816 recibe el nombramiento de la plana mayor del
ej��rcito expedicionario de ultramar y en el verano de 1819 se le
puso al frente del citado ej��rcito.
A comienzos de 1820 se encontraba en la Isla de Le��n
donde le sorprendi�� el levantamiento de Riego. En marzo pasa a
Cataluña. Por su posici��n antiliberal ser��a extrañado a Francia
desde Barcelona en 3 de abril de 1821. Regresa a España en 1822 y
es obligado a residir en Mallorca. En agosto de 1823 de regreso a
la pen��nsula se pone al frente de tropas realistas en Cataluña y es
nombrado gobernador pol��tico y militar de L��rida. Posteriormente,
en 1 de enero de 1824, ascender��a a teniente general ocup��ndose
del gobierno de Tarragona, gobernador de la Guardia Real y de
varias Capitan��as Generales – Granada, Vascongadas, Arag��n-
sucesivamente. Teniente general Capit��n General del Reino de
Granada y Ja��n lo era en 17 julio 1825. Capit��n General de
Guip��zcoa por R.O. de 25 julio de 1825 reemplazando a Vicente
Quesada. En 1826 presidi�� en Guip��zcoa la Junta de Purificaci��n
militar. Capitan��a General de Arag��n y residencia de la Real
Audiencia desde octubre de 1830 hasta el 28 de octubre de 1832
cuando se le retira por su avanzada edad, concedi��ndole la gran
cruz de la Real Orden americana de Isabel la Cat��lica. Soltero en
diciembre de 1815. Contrajo matrimonio con posterioridad a esa
fecha con Nemesia Dolores Cruz que reclama devengos de su
esposo en 1847 y 184924. Retirado del servicio en 1832, Blas de
Fournas-Labrosse falleci�� en Zaragoza el 20 de febrero de 1845 a
las 6 de la mañana25. Una de sus ��ltimas actuaciones p��blicas ser��a

24
AGM, Secci��n 2ª Divisi��n 3ª, leg. 129; AGM, expediente personal.
25
Durante la Guerra de la Independencia, destac�� su participaci��n en la
defensa de Gerona, en donde se mantuvo hasta la rendici��n de la plaza.
Fue nombrado por las Juntas, militar y civil, para parlamentar con el
enemigo y arreglar una capitulaci��n honrosa. Llevado prisionero a
Francisco Baltar Rodr��guez

198
el discurso de apertura, que como presidente de la Real Audiencia
de Arag��n, le corresponde pronunciar al inicio del año judicial26.
El ��ltimo Capit��n General con plenas funciones tal y como
se ven��an ejerciendo desde 1711 en la Capitan��a de Arag��n fue
Jos�� de Ezpeleta y Enrile, II conde de Ezpeleta de Veire y marqu��s
de Montehermoso, mariscal de campo, gobernador y Capit��n
General del Ej��rcito y Reino de Arag��n de 12 de octubre de 1832 a
enero de 1835. Este militar y pol��tico español naci�� en La Habana
(Cuba), el 1 de marzo de 1787 y muri�� en Bagn��res-de-Luchon
(Francia), el 26 de julio de 1847. Era hijo de Jos�� Manuel Ezpeleta
y Galdiano, que fuera gobernador de Cuba, virrey en Nueva
Granada, consejero de Estado y gobernador del Consejo Real y de
Mar��a de la Paz Enrile y Alcedo. Aunque a mediados de mayo de
1809 hab��a prometido matrimonio a la señorita Vicenta Maturana,
hija del que fuera Director General de Artiller��a, no lleg�� a
celebrarse esta boda. Sin embargo, en 1817 solicita licencia para
casarse con Mar��a Amalia Aguirre Zuazo y Acedo, marquesa de
Montehermoso, t��tulo que en adelante utilizar�� a continuaci��n del
de conde de Ezpeleta.
Como otros hijos de militares ingres�� como cadete
numerario en las Reales Guardias Españolas el 1 de marzo de
1799. El 3 de noviembre de 1808 entr�� en Portugal, en abril se
encuentra en Madrid y el 7 mayo fue hecho prisionero en
Barcelona, pero consigue huir y se refugia en la capital de España
en noviembre. De nuevo es apresado y de nuevo se fuga el 18 de
diciembre de 1808. En 1811, el 23 de junio, asciende a brigadier,
en 1814 fue herido en Francia, el 13 de octubre es ascendido a
mariscal de campo, ese mismo año persigui�� a Espoz y Mina, se le
confiere el mando en San Sebasti��n el 7 de noviembre de 1814 que
ejerce hasta el 15 de abril de 1815, tiempo que invierte en pacificar
la ciudad. Posteriormente recibi�� destino en el ej��rcito de

Francia, en 1814, se uni�� a la vanguardia austriaca. A trav��s de Suiza,
Alemania, Holanda, Inglaterra, se embarc�� para España llegando a San
Sebasti��n el 12 de abril de 1814. Rehabilitado, ser�� destinado como
mariscal de campo al ej��rcito de Mallorca por Real Orden de 29 de
octubre del mismo año. AGM, expediente personal.
26
Discurso que en la apertura del Tribunal de la Real Audiencia de
Arag��n ley�� el 3 de Enero de 1831, Zaragoza 1831, pp. 8. En la
Biblioteca de la Diputaci��n Provincial de Zaragoza.
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

199
observaci��n de los Pirineos Orientales, con el que lleg�� hasta
Perpiñ��n, y en 16 de enero de 1816 es acuartelado en Pamplona:
recibe el nombramiento de segundo cabo de Navarra, el 16 de
agosto de 1816.
Tras jurar la Constituci��n el 11 de marzo de 1820 renunci��
a su condici��n de segundo cabo en Pamplona el 21 de abril. Fue
diputado por Navarra entre1820 y 1822, y trat�� de acercarse a los
realistas en los momentos finales del Trienio. Regresa a Pamplona
a finales de noviembre de 1823 con motivo del fallecimiento de su
padre. Tuvo que refugiarse en el sur de Francia, donde ten��a
familia, a consecuencia del intento de las autoridades de la Corte
de Justicia de Navarra de procesarle. Se present�� a los tribunales de
depuraci��n con un escrito fechado en Pamplona el 7 de noviembre
en el que justifica sus actuaciones pol��ticas. Purificado por dos
veces, primero en 1826 y luego en Madrid en 14 de febrero de
1827, aunque con observaciones por su apoyo a los liberales en los
sucesos de Pamplona de marzo de 1823, el rey aprob�� la
purificaci��n el 7 de marzo de 1827 con la salvedad de que no lo
emplear��a a su servicio. Como hemos visto, la decisi��n real se
relaj�� a finales del reinado y se le ocupar��a en Arag��n como
Capit��n General en octubre de 1832. Posteriormente es ascendido a
teniente general en 30 de junio de 1833; dos años despu��s, en 25 de
febrero de 1835 es nombrado gentilhombre de c��mara de la Reina,
en 23 de junio de 1834 fue elegido pr��cer del Reino cargo que
ejerci�� entre 1834 y 1835: prest�� juramento en manos del
arzobispo de Zaragoza. En la legislatura 1837-1838 result�� elegido
senador por la provincia de Navarra. Se le form�� proceso sumario
por su inactividad durante los sucesos de Vitoria de septiembre y
octubre de 1841. De nuevo fue senador por Navarra en la
legislatura 1843-1844 y senador vitalicio en la de 1845-184627.
Con la restauraci��n absolutista por parte de Fernando VII
en 1814, se vuelve a la situaci��n anterior a la Guerra de la
Independencia. Los Capitanes Generales concentran en su mano el
mando militar y el civil como presidentes de las Audiencias y
Chanciller��as. Pero ese mando se ve reforzado, en 1815, con el
establecimiento de comandancias generales en las provincias,
distritos y pueblos importantes dependientes de su jurisdicci��n.
Esta medida tiene como objetivo garantizar el orden y el control

27
Archivo del Senado, expediente personal del conde de Ezpeleta.
Francisco Baltar Rodr��guez

200
por parte del gobierno absolutista, despu��s de una ��poca de
convulsiones, como supuso la guerra durante seis años28. En estos
casos parece que nos encontramos ante el recurso a la autoridad
militar para la persecuci��n de los movimientos pol��ticos liberales
en todo el territorio nacional. Si bien con la muerte de Fernando
VII se abrir��a el campo pol��tico al movimiento liberal, no por eso
dejaron de ejercer sus funciones los segundos cabos militares. En
la d��cada de los 30 y para Arag��n comprobamos los
nombramientos de varios de estos altos mandos militares como los
mariscales de campo y segundos cabos comandantes generales de
Arag��n Luis Mar��a Andriani en 5 de junio de 1833, Juan Jos�� San
Llorente en 3 de febrero de 1834, Felipe Montes en 4 de
septiembre de 1835, el duque de Zaragoza en 20 de septiembre de
1835, o Francisco Serrano Dom��nguez, mariscal de campo segundo
cabo Comandante General en Arag��n en 21 de septiembre 1835,
que se convertir��a en 1837 en Capit��n General de Cataluña, y m��s
tarde ser��a ministro de Guerra29.
Desde abril de 1834 los Capitanes Generales reducen sus
competencias a las propiamente militares. La ausencia del Capit��n
General de sus antiguas funciones se empieza a notar desde
entonces. El discurso de apertura del Tribunal de la Real Audiencia
de Arag��n es le��do el 2 de enero de 1835 por el ministro decano D.
Antonio Nasarre de Letosa, ��por indisposici��n del Presidente el
excelent��simo Señor Conde de Ezpeleta, Pr��cer del Reino y
Capit��n General del Ej��rcito y Reino de Arag��n��30. El discurso de
apertura del año 1836 tampoco ser��a pronunciado por el Capit��n
General31, -esta vez sin recurrir a ninguna indisposici��n- sino por el
regente que da un repaso a la situaci��n del año anterior, y dice

28
Real Orden de 29 de junio de 1815. Citado por CASADO BURBANO,
Las Fuerzas Armadas en el inicio del constitucionalismo español, p. 89.
29
AGM, Secci��n 2ª Divisi��n 3ª leg. 129; Gran Enciclopedia Catalana,
vol.7, pp. 75-76.
30
El discurso, ret��rico, liberal, y con reiteradas alusiones a la guerra
carlista consta de 10 p��ginas. Biblioteca Nacional de Madrid (BNM), VC
2529 / 32.
31
Desde el 11 de marzo lo era el mariscal de campo Antonio Mar��a
Álvarez Tom��s, quien hab��a pasado anteriormente por la Capitan��a
General de las Islas Canarias, fue segundo cabo comandante general en
Arag��n desde 24 de diciembre de 1834. Tras su gobierno en Arag��n,
pasar��a a ejercer la Capitan��a General de Castilla la Vieja en 1 de
Los capitanes generales de Arag��n entre 1823 y 1833

201

��entre las mejoras que se han verificado relativas al poder
judicial... ocupa entre ellas un lugar muy distinguido el deslinde
claro, y preciso de las atribuciones judiciales, y su total
separaci��n de las gubernativas, y administrativas. La mezcla fatal
y confusa de estas diversas facultades y su ejercicio por unos
mismos individuos y corporaciones han sido causa de su mal
desempeño, y que se hayan paralizado en orden a estos ramos los
progresos consiguientes a las luces del siglo. Porque, Señores el
poder judicial no es de la misma naturaleza que el administrativo
propiamente dicho, ni se apoya en la misma base. Aquel es todo de
justicia, este de prudencia, y de p��blica utilidad. Los jueces no ven
m��s que las leyes, ni se cuidan de otra cosa que de su acertada
aplicaci��n; los que gobiernan han menester considerar las
circunstancias, y contentarse muchas veces con lo posible aunque
no sea lo mejor. Los principios a que deben arreglar su conducta
los Sacerdotes de la justicia son fijos y eternos; la ciencia del
Gobierno estriba en la pol��tica, cuyos preceptos admiten m��s
latitud, y dependen en su aplicaci��n de la fuerza de los sucesos��32.

El mariscal de campo Antonio Mar��a Álvarez Tom��s fue
Capit��n General de las Islas Canarias en 3 abril 1834, segundo
cabo Comandante General de Arag��n en 24 de diciembre de 1834,
Capit��n General de Arag��n en 11 marzo 1835. De aqu�� pasar��a a la
Capitan��a General de Castilla la Vieja en 1 de septiembre de 1836,

septiembre de 1836, la de Castilla la Nueva en 1837, la del Reino de
Granada y Ja��n el 17 de enero de 1839, y ya como teniente general la
Capitan��a General de Extremadura el 14 de mayo de 1840. AGM, Secci��n
2ª Divisi��n 3ª leg. 129.
32
Junto a esto se felicita por la adopci��n, tomados de una ��poca anterior,
de los juicios de conciliaci��n. Mejoras tambi��n por el establecimiento de
juzgados de partido, su acertada organizaci��n, la abolici��n de tribunales
especiales. Prev�� la formaci��n de los nuevos c��digos como un proyecto
grandioso. Finalmente se acuerda de la labor de los abogados del colegio,
de los relatores, procuradores, escribanos, etc. Discurso que en la apertura
del Tribunal de la Real Audiencia de Arag��n dijo el 2 de enero de 1836 su
Regente el ilustr��simo señor D. Juan Antonio Castej��n honorario del
Consejo Real de España e Indias. Zaragoza enero de 1836, 22 pp., p. 12,
BNM VC 2660/7.
Francisco Baltar Rodr��guez

202
de Castilla la Nueva en 1837, fue Capit��n General del Reino de
Granada y Ja��n en 17 enero 1839, y ya ascendido a teniente
general Capit��n General de Extremadura en 14 de mayo de 184033.
Le sucedi�� en Arag��n el mariscal de campo Manuel de
Latre, Capit��n General del Reino de Granada y Ja��n sin fecha en
1835 (entre junio y agosto), Capit��n General de Castilla-La Nueva
en 16 agosto de 1835, y Capit��n General de Arag��n en 29 de
agosto de 1835. Desde aqu�� pasar��a a la Capitan��a General de
Galicia en 8 de junio de 183634.

33
AGM, Secci��n 2ª Divisi��n 3ª leg. 129; Revista de Historia Militar nº 49
(1980), Informe sobre Capitanes Generales de la 1ª Regi��n Militar, pp.
173-180.
34
AGM, Secci��n 2ª Divisi��n 3ª leg. 129.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

203
LA CRISIS DEL ESTADO LIBERAL Y LOS
MECANISMOS DE CREACIÓN LEGISLATIVA DE
LA DICTADURA MILITAR DE PRIMO DE RIVERA.
(1923-1930)

Gabriela Cobo del Rosal
Universidad Rey Juan Carlos

1.- La crisis del Estado liberal; presupuestos de los que parte la
Dictadura de Primo de Rivera.

La historiograf��a no termina de ponerse de acuerdo en torno
al balance positivo o negativo del sistema de la Restauraci��n
propuesto por C��novas del Castillo.
Unos entienden que, si bien la Restauraci��n no fue la
panacea que dio soluci��n a todos los problemas, al menos s�� fue
capaz de traer muchas aportaciones positivas: un claro
sometimiento del poder militar al poder civil, una lograda
pacificaci��n pol��tica y la conformaci��n de un s��lido edificio
jur��dico que durar��a un cuarto de siglo tras la muerte de su
principal valedor1.
Otros, en cambio, consideran que la Restauraci��n supuso la
detenci��n de la vida nacional e interpretan la paz de C��novas en
clave de inmovilismo, y a los Gobiernos del turno como Gobiernos
personalistas incapaces de desarrollar ninguna ideolog��a.
El debate se extiende a la valoraci��n de la Dictadura de
Primo de Rivera que para unos fue un paso necesario en la

1
SECO, C., Historia del conservadurismo español. Una l��nea pol��tica
integradora en el siglo XIX. Ediciones Temas de Hoy, S.A., Madrid,
p��gs. 281-300. Vid tambi��n las enjundiosas p��ginas que dedica GARCÍA
ESCUDERO J.M., a la figura de C��novas desde la perspectiva actual en
C��novas un hombre para nuestro tiempo, Antolog��a, Fundaci��n C��novas
del Castillo, Colecci��n Veintiuno, 2ª Edici��n, Madrid, 1998, p��gs. 333-
344.
Gabriela Cobo del Rosal

204
modernizaci��n de España2, mientras que para otros, no fue sino el
colof��n de la quiebra del sistema canovista3.
Llegados a este punto, debemos en todo caso recordar como
factor fundamental en la quiebra del sistema liberal de la España de
la Restauraci��n el hecho de que el planteamiento del citado Estado
no fuera capaz de articular una t��cnica intermedia hacia la
democracia capaz de favorecer su adaptaci��n al paso del tiempo4.
Sin duda, tal dicotom��a interpretativa por parte de nuestra
historiograf��a persiste porque uno de los reproches que se puede
hacer al sistema pol��tico de la Restauraci��n, es que hizo creer a
muchos, que su crisis era el camino necesario hacia la
modernizaci��n de las instituciones tantas veces preconizada5.
Bien es cierto que la ya evidente crisis del Estado liberal en
España se agudiz�� por el desastre de las colonias de Ultramar, una
fuerte crisis social, el auge de los nacionalismos-separatistas, una

2
Como pone de relieve, CARR, ��Primo de Rivera triunf�� porque asest��
un golpe al sistema parlamentario en el momento en que se operaba la
transici��n de la oligarqu��a a la democracia: la vieja m��quina pol��tica
estaba quebrada, pero la transici��n a la nueva democracia pol��tica que se
propon��an los liberales avanzados no hab��a prevalecido a��n sobre la
indiferencia del cuerpo electoral. No era la primera ni la ��ltima vez que
un general aseguraba rematar un cuerpo enfermo cuando, de hecho, estaba
estrangulando a un reci��n nacido��, CARR R., España 1808-1975, 8ª
Edici��n, Ariel, Barcelona, 1998, p��g. 505.
3
En este sentido, TUSELL J., y QUEIPO DE LLANO, G., ��La Dictadura
de Primo de Rivera como r��gimen pol��tico. Un intento de interpretaci��n��,
en Cuadernos Econ��micos del I. C.E. nº. 10, 1979, p��gs. 39-44.
4
��La monarqu��a es incapaz de aceptar una evoluci��n democr��tica, los
partidos del sistema no pueden o no quieren introducir reformas, pero el
puro continuismo resulta cada vez m��s dif��cil. Por eso el ej��rcito ser�� la
salvaci��n de la monarqu��a tras la huelga general de 1917, y Primo de
Rivera enterrar�� el sistema pol��tico para prolongar la vida de la Corona
unos años m��s��, SOLÉ TURA J. y AJA, E., Constituciones y periodos
constituyentes en España (1808-1936), 15ª Edici��n, España Editores S.A.,
Madrid, 1990, p��g. 79.
5
Vid. sobre el particular las p��ginas escritas por SECO SERRANO C.,
��Regeneracionismo y tensiones sociales (en torno al Gobierno Silvela de
1899-1900)��, Homenaje a don J. Pab��n. Revista de la Universidad
Complutense, T. XXVII, n��m. 113 (julio-septiembre de 1978), p��gs. 221
y ss.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

205
crisis econ��mica, e incluso se ha llegado a hablar de una verdadera
crisis moral. Es preciso recordar que la crisis de Marruecos as��
como el tema de las responsabilidades que apuntaba directamente
al rey6 favoreci�� un nuevo y refortalecido militarismo que propici��
la vuelta del Ej��rcito al poder7.
A pesar de los esfuerzos de C��novas por apartar al Ej��rcito
de cualquier injerencia en el poder pol��tico, surgir�� un nuevo
militarismo que se desarrollar��a en dos fases sucesivas; el
comienzo de la crisis en los partidos pol��ticos8 y el desastre de las
colonias en Ultramar.
El sistema olig��rquico y caciquil funcionar��a con cierta
regularidad durante un cuarto de siglo, sin embargo, el desastre de
las colonias de Ultramar trajo un verdadero retroceso en el proceso
de la superposici��n del poder civil ante el poder militar. En suma,
dicha derrota trajo adem��s de la p��rdida de su mercado colonial ��la
quiebra de legitimidad y la oleada de protestas que suscita contra
un r��gimen corrupto e ineficaz��9. El Ej��rcito se sinti�� injustamente
culpado por el desastre y abandonado por los dirigentes pol��ticos.
Pol��ticos estos, que adem��s eran los mismos que no supieron
reconocer un aumento justo de libertades y de derechos a los

6
Para una esclarecedora s��ntesis de la cuesti��n de las responsabilidades
tras el desastre de Annual y la crisis pol��tica subsiguiente: SECO
SERRANO, C., La España de Alfonso XIII, Espasa Calpe, Madrid, 2002,
p��gs. 581-653 y especialmente 679-682. Sobre la actitud del monarca
frente a la Dictadura primorriverista, GÓMEZ NAVARRO, J.L., El
r��gimen de Primo de Rivera, C��tedra, Madrid, 1991, p��gs. 126-149.
7
Vid. al respecto la opini��n de PAYNE S.G., Los militares y la pol��tica
de la España contempor��nea, Ruedo Ib��rico, Par��s, 1968, p��g. 157.
8
Entre 1902 y 1923 se sucedieron 33 gobiernos, de los cuales s��lo cinco
lograron durar m��s de un año. De esta quiebra ofrece una explicaci��n
sucinta pero muy clara y concreta, TOMÁS VILLARROYA, J., Breve
historia del Constitucionalismo español, Centro de Estudios
Constitucionales, Madrid, 1992, 10ª Edici��n, p��gs. 115-116.
9
En realidad el sistema era s��lo en parte nuevo porque la mayor��a de sus
elementos ya exist��an durante el reinado moderado de Isabel II. La
diferencia estribar�� ahora en que la existencia del sufragio censitario y la
frecuente intervenci��n del ej��rcito conced��an menor importancia al
sistema de partidos. Sin embargo, en la Restauraci��n el Ej��rcito todav��a
se mantendr�� alejado de la pol��tica, en este sentido, SOLÉ TURA J., y
AJA, E., Constituciones...cit., p��g. 78.
Gabriela Cobo del Rosal

206
habitantes de las colonias. Los mismos, que sin ninguna
perspectiva hist��rica se negaron a aprender de la intransigencia de
Jorge III de Inglaterra con sus colonias un siglo antes, favoreciendo
as�� que un sentimiento inicialmente liberal, se confundiera con un
sentimiento nacional e independentista, determinando el
nacimiento de una naci��n nueva, ni m��s ni menos, que Estados
Unidos de Am��rica10.
En suma, los mismos pol��ticos que no sab��an adaptar el
Estado liberal a las realidades de la España de finales de siglo.
Adem��s de la fractura total entre el Ej��rcito y el poder civil por el
tema de las responsabilidades, otro factor en juego ser�� el auge de
los nacionalismos de contenido separatista11.
El Ej��rcito en su totalidad y de arriba abajo en la escala
jer��rquica especialmente aleccionado por la segregaci��n de las
colonias, se sinti�� con el deber de proteger los valores que ve��an en
peligro, especialmente el de la unidad. Rotos los lazos de respeto y
de obediencia que le vinculaban al poder civil, s��lo cab��a esperar
que los pol��ticos continuasen con su conducta favoreciendo el
sentimiento de superioridad en sus capacidades para salvaguardar a
la naci��n y protegerla, primeramente de tales pol��ticos y, luego, de
la propia segregaci��n de la naci��n.

10
Acerca de la tenacidad por parte de la Metr��poli a no reconocer nuevos
derechos y libertades a los ciudadanos de los territorios de Cuba, Puerto
Rico e islas Filipinas, ALVARADO, J., Constitucionalismo y
Codificaci��n en las provincias de Ultramar, Centro de Estudios Pol��ticos
y Constitucionales, Madrid, 2001 en donde explica con todo lujo de
detalles ��La n��mina de contradicciones y paradojas creada por la
convivencia de dos sistemas pol��ticos incompatibles, contempor��neos
pero no coet��neos��, p��g. 14. En dicha obra adem��s ofrece un exhaustivo
estudio acerca de como ��esa man��a decimon��nica tan española de crear
Juntas y Comisiones que estudien asuntos arduos pero sin que apenas
lleguen a proponer medidas innovadoras�� lleg�� tambi��n a Ultramar y
asegura que ��En gran parte, su fracaso estaba predeterminado porque no
hubo voluntad pol��tica de afrontar la elaboraci��n de las prometidas Leyes
Especiales��, p��g. 14.
11
Sobre el crecimiento de la tensi��n entre los diversos sectores del
nacionalismo catal��n y el estamento militar a principios del siglo XX,
PAYNE, S.G., Los militares y la pol��tica de la España contempor��nea,
Ruedo Ib��rico, Par��s,1968, especialmente p��gs. 83 y ss.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

207
El 20 de marzo de 1906 se aprobar��a la Ley de
Jurisdicciones que empuj�� a las fuerzas catalanistas a un acuerdo
en contra en torno a la formaci��n de la Solidaridad que, a partir de
su formaci��n, luchar��a por una descentralizaci��n del Estado y por
la derogaci��n de la Ley de Jurisdicciones. El cambio producido
determinar�� al Ej��rcito, en cuanto estamento o instituci��n, a
proyectarse decididamente sobre la acci��n del Estado, disput��ndole
competencias sustantivas para la supremac��a e independencia del
Poder civil.
El momento clave ser��a precisamente la crisis de 1905 y la
pugna en torno a la mencionada Ley de Jurisdicciones. Luego, el
problema se ver��a agravado por el estallido de la Semana Tr��gica
de Barcelona en el verano de 190912, y, por ��ltimo, el empeño de
extender el control a la esfera pol��tica mediante la presi��n de las
salas de banderas, momento decisivo 1917 con la aparici��n de las
Juntas Militares13. ��Desde 1921 la situaci��n se traducir��a en un
plano inclinado a la Dictadura, que no tard�� en llegar��14.
Toda esta situaci��n tendr�� su reflejo claro en el aspecto del
Derecho p��blico. Ello porque la Constituci��n que sirvi�� de marco
jur��dico al juego alternativo y harto artificial de los partidos
conservador y liberal durante m��s de veinte años, comenzar�� a
verse seriamente cuestionada15. As��, la desaparici��n del
bipartidismo y de su viejo sistema rotatorio, la imparable
desintegraci��n pol��tica favorecida por el incremento de una fuerte
tendencia separatista en algunas regiones, las tensiones sociales y
su clima subversivo, el incremento de la presencia del Ej��rcito en
la vida pol��tica con la formaci��n de las Juntas militares de defensa
y la huelga revolucionaria de 1917, determinaron las primeras

12
Vid. al respecto CONNALLY ULLMAN, J., La Semana Tr��gica.
Estudio sobre las causas socioecon��micas del anticlericalismo en
España, Ariel, Barcelona, 1972.
13
Sobre el particular BOYD C., La pol��tica pretoriana en el reinado de
Alfonso XIII, Alianza Universidad, Madrid 1990, especialmente p��gs.
253-255.
14
SECO, C., Militarismo...op. cit. p��gs. 223.
15
Sobre la decadencia del sistema de la Restauraci��n tras la crisis de
1898, vid la excelente s��ntesis de LARIO, A., El Rey, piloto sin br��jula.
La Corona y el sistema pol��tico de la Restauraci��n (1875- 1902), UNED,
Madrid, 1999, p��gs. 351-441.
Gabriela Cobo del Rosal

208
quiebras en la vigencia de la Constituci��n y los inmediatos intentos
de reformarla, que se inician en 1917 y se reproducen tras el Golpe
de Estado del General Primo de Rivera16.
Desde el punto de vista jur��dico, lo m��s significativo y
relevante es que la Dictadura primorriverista evidencia la falta de
adaptaci��n del sistema constitucional a las circunstancias de las
dos primeras d��cadas del siglo XX. Pues, si bien es cierto que
Primo de Rivera pretend��a un par��ntesis a la normalidad
constitucional para lograr un saneamiento del Estado17, tambi��n es
verdad que en cuanto comenz�� a dirigir el pa��s dej�� de creer que un
remedio parent��tico podr��a dar soluci��n a los problemas del mismo
y pens�� en consolidar un r��gimen m��s moderno y adecuado a las
circunstancias que viv��a Europa tras el final de la Primera Guerra
Mundial, por ello, con este fin, el Dictador program�� la creaci��n de
un partido ��nico, la Uni��n Patri��tica18, y la de una Asamblea
monocameral, y una reforma constitucional, para sentar las bases
de un Estado autoritario con fuerte base social19.
Con car��cter general, puede decirse que Primo de Rivera
dej�� de creer en las f��rmulas liberales para pensar en una

16
En este año coincidieron la crisis del r��gimen motivada por un malestar
en el Ej��rcito que cristalizar��a con la formaci��n de las Juntas de Defensa;
un malestar obrero que se har��a o��r a trav��s de una huelga general; una
crisis parlamentaria que se manifest�� en la reuni��n ilegal de una
Asamblea con la intenci��n de reformar la Constituci��n. A pesar de todo,
1917, fue s��lo el preludio de una serie de nuevas crisis que culminar��an en
el Golpe de Estado de 1923. Sobre la ca��da del r��gimen de la
Restauraci��n Vid. MAURA GAMAZO, G., y FERNÁNDEZ
ALMAGRO, M., Por qu�� cay�� Alfonso XIII, Aldebar��n, Madrid, 1999,
especialmente p��gs. 285-313.
17
Por eso decidi�� no declarar derogada la Constituci��n liberal vigente
sino tan solo suspenderla. Vid., GARCÍA CANALES, M., El problema
constitucional en la Dictadura de Primo de Rivera, Centro de Estudios
Constitucionales, Madrid, 1980, p��g. 37.
18
Sobre la formaci��n y desarrollo de la Uni��n Patri��tica BEN AMI, S.,
La dictadura de Primo de Rivera 1923-1930, Planeta- Documento,
Barcelona,1984, p��gs. 91-111.
19
Sobre la ��soluci��n�� corporativa como base de la pol��tica social del
r��gimen primorriverista GÓMEZ NAVARRO, J.L., El r��gimen de Primo
de Rivera, C��tedra, Madrid, 1991, p��gs. 391-431.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

209
consolidaci��n de la Dictadura20. Cre�� as�� una Asamblea Nacional,
a trav��s del Real Decreto de 12 de septiembre de 1927 que, seg��n
recoge el propio texto de su pre��mbulo:

��No ha de ser el Parlamento, no legislar��, no compartir��
soberan��as; pero por encargo del gobierno y a��n por iniciativas
propias, colaborar�� en su obra con car��cter general e
independencia garantizadas por su origen, por su composici��n y
por sus fueros (...) Adem��s, por delegaci��n gubernativa,
inspeccionar�� actuaci��n, servicios y funciones (...) y con prudente
restricci��n podr�� recabar del gobierno el conocimiento de sus
prop��sitos, actos y orientaciones��21.

La Asamblea qued�� integrada por tres sectores: provincias y
municipios22, miembros de la Uni��n Patri��tica23 y miembros
designados por el gobierno de las distintas clases y actividades de
la naci��n.
El d��a 6 de julio de 1929 se present�� ante la Asamblea
Nacional Consultiva, creada dos años antes, un Proyecto de
Constituci��n, que aunque llegar��a a ser publicado no prosper��24.

20
Para una visi��n general del r��gimen TUSELL, J., y GARCÍA, G., ��La
dictadura de Primo de Rivera como r��gimen pol��tico. Un intento de
interpretaci��n��, Cuadernos Econ��micos del I.C.E., nº 10 (1979), p��gs. 39-
44; BEN-AMI, S., La dictadura de Primo de Rivera 1923-1930...cit.
21
Sobre la Asamblea Nacional Consultiva GÓMEZ NAVARRO, J.L., El
r��gimen de Primo de Rivera...cit. p��gs. 261-304.
22
Sobre los antecedentes de la integraci��n municipal en el sistema
representativo por la reacci��n nacionalista frente al Proyecto de Reforma
de la Administraci��n local de Maura, FERRERA, C., La frontera
democr��tica del liberalismo: Segismundo Moret (1838-1913),
Universidad Aut��noma, Madrid, 2002, p��gs. 266-275. Sobre la reforma
Local y Provincial en la institucionalizaci��n de la dictadura
Primorriverista Vid. GONZÁLEZ CALLEJA, E., La España de Primo de
Rivera. La modernizaci��n autoritaria 1923-1930, Alianza Editorial,
Madrid, 2005, p��gs. 129-138.
23
Sobre la Uni��n Patri��tica GÓMEZ NAVARRO, J. L., El r��gimen de
Primo de Rivera...cit., p��gs. 207-260.
24
Sobre la fase constituyente BEN-AMI, S., La dictadura de Primo de
Rivera...cit. p��gs. 139-142 y m��s extensamente GARCÍA CANALES, M.,
Gabriela Cobo del Rosal

210
Dicho texto que ��introduc��a instituciones que servir��an de
precedente al nuevo r��gimen personalista de la postguerra��, como
lo ser��a el Consejo del Reino, propon��a el regreso al sistema
unicameral, en el que quedaba integrada ��sta ��nica c��mara por
diputados elegidos en su mitad por sufragio universal directo.
Treinta diputados de condici��n vitalicia eran designados por el rey
y el resto eran nombrados por los Colegios profesionales, lo que
supon��a un ��inicial corporativismo pol��tico��, un ��cierto sistema de
representaci��n org��nica��, llamado a tener una amplia difusi��n25. Se
trataba adem��s de un texto r��gido solo modificable a trav��s de un
mecanismo especial en el que se fijaban determinados l��mites a
dicha reforma por raz��n de la materia26.
El proyecto resultar��a fallido. Primero porque el propio rey
lo acoger��a con frialdad, y segundo porque la Dictadura tocaba ya
por aquel entonces a su fin, ya que el descontento en torno a la
Dictadura de Miguel Primo de Rivera hab��a aumentado de modo
insostenible tras el victorioso desembarco de Alhucemas de 1925,
momento en el que el Dictador hab��a cumplido su misi��n de
devolver la dignidad a España, en el que probablemente debi��
haber dimitido. Sin embargo, trat�� de prolongar su Gobierno

El problema constitucional en la Dictadura de Primo de Rivera, Centro
de Estudios Constitucionales, Madrid, 1980, p��gs. 91-108; DE ROIG
IBÁÑEZ, V., La Constituci��n que precisa España, Imprenta de Juan
Pueyo, Madrid, 1929.
25
Sobre las bases ��org��nicas�� del r��gimen primorriverista y sus
divergencias con el modelo org��nico del Estado fascista italiano,
GONZÁLEZ CALLEJA, E., La España de Primo de Rivera. La
modernizaci��n autoritaria 1923-1930, Alianza Editorial, Madrid, 2005,
p��g. 153-163.
26
Propon��a unas Cortes unicamerales compuestas por unos diputados
seleccionados por tres cauces diferentes e inclu��a como novedad
anteriormente apuntada la creaci��n de un Consejo del Reino integrado por
miembros natos y electivos, cuya misi��n era asesorar al rey y al Gobierno
en los asuntos m��s graves relativos a la pol��tica y a la administraci��n del
Estado. Sobre el Consejo del Reino, curiosa instituci��n que ser��a acogida
por el r��gimen franquista, y sus atribuciones en relaci��n con la Corona
GARCÍA CANALES, M., El problema constitucional en la Dictadura de
Primo de Rivera...cit., p��gs. 244-312, especialmente p��gs. 307 y ss.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

211
sustituyendo su Directorio militar por uno civil integrado por seis
civiles y cuatro militares27.
Si a ello se suma el hecho de que trat�� de legitimar su forma
de Gobierno a trav��s de un texto constitucional, se comprende que
el General evidenciaba ya, claramente y sin reservas, sus
intenciones de hacer m��s duradera la Dictadura de lo anunciado en
el manifiesto de Barcelona28.
En el momento en que la Dictadura comenz�� a ofrecer
muestras de querer permanecer en el poder, se desat�� una
oposici��n creciente por parte tanto de los antiguos partidos de la
Restauraci��n, como de los sectores m��s progresistas de la
sociedad29. El descontento se hizo patente en el intento de
sublevaci��n de La Sanjuanada que, para unos fue un intento de
convencer al rey de que retirase al Dictador y para otros un
pronunciamiento contra la propia monarqu��a30. Tal situaci��n se
degrad�� r��pidamente como consecuencia del empeoramiento de la
prosperidad econ��mica que provoc�� la dimisi��n de Calvo Sotelo


28
SECO, C., ��Primo habl��, en principio, de un par��ntesis de tres, de dos
meses. Lo cual ni siquiera implicaba una infracci��n al texto
constitucional, puesto que el Rey pod��a designar libremente a sus
ministros. Pero tambi��n dec��a ese texto que, suspendidas o disueltas las
Cortes, su reanudaci��n o su convocatoria deb��an hacerse dentro de un
plazo preceptivo. De aqu�� que la aut��ntica ruptura con la normalidad
parlamentaria surgiera s��lo el 12 de noviembre, cuando los presidentes de
las C��maras –Romanones y Melqu��ades Álvarez –acudieron a Palacio
para requerir del monarca el cumplimiento del precepto constitucional:
fue como levantar acta del fallecimiento del sistema C��novas....y, a largo
plazo, del propio r��gimen��, Militarismo y Civilismo en la España
Contempor��nea, Instituto de Estudios Econ��micos, Madrid, 1984, p��g.
315.
29
SECO, C., ��La ruptura de los partidos din��sticos con Alfonso XIII
durante la Dictadura de Primo de Rivera��, Bolet��n de la Real Academia
de la Historia, (183), 1986, especialmente p��gs. 177-203.
30
Una esclarecedora s��ntesis sobre la pol��tica militar de Primo de Rivera y
su relaci��n con las fuerzas armadas puede verse en GÓMEZ NAVARRO,
J.L., El r��gimen de Primo de Rivera cit. p��gs. 353-390.
Gabriela Cobo del Rosal

212
ante la ca��da espectacular de la peseta. Con ello recibir��a la
Dictadura el golpe de gracia31.
En otoño de 1929 el desgaste de la Dictadura era ya patente
en todos los sectores de la sociedad española32. Claro ejemplo de
ello es el hecho de que los propios ex presidentes del Consejo de
Ministros que colaboraron con la Dictadura se negaron a formar
parte de la Asamblea Nacional dejando clara su intenci��n de no
colaborar ni participar en una posible legitimaci��n constitucional
de la Dictadura, en su legalizaci��n o, en todo caso, en la
institucionalizaci��n de la misma a trav��s de este parlamento sui
g��neris.
Como rotundo enfrentamiento al Dictador se interpreta el
hecho de que fueran elegidas por el Colegio de Abogados de
Madrid las personalidades m��s destacadas de la oposici��n a la
Dictadura. Elocuente resulta asimismo en este sentido, la elecci��n
de Miguel de Unamuno, frontal enemigo de Primo de Rivera, como
representante de la Universidad de Valladolid, y es que, en la
mayor��a de las entidades que a��n conservaban la opci��n de elegir a
sus directivos, sol��a triunfar la candidatura contraria al Gobierno.
Sin embargo, y como opinaba Calvo Sotelo, si el pa��s no
estaba conforme con los derroteros que se segu��an, tampoco
contaba el Gobierno con la cohesi��n indispensable para alcanzar
una orientaci��n definida. Por su parte, el rey era incapaz de otorgar
al Gobierno la coherencia que justificaba su presencia en el poder
ya que, como dijera D��maso Berenguer, ��Hac��a, por lo menos, dos
años que el rey no controlaba su Gobierno, que marchaba a la
deriva de ��l, expuesto al mismo desgaste, padeciendo los mismos
ataques de la oposici��n que todo Poder ejecutivo ha de afrontar��33.

31
En este sentido SOLÉ TURA, J., y AJA, E., Constituciones...cit., p��g.
91.
32
Seg��n BEN-AMÍ, S., ��la falta de marco legal y las frecuentes alusiones
a un inminente regreso a la normalidad fueron los mayores enemigos de la
dictadura�� Vid., La dictadura de Primo de Rivera 1923-1930, cit. p��g.
254.
33
En otra ocasi��n habla el General del verdadero ostracismo en el que se
encontraba el rey en aquellos momentos, BERENGUER, D., De la
Dictadura a la Rep��blica, Tebas D.L., Madrid, 1975, p��gs. 25 y 26.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

213
En el seno del Gabinete muchos se hab��an hecho partidarios
de convocar unas Cortes que revalidasen la decreciente autoridad
gubernamental. A tal efecto, y en contradicci��n con los que
estudiaban el proyecto de Constituci��n elaborado por la Secci��n
primera de la Asamblea Nacional, el dictador propon��a una C��mara
��nica a la que incumbir��a establecer las l��neas conforme a las que
se regresar��a a la normalidad constitucional. En este ambiente de
desacuerdos, el dictador en fecha de 31 de diciembre de 1929 inicia
una serie de actividades que, sin soluci��n de continuidad,
condujeron a la ca��da de la dictadura en tan solo un mes.
As��, el d��a de San Silvestre, Primo de Rivera expone ante el
rey un proyecto para convocar en el curso del primer trimestre del
año entrante unas elecciones municipales y provinciales que
sirvieran de base a la configuraci��n de una C��mara Legislativa que
trazar��a la pauta del retorno a la tan deseada normalidad
constitucional con su correspondiente estatuto. El rey consult�� a
los Ministros su parecer en tales extremos y la ausencia de
manifestaciones a favor favoreci�� la decisi��n del monarca de
abstenerse, o en su caso, de posponer su apoyo a tales iniciativas.
Lo que verdaderamente estaba proponiendo el General Primo de
Rivera, era prescindir abiertamente de la Constituci��n de 1876 que
sirvi�� de base para restablecer la monarqu��a en España sin
concretar, en este nuevo orden de cosas, ni los principios
fundamentales ni una definici��n clara de sus intenciones.
Continuando el General con la cadena de actos
desafortunados que precipitar��an el final de su Gobierno, el 26 de
enero de 1930 hizo p��blicamente, a trav��s de una nota oficiosa en
la prensa, una genuina consulta a la Marina y al Ej��rcito
invit��ndoles a pronunciarse acerca de la confianza que todav��a les
merec��a34. En esta nota apostillaba, ni m��s ni menos, que de faltarle

34
El procedimiento desat�� el enfado de Alfonso XIII por el inaceptable
ninguneo de sus prerrogativas que tal proceder evidenciaba. El propio
dictador reconoci�� su error al ser llamado a Palacio por el monarca. All��
admiti�� humildemente que la nota era una simple consulta hecha no por el
presidente del Gobierno sino ��por el general Primo de Rivera en relaci��n
con el generalato y con vistas a cualesquiera rebeld��as latentes o patentes��
Recogido por SECO, C., La España de Alfonso XIII, cit. p��g. 801.
Gabriela Cobo del Rosal

214
tal confianza ��a los cinco minutos de saberlo, los poderes de Jefe
de la Dictadura y del Gobierno ser��n devueltos a su Majestad��35.
La falta de confianza de sus compañeros militares hizo que
la mañana del martes 28 de enero de 1930, el rey recibiera la
dimisi��n del General Primo de Rivera que se hizo p��blica el propio
30 de enero de 1930, momento en el que el rey nombr�� para
sucederle en la Jefatura del Gobierno a D��maso Berenguer.
Aquella misma tarde el General Berenguer ya propuso al rey a las
personas a quienes pensaba ofrecer un puesto en el nuevo Gobierno
en formaci��n.
Descartada la posibilidad de un nuevo Gobierno formado al
estilo de la Dictadura, el General Berenguer se propuso una
empresa muy dif��cil, cual era la formaci��n de un Gobierno que,
huyendo de formar un Gobierno de concentraci��n, se compusiera
sin embargo de personas que proven��an de las distintas
agrupaciones pol��ticas y, todo ello, sin que ostentaran una
representaci��n directa del partido al que pertenec��an. Como
asegura el propio Berenguer, lo que pretend��a era un Gobierno ��sin
m��s matiz definido que Monarqu��a y Constituci��n��36.

35
Es lo que BEN-AMI, S., llama la ��frustrada busca de legitimidad
pol��tica��, La dictadura de Primo de Rivera 1923-1930; trad. De ��Fascism
from above�� (1983) por P. El��as, Planeta, Madrid, 1984, p��g. 237.
36
El propio D��maso Berenguer cuenta años despu��s cu��les eran las
intenciones de este Gobierno en formaci��n que nos disponemos a recoger
de manera sucinta; as�� el General Berenguer entend��a como ��acuerdos
impuestos por las necesidades�� los siguientes: la aprobaci��n de estatutos
de la Federaci��n de Estudiantes; reintegrar en las c��tedras y escalafones a
los catedr��ticos separados por los disturbios universitarios; reintegrar en
sus derechos acad��micos a un alumno cuya incapacitaci��n era uno de los
pretextos de revuelta que un��a a profesores y alumnos en sus protestas;
devolver a los Colegios de Abogados la facultad de elegir a sus juristas;
formar una ponencia para el estudio de una amplia amnist��a; restablecer la
Ley de Administraci��n y Contabilidad de la Hacienda P��blica. Añade
adem��s que respecto al campo administrativo se pretend��a una
normalizaci��n jur��dica y constitucional, en lo pol��tico el r��pido
restablecimiento de los derechos suspendidos por la dictadura a entidades
intelectuales y profesionales, sin olvidar poner coto a las masas obreras no
controladas. Confiesa su ��amigable actitud�� con los participantes en el
anterior Gobierno. Aqu�� aprovecha para denunciar que la prensa pretendi��
en todo momento presentar la ca��da de la Dictadura como el triunfo de un
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

215
El regreso a la normalidad constitucional, objetivo ��ltimo de
Berenguer result�� ser imposible por el rechazo de los partidos de la
Restauraci��n al r��gimen37. Tras recibir las negativas de varios
pol��ticos a su ofrecimiento de formar el nuevo Gobierno, form��
Berenguer un Gobierno de talante claramente conservador
compuesto, en su tercera parte, por militares, y en las otras dos
partes que compon��a en el ejecutivo, por civiles conservadores38.

complot enemigo de ella dificultando las intenciones cordiales del
Gobierno de Berenguer. Adem��s el General afirm�� p��blicamente ante la
prensa que pretend��a realizar hasta el fin el programa de grandes trabajos
de car��cter nacional emprendidos por Primo de Rivera, asimismo
pretend��a mantener la instituci��n de los Comit��s Paritarios, el regreso a la
normalidad constitucional, el respeto a todos los compromisos
internacionales, en suma y en palabras del propio Berenguer, ��Tendremos
que revisar la obra de la dictadura, y revisar querr�� decir: consolidar en
unos casos, adaptar en otros y en algunos rectificar��, BERENGUER, D.,
op. cit., p��gs. 70-74.
37
Como pone de relieve SECO SERRANO, C., ��sin la asistencia del
n��cleo pol��tico y social m��s profundamente implantado en la realidad
española de aquellos años, era ya in��til pensar en la viabilidad de
cualquier proyecto institucional, La ruptura de los partidos din��sticos con
Alfonso XIII durante la Dictadura de Primo de Rivera, cit. p��g. 268.
38
Arg��elles en Hacienda, Estrada en Justicia, Matos en Fomento,
Marqu��s de Guad-el-Jelu en Trabajo, el Duque de Alba en Instrucci��n
P��blica y Wais en Econom��a. Respecto a la verdadera creaci��n de un
nuevo Gobierno tras la ca��da de la Dictadura, partiendo del estudio de las
conclusiones del Informe con fecha de 29 de enero de 1929 del General
Baz��n sobre la situaci��n pol��tica y social de España que entreg�� al
General Berenguer y comentado por ��l mismo, conclu��a el nuevo Jefe de
Gobierno, que pod��an considerarse como fuerzas pol��ticas con las que
pudiera contar, el Partido Socialista y parte de la Uni��n Patri��tica. En este
sentido, en el Informe, aseguraba Baz��n, que la intervenci��n del
socialismo en los problemas pol��ticos sociales no solo no significaban en
el momento actual peligro para el orden, sino una garant��a de ��l. Esto
demuestra claramente que el Gobierno no hab��a modificado a penas sus
apoyos pol��ticos pues ya contaba con ellos desde los inicios de la
Dictadura, y es que el propio Primo de Rivera durante todo su mandato se
encarg�� de congeniar y proteger al Partido Socialista. Unido todo esto al
hecho de que muchos de los que finalmente compondr��a en nuevo
Gobierno fueron propuestos por Primo de Rivera, la existencia de un
verdadero nuevo Gobierno queda bastante matizada. Asegura Berenguer
Gabriela Cobo del Rosal

216
Desde el punto de vista de la historia jur��dica, hay que tener
en cuenta que el R��gimen de la Dictadura del General Primo de
Rivera no puede entenderse fuera del contexto de la historia
constitucional europea de la ��poca. Es preciso recordar que, un año
antes hab��a subido al poder, tras la marcha sobre Roma, Benito
Mussolini, en virtud de una manifestaci��n de fuerza que no lleg�� a
golpe de Estado, pues el rey le ofreci�� una jefatura del Gobierno
que fue sancionada pocos d��as despu��s por abrumadora mayor��a
por una Asamblea Legislativa en la que los diputados fascistas eran
una ��nfima minor��a39.
Poco despu��s, el mismo año 1923 fracasaba el Putsch de
Munich con el que L��dendorf y Hitler pretend��an acabar con el
r��gimen de Weimar, excesivamente complaciente con el Diktat de
Versalles40. Por su parte, en el resto de Europa empezaba a ponerse
en tela de juicio por su inoperatividad para hacer frente a la
acuciante cuesti��n social y, por ello, los totalitarismos nacionalistas
eran aupados por el temor de la clase media a sucumbir entre dos
frentes: el del capitalismo liberal y el del colectivismo bolchevique.
En España no fueron las secuelas de la Primera Guerra
Mundial sino el desastre de Annual lo que precipit�� la
concienciaci��n de la inoperatividad del R��gimen de la
Restauraci��n. Por eso, Primo de Rivera inicialmente fue bien
aceptado por toda la opini��n p��blica incluidos los partidos de

que el Rey con la ��nica autoridad que consult�� fue con el General Primo
de Rivera, BERENGUER, D., op. cit, p��g. 66.
39
Es significativo que como subraya BEN-AMÍ, S., ��Para los fascistas
italianos el primorriverismo se hundi�� porque no era una dictadura
coherente o, en otras palabras, porque no lleg�� a constituir un sistema
verdaderamente fascista��, La dictadura de Primo de Rivera cit. p��g. 254.
40
Lo cual resulta hasta cierto punto parad��jico, porque el r��gimen de
Weimar ten��a en s�� el germen de la dictadura. Concretamente, en su
art��culo 48 en el que se dispon��a que, ��Cuando en el Reich alem��n el
orden y la seguridad p��blicos est��n considerablemente alterados o
amenazados, puede el presidente del Reich tomar aquellas medidas que
sean necesarias para su establecimiento, apelando a la fuerza armada si el
caso lo requiere. A este objeto, puede suspender provisionalmente, en
todo o en parte, los derechos fundamentales consignados en los art��culos
114, 115, 117, 123, 124 y 153��. Texto recogido en ARTOLA, M., y
PÉREZ LEDESMA, M., La historia desde 1776, Alianza Editorial,
Madrid, 2005 p��g. 317.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

217
izquierdas, como demuestra que el propio Largo Caballero
aceptase el cargo de Consejero de Estado en su Dictadura41.
En este contexto constitucional, cabr��a pensarse que los
mecanismos de creaci��n legislativa iban a quedar m��s que nunca
en manos del poder pol��tico, en consonancia con la pol��tica de
saneamiento propugnado por el hasta 1923 Capit��n General de
Cataluña. Sin embargo, es preciso contrastar que ocurre
sorprendentemente lo contrario, pues el r��gimen primorriverista
extrem��, como no hab��a ocurrido en todo el siglo XIX, el cuidado
por reunir a t��cnicos a la hora de elaborar reformas legislativas
impuestas por las circunstancias. Juristas de prestigio que aparecen
en el momento en que el Gobierno militar daba el paso al Gabinete
Civil, con tecn��cratas del corte de Jos�� Calvo Sotelo, sin duda la
referencia t��cnica del r��gimen.
Todo ello, sin duda, porque la falta de legitimidad
democr��tica, la misma de la que adolec��an los gobiernos del turno,
trataba de compensarse con una exclusi��n de los pol��ticos a favor
de los t��cnicos, como m��s tarde ocurrir��a en la Dictadura
Franquista a partir de la firma en 1953 de los Acuerdos bilaterales
con los Estados Unidos impuestos como secuela de la guerra fr��a.
En estas condiciones el estudio de los mecanismos de creaci��n
legislativos en la Dictadura primorriverista constituye un
instrumento extraordinariamente eficaz para entender los entresijos
del Estado contempor��neo.

2. El C��digo de trabajo como ejemplo de la iniciativa
codificadora de la Dictadura

Sorprende de entrada la continuidad que cabe observar en
los procedimientos legislativos respecto de las etapas anteriores del
reinado de Isabel II, del sexenio y de la Restauraci��n.

41
No en vano el Ministro Eduardo Aun��s no ten��a reparos en afirmar
p��blicamente que ��aqu�� se practica un verdadero socialismo oficial��.
Primo de Rivera por su parte lleg�� a afirmar que entre el Partido
Socialista y la Uni��n Patri��tica no hab��a ninguna divergencia
fundamental. Recogido por BEN- AMI, S., La dictadura de Primo de
Rivera cit. p��gs. 187 y 188.
Gabriela Cobo del Rosal

218
Previamente, por una Real Orden del 12 de marzo de 1926
se impulsa ya de manera oficial la Codificaci��n penal del periodo
de la Dictadura42. Muy pronto, por un Real Decreto de 14 de junio
de 1926 el Gobierno dictatorial comienza proponiendo, una vez
m��s, una modernizaci��n con car��cter general de nuestra
legislaci��n43.
En dicha Exposici��n, el Ministro de Gracia y de Justicia,
Galo Ponte Escart��n, tampoco olvida elogiar la falta de adhesi��n
pol��tica de los miembros integrantes de la ya envejecida Comisi��n
General de Codificaci��n, agradeci��ndoles su trabajo desinteresado
y no remunerado, no sin antes censurar y denunciar la falta de

42
Sin embargo, esta disposici��n s��lo regular��a el sistema de dietas y
pagos de los comisionados junto al de todos los funcionarios. Las
principales preocupaciones de la regulaci��n de 14 de junio de 1926 fueron
las de dotar de un presupuesto especial a dicho instituto y la de agradecer
a sus miembros su tareas, volvi��ndose a remunerar a sus integrantes las
tareas que, desde el Decreto de 31 de julio de 1846, llevaban ejerciendo
gratuitamente, con la salvedad de la asignaci��n anual anteriormente
mencionada a los Vocales de la Comisi��n permanente.
43
��SEÑOR: Hace m��s de treinta años que la Comisi��n general de
Codificaci��n viene siendo, en constante y callada labor, auxiliar eficaz de
los Gobiernos en lo que se refiere al asesoramiento y mejora del caudal
jur��dico de nuestra Patria. Numerosos son los proyectos de reforma de
nuestras Leyes, malogrados unos por los vicios que corro��an la actividad
parlamentaria, y archivados otros en espera de que las discusiones
pol��ticas cedieran el paso a la verdadera labor jur��dica que el Pa��s
demandaba y muchos tambi��n los informes emitidos en varias materias,
entre los que sobresalen las contestaciones dadas los cuestionarios
formulados (con esta errata es como se public��, Vid., Real Decreto de 14
de junio de 1926, Gaceta de Madrid de 15 de junio de 1926) como base de
discusi��n de diferentes conferencias internacionales. Y si bien hay que
confesar que hubo entre los miembros de la Comisi��n quienes llevados a
ella principalmente por su renombre pol��tico escatimaron luego y hasta
negaron su asistencia, no es menos cierto que la mayor��a asistieron
puntualmente a sus deliberaciones y que jam��s hubo entre ellos, siendo
todos ilustres juristas, divergencias que fuesen un obst��culo a su labor y
que parecer��a muy natural que existieran dada la diversidad de campos
doctrinales y pol��ticos de procedencia. Por el contrario, el profundo
sentimiento patri��tico que siempre ha inspirado sus discusiones se refleja
en la ausencia de partidismo que caracteriza sus trabajos (...)��, Real
Decreto de 14 de junio de 1926, Gaceta de Madrid de 15 de junio de
1926.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

219
imparcialidad por parte de algunos de sus miembros44. As�� mismo,
propone la dotaci��n de una cierta infraestructura y una asignaci��n
econ��mica pretendiendo, de tal manera, contribuir a una mayor
continuidad y eficacia en las futuras tareas codificadoras o
prelegislativas45.

44
��(...) Y es de justicia hacer resaltar el altruismo de esta Comisi��n, que
no sinti�� jam��s desaliento cuando vio in��ditos los frutos de su esfuerzo, y
que, apartando la mirada de las encrucijadas pol��ticas, sigui�� laborando
sin m��s est��mulo que el amor a la Patria y el anhelo de perfeccionamiento
de nuestras instituciones jur��dicas, ya que en el orden econ��mico no ha
percibido ninguno de sus miembros remuneraci��n, dieta o emolumento
alguno, y en cambio han experimentado gastos en la adquisici��n de libros
y revistas, hechos venir en ocasiones de otros pa��ses, como instrumentos
necesarios de su trabajo, y hasta en cimientos auxiliares, puesto que hace
m��s de doce años la cantidad de material y remuneraci��n de auxiliares
qued�� reducida a la que en el ��ltimo presupuesto figura. No ha pasado
inadvertida para este Gobierno y el anterior tal actuaci��n, pues ya el
Directorio Militar estudi�� y aprob�� las contestaciones dadas en 1924 y
1925 a los cuestionarios para la Conferencia de Derecho internacional
privado que hab��a de reunirse en la Haya, obras notables por su
profundidad jur��dica y prudente sentido pol��tico, y el actual Gobierno
inaugur�� su actuaci��n en la esfera del Derecho civil aprobando y
sometiendo a la sanci��n de V. M. el Ap��ndice al C��digo civil
correspondiente al Derecho foral de Arag��n, que con intenso latido de su
coraz��n aragon��s cupo la honra de refrendar al Ministro que suscribe, y
del mismo modo ha visto satisfecha la actividad y tenaz esfuerzo con que
ha respondido a la iniciativa del Gobierno en el examen y reforma del
libro II del C��digo de Comercio que con reducido plazo de ejecuci��n, le
fue demandado, ocup��ndose ahora en reformar los dem��s libros del
C��digo citado y en redactar la nueva edici��n del C��digo penal (...)��, Real
Decreto de 14 de junio de 1926, Gaceta de Madrid de 15 de junio de
1926.
45
��(...) Instalada ahora en el Palacio de Justicia esta merit��sima Comisi��n,
en local que especialmente le ha asignado y amueblado, pues siempre
anduvo de prestado y la hidalga morada de sus Presidentes fue su refugio,
es prop��sito del Gobierno, en debida correspondencia a su patri��tico
desinter��s, dotar a la Comisi��n general de Codificaci��n de los elementos
necesarios para su trabajo, a cuyo fin consignar�� en el presupuesto una
cantidad destinada a gastos de material, biblioteca, personal auxiliar y
retribuciones personales, que si no es la que la labor de sus miembros
merece, porque no puede apartarse el Gobierno de su pol��tica de
restricci��n en los gastos, sirva por lo menos para compensar en parte sus
Gabriela Cobo del Rosal

220
En lo que concierne a su r��gimen interno, la Exposici��n
citada propone dotar de una mayor autonom��a a dicho instituto para
gestionar su presupuesto46. El Decreto de 14 de junio de 1926, a
trav��s de cuatro art��culos, modifica la precaria situaci��n a la que la
Comisi��n se hab��a visto relegada47. Ello explica la reserva de un
presupuesto especial del Estado de cincuenta mil pesetas anuales,
que podr��an administrar libremente los Presidentes de las cuatro
Secciones disponi��ndose que para ello, dichos Presidentes
formasen una Junta de Gobierno48.
La labor de la Comisi��n general de Codificaci��n de la
Dictadura de Primo de Rivera fue muy fruct��fera. As�� lo demuestra
el que, adem��s de promulgarse en dicho periodo el C��digo penal
en 1928, viese la luz tambi��n el C��digo de trabajo, por el Real

molestias y resarcirles de los dispendios que se les origine (...)��, Real
Decreto de 14 de junio de 1926, Gaceta de Madrid de 15 de junio de
1926.
46
��(...) Como la forma de trabajo de los Vocales de la Comisi��n se realiza
por medio de ponencias, que han de ser estudiadas y redactadas en la
intimidad de su respectivo despacho particular para ser discutidas despu��s
en las sesiones de la Comisi��n, de las cuales unas requieren m��s tiempo y
m��s elementos de estudio que otras y, por otra parte, las necesidades de
labor auxiliar son tambi��n muy distintas, seg��n los periodos de desarrollo
de cada trabajo, es de notoria conveniencia dejar a la Comisi��n la
prudente autonom��a administrativa para que, sin infracci��n de los
preceptos del Real decreto de 18 de Junio de 1924, administre por s�� los
fondos destinados a sus atenciones, con la consiguiente rendici��n de
cuentas. Con ello se atiende a remediar las comisiones apuntadas,
proporcionando a la Comisi��n mayores facilidades en su trabajo y
compensando en lo posible a sus miembros el esfuerzo que realizan (...)��,
Real Decreto de 14 de junio de 1926, Gaceta de Madrid de 15 de junio de
1926.
47
Art��culo 4º ��Al ponerse en vigor el Presupuesto en que se consigne la
cantidad a que alude el art��culo 1º de este Decreto, ser�� dada de baja la
partida que figura en el cap��tulo 2º art��culo 4º del presupuesto vigente del
Ministerio de Gracia y Justicia��, Real Decreto de 14 de junio de 1926,
Gaceta de Madrid de 15 de junio de 1926.
48
Art��culo 3º Las retribuciones que se acuerden para los miembros de la
Comisi��n permanente o los de las respectivas Secciones de la Comisi��n
general, ser��n fijadas, seg��n los casos, por la expresada Junta de
Gobierno, teniendo siempre por norma lo preceptuado en Mi Decreto de
18 de Junio de 1924, Decreto de 18 de junio de 1924.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

221
Decreto de 23 de agosto de 1926, que constitu��a el primer C��digo
que en España regulaba en conjunto el Derecho laboral49.
El nuevo esp��ritu de la tarea legislativa que emprend��a el
r��gimen primorriverista queda patente en la propia Exposici��n de
Motivos que precede al texto del C��digo de trabajo donde se
afirma que:

��No es un C��digo total ni siquiera de car��cter did��ctico,
como aquellos que, a ejemplo de las Instituciones de Justiniano, se
componen todav��a para mayor comodidad de las escuelas o de los
hombres de ley: queremos que, en su n��cleo consagrado, sea un
C��digo de aplicaci��n inmediata para los tribunales y de mayor
esclarecimiento para los ciudadanos, un texto que deje vigente
todos los dem��s del Derecho obrero que no le afecten ni
contradigan, por el momento m��s propicios, por sus
heterogeneidades y variantes, para la suma de una compilaci��n,
ya tambi��n en preparaci��n, que para la org��nica fusi��n de un
C��digo. Quiz�� este Derecho, aunque destinado, por de pronto, a
vagar fuera de nuestro cuerpo legal, puede venir depurado, en su
d��a, al c��rculo m��s dilatado de otra sistematizaci��n m��s

49
MONTOYA MELGAR, A., Derecho del trabajo, 17ª Edici��n, Tecnos,
Madrid, 1996, p��g. 16. Una Real Orden de la Presidencia del Directorio,
de fecha de 22 de febrero de 1924, cre�� una comisi��n especial encargada
del estudio, recopilaci��n y refundici��n de las disposiciones legislativas
del trabajo, mediante una agrupaci��n sistem��tica de materias. Tal
comisi��n estaba formada por un Vocal en representaci��n de los patronos;
otro de los obreros, otro que lo hac��a como miembro del Consejo
directivo del Instituto de Reformas Sociales, con la colaboraci��n de los
directores generales del mismo, y representantes de los cuerpos Jur��dico-
Militar y Jur��dico de la Armada. El alcance de las funciones asignadas a
tal comisi��n era, en cierto modo, limitado ya que no se le asignaba una
verdadera misi��n codificadora, sino m��s bien, una misi��n compiladora o a
lo sumo de refundici��n. Y es que, debemos señalar que la Codificaci��n
quedaba expresamente excluida, por estimarse que la tal obra requer��a
��mediata preparaci��n, largo lapso y an��lisis y contraste de las normas��.
Esta limitaci��n dejaba muy recortados, a priori, sus posibles resultados,
En este sentido, ALONSO GARCÍA, M., La Codificaci��n del Derecho
del trabajo, Consejo Superior de Investigaciones Cient��ficas, Madrid,
1957, p��g. 286.
Gabriela Cobo del Rosal

222
codificada. Hoy por hoy, estimamos un serio progreso la
presente��50.

La comisi��n que elabor�� el C��digo de trabajo cumpli�� a
rajatabla las directrices marcadas por su orden creadora procurando
respetar la idea de que no se intentaba realizar un C��digo sino, m��s
modestamente, acometer una obra de ��car��cter eminentemente
pr��ctico, cual es la recopilaci��n o refundici��n de las disposiciones
vigentes, bien en un texto ��nico y general bien en varios, por
materias��. Por ello se recogieron disposiciones diversas respetando
el tenor de las mismas en cuanto le fue posible hacerlo y
refundi��ndolas cuando fue necesario51. Bien es cierto que P��rez
Botija considera que dicha comisi��n no llev�� a cabo su labor con
estricta fidelidad, ya que no recogi�� todas las disposiciones
laborales promulgadas con anterioridad.
Por lo que se refiere a la entrada en vigor del C��digo de
trabajo el inspirador de la reforma laboral del r��gimen
primorriverista, Eduardo Aun��s P��rez, a la saz��n, Ministro de

50
Exposici��n de Motivos de 23 de agosto de 1926.
51
Tambi��n ALONSO GARCÍA echa de menos la Ley de mujeres y niños
de 1900 y su reglamento, la Ley de 8 de enero de 1907 sobre protecci��n
de la mujer obrera antes y despu��s del alumbramiento; la legislaci��n de
jornada de trabajo, Ley de 27 de diciembre de 1910 sobre jornada m��xima
en las minas; Real Decreto de 24 de agosto de 1913 sobre jornada
m��xima en la industria textil; Real Decreto de 3 de abril de 1909,
implantando con car��cter general la jornada de ocho horas, y el Real
Decreto de 10 de octubre de 1919 fijando en siete horas la duraci��n de la
jornada de trabajo en las labores subterr��neas de las minas de carb��n. La
Ley de 3 de marzo ce 1904 de descanso dominical. La legislaci��n sobre
industrias peligrosas e insalubres; la legislaci��n sobre seguridad social, en
lo relativo a la creaci��n por Ley de 27 de febrero de 1908, del ��rgano
fundamental impulsor, gestor y administrativo: el Instituto Nacional de
Previsi��n por encontrarse los seguros sociales en aquel entonces en sus
primeros balbuceos, no obstante la materia de accidentes formar��a el
Libro III del C��digo. A todas estas exclusiones habr��a que añadir la
ocasionada con motivo de la creaci��n de la Organizaci��n Corporativa
Nacional, con los Comit��s Paritarios, quedando as�� fuera del C��digo, todo
lo relativo a organizaci��n profesional y corporativa, y contrataci��n
colectiva, substancia t��pica de un C��digo de Trabajo, op. cit., p��gs. 286 y
187.
La crisis del Estado liberal y la creaci��n legislativa

223
Trabajo, Comercio e Industria, refrend�� el Real Decreto-Ley de 23
de agosto de 1926 por el que, finalmente, se aprobar��a el C��digo
laboral, y en el que se dispon��a, en su art��culo segundo, que un
ejemplar del C��digo deb��a colocarse en sitio visible en toda clase
de f��bricas, industrias, empresas o trabajos en que fuera aplicable.
Tras la publicaci��n del C��digo, la comisi��n recopiladora fue
disuelta y sustituida por una ��comisi��n coordinadora de
disposiciones relativas a la reglamentaci��n del trabajo��52. En
cuanto a la valoraci��n que merece el C��digo de 1926, como todo
producto legislativo de la Dictadura, fue duramente criticado. Para
algunos, naci�� prematuramente, lo que sin duda explica muchos de
los errores que acompañaron a su redacci��n. Tambi��n influyeron
negativamente las propias limitaciones que se impusieron a la
Comisi��n reconocidas en la propia Exposici��n de Motivos: el que
no se quer��a redactar un C��digo sino una compilaci��n de
disposiciones anteriores y, que no se deb��an acoger todos los
preceptos existentes, sino solamente los predominantemente
sustantivos, relativos a materias homog��neas, y con car��cter de
permanencia53. Frente a estas cr��ticas es preciso reconocer los
aciertos del C��digo laboral. De entrada, el propio hecho de su
promulgaci��n y de su entrada en vigor, cosa que supieron valorar
incluso sus detractores54.

52
Dicha Comisi��n qued�� integrada por el Vicepresidente y los jefes de la
Asesor��a T��cnica Consultorio Jur��dico del Consejo de Trabajo –
organismo ��ste creado en 9 de junio de 1924 en sustituci��n del Instituto
de Reformas Sociales-, el subdirector y subinspector generales de trabajo
y los jefes de cuatro Secciones del Ministerio de Trabajo y Previsi��n, as��
denominado desde la reforma de 1928. En general la valoraci��n que ha
realizado la doctrina en torno a este C��digo no es muy buena. En este
sentido Vid. ALONSO GARCÍA, M., op. cit., p��gs. 288-294; BAYÓN y
E. PÉREZ BOTIJA, G., Manual de Derecho del Trabajo, 4ª Edici��n, 2
Vols., Marcial Pons, Madrid, 1963, que entienden que se trat�� de intento
precoz de Codificaci��n de una materia a��n poco desarrollada
consider��ndolo como una ��mera yuxtaposici��n de leyes existentes y
preceptos nuevos sin unidad sistem��tica ni clara directriz cient��fica��, Vol.
I, p��g. 155.
53
Exposici��n de Motivos que precede al C��digo de Trabajo de 1926 y M.
ALONSO GARCÍA, op. cit., p��gs. 292-294.
54
MARTÍN-GRANIZO, L., y GONZÁLEZ-ROTHVOSS, M., Derecho
social, Madrid, Reus, 1935, p��g. 42. De la posterior legislaci��n as�� como
Gabriela Cobo del Rosal

224
El C��digo de Trabajo tuvo sin embargo una vida ef��mera,
como la mayor parte de las normas promulgadas bajo la Dictadura.
La promulgaci��n de la Ley de Trabajo de 21 de noviembre de
1931, a trav��s de sus 94 art��culos y su disposici��n adicional de
car��cter derogatorio general, derogar��a el Libro primero en su
pr��ctica totalidad55 y lo que qued�� de dicho Libro tras tal
derogaci��n ser��a expresamente derogado el 31 de marzo de 1944.
En 1931, por Decreto-Ley y Decreto de 12 de junio y de 25 de
agosto, que aprueban las Bases y el Reglamento, respectivamente,
de Accidentes del Trabajo en la Agricultura; en 1932, 4 de junio y
8 de octubre que promulgan las Bases y el texto refundido sobre
Accidentes en la Industria, y 1933, por Decreto de 31 de enero,
que aprueba el Reglamento, quedando pues sin efecto el Libro
tercero del C��digo. Finalmente, por el Decreto de 13 de mayo de
1938 se cre�� la Magistratura de Trabajo, y la Ley de 22 de
diciembre de 1949, reform�� la jurisdicci��n laboral, dejando el
Libro cuarto reducido, en su aplicaci��n, a la vigencia de unos
cuantos art��culos reguladores del procedimientos de instancia –457
y siguientes- y, del recurso de casaci��n ante el Tribunal Supremo-
art��culos 487 a 495-.
Desapareci�� adem��s el recurso de revisi��n ante las
Audiencias Territoriales, sustituido por el de suplicaci��n ante el
Tribunal Central de Trabajo. Se conservar��a el extraordinario de
revisi��n a favor del Fondo de Garant��a. Quedar��a larga vigencia
para una m��nima parte del C��digo de Trabajo de 1926,
concretamente su Libro cuarto que se correspond��a con la parte
menos sustantiva del mismo que se prolongar��a en el tiempo ��como
modesto s��mbolo de todo aquel cuerpo legal56��. En alg��n caso se
produjo una lamentable explosi��n legislativa que puso de relieve
especialmente por su fragmentaci��n, el mayor m��rito del C��digo
laboral primorriverista con su tratamiento global del Derecho del
trabajo.

de los anteproyectos hasta 1951 dar�� cuenta ALONSO GARCÍA, M., op.
cit., p��gs. 295-323.
55
Salvo en la materia relativa al contrato de embarco.
56
PÉREZ BOTIJA, E., C��digo de trabajo...cit., p��g. 335. De la posterior
legislaci��n as�� como de los anteproyectos hasta 1951 dar�� cuenta
ALONSO GARCÍA, M., op. cit., p��gs. 295-323.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

225
LA IMAGEN DE LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO
EN FRANCIA. VIAJES, INTERESES CIENTÍFICOS Y
ECONÓMICOS1

Pablo Avil��s Flores
École des Hautes Études en Sciences Sociales, Par��s

1.- Introducci��n

El 15 de julio de 1808, Jos�� de Iturrigaray, virrey de la
Nueva España y la Real Audiencia, se enteraban de las
abdicaciones de Bayona por medio de las Gacetas de Madrid. La
noticia hab��a llegado a Veracruz un d��a antes. El virrey y los
oidores consideraron nulas las renuncias, por haber sido arrancadas
con violencia, y decidieron ��no acatar las ��rdenes de Napole��n��2.
El rechazo a obedecer las ��rdenes de Bonaparte no s��lo es muestra
de la oposici��n a la sujeci��n francesa, sino que tambi��n es
reveladora del conocimiento existente en las colonias americanas
sobre la situaci��n europea y exist��a una imagen de Francia ligada a
la de la Revoluci��n de 1789. La invasi��n francesa fue vista por un
gran sector de los españoles como un intento por romper ��la
unidad�� de España con sus colonias:
Si nos fuese permitido penetrar los ocultos sentimientos del
suyo [de Napole��n], m��s de una vez le hallar��amos entregado a la
desesperaci��n, no s��lo al ver nuestra constancia, m��s tambi��n al
examinar nuestra uni��n. Nuestra uni��n, s��. En vano ha pretendido
encender la tea de la discordia en los pa��ses a quienes la distancia
separa de nuestro seno. Expida emisarios, que provoquen a la
insurrecci��n los fieles habitantes de las posesiones ultramarinas;

1
Este trabajo ha sido elaborado gracias a la ayuda y financiaci��n del
Ministerio de Defensa, a trav��s del Proyecto de Investigaci��n 061/01, "El
Ej��rcito y la Armada en el Pac��fico Noroeste: Nootka y otras cuestiones".
2
Ernesto de la Torre Villar, La Independencia de M��xico, 2 ed. (M��xico:
Fondo de Cultura Econ��mica, MAPFRE, 1992), pp. 79-80; Edberto Óscar
Acevedo, ��El Carlotismo en M��xico,�� Historia Mexicana 11, n��. 2
(diciembre 1961): p. 263.
Pablo Avil��s Flores

226
trate enhorabuena de alucinarnos con las ideas lisonjeras de la
independencia y de la libertad que ��l mismo ha destruido: unos
pocos incautos podr��n ser seducidos; pero los Americanos son
Españoles, y esto imprime en todos iguales virtudes3.
La idea de la unidad del imperio en parte traduc��a la del
monopolio comercial. Extensos sectores de la sociedad
novohispana, sobre todo los privilegiados, eran conscientes tanto
del lugar que ocupaba el virreinato en el sistema pol��tico y
econ��mico centralizado en España como de la importancia de las
recientes convulsiones en Europa. Es decir, las noticias sobre
Europa, as�� como las obras de los autores europeos hab��an
penetrado en el reino desde hac��a mucho por diferentes v��as y eran
discutidos, enseñados y divulgados. A prop��sito de la conexi��n
entre los movimientos insurgentes americanos y la Revoluci��n
Francesa, el obispo Abad y Queipo se expresaba as��:

"El fuego el��ctrico de la Revoluci��n Francesa, hiriendo
simult��neamente todas las dem��s naciones, destruyendo las unas,
agitando y conmoviendo las otras, puso en movimiento y reuni�� en

3
Francisco Escudero de Isassi et al., Tercer exposici��n del comercio de
C��diz a las Cortes Generales y Extraordinarias por medio de una
Diputaci��n Especial, ampliando las ideas y observaciones sobre el
proyecto de comercio libre de las Am��ricas con las Naciones extrangeras
(C��diz: Imprenta Real, 1812), pp. 4-5. Se trata de una serie de escritos por
el Consulado de C��diz que iniciaron con Informe dirigido a S.M. por el
Consulado y comercio de C��diz en 24 de Julio sobre los perjuicios que se
originar��an de la concesi��n del comercio libre de los extrangeros con
nuestras Am��ricas (Lima: Real Casa de Niños Exp��sitos, 1812); El
comercio de C��diz, representado leg��timamente, recurre segunda vez a
S.M. en 12 de Octubre exponi��ndole el resultado ruinoso que causaria al
Estado el proyecto del comercio libre (C��diz: Impr. Real, 1811). El
ejemplar de la Tercer Exposici��n que tuvimos a la vista, se encuentra en
los Archivos nacionales de Francia, bajo el n��mero topogr��fico F7 4242
B, 29ᵉ cart��n, dossier 28, en una caja correspondiente a papeles
encontrados en un barco español, cuyo nombre desconocemos, hecho
prisionero por un corsario franc��s.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

227
estos pa��ses los primeros elementos de la divisi��n y del deseo
ardiente de la Independencia"4.
En cambio, en lo social, a diferencia del discurso pol��tico, se
resent��an las divisiones entre criollos y peninsulares, as�� como la
ingobernabilidad y el alejamiento de la metr��poli, sentimiento que
era achacado a la ineficacia de las autoridades españolas. Una carta
capturada por un corsario franc��s lo ejemplifica muy bien:

"[...] Esta canalla criolla est�� sedienta de nuestra sangre, y
en particular los pretres, que ven que no se les llega al pescuezo.
Tenemos nuevo virrey, el mariscal Calleja, cuyo nombran [en] t��,
teniendo aqu�� a Dm. Jos�� de la Cruz, preside [en] te actual de
Guadalajara, que solo basta paz [da] enderezar esto, prueba que
en España no se ve a derechas lo q[u]e conviene en Am��rica. [...]
Hasta que venga buen virrey, no esperen v[nuestras] m[excede]s
dineros de aqu��, e que los s[año]res que mandan en España no
quieren acertar en el nombramiento, mientras pasamos m��s
trabajos, nos contentaremos con cantar a v[nuestras] m[excede]s
el t�� lo quisiste, t�� te lo ten, t�� lo quisiste frayle mort��n"5.

Bien o mal, exist��a una conciencia sobre la individualidad de
la Nueva España dentro del imperio español. En Francia, España
simbolizaba para muchos el mejor ejemplo del poder desp��tico y
las colonias sus v��ctimas. Esta visi��n idealizar��a Am��rica como una
tierra para realizar los proyectos ilustrados, e insertarla en la lucha
por los ideales republicanos. Para otros, si bien la monarqu��a
española ya no era la gran potencia de antaño, segu��a legitimada
para mantener sus posesiones ultramarinas y Francia y otras
potencias europeas deb��an apoyarla en el mantenimiento del
Antiguo R��gimen.

4
Representaci��n del obispo Manuel Abad y Queipo en el que señala el
malestar existente en Nueva España, y propone medios para evitar
funestas consecuencias, 30 de mayo de 1810 en Torre Villar, La
Independencia de M��xico, pp. 202-209.
5
Cayetano Romero, ��Carta a D. Pedro Marc�� del Pont, en Vigo,�� 6 de
marzo 1813, F7 4252 B, Papiers saisis ou lettres intercept��es, dossier
"1185. Papiers espagnols captur��s par le Corsaire le Lyon. 39 Carton".
Pablo Avil��s Flores

228
No es f��cil hacerse con una idea de la imagen formada en
Francia sobre la independencia de Am��rica. Desde un punto de
vista pol��tico, debe tomarse en cuenta que entre 1789, inicio de la
Revoluci��n y la entronizaci��n de Luis Felipe de Orle��ns en 1830,
Francia y España pasaron de ser aliadas a enemigas varias veces; a
su vez las colonias en Am��rica se convert��an en territorios que
respetar o en territorios por conquistar; en Francia se sucedieron
tres reg��menes pol��ticos, cuatro soberanos y varias guerras; el Pacto
de Familia fue sucesivamente anulado y reactivado, y finalmente se
convirti�� en un obst��culo para el comercio franc��s. Pero sobre
todo, como lo señal�� Jean-Ren�� Aymes, la visi��n de conjunto
sobre Am��rica se gener�� ��en una ��poca de fuerte presi��n
ideol��gica y de control policiaco��6.
La mayor��a de la documentaci��n francesa sobre M��xico est��
reunida en los Archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores del
Quai d'Orsay, en la serie titulada ��Correspondance Politique.
Mexique��. Consta de 79 vol��menes y cubre desde 1808 hasta
1896. Se compone de reportes, cartas e informes redactados por los
agentes franceses en la Ciudad de M��xico, Veracruz y otras
ciudades de importancia comercial. En la serie ��Correspondance
Politique Espagne��, se encuentra una abundante documentaci��n
anterior a 1821. Otras series ��tiles son ��Correspondance
Consulaire et Commerciale�� y ��M��moires et Documents

6
Jean-Ren�� Aymes, ��La connaissance du Mexique en France pendant le
Consulat et l'Empire,�� Travaux de l'Institut d'��tudes latino-am��ricains de
l'Universit�� de Strasbourg, Bulletin de la Facult�� des Lettres de
Strasbourg, n�� 8 (1970): pp. 517-531. El r��gimen revolucionario franc��s
se plante�� la posibilidad de sustituir el Pacto de Familia por un Pacto
Nacional. En un memor��ndum an��nimo resguardado en el CARAN, el
autor plante�� la disyuntiva entre renovarlo y ��cimentar el despotismo
español en sus vastos dominios, y eternizar el esclavismo de una
vent��sima parte del globo��, o dejar de oponer resistencia a Inglaterra, el
enemigo com��n. La soluci��n planteada en este documento fue la de
establecer ��una alianza ofensiva y defensiva con garant��a universal de sus
posesiones contra toda potencia, exceptuando a nuestros aliados��. Los
t��rminos no son claros, pero el autor pretend��a dejar intacta la ideolog��a
revolucionaria sin abrir la posibilidad de entrar en guerra con España.
��Consid��rations sur la nature de nos op��rations politiques avec l'Espagne��
([Par��s], Junio 1796), f. 3 vs., CARAN, F7 6246, dossier Espagne 1788-
an IV, n�� 114.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

229
d'Am��rique��7. El segundo repositorio de importancia es el del
Centre d'accueil et de recherche des Archives Nationales
(CARAN), cuyo fondo ��Marine�� es el m��s rico. Las series ��F.
Administration g��n��rale de France��, ��AF. Archive du pouvoir
ex��cutive de 1789 �� 1815��, ��AD. Archives Imprim��s�� y ��B III.
Affaires Étrang��res�� y ��C. Colonies��. Finalmente, en el Archivo de
la Marina se encuentra otro repositorio importante. No deben
despreciarse los de la Prefectura de Polic��a para la cuesti��n de
pasaportes y visas; los de la Polic��a Judicial; los Archivos del
Senado; los Archivos de la C��mara de Diputados y los del
Ministerio de la Defensa Nacional.
Esta documentaci��n ha sido estudiada por un gran n��mero
de especialistas. En general, se trata de tesis de grado o de
publicaciones fruto de investigaciones largamente consolidadas. En
nuestras notas el lector encontrar�� los reenv��os correspondientes a
algunas de dichas obras8. Nosotros nos hemos concentrado en una
serie poco explotada por poco abundante, pero que en nuestra
opini��n constituye una buena muestra. Se trata de la serie ��F7
Police G��n��rale�� de los Archivos Nacionales. Los documentos son
reportes elaborados por la polic��a pol��tica de los diferentes
reg��menes acerca de agentes insurgentes, supuestos o no, operando
en Francia, res��menes e informes sobre las diferentes expediciones

7
V��ase una descripci��n de dichos fondos en Jacques Penot, Primeros
contactos diplom��ticos entre M��xico y Francia. 1808-1838 (M��xico:
Secretar��a de Relaciones Exteriores, 1975), pp. 9-12, 119-124;
M��connaissance, connaissance et reconnaissance de l'Ind��pendance du
Mexique par la France (Par��s: Éditions Hispaniques, 1975), p. 15.
8
V��anse los trabajos ya cl��sicos de Lilia D��az, Versi��n francesa de
M��xico. Informes diplom��ticos, 4 vol. (M��xico: El Colegio de M��xico,
1963); Ernesto de la Torre Villar, Correspondencia diplom��tica franco-
mexicana, 1808-1839 (M��xico: El Colegio de M��xico, 1957). Los cuatro
vol��menes de la obra de L. D��az cubren el per��odo que va de 1853 a 1867.
De la de Torre Villar, deben señalarse las traducciones de tres
documentos de gran importancia: ��M��moire anonyme sur les r��volutions
du Mexique de 1808 �� 1833��, la ��Notice historique sur la R��publique du
Mexique�� y ��Deuxi��me partie du pr��cis historique de l'Am��rique
espagnole. R��volution de la Nouvelle Espagne��, escrito por B. Barr��re,
c��nsul franc��s en La Coruña en noviembre de 1822.
Pablo Avil��s Flores

230
colonizadoras en M��xico, Texas y Centroam��rica, junto con
algunos los procesos judiciales que las siguieron9.

2.- Influencia francesa en M��xico

En M��xico, los estudios sobre la colonia y sobre la
influencia de la Ilustraci��n fueron largamente marginalizados
debido a una posici��n nacionalista, poco a poco superada, que ve��a
en ese per��odo el equivalente a la Edad Media, en el sentido
peyorativo del t��rmino10. Los estudios sobre la influencia de la
Ilustraci��n difundieron muy pronto un esquema que explica
esquem��ticamente las causas de la independencia mexicana
iniciando con los vicios del r��gimen colonial, la influencia
ilustrada y de la Revoluci��n Francesa, de las guerras
independentistas estadounidense y haitiana y finaliza con la
invasi��n napole��nica en España. Esta explicaci��n fue criticada por
simplista pues aplica los mismos argumentos que explican el
proceso norteamericano. Entre otros argumentos, se aduce que el
comercio internacional de las colonias ya no se encontraba entre
las manos de los españoles, sino de ricos capitalistas criollos, lo

9
En lo sucesivo, los documentos provenientes del CARAN ser��n citados
CARAN F7 y el n��mero correspondiente a las cajas y, cuando sea
posible, el n��mero atribuido a los documentos.
10
Para profundizar en esta postura, v��ase la obra de Leopoldo Zea, en
especial El pensamiento latinoamericano, 3 ed. (Esplugues de Llobregat:
Ariel, 1976). Sobre literatura francesa y mexicana que se ocupa de dicha
influencia, v��ase el ensayo bibliogr��fico de Oscar R. Marti, ed., ��Le
Mexique et la R��volution française. Antec��dents et cons��quences (1746-
1838),�� en Les R��volutions en le monde Ib��rique (1766-1834).
Soul��vement national et r��volution lib��rale: ��tat des questions. II.
L'Am��rique, Collection de la Maison des Pays Ib��riques 44 (Burdeos:
Presses Universitaires de Bordeaux, 1991), p. 113 y ss. Una discusi��n
sobre la influencia ilustrada y revolucionaria en el reformismo borb��n:
Marti, ��Le Mexique et la R��volution française. Antec��dents et
cons��quences (1746-1838).��
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

231
que obliga a revisar la explicaci��n sobre el monopolio comercial
español11.
Esta l��nea de argumentaci��n fue expuesta a principios del
siglo XX por Marius Andr��, quien en su libro El fin del imperio
español en Am��rica12 afirmaba que la independencia de Am��rica
no tuvo como antecedentes ni la Revoluci��n Francesa ni las ideas
de los fil��sofos del XVIII. Por el contrario, fue consumada por el
grupo conservador novohispano conformado mayoritariamente por
comerciantes que no deseaban formar parte del sistema franc��s.
Una cr��tica parecida, sin darle todo el protagonismo a los
comerciantes pero que tambi��n disminuye la influencia de las ideas
francesas, es la de Luis Villoro13. Por el contrario, los estudios que
afirman que una parte del ideario pol��tico insurgente tiene un claro
origen ilustrado y revolucionario son los de Lilian Estelle Fisher,
Jefferson R. Spell, Monalisa P��rez Marchand, Bernab�� Navarro y
Jos�� Miranda14.
Por su parte, Ernesto de la Torre en su obra La
Independencia de M��xico, subray�� el aspecto psicol��gico de la
Ilustraci��n15: ��es un cambio de mentalidad�� originado en el siglo
XVI y extendido hasta el siglo XVIII, que tiene que ver con varios
aspectos de la sociedad, con ��el desarrollo econ��mico, social y

11
Pierre Chaunu, ��Interpr��tation de l'ind��pendance de l'Am��rique
Latine,�� Travaux de l'Institut d'��tudes latino-am��ricains de l'Universit��
de Strasbourg (TILAS III), n��. 8 (Junio 1963): 403-421. Citado por Penot,
M��connaissance, p. 9.
12
Marius Andr��, El fin del imperio español en Am��rica (Barcelona:
Araluce, 1922).
13
Luis Villoro, El proceso ideol��gico de la Revoluci��n de Independencia,
2 ed. (M��xico: Universidad Nacional Aut��noma de M��xico, 1967).
14
Lillian Estelle Fisher, The Background of the Revolution for Mexican
Independence (Boston: The Christopher publishing house, 1934);
Jefferson Rea Spell, Rousseau in the Spanish world before 1833; a study
in Franco-Spanish literary relations (Austin: The University of Texas
Press, 1938); Monelisa Lina P��rez-Marchand, Dos etapas ideol��gicas del
siglo XVIII en M��xico a trav��s de los papeles de la Inquisici��n (M��xico:
El Colegio de M��xico, 1945); Bernab�� B. Navarro, La introducci��n de la
filosof��a moderna en M��xico (M��xico: El Colegio de M��xico, 1948); Jos��
Miranda, Las ideas y las instituciones pol��ticas mexicanas. Primera parte,
1521-1820 (M��xico: Instituto de Derecho Comparado, 1952).
15
Torre Villar, La Independencia de M��xico, p. 13.
Pablo Avil��s Flores

232
pol��tico del mundo moderno��. Este cambio de mentalidad tambi��n
se manifest�� en las colonias a trav��s de un ambiente creativo,
cient��fico y art��stico, y a la larga, de alguna u otra manera en el
movimiento independentista. Grande o menor, desfigurada o
adaptada, la influencia de la Ilustraci��n y de la Revoluci��n
francesa tuvo lugar. Los novohispanos conocieron los documentos,
las obras y los intentos de organizaci��n pol��tica, tanto de Francia e
Inglaterra, como de la independencia de los Estados Unidos. Desde
el siglo XVI, hombres como fray Juli��n Garc��s, fray Alonso de la
Veracruz, Vasco de Quiroga, fray Bartolom�� de las Casas, fray
Juan de Zum��rraga, fray Pedro de Gante, s��lo por mencionar
algunos, hab��an introducido en el virreinato autores europeos y
abrieron la puerta para que otros fueran conocidos y le��dos16. No
creemos, por tanto, necesario discutir la existencia de dicha
influencia, sino su extensi��n y modos.
El acceso a la Nueva España y el resto de las colonias fue
durante mucho tiempo dif��cil no s��lo para los españoles, sino
tambi��n y m��s, para los extranjeros17. A los obst��culos propios de
un largo viaje deb��an agregarse los administrativos y la censura que
operaba sobre bienes y personas. La informaci��n con la que se
contaba sobre Am��rica era la que la corona decid��a divulgar. La
imagen sobre el imperio español era, por consecuencia, imprecisa e
incompleta. En el mejor de los casos, como lo afirma Guy-Alain
Dugast, la Nueva España era ��la mejor representaci��n de la tiran��a

16
Torre Villar, La Independencia de M��xico, pp. 13, 82, 102-103; Jacques
Houdaille, Frenchmen and Francophiles in New Spain from 1760 to 1810
(Washington, D.C.: The Catholic University of America Press, 1956), pp.
1-ss.
17 Sin embargo, no concordamos con Nancy N. Barker, quien afirmaba
que ��M��xico y los otros pa��ses latinoamericanos eran pr��cticamente
terrae incognitae in France��. Sin embargo, su obra constituye un valioso
estudio de la historia diplom��tica francomexicana: Barker atinadamente
subray�� la riqueza de este tema m��s all�� de la ��Guerra de los Pasteles��
(1838-1839) y del Segundo Imperio Mexicano. Nancy Nichols Barker,
The French Experience in Mexico, 1821-1861: A History of Constant
Misunderstanding (Chapel Hill: The University of North Carolina Press,
1979), p. 15. V��ase tambi��n Christian Hermann, ��La diplomatie de la
France en Am��rique Latine au lendemain des Ind��pendances,�� M��langes
de la Casa de Vel��zquez 28, n��. 3 (1992): pp. 79-ss.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

233
pol��tica, la terquedad econ��mica, la arbitrariedad social y del
sectarismo religioso��18.
Sin embargo, esto no impidi�� la afluencia de informaci��n.
Las reformas borb��nicas permitieron una apertura del imperio
español a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. El Consejo de
Indias otorg�� permisos para viajar a Am��rica con mayor
frecuencia, sobre todo si se trataba de especialistas con alg��n
conocimiento mec��nico19. Llegaron virreyes de cultura francesa,
como el virrey Joaqu��n de Monserrat, marqu��s de Cruillas, quien
durante su gobierno iniciado en 1760 impuso la moda de tener un
cocinero franc��s; Carlos Francisco de Croix, nacido en Flandes,
cuyo gobierno dur�� de 1766 a 1771, ten��a en su biblioteca la
Histoire philosophique del abad Raynal20 e introdujo la moda del
vino de Burdeos y de las recepciones a la francesa; el virrey
Bernardo de G��lvez lleg�� en 1785 acompañado de la familia Saint-
Maxent de origen franc��s, con la que hab��a emparentado en 1777
durante sus años de gobernador de Nueva Orle��ns, as�� como de
Juan Antonio de Riaño y del general Manuel Flon Tejada,
influenciados por la cultura francesa y quie hab��an combatido en la
guerra de independencia norteamericana. Llegaron militares de
origen franc��s en varios batallones, as�� como artistas, artesanos,
jardineros, peluqueros, cocineros con influencias francesas.
Finalmente, tras la cesi��n a España de la Luisiana llegaron algunos

18
Guy-Alain Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle.
L'image du Mexique et l'Intervention française (1821-1862). I. Les
mythiques attraits d'une nation arri��r��e (Par��s: L'Harmattan, 2008), pp.
24, 79.
19
Y que fueran cat��licos o casados con alguna española, entre otros
requisitos. Tal fue el caso de los ingenieros franceses que ayudaron en la
reconstrucci��n del fuerte de San Juan de Ul��a. La Recopilaci��n de Leyes
de Indias preve��a algunas exenciones.de impuestos, la posibilidad de usar
tierras comunales y, para aqu��llos con residencia continua durante seis
años, la posibilidad de ocupar algunos empleos en la administraci��n local.
Recopilaci��n de Leyes de Indias, II, 166 (Madrid, 1791), citada por
Houdaille, Frenchmen and Francophiles in New Spain, p. 3.
20
Histoire philosophique et politique des ��tablissemens & du commerce
des Europ��ens en les deux Indes, 6 vol. (La Haya, 1774).
Pablo Avil��s Flores

234
de los colonos, y desde España, lleg�� un cierto n��mero de
franceses de los Pirineos, haci��ndose pasar por españoles21.
Algunos de estos reci��n llegados trajeron consigo libros
��que inspiraban los esp��ritus selectos��, libretos de teatro y ��pera,
poes��a, ensayos y libros cient��ficos. En principio, el impacto de
dichos textos parece haber sido reducido, m��xime si se trataba de
ediciones en lengua original. En una sociedad donde la mayor parte
de la poblaci��n era iletrada, la difusi��n de las ideas se hac��a
oralmente. A esta limitaci��n contribuy�� el monopolio comercial
que inclu��a el de libros. Los comerciantes no españoles o los no
inscritos en la Casa de Contrataci��n estaban excluidos de toda
participaci��n en el mercado colonial. Tras las reformas de 1752 y
coincidiendo con un per��odo de bonanza econ��mica, tuvo lugar una
mayor divulgaci��n de autores españoles y de traducciones. De esta
manera, la difusi��n de obras extranjeras en la Nueva España
aument��, aunque las raras ediciones en lengua original segu��an
llegando por contrabando. La pol��tica de censura no fue obst��culo
para su difusi��n, lo que es patente en las diferentes ocasiones que
la Gaceta de M��xico llam�� a los autores y las obras francesas
��parangones de impiedad y de nocividad social��22.

21
Barker, The French Experience in Mexico, p. 16; Houdaille, Frenchmen
and Francophiles in New Spain, pp. 4-9. El cocinero que acompañ�� a
Cruillas se llamaba Juan Raynaud y seg��n Houdaille, en 1760 denunci�� a
uno de sus colegas por francmas��n. Houdaille observa: ��Es significativo
que la primera menci��n sobre francmasoner��a en la Nueva España, haya
sucedido en una acusaci��n de un franc��s contra otro franc��s al servicio
del virrey��.
22
Torre Villar, La Independencia de M��xico, p. 23. V��ase Lucas Alam��n,
Disertaciones, t. III, p. 337, citado en Marti, ��Le Mexique et la
R��volution française. Antec��dents et cons��quences (1746-1838),�� pp.
118-119. V��ase tambi��n Javier P��rez Siller, ��Presentaci��n. Un tema, una
perspectiva y una problem��tica,�� en M��xico-Francia. Memoria de una
sensibilidad com��n. Siglos XIX-XX (Puebla: Benem��rita Universidad
Aut��noma de Puebla, El Colegio de San Luis, A.C., CEMCA, 1998), pp.
12-ss; J. Pingl��, La France et l'��mancipation de l'Am��rique Latine (Par��s:
D��l��gation Permanente du V��n��zuela aupr��s de l'UNESCO, 1973), p. 9;
Houdaille, Frenchmen and Francophiles in New Spain, pp. 1-10, 19-20.
V��ase la bibliograf��a citada en Cristina G��mez Álvarez, ��La transici��n
entre los siglos XVIII y XIX: la difusi��n de las obras francesas en Nueva
España,�� en Impressions du Mexique et de France. Impresiones de
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

235
No fue raro que los l��deres independentistas mexicanos
estuvieran al tanto de algunas de las figuras m��s notables de
Francia. El caso m��s notorio quiz��s sea el de fray Servando Teresa
de Mier, quien conoci�� al abad Gr��goire durante su exilio en
Europa. Ambos tuvieron afinidades y opiniones intelectuales
cercanas, lo que les llev�� a mantener una larga relaci��n epistolar:
republicanos y abolicionistas, compart��an su admiraci��n por fray
Bartolom�� de las Casas, y estaban convencidos que la religi��n
cat��lica era compatible con una forma de gobierno republicana.
Gr��goire, adem��s, se interes�� en el impacto de las ideas
protestantes en el Nuevo Mundo, continente en el que depositaba
sus esperanzas para el renacimiento del republicanismo, por lo que
busc�� formar una red entre intelectuales de Europa y Am��rica23.

M��xico y de Francia (M��xico: Éditions de la Maison des sciences de
l'homme. Instituto de Investigaciones Dr. Jos�� Mar��a Luis Mora, 2009), p.
47. Estas medidas inclu��an la prohibici��n a la entrada de textos de autores
españoles impresos en el extranjero. A pesar que la imprenta de la Ciudad
de M��xico se instal�� en 1539, los libros que se vend��an en la Ciudad de
M��xico eran en su mayor��a ediciones tra��das de España. A la de la Ciudad
de M��xico le siguieron las imprentas de Puebla (1642), Oaxaca (1720)
Guadalajara (1793) y Veracruz (1794). No compartimos algunas de las
conclusiones de esta autora en torno al car��cter de los lectores ni la
categorizaci��n que usa para estudiar a ��stos. No toma en cuenta, por
ejemplo, la circulaci��n de textos fuera del comercio a trav��s del pr��stamo
de libros entre particulares; asume que los ��nicos lectores fueron los
propietarios de los libros y que el Santo Oficio ejerci�� un control infalible
al respecto. V��ase la Gaceta de M��xico, VIII, 4, 9 de febrero de 1796, p.
25, citada en Marti, ��Le Mexique et la R��volution française. Antec��dents
et cons��quences (1746-1838),�� p. 120. V��ase tambi��n Torre Villar, La
Independencia de M��xico, p. 23. En el ��Analyse de la Correspondance
d'Espagne depuis l'ann��e 1788 jusqu'au mois de mai 1793�� ([Par��s], Mayo
1793), f. 8 vs., CARAN, F7 6246, dossier Espagne 1788-an IV, n�� 113.,
se señala que en julio de 1792, se public�� en España ��una ordenanza
prohibiendo los papeles franceses, lo que provoc�� el efecto contrario:
impresi��n y a la diseminaci��n en España de la Constituci��n Francesa con
notas. Hubo m��s de 300 ejemplares encontrados en Madrid. Pero a pesar
de esta prohibici��n, los contrabandistas españoles prove��an de todos los
escritos franceses a los oficiales de las guarniciones fronterizas, mientras
que los barcos americanos los llevaban hasta el Per����.
23
Alyssa Goldstein Sepinwall, The Abb�� Gr��goire and the French
Revolution: The Making of Moder Universalism (Berkeley: California
University Press, 2005), pp. 168-ss, 181. Hacia 1821, Gr��goire se
Pablo Avil��s Flores

236
Durante todo el siglo XIX Francia se mantuvo como un
referente pol��tico, cultural y social de las ��lites latinoamericanas.
La sociedad francesa fue considerada como la s��ntesis entre artes e
industria, el ideal de ��civilizaci��n�� con la ventaja de compartir
ra��ces latinas y cat��licas. As�� como los republicanos buscaron en
Europa los modelos pol��ticos revolucionarios, el partido
conservador sigui�� un esquema parecido. Las busc�� en España por
las afinidades culturales; en Francia por considerar que la respuesta
a la Revoluci��n de 1789 formulada por el conservadurismo galo
constitu��a el mejor paralelo a las luchas intestinas que se desataron
tras la independencia de M��xico. La difusi��n en M��xico de algunas
obras de autores conservadores se dio a trav��s de peri��dicos como
El Tiempo, El Universal, El Cat��lico, El Ilustrador Cat��lico
Mexicano, El Observador Cat��lico y El Espectador de M��xico, e
incluso algunos liberales como El Siglo Diez y Nueve, o El Monitor
Republicano, as�� como a trav��s de traducciones. En 1826, por
ejemplo, el editor Mart��n Rivera public�� en español la obra de
Edmund Burke –��nico autor citado por Lucas Alam��n– con el
t��tulo de Reflexiones sobre la revoluci��n de Francia. De los 1,807
t��tulos que contaba la biblioteca de Alam��n, cerca de la mitad
corresponden a t��tulos extranjeros, y de ��stos, la mayor��a
corresponde a t��tulos franceses24.

mostraba m��s bien esc��ptico sobre el futuro del republicanismo en
Europa, al menos por lo que podr��a pasar durante su vida. V��ase tambi��n
la obra de Gr��goire, Apologie de Barth��lemy de Las Cases, ��v��que de
Chiappa ([Par��s]: Baudouin). La obra del abad Gr��goire es vast��sima.
Para profundizar en los innumerables temas sobre los que escribi��, como
su aportaci��n al desarrollo del republicanismo en Francia y en Europa, su
campaña antiesclavista, su visi��n en torno a los jud��os, sus esfuerzos por
eliminar los dialectos franceses, sus denuncias del vandalismo
revolucionario y un largo etc��tera, remitimos al lector a la bibliograf��a
citada por Alyssa Sepinwall, cuya biograf��a es uno de los trabajos m��s
recientes.
24
P��rez Siller, ��Presentaci��n,�� pp. 11-12. J. Rodr��guez Piña no precisa los
g��neros literarios a los que pertenecen los t��tulos en franc��s del cat��logo
de Alam��n. ��Sobre la presencia del conservadurismo franc��s en M��xico
durante la primera mitad del siglo XIX,�� en Impressions du Mexique et de
France. Impresiones de M��xico y de Francia (M��xico: Éditions de la
Maison des sciences de l'homme. Instituto de Investigaciones Dr. Jos��
Mar��a Luis Mora, 2009), pp. 278 y 286-ss. S�� señala algunas de las obras
de algunos de estos autores que circularon en M��xico, en lengua original
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

237
3.- La cuesti��n colonial en Francia

Diferentes razones orillaron a los españoles a concentrar su
atenci��n en los grandes territorios continentales americanos y
descuidar las islas m��s pequeñas del Caribe. En consecuencia,
exploradores, corsarios y piratas ingleses, holandeses y franceses
hab��an logrado establecerse en las Antillas menores. Para cuando
inici�� el reino de Luis XIV, la presencia francesa en Am��rica era
considerable. Adem��s de las colonias en Am��rica del norte, se
extend��a por las islas Martinica, Guadalupe, Tortuga, Granada,
Mar��a Galante, Santa Cruz, San Mart��n, San Bartolom��, Deseada,
Islas de los Santos, Tobago y San Crist��bal. Sin embargo, a partir
de 1697 tras la firma del Tratado de Utrecht por el que Francia
tuvo que ceder Acadia, San Crist��bal y otras posesiones en el
Caribe, concentr�� toda su atenci��n en Santo Domingo (actual
Hait��), Guadalupe y Martinica25.
En Francia, la discusi��n en torno a la independencia de las
colonias europeas estuvo enmarcada por los debates sobre la
abolici��n de la esclavitud. Algunos autores ya hab��an abordado el
tema, el abad Raynal en su Histoire des deux Indes de 1750;
Turgot predijo en 1760 la independencia de las colonias europeas y
Luis Sebasti��n Mercier anunci�� la liberaci��n de los esclavos
negros por s�� mismos en su obra L��An 244026. Tras la firma del

o traducidas, sin explicar c��mo y en qu�� medida penetraron en el
pensamiento conservador mexicano. S�� señala que Burke es una de las
pocas referencias directas de Lucas Alam��n, considerado el ide��logo m��s
notable de ese partido. El resto de autores conservadores europeos
estudiados son: Louis de Bonaldm Joseph de Mayostre, François de
Chateaubriand y Robert de Lamennais.
25
Numa Broc, La G��ographie des philosophes. G��ographes et voyageurs
français au XVIIIᵉ si��cle (Par��s: Editions Ophrys, 1974), p. 79.
26
Raynal, Histoire philosophique et politique des ��tablissemens & du
commerce des Europ��ens en les deux Indes; Louis-S��bastien Mercier, ed.,
L'An deux mille quatre cent quarante. R��ve s'il en fût jamais (Londres:
s.e., 1772). Para un resumen de la literatura pro y anti esclavista, v��anse
Yves Benot, La r��volution française et la fin des colonies (Par��s: Éditions
La D��couverte, 1988); La d��mence coloniale sous Napol��on (Par��s:
Éditions La D��couverte, 1992). Los panfletos a favor de la esclavitud
abundan a partir de 1800 y se basan principalmente en los horrores
Pablo Avil��s Flores

238

achacados a los negros durante las revueltas por la independencia de
Hait��; entre los m��s virulentos se encuentran: C. Belu, Des colonies et de
la traite des n��gres (Par��s: Debray, 1800); Jean-Jacques Aym��,
D��portation et naufrage de ... , ex-l��gislateur, suivis du tableau de vie et
de mort des d��port��s, �� son d��part de la Guyane, avec quelques
observations sur cette colonie et sur les n��gres (Par��s: Maradan, 1800);
F��lix Carteaux, Soir��es bermudiennes ou entretiens sur les ��v��nements
qui ont op��r�� la ruine de la partie française de l'île Saint-Domingue
(Burdeos: Pellier-Lawalle, 1801); Pierre-Victor Malouet, Collection de
m��moires et correspondances officielles sur l'administration des colonies:
et notamment sur la Guiane française et hollandaise, 5 vol. (Par��s:
Baudouin, 1802); Jean Barr�� de Saint-Venant, Des colonies modernes
sous la zone torride, et particuli��rement de celle de Saint-Domingue.
Ouvrage en lequel on d��couvre les causes de leurs malheurs (Par��s:
Brochot p��re, 1802); Louis-Narcisse Baudry des Lozi��res, Les
Égarements du nigrophilisme (Par��s: Mignaret, 1802). y las ��biograf��as��
escritas por Louis Dubroca, La Vie de Toussaint-Louverture, suivie de
notes pr��cieuses sur Saint-Domingue (Par��s: Dubroca, 1802); Charles-
Yves Cousin d'Avallon, Histoire de Toussaint-Louverture, chef des noirs
insurg��s de Saint-Domingue, pr��c��d��e d'un coup d'oeil politique sur cette
colonie (Par��s: Pillot fr��res, 1802). Algunos autores intentaron conciliar la
esclavitud con los derechos del hombre sin negar la humanidad de los
negros: S.-J. Ducœurjoly, Manuel des habitants de Saint-Domingue,
contenant un pr��cis de l'histoire de cette île, 2 vol. (Par��s: Lenoir, 1802);
S.-M. X. de Golb��ry, Fragments d'un voyage en Afrique fait pendant les
ann��es 1785, 1786 et 1787, en les contr��es occidentales de ce continent,
comprises entre le cap Blanc de Barbarie et le cap de Palmes, 2 vol.
(Par��s: Treuttel et W��rtz, 1802). Entre 1808 y 1810, una nueva ola
esclavista se hizo sentir: Richard de Tussac, Cri des colons contre un
ouvrage de M. l'��v��que et s��nateur Gr��goire, ayant pour titre "De la
litt��rature des n��gres" ou R��futation des inculpations calomnieuses faites
aux colons par l'auteur et par les autres philosophes n��grophiles (Par��s:
Les marchands de nouveaut��s, 1810); Gilbert de Guillermin de
Montpinay, Pr��cis historique des derniers ��v��nements de la partie de l'est
de Saint-Domingue depuis le 10 août 1808 jusqu'�� la capitulation de
Santo-Domingo, avec des notes, sur cette partie, des r��flexions sur
l'Am��rique septentrionale et des consid��rations sur l'Am��rique
m��ridionale et sur la restauration de Saint-Domingue (Par��s: Arthus-
Bertrand, 1811); Jean-Joseph Dauxion-Lavaysse, Voyage aux îles de
Trinidad, de Tabago, de la Marguerite et en diverses parties de
V��n��zu��la, en l'Am��rique m��ridionale, 2 vol. (Par��s: F. Schoell, 1813).
Del lado anti esclavista, baste mencionar algunos t��tulos de la extensa
obra del abad Henri Gr��goire: Apologie de Barth��lemy de Las Cases;
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

239
Tratado de Par��s en 1763, que puso fin a la Guerra de los Siete
Años y que signific�� para Francia la p��rdida de la mayor parte de
su imperio colonial, los debates se intensificaron27.
La Enciclopedia de Diderot y d��Alembert define la colonia
como ��el traslado de un pueblo o de una parte de ��ste de un pa��s a
otro��28. Las colonias eran establecidas para provecho de la
metr��poli en una relaci��n de total dependencia mediante un
monopolio comercial. Durante el siglo XVIII, uno de los principios
rectores de la colonizaci��n fue la trata de esclavos. Ello explica las
diferentes actitudes adoptadas por Francia frente a la
independencia de los Estados Unidos, por un lado, y de Hait��, por
el otro. Aceptar la independencia de los primeros equival��a a

M��moire en faveur des gens de couleur ou sang-m��l��s de St. Domingue et
des autres isles françoises de l'Am��rique (Par��s: Belin, 1789); De la
litt��rature des n��gres, ou Recherches sur leurs facult��s intellectuelles,
leurs qualit��s morales et leur litt��rature, suivies de notices sur la vie et
les ouvrages des n��gres qui se sont distingu��s en les sciences, les lettres
et les arts (Par��s: chez Maradan, libraire, rue des Grands-Augustins n�� 9,
1808). Tambi��n Antoine-Louis-Claude Destutt de Tracy, Commentaire
sur l'"Esprit des lois" de Montesquieu (Par��s: Delaunay, 1819). aparecido
s��lo en los Estados Unidos, y Dominique Dufour Pradt, Les Trois Âges
des colonies, ou de leur ��tat pass�� et �� venir, 2 vol. (Par��s: Giguet, 1801).
as�� como los art��culos publicados en las revistas La D��cade
philosophique, litt��raire et politique, ��rgano de la iglesia constitucional
francesa, reconvertida en La Revue philosophique tras la supresi��n del
calendario republicano y reunida en 1807 con el Mercure de France; los
Annales de la religi��n, dirigidos por Gr��goire y Desbois y finalmente, los
Annales de g��ographie, fundados por Malte-Brun.
27
Yves Benot, Les Lumi��res, l'esclavage, la colonisation, ed. Roland
Desn�� et Marcel Dorigny, Textes �� l'appui. S��rie Histoire contemporaine
(Par��s: Éditions La D��couverte, 2005), p. 168. Francia recuperar�� algunos
territorios tras la firma de la Paz de Basilea de julio de 1795 y del Tratado
de San Ildefonso de 1800, que ced��an a Francia toda la Isla de Santo
Domingo y la Luisiana. Jean-Ren�� Aymes, ��Napol��on 1er et le Mexique,��
Travaux de l'Institut d'��tudes latino-am��ricains de l'Universit�� de
Strasbourg (1971): p. 38.
28 La traducci��n es m��a: ��On entend par ce mot le transport d��un peuple
ou d��une partie d��un peuple d��un pays �� un autre��, M.V.D.F., ��Colonie,��
en Encyclop��die ou Dictionnaire raisonn�� des Sciences, des arts et des
m��tiers, vol. 3 (Par��s: Chez Briasson, 1753), p. 648. citado por Benot, Les
Lumi��res, l'esclavage, la colonisation, p. 165. El art��culo es del
economista François V��ron de Forbonnais.
Pablo Avil��s Flores

240
aceptar la de una poblaci��n blanca, cercana a la cultura occidental
y sobre todo, asestar un golpe a la econom��a de Inglaterra; hacer
con una rep��blica de negros parec��a menos aceptable, sin hablar de
las p��rdidas que ocasionar��a a la econom��a francesa29.
Uno de los momentos clave de la discusi��n colonial y anti
esclavista en Francia lo constituy�� el debate sobre la aceptaci��n de
los diputados de Santo Domingo. A este respecto Jacques-Pierre
Brissot public�� sus Reflexions sur l'admission des d��put��s de
Saint-Domingue y Gr��goire su Lettre aux citoyens de couleur30.
Para estos autores y una parte significativa de la opini��n p��blica
francesa, la Declaraci��n de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano volv��a incompatible el ��derecho a colonizar�� con la
Revoluci��n y con el derecho natural proclamado por ella. Algunos
iban m��s lejos al afirmar que la independencia de las colonias era
el resultado l��gico del proceso revolucionario. El abad de Pradt
afirm�� en su obra Trois Âges des colonies que la Rep��blica
francesa deb��a admitir las consecuencias de la abolici��n de la
esclavitud y aceptar la independencia de las colonias31.

29
Ib��d., pp. 265, 164.
30
Anacharsis Brissot de Warville, R��flexions sur l'admission aux Etats-
g��n��raux des d��put��s de Saint-Domingue (s.l.: s.e., 1789); Henri
Gr��goire, Lettre aux citoyens de couleur et n��gres libres de Saint-
Domingue et des autres isles françoises de l'Am��rique ([Par��s]: Impr. du
"Patriote françois", 1791).
31
De Pradt retomara sus ideas de 1801 en su obra Des colonies et de la
R��volution actuelle de l'Am��rique, vol. 2 (Par��s: F. Bechet, 1817). Previ��
la desaparici��n de los imperios coloniales y el nacimiento de un nuevo
orden mundial al que se integrar��an como iguales a la metr��poli. La
Revoluci��n Francesa era s��lo la primera etapa de un proceso hist��rico que
finalizar��a con la paz mundial gracias a la abolici��n del sistema colonial.
En cuanto a España, afirm�� que estaba completamente imposibilitada para
recuperar sus colonias. En 1818 ser�� el turno de Civique de Gastine,
pseud��nimo de Eustache-Louis-Joseph Toulotte, seguidor de Robespierre,
quien bas�� la independencia de las colonias en principios de derecho
superiores a toda consideraci��n pragm��tica en su obra Histoire de la
R��publique d'Haïti ou Saint-Domingue, l'esclavage et les colons (Par��s:
Plancer, 1819). Al respecto, v��ase Benot, Les Lumi��res, l'esclavage, la
colonisation, pp. 199, 265-269. Penot, Primeros contactos diplom��ticos,
p. 34.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

241
Esta pol��mica se traslad�� a la discusi��n sobre la
independencia de las colonias españolas. Esquem��ticamente, puede
decirse que hab��a simpatizantes y opositores, m��s o menos
identificados con los partidos ��liberal�� y mon��rquico, aunque
como puede suponerse, pueden encontrarse matices. Las autores
liberales fueron a menudo optimistas. Preve��an un futuro rico, con
instituciones republicanas s��lidas, aunque algunos manten��an
ciertas dudas. Estos autores fueron los primeros en proponer el
esquema tradicional que explica las luchas independentistas como
un proceso que va de los vicios coloniales a la invasi��n
napole��nica. A esas causas agregaron el despotismo europeo y la
difusi��n de las ideas ilustradas francesas, gracias a las cuales los
españoles americanos tomaron conciencia de las injusticias
cometidas contra ellos32.
Dichas obras reproduc��an frecuentemente a los autores
considerados como los m��s representativos de la causa
republicana: el an��nimo Esquisse de la R��volution de l��Am��rique
espagnole, aparecido en 1817 y que en realidad era una traducci��n
de la obra en ingl��s de Manuel Palacio Fajardo de ese mismo año;
el abad Raynal, y fray Servando Teresa de Mier33. Dentro de esta

32
A diferencia de Eug��ne de Monglave, Larenaudi��re, sin declararse
abiertamente ni mon��rquico ni liberal, no est�� tan seguro sobre el futuro
de la rep��blica mexicana. ��Notice sur le Royaume de Mexico, d'apr��s les
derni��res ouvrages publi��es suivie d'un coup d'oeil historique sur les
��venements qui s'y sont succ��d��s depuis 1810,�� Nouvelles annales de
Voyage (Par��s, 1824), t. 23, pp. 52-95 et pp. 164-184; Eug��ne de
Monglave, ��Notice sur le Mexique,�� Journal des Voyages 32 (diciembre
1826): 82-103, 129-161. Cf. Dugast, La tentation mexicaine en France au
XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, pp. 35-38, 102-103.
33
Ib��d., pp. 32-33 y 53. Esquisse de la R��volution de l'Am��rique
espagnole, ou R��cit de l'origine, des progr��s et de l'��tat actuel de la guerre
entre l'Espagne et l'Am��rique espagnole, contenant les principaux faits et
les divers combats, etc., etc., par un Citoyen de l'Am��rique M��ridionale
(Par��s: P. Mongie l'Ain��, 1817). Palacio Fajardo hab��a publicado en
Londres Outline of the Revolution in Spanish America, or an account of
the origin, progress and actual state of the war carried on between Spain
and Spanish America, containing the principal facts which have marked
the struggle. By a South American (Londres: Longman, Hurst, Rees,
Orme and Brown, 1817)., y al mismo tiempo que en Nueva York editada
por J. Eastburn & Co., 1817, 210 pp. En Alemania apareci�� como Der
Freiheitskampf im Espanischen Amerika, oder Bericht von demursprunge,
Pablo Avil��s Flores

242
corriente, se encuentran el ensayo de J.B. d��Arbrisselle, Sur
l��Am��rique m��ridionale, (1820); las Memorias atribuidas a Billaud
Varennes (1821); A. Dillon, Beaut��s de l��Histoire du Mexique,
(1822); la reseña del libro Notes on Mexico, aparecida en el
Journal des Voyages; la ��Notice sur le Mexique��, de Eug��ne de
Monglave, (1826); la de Jean-Baptiste Douville, Fin de la
monarchie en Am��rique, (1826); el resumen de Dufey de l��Yonne,
(1826); y la an��nima Histoire de l'Am��rique M��ridionale
(1826)34.

fortgange und gegenwartigem stande des krieges swischen Spanien um
dem Spanischen Amerika. Von einem s��d-amerikanischen offizier
(Hamburgo: Hoffmand & Campe, 1818). Debe hacerse notar que las
ciudades hanse��ticas, como Hamburgo, simpatizaban abiertamente con la
independencia latinoamericana, por lo que el ambiente era propicio para
la publicaci��n de esta obra. V��ase al respecto: Mar��a Eugenia L��pez de
Roux et Roberto Mar��n, ed., El reconocimiento de la independencia de
M��xico (M��xico: Secretar��a de Relaciones Exteriores, 1995), p. 23;
Hendrik Dane, ��Primeras relaciones diplom��tico-comerciales entre
Alemania y M��xico,�� Historia Mexicana 17, n��. 1 (Septembre 1967): 72-
102. La obra de Fajardo fue publicada en español hasta 1953. Bosquejo de
la Revoluci��n en la Am��rica Española (Caracas: Publicaciones de la
Secretar��a General de la D��cima Conferencia Interamericana, 1953).
Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, p. 30; Carlos Pi Sunyer, "Prefacio" en Manuel Palacio
Fajardo, Bosquejo de la Revoluci��n en la Am��rica Española (Caracas:
Publicaciones de la Secretar��a General de la D��cima Conferencia
Interamericana, 1953), p. xxvii.
34
M.J.-B. d' Arbrisselle, Sur l'Am��rique m��ridionale (Par��s: Impr. de A.
Lanoe, 1820); Jacques Nicolas Billaud-Varennes, M��moires de ... , ��crits
au Port-au-Prince en 1818, contenant la relation de ses voyages et
aventures en le Mexique, depuis 1805 jusqu'en 1817, avec des notes
historiques et un pr��cis de l'insurrection am��ricaine, depuis son origine
jusqu'en 1820, 2 vol. (Par��s: Plancer, 1821); A. Dillon, Beaut��s de
l'histoire du Mexique ou ��poques remarquables, traits int��ressants,
moeurs, usages, coutumes des indig��nes et des conqu��rants, depuis le
temps les plus recul��s jusqu'�� ce jour (Par��s: Bossange fr��res, 1822);
��Notes on Mexico ... . Notes sur le Mexique, recueillis en un voyage
ex��cut�� pendant les ann��es 1821 et 1822, par un citoyen des Etats-Unis,
Philadelphie, 1825,�� Journal des Voyages 28 (diciembre 1826): 314-315;
Douville, Fin de la monarchie en Am��rique (Par��s: Sautelet, 1826);
Pierre-Joseph-Spiridion Dufey de l'Yonne, R��sum�� de l'histoire des
r��volutions de l'Am��rique M��ridionale, depuis les premi��res d��couvertes
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

243
Por el contrario, el partido mon��rquico franc��s estimaba
peligroso aceptar el principio de la independencia de las colonias
españolas y, por supuesto, su reconocimiento efectivo, por temor a
un ��contagio generalizado�� de republicanismo en Europa y en el
mundo. Este pensamiento alimentar�� los temores del trono Borb��n
tras su restauraci��n. Como los liberales, los monarquistas ve��an en
la invasi��n francesa a España una de las causas de la
independencia de las colonias. Sin embargo, para los mon��rquicos
la causa principal era la imposibilidad de satisfacer los intereses
econ��micos de la poblaci��n americana. En este sentido, dentro de
la l��gica colonialista militante por un regreso al statu quo, la
satisfacci��n de dichos intereses bastar��a para mantener en pie el
imperio colonial, y desde su perspectiva pol��tica, la ilegitimidad y
la fragilidad de las nuevas rep��blicas, la incompatibilidad del
r��gimen republicano con el car��cter de la poblaci��n y las amenazas
externas volv��an imposible e indeseable su emancipaci��n35.
El Pacto de Familia daba al partido mon��rquico un
argumento jur��dico y pol��tico que era considerado de peso. Tras
haber quedado suspendido durante el per��odo napole��nico, la
restauraci��n de los Borb��n lo hab��a puesto de nuevo en vigor. Al
intentar recuperar sus colonias, España ejerc��a leg��timamente su
soberan��a y sus derechos sobre sus posesiones. Desconocerlos

europ��ennes jusqu'�� nos jours. P��rou, Mexique, Guat��mala, Br��sil,
Venezuela..., leurs religions, lois, mœurs, usages, constitutions actuelles,
��v��nements jusqu'�� la fin de 1825, 2 vol. (Par��s: A. Jourdan, 1826);
Histoire de l'Am��rique M��ridionale. R��publiques du Nouveau Monde,
Petite biblioth��que ��conomique et portative, ou Collection de r��sum��s sur
l'histoire et les sciences XXI (Par��s: Dautherau, 1826).V��anse la
exposici��n de Penot, M��connaissance, p. 29; Dugast, La tentation
mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, p. 104.
35
Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, pp. 33-34, 43-57. V��anse entre los ejemplos citados
por este autor: Gilbert de Guillermin de Montpinay, Consid��rations sur
l'��tat moral et physique de l'Am��rique espagnole et sur son ind��pendance
(Par��s: A. Boucher, 1824); Pr��cis historique des derniers ��v��nements de
la partie de l'est de Saint-Domingue depuis le 10 août 1808 jusqu'�� la
capitulation de Santo-Domingo, avec des notes, sur cette partie, des
r��flexions sur l'Am��rique septentrionale et des consid��rations sur
l'Am��rique m��ridionale et sur la restauration de Saint-Domingue;
Consid��rations sur l'��tat pr��sent de l'Am��rique du Sud, et sur l'arriv��e ��
Par��s de M. Hurtado, agent de Colombie (Par��s: C. J. Trouv��, 1824).
Pablo Avil��s Flores

244
minar��a el equilibrio europeo. Por lo tanto, los habitantes de las
colonias no ten��an derecho a levantarse en armas contra los
europeos: los ind��genas hab��an renunciado t��citamente a hacerlo
tras vivir durante trescientos años sin hacerlo, y los criollos
tampoco ten��an derecho pues ellos mismos eran invasores,
hombres ��trasplantados�� en el suelo americano, sin ning��n antiguo
derecho que reclamar36.
El pobre desarrollo f��sico y moral de las colonias era otro
argumento frecuentemente invocado La poblaci��n americana se
hallaba en un estado que no permit��a su emancipaci��n, pues el
mestizaje hab��a provocado una mezcla de vicios: lo peor de las
��razas�� española, ind��gena y africana se hab��an integrado en el
hombre americano, imposibilitando su gobierno. Ni siquiera la
existencia de buenas instituciones podr��an ayudar en algo, pues
��stas tendr��an que ser armonizadas con el car��cter y las costumbres
de aqu��llos pueblos. La comparaci��n de las colonias españolas con
las inglesas prove��a un excelente ejemplo. Las trece colonias
estaban m��s desarrolladas y hab��an establecido instituciones
adecuadas para convertirse en una Rep��blica. Las españolas, en
cambio, no s��lo se equivocaban en sus aspiraciones
independentistas, tambi��n de r��gimen pol��tico. Previendo el
despotismo que los criollos – despu��s de los europeos el grupo
mejor instruido – ejercer��an contra ind��genas, mestizos y mulatos,
la forma republicana no podr��a funcionar; s��lo la monarqu��a podr��a
evitarlo37.
T��rminos semejantes se encuentran en las discusiones en
Am��rica. En 1808, fray Melchor de Talamantes discuti�� en su obra
Representaci��n nacional de las colonias38 sobre la capacidad de las

36 Guillermin de Montpinay, Consid��rations sur l'��tat moral et physique
de l'Am��rique espagnole et sur son ind��pendance, p. 40. Citado por
Dugast, La tentation mexicaine en France au XIX si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, pp. 44-45. V��ase tambi��n Barker, The French
Experience in Mexico, pp. 8-ss; Jacques Penot, ��L'expansion commerciale
française au Mexique et les causes du conflit franco-mexicain de 1838-
1839,�� Bulletin Hispanique 75, n��. 1 (1973): 169-201.
37
Dugast, La tentation mexicaine en France au XIX si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, pp. 45-49.
38
Consultamos Fray Melchor de Talamantes, ��Representaci��n nacional
de las colonias. Discurso filos��fico,�� en La Independencia de M��xico, 2
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

245
colonias para formar una naci��n por s�� mismas. El objetivo era
demostrar que la Nueva España ejerc��a directamente su soberan��a.
M��s all�� de la existencia de un ordenamiento jur��dico e
institucional, la soberan��a novohispana no podr��a provenir ni de las
leyes ni de las autoridades p��blicas, sino del ejercicio efectivo de la
representaci��n popular. El Derecho de Indias tampoco constitu��a su
fundamento porque dado el caso, no preve��a la organizaci��n de un
nuevo gobierno; tampoco el virrey, porque ��ste ten��a autoridad
para modificar las leyes39. Talamantes sostuvo que ni la Audiencia
ni los miembros que la compon��an, representaban al rey, pues no
contaban con poder para hacerlo, ni exist��a ley en ese sentido. En
este punto, Talamantes abri�� la posibilidad para reconocer una
soberan��a institucional, si la Audiencia pudiera demostraba que
contaba con los poderes adecuados, entonces el ejercicio de su
acci��n se traducir��a en el de la soberan��a, aunque con limitantes40.
M��s adelante, Talamantes distingui�� dos tipos de leyes para
las colonias: las estrictamente coloniales, aqu��llas que ��sostienen
el enlace y dependencia de la pen��nsula con la metr��poli��, y las
regionales, que ��se dirigen a organizar la colonia en s�� misma,
teniendo consideraci��n al clima (...) y a otras circunstancias
locales��41. Como España hab��a ca��do en poder de una potencia
extranjera las leyes coloniales hab��an dejado de surtir efecto, pero
las leyes regionales hab��an servido para organizar el gobierno. Y
precisamente, una de las causales de la emancipaci��n ocurr��a
cuando ��las colonias hayan sido capaces de darse a s�� mismas una
legislaci��n propia��, que es lo que sucede con las leyes regionales42.
As��, una representaci��n nacional pod��a existir desde el momento en
que la naci��n ejerce su derecho a organizarse a s�� misma, a ��reglar
y cimentar la administraci��n p��blica cuando los lances lo exigen,
de reponer las leyes que faltasen, enmendar las defectuosas, anular
las perjudiciales y expedir otras nuevas��43.

ed. (M��xico: Fondo de Cultura Econ��mica, MAPFRE, 1992), pp. 179-
201.
39 Ibid., pp. 184-185, �� 7-8.
40 Ibid., p. 185, �� 9.
41 Ibid., p. 180.
42 Ibid., p. 184, �� 6 pr. e in fine.
43 Ib��d., p. 187, �� 10.
Pablo Avil��s Flores

246
A este argumento agreg�� el argumento de la naturaleza:
Toda naci��n est�� ��naturalmente separada de las otras naciones��,
afirma, as�� como el argumento de la fuerza, es decir, que los
americanos han sido capaces de rechazar todas las invasiones de
otras naciones44.

4.- La imagen de M��xico en Francia

De paisaje pintoresco a inter��s arqueol��gico

La exploraci��n europea del siglo XVIII ayud�� a precisar los
conocimientos geogr��ficos de los grandes descubrimientos
españoles y portugueses. Los contactos con extranjeros
comenzaron a ser m��s frecuentes gracias a las reformas borb��nicas,
a la relativa estabilidad social y econ��mica alcanzada en la Nueva
España, a una atm��sfera de curiosidad y a la necesidad de nuevos
conocimientos. Durante ese siglo lleg�� el turno de los cient��ficos
de visitar Am��rica. La del bar��n Alejandro de Humboldt fue, sin
duda, la visita m��s importante hecha por un cient��fico de la ��poca y
marc�� un antes y un despu��s de las exploraciones. Puede decirse
que Humboldt y Bonpland operaron un segundo descubrimiento de
Am��rica, esta vez en lengua francesa. Muchos autores coinciden en
señalar que la falta de informaci��n sobre la Nueva España fue
resuelta gracias a las publicaciones de Humboldt: as�� lo hace el
editor de Bullock y el ge��grafo Larenaudi��re. En lo que concierne
a M��xico, el Ensayo pol��tico de la Nueva España se constituy��
como la fuente por excelencia y no fueron pocos los viajeros que
recorrieron el mismo itinerario durante sus viajes45.

44
Ib��d., p. 186, �� 10.
45
Chantal Cramaussel, ��Imagen de M��xico en los relatos de viaje
franceses: 1821-1862,�� en M��xico-Francia. Memoria de una sensibilidad
com��n. Siglos XIX-XX (Puebla: Benem��rita Universidad Aut��noma de
Puebla, El Colegio de San Luis, A.C., CEMCA, 1998), p. 336, nota 1; pp.
336-340; Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I.
Les mythiques attraits, pp. 74, 80-82; Aymes, ��La connaissance du
Mexique,�� p. 517; Jean-Georges Kirchheimer, Voyageurs Francophones
en Am��rique hispanique au cours du XIXᵉ si��cle. R��pertoire bio-
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

247
La obra de Humboldt conserv�� su prestigio durante mucho
tiempo. Sin embargo, desde un punto de vista pol��tico muy pronto
fue considerada insuficiente. El ge��grafo Larenaudi��re afirm��: ��el
M��xico que vio el Sr. de Humboldt ya no existe��46. Debido a su
fecha de redacci��n, el Ensayo pol��tico aport�� poca informaci��n
sobre la independencia mexicana. Humboldt se mostraba optimista
frente a la posibilidad de que España conservara sus colonias, pues
consideraba que bastaba mostrarse en��rgico para imponer las
reformas necesarias a fin de mejorar la situaci��n de las clases
pobres y consolidar la alianza de la Corona con las ��lites
ilustradas47. A pesar de esa gran aportaci��n, todav��a años m��s
tarde, en 1825, la reseña del libro escrito por J. R. Poinsett,

bibliographique (Par��s: Biblioth��que nationale, 1987), p. 10; Marti, ��Le
Mexique et la R��volution française. Antec��dents et cons��quences (1746-
1838),�� p. 117. La primera parte del viaje de Bonpland y Humboldt fue
publicada gracias a las cartas enviadas por ellos mismos desde su partida
de La Coruña el 5 de junio de 1799, hasta su partida de Caracas hacia el
interior del continente el 6 de febrero de 1800, publicadas en algunos
peri��dicos como Le Moniteur, Le Magasin encyclop��dique, Les Annales
de Chimie, Le Journal de Physique o Les Annales du Mus��um. Jean
Tulard, ��Introduction��, Alexander von Humboldt, L'Am��rique Espagnole
en 1800 vue par un savant allemand. Humboldt. (Par��s: Calmann-L��vy,
1965), pp. 22-23. No es cuesti��n de resumir la vasta obra de Humboldt.
S��lo señalaremos que tras su retorno a Europa, la publicaci��n de los
resultados de su expedici��n se extiende entre 1805 y 1806. Adem��s de las
dos ediciones de su Essaie politique sur la Nouvelle-Espagne (Essaie
politique sur le royaume de la Nouvelle-Espagne, 2 vol. (Par��s: F.
Schoell, 1811); Essaie politique sur le royaume de la Nouvelle-Espagne,
5 vol. (Par��s: F. Schoell, 1811)., mencionaremos tambi��n Vues des
Cordill��res et monuments des peuples indig��nes de l'Am��rique, vol. 2
(Par��s: F. Schoell, 1810); Examen critique de l'histoire de la g��ographie
du nouveau continent (Par��s: Gide, 1814); Atlas g��ographique et physique
du royaume de la Nouvelle-Espagne (Par��s: F. Schoell, 1811).
46 Larenaudi��re, ��Notice sur le Royaume de Mexico, d'apr��s les derniers
ouvrages publi��s. Suivie d'un coup d'oeil historique sur les ��v��nements
qui s'y sont succ��d��s depuis 1810,�� Nouvelles Annales des Voyages 23
(1824): 52-95, 164-184., citado por Dugast, La tentation mexicaine en
France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, p. 27.
47
Penot, M��connaissance, p. 28. V��ase tambi��n Charles Minguet,
Alexandre de Humboldt. Historien et g��ographe de l'Am��rique espagnole,
1799-1804, Nouvelle. (Par��s: L'Harmattan, 1817); Aymes, ��La
connaissance du Mexique,�� p. 519.
Pablo Avil��s Flores

248
publicada en el diario Journal des Voyages, reproduc��a la queja
sobre la falta de informaci��n sobre M��xico:

"Por un lado, los puertos de la Am��rica española hab��an
permanecido hasta este d��a, cuidadosamente cerrados al resto de
las naciones; por el otro, el interior del pa��s continuaba siendo
desconocido, y sobre esas vastas regiones no pose��an otra
informaci��n que la que hab��a querido comunicar un gobierno
desafiante y celoso de su autoridad"48.

En 1827, pocos antes del establecimiento de relaciones
diplom��ticas entre Francia y M��xico, el bar��n de Damas, ministro
de Asuntos Exteriores de Carlos X, escrib��a a Alexandre Martin,
Inspector del Comercio franc��s en la Ciudad de M��xico: ��La
geograf��a interior [de M��xico] es imperfectamente conocida en
Europa��49.
En la exploraci��n de Am��rica hab��an precedido a Humboldt,
entre 1712 y 1714, Am��d��e François Fr��zier quien explor�� Chile;
entre 1735 y 1745 La Condamine y Louis Goudin realizaron un
viaje para medir el ecuador y atravesaron el continente desde
Guayaquil hasta Cayena, recorriendo por primera vez el
Amazonas; el capit��n Cook visit�� R��o de Janeiro y Tierra de Fuego
durante su segundo viaje alrededor del mundo entre 1768 y 1769;
Bougainville hizo escala en Buenos Aires, Montevideo y en la
Patagonia a lo largo de su viaje de 1766 a 1769; entre 1786 y 1788,
la malograda expedici��n del conde de La P��rouse visit�� Chile, la
Isla de Pascua y California; sigui�� Alejandro de Malaspina en 1791
y Guillermo Dupaix en 1807, quien realiz�� excavaciones

48
��Notes on Mexico.... Notes sur le Mexique, recueillis en un voyage
ex��cut�� pendant les ann��es 1821 et 1822, par un citoyen des Etats-Unis,
Philadelphie, 1825,�� pp. 315. citado en Dugast, La tentation mexicaine en
France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, p. 26.
49
Maxence de Damas, ��Lettre du Baron ... , Ministre des Affaires
��trang��res, �� Alexandre Martin, Inspecteur du commerce français �� la
ville de Mexico,�� diciembre 1, 1827., citado por Barker, The French
Experience in Mexico, p. 199, nota 42.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

249
arqueol��gicas en Palenque, dejando una gran influencia, aunque la
publicaci��n de sus trabajos fue tard��a50.
Antes de las grandes publicaciones del siglo XIX, la fuente
de referencia sobre Am��rica fue la del escoc��s William Robertson,
History of America. Otras obras intentaron ilustrar el continente
americano basadas en otros trabajos cada vez m��s viejos y
retomaban la ��leyenda negra�� de España, divulgada en Francia por
el abad Raynal entre otros. A este desconocimiento se agreg�� el
hecho que las expediciones cient��ficas y militares financiadas por
la corona española no publicaron sus resultados. Teodoro de Croix,
sobrino del virrey Francisco de Croix, hab��a sido nombrado
Comandante General de las Provincias Internas en 1772 y hab��a
recibido la misi��n de recorrerlas. El padre Morf��, secretario de la
expedici��n, escribi�� un relato de este viaje que no fue ni publicado,

50
Kirchheimer, Voyageurs Francophones, pp. 6-7. Pascal Mongne,
��Imaginaire et r��alit�� : l'imagerie du Mexique durant la premi��re moiti��
du XIXe si��cle,�� en À la red��couverte des Am��riques. Les voyageurs
europ��ens au si��cle des ind��pendances (Toulouse: Presses Universitaires
du Mirail, 2002), p. 105, nota 15; Dugast, La tentation mexicaine en
France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, p. 95. Dupaix no pudo
publicar los resultados de su trabajo debido a la invasi��n francesa en
España y al inicio de la revoluci��n de independencia mexicana. Fueron
finalmente publicados en 1823 en Londres y m��s tarde, en 1834, Lord
Kingsborough los republicar��a en el tomo IV de su Antiquities of Mexico,
Comprising Facsimiles of Ancient Mexican Paintings and Hierogphyphs,
9 vol. (Londres: Robert Havell and Colaghi, Son and Co., 1831). En
Francia, fueron publicados entre 1834 y 1836, acompañados de ensayos
por Alejandro Lenoir, Barad��re, Farcy y Saint-Priest, bajo el t��tulo de
Antiquit��s Mexicaines, Relation des trois exp��ditions du capitaine
Dupaix, ordonn��es en 1805, 1806, 1807, pour la recherche des antiquit��s
du pays, notamment celles de Mitla et de Palenque, accompagn��e de
dessins de Castañeda... suivie d'un parall��le de ces monuments avec ceux
de l'Égypte... par A. Lenoir... d'une dissertation sur l'origine de l'ancienne
population des deux Am��riques... par Warden... avec un discours
pr��liminaire par C. Farcy... et de notes explicatives par Barad��re et de
Saint-Priest (Par��s: Bureau des antiquit��s mexicaines, Didot, 1834). La
edici��n francesa es m��s completa y se debe a la colecci��n reunida en
1828 por el abad Barad��re durante su expedici��n a M��xico. La edici��n en
español tuvo que esperar hasta 1969: Guillermo Dupaix, Expediciones
acerca de los antiguos monumentos de la Nueva España, 2 vol. (Madrid:
Porrua Turanzas, 1969). Mongne, ��Imaginaire et r��alit��,�� p. 105.
Pablo Avil��s Flores

250
ni comentado por la administraci��n madrileña. En ��l se
encontraban datos que alertaban del peligro que corr��a esa zona
frente al empuje franc��s y angloamericano. La misma suerte corri��
la expedici��n de Malaspina de 1789: los proyectos de publicaci��n
coincidieron con la guerra contra Francia y el levantamiento de las
colonias, por lo que los informes fueron editados años m��s tarde en
Londres y en Par��s51.
La apertura de los puertos de las j��venes rep��blicas
americanas y el fin de los conflictos napole��nicos permitieron la
intensificaci��n de las investigaciones sobre Am��rica. Desde el
siglo XVI no se hab��a vuelto a ver un inter��s tan grande por
Am��rica y surge una verdadera ��moda�� a partir de la primera mitad
del siglo XIX. Jean-Baptiste Douville exclama en 1826: ��¡Am��rica
est�� tan lejos de nosotros! Qu�� nos importa lo que sucede all��: tal
era el pensamiento hace cuarenta años. Hoy, Am��rica no se acerca
a nosotros, y sin embargo, todo el mundo habla, se ocupa de ella, e
incluso razona sobre su estado presente y futuro��52.
En el caso de Francia, los testimonios de los oficiales de la
marina, ya sea en servicio en los puestos navales, fueron de la
mayor importancia. Diversos g��neros literarios se ocuparon de
M��xico y de Am��rica Latina: relatos de viaje, art��culos de prensa,
panfletos, ��Consideraciones��, ��Noticias��, obras historiogr��ficas,
anuarios, atlas y novelas daban a conocer im��genes precisas o no
sobre el pa��s. Algunos autores estiman que entre 10 y 15% de las
obras que se ocuparon de la Am��rica hispana fueron producto de
autores franceses53.

51 La obra de William Robertson, The History of America, 2 vol.
(Londres: W. Strahan, 1777). fue reeditada en 1780 y 1798 y traducida al
franc��s en 1778. Seg��n Houdaille, el reporte de Morfi ��habr��a cambiado
el futuro de Texas y de Luisiana��. Houdaille, Frenchmen and
Francophiles in New Spain, pp. 4-5. V��ase en general Cramaussel,
��Imagen de M��xico,�� p. 335-346; Dugast, La tentation mexicaine en
France au XIX si��cle. t. I. Les mythiques attraits, 78, 87-95.
52
Douville, Fin de la monarchie en Am��rique, citado en Dugast, La
tentation mexicaine en France au XIX si��cle. t. I. Les mythiques attraits,
p. 26. Cf. Mongne, ��Imaginaire et r��alit��,�� p. 103; Cramaussel, ��Imagen
de M��xico,�� p. 340.
53
Kirchheimer, Voyageurs Francophones, pp. 7-11. V��ase tambi��n
Jacques Penot, Les Relations entre la France & le Mexique de 1808 ��
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

251
En todo caso, gracias a estos trabajos, la representaci��n del
pa��s fue cada vez m��s exacta. Una de las consecuencias fue el
desplazamiento de la atenci��n de los exploradores hacia las zonas
menos conocidas, como el noroeste. Sin embargo, el elemento
ex��tico sigui�� formando parte importante de su descripci��n. Buena
parte de la literatura mantuvo el halo de misterio y de ��primer
descubrimiento��. El esp��ritu rom��ntico de la ��poca se interes�� por
las ��costumbres extrañas��, las ��figuras ex��ticas��, los ��espect��culos
extraordinarios��54.
Dan testimonio de ello creaciones como la ��pera de Gaspare
Spontini, Fernand Cortez ou la conqu��te du Mexique, estrenada en
1809, en la que un heroico Cort��s sella una alianza con
Moctezuma. Este tipo de obras tambi��n fueron utilizadas con fines
de propaganda pol��tica, en este caso por Napole��n, para lograr la
aprobaci��n de la opini��n p��blica de su guerra contra España. Si la
narrativa conserv�� este rasgo de curiosidad, en cambio el punto de
vista desde el cual los europeos se interesaron por el continente se
transform��. A lo largo del siglo XIX se pas�� del relato de viaje a
los estudios de historia natural, biolog��a, mineralog��a y despu��s, las
ciencias naturales, cedieron su lugar a los estudios sociales,
pol��ticos y econ��micos55.

1840. Un chapitre d'histoire ��crit par les marins et diplomates français, 2
vol. (Par��s, 1976). Aunque las referencias a M��xico en la literatura
cient��fica, de viaje y rom��ntica son m��s bien raras, el n��mero va
creciendo a lo largo del siglo. Dugast, La tentation mexicaine en France
au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, p. 110.
54
Aymes, ��La connaissance du Mexique,�� pp. 519, 524; Dugast, La
tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits,
p. 27.
55
Gaspare Spontini, Étienne de Jouy (livret), et Joseph-Alphonse
Esm��nard (livret), Fernand Cortez ou La Conqu��te du Mexique. Trag��die
lyrique en 3 actes, Nouvelle. (Par��s: Chez Mlles. Erard, 1817). La ��pera
ya hab��a sido estrenada el 28 de noviembre de 1809 y fue reeditada para
su representaci��n el 28 de mayo de 1817. Tuvo un gran ��xito, pero fue
retirada de cartelera r��pidamente. Mongne, ��Imaginaire et r��alit��,�� p. 101.
Sobre la idea del ��redescubrimiento�� de Am��rica a ra��z de los
movimientos revolucionarios v��ase: el ensayo introductorio de Michel
Bertrand et Laurent Vidal, ��Introduction. Les Voyageurs europ��ens et la
red��couverte des Am��riques au si��cle des ind��pendances (fin XVIIIe-fin
XIXe si��cle),�� en À la red��couverte des Am��riques. Les voyageurs
Pablo Avil��s Flores

252
Un sin fin de viajeros dieron cuenta de sus recorridos por el
continente. En 1812, Antoine-Zacharie Helms public�� su Voyage
en l��Am��rique M��ridionale, traducci��n de su obra original en
ingl��s de 1806, y Z��bulon Pike la traducci��n de sus Exploratory
Travels56. En 1818 Drouin de Bercy public�� L��Europe et
l��Am��rique compar��es57, que recibir��a una segunda edici��n en
1821 y en la que tras realizar una comparaci��n exhaustiva entre
ambos continentes declar�� la superioridad del Nuevo Mundo.

europ��ens au si��cle des ind��pendances (Toulouse: Presses Universitaires
du Mirail, 2002), pp. 8-ss; Dugast, La tentation mexicaine en France au
XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, pp. 73, 149-ss.
56
Anton Zacharias Helms, Travels from Buenos Ayres, by Potosi, to
Lima. With an appendix, containing correct descriptions of the Spanish
possessions in South America drawn from the last and best authorities
(Londres: R. Phillips, 1806); Voyage en l'Am��rique m��ridionale
commençant par Buenos-Ayres et Potosi jusqu'�� Lima, trad. B. Bar��re de
Viezac (Par��s: Galignani, 1812); Zebulon Montgomery Pike, Exploratory
travels through the western territories of North America, comprising a
voyage from St. Louis on the Mississippi to the source of that river and a
journey through the interior of Louisiana and the north-eastern provinces
of New Spain, performed in the years 1805, 1806, 1807 (Londres:
Longman, Hurst, Rees, Orme and Brown, 1811); Voyage au Nouveau-
Mexique �� la suite d'une exp��dition ordonn��e par le gouvernement des
Etats-Unis, pour reconnoître les sources des rivi��res Arkansas, Kansas,
La Plate et Pierre-Jaune, en l'int��rieur de la Louisiane occidentale.
Pr��c��d�� d'une excursion aux sources du Mississippi, pendant les ann��es
1805, 1806 et 1807, trad. Jean Baptiste Joseph Breton de La Martini��re, 2
vol. (Par��s: D'Hautel, 1812). Citados por Penot, M��connaissance, p. 28;
Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, p. 87. A. Helms consideraba que la Nueva España
estaba mal defendida y que sus minas eran su mayor riqueza. Por su parte,
Z. Pike, oficial estadounidense que hab��a sido encargado de realizar un
viaje de reconocimiento de las fronteras con el imperio español hab��a sido
detenido y conducido a trav��s de regiones todav��a mal conocidas por las
autoridades del virreinato. En su prefacio a la obra de Pike, Breton sugiri��
que Humboldt anim�� a Pike recorrer esa zona.
57
Drouin de Bercy, ed., L'Europe et l'Amperique compar��es, 2 vol.
(Par��s: Chez Rosa, 1818); L'Europe et l'Amperique compar��es, 2 vol., 2
ed. (Par��s: Chez Rosa, 1821). De Bercy era proprietario en Hait�� y oficial
en la expedici��n de Santo Domingo bajo las ��rdenes del general
Emmanuel Leclerc. Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ
si��cle. t. I. Les mythiques attraits, p. 103.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

253
A partir de 1821, inici�� una ����poca de oro�� de los viajeros
cient��ficos franceses en M��xico y a partir de los años cuarenta la
mayor��a de las publicaciones dejaron de ser exclusivamente
arqueol��gicas para extenderse a los relatos de viaje, en las que todo
tipo de observaciones (pol��ticas, econ��micas, etc.) eran incluidas
con el fin de remediar la falta de informaci��n. Este inter��s permiti��
a la Soci��t�� de G��ographie de Par��s organizar en 1825 un concurso
sobre la mejor descripci��n de Palenque. En el museo del Louvre se
estableci�� un fondo americano en 1827, base de lo que ser�� en
1851 el fondo del Museo Etnogr��fico y del Museo Americano
(1851)58.
En 1824 y poco m��s tarde en Francia, aparecieron en
Inglaterra las memorias del joyero y anticuario William Bullock,
propietario del London Museum, sobre su estancia de seis meses en
M��xico durante 182359. Poco m��s tarde, en 1824, apareci�� el
art��culo ��Notice sur le Royaume de Mexico��, de Larenaudi��re, en
el peri��dico Nouvelles annales de Voyages. Dugast subraya que las
fuentes usadas por este autor son una muestra de la difusi��n y uso
en Europa de autores y obras como Hern��n Cort��s y sus Cartas de
Relaci��n, Jos�� de Acosta, Antonio de Herrera y Antonio de Sol��s;

58
Ib��d., p. 102. V��ase: Jean-Marc Drouin, ed., ��De Linn�� �� Darwin: les
voyageurs naturalistes,�� en Él��ments d'histoire des sciences (Par��s:
Bordas, 1989), 321-335; Cramaussel, ��Imagen de M��xico,�� p. 345;
Mongne, ��Imaginaire et r��alit��,�� p. 105.
59
Six Months' Residence in Mexico: containing remarks on the present
state of New Spain, its natural production, state of society, manufactures,
trade, agriculture, and antiquities, &c (Londres: John Murray, 1824); Le
Mexique en 1823 ou relation d'un voyage dans la Nouvelle-Espagne:
contenant des notions exactes et peu connues sur la situation physique
morale et politique de ce pays: accompagn�� d'un atlas de vingt planches
(Par��s: Alexis-Eymery, 1824). Bullock parti�� de Portsmouth el 11 de
diciembre de 1822 y lleg�� a Veracruz el 24 de febrero de 1823. Lleg�� a la
Ciudad de M��xico el 19 de marzo de 1823, al d��a siguiente de la
abdicaci��n de Iturbide como Emperador. Ah�� conoci�� a Lucas Alam��n,
gracias al cual pudo adquirir las concesiones de varias minas
abandonadas. Parti�� rumbo a Veracruz el 19 de julio de 1823, donde se
embarc�� el 31 de agosto siguiente. Lleg�� a Portsmouth el 8 de noviembre
del mismo año. Con los resultados de su viaje organiz�� en Londres una
exposici��n llamada Mexican Exhibition. Mongne, ��Imaginaire et r��alit��,��
p. 103, nota 10; Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle.
t. I. Les mythiques attraits, pp. 90-92.
Pablo Avil��s Flores

254
de testimonios de algunos viajeros como Thomas Gage, Gemelli
Careri, Jean Chappe d��Hauteroche y Thiery de Menonville, y
Federico Sonneschmidt; historiadores españoles y mexicanos
contempor��neos como Jos�� Antonio Villaseñor y S��nchez, F.A.
Lorenzana y Buitr��n o Francisco Javier Clavijero; y finalmente,
mapas, dibujos y grabados como los que acompañaban las obras de
Gage y de Careri60.
Por su parte, V��ctor Schœlcher inici�� una serie de seis
publicaciones sobre M��xico en el peri��dico franc��s Revue de
Par��s, bajo el t��tulo de ��Lettres sur le Mexique��. Tras haber

60
Larenaudi��re, ��Notice sur le Royaume de Mexico.�� Entre sus fuentes
se encuentran, Thomas Gage, A New Survey of the West India's,
containing a journal of three thousand and three hundred miles within the
main land of America, with a grammar of the Indian tongue called
Poconchi or Pocoman, 2 ed. (Londres: J. Sweeting, 1655); Nouvelle
Relation contenant les voyages de Thomas Gage dans la Nouvelle-
Espagne, ses diverses aventures, et son retour par la province de
Nicaragua, 2 vol. (Amsterdam: Paul Marret, 1699).; la obra de
Francesco Gemelli y su traducci��n al franc��s, Giro del mondo, 6 vol.
(Naples: G. Roselli, 1699); Voyage du tour du monde, trad. L.M.N., 6 vol.
(Par��s: E. Ganeau, 1719). Jean Chappe d'Hauteroche, Voyage en
Californie pour l'observation du passage de Venus sur le disque du soleil
le 3 juin 1769 (Par��s: C.A. Jombert, 1772). Un estudio sobre el viaje de
d'Hauteroche, se encuentra en Francisco de las Barras y Arag��n, ��Viaje
del astr��nomo franc��s, abate Chappe,�� Anuario de Estudios Americanos I
(1949): 741-781. Thiery de Menonville, quien hab��a viajado a Oaxaca
para estudiar el cultivo del nopal, y que dej�� un manuscrito titulado
Voyage ��conomique �� Guaxaca, capitale de la province du m��me nom au
royaume de Mexique, en 1777 y m��s tarde publicar��a un Trait�� de la
culture du nopal et de l'��ducation de la cochenille en les colonies
françaises de l'Am��rique, pr��c��d�� d'un voyage �� Guaxaca (Cap-Français:
Vve. Herbault, 1786); Federico Sonneschmidt, Tratado de la
amalgamaci��n de Nueva España (M��xico: Impr. de D. Mariano de Z��ñiga
y Ontiveros, 1805); Francisco Antonio de Lorenzana y Butr��n, Historia
de la Nueva España, escrita por su esclarecido conquistador Hern��n
Cort��s (M��xico: Joseph Antonio de Hogal, 1770); Francisco Javier
Clavijero, Storia antica del Messico, cavata da' migliori storici spagnuoli
e da' manoscritti, e dalle pitture antiche degli indiani, divisa in dieci libri e
dissertazioni sulla terra, sugli animali e sugli abitatori del Messico, 4 vol.
(Cesena: G; Biasini, 1780). Ve��nse: Dugast, La tentation mexicaine en
France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, pp. 75-77; Houdaille,
Frenchmen and Francophiles in New Spain, p. 12.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

255
recorrido Cuba y los Estados Unidos, Schœlcher describi�� varios
aspectos de la sociedad mexicana, sobre la guerra de
Independencia y sobre el papel de Hidalgo, Allende y Guerrero.
Las descripciones por medio de planchas y grabados tienen dos
grandes ejemplos en las publicaciones de 1828 de Claudio Linati,
ex alumno del pintor franc��s Louis David, y en 1834 con la
publicaci��n de los reportes de Guillermo Dupaix acompañados de
l��minas del pintor Jos�� Luciano Castañeda, obra de la que ya
hemos hablado61.
Se sucede una avalancha de publicaciones62: Giacomo
Constantino Beltrami, public�� en 1830 Le Mexique; en 1833
aparecieron las Lettres sur le Mexique, del c��nsul mexicano en
Burdeos J. R. Pacheco; Carl Nebel public�� en 1836 Voyage
pittoresque et arch��ologique en la partie la plus int��ressante du
Mexique; y la discreta obra de Jean-Fr��d��ric Waldeck, Voyage
pittoresque et arch��ologique en la province d��Yucatan de 1838; Le
Mexique de Isidore Löwenstern y Mexique et Guatemala de
Larenaudi��re en 1843; en 1844 Viaje a M��jico de Mathieu de
Fossey, que fue traducida al franc��s como Le Mexique en 1857 y
fue reeditada en 1862; la de Eug��ne Duflot de Mofras, Exploration
... des Californies en 1844; el viaje de Philippe Rond�� publicado
bajo el t��tulo de Mexique, entre 1849 y 1859; la de Hippolyte du
Pasquier de Dommartin, Les États-Unis et le Mexique en 1852.

61
Antiquit��s mexicaines (Par��s: Bureau des antiquit��s mexicaines, 1834).
En lo que respecta a Schœlcher, este ingeniero lleg�� a M��xico a los 25
años de edad, en septiembre de 1829, y parti�� en 1830. Visit�� Ciudad
Allende, Dolores Hidalgo, Guanajuato y la mina de la Valenciana, as��
como la Ciudad de M��xico. Claudio Linati, Costumes civils, militaires et
religieux du Mexique dessin��s d'par��s nature (Bruxelles: Lithographie
royale de Jobard, 1828). Liberal convencido, se instal�� en M��xico y
obtuvo la ciudadan��a gracias al taller de litograf��a que inaugur�� en la
capital. En 1828 se exili�� en B��lgica, su pa��s de origen, debido a sus ideas
pol��ticas. Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I.
Les mythiques attraits, pp. 93-94.
62 Remitimos al lector a los res��menes de las obras de los viajeros que se
citar��n a continuaci��n publicados en Dugast, La tentation mexicaine en
France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, pp. 92-120; Numa
Broc, Jean-Georges Kirchheimer, et Pascal Riviale, Dictionnaire Illustr��
des explorateurs et grands voyageurs français du XIXe si��cle. III.
Am��rique (Par��s: Editions du CTHS, 1999); Mongne, ��Imaginaire et
r��alit��,�� pp. 108-ss.
Pablo Avil��s Flores

256
Entre septiembre y octubre de 1853, Jean-Jacques Amp��re, hijo del
c��lebre f��sico Andr��-Marie Amp��re, public�� tres art��culos sobre su
viaje por M��xico en 1852: ��Sur le Mexique��, del 15 de septiembre,
��Vera-Cruz et Mexico��, del 1�� de octubre y ��De Mexico �� Par��s��
del 15 de octubre. Estos art��culos fueron reunidos en una sola obra
que fue publicada bajo el t��tulo de Promenade en Am��rique, États-
Unis, Cuba, Mexique63.

63
Giacomo Costantino Beltrami, Le Mexique, 2 vol. (Par��s: Chez
Delaunay, 1830). El 28 de mayo de 1824 Bletrami lleg�� a Tampico
proveniente de Nueva Orle��ns. De ah��, se dirigi�� a San Luis Potos��,
Aguascalientes, Guadalajara, Le��n, Guanajuato, Celaya, Quer��taro y
lleg�� a la Ciudad de M��xico en 1825, donde permaneci�� cuatro meses.
Luego parti�� rumbo a Puebla, Jalapa y finalmente se embarc�� en
Alvarado rumbo a Nueva York el 25 de mayo de 1825. Jos�� Ram��n
Pacheco, Lettres sur le Mexique (Burdeos: Imp. de Charles Lawalle
Neveu, 1833). Karl Nebel, Voyage pittoresque en la partie la plus
int��ressante du Mexique, 2 vol. (Par��s: Moench et Gau, 1836). Arquitecto
austriaco, su obra puso especial inter��s en las ilustraciones: cincuenta en
dos vol��menes. Jean-Fr��d��ric Maximilien de Waldeck, Voyage
Pittoresque et Arch��ologique en la Province d'Yucat��n (Am��rique
Centrale) pendant les ann��es 1834 et 1836 (Par��s: Bellizard, Dufour et
Cie., Éditeurs, 1838). Nacido en Praga el 16 de marzo de 1766, Waldeck,
ex alumno del pintor David, fue contratado como ingeniero en la
Compañ��a inglesa de minas de Tlalpujahua, M��xico. Gracias a este
puesto, pudo recorrer Chiapas y Yucat��n en misi��n arqueol��gica, regi��n
que Humboldt no recorri��. Isidore Löwenstern, Le Mexique. Souvenirs
d'un voyageur (Par��s: A. Bertrand, 1843). Fil��logo austriaco, tras un viaje
por los Estados Unidos, Cuba y M��xico, public�� tambi��n Les États-Unis
et la Havane. Souvenirs d'un voyageur (Par��s: A. Bertrand, 1843). y otras
obras de filolog��a oriental. Lleg�� a Veracruz el 8 de febrero de 1838, un
mes antes que la flota francesa. Visit�� Jalapa, Puebla, Cholula y la Ciudad
de M��xico, de donde parte en excursi��n rumbo a las minas de Real del
Monte y a las ruinas de San Juan Teotihuac��n. De regreso en la Ciudad de
M��xico, parti�� rumbo a Guanajuato, Guadalajara, Tepic y Mazatl��n,
desde donde se embarc�� en octubre de 1838. Philippe-François de
Larenaudi��re, Mexique et Guatemala (Par��s: Firmin Didot fr��res, 1843).
Mathieu de Fossey, Le Mexique (Par��s: H. Plon, 1857); Le Mexique, 2 ed.
(Par��s: H. Plon, 1862). apareci�� primero en español: Viage a M��jico
(Mexico: Impr. de I. Cumplido, 1844). De Fossey particip�� en el intento
de colonizaci��n de Coatzacoalcos de 1831. Parti�� de Le Havre el 27 de
noviembre de 1830 y lleg�� a Coatzacoalcos el 13 de febrero de 1831 tras
79 d��as de navegaci��n. En 1837 se instal�� en Oaxaca. Volvi�� a Francia en
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

257

marzo de 1841 pero regreso a M��xico en 1843, donde residi�� durante los
siguientes diez años. Su publicaci��n fue uno de los estudios mejor
documentados de la ��poca sobre las costumbres y los problemas
econ��micos y pol��ticos de la sociedad mexicana. M��s recientemente
apareci�� en M��xico una nueva edici��n de su obra con un pr��logo de Jos��
Ort��z Monasterio: Viaje a M��xico (M��xico: Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes, 1994). Para profundizar sobre la llegada al pa��s y la
actividad educativa que desarroll�� de Fossey en M��xico, pueden verse
Manuel Ferrer Muñoz, ��Mathieu de Fossey: su visi��n del mundo ind��gena
mexicano,�� en La Imagen del M��xico decimon��nico de los visitantes
extranjeros: ¿un Estado-Naci��n o un mosaico plurinacional?, Serie
Doctrina Jur��dica 56 (M��xico: Universidad Nacional Aut��noma de
M��xico, 2002), 376; Fernanda N��ñez, ��Entre el infierno y el para��so. Dos
franceses perdidos en el Guazacoalcos de los años treinta del siglo XIX,��
en Viajeros y migrantes franceses en la Am��rica española y portuguesa
durante el siglo XIX, ed. Chantal Cramaussel y Delia Gonz��lez (M��xico:
El Colegio de Michoac��n, 2007); Mar��a de los Ángeles Rodr��guez, ��Un
educador franc��s por Colima, M��xico: Mathieu de Fossey (1805-1872),��
Memoria, conocimiento y utop��a. Anuario de la Sociedad Mexicana de
Historia de la Educaci��n, n��. 1 (enero -mayo 2005 2004). Eug��ne Duflot
de Mofras, Exploration du territoire de l'Or��gon, des Californies et de la
mer Vermeille ex��cut��e pendant les ann��es 1840, 1841 et 1842, 2 vol.
(Par��s: A. Bertrand, 1844). Duflot fue agregado diplom��tico de Francia
en la Ciudad de M��xico. A finales de 1839 recibi�� la comisi��n de
explorar el oeste mexicano y escribir un reporte sobre las ventajas para el
comercio y la navegaci��n francesas en esa zona. A su regreso, el rey Luis
Felipe I orden�� su publicaci��n. Junto a la obra de Humboldt, fue la
referencia m��s consultada por los diplom��ticos franceses en misi��n en
M��xico. En 1862 public�� Exp��ditions des Espagnols et des Am��ricains au
Mexique en 1829 et en 1847 (Par��s: Impr. de Panckoucke, 1862). breve
ensayo sobre las exploraciones españolas y estadounidenses en M��xico.
Philippe Rond��, Mexique, 3 vol. (s.l.: s.e., 1849). En 1861 fue reimpreso
en la revista Le Tour du Monde como ��Voyage en l��État de Chihuahua
(Mexique), Le Tour du Monde. Nouveau Journal des Voyages, Par��s,
Hachette, 2�� semestre 1861, pp. 129-144 y 145-160. Jean-Jacques
Amp��re, Promenade en Am��rique. Etats-Unis, Cuba, Mexique, 2 vol.
(Par��s: Michel L��vy fr��res, 1855). Amp��re fue uno de los primeros
viajeros en utilizar un barco de vapor para cruzar el Atl��ntico: s��lo le
tom�� un mes para llegar de Southampton a Veracruz, donde lleg�� el 24 de
enero de 1852. El 1�� de marzo lleg�� a la Ciudad de M��xico; visit��
Chapultepec, Villa de Guadalupe, Real del Monte, la hacienda de Regla,
Puebla y Orizaba. Zarp�� de Veracruz el 8 de abril de 1852 y lleg�� a
Pablo Avil��s Flores

258
Siguieron las memorias de viaje de Arthur Morelet, Voyage
en l��Am��rique Centrale de 1857; de Cyprien Colombier, Voyage
au Golfe de Californie en 1864; y de Charles Étienne Brasseur de
Bourbourg, Quatre lettres sur le Mexique de 1868. Finalmente, los
conflictos entre ambos pa��ses tambi��n fueron la ocasi��n para
publicar otras obras: el bar��n de Beaumont public�� dos vol��menes
sobre la deuda exigida al gobierno mexicano: R��sum�� et solution
de la question mexicaine y una Lettre �� M. le Comte Mol�� sur la
question mexicaine; en 1839 vio la luz San Juan de Ul��a ou
R��lation de l��exp��dition française au Mexique de Pharamond
Blanchard y Adrien Dauzats64.

Southampton el 8 de mayo, a Par��s el 10, dos d��as antes de iniciar sus
cursos en el Colegio de Francia. Su obra fue reeditada en 1856 y en 1860.
64
Arthur Morelet, Voyage en l'Am��rique centrale, l'île de Cuba et le
Yucatan, 2 vol. (Par��s: Gide et J. Baudry, 1857). Enviado por la
Academia de Ciencias francesa, este botanista zarp�� del puerto de Le
Havre en noviembre de 1846, e hizo una escala en La Habana, donde
lleg�� el 24 de diciembre. A finales de 1847 desembarc�� en Sisal, un
poblado de Yucat��n, y se dirigi�� hacia M��rida, en plena Guerra de Castas.
De ah��, pas�� a la Isla del Carmen y remont�� el Usumacinta hasta Tabasco.
Luego se dirigi�� a Pet��n y Guatemala, donde pas�� al Pac��fico y regres��
por tierra hacia el Golfo de M��xico. Regres�� a Francia el 22 de febrero de
1848. Sobre los franceses interesados en explorar el norte de M��xico,
v��ase: Kay Wyllys Rufus, Los franceses en Sonora (1850-1854). Historia
de los aventureros franceses que pasaron de California a M��xico, trad.
Alberto Cubillas (M��xico: Porr��a, 1971). Una amplia bibliograf��a en
Delia Gonz��lez A. de Reufels, ��La "D��couverte" du Sonora par les
Français (Mexique, 1848-1854),�� en À la red��couverte des Am��riques.
Les voyageurs europ��ens au si��cle des ind��pendances (Toulouse: Presses
Universitaires du Mirail, 2002), 125-137. En Dugast, La tentation
mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, pp. 139-
143., se encuentra un resumen de la expedici��n de conquista de Sonora
de Raousset Boulbon. Joseph-Gabriel-Marie de Beaumont, R��sum�� et
solution de la question mexicaine, pour servir �� la discussion sur les
cr��dits suppl��mentaires (Par��s: Bohaire, 1839); Lettre �� M. le comte Mol��
sur la question mexicaine (Par��s: Bohaire, 1839). Pharamond Blanchard
et Adrien Dauzats, San Juan de Ul��a ou Relation de l'exp��dition française
au Mexique sous les ordres de M. le contre-amiral Baudin par.... Suivi de
"Notes et documents" et d'un "Aperçu g��n��ral" sur l'��tat actuel du Texas,
par M.E. Mayossin, Lieutenant de vaisseau, Aide-de-camp de l'Amiral
Baudin (Par��s: Gide, 1839). Blanchard es el autor principal del libro,
mientras que Dauzats, quien no visit�� el pa��s, redact�� algunas partes y
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

259
El inter��s econ��mico de Francia en M��xico

- La posici��n de M��xico en el sistema econ��mico colonial
Los viajeros franceses describieron la sociedad mexicana en
t��rminos evolucionistas, mezclando curiosidad por lo pintoresco
con un inter��s econ��mico. El atraso tecnol��gico y la pobreza de la
poblaci��n demostraban que Am��rica se encontraba en una etapa de
desarrollo por la que Francia ya hab��a pasado. La causa del atraso
del pa��s se encontraba en los trescientos años de dominaci��n
española. No es sorprendente que la mayor��a de los viajeros
europeos que escribieron sobre M��xico le presta poca atenci��n a la
industria local, pues debido al modelo econ��mico se encontraba
poco desarrollada. En cambio, los temas recurrentes, que adem��s
formaban parte del imaginario pintoresco sobre el Nuevo Mundo,
eran las riquezas naturales y las civilizaciones prehisp��nicas65.
Sin embargo, los comerciantes que conoc��an el pa��s no
hablaban tanto de su pobreza, sino de los vac��os que pod��an llenar
con sus productos. Si durante el dominio español la leyenda negra
ocup�� un lugar importante en las descripciones, la imagen del pa��s
m��s tarde evolucion�� al de una tierra de gran belleza, de una
prodigalidad inagotable y de una fabulosa riqueza minera en una
situaci��n geogr��fica privilegiada66.

ayud�� a la ejecuci��n de los grabados. Blanchard lleg�� a Veracruz junto
con la armada francesa como int��rprete del comandante Leray para
negociar con las autoridades mexicanas. Adem��s, se incluyen unas
��Notes�� y un ��Aperçu g��n��ral�� E. Mayossin, teniente del almirante
Baudin, comandante de la fuerza naval francesa.
65
Évelyne S��nchez Guillermo, ��L'industrie mexicaine vue par les
voyageurs europ��ens du XIXᵉ si��cle,�� en À la red��couverte des
Am��riques. Les voyageurs europ��ens au si��cle des ind��pendances
(Toulouse: Presses Universitaires du Mirail, 2002), 207-222; Cramaussel,
��Imagen de M��xico,�� p. 346; Aymes, ��La connaissance du Mexique,�� p.
535; Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, p. 28.
66
Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, p. 211. No debe olvidarse que a lo largo del siglo XIX,
el criterio monetario perdi�� poco a poco importancia frente a otros, como
la situaci��n geogr��fica. As��, si Per�� produce mayores cantidades de
metales preciosos, la pol��tica exterior francesa y del resto de las potencias
Pablo Avil��s Flores

260
Las insistentes descripciones sobre la belleza y la
generosidad de la tierra mexicana en los relatos de viaje
frecuentemente derivaban en especulaciones en torno a la
capacidad de producci��n agr��cola y minera del pa��s. Jean-Ren��
Aymes subraya el hecho que las descripciones de los viajeros
franceses sobre la belleza del pa��s eran relacionadas con ��funciones
racionales��: campos cultivados, edificios bien construidos,
avenidas rectas y amplias, referidas sobre todo a ciudades, como la
de M��xico o Puebla, juzgadas bellas pues ��el franc��s se reconoce
en ellas��. Es indudable que estos relatos influyeron en las
decisiones y en los proyectos de negociantes y empresarios67.
Las cr��ticas contra el sistema econ��mico español no eran
nuevas. Si bien en Francia estuvieron enmarcadas por una
discusi��n m��s general acerca del esclavismo, las colonia españolas
eran estudiadas desde un punto de vista administrativo; es decir, se
buscaba encontrar la manera de aumentar su aportaci��n a la
metr��poli y, por supuesto, sobre la necesidad de reformar o
cambiar ��sta ��ltima. De esta manera, si muchos de los autores
deseaban o auguraban su independencia, lo hac��an a partir de un
punto de vista econ��mico en el que Francia ocupaba la posici��n
preponderante. As��, los autores de la Enciclopedia que escribieron
sobre las colonias europeas recomendaban la independencia
��nicamente de las españolas bajo el argumento de la riqueza mal
administrada68.

se fijar�� m��s en pa��ses como M��xico debido a su geograf��a que permite
comerciar entre Europa y Asia. Sin embargo, todav��a pueden encontrarse
discursos extra��dos de la f��bula en una fecha tan lejana como 1808, como
en un reporte an��nimo dirigido a Napole��n que describ��a la Casa de
Moneda de la Ciudad de M��xico como ��un palacio cubierto de planchas
formadas de lingotes de plata�� CARAN AF IV 1610, plaq. 1, VII, f' 205,
citado por Aymes, ��La connaissance du Mexique,�� pp. 523-536. Sin
embargo, puede notarse un cambio en los relatos que van haciendo de
M��xico un lugar de comerciantes y menos de aventureros.
67
Javier P��rez Siller, ��Historiograf��a general sobre M��xico Francia: 1920-
1997,�� en M��xico-Francia. Memoria de una sensibilidad com��n. Siglos
XIX-XX (Puebla: Benem��rita Universidad Aut��noma de Puebla, El
Colegio de San Luis, A.C., CEMCA, 1998), p. 40; Aymes, ��La
connaissance du Mexique,�� pp. 521-535; Dugast, La tentation mexicaine
en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, p. 162.
68 Benot, Les Lumi��res, l'esclavage, la colonisation, pp. 170-171.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

261
En la entrada sobre el impuesto llamado ��Vent��simo��
(Vingti��me), la Enciclopedia afirma que el comercio entre la
metr��poli y las colonias debe producir la riqueza necesaria como
para desarrollar la colonia y abastecer la metr��poli69. Las colonias
españolas son mencionadas como ejemplo de una mala relaci��n
entre ��stas y la metr��poli:

"V��ase lo que ellas han producido en España. Ninguna
potencia posee colonias tan ricas, y ninguna es tan pobre. Todo
ello conduce a una reflexi��n, y es que toda naci��n que pueda tener
un abundante excedente de materiales de primera necesidad, debe
comerciar y procurarse las mercanc��as extranjeras que le hacen
falta mediante el intercambio de aqu��llas que excedan sus
necesidades. S��lo debe permitirse la entrada al pa��s de dichas
mercanc��as a condici��n de exportarlas por un valor semejante a
aquellas que ��l produce"70.

En la entrada sobre España, Jaucourt sostiene un punto de
vista id��ntico:

"Las sedas de Valencia, las hermosas lanas de Andaluc��a y
de Castilla, las piastras y las mercanc��as del Nuevo Mundo hacen
menos por España que por las naciones comerciantes ... Los otros
pueblos realizan el comercio de su monarca bajo sus narices; y
parece ser afortunado para Europa que M��xico, Per�� y Chile sean
pose��dos por una naci��n perezosa. Ser��a, sin duda, un

69 Ib��d., p. 169.
70
La traducci��n es m��a: ��Voyez ce qu'elles ont produit en Espagne.
Aucune puissance ne poss��de des colonies si riches, aucune n'est si
pauvre. Tout ceci conduit �� une r��flexion, c'est que toute nation qui peut
avoir un abondant superflu des mati��res de premi��re n��cessit��, ne doit
faire le commerce et se procurer les marchandises ��trang��res qui lui
manquent que par l'��change de celles qui exc��dent ses besoins. Il ne faut
permettre l'entr��e de ces marchandises en le pays qu'�� condition d'en
exporter pour une valeur semblable de celles qu'il produit.�� Boulanger,
��Vingti��me,�� en Encyclop��die ou Dictionnaire raisonn�� des Sciences, des
arts et des m��tiers, vol. 17 (Par��s: Chez Samuel Faulche & Compagnie,
1765), p. 872.
Pablo Avil��s Flores

262
acontecimiento extraordinario si Am��rica se sacudiera el yugo
español, y si gracias a un h��bil virrey de las Indias, abrazando el
partido de los americanos, los apoyara con su poder y su
ingenio"71.
Para los monarquistas la riqueza de las colonias era un
argumento contra el reconocimiento de la independencia: algunos
autores consideraban que una vez reconocidas como naciones
libres, el peligro de ser sometidas gracias a los inmensos recursos
naturales con los que contaban, pondr��a en riesgo la posici��n
predominante de las naciones europeas frente a una hegemon��a
estadounidense en Am��rica. Las decisiones econ��micas estaban
centralizadas en la metr��poli, excluyendo a los extranjeros de toda
la producci��n y del consumo de la Nueva España. La intervenci��n
europea estaba justificada en aras de un supuesto progreso material
de los mercados americanos a trav��s de un elevado consumo de
productos manufacturados en Europa y revendidos con plusval��a en
Am��rica. Por ello, a pesar de ser reconocidas como pa��ses
independientes, desde un punto de vista econ��mico las ex colonias
no dejaron de ser consideradas como tales por el resto de las
potencias europeas. De ah�� que la infinidad de descripciones
insistan frecuentemente sobre la capacidad productiva agr��cola o
minera y en las posibilidades de ��xito de los ciudadanos
europeos72.

71
��Les soies de Valence, les belles laines de l'Andalousie & de la Castille,
les piastres & les marchandises du Nouveau-Monde, font moins pour
l'Espagne que pour les nations commerçants�� Les autres peuples font
sous leurs yeux le commerce de leur monarchie ; & c'est
vraisemblablement un bonheur pour l'Europe que le Mexique, le P��rou, &
le Chili, soient poss��d��s par une nation paresseuse. Ce serait sans doute
un ��v��nement bien singulier, si l'Am��rique venait �� secouer le joug de
l'Espagne, & si pour lors un habile vice-roi des Indes, embrassant le parti
des Am��ricains, les soutenait de sa puissance & de son g��nie.�� M. le
Chevalier de Jaucourt, ��Espagne,�� en Encyclop��die ou Dictionnaire
raisonn�� des Sciences, des arts et des m��tiers, vol. 5 (Par��s: Chez Samuel
Faulche & Compagnie, 1755), p. 957.
72 El temor de verse privados de este mercado tampoco era nuevo. En
1786 los comerciantes de Nimes dirigen una protesta al rey de España tras
la prohibici��n impuesta a la importaci��n de productos extranjeros en
Am��rica. Los comerciantes afirmaban que las mercanc��as que se enviaban
a Am��rica no pod��an ser vendidas en otro lado y por lo tanto, las p��rdidas
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

263
Para los autores liberales la riqueza de las colonias españolas
hac��a prever una situaci��n de riqueza en el futuro, siempre y
cuando se descartara al ��ingl��s contrabandista�� como al ��español
incompetente��. El modelo por el cual las colonias españolas deb��an
ser aprovisionadas ��nicamente por medio de la metr��poli, para
asegurar la riqueza del imperio, deber��a ser remplazado. Algunos
signos de apertura hab��an tenido lugar, aunque de manera
restringida, como la especializaci��n de la producci��n de las
colonias en algunos art��culos dependiendo de la riqueza de cada
territorio. Las reformas emprendidas por la corona española a partir
de 1775, buscaron hacer frente a la pol��tica comercial inglesa y
modernizar el reino, pero tuvieron efectos limitados. Esta
combinaci��n de mercantilismo y fisiocracia de la pol��tica
econ��mica española no vari�� sustancialmente la situaci��n de
dependencia, adem��s que gran parte del abastecimiento se hac��a,
en consecuencia, a trav��s del contrabando73.

los arruinar��an. Blue, George Verne. ��French Protest against Restrictions
on Trade with Spanish America.�� Hispanic American Historical Review
13, n��. 3 (Agosto 1933): 336-352, citado por Houdaille, Frenchmen and
Francophiles in New Spain, p. 12. Sobre el r��gimen econ��mico colonial,
v��ase: Torre Villar, La Independencia de M��xico, pp. 15 y en general el
cap��tulo introductorio; S��nchez Guillermo, ��L'industrie mexicaine,�� pp.
214-216; Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I.
Les mythiques attraits, pp. 88, 166.
73
En lo que concierne a las colonias en Am��rica, las reformas m��s
importantes fueron: 1. La creaci��n del virreinato del R��o de la Plata en
1778. 2. La creaci��n de la Comandancia de las Provincias Internas,
implantada el 22 de agosto de 1776. 3. La creaci��n de la Real Intendencia
de Hacienda y Ej��rcito de Caracas, destinada a la defensa del Caribe. 4.
La creaci��n de un ej��rcito permanente en la Nueva España en 1761, bajo
los principios propuestos por Juan de Villalba. En todo caso, las reformas
fueron tard��as o no pudieron verse sus efectos, pues Carlos IV suspendi��
el reformismo de su padre por temor a las consecuencias de la Revoluci��n
Francesa. Sin embargo, es verdad que la apertura comercial provoc��
mayor dinamismo: Veracruz se consolid�� como puerto de entrada de la
Nueva España y emergieron otros puertos como Tampico; en 1795 se
establecieron consulados en Veracruz y en Guadalajara. De la Torre
Villar subraya la centralizaci��n en el Estado de la pol��tica econ��mica bajo
el modelo mercantilista. El modelo fisiocr��tico no se tradujo en grandes
variaciones. As��, el concepto de ��Raz��n de Estado��, acuñado y
desarrollado por Maquiavelo, en t��rminos econ��micos se traduce en ��el
Pablo Avil��s Flores

264
Muchos autores percibieron la urgencia de abrir el comercio
novohispano y el peligro que representaba el r��pido crecimiento de
la influencia de Inglaterra y de los Estados Unidos. Desde la
perspectiva francesa, ��ste fue un elemento de gran importancia.
Los representantes franceses se ocuparon con cierta frecuencia del
asunto del expansionismo estadounidense. El 25 de agosto de
1828, el Ministerio del Interior franc��s recibi�� un reporte an��nimo
sobre una obra presentada al Congreso Mexicano por M. Anduze,
en la cual ��quiere advertir al actual gobierno mexicano que el de
los Estados Unidos trabaja sin descanso en separar la provincia de
Texas a la Federaci��n Mexicana, para incorporarla a la de
Luisiana, cuya frontera extender��a al oeste del Misisipi��74.
La balanza comercial estadounidense a finales del XVIII y
principios del XIX reflejaba claramente la situaci��n: la mayor��a de
los productos que los estadounidenses compraban o vend��an,
proven��an o estaban destinados a alg��n dominio del imperio
español. Los que proven��an o se destinaban a Inglaterra eran los
menos. La incapacidad española de abastecer las islas del Caribe
permiti�� consolidar la influencia estadounidense y, a corto plazo,

derecho ejercido por el Estado con el prop��sito de sobreponer su propio
inter��s y su propio poder al de los particulares��. Torre Villar, La
Independencia de M��xico, pp. 15-16, 18, 52, 63-64. V��ase tambi��n
Aymes, ��La connaissance du Mexique,�� p. 536.
74
��Rapport sur un M��moire de M. Anduze, pr��sent�� sans nom d'auteur au
Congr��s des Etats-Unis Mexicains�� ([Par��s], 25 de agosto 1828),
CARAN, F7 12039, dossier Mexique. Affaires diverses, s.n. Al momento
de su separaci��n de M��xico, Francia se convirti�� en el primer pa��s
europeo en establecer relaciones con la Rep��blica de Texas. El 25 de
septiembre de 1839 firm�� un Tratado comercial. Nancy Nichols Barker,
The French Legation in Texas. Volume I: Recognition, Rupture and
Reconciliation (Austin: Texas State Historical Association, 1971), p. 7.
En esta obra, que cuenta con un segundo volumen (The French Legation
in Texas. Volume II: Mission Miscarried (Austin: Texas State Historical
Association, 1973).) Barker public�� una selecci��n de documentos de la
legaci��n francesa en Texas subrayando las maniobras del gobierno
europeo para expandir su comercio e impedir el crecimiento de la
influencia inglesa en la zona, al mismo tiempo que evitaba el
enfrentamiento directo con el resto de las potencias europeas.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

265
adquirir el control de las antiguas posesiones caribeñas tras
sumarlas a su c��rculo de influencia econ��mica75.
Todav��a en 1812, el Consulado de C��diz continuaba
combatiendo la idea del comercio libre. Desde su punto de vista, el
��grado de esplendor�� que hab��an alcanzado las colonias se deb��a a
las leyes contenidas en el ��C��digo Indiano�� que, con el fin de
��auxiliarlos exclusivamente, tanto como lo han necesitado��,
prohib��an el ��acceso y comunicaci��n inmediata de los extranjeros
[sic] con aquellos pa��ses��76. El consulado gaditano utilizaba una
raz��n moral y otra econ��mica para fundamentar la prohibici��n: la
moral radicaba en la desigualdad entre las naciones y la divisi��n de
intereses. Es decir, que al igual que los individuos buscan su propio
beneficio de manera ego��sta, las naciones solo buscan las de sus
s��bditos, de la misma manera las negociaciones no estaban
dirigidas a buscar la felicidad de todos los hombres. Como
consecuencia se conclu��a en la necesidad de cerrar el comercio77.
El argumento econ��mico buscaba erradicar la competencia
de los productos españoles. El Consulado reconoc��a que tanto los
productos españoles en Am��rica, como los americanos en España
eran adquiridos a precios muy elevados. Los costos de transporte y
de distribuci��n se elevaban debido a las grandes distancias que
deb��an recorrerse. As��, introducir comerciantes extranjeros
resultar��a en convertir al comercio español en ��mero espectador del
engrandecimiento de los extraños��, pues al no haber una industria
desarrollada, la española y la americana quedar��an arruinadas
frente a las potentes industrias inglesa o francesa, la necesidad de
reducir los costos y la p��rdida de tiempo que representar��a tener
que viajar a varios puertos en lugar de hacerlo s��lo en uno, como
se hac��a hasta ese momento78. Las libertades que se les hab��an
concedido a los españoles de ambos lados del oc��ano compensaban
las dificultades. Los españoles europeos pod��an trasladarse a
Am��rica y llevar consigo todos ��sus efectos��; por su parte, los
españoles americanos pod��an ��cambiar sus productos por los de los
españoles 'con igual franqueza'��, llevar sus productos a Europa o

75
Torre Villar, La Independencia de M��xico, p. 66.
76 Tercera exposici��n del comercio de C��diz, p. 5.
77
Ibid., p. 6.
78
Ibid., pp. 9-13, 15-16.
Pablo Avil��s Flores

266
exportarlos al extranjero, y regresar a Am��rica con los productos
que hubieran comprado dentro o fuera de España79.
A partir del acceso a la independencia de los pa��ses
latinoamericanos, los autores y comerciantes europeos fijaron su
atenci��n en las oportunidades que tendr��an en los nuevos Estados,
en los modos de conservar y aumentar el contacto con ese mercado
y la manera de evitar la mediaci��n estadounidense. El inter��s de los
europeos estaba regido por el desarrollo de la industria europea y la
divisi��n del trabajo a nivel mundial, asignando a las naciones poco
desarrolladas la tarea de producir materias primas. A su manera, el
consulado gaditano ya hab��a previsto esta posibilidad, al concluir
en su Tercer exposici��n que la independencia de las colonias s��lo
conducir��a a la entrega del comercio a los extranjeros y a la
��dependencia, o m��s bien le esclavitud que hasta ahora no han
conocido��80. El origen de esta concepci��n se encuentra en la
corriente econ��mica liberal que no s��lo establece las
justificaciones econ��micas, sino tambi��n morales del ��desarrollo
de una econom��a de tipo neocolonialista a nivel mundial81��.

- Intentos de migraci��n francesa en M��xico

A pesar de las restricciones para viajar a Am��rica, la
presencia francesa en M��xico fue numerosa desde temprano. Ya en
España lo era: seg��n Houdaille, antes de 1789 hab��a diez mil
franceses en Madrid y cuatro mil en C��diz82. Para muchos de esos
franceses habr��a sido relativamente f��cil hacerse pasar por
españoles para emprender el viaje hacia Am��rica, pues una gran
parte proven��a de los Pirineos, vecinos de la frontera con España.
Nancy N. Parker calcula que entre 1700 y 1820 hab��a alrededor de
800 franceses en la Ciudad de M��xico. El c��nsul Alexandre Martin
inform�� en 1827 que hab��a franceses viviendo en Texas, Oaxaca,

79 Ibid., p. 10.
80
Ib��d., p. 14.
81
Penot, Primeros contactos diplom��ticos, p. 42; S��nchez Guillermo,
��L'industrie mexicaine,�� pp. 212-213.
82 Houdaille, Frenchmen and Francophiles in New Spain, p. 3. Houdaille
public�� en su tesis, cuyo resumen es el que citamos en este trabajo, un
ap��ndice con 700 nombres de franceses residentes en M��xico.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

267
Sonora y California, adem��s de Veracruz, Puebla y la Ciudad de
M��xico. Es tal la afluencia de franceses, que el gobierno mexicano
orden�� a sus consulados en Francia no otorgar pasaportes a
ninguna persona que no tuviera como ocupaci��n el comercio. Poco
despu��s, Adrien Cochelet, sucesor de Martin de 1829 a 1832,
report�� 678 jefes de familia franceses en la Ciudad de M��xico,
Veracruz y Tampico, por lo que podr��a estimarse alrededor de dos
mil personas si se trataban de familias de por lo menos tres
personas. Finalmente habr��a que considerar quinientos o
seiscientos individuos que llegaron en las expediciones fallidas de
Coatzacoalcos83.
Al inicio de la vida independiente de M��xico, el de los
ingleses fue el grupo que mejor trato recibi�� de parte del gobierno:
un agente comercial ingl��s hab��a llegado desde 1822 y en 1825 fue
otorgado el reconocimiento de la independencia. Al año siguiente,
un tratado fue firmado entre ambos gobiernos, lo que les dio a los
comerciantes ingleses un acceso privilegiado, frente a la
imposibilidad de Francia de dar su reconocimiento debido al Pacto
de Familia. Tras la expulsi��n de los españoles, los franceses se
convirtieron en el grupo europeo m��s numeroso e importante entre
1830 y 1840. R��pidamente adquirieron la preponderancia en la
venta de alimentos, ropa y productos de lujo, aunque no lograron
tanto ��xito en la industria minera ni en la ganadera. Quiz��s el caso
mejor logrado sea el de los Barcelonnettes, cuyos primeros
miembros fueron los hermanos Arnaud y que establecieron toda
una red basada, pero no s��lo, en Puebla84.
Al finalizar la Guerra de los Pasteles en 1839, la migraci��n
francesa creci��, no de manera masiva, pero s�� constante. Se puede

83
Barker, The French Experience in Mexico, pp. 16-17.
84
Barker, The French Experience in Mexico, p. 19; Mois��s Gonz��lez
Navarro, Los Extranjeros en M��xico y los mexicanos en el extranjero.
1821-1970. Volumen I (1821-1867) (M��xico, 1993), p. 68; P��rez Siller,
��Presentaci��n,�� p. 13; Cramaussel, ��Imagen de M��xico,�� p. 341; Dugast,
La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques
attraits, pp. 12, 62. El caso de los barcelonnettes en Puebla, por su
amplitud e importancia s��lo podemos evocarlo. Para una introducci��n al
tema, v��ase: Patrice Gouy, P��r��grinations des Barcelonnettes au Mexique
(Grenoble: L'Empreinte du temps, Presses Universitaires de Grenoble,
1980); P��rez Siller, ��Historiograf��a general sobre M��xico Francia.��
Pablo Avil��s Flores

268
estimar que entre 1840 y 1844 llegaron 189 personas en promedio,
provenientes de Burdeos, del Pa��s Vasco franc��s, Gascuña,
Borgoña y del Franco Condado. Ya en 1843 hab��a entre 2600 y
2800 franceses, frente a los 350 alemanes, 135 ingleses, 100
italianos, 50 suizos y 40 estadounidenses. Para mediados de siglo,
en 1853, est��n registrados 2125 franceses como residentes en
M��xico. Esta cifra corresponde a los portadores de una ��carta de
seguridad��, y s��lo incluye a los jefes de familia, por lo que habr��a
que calcular el triple de franceses residentes en el pa��s. El año
siguiente, en 1854, los franceses son el grupo m��s numeroso en
instalarse en el pa��s: 511 personas. Para la Segunda Intervenci��n
francesa, se puede hacer un estimado de 10,000 familias de
nacionalidad francesa85.
Los intentos organizados de colonizaci��n francesa se
insertan en una verdadera fiebre europea por fundar colonias en los
nuevos pa��ses americanos. Eran comunes las ��compañ��as
colonizadoras�� muchas de ellas ficticias, que ofrec��an contratos
para colonizar alg��n territorio presuntamente adquirido por un
explorador europeo. El modus operandi casi siempre era el mismo:
un anuncio p��blico o Prospectus invitaba a depositar una cantidad
de dinero, reembolsable al desembarcar en Am��rica, a cambio de
comprometerse a trabajar en las tierras adquiridas por la compañ��a.
Al llegar al destino, los colonos eran abandonados a su suerte sin
medios de subsistencia. Adem��s de los casos en el Golfo de
M��xico que citaremos a continuaci��n, en Am��rica tuvieron lugar
dos intentos de gran envergadura durante la primera mitad del siglo
XIX: el de la Compañ��a de propietarios fundadores de la Nueva
Neustria, que se establecer��a en la Bah��a de Mosquitos, en la actual
Nicaragua, y la compañ��a de colonos de Texas86.

85
Todos estos datos los tomamos de Cramaussel, ��Imagen de M��xico,��
pp. 342-344. Dicha ��Carta de seguridad�� era el permiso del gobierno
mexicano otorgado a los extranjeros que cumplieran con los requisitos
legales para residir y transitar libremente por la Rep��blica.
86
Una visi��n general sobre los intentos en la costa del Golfo fueron
estudiados en David Skerrit Gardner, Colonos franceses y modernizaci��n
en el Golfo de M��xico (Xalapa: Universidad Veracruzana, 1995). Los
documentos generados por ambas compañ��as se encuentran en el CARAN
F7 9334, dossier s.n. ��Nouvelle-Neustrie�� y F7 9335, dossier s.n.,
��Émigration pour le Texas��, fechados entre 1841 y 1845. La compañ��a de
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

269
En 1828 François Giordan y Laisn�� de Villeveque, entonces
Consejero General y Cuestor de la C��mara de Diputados en
Francia, y colaborador cercano del general Lafayatte, fundaron una

la Nueva Neustria hab��a sido organizada por J.F. L��huby. La expedici��n
fue un desastre. Seg��n la Copie de la Demande adress�� �� Monsieur le
Consul G��n��ral de France �� La Havane, La Habana, 15 de abril 1830,
redactada por algunos supervivientes de la expedici��n, el bergant��n La
Glaneuse zarp�� de El Havre el 27 de diciembre de 1829 en direcci��n del
Cabo Gracias a Dios, con 64 personas. Llegan a Mosquitos el 8 de febrero
de 1830. El capit��n del bergant��n, D. Fourneau, respondiendo a un
cuestionario del c��nsul franc��s en La Habana, afirmaba que L��huby hab��a
arrendado el barco y que contaba con los t��tulos de propiedad de la costa
de Mosquitos. L��huby los hab��a obtenido tras compr��rselos a un irland��s
de nombre MacGr��gor, seg��n una escritura de 3 de abril 1823. A su vez,
MacGr��gor afirmaba que la Rep��blica Centroamericana se los hab��a
cedido. Los expedicionarios fueron recibidos por una tribu ind��gena,
gobernada por ��el Rey de Mosquitos��, acompañado de un int��rprete
europeo que despu��s result�� ser MacGr��gor. A los pocos d��as los colonos
fueron atacados y obligados a huir hacia Trujillo, en Guatemala. Ah��, el
gobierno guatemalteco les habr��a dado una concesi��n en la Isla de Nalt��n,
pero durante su camino, piratas ingleses los habr��an secuestrado.
Questions adress��es par le Consul g��n��ral de France �� La Havane �� Mr.
D. Fourneau, Cape.du Brig Français La Glaneuse, [La Habana], s.f. y
Carta del Ministro de Asuntos Exteriores al del Interior, Par��s, 15 de
noviembre 1830. Los t��tulos de propiedad de la Bah��a de Mosquitos eran
falsos, y seg��n informaci��n enviada por el bar��n Deffaudis al Ministro de
Asuntos Exteriores (Par��s, 11 de enero 1830), L��huby hab��a sido
encarcelado en 1826 durante 13 meses por fraude. En el caso de la
compañ��a para colonizar Texas, una gran parte de los migrantes, que
tambi��n fueron defraudados, eran de origen alsaciano. Acusaban a un
ciudadano franc��s de nombre Heni de Castro, as�� como a Fr��d��ric Joseph
Solms y Dominique Constant Clairotet. Tambi��n en F7 9335 se
encuentran otros expedientes de fecha posterior, concernientes a otras
compañ��as francesas de colonizaci��n. Casi todos tratan de reclamaciones
hechas por fraude y est��n fechados entre 1838 y 1845. Los colonos
proven��an de Alsacia, Saona, Lorena, Franco Condado, Bade, Baviera,
Wurtemburg, Prusia y Suiza emigrando hacia el Caribe, los Estados
Unidos o Uruguay. F17 9335 dossiers s.n., ��Émigration de laboureurs et
d'ouvriers en les colonies d'Am��rique��, ��Solms et Du Rosell. Se chargent
d'embarquer les ��migrans pour les Etats-Unis��, ��Augeard et Compie.��,
��Am��rique du Nord. Emigration. Courteville se charge d'embarquer les
��migrans��, ��Emigration pour la R��pubique de l'Uruguay. Etablissement
d'une colonie française �� Montevideo��, etc.
Pablo Avil��s Flores

270
compañ��a colonizadora que fracas�� en su intento de implantar 688
personas en Coatzacoalcos, Veracruz. La colonizaci��n de esa zona
fue proyectada por el mismo Giordan y Tadeo Ortiz, encargado del
gobierno mexicano de la colonizaci��n del estado de Veracruz con
ind��genas de la Mixteca Alta. A ellos se uni�� Laisn�� de Villev��que.
En 1829 obtuvieron una concesi��n de 300 leguas cuadradas y
formaron dos sociedades: una en Orange, departamento de
Vaucluse y la otra en Valence, departamento de Drôme. El mismo
año publicaron un ��Prospectus�� titulado ��Colonie du Guazacoalco
en l��État de Vera-Cruz au Mexique. Projet de Soci��t�� en
commandite par actions��, para conseguir la suscripci��n de los
futuros colonos. Las localidades tendr��an nombres en honor a los
h��roes mexicanos de la independencia: Hidalg��polis, Min��polis,
Morel��polis. Afortunadamente, se decidi�� cambiar por el sufijo
n��huatl (Minatitl��n)87.
Varios barcos zarparon rumbo a M��xico a finales de 1829 y
llegaron entre febrero y marzo de 1830. En Veracruz no hab��a nada

87
Pierre Charpenne, entonces con veinte años de edad, form�� parte de la
expedici��n de Coatzacoalcos. Public�� su testimonio bajo el t��tulo de Mon
voyage au Mexique ou le colon du Guazacoalco, 2 vol. (Par��s: Roux,
1836). Charpenne volvi�� a Burdeos 14 de diciembre.de 1830. Sobre el
intento de colonizaci��n en Coatzacoalcos, pueden consultarse las obras
que polemizaron el asunto, mencionadas en Dugast, La tentation
mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, pp. 94-
120 y 168-169; Gonz��lez Navarro, Los extranjeros en M��xico, pp. 179-
ss.entre las que se encuentran Jean-Henri Barad��re, Lettre de M. l'abb��
Barad��re, �� M. Laisn�� de Villev��que ([Par��s]: Impr. de J. Tastu); R��ponse
de M. l��abb��... �� la brochure de M. Dubouchet sur le Guazacoalco.
R��ponse de M. Laisn�� de Villev��que �� quelques passages de la brochure
de M. Dubouchet (Par��s: Impr. de J. Tastu); Colonie du Guazacoalco en
l'��tat de Vera-Cruz (Par��s: Impr. de J. Tastu, 1827); Charles Dubouchet,
Le Guazacoalco, colonie de MM. Laisn�� de Villev��que et Giordan, ou les
Horreurs d��voil��es de cette colonie (Par��s: l'auteur, 1830); Dernier mot
sur le Guazacoalco ([Par��s]: Impr. de A. Auffray); Hippolyte Mansion,
Pr��cis historique sur la colonie française au Goazacoalcos, avec la
r��futation des prospectus publi��s par MM. Laisn�� de Villev��que, Giordan
et Barad��re, suivi de plusieurs lettres autographes de MM. Laisn�� et
Giordan, et d'une ��pître en vers �� M. Laisn�� de Villev��que (Londres:
Impr. de Davidson et fils, 1831); Anacharsis Brissot de Warville, Voyage
au Guazacoalcos, aux Antilles et aux Etats-Unis (Par��s: A. Bertrand,
1837).
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

271
preparado para recibirlos y una de las fragatas, L��Am��rique,
llegada a finales de marzo 1830 encall�� frente a las costas de
Veracruz. Algunos de los supervivientes murieron de v��mito negro
o fiebre amarilla y el resto abandon�� r��pidamente el asentamiento,
algunos se dirigieron a Veracruz donde pidieron la ayuda del
c��nsul franc��s, otros a Puebla o M��xico, y otros m��s simplemente
desaparecieron. Tras el regreso de los supervivientes, estall�� un
esc��ndalo en Francia y Villev��que renunci�� a su puesto. El rescate
de los colonos se prolong�� durante varios años. El Dore zarp�� de
Veracruz el 7 de octubre de 1831 con setenta y cuatro
supervivientes; el C��res lo hizo el 21 de agosto de 1834; la fragata
Capricieuse el 6 de diciembre de 1834 y finalmente la Cr��ole el 6
de octubre de 183688.

88 Penot, Primeros contactos diplom��ticos, p. 100, nota 48. El expediente
resguardado en los Archivos Nacionales de Francia, ��Am��rique du Sud.
Terres �� coloniser au Mexique,�� s.f., CARAN, F7 9334, dossier 10525.,
es muy rico e interesante. Entre las piezas que se encuentran en ��l
destacaremos los documentos enviados el 29 de junio de 1831 por
Carr��re, vicec��nsul franc��s en Veracruz, al ministro de Asuntos
Exteriores: Segalas, ��Rapport adress�� �� M. S��bastiani, ministre d'Affaires
��trang��res [sur les survivants de Coatzacoalcos]�� (Mexico, 25 de febrero
1831), CARAN, F7 9334, dossier 10525, s.n.; ��R��ponses de M. Oulibert,
Directeur par interim de la Colonie du Goazacoalcos, aux questions faites
par Monsieur le Vic�� Consul de France �� V��racruz�� (Minatitlan, 15 de
febrero, 1831), CARAN, F7 9334, dossier 10525, s.n.; Hippolyte
Mansion, ��Observations sur les r��ponses que vous a faites Mr. Oulibert
aux questions que vous lui avez adress��es en date du 13 janvier dernier��
(Veracruz, 10 de marzo 1831), CARAN, F7 9334, dossier 10525, s.n.;
Carr��re, ��D��tails sur les exp��ditions du Goazacoalcos, arriv��es de France
pour former une colonie en l'isthme de Tehuantepec�� (Veracruz, 30 de
enero 1831), CARAN, F7 9334, dossier 10525, s.n. Este ��ltimo contiene
��Copie d'une lettre de M. Laisn�� de Villev��que �� M. Chedaun au
Mexique,�� 22 de noviembre 1828, CARAN, F7 9334, dossier 10525, s.n.;
��Extrait de la lettre de M.F. Bremond, parti du Havre le 27 novembre
1829, �� bord du navire l'Am��rique, capne. Four��, �� M. Besson,
correspondant de la colonie au Goazacoalcos, boulevard du Temple n��
29,�� 2 de febrero 1830, CARAN, F7 9334, dossier 10525, s.n. Tambi��n
las traducciones de los reportes de las autoridades mexicanas: ��Traduction
du Rapport fait par le chef du D��partement d'Acayucan sur les colonies
du Guazacoalco, et transmis au ministre des Relations ext��rieures par M.
S. Samacho, gouverneur de l'Etat de Vera Cruz�� (Acayucan, 30 de junio
1830), CARAN, F7 9334, dossier 10525, s.n.; ��Traduction de deux lettres
Pablo Avil��s Flores

272
Con mejor suerte, en 1833, St��phane Gu��not, ex militar
franc��s naturalizado mexicano, estableci�� un asentamiento de 80
colonos en Jicaltepec. En 1832 hab��a adquirido 12 leguas
cuadradas a orillas del r��o Nautla. El barco L'Aigle Mexicaine, bajo
el mando del capit��n Lamothe du Portail, parti�� de El Havre el 19
de septiembre 1833 con 98 pasajeros, y lleg�� a Veracruz 60 d��as
despu��s89.

5.- El proceso independentista mexicano y Francia

La informaci��n sobre las campañas por la independencia en
Am��rica fue escasa en Francia. Las pocas noticias publicadas eran
traducciones de peri��dicos ingleses, americanos o españoles. La
informaci��n se completaba con las noticias de los colonos
franceses en el Caribe o de viajeros. Ya hemos visto que la
literatura de viaje y cient��fica mantuvo un inter��s en aquella regi��n,
de tal suerte que la independencia mexicana no fue un
descubrimiento; en todo caso, en palabras de Guy-Alain Dugast,
fue una renovaci��n de la imagen del pa��s90.
El Tratado de Par��s de 1763 represent�� la p��rdida de la
mayor��a de las colonias que Francia manten��a en Am��rica. Sin
embargo, gracias al comercio del az��car pudo conservar una
posici��n privilegiada entre las potencias colonialistas. La ca��da de
Napole��n represent�� otro traspi�� para el expansionismo franc��s. La

adress��es par S. Ex. M. D. Lucas Alaman, Ministre des Relations
Ext��rieures �� M. le Consul Gal. de France �� Mexico�� (Mexico, 22 de abril
1830), CARAN, F7 9334, dossier 10525, s.n. Por ��ltimo, en ese mismo
expediente se encuentra el manuscrito de Hippolyte Mansion, ��Pr��cis
historique sur la colonie française au Goazacoalcos�� (Veracruz, 1831),
CARAN. F7 9334, dossier 10525, s.n., con m��s de 500 p��ginas y dirigido
al C��nsul franc��s en aqu��l puerto.
89
Gonz��lez Navarro, Los extranjeros en M��xico, p. 186. V��anse en los
Archivos nacionales los documentos conservados bajo el n��mero
topogr��fico ��Compagnie franco-mexicaine dirig��e par St��phan Gu��not.
Terre de Jicaltepec �� coloniser,�� s.f., CARAN, CARAN. F7 9335, dossier
s.n.
90 Dugast, La tentation mexicaine en France au XIX si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, pp. 29, 138.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

273
monarqu��a restaurada encontr�� un pa��s cuya marina militar y
mercante ha sido pr��cticamente destruida y cuyos puertos
comerciales como Burdeos, Marsella o Toul��n, pr��cticamente no
ten��an actividad91. Francia tuvo que esperar a mediados del siglo
XIX, para que sus conquistas a lo largo de África y Asia
compensaran las p��rdidas92.

Napole��n en Am��rica

Desde el advenimiento de los Borb��n al trono español, la
corona francesa hab��a propuesto el env��o de flotas binacionales a
los puertos americanos. Dicha propuesta fue rechazada por el
Consejo de Indias. El inter��s por las colonias españolas creci�� tras
la invasi��n napole��nica de España. Napole��n busc�� controlarlas
con el fin de cambiar el equilibrio internacional. Una idea
generalmente aceptada era que la conquista de Am��rica pod��a
hacerse con relativa facilidad93. Basado en este c��lculo, un
proyecto de Talleyrand inclu��a la incorporaci��n de las colonias
españolas a la esfera de influencia francesa. El duque de
Wellington, por su parte, opinaba que Argentina, entonces la
rep��blica sudamericana m��s estable, no resistir��a una invasi��n de
diez mil soldados.
Otros proyectos, como el del general Louis-Marie Tourreau,
agente franc��s en los Estados Unidos, ve��an un excelente centro de
operaciones en la isla de Cuba para lanzarse sobre la Nueva
España; otros suger��an tomar las Filipinas; un an��nimo, inspirado
en la obra de Jean-Joseph Dauxion-Lavaysse, colono franc��s en
Hait��, aconsej�� tomar la isla de Trinidad y cuando ��sta fue ocupada
por los ingleses, Francisco de Pons propuso hacerse con el control
de Venezuela; Charles C��sar Robin sugiri�� ampararse de la Florida
y desde ah��, invadir M��xico, mientras que una memoria firmada

91 Barker, The French Experience in Mexico, p. 4.
92 Benot, La d��mence coloniale sous Napol��on, pp. 15-19.
93
Barker, The French Experience in Mexico, p. 5. V��ase la opini��n sobre
la defensa de la Nueva España de Helms, Voyage en l'Am��rique
m��ridionale commençant par Buenos-Ayres et Potosi jusqu'�� Lima. En
general, este era el juicio de los expertos militares europeos. Aymes, ��La
connaissance du Mexique,�� pp. 531-534.
Pablo Avil��s Flores

274
por Mallard, propon��a atacar Buenos Aires, en seguida Valpara��so,
y despu��s volver a la Isla de Francia en el Índico para enviar el
bot��n rumbo a Francia94.

94
Dauxion-Lavaysse conoc��a bien esos territorios gracias a un viaje
previo que hab��a realizado por aqu��llas tierras. Las memorias de su viaje
fueron publicadas: Voyage aux îles de Trinidad et V��n��zu��la. Todos estos
proyectos son citados en Benot, La d��mence coloniale sous Napol��on, p.
335, nota 29; Aymes, ��Napol��on 1er et le Mexique,�� p. 39. V��ase
tambi��n Houdaille, Frenchmen and Francophiles in New Spain, pp. 13,
22-23; Barker, The French Experience in Mexico, pp. 27-28. Otro
descabellado proyecto para independizar la Nueva España urdido en 1766
por el Marqu��s de Aubarede es mencionado en Carlos A. Villanueva,
Napole��n y la Independencia de Am��rica (Par��s: Casa Editorial Garnier
Hermanos, 1911), pp. 26-27. Por su parte, en su ��M��moire sur la
Louisiane et l'Am��rique septentrionale,�� sans date, CARAN. F7 9335,
dossier s.n., Robin consideraba que la separaci��n de M��xico era
inmimente, ya fuera por ��una revoluci��n interna, ya fuera por la invasi��n
de los angloamericanos��. En lo que respecta a Mallard, ��Projet
d'armement pour la mer du Sud et des colonies espagnoles�� (Par��s, s.f),
CARAN, F7 6246, dossier Espagne 1788-an IV, n�� 125. acompañado de
unas ��Observations sur les colonies espagnoles en Am��rique�� (Par��s, 20
de septiembre 1810), CARAN, F7 6246, dossier Espagne 1788-an IV, n��
124., se trata de un an��lisis de la revuelta americana y las posibilidades de
las colonias de independizarse. Mallard considera que no tienen
posibilidades debido a la desuni��n de los americanos, pero considera que
ser��a de la mayor utilidad. En general, sus argumentos son una serie de
prejuicios como la codicia de los ingleses, la holgazaner��a de los
españoles, la inferioridad cultural de los ind��genas americanos, la
diferencia de car��cter entre los Estados Unidos y las nuevas rep��blicas,
etc. Sin embargo propone la apertura, mesurada, de los puertos
americanos a las embarcaciones neutrales, si es que España quiere
conservar las colonias. Una extraña nota an��nima, ��[Note sur un plan
pour instaler les Bourbons en Am��rique]�� (s.l., s.d), CARAN, F7 6556,
dossier n�� 2239 Le Mayostre. Correspondance sur l'Espagne, s��rie 2. Le
Maistre. Correspondance sur l'Espagne., parece ser el borrador de un plan
para establecer los Borb��n en Am��rica. A continuaci��n la transcripci��n:
��1er hypoth��se. Étudier l'esprit, les moyens et les ressources de la Junte,
l'organisation des insurg��s, leurs rapports avec l'Angleterre et le D. d'O.
objet de la mission propos��e. 2e hypoth��se. D��terminer le D. d'O. �� se
transporter sur le continent am��ricain avec une escadre et des troupes
Espagnoles en lui faisant entendre que l'Empereur y favoriserait
l'��tablissement de tous les Bourbons. On entamerait au besoin une
n��gociation �� ce sujet avec le Roi d'Espagne. 3e hypoth��se. Connaitre les
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

275
Tras la Batalla de Trafalgar, el control ingl��s en el mar es
incontestable. El primer intento de Napole��n por controlar las
colonias españolas consisti�� en la confecci��n de una constituci��n
para el reino de Jos��. En las Cortes de Bayona, adem��s de proponer
una profunda reforma del reino, permiti�� a los diputados
americanos proponer modificaciones para otorgarles mayor
autonom��a. Sin perder de vista la importancia del mercado
americano, Napole��n ofreci�� garantizar la aplicaci��n de la
Constituci��n a cambio de prerrogativas comerciales. Al mismo
tiempo orden�� a su Ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Baptiste
de Champagny, notificar a las autoridades americanas la
entronizaci��n de Jos��. El correo estaba conformado por veintitr��s
piezas, que inclu��an una carta de Carlos IV al pr��ncipe de Asturias
explicando su abdicaci��n; otra carta de Fernando al infante don
Antonio, explicando la suya y reproduciendo otra dirigida a su
padre; un decreto de Carlos IV nombrando al gran duque de Berg
teniente general del reino; las actas de abdicaci��n de Carlos IV y
Fernando y la renuncia a todos sus derechos en favor del
emperador Napole��n; as�� como otras de Murat y Jos�� de Azanza
llamando a los virreyes y dem��s autoridades a la obediencia pues
��si bien la dinast��a hab��a cambiado, la monarqu��a continuaba��95.

disposition du D. d'O. relativement �� la France, les relations directes ou
indirectes qu'il peut y avoir conserv��s, ses projets et ses esp��rances.
Moyens. relations de 1796. Sa lettre �� Reinhard*. D��tails sur la France.
Flatterie et d��vouement apparent. Tableau de la politique de l'Angleterre
et de la situation de ce pays. * Elle est en les cartons des r��lations-
ext��rieures." El resto de los documentos que la acompañan est��n fechados
en 1810. Algunos se encuentran firmados por ��Lemaistre, ex-charg��
d'affaires de France pr��s les villes Ans��atiques. Membre du 1er Coll��ge
Electoral de l'arrondissement de Par��s��, dirigidos a Desmarets, Jefe de
Divisi��n en el ministerio de la Polic��a y en algunos casos al propio Duque
de Rovigo, proponi��ndole los planes m��s curiosos para espiar a las
Ciudades Hanse��ticas, España o algunos pr��ncipes alemanes.
95 A dicha junta redactora acudieron, por las colonias americanas, el
Marqu��s de San Felipe y Santiago, de La Habana, don Jos�� Joaqu��n del
Moral por la Nueva España, don Tadeo Bravo y Rivero del Per��, don
Le��n Altolaguirre de Buenos Aires, don Francisco Zea, colombiano
representando Guatemala y don Ignacio S��nchez de Tejada por la Nueva
Granada. Penot, Primeros contactos diplom��ticos, p. 15;
M��connaissance, p. 31; Houdaille, Frenchmen and Francophiles in New
Spain, p. 2. V��ase tambi��n Torre Villar, La Independencia de M��xico, p.
Pablo Avil��s Flores

276
Napole��n se ocup�� personalmente del env��o del correo
Champagny. En mayo de 1808 hab��a notado en Bayona una
corbeta llamada Rapide, muy ligera y pequeña, dotada de un solo
cañ��n, de reducida tripulaci��n, capturada al almirante de la flota
ingelsa en el Caribe, Alexander Cochrane, y muy apreciada por la
marina francesa. Orden�� la construcci��n de seis corbetas id��nticas
para establecer contacto con las autoridades españolas y asegurar el
control de los antiguos virreinatos. Los astilleros franceses
construyeron 29 corbetas en dos años. Cada una fue llamada
Mouche (Mosca), seguida de un n��mero. Tras la partida de la
corbeta Vaillante, desde Bayona, el 17 de mayo de 1808, le
siguieron las Mouches: la Rapide o Mouche 1, zarp�� rumbo a
Cayena y Veracruz el 21 de mayo. La Mouche 2 lo hizo el 14 de
junio con destino a Cayena y Buenos Aires. La Mouche 3 lo hizo el
6 de julio rumbo a Cayena, La Guaira y Veracruz y la Mouche 4
zarp�� el 10 de julio. Los capitanes de las Mouches llevaban
instrucciones precisas para burlar la marina inglesa y para sus
entrevistas con las autoridades americanas y que s��lo pod��an ser
abiertas en altamar96.

104; Miguel Artola, ��Los afrancesados y Am��rica,�� Revista de Indias IX,
n��. 37 (1949): 541-567; Penot, Primeros contactos diplom��ticos, pp. 15-
20; M��connaissance, pp. 31-32; Houdaille, Frenchmen and Francophiles
in New Spain, pp. 2-ss.; Aymes, ��Napol��on 1er et le Mexique,�� p. 45.
96
Penot, Primeros contactos diplom��ticos, pp. 17-19; M��connaissance,
pp. 32, 37; Aymes, ��Napol��on 1er et le Mexique,�� pp. 43-45. Para
asegurarse de la llegada de los correos, adem��s de las Mouches,
Champagny contrat�� empresas privadas francesas y americanas. El 29 de
mayo de 1808 zarp�� desde Bayona el Amiral Martin con destino en las
Antillas. El 30 de mayo partieron barcos rumbo a Buenos Aires, Chile y
Per��, entre los cuales el bergant��n Consolateur, que transportaba 600
fusiles para los insurgentes. El capit��n Dauriac prefiri�� hundirlo antes que
ser capturado por los ingleses. Pese a ello, buena parte del cargamento
lleg�� a destino. Sin embargo, cuando el 18 de agosto llegaron a
Montevideo las noticias del levantamiento en España contra Napole��n,
Dauriac y su tripulaci��n, entre los que se encontraba Sassenay, fueron
hechos prisioneros de guerra. Tambi��n hab��a zarpado, el 6 de julio, el
Oreste, con rumbo a Martinica y a Cayena. En total, Napole��n envi�� unos
20 barcos con el correo Champigny, de las cuales nunca volvieron la
Vaillante, la Rapide o Mouche n�� 1, ni las Mouches 2, 3, 4, 5 ni 6, las
goletas Consolateur y Serpent. S��lo volvieron el Oreste, el corsario
Amiral Martin y el resto de las Mouches.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

277
Las autoridades españolas de Am��rica categ��ricamente
seguir las ��rdenes enviadas y confirmaron su juramento a Fernando
VII. La noticia de las abdicaciones hab��a llegado a M��xico a
finales de junio de 1808 y fueron publicadas el 16 de julio. El 28
de julio lleg�� la del levantamiento contra Napole��n. Por ello,
cuando el 10 de agosto lleg�� a Veracruz la corbeta Vaillante, fue
recibida a cañonazos por la guarnici��n de San Juan de Ul��a y la
tripulaci��n fue arrestada por ��rdenes de Ceballos, capit��n del
puerto. La corbeta fue abandonada en el puerto. Mientras tanto, el
virrey Lizana y Beaumont expidi�� proclamas y edictos contra las
maniobras de los franceses y quem�� p��blicamente el correo
Champagny97.
Este fracaso oblig�� a cambiar la estrategia. Por un lado, Jos��
Bonaparte y su ministro de Indias, Azanza, interpretaron la
negativa de las colonias como una oportunidad: dicha resistencia
era la prueba de que las colonias no se separar��an de España, no se

97
Benot, La d��mence coloniale sous Napol��on, p. 139; Aymes,
��Napol��on 1er et le Mexique,�� p. 43; Penot, Primeros contactos
diplom��ticos, p. 23; M��connaissance, pp. 39, 56; Houdaille, Frenchmen
and Francophiles in New Spain, p. 25. Por ejemplo, los avisos enviados al
gobernador de Guadalupe, Victor Hugues y a Ernouf en Cayenne. El
primero env��a al capit��n Paul de Lamanou a Venezuela, quien es
rechazado por una revuelta realista. DeCalais, en las Islas Mascareñas,
recibe tard��amente el aviso y fracasa en dar el aviso al gobernador de las
Filipinas. V��ase tambi��n Ernesto de la Torre Villar, ��Algunos
documentos sobre don Miguel Hidalgo: Hidalgo y las proclamas de Jos��
Bonaparte,�� Bolet��n del Archivo General de la Naci��n XVIII, n��. 3
(Septiembre 1947): 277-316. De la Torre Villar analiza algunos
documentos del virrey Lizana y de otros autores. Desde tiempo atr��s se
tem��a una expedici��n francesa en la Nueva España. Tras el estallido de la
guerra entre España y la Francia revolucionaria, el virrey Revillagigedo
recibi�� ��rdenes para evitar el desembarco de agentes franceses. Durante
sus investigaciones, el virrey descubri�� grabados de la toma de la Bastilla
y algunos impresos sobre un plan de invasi��n ideado por Kersaint,
ministro franc��s de la Marina. Branciforte, el virrey sucesivo, continu��
con las investigaciones y descubri�� la conspiraci��n de un español de
nombre Guerrero para instaurar un gobierno democr��tico. Estos planes
desataron rumores sobre la inminencia de un desembarco franc��s. En
1795 fueron arrestados 180 franceses, a varios de los cuales se les
confiscaron libros en franc��s. Siete de ellos murieron y ochenta fueran
deportados.
Pablo Avil��s Flores

278
someter��an a ninguna otra potencia y que ��a��n podr��an seguir la
suerte de la madre patria��. Supon��an que ello les dar��a tiempo para
ocuparse primero del reino en Europa, y m��s tarde en Am��rica,
pues la situaci��n pol��tica y los movimientos insurgentes surgidos a
todo lo largo de España exig��an toda su atenci��n. Apostaron por la
fidelidad de los americanos a la monarqu��a, las reivindicaciones
independentistas españolas, el mantenimiento de la religi��n
cat��lica y las ofertas de igualdad. Jos�� no se ocup�� de las colonias
hasta finales de 1809, cuando intent�� reorganizar expediciones
para contactar a las autoridades coloniales, sin ��xito.
Imposibilitado por sus propios medios y sin la ayuda directa de
Francia, Azanza reconoci�� en 1811 ante las autoridades de
Valladolid que las colonias estaban perdidas98.
Con el fin de frenar la influencia inglesa, el 12 de diciembre
de 1809 Napole��n declar�� al cuerpo legislativo su ��simpat��a�� por
la independencia de los Estados latinoamericanos. La declaraci��n
la hizo por medio del ministro del Interior, el conde de Montalivet.
Al final de su ��Exposici��n de la situaci��n del Imperio�� rendida al
Cuerpo Legislativo99, expuso las intervenciones francesas hechas
en Europa y abord�� el tema de la guerra civil en España y en
Portugal. Responsabiliz�� al gobierno de Madrid de la posible
p��rdida de sus colonias y declar�� que no se opondr��a a su
independencia:


98
P��rez Siller, ��Historiograf��a general sobre M��xico Francia,�� p. 54;
Penot, Primeros contactos diplom��ticos, pp. 41-42; M��connaissance, p.
44. Napole��n hab��a nombrado virrey de la Nueva España a Gregorio de la
Cuesta, pero el ex Capit��n General de Castilla la Vieja rechaza el
nombramiento el 29 de mayo de 1808. Este autor señala que, tres años
despu��s de su coronaci��n, Jos�� a��n no contaba con una armada. Por su
parte, J.-R. Aymes observa que parte de la falta de documentaci��n sobre
Am��rica en los archivos franceses coincide con el reino de Jos��. Aymes,
��La connaissance du Mexique,�� p. 518; ��Napol��on 1er et le Mexique,�� p.
45.
99
Tambi��n llamada ��Tableau historique de l'empire français�� en el texto
de los Archives Parlementaires de 1787 �� 1860. Recueil complet des
d��bats l��gislatifs et politiques des chambres françaises (Par��s: Librairie
administrative de P. Dupont, 1867), 2e s��rie, t. X, pp. 329-335.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

279
"Si España pierde sus colonias, es porque lo quiso. El
Emperador no se opondr�� jam��s a la independencia de las
naciones continentales de Am��rica; esta independencia pertenece
al orden necesario de los acontecimientos; es justa y es, por
supuesto, del inter��s de todas las potencias. Fue Francia la que
estableci�� la independencia de los Estados Unidos de la Am��rica
septentrional; es ella la que contribuy�� a acrecentarlos con varias
provincias; siempre estar�� lista para defender su obra. Su poder
no depende del monopolio; no tiene ning��n inter��s contrario a la
justicia; nada de lo que pueda contribuir a la felicidad de Am��rica
se opone a la prosperidad de Francia, la que ser�� siempre
bastante rica cuando se vea tratada con igualdad entre todas las
naciones y en todos los mercados de Europa. Ya sea que los
pueblos de M��xico o del Per�� deseen seguir unidos a la metr��poli,
ya sea que deseen elevarse a la altura de una noble independencia,
Francia no se opondr��, siempre y cuando estos pueblos no
establezcan ning��n v��nculo con Inglaterra"100
Al d��a siguiente, orden�� a S��rurier, su representante en los
Estados Unidos, hacer p��blica su posici��n y envi�� nuevos
emisarios para apoyar los insurgentes. Luis de On��s, embajador de
la España anti napole��nica, intent�� detenerlos, sin ��xito. El anuncio
tuvo un muy mal efecto en la corte de Jos�� y Azanza orden�� que no
fuera publicado en la Gazeta Oficial del reino. Para algunos

100 La traducci��n es nuestra: ��Si l'Espagne perd ses colonies, elle l'aura
voulu. L'Empereur ne s'opposera jamais �� l'ind��pendance des nations
continentales de l'Am��rique ; cette ind��pendance est en l'ordre n��cessaire
des ��v��nements ; elle est en la justice, elle est en l'int��r��t bien entendu de
toutes les puissances. C'est la France qui a ��tabli l'ind��pendance des États-
Unis de l'Am��rique septentrionale ; c'est elle qui a contribu�� �� les
accroître de plusieurs provinces ; elle sera toujours pr��te �� d��fendre son
ouvrage. Sa puissance ne d��pend point du monopole ; elle n'a point
d'int��r��t contraire �� la justice ; rien de ce qui peut contribuer au bonheur
de l'Am��rique ne s'oppose �� la prosp��rit�� de la France, qui sera toujours
assez riche lorsqu'elle se verra trait��e avec ��galit�� chez toutes les nations
et en tous les march��s de l'Europe. Soit que les peuples du Mexique et du
P��rou veuillent ��tre unis �� la m��tropole, soit qu'ils veuillent s'��lever �� la
hauteur d'une noble ind��pendance, la France ne s'y opposera pas, pourvu
que ces peuples ne prennent aucun lien avec l'Angleterre.�� Archives
parlementaires, 2e s��rie, t. X, p. 335; Gazette nationale ou le Moniteur
universel (Par��s), n�� 348, 14 d��cembre 1809, pp. 1379-1830.
Pablo Avil��s Flores

280
autores, este cambio de actitud no refleja la existencia de dudas por
parte de Napole��n. En realidad nunca quiso unir las colonias
americanas a la corona de su hermano. Su inter��s se concentraba en
el acceso al mercado americano, evitar la guerra y simplemente
adopt�� la estrategia m��s adecuada para sus intereses101.
S��rurier recibi�� plenos poderes para negociar con el
gobierno estadounidense la ayuda que deber��a brind��rsele a los
insurgentes latinoamericanos. Parece que Napole��n tambi��n previ��
la enorme influencia que ejercer��an los Estados Unidos y deseaba
evitar una intervenci��n unilateral norteamericana. Por ello, una
acci��n coordinada era esencial. El secretario de Estado Monroe,
respondi�� a S��rurier que su gobierno aprobaba las intenciones de
Francia y sugiri�� ayudar en primer lugar la revoluci��n venezolana.
En su mensaje anual al Congreso del 5 de noviembre de 1811, el
presidente Madison anunci�� su inter��s para reconocer la
independencia de las colonias españolas. Como lo tem��a S��rurier,
los Estados Unidos estaban m��s activos de lo que parec��a, por lo
que en 1812 envi�� un informe al duque de Bassano acerca de la
organizaci��n de cuerpos de voluntarios para ayudar a la
insurgencia mexicana102.
A pesar de los plenos poderes que recibi��, S��rurier no pudo
actuar debido a la imposibilidad en la que se encontr�� el gobierno
franc��s Para intentar mantener la presencia francesa, sostuvo
algunas reuniones con representantes de las ex colonias, pero no
fueron m��s all�� de la cortes��a diplom��tica. A principios de 1811
recibi�� a Tel��sforo de Orea, enviado de Francisco de Miranda,
para negociar la recepci��n de una comitiva venezolana en Par��s.
S��rurier se limit�� a enviar el expediente a Par��s103. En cambio, para
Touzard, c��nsul en Nueva Orle��ns, la independencia mexicana se

101
S��rurier hab��a llegado a Wahington en octubre de 1810. Benot, La
d��mence coloniale sous Napol��on, pp. 140-141; Penot, Primeros
contactos diplom��ticos, pp. 28, 57; M��connaissance, p. 46; Aymes,
��Napol��on 1er et le Mexique,�� p. 49; Houdaille, Frenchmen and
Francophiles in New Spain, p. 25.
102
Penot, Primeros contactos diplom��ticos, pp. 31-33; M��connaissance,
pp. 58-61.
103
Benot, La d��mence coloniale sous Napol��on, p. 141. El episodio es
reproducido por William Spence Robertson, The Life of Miranda (Chapel
Hill: The University of North Carolina Press, 1929), t. II, p. 128.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

281
convirti�� en un asunto de primera importancia y busc��
insistentemente una autorizaci��n del gobierno estadounidense para
hacer pasar armas a M��xico y para enviar desde Hait�� colonos
franceses que hablaran español. Lo ��nico que logr�� fue una
reprensi��n de la parte de S��rurier, el 28 de agosto de 1812,
record��ndole ��que los insurgentes deben ayudarse a s�� mismos
��mediante generosos esfuerzos�� antes que podamos ayudarlos��104.

Otros franceses en Am��rica

Se sabe poco sobre los agentes enviados por Napole��n. Sus
acciones eran coordinadas desde Baltimore por el capit��n
Desmolards, antiguo corsario, quien lleg�� a esa ciudad hacia
noviembre de 1809 y recibi�� sus instrucciones el 20 de marzo de
1810; y desde Nueva Orle��ns por Jacques-Athanase d'Amblimont,
cuyas instrucciones datan del 24 de septiembre de 1810. Ten��an
bajo sus ��rdenes m��s de 50 agentes. Los m��s conocidos fueron
Manuel Rodr��guez Alem��n y Peña, quien fue detenido en Santiago
de Cuba y condenado a la horca al serle descubiertos ejemplares de
la Constituci��n de Bayona y peri��dicos del gobierno de Jos�� en el
doble fondo de su maleta; y Gustave Nordingh de Witt, hijo del
embajador dan��s en Francia, enviado por Azanza a bordo de la
goleta americana Bonne Intention con la misi��n de levantar en
armas Yucat��n. Tras desembarcar en Sisal, de Witt se puso en
contacto con el gobernador Benito P��rez Valdelomar y le entreg��
una carta de Azanza. Sin embargo, Valdelomar, quien alguna vez
hab��a sido acusado de simpatizar con los franceses, buscaba
demostrar su fidelidad al rey de España y tras consultar con el
obispo Est��vez Ugarte, orden�� el arresto de Witt. Tras ser

104 Cita tomada de Benot, La d��mence coloniale sous Napol��on, p. 141.
Touzard fue v��ctima de su propio ��mpetu: en 1812, agentes realistas
españoles haci��ndose pasar por insurgentes mexicanos, consiguieron su
mediaci��n para comprar armas. El reproche que S��rurier le envi�� fue el
��ltimo. Aymes, ��Napol��on 1er et le Mexique,�� p. 54; Penot,
M��connaissance, pp. 60-62.
Pablo Avil��s Flores

282
enjuiciado, fue condenado a muerte y fusilado el 12 de noviembre
de 1810105.

105
Sobre estos agentes v��ase Penot, M��connaissance, pp. 29, 42-46, 53-
55; Aymes, ��Napol��on 1er et le Mexique,�� p. 42; Sigfrido V��zquez
Cienfuegos, ��"V��boras en nuestro seno": franceses y afrancesados en
Cuba durante la Guerra de la Independencia,�� en El comienzo de la
guerra de la Independencia, Congreso internacional del Bicentenario
(Madrid: Editorial Actas, 2008); Houdaille, Frenchmen and Francophiles
in New Spain, pp. 26-27; Antonio Pompa y Pompa, Or��genes de la
Independencia mexicana, 2 ed. (M��xico: Editorial Jus, 1972), pp. 44-45.
V��ase tambi��n: Jorge Plantada y Aznar, ��Juan Gustavo Nordingh de Witt,
emisario secreto de Jos�� Bonaparte, reo de alta traici��n,�� Hidalgu��a. La
Revista de genealog��a, nobleza y armas XI, n��. 58 (junio 1963): 337-344;
Jos�� Mart��nez de la Pedrera, ��Historia secreta del melanc��lico proceso
formado contra Emilio Gustavo de Nordingh de Witt, emisario del rey
intruso Jos�� Napole��n,�� Gu��a de Forasteros. Las Sobras del Estanquillo,
1984; Manuel Ferrer Muñoz, ��La crisis independentista en Yucat��n,��
Anuario de Estudios Americanos 59, n��. 1 (2002): 121-146. En
Villanueva, Napole��n y la Independencia de Am��rica, pp. 238-247;
Analola Borges, ��El plan Bonaparte para la Am��rica hispana y sus
repercusiones seg��n los documentos anglo-españoles,�� Hispania. Revista
Española de Historia XXIX, n��. 112 (mayo 1969): pp. 348-350. se
reproducen algunos documentos concernientes a Desmolards, como una
��Copia de las instrucciones dadas por el usurpador Jph. Napoleon al
comisionado �� agente principal que tiene en Baltimore ... ��, y una lista de
��Comisionados del rey Jos�� Napole��n en las dos Am��ricas�� Eran en
M��xico: Manuel Agudo de los R��os, D. Ar��valo, Mateo Cervantes,
Bernardino Cisneros, Torcuato Medina, Hip��lito Mendieta, Santiago
Parreño, Antonio Renter��a, Anselmo Rodr��guez, Esteban Romero, Ignacio
Sald��var, Antonio Serrano, Sebasti��n Sol��rzano; en Guatemala: Ciriaco
Betoloza, Juan Chagaray, Ferm��n Esparragosa, Estanislao Oropeza; en
Per��: Remigio Aparicio, Luis Azc��rraga, Duclos, Crist��bal Espinosa,
Juan Viscaralaza; en la Nueva Granada: Cipriano Esparta, Ermenegildo
Estacheta, Lozano Ibarrola, Antonio S��nchez; en La Plata: Benigno
Alfaro, Gregorio Anduaga, Santiago Antonini, Roque Fr��as, Lacrois��e o
Saint-Croix, Pedro Vanegas de la Alcarr��a; en La Habana: Ignacio
Berrechea; en Charleston: Juan Tineo; en Nueva Orle��ns: Estanislao
Morales; en Jamaica: Jos�� Mart��nez Gallego y el criollo Lastibouitte; en
Luisiana: L��ger; en la Florida: Desmoyes, Carolle, Kinglin, adem��s de
otros cuyo destino se desconoce: un tal Manuel, Diego Sayo y Domingo
Andr��. . El documento proviene de los archivos ingleses Foreign Office.
Spain. Domestic various, n�� 104. Algunos informes de estos agentes se
encuentran en los Archivos Nacionales, series BB4 y BB3.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

283
Otro caso conocido por desconcertante es el del conde
Ga��tan Octavien Souchet d'Alvimar. Su misi��n precedi�� al resto de
los agentes de Napole��n. D'Alvimar sirvi�� en el ej��rcito franc��s y
quiz��s particip�� en un frustrado rescate de Fernando, entonces
Pr��ncipe de Asturias, cautivo de Godoy. Algunas teor��as afirman
que habr��a partido rumbo a M��xico por ��rdenes de Jos�� y de
Azanza. Se le ubica en Santa Fe de Bogot�� hacia 1806. Habr��a
entrado a M��xico con un pasaporte expedido en Burdeos el 25 de
noviembre de 1807 por Fouch��. El 5 de agosto de 1808 fue
arrestado en Nacogdoches, Texas y encarcelado en San Juan de
Ul��a el 27 de enero de 1809. No fue considerado prisionero de
guerra sino hasta su llegada a Monclova, Coahuila, cuando lleg�� la
noticia del inicio de la guerra contra Francia. En sus declaraciones
afirm�� obedecer ��rdenes de Napole��n. Las autoridades coloniales
lo entregaron como prisionero de guerra a los ingleses y ��stos a los
españoles a principios de 1810. Su juicio tuvo lugar ocho años
despu��s y la sentencia absolutoria fue pronunciada el 7 de mayo de
1820. Regres�� a M��xico en 1822 para exigir una indemnizaci��n,
pero a finales de 1823 de nuevo fue detenido y expulsado106.
Tambi��n pueden contarse una larga serie de franceses que,
por iniciativa propia o por misiones poco esclarecidas, lucharon
entre las filas de los insurgentes mexicanos. Dos importantes
sectores de la Francia de la Restauraci��n se enfrentaron a los
Borb��n en territorio mexicano. En primer lugar, cientos de
exiliados bonapartistas refugiados en los Estados Unidos temiendo
represalias de la monarqu��a Borb��n. Entre otros, Dupont de
Nemours, el mariscal Grouchy, los hermanos Charles y Henri
Lallemand, Lefebvre-Desnouettes, Rigaux, Clausel, Vendamme,
sin mencionar a los soldados de origen franc��s, italiano, polaco,
etc., que hab��an servido en las filas imperiales. El gobierno
estadounidense concedi�� a algunos de ellos cien mil acres en

106
En sus procesos inquisitoriales Hidalgo y Allende afirmaron haber
entrado en contacto con ��l en Dolores, aunque no hay pruebas suficientes.
Sobre ��ste personaje v��ase Ernesto de la Torre Villar, ��El aventurero
conde Octaviano d'Alvimar, esp��a de Napole��n e Hidalgo,�� Bolet��n del
Archivo General de la Naci��n VII, n��. 2 (1936): 161-175; ��Algunos
documentos sobre don Miguel Hidalgo��; Aymes, ��Napol��on 1er et le
Mexique,�� pp. 47-ss.
Pablo Avil��s Flores

284
Alabama, pero la mayor��a se instal�� en Nueva Orle��n, Galveston y
Baltimore107.
Los hermanos Lallemand fundaron una colonia militar
llamada Champ d'Asile al borde del r��o Trinidad con fondos del
gobierno estadounidense y del corsario Jean Lafitte. Ah�� formaron
un disciplinado contingente llamado Soldados independientes de
M��xico. El virrey Ruiz de Apodaca los derrot�� definitivamente en
1818. Los Lallemand se replegaron a la isla de Galveston, entonces
gobernada por Lafitte y fundaron un segundo Champ d'Asile que
poco despu��s fue destruido por un hurac��n. Varios de los
supervivientes formaron parte de la expedici��n de James Long
contra los españoles de Texas; otros se instalaron definitivamente
en Nueva Orle��ns o fundaron el Condado de Marengo, en
Alabama. Otro Champ d'Asile fue fundado por Lefebvre
Desnouettes cerca de Mobile, en Alabama. Se especula que de los
probables fines de este ej��rcito era el de conquistar el trono
mexicano para Jos�� o liberar de Santa Helena a Napole��n. Al
respecto, existe una abundante correspondencia entre Luis de On��s,
embajador español en los Estados Unidos, el secretario de Estado
John Quincy Adams y el ministro franc��s Hyde de Neuville, que
hablan del temor de las acciones pro napole��nicas108.

107 Jacques Penot, Militaires, corsaires et marins français au service de
l'Ind��pendance du Mexique (1813-1821), Publications du Centre de
Recherches de Linguistique et de Sciences Humaines. Fascicule II - junio
1974 (Par��s: Universit�� Par��s X-Nanterre, 1974), p. 6.
108
Ib��d., pp. 6-14. En todo caso, la participaci��n de Jos�� no ha sido
demostrada. Los trabajos sobre Jos�� Bonaparte y Latinoam��rica no
abundan. Entre los cl��sicos pueden consultarse Joseph Bertin, Joseph
Bonaparte en Am��rique. 1815-1832 (Par��s: Librairie de la Nouvelle
Revue, 1893); Clarence Edward Noble Macartney et Gordon Dorrance,
The Bonapartes in America (Philadelphia: Dorrance and Company,
1939); Jesse S. Reeves, The Napoleonic exiles in America. A study in
American diplomatic history (1815-1819) (Baltimore: The Johns Hopkins
Press, 1905). Charles Lallemand continu�� conspirando hasta la muerte de
Napol��on. Entonces vuelve a Francia, combate al lado de los liberales
españoles, y en 1832 es nombrado Par de Francia. Muere en Par��s el 9 de
marzo de 1839, con el cargo de gobernador militar de C��rcega. Lefebvre-
Desnouettes se instala definitivamente en Aigleville. Sin encontrar una
nueva causa por la cual servir, intenta volver a Francia, pero muere
cuando su barco naufraga el 22 de abril de 1822, frente a las costas de
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

285
En segundo, varios simpatizantes de la izquierda francesa se
unieron a la expedici��n del español Francisco Javier Mina. Mina
zarp�� de Liverpool el 15 de mayo de 1816 en la fragata Caledonia,
comandada por el capit��n Coffin y por Jean Jullier. En Baltimore,
Nueva York y Filadelfia reuni�� una tropa compuesta de soldados
ingleses y de ex prisioneros de Waterloo de origen español, italiano
y franc��s, as�� como de algunos estadounidenses. Complet�� su
expedici��n en Puerto Pr��ncipe, Galveston y Matagorda. Lo recibi��
en Galveston Luis de Aury, quien hab��a sido nombrado el 1�� de
septiembre de 1816 Comandante en jefe de la Marina de la
Rep��blica Mexicana y Gobernador civil y militar de Galveston y
de la Provincia de Texas, por Jos�� Manuel de Herrara,
representante insurgente mexicano ante los Estados Unidos. Los
preparativos en Galveston duraron de noviembre de 1816 a abril de
1817, tiempo en el que se unieron otros franceses como el general
Jean Arago, quien fungi�� como su tesorero, Anacharsis Brissot,
hijo del c��lebre diputado revolucionario Jacques-Pierre Brissot y
Jean-Pierre Rousselin109. Finalmente, el 4 de mayo de 1817, Mina
y su tropa desembarc�� en Soto la Marina con la ayuda de Aury,
quien regres�� a Galveston. En Soto la Marina permaneci�� un grupo
de artilleros franceses bajo el mando del capit��n Dagassan, del
teniente Durand y del subteniente Thierry. Este grupo defendi�� el
fuerte contra los españoles, hasta capitular. Tras atravesar
pr��cticamente la mitad del pa��s, Arago sucedi�� a Mina en el
mando, quien fue fusilado por el ej��rcito realista el 11 de
noviembre de 1817110.

Irlanda. Sobre Lallemand v��ase la noticia biogr��fica en Broc,
Kirchheimer et Riviale, Dictionnaire des explorateurs français du XIXe
si��cle. III. Am��rique, p. 183.
109
P��rez Siller, ��Historiograf��a general sobre M��xico Francia,�� p. 55;
Barker, The French Experience in Mexico, pp. 18-19. Sobre Anacharsis
Brissot, v��ase la noticia biogr��fica en Broc, Kirchheimer, et Riviale,
Dictionnaire des explorateurs français du XIXe si��cle. III. Am��rique, p.
53.
110
La Junta de Gobierno de Huetamo nombr�� a Arago jefe militar de la
provincia de Guanajuato. En esa ciudad fue hecho prisionero y luego
liberado, permaneciendo en el anonimato hasta la proclamaci��n del Plan
de Iguala. Muri�� en M��xico en 1837. Penot, Militaires, corsaires et
marins français, pp. 14-18.
Pablo Avil��s Flores

286
Jean Joseph Aimable Humbert, militar franc��s de la
Revoluci��n y del Primer Imperio, particip�� en algunas batallas en
Texas. Humbert hab��a participado en 1798 en la expedici��n
republicana en Irlanda, hab��a comandado el Ej��rcito del Danubio
en 1799 y hab��a luchado en Hait�� al lado de Leclerc en 1801111. En
1812 recibi�� la misi��n de trasladarse a los Estados Unidos para
levantar un ej��rcito compuesto de irlandeses y franceses exiliados.
Los objetivos eran: ��ponerse al servicio de los Estados Unidos,
siempre favoreciendo a Francia��, y reconquistar Hait��, desde donde
se contar��a con ��cincuenta mil negros de excelentes tropas, para
actuar contra todas las colonias de las Antillas��, o como el mismo
Humbert lo escribe: ��Infectar�� los mares, desembarcar�� donde sea
que pueda tocar tierra��.
En Filadelfia logr�� reunir una expedici��n de 500 mulatos e
intent�� desembarcar en Matagorda. Entre 1813 y 1814 estuvo

111
Jean-Joseph Amable Humbert (22 de agosto 1767, Saint-Nabord-1823,
Nueva Orle��ns). Su expediente se encuentra en CARAN F7 6335, dossier
Humbert, n�� 2184. Tambi��n afirm�� haber colaborado en la pacificaci��n
de los departamentos del Oeste de Francia y haber tenido una
participaci��n activa para lograr la paz con España y Prusia as�� como haber
comandado la vanguardia del ej��rcito de Hoche para evitar el desembarco
monarquista en el Quiber��n. (Jean-Joseph Aimable Humbert, ��À Sa
Majest�� Napol��on, Empereur des Français�� (s.l., 6 de agosto 1805),
CARAN, F7 6335, dossier Humbert, n�� 2184, s.n., que contiene un
recuento de su actividad militar hasta esa fecha). Sobre las razones de su
persecuci��n por parte de Napole��n, Penot y Aymes afirman que Humbert
fue amante de Pauline Bonaparte, viuda de Leclerc, y que esta relaci��n
ser��a la causa de su persecuci��n. Penot, Militaires, corsaires et marins
français, pp. 2-5; Aymes, ��Napol��on 1er et le Mexique,�� pp. 55-56. Sin
embargo, de los documentos que consultamos en el CARAN, parece que
Humbert no estaba al tanto de esta persecuci��n, como tampoco lo estaba
Fouch��, entonces ministro de la Polic��a. En un reporte del Consejero de
Estado del Primer Distrito de Par��s, Fouch�� escribe al margen: ��Las
causas de su desgracia [de Humbert] siendo desconocidas, se propone a su
Excelencia pedir, en atenci��n al ex general Humbert, las ��rdenes de Su
Majestad Imperial�� ��Note �� propos du g��n��ral Humbert�� (Par��s, 30 de
diciembre 1804), CARAN, F7 6335, dossier Humbert, n�� 2184, s.n. Lo
cierto es que a su regreso de Hait�� fue acusado de difamar a Leclerc y de
pactar con las tropas haitianas ��Notes pour servir de renseignements en
l'affaire intent��e par le G��n��ral Humbert�� ([Par��s], ca 1801), CARAN, F7
6335, dossier Humbert, n�� 2184, s.n.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

287
involucrado en varios intentos de organizaci��n de gobiernos
provisorios mexicanos, como en la Junta de Gobierno del 12 de
abril de 1814, bajo la presidencia del representante insurgente en
Nueva Orle��ns Jos�� Bernardo Guti��rrez de Lara, y tambi��n en la
expedici��n de Nautla. Guti��rrez de Lara lo nombr�� general en jefe
del ej��rcito de las Cuatro Provincias Unidas de la Nueva España.
En 1815 prepar�� una expedici��n para socorrer a Morelos, pero el
d��a que Humbert lleg�� a Puente del Rey, Morelos fue atrapado112.
Un importante grupo de piratas y corsarios franceses
infestaron el Golfo de M��xico. Tras la derrota de Trafalgar, España
se encontr�� imposibilitada para proteger sus vastas posesiones, y
con el reinicio de la guerra en 1808, las operaciones de los
corsarios adquirieron un car��cter legal. Los gobernadores de
Martinica y de Guadalupe expidieron patentes de corso, y despu��s
lo hizo el gobierno colombiano. De esta forma, el vac��o que hab��a
dejado la flota española fue ocupado por los piratas, corsarios y
bucaneros franceses, ingleses y holandeses, muchos de ellos bajo
las ��rdenes de comandantes insurgentes americanos. Los casos m��s
documentados fueron los de Louis d'Aury y el de los hermanos
Jean y Pierre Lafitte. Éstos ��ltimos hab��an llegado a Nueva Orle��ns
alrededor de 1804 y se instalaron en la Bah��a de Barataria,
Luisiana. La pirater��a les permiti�� levantar un emporio y acumular
un respetable arsenal. Aunque fueron aprehendidos en varias

112
Sus propuestas para invadir Inglaterra: Jean-Joseph Aimable Humbert,
��Note pour son Excellence Monseigneur le Duc de Rovigo, Ministre de a
Police G��n��rale, dress��e par ... sur les moyens de descente en les trois
Royaumes de la Grande Bretagne�� (s.l., s.f), CARAN, F7 6335, dossier
Humbert, n�� 2184, s.n.; ��Projet de la formation d'une l��gion en les
d��partements de l'Ouest, destin�� seulement �� conserver l'int��rieur de ces
d��partemens respectifs, et �� en d��fendre les fronti��res contre l'invasion
des Anglais, et de tous les ennemis de l'int��rieur�� (Versailles, 14 de
noviembre 1805), CARAN, F7 6335, dossier Humbert, n�� 2184, s.n.,
entre otros. Su misi��n en los Estados Unidos: CARAN F7 6355, dossier
Humbert, n�� 7352, Carta de Humbert al Duque de Rovigo, Ministro de la
Polic��a, Par��s, 25 de septiembre 1812) y (CARAN F7 6355, dossier
Humbert, n�� 7352, Humbert, Note particuli��re pour Son Excellence le
Duc de Rovigo, Ministre de la Police G��n��rale; s.l., s.f. [ca. septiembre
1812]) (CARAN F7 6355, dossier Humbert, n�� 7352, Humbert, Carta al
Duque de Rovigo, Ministro de la Polic��a, Par��s, 24 de septiembre de
1812).
Pablo Avil��s Flores

288
ocasiones por las autoridades estadounidenses, volv��an a sus
actividades en cuanto eran puestos en libertad113.

Las vacilaciones sobre M��xico. Atm��sfera pol��tica y simpat��as

Tras la ca��da de Napole��n, la posici��n de Francia continu��
siendo ambigua respecto a la independencia mexicana. Estos
vaivenes fueron criticados por los monarquistas para quienes si
bien era necesario hacer frente a la abierta hostilidad de Inglaterra,
no pod��a serlo debilitando a los vecinos españoles114. Luis XVIII
no tard�� en informar a Fernando VII su deseo de restaurar el Pacto
de Familia115. El rey franc��s no ignoraba que ingleses y americanos
adquir��an mayor influencia en las nuevas rep��blicas, por lo que
buscaba medios por los que, sin romper con España, pudieran
participar del comercio transoce��nico. El duque de Richelieu,
ministro de Asuntos Exteriores, acarici�� la idea de una
intervenci��n europea en contra de los insurgentes o al menos de
una mediaci��n para lograr un acuerdo pac��fico entre España y sus
ex colonias. Sin embargo, Inglaterra se opuso firmemente, pues
mantener una situaci��n revolucionaria en Am��rica le garantizaba la
actividad de su comercio.

113
Penot menciona, adem��s, al capit��n O'Brien, americano, a Manuel
Blanco Escalada, español, al holand��s Brion, muy apreciado por Sim��n
Bol��var, los cuatro capitanes franceses de la escuadra bolivariana: Jean
Monier, Charles Lomin��, Vincent Dubouille y Ren�� Belluche, quien
adem��s era t��o de Pierre Laffite. En el Golfo de M��xico combatieron
Sauvinet, Dominique You, Belluche, Laporte, Legrand, Chevalier,
Lamaison, Fabiani, Ducoing, Barriteau, Villeret. Penot, Militaires,
corsaires et marins français, pp. 19-23; Les Relations entre la France et
le Mexique, pp. 208-224.
114 Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, p. 44. V��ase el primer cap��tulo ��Before Recognition:
Bourbon Ambivalence (1821-1830)�� en Barker, The French Experience
in Mexico.
115
Luis XVIII hab��a enviado sus instrucciones el 9 de agosto de 1814.
Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, pp. 41-42, 60-61; Les Relations entre la France et le
Mexique, pp. 225-233; Militaires, corsaires et marins français, p. 40.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

289

La conspiraci��n de Delpech

Bajo los reinados de Luis XVIII y de Carlos X, pero sobre
todo del primero, el temor a una nueva revoluci��n que derivara en
el exilioo del rey y de su familia, provoc�� una estrecha vigilancia
sobre los simpatizantes de los insurgentes americanos. En los
Archivos Nacionales de Francia hemos localizado dos casos que si
bien se revelaron de poca importancia, reflejan bastante bien la
atm��sfera de preocupaci��n116.
El primero de ellos tuvo su origen en las declaraciones de un
veterano de guerra acerca de un supuesto agente americano
operando en Francia. El 8 de julio de 1819, el prefecto de Charente
escribi�� al Ministro del Interior a prop��sito de las declaraciones
hechas por Guillaume Duch��, vecino de Angulema117. Duch�� hab��a
hecho una estancia en Par��s, durante la cual hab��a ��escuchado decir
que reclutaban a favor de los insurgentes de Am��rica��. Un
individuo de nombre Labont�� lo hab��a conducido a un local en el
Bulevard de los Italianos, propiedad de un tal Delpech, y en el
interior le hab��a mostrado lo que parec��a ser un taller en el que se
fabricaban uniformes militares. En espec��fico, Duch�� mencionaba
chac��s en cuya visera aparec��a la palabra Ind��pendant, y que
deber��an ser embarcados en Dieppe con destino a Am��rica.
La investigaci��n retom�� algunos informes que ya exist��an en
el Ministerio del Interior sobre el presunto propietario del local,

116 Ambos se encuentran en el ramo Police g��n��rale: CARAN F7 9817,
dossier Recrutement pour l'Am��rique Espagnole. R��al-Garcia.
Recherches faites �� ce sujet par la police française, y CARAN F7 6898,
dossier Enrôlement en faveur des insurg��s d'Am��rique.
117
CARAN F7 6898. M. Villeneuve, Carta del Prefecto de Charente al
Ministro del Interior, Angulema, 8 de julio 1819. El nombre de Duch�� no
aparece sino hasta una segunda carta del mismo prefecto y contenida en el
mismo expediente, fechada el 24 de septiembre de 1819. En ella, el
prefecto comunica que Duch�� hab��a sido militar, dado de baja por mala
conducta, sumido pr��cticamente en la miseria, y que hab��a expresado en
varias ocasiones su deseo de partir a Am��rica para luchar en los ej��rcitos
insurgentes.
Pablo Avil��s Flores

290
François Charles Louis Delpech de Bauzel118. Hacia 1785, con el
fin de no pagar las deudas contra��das en un negocio de muebles y
especialmente 400,000 francos que le deb��a al tesoro p��blico,
Delpech fingi�� su muerte. Se estableci�� en Caracas, donde contrajo
matrimonio con una supuesta hija o hermana de Sim��n Bol��var119.
Volvi�� a Francia en compañ��a del general Exelmans el 21 de
octubre de 1815 gracias a la fortuna de su esposa y a la ayuda del
ex diputado Merlin de Thionville120. Avisado de su regreso, el
Ministro de Finanzas intent�� ejecutar la sentencia pronunciada en
contra de Delpech ocho años antes121. Sin embargo, por alguna
raz��n que desconocemos, la vigilancia sobre Delpech no produjo
m��s informes ni documentos durante siete años122. Lo ��ltimo que
sabemos de ��l data de 1822: el 19 de agosto, el Prefecto de la
Polic��a de Par��s inform�� al ministro del Interior que Delpech hab��a
obtenido un pasaporte para dirigirse a El Havre. M��s tarde, el 6 de
diciembre, el Ministro del Interior dio su visto bueno a la solicitud
de Delpech para obtener un pasaporte con destino a Londres123.
En nuestra opini��n, pensamos que se trataba del insurgente
venezolano de origen franc��s – o al menos as�� lo pens�� el gobierno
de Luis XVIII – que hab��a emparentado con una de las familias
m��s importantes de aquel pa��s. Cuando el general Francisco de

118
En especial, una nota firmada J.D.J., del 18 de octubre de 1815. Los
informes contin��an llegando, con m��s o menos la misma informaci��n que
resumimos enseguida, hasta el 6 de diciembre de 1822, fecha del ��ltimo
ejemplar que existe en el expediente bajo el n��mero topogr��fico CARAN
F7 6898.
119
Robertson menciona a Louis Delpech como uno de los aventureros
franceses que hab��an hecho fortuna en Venezuela, y quien hab��a
emparentado con ��la prominente familia Montilla��. The Life of Miranda,
t. II, p. 108.
120
CARAN F7 6898. De Beaudinigiez, Rapport au Ministre de
l'Int��rieur, Bruselas, 21 de octubre 1815.
121
CARAN F7 6898. Carta del Ministro de la Polic��a al Ministro de
Finanzas, Par��s, noviembre 1815.
122 Salvo dos reportes, que no agregan informaci��n sustancial: el primero
del 27 de agosto y el segundo de 14 de noviembre de 1819 El ��nico dato
nuevo consist��a en aclarar que adem��s de la casa en el n��mero 28 del
bulevard des Italiens, tambi��n pose��a un local en el n��mero 18. CARAN
F7 6898.
123 CARAN F7 6898. Nota du Minist��re de l'Int��rieur, 6 de diciembre
1822.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

291
Miranda fue nombrado dictador en mayo de 1812, Delpech fue
comisionado para ponerse en contacto con el gobernador de las
Antillas Inglesas, el almirante Cochrane, a quien conoc��a desde su
estancia en Europa124. En Londres Delpech se entrevist�� en secreto
con Blanco White para entregarle una carta de Miranda, discutir
los medios para enviar voluntarios al ej��rcito venezolano y
comprar armas125. En Par��s se encarg�� de recibir a algunos de los
agentes americanos, como el venezolano Manuel Palacio Fajardo,
para tratar de acercarse al gobierno franc��s126. Tras la capitulaci��n
de Miranda frente a las tropas españolas en San Mateo, Delpech
escribi�� una Relation succincte des ��ven��ments derni��rement
survenus �� Caracas defendiendo la actuaci��n de su antiguo
superior127.

La conspiraci��n del doctor Real y del Signor Garc��a

El segundo caso corresponde a la presencia de dos agentes
colombianos en Par��s. El 25 de julio de 1816, el peri��dico ingl��s
The Morning Chronicle public�� un art��culo acerca de la alianza de
Sim��n Bol��var con el presidente haitiano P��tion. Seg��n el
peri��dico, Bol��var habr��a llevado al continente ��algunos miles de
soldados�� para consumar la independencia y emancipar los
esclavos negros en el continente. Alertado por esta publicaci��n, el
embajador franc��s en Londres comunic�� a Par��s una serie de
informes acerca de la llegada a Francia del ��Signor Garcia��,
secretario del doctor Jos�� Mar��a del Real, con la misi��n de reclutar
oficiales franceses o españoles para dirigir el ej��rcito insurgente128.

124
Robertson, The Life of Miranda, t. II, p. 158.
125 Ib��d., t. II, p. 159.
126
Enrique Bernardo N��ñez, « Introducci��n » en Palacio Fajardo,
Bosquejo de la Revoluci��n, p. xviii.
127 R��lation succincte des ��v��nements derni��rement survenus �� Caracas,
27 de febrero de 1813, consultada en la Public Office Record, de Londres,
ramo Foreign Office, 72/151. Robertson, The Life of Miranda, t. II, pp.
192-193.
128
CARAN F7 9817. Marqu��s de Osmond, Carta del embajador de
Francia en Londres al duque de Richelieu, ministro de Asuntos
Exteriores, Londres, 26 de julio 1816.
Pablo Avil��s Flores

292
Seg��n estos informes, Garc��a contaba con una suma de 1,500
luises, y ofrecer��a un grado de oficial y 50 luises a todo aqu��l que
lo siguiera. Del Real era un abogado de Cartagena que hab��a
abrazado la causa independentista. Hab��a sido enviado a Londres
por Camilo Torres, otro insurgente colombiano, para ponerse en
contacto con militares franceses y otros insurgentes americanos
como Palacio Fajardo129.
El 31 de julio de 1816, el ministro de Asuntos Exteriores
inform�� al de Polic��a sobre un presunto agente ��de los insurgentes
de la Nueva Granada��. En agosto, el ministro de la Polic��a advirti��
al de Guerra. A estas alturas, Garc��a se hab��a transformado en los
reportes en un agente ��de los insurgentes de M��xico��130. Ese
mismo agosto, el Comisario de Aduanas en el puerto de Calais
report�� al duque de Richelieu que Garc��a se pondr��a en contacto en
Par��s con el Marqu��s de G��lvez, ��antiguo coronel al servicio del
rey Jos��, quien hab��a tenido desde el año anterior, comunicaciones
con los insurgentes de M��xico. [...] Este G��lvez naci�� en la Ciudad
de M��xico, su padre y su abuelo fueron virreyes de M��xico��131. A
finales del mes, el mismo comisario anunci�� la llegada de un
agente insurgente bajo el nombre de ��Robert Garc��a��132. Sin
embargo, al d��a siguiente d'Escalone se dio cuenta que hab��a
cometido un error: la embajada francesa en Londres le hab��a
advertido de la llegada de Diego Alvar y Ponce, procedente de
M��xico, para intrigar contra los Borb��n, y lo hab��a confundido con

129
Enrique Bernardo N��ñez, «Introducci��n» en Palacio Fajardo, Bosquejo
de la Revoluci��n, p. xix.
130
CARAN F7 9817. Duque de Richelieu, Carta del ministro de Asuntos
Exteriores al duque de Caz��s, ministro de la Polic��a, Par��s, 31 de julio de
1816; Duque de Caz��s, Carta del ministro de la Polic��a, al duque de
Richelieu, ministro de Asuntos Exteriores, Par��s, 4 de agosto de 1816;
Duque de Caz��s, Carta del ministro de la Polic��a, al ministro de la
Guerra, Par��s, 4 de agosto 1816.
131
CARAN F7 9817. D'Escalone, Carta del Comisario especial de la
polic��a en el puerto de Calais al duque de Richelieu, Calais, 6 de agosto
1816.
132
CARAN F7 9817. D'Escalone, Carta del Comisario especial de la
polic��a en el puerto de Calais al duque de Richelieu, Calais, 22 de agosto
1816.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

293
Garc��a133. Por lo tanto, ahora se trata de vigilar a tres españoles: a
Garc��a, de quien no se ten��an noticias; a Alvar y Ponce, a quien
d'Escalone dej�� pasar, y al marqu��s de G��lvez134.
Del marqu��s de G��lvez no se encuentra ning��n reporte en el
expediente consultado. Diego Alonso y Ponce fue puesto bajo
vigilancia pero su conducta no levant�� ninguna sospecha. Al
contrario, result�� que Ponce estaba muy ligado al embajador
español y las sospechas sobre ��l ameritaron al comisario de
aduanas un duro reproche del Ministro de la Polic��a135. De Garc��a
se produjeron varios informes: uno afirmaba que hab��a llegado
despu��s del 2 de septiembre de 1816 a Calais, acompañado de su
mujer y de dos parientes y que se hab��a dirigido inmediatamente a
Par��s haci��ndose pasar por un ��gentilhombre ingl��s��136. En otro,
una carta de Garc��a dirigida al doctor Real e interceptada por la
polic��a, afirmaba que un coronel franc��s de nombre Rapatel estaba
listo para partir rumbo a Am��rica, a condici��n que lo nombraran
General de Divisi��n137. Otro m��s informaba que Garc��a se
hospedaba en el Hôtel des Indes, y se hac��a pasar por hombre de
negocios, dedic��ndose a visitar ��los lugares curiosos de la
capital��138. Uno m��s informaba que las tres personas que lo
acompañaban no eran familiares suyos, sino Thomas Field, de 20
años, Samuel Platt, de 19 y Loshur [sic] Platt de 22 y que se hab��a
hospedado en el mismo hotel donde Mina lo hab��a hecho años

133 CARAN F7 9817. D'Escalone, Carta del Comisario especial de la
polic��a en el puerto de Calais al duque de Richelieu, Calais, 23 de agosto
1816.
134
Richelieu hab��a pedido informes sobre el marqu��s de G��lvez al
Prefecto de la Polic��a. CARAN F7 9817. Duque de Richelieu, Carta del
ministro de Asuntos Exteriores al Prefecto de la Polic��a, Par��s, 28 de
agosto 1816.
135
CARAN F7 9817. Prefecto de la Polic��a, Rapport sur Diego Alonso y
Ponce, 19 de septiembre 1816 y Ministro de la Polic��a, Lettre du ministre
au commissaire de la Police �� Calais, 24 de septiembre 1816.
136 CARAN F7 9817. Rapport adress�� au Minist��re des Affaires
Étrang��res, s.l., 2 de septiembre 1816.
137 CARAN F7 9817. Extrait d'un rapport �� propos des o��rations de
Garcia en France, s.l., 3 de septiembre 1816.
138 CARAN F7 9817. Rapport sur Robert Garc��a, borrador, s.l., 4 de
septiembre 1816.
Pablo Avil��s Flores

294
antes139. Sin embargo, una nota del Ministerio de la Polic��a que
incluye una descripci��n del supuesto agente Garc��a, afirmaba que
no se trataba de la misma persona hospedada en el Hôtel des Indes,
mientras que los agentes a cargo de la vigilancia insist��an en su
identidad140.
El 21 de septiembre, el comisario de aduanas de Calais
report�� al ministro de Relaciones Exteriores la recepci��n de otra
carta de la embajada francesa en Inglaterra. En ella se anunciaba la
llegada de dos españoles nativos de Cartagena a trav��s de la
frontera con los Pa��ses Bajos141. Enterado de los intentos frustrados
por identificar a Garc��a, el 23 de septiembre, el embajador español
escribi�� al Ministro de la Polic��a inform��ndole que ��don Juan
Garcia��, alias ��Garc��a del R��o��, hab��a estado en Besanz��n donde
hab��a reclutado sesenta y tres oficiales, y que hab��an sido
embarcados desde Holanda rumbo a Am��rica. Agreg�� que el
doctor del Real probablemente tambi��n se encontraba en
Francia142. El mismo d��a, el Ministro respondi�� al embajador el
mismo d��a admitiendo que la informaci��n enviada desde Londres
era contradictoria y fragmentaria, y que la obtenida por los agentes
en Par��s era confusa143. El 7 de octubre el comisario d'Escalone
volvi�� a escribir anunciando que, en esa ocasi��n, ��D. Manuel de
Garc��a�� hab��a llegado verdaderamente a Francia acompañado de su
mujer y sus dos hijos, y que llegar��an a Par��s al d��a siguiente. El
tono triunfalista fue reemplazado al d��a siguiente pues d'Escalone
hab��a cometido un nuevo error: Manuel de Garc��a era un cantante
contratado por el c��lebre Teatro Favart de Par��s144.

139
CARAN F7 9817. Dunisieux y Joly, Rapport sur les activit��s de
Garcia, Par��s, 5 de septiembre 1816.
140
CARAN F7 9817. Minist��re de Police G��n��rale, Note pour MM. les
Officiers de Par��s, 10 de septiembre 1816 y Dunisieux y Joly, Rapport
sur Garcia, 12 de septiembre 1816.
141
CARAN F7 9817. D'Escalone, Carta al ministro de Asuntos
Exteriores, Calais, 21 de septiembre 1816.
142
CARAN F7 9817. Carta del embajador español al ministro de la
Polic��a, Par��s, 23 de septiembre 1816.
143
CARAN F7 9817. Carta del ministro de la Polic��a al Embajador de
España en Francia, Par��s, 5 de octubre 1816.
144
CARAN F7 9817. D'Escalone, Carta al Ministro de Asuntos
Exteriores, Calais, 7 de octubre 1816.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

295
Lo primero que debe hacerse notar de estos dos casos, es la
imagen imprecisa que a��n se mantiene sobre Am��rica. M��xico,
Venezuela o la Nueva Granada no representan lugares distintos
frente a los ojos de la polic��a francesa. No hay una diferencia clara
entre las regiones del continente americano. De la misma manera,
los personajes m��s importantes, como Bol��var, aunque gozan de
una mayor precisi��n (Bol��var s��lo es mencionado junto a la Nueva
Granada o Colombia), son añadidos al relato sin discriminaci��n.
En el segundo caso, es notoria la atenci��n que le prestaron las
autoridades francesas a cada uno de los avisos que daba la
embajada francesa en Londres o el agente de aduanas. A pesar de
los constantes errores en los que ca��an, no dejaban de investigar
cada uno de los reportes, lo que revela la atm��sfera de
desconfianza.

6.- Francia entre la espada y la pared. Las dudas econ��micas

La precaria situaci��n francesa

La situaci��n de Francia a principios de los veinte del siglo
XIX es de gran pobreza: la burocracia napole��nica hab��a sido
desmantelada y el ej��rcito reducido, dejando en el desempleo a
miles de personas. Una gran parte del territorio segu��a ocupado por
los ej��rcitos aliados y el gobierno franc��s deb��a solventar los gastos
militares. En consecuencia, el pa��s atraves�� un per��odo de grandes
migraciones, dando lugar al fen��meno de las compañ��as
colonizadoras, del que ya hemos expuesto algunos ejemplos145.
Por lo que respecta al movimiento insurgente, desde la
derrota de la expedici��n de Mina no fue objeto de ninguna
publicaci��n ni de reportes diplom��ticos146. Francia no contaba con

145 Barker, The French Experience in Mexico, p. 18.
146
El abad Pradt es el ��ltimo en mencionarlo, pero s��lo hace
elucubraciones: ��Sin duda ser��a muy f��cil agregar a estos hechos
principales... lo acontecido en M��xico. La independencia, a no dudar,
debe de estar triunfando all�� al igual que en Am��rica del Sur... pero dudo
que aquella segunda parte del escenario no alcanza a verse tan claramente
como la primera, nos cretaremos al an��lisis de esta ��ltima��. Pradt, Des
Pablo Avil��s Flores

296
informaci��n de primera mano sobre los sucesos en Am��rica.
Durante sus escalas en varios puntos del Pac��fico, el capit��n
Roquefueil del Bordelais obtuvo poca informaci��n sobre los
acontecimientos revolucionarios en el pa��s, mientras que durante su
paso por Per�� y Chile hab��a obtenido infinidad de detalles147. Los
peri��dicos le dedicaron poco espacio a la cuesti��n de la
independencia latinoamericana. Algunas noticias sobre los
corsarios en el Golfo de M��xico o sobre las revueltas insurgentes
hab��an sido publicadas en 1817 en el Journal des D��bats y en el
Quotidienne, donde eran calificadas como levantamientos de
bandidos148. A partir de 1821 lleg�� m��s informaci��n gracias a los
reportes de los embajadores en Madrid Montmorency Laval y el
conde de Lagarde. El Moniteur public�� una serie de art��culos a
favor de la independencia de los pa��ses latinoamericanos, mientras
que el Quotidienne lo hizo a favor de Fernando VII149.
Este desconocimiento imped��a al gobierno franc��s tomar las
decisiones que le permitieran asumir una posici��n ventajosa, lo que
cada vez era m��s urgente, pues conforme avanzaba el tiempo, se
hac��a evidente para Luis XVIII que el movimiento independentista
americano era irreversible. A menos que Fernando VII accediera a
enviar a alguno de los infantes al trono americano, Francia no

trois derniers mois de l'Am��rique m��ridionale et du Br��sil, Par��s, juillet
1817, p. 5, citado por Penot, Primeros contactos diplom��ticos, p. 34;
Militaires, corsaires et marins français, pp. 37, 44-45. Jacques Penot
señala que entre 1812 y 1821, en los Archivos del Ministerio de Asuntos
Exteriores, s��lo hay un documento en la correspondencia diplom��tica
entre M��xico y Francia: las Notes sur la Province du Nouveau-Mexique,
escritas por Louis de Mun, jefe de la legaci��n francesa en Washington.
147 Camille de Roquefeuil, Journal d'un voyage autour du monde, pendant
les ann��es 1816, 1817, 1818 et 1819, 2 vol. (Par��s: Ponthieu, 1823),
citado en Penot, Militaires, corsaires et marins français, p. 44;
M��connaissance, p. 67.
148
��Proclamation du vice-roi de la Nouvelle-Espagne, don Juan Rait
[sic] de Apodaca��, Le Moniteur, n�� 205, 24 de julio 1817, pp. 809-810;
Le Moniteur, 7, ��Nous sommes depuis long-tems d'avis que des mesures
d��cisives devraient ��tre prises...��, Le Moniteur, n�� 287, 14 de octubre de
1817, p. 1155. Otras citas sobre barcos insurgentes españoles en mares
europeos, pueden ser encontradas en Penot, Primeros contactos
diplom��ticos, p. 35.
149 Penot, Militaires, corsaires et marins français, pp. 46-47;
M��connaissance, p. 29.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

297
podr��a reconocer la independencia de las antiguas colonias sin
dejar intacto el Pacto de Familia. S��lo ��compartiendo sus
derechos��, España ten��a posibilidades de conservar su imperio. El
gobierno franc��s busc�� una interpretaci��n del Pacto que le
permitiera entrar en contacto con las nuevas naciones
latinoamericanas. Llegaron a la conclusi��n que Francia no hab��a
adquirido el compromiso de ayudar a su vecino a recuperar sus
colonias, s��lo el de ofrecerse como mediadora150.
Parte del partido que apoyaba a Carlos deseaba una
intervenci��n directa en las colonias con dinero y tropas, y los m��s
ardientes acariciaban la improbable idea de colocar un pr��ncipe
franc��s en M��xico, Per�� y Argentina. Luis XVIII no ten��a
descendencia, su avanzada edad pon��a a su hermano Carlos en la
l��nea de sucesi��n, lo que de hecho sucedi��. Por su parte, los dos
hijos de Carlos, el duque de Angulema y el duque de Berry,
tampoco podr��an ocuparse de un trono americano. El duque de
Berry muri�� asesinado el 14 de febrero de 1820 y el de Angulema
tambi��n era considerado en la l��nea de sucesi��n. Los primeros años
de la independencia mexicana abrieron una posibilidad, pues el
Plan de Iguala y los Tratados de C��rdoba que consumaban el
movimiento insurgente, llamaban al trono mexicano a los infantes
de España o a un pr��ncipe Borb��n151.

150 Barker, The French Experience in Mexico, p. 5; Penot, Primeros
contactos diplom��ticos, p. 49.
151 Tras la creaci��n del Imperio del Brasil unido din��sticamente a
Portugal, a la idea no le faltaban partisanos. Penot, ��L'expansion
commerciale française au Mexique et les causes du conflit franco-
mexicain de 1838-1839,�� p. 89. Barker, The French Experience in
Mexico, pp. 6-7; Penot, Les Relations entre la France et le Mexique, pp.
250-251. Seg��n Barker, un ��ltimo plan hab��a sido esbozado durante una
conversaci��n entre el Pr��ncipe de Polignac y el diputado Laisn�� de
Vill��veque. La idea era anexar el ducado de Parma a Francia, y en
compensaci��n, el soberano Borb��n ser��a elevado al trono mexicano.
Polignac no consider�� realizable este proyecto pero Villev��que envi��
instrucciones a su hijo, Athanase entonces c��nsul en Acapulco, para que
buscara apoyo en la capital mexicana. Houdaille sugiri�� que este plan
habr��a sido incluso propuesto por Napole��n a Carlos IV, a cambio de
obtener la costa norte del Golfo de M��xico y que el misterioso viaje del
general d'Alvimar estar��a relacionado, sin presentar pruebas contundentes.
Pablo Avil��s Flores

298
De esta manera, el Pacto de Familia dej�� a Francia en una
posici��n de impotencia y de ambig��edad, am��n de su posici��n
conservadora tras el env��o de tropas a España por el ministro
Vill��le. Chateaubriand, ministro de Asuntos Exteriores, percibi�� el
peligro que representaba iniciar una campaña fuera de Europa: ��Es
f��cil arbolar los principios legitimistas, pero cuando se trata de
equipar barcos y gastar doscientos millones..., poco valor es
demostrado��152. Un nuevo enfrentamiento con Inglaterra podr��a
perder lo que quedaba de las colonias francesas. George Canning,
secretario de Asuntos Exteriores brit��nico, dejaba clara la
oposici��n de Inglaterra contra cualquier intervenci��n europea en
las colonias americana. En una nota de cinco puntos al gobierno
estadounidense, expresaba la preferencia de Inglaterra por un
arreglo amistoso entre España y sus colonias, pero en el ��ltimo
punto afirmaba que la corona inglesa reaccionar��a a todo intento de
apoderarse de las ex colonias. Finalmente, en octubre de 1823
Canning redact�� el ��Memorandum Polignac�� por el cual advert��a al
ministro franc��s que toda intervenci��n europea en Am��rica
provocar��a inmediatamente el reconocimiento de Inglaterra de la
independencia de esos pa��ses. La presi��n inglesa en la zona hizo
que los Estados Unidos reconocieran la independencia mexicana en
abril de 1822, con lo que sus barcos obtuvieron acceso a los
puertos mexicanos. En seguida lleg�� el reconocimiento
diplom��tico de Inglaterra en diciembre de 1824, y tras la rendici��n
de la guardia española del fuerte de San Juan de Ul��a el 19 de
noviembre de 1825153 desapareci�� toda posibilidad de intervenci��n
directa de Francia en favor de España.

152
Chateaubriand al marqu��s de Talaru, Par��s, 31 de marzo 1824.
Archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores, Correspondance Politique
Espagne, vol. 724, citado por Barker, The French Experience in Mexico,
p. 8.
153 La noticia de la ca��da del fuerte de San Juan de Ul��a es publicada en
Francia en ��Espagne. Madrid, le 8 janvier. 'On a reçu, par la voie de
Cadix, des nouvelles de la Nouvelle-Espagne ...',�� Le Moniteur Universel
(Par��s, 19 de enero 1822), pp. 75-76., junto con la de la muerte de
O'Donoj��. V��anse algunos detalles de los intereses europeos en Am��rica
a trav��s de la Santa Alianza en Barker, The French Experience in Mexico,
pp. 7-9, 27; Houdaille, Frenchmen and Francophiles in New Spain, p. 23;
Penot, Primeros contactos diplom��ticos, p. 41, 66; L��pez de Roux et
Mar��n, El reconocimiento de la independencia de M��xico, pp. 9 y en
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

299

Los primeros acercamientos

Hacia 1823, Francia hab��a iniciado una serie de
acercamientos con las rep��blicas americanas, consistentes en
gestos de buena voluntad y algunos mensajes diplom��ticos. La
posici��n de Francia en este per��odo es interesante. Con el fin de
acceder al mercado latinoamericano, Luis XVIII hab��a
reinterpretado el Pacto de Familia, de tal manera que Francia s��lo
quedaba a obligada a mediar: si bien a��n continuaba vigente, pero
hab��a perdido su valor frente a la creciente importancia del
mercado latinoamericano. Para entonces, Francia hab��a iniciado
negociaciones con las autoridades mexicanas que podr��an
considerarse pr��cticamente oficiales.
El contexto pol��tico en Europa, la influencia estadounidense
e inglesas, as�� como los informes de la marina francesa
contribuyeron a que el gobierno franc��s juzgara oportuno el
establecimiento de relaciones con M��xico. El Ministro de Marina
orden�� a los capitanes de nav��o reunir toda la informaci��n que
pudieran. Con este fin, el gobierno franc��s decidi�� enviar a la
corbeta Tarn capitaneada por Bernard B��gu��, a los puertos de
Cartagena y de Veracruz. En ella viajaban agentes franceses sin
cargo oficial, cuya misi��n consist��a en entrar en contacto con los
gobiernos de Colombia y de M��xico. La Tarn zarp�� de Aix el 18
de agosto de 1822 y lleg�� a Cartagena el 19 de noviembre. Ah��
desembarcaron el conde de Landos y los agentes Mollien y Rattier
de Sauvignan. El 18 de enero de 1823 lleg�� a Veracruz, donde
desembarcaron el coronel Schmaltz y su secretario De la Motte, en
medio del bombardeo del puerto por las fuerzas leales a Iturbide y
la defensa organizada por el general Santa Anna. Schmaltz y De la

general, el estudio introductorio. Sobre el reconocimiento de la
independencia por parte de los Estados Unidos, v��ase la carta de John
Quincy Adams a Jos�� Manuel de Herrera, fechada en Washington el 23
de abril de 1822, y por parte de Inglaterra, la carta de Jos�� Mariano de
Michelena a Lucas Alam��n, fechada en Londres el 30 de diciembre de
1824, reproducidas en L��pez de Roux et Mar��n, El reconocimiento de la
independencia de M��xico, p. 3, documento 3 y p. 132, documento 43,
respectivamente.
Pablo Avil��s Flores

300
Motte se instalaron en la Ciudad de M��xico el 19 de marzo
siguiente. Sin embargo, a finales de 1823 fueron arrestados y
deportados hacia Nueva Orle��ns. Su presencia result�� sospechosa
para el gobierno mexicano que tem��a una invasi��n
francoespañola154.
En diciembre de 1823 Francia envi�� al teniente de nav��o
Samouel con la misi��n de dirigirse al gobierno de M��xico para
formular las bases de una posible reconciliaci��n con España, y al
mismo tiempo conseguir privilegios para el gobierno franc��s.
Samouel parti�� el 5 de febrero de 1824 a bordo de la fragata
Jeanne d'Arc, junto con el agente Chasseriau. Éste ��ltimo llevaba
consigo instrucciones confidenciales redactadas por el ministro de
la Marina Clermont-Tonnerre y por el ministro Chateaubriand para
el gobernador de Martinica, el general Danzelot. En ellas quedaba
claro que la independencia de las colonias españolas era
considerada como un hecho consumado, pero los derechos de
soberan��a de España permanec��an indiscutidos. En caso que
Fernando VII se obstinara en no reconocer la independencia,
entonces Francia abandonar��a toda tentativa de mediaci��n y se
considerar��a en libertad para actuar. El mismo plan ser��a propuesto
a los gobiernos americanos, quienes se pensaba que aceptar��an con
mayor facilidad155.
Tras entrevistarse con Schmaltz en Nueva Orle��ns en abril
de 1824, Samouel qued�� convencido que cualquier negociaci��n
con España ser��a in��til. Decidi�� entonces cambiar de estrategia y
opt�� por dar un car��cter p��blico a su misi��n. El 23 de mayo de
1824, tras visitar al general Lemaur, capit��n del fuerte de San Juan
de Ul��a todav��a en posesi��n del ej��rcito español, Samouel
desembarc�� en Veracruz y visit�� al gobernador de Veracruz, el
general Rinc��n. Tras dos semanas de espera, Guadalupe Victoria le
extendi�� una autorizaci��n para dirigirse a la Ciudad de M��xico.
Victoria se ofreci�� a escoltarlo hasta su llegada a la Ciudad de
M��xico, donde se entrevist�� con Lucas Alam��n. Samouel caus��
buena impresi��n y Alam��n accedi�� a casi todas sus demandas:

154 Penot, Militaires, corsaires et marins français, pp. 43-44; Primeros
contactos diplom��ticos, pp. 37-48, 64-66; M��connaissance, pp. 73-77.
97-98.
155
Penot, Primeros contactos diplom��ticos, pp. 49, 52-53, 93; Penot,
M��connaissance, pp. 77-91.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

301
rindi�� explicaciones sobre la expulsi��n de Schmaltz y De la Motte,
que fueron inmediatamente aceptadas y sent�� las bases para iniciar
nuevas negociaciones en vistas de un tratado comercial. Samouel
fue recibido con car��cter oficial y en reciprocidad, el gobierno
mexicano hab��a enviado a Tom��s Murphy como su agente ante la
corte francesa156. El informe que Samouel envi�� desde La Habana
el 13 de agosto de 1824 era muy optimista. Aunque los resultados
no eran tangibles, el gobierno franc��s obtuvo informaci��n valiosa
sobre la brecha que separaba a M��xico de España y constat�� la
creciente influencia inglesa:

"Lamento mucho, Monseñor, no haber sido capaz de obtener
ninguna propuesta conducente a un r��pido entendimiento entre
España y M��xico; los lazos que exist��an entre estos dos pa��ses se
van debilitando cada d��a m��s y los ingleses recurren a toda clase
de medios para establecer una especie de protectorado en la
Nueva España"157.

156
Barker, The French Experience in Mexico, p. 9. Poco antes, Iturbide
hab��a nombrado Lucas Alam��n Enviado Extraordinario ante el rey de
Francia. Sin embargo, Alam��n nunca recibi�� los documentos y
probablemente ni siquiera lo supo en su momento. Penot, Primeros
contactos diplom��ticos, pp. 43, 56. Puede consultarse una transcripci��n
del ��Nombramiento de don Lucas Alam��n como enviado extraordinario y
ministro plenipotenciario ante el gobierno de Francia�� y otros documentos
concernientes en L��pez de Roux et Mar��n, El reconocimiento de la
independencia de M��xico, pp. 283-285, documentos n�� 1-3.
157 La traducci��n es nuestra: ��Je regrette vivement, Monseigneur, de
n'avoir pu obtenir aucune proposition susceptible de conduire �� un prompt
accommodement entre l'Espagne et le Mexique, chaque jour les liens qui
existaient entre les deux pays se d��truisent et les Anglais emploient tous
leurs moyens pour ��tablir une esp��ce de protectorat �� la Nouvelle-
Espagne.�� Hacia la misma fecha tambi��n se encontraba en Veracruz el
capit��n Luneau, capit��n del barco Rus��. A su regreso a Francia, Luneau
escribi�� un reporte que confirmaba el de Samouel y recomendaba el
reconocimiento diplom��tico para establecer relaciones comerciales. Los
informes de Cuvillier de 1825, quien era considerado el mejor observador
de la situaci��n de Am��rica del Sur, influyeron en la decisi��n de Carlos X
de enviar un representante comercial a M��xico. Cuvillier se quejaba de no
haber utilizado antes los medios oficiales y ordinarios para establecer las
debidas relaciones comerciales, y sonar�� la alarma, una vez m��s, frente a
Pablo Avil��s Flores

302

El nombramiento de Alexandre Martin como ��agente
confidencial�� en M��xico fue visto con benepl��cito por el gobierno
mexicano. Martin lleg�� acompañado por un alto funcionario, el
capit��n Cuvillier, Capit��n General de la flota francesa en el Caribe.
La formalidad que revisti�� el nombramiento y la llegada de Martin
fue interpretada como un paso sustancial para lograr el
reconocimiento diplom��tico. Ambos funcionarios llegaron a
Veracruz el 16 de abril de 1826 a bordo de la fragata Nymphe. El
28 de abril Martin se instal�� en la Ciudad de M��xico y el 1�� de
mayo siguiente fue recibido oficialmente158.
El 23 de mayo Guadalupe Victoria, presidente de M��xico,
rindi�� un informe ante el Congreso en el que anunci�� la pr��xima
conclusi��n de tratados comerciales con los Estados Unidos y con
Inglaterra159. Aunque las relaciones con Francia parec��an
estabilizarse, en realidad continuaban en un impasse. Por un lado,
el pa��s europeo deseaba establecer relaciones comerciales, pero
continuaba impedida para reconocer la independencia mexicana.
Por el otro, el gobierno mexicano tambi��n estaba dispuesto a
establecer relaciones comerciales, pero s��lo si Francia reconoc��a su
independencia tal como lo hab��an hecho Inglaterra y los Estados
Unidos.
Otro paso significativo fue dado el 9 de noviembre de 1826,
cuando el Ministro de la Marina francesa, el conde de Chabrol,
orden�� elevar el rango de los representantes franceses en M��xico y

la influencia de Inglaterra. Penot, Primeros contactos diplom��ticos, pp.
57-58, 62-66; M��connaissance, pp. 90-96.
158
Barker, The French Experience in Mexico, pp. 9-10, 12; Penot,
Primeros contactos diplom��ticos, pp. 66-67.
159 Penot, M��connaissance, p. 99. Tambi��n las ciudades hanse��ticas de
Lubek, Bremen y Hamburgo hab��an firmado un tratado el 16 de junio de
1827, con cl��usula de naci��n m��s favorecida pero sin permiso para el
comercio al menudeo ni cabotaje. Hannover obtuvo la ratificaci��n de su
tratado ese mismo año. El tratado fue ratificado hasta el 7 de abril de
1832. Por su parte, Prusia, al no reconocer la independencia mexicana se
limit�� a enviar un c��nsul que lleg�� a la Ciudad de M��xico en febrero de
1831 y a establecer viceconsulados en Veracruz, Tampico y Matamoros.
Gonz��lez Navarro, Los extranjeros en M��xico, pp. 65-66; L��pez de Roux
et Mar��n, El reconocimiento de la independencia de M��xico, p. 22.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

303
en Colombia al de ��Inspectores del Comercio Franc��s��,
equivalente al de c��nsules generales. Ya no depender��an del
Comandante Naval en las Antillas, sino del Ministro de Asuntos
Exteriores. Sebasti��n Camacho, ministro de Asuntos Exteriores de
M��xico, fue recibido por Carlos X, quien autoriz�� a su Primer
Ministro Joseph Vill��le y al de Asuntos Exteriores, el bar��n de
Damas, para negociar un tratado160.
Vill��le rehus�� reconocer la independencia de M��xico, pues
��Francia tiene los sentimientos de amistad m��s profundos, pero la
alianza con España y los sentimientos personales de Carlos X
impiden todav��a el reconocimiento de la independencia y la firma
de un tratado solemne��161. Sin embargo, ese ��todav��a�� dejaba la
puerta abierta. Se encontr�� una soluci��n de principio mediante la
redacci��n de las Declaraciones de mayo de 1827, documento que
no reconoc��a la independencia mexicana ni era un tratado
comercial en sentido estricto, pero en ��l se regulaba el comercio
entre ambos Estados, se obligaban a intercambiar c��nsules,
proteger sus comerciantes y darse el trato de naci��n m��s
favorecida; permanecer��a vigente hasta su revisi��n prevista para
1830162. Las Declaraciones ser��an m��s tarde la fuente de varias
controversias, pues aunque hab��an sido ratificadas por Francia, el
Congreso Mexicano las rechaz�� en repetidas ocasiones. A los
reclamos franceses por aplicarlas, el gobierno mexicano respond��a
que no eran obligatorias.
A pesar del buen comienzo en las negociaciones, la actitud
del gobierno de Carlos X fue de desd��n. Carlos hab��a nombrado al
Pr��ncipe de Polignac, uno de los hombres m��s intransigentes del
partido conservador, en el ministerio de Asuntos Exteriores. El
gobierno de Vicente Guerrero fue tachado por Carlos y su gabinete

160
Barker, The French Experience in Mexico, p. 12; Penot, Primeros
contactos diplom��ticos, pp. 70-71; Penot, M��connaissance, pp. 100-102.
161
La traducci��n es nuestra: ��La France a les sentiments d'amiti�� les plus
profonds, mais l'alliance avec l'Espagne et les sentiments personnels de
Charles X emp��chent encore la reconnaissance de l'ind��pendance et la
signature d'un trait�� solennel��. Citado por Penot, M��connaissance, p. 101.
162 Las declaraciones se titulaban, en español, Declaraciones cambiadas
en Par��s, el 8 de mayo de 1827, entre el Señor Bar��n de Damas, y el
Señor Camacho. Barker, The French Experience in Mexico, pp. 14-15;
Penot, Primeros contactos diplom��ticos, p. 72.
Pablo Avil��s Flores

304
de ��jacobino��, pues hab��a llegado mediante una azonada. A
Thomas Murphy Jr., el representante mexicano en Par��s, se le hac��a
esperar en la sala general cuando acud��a al Ministerio, sus cartas no
obten��an respuesta y si lo eran, se hac��a con una ��insultante
frialdad��. Al mismo tiempo, los representantes franceses no ten��an
el rango ni las luces de otros embajadores en M��xico y durante un
largo per��odo el Consulado General en la capital t��cnicamente se
mantuvo vacante, pues los dos primeros representantes franceses,
Alexandre Martin y Adrien Cochelet, no fueron sus titulares, sino
de los consulados de Xalapa y Tampico. Por su parte, el gobierno
mexicano us�� su legaci��n en Par��s para alejar a los enemigos del
gobierno en turno: en 1830 Bustamante envi�� a Par��s a su
archienemigo G��mez Pedraza, quien rechaz�� el nombramiento, y
en 1833 Lorenzo de Zavala, enemigo de Santa Anna y de G��mez
Far��as, ocup�� el cargo con p��simos resultados163.

Las presiones de los marinos y comerciantes franceses

Tras el regreso de los Borb��n al trono franc��s, los
comerciantes e industriales de todo el pa��s esperaban poder
reconstruir el comercio con España y sus colonias. La armada
hab��a sido destruida pr��cticamente en su totalidad, y los puertos se
encontraban inactivos. Pierre-Barth��l��my Portal d'Albar��des, bar��n
de Portel, eminente armador bordel��s, emprende la reconstrucci��n
de la armada francesa tras haber sido nombrado Ministro de la
Marina entre 1818 y 1821. De los 1,500 buques con los que
Francia contaba a principios de siglo, s��lo conservaba doscientos.
La militar contaba con apenas 50 barcos. Gracias al presupuesto
que obtuvo el bar��n de Portel, Francia contaba en 1822 con
doscientos cuarenta barcos de guerra164.
Durante la d��cada de los veinte del siglo XIX, las C��maras
de Comercio francesas aumentaron la presi��n para reconocer la
independencia de los nuevos Estados y tener acceso al mercado
americano. En 1821, Isaac Balgui��re, prominente comerciante

163
Barker, The French Experience in Mexico, pp. 20-26, 39.
164
Penot, Militaires, corsaires et marins français, p. 36; Primeros
contactos diplom��ticos, pp. 34-42.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

305
bordel��s, escrib��a a la C��mara de Comercio de Burdeos acerca de
las oportunidades que ofrec��a el mercado mexicano para
compensar las p��rdidas sufridas recientemente por Francia.
Burdeos se hab��a establecido como el principal puerto franc��s de
intercambio con M��xico, v��a C��diz, pues en ��l se hab��an
establecido numerosos comerciantes españoles tras la
independencia mexicana, inyectando grandes capitales a la
ciudad165.
El 6 de mayo de ese año, los comerciantes de Amiens
dirigieron una petici��n a la C��mara de Comercio de Par��s y al
Ministerio del Interior en el mismo sentido, en la que hac��an una
evaluaci��n de la situaci��n del comercio franc��s166. Los
comerciantes eran sensibles sobre todo a la ventaja de los ingleses
frente a la inactividad francesa. Los comerciantes ingleses hab��an
sabido aprovechar el cambio en las preferencias del mercado
mundial de la lana por el de algod��n, del cual eran grandes
productores, y el env��o de representantes y c��nsules a todos los
pa��ses donde llegaban los barcos de aqu��lla naci��n. As��, mientras
el precio del algod��n hab��a subido entre un 80 y un 85%, sus
productos gozaban de precios preferenciales:

"... el pabell��n franc��s, no encontrando ni favor, ni
protecci��n en aqu��llos nuevos Estados ni en el Brasil, la mayor��a
de las especulaciones han resultado infructuosas, debido a que los
ingleses gozan de una tarifa determinada por el acuerdo que
regula sus especulaciones sobre beneficios seguros, mientras que
los franceses son arbitrariamente tasados"167.

165
Sobre Balgui��re, v��ase Higounet, Louis Desgraves, et Georges
Dupreux, ed., Histoire de Bordeaux. Bordeaux au XIXe si��cle (Burdeos:
F��d��ration Historique du Sud-Ouest, 1969), p. 47. Citado en Barker, The
French Experience in Mexico, pp. 10-11.
166
La petici��n de los comerciantes de Amiens se encuentra en: ��P��tition
des commerçants d'Amiens pour l'ouverture des relations commerciales
avec les pays de l'Am��rique�� (Amiens, Mayo 6, 1821), CARAN, F7
6970, dossier s.n.
167
CARAN. F7 6970. P��tition des commerçants d'Amiens pour
l'ouverture des relations commerciales avec les pays de l'Am��rique. La
traducci��n es nuestra: ��... le pavillon Français ne trouvant ni faveur, ni
protection en ces nouveaux ��tats et au Br��sil, la plupart de sp��culations y
Pablo Avil��s Flores

306
Tales acuerdos permit��an pagar a los ingleses s��lo el 15%
del valor declarado de sus mercanc��as, mientras que los franceses
ten��an que pagar el 24% de la valuaci��n hecha por las aduanas
americanas168. Por añadidura, deb��an pagarse impuestos
��mar��timos��, ��consulares��, ��de hospital��, ��municipales�� y ��de
Estado��. Al final, por cada mil pesos de mercanc��a, los
comerciantes franceses deb��an pagar m��s del 50%. La situaci��n
provocaba que el comercio ingl��s se duplicara desde 1815 y s��lo se
le acercaba el estadounidense, el que en 1808 era mayor al español
con sus propias colonias169. Los comerciantes picardos agregaban
que la situaci��n se agravaba debido al mal funcionamiento del
Pacto de Familia:

"La alianza de Francia con las potencias del continente que
hac��a esperar ventajas sobre los ingleses, hasta ahora no ha sido
de provecho para el comercio de Amiens; a falta de tratados
comerciales, los puertos de nuestros vecinos, de nuestros amigos y
de nuestros m��s fieles aliados nos est��n cerrados, mientras que los
ingleses, gracias a su pol��tica, a sus acuerdos y al n��mero y a la
actividad de los agentes distinguidos, dominan por todos lados,
haci��ndose con nuestros beneficios"170.

ont ��t�� infructueuses, parce que les Anglais y ont une tarif d��termin�� pour
le droit qui r��gle leurs sp��culations sur des b��n��fices certains, alors que
les Français sont arbitrairement tax��s��.
168 CARAN F7 6970. P��tition des commerçants d'Amiens pour l'ouverture
des relations commerciales avec les pays de l'Am��rique.
169
Penot, Primeros contactos diplom��ticos, pp. 41, 81; Torre Villar, La
Independencia de M��xico, p. 66. Los puertos americanos hab��an sido
parcialmente abiertos desde 1797, pues el bloqueo ingl��s contra españoles
y franceses imped��a aprovisionar las colonias españolas. Por ello, los
barcos neutrales fueron permitidos en los puertos de las colonias. Jean
Tulard, ��Introducci��n��, Humboldt, L'Am��rique Espagnole vue par
Humboldt, p. 22.
170
CARAN F7 6970. P��tition des commerçants d'Amiens pour
l'ouverture des relations commerciales avec les pays de l'Am��rique. La
traducci��n es nuestra: ��L'alliance de la France avec les puissances du
continent qui faisoit [sic] esp��rer des avantages sur les Anglais, n'a
jusqu'alors aucunement profit�� au commerce d'Amiens; faute de trait��s de
commerce, les portes de nos voisins, de nos amis, de nos plus fid��les
alli��s nous sont ferm��s, tandis que les Anglais, par leur politique, par leur
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

307
Francia ten��a una ��nfima participaci��n en la apertura de los
puertos mexicanos al comercio internacional. Entre 1821 y 1822,
s��lo llegaban barcos estadounidenses, y a partir de 1823 llegaron
los europeos. Los de Francia no eran, ni lejanamente, los m��s
numerosos. Penot reporta que de 148 barcos llegados a M��xico ese
año, s��lo uno era franc��s171.
La evaluaci��n de los comerciantes de Amiens se
enfrentaba a diversos argumentos pol��ticos contrarios que hac��an
entrar el comercio franc��s en un c��rculo vicioso. Por un lado, el
argumento del Pacto de Familia se esgrim��a para no reconocer la
independencia americana. Este argumento acompañaba otro
institucional y doctrinal basado en la teor��a mercantilista y que
dejaba al pa��s en desventaja frente al liberalismo ingl��s.
Desde 1818 el gobierno franc��s hab��a dado la orden de
observar una completa neutralidad respecto a los barcos de los
insurgentes y prestar socorro a los barcos españoles en necesidad,
pero en ning��n caso ayudar ni a unos ni a otros. Para Penot, esta
actitud ��es el reflejo de la pol��tica pasiva de Luis XVIII y de su
Primer Ministro que desean una mediaci��n europea entre España y
sus colonias y se irritan de la actitud oportunista de Inglaterra��172.
Como gesto de buena voluntad, Carlos X hab��a permitido a agentes
mexicanos establecerse desde 1825 en Burdeos, El Havre, Nantes y
Marzoella. Tambi��n hab��a consentido que los barcos
latinoamericanos pudieran entrar a los puertos franceses, bajo la
condici��n de arriar su pabell��n durante toda su estancia173.
Esta ��ltima decisi��n pudo aplicarse solamente hasta el 15 de
abril de 1828, cuando el buque colombiano El Manuel entr�� a
marzoella y arri�� su pabell��n y lo mantuvo as�� durante toda su
estancia tras la advertencia del capit��n del puerto174. En su informe,

trait��s, par le nombre et l'activit�� d'anges distingu��s, dominent partout, et
s'emparent de tous les b��n��fices��.
171
Penot, Primeros contactos diplom��ticos, p. 76; ��L'expansion
commerciale française au Mexique et les causes du conflit franco-
mexicain de 1838-1839,�� p. 171.
172
Penot, Militaires, corsaires et marins français, pp. 39-40; Primeros
contactos diplom��ticos, p. 36; M��connaissance, p. 64.
173 Barker, The French Experience in Mexico, p. 9.
174
��Mesures relatives aux bâtiments de commerce Colombiens, du
Mexique, de Bu��nos-Ayres, du Chili et du P��rou, qui peuvent se pr��senter
Pablo Avil��s Flores

308
el Prefecto del departamento de Bocas del R��dano se preguntaba
sobre la oportunidad de mantener dicha medida:

"No hay duda que, en gran parte para evitar ofender al
gobierno español, se crey�� necesario imponer esta obligaci��n [la
de arriar el pabell��n] a los capitanes de los nav��os americanos
que entraban en nuestros puertos; es igualmente cierto que, tras la
toma de esta decisi��n, la soluci��n de las relaciones de España con
sus antiguas colonias no ha cambiado nada. Pero el Gobierno del
Rey, desde esa misma ��poca, ¿no se ha colocado en una posici��n
nueva frente a los Estados de la Am��rica española al enviar a sus
puertos C��nsules Generales, Consules y agentes comerciales bajo
otros t��tulos?"175

La observaci��n del prefecto s��lo mereci�� una nota al
margen: ��Archivar. No hay decisi��n que tomar en este momento��.
Este expediente refleja bastante bien la expectativa en la que se
mantuvo el gobierno franc��s, buscando una oportunidad para
lograr entrar en la carrera comercial.
Por principio, el modelo econ��mico franc��s no pod��a
permitir la apertura del comercio. La agricultura y la industria
ten��an un car��cter nacional por lo que deb��an ser protegidas. Por lo
tanto, mientras las colonias españolas no lograran el
reconocimiento de su independencia. El comercio con ellas deb��a

en nos ports�� (Marsella, 15 de abril 1828), CARAN, F7 12039, dossier
s.n.
175
��Rapport du pr��fet du D��partement des Bouches-du-Rhône au Maître
de Requ��tes, chef de la division du Cabinet du Minist��re de l'Int��rieur��
(Marsella, 16 de abril 1828), CARAN, F7 12039, dossier s.n. La
traducci��n es nuestra: ��Il n'est pas douteux que ce ne fût en grande partie,
pour ��viter d'offenser le Gouvernement Espagnol, que l'on a cru
n��cessaire d'imposer cette obligation aux capitaines des navires
am��ricains que entraient en nos ports; il est ��galement certain que, depuis
la date de cette r��solution les rapports de l'Espagne avec ses anciennes
colonies n'ont aucunement chang��. Mais le Gouvernement du Roi ne s'est
il, par depuis cette m��me ��poque, plac�� en une position nouvelle vis-��-vis
des États de l'Am��rique Espagnole, en envoyant en les Ports des Consuls
G��n��raux, des Consuls, des agents commerciaux sous d'autres titres?��
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

309
ser mediado por la metr��poli. A partir de la d��cada de los veinte
del siglo XIX, la importancia del mercado mexicano para Francia
creci�� ininterrumpidamente. Se estima que en 1824 equival��a a un
mill��n de francos y s��lo dos años despu��s a doce millones176. La
balanza favorec��a sobre todo a los comerciantes franceses, quienes
lograban colocar con mayor facilidad sus productos en el mercado
mexicano. En 1825, el intercambio comercial entre ambos pa��ses
coincidi�� con los buenos oficios del teniente Samouel, la llegada
de Alexandre Martin, la derrota definitiva de la guarnici��n
española de San Juan de Ul��a y la reconstrucci��n de la armada
francesa, as�� como con una multiplicaci��n de la presencia francesa.
Entre los puertos de Alvarado, Veracruz, Pueblo Viejo, San Blas,
Acapulco, Tampico, Campeche, Soto la Marina, Guaymas e Isla
del Carmen, los barcos franceses llegaron a representar la tercera
fuente de exportaciones para M��xico177:

N��mero de barcos Toneladas

EUA 206 16,457
Inglaterra 77 10,456
Francia 73 9,141
Total 356 36,054

Esos tres pa��ses realizaban el 85% del comercio
internacional mexicano. S��lo Francia generaba el 23% del total. Al
año siguiente el comercio franc��s super�� al ingl��s178:

176 Barker, The French Experience in Mexico, p. 10.
177
Cifras tomadas de Alexandre Martin, Cadre g��n��ral du commerce et
de la navigation du Mexique en 1825, Archivos del Quai d'Orsay, BIII,
452, M��xico, 1820-1837, documentos antiguos diversos, citado por Penot,
Primeros contactos diplom��ticos, p. 77.
178
Ib��d., pp. 78-80. En 1825, Martin reporta que el comercio franc��s
obtuvo 19, 360,179 pesos. Los productos importados fueron acero, papel,
mercurio, cera, cacao, licores, vinos, boneter��a, ropa, encajes, pañuelos,
chales, seda, lana, algod��n, paño, lino, terciopelo y manufactura. Los de
exportaci��n fueron plata, cochinilla, tintura, añil, vainilla, pimienta y an��s.
Pablo Avil��s Flores

310

N��mero de barcos Toneladas

EUA 228 20,476
Francia 54 9,593
Inglaterra 41 6,195
Total 323 36,264

En 1827, 55 barcos franceses dejan 11,902 toneladas de
mercanc��a. Para 1831, M��xico se ha convertido en uno de los
mercados m��s importantes para Francia: es el cuarto en
importancia, el primero de Am��rica Latina y consume m��s que
todas las colonias francesas reunidas179.
Sin embargo, la corona francesa no mostr�� inter��s en
mantener buques mercantes o de guerra en las cercan��as de las
costas mexicanas. Esta estrategia era com��n entre los buques
ingleses, quienes de esta manera acostumbraban a las autoridades
costeras de diferentes pa��ses a su presencia y mostrar sus buenas
intenciones; la repentina presencia de buques franceses causaba
m��s nerviosismo que tranquilidad. La l��nea entre Francia y M��xico
se estableci�� hasta 1827, cuando la corona contrat�� a una empresa
privada, pero mientras a los barcos ingleses les tomaba treinta d��as
en cubrir la ruta, a los franceses m��s de cincuenta180.

7.- El establecimiento de relaciones

Las condiciones pol��ticas para que Francia otorgara el
reconocimiento diplom��tico a M��xico, llegaron con la coronaci��n

Entre 1826 y 1830, Adrien Cochelet señala 3,425,000 francos, s��lo para
la costa del Pac��fico. El total era de 39,711,485 francos, sin tomar en
cuenta el contrabando, las declaraciones fraudulentas ni las exportaciones
por intermediario.
179
Ibid., p. 81.
180 Barker, The French Experience in Mexico, pp. 22-23.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

311
de Luis Felipe de Orle��ns el 9 de agosto de 1830, que puso fin a la
dinast��a Borb��n en Francia y que signific�� el auge de la burgues��a
industrial. Aunque no estuvo directamente relacionada con los
movimientos insurgentes americanos, la Revoluci��n de Julio tuvo
un impacto directo en ellas pues liber�� a Francia del Pacto de
Familia. La simpat��a de Luis Felipe por la causa republicana era
conocida. Admirador del sistema pol��tico ingl��s y sobre todo de los
Estados Unidos, que hab��a visitado durante su exilio, hab��a
cambiado su t��tulo de ��Rey de Francia�� por el de ��Rey de los
Franceses�� y hab��a conservado la bandera tricolor
revolucionaria181.
Los constantes motines que tuvieron lugar durante las
primeras semanas del reinado de Luis Felipe, hicieron que la
permanencia de ��ste en el trono dependiera casi por completo de
La Fayette, comandante de la Guardia Nacional. Tomas Murphy
ve��a en la presencia de La Fayette la mejor oportunidad para lograr
el reconocimiento oficial de Francia. Sin embargo, el
establecimiento de relaciones no era una prioridad para varios
miembros del gobierno de Luis Felipe. Antoine Deffaudis,
entonces jefe de la Divisi��n de Comercio Exterior quer��a
subordinar el reconocimiento a la firma de un tratado comercial y
al pago de las indemnizaciones reclamadas desde ya hac��a algunos
años182.
La Fayette mantuvo una constante actividad para lograr el
establecimiento de las relaciones. Se entrevist�� en diferentes
ocasiones con el conde Mol��, ministro de Asuntos exteriores, hasta
que finalmente ��ste acept�� y envi�� al rey una propuesta para iniciar
las negociaciones con los gobiernos de M��xico, Per��, Chile,
Colombia y La Plata. Entre tanto, La Fayette, junto con los

181 Penot, ��L'expansion commerciale française au Mexique et les causes
du conflit franco-mexicain de 1838-1839,�� p. 181; Barker, The French
Experience in Mexico, p. 32.
182
Antoine Deffaudis, Memorandum, 24 de agosto 1830 conservado en
los Archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores, Correspondance
Politique, Colombie, vol. 7, reproducido en William Spence Robertson,
France and Latin-American Independence, The Albert Shaw lectures on
diplomatic history 1939 (New York: Octagon Books, 1967), pp. 526-528;
Barker, The French Experience in Mexico, pp. 33-34; Penot,
M��connaissance, p. 111.
Pablo Avil��s Flores

312
diputados Joseph Lain�� y Laisn�� de Villev��que – a quien ya hemos
mencionado como uno de los accionistas de la Compañ��a de
colonizaci��n de Coatzacoalcos –, hab��a hecho p��blico el
compromiso adquirido por el ministro. El 4 de septiembre de 1830,
mientras Mol�� pronunciaba un discurso ante la C��mara de
Diputados, La Fayette lo interpel�� al respecto, y el ministro acept��
que su gobierno otorgar��a el reconocimiento diplom��tico sin
esperar a ulteriores negociaciones183:

"Sr. general Lafayette. Apoyando celosamente las
conclusiones de la comisi��n, y trat��ndose de intereses relativos al
hemisferio americano, pido permiso para pronunciar algunas
palabras sobre un tema de la m��s alta importancia para el
comercio franc��s. Corresponde, adem��s. a algunos de los temas
que se encuentran en el orden del d��a. Las rep��blicas de Am��rica
del Sur y de M��xico han sido, desde hace mucho y antes que
cualquier otra potencia, reconocidas por los Estados Unidos.
Inglaterra lo hizo en seguida tras una larga vacilaci��n; otros
gobiernos siguieron; sin embargo, tras no s�� cu��les maniobras
entre dos camarillas, hasta ahora Francia no lo ha hecho. Tengo
plena confianza en el gobierno actual como para no estar seguro
que seguir�� otros principios; pero aprovecho la presencia del
Señor Ministro de Asuntos Exteriores para invitarlo a informar a
la C��mara, en la medida de lo posible, de lo que ha sido hecho y
preparado relativamente a este gran inter��s p��blico.
Sr. conde Mol��, ministro de Asuntos Exteriores. Agradezco
al ilustre general que desciende de la tribuna por proveerme la
ocasi��n de explicarme ante esta C��mara a prop��sito de este
asunto. El gobierno del rey ha decidido esta cuesti��n que, hasta
ahora es verdad, hab��a sido muy controvertida. El rey nos ha
ordenado escribir a nuestros agentes ante los gobiernos
americanos que estamos listos para reconocer la existencia de
dichos gobiernos y para tratar sobre nuestros intereses
comerciales con los agentes que ellos enviar��n aqu�� prove��dos de
plenos poderes"184.

183
Barker, The French Experience in Mexico, p. 35.
184
Archives parlementaires, 2e s��rie, vol. 63, pp. 365-366. La traducci��n
es nuestra: ��M. le g��n��ral Lafayette. En appuyant avec empressement les
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

313

En consecuencia, el 30 de septiembre de 1830, Mol�� envi��
una carta a su hom��logo mexicano, Manuel Eduardo de Gorostiza,
en ese momento en Londres, comunic��ndole la intenci��n de su
gobierno de reconocer la independencia de M��xico y de firmar un
tratado comercial185. Algunos autores ven en esta decisi��n un error
estrat��gico, pues Inglaterra hab��a subordinado el reconocimiento de
la independencia mexicana a la firma de un tratado comercial186.
Quiz��s pueda explicarse porque el conde Mol�� estaba m��s

conclusions de la commission, et puisqu'il s'agit d'int��r��ts relatifs ��
l'h��misph��re am��ricain, je demande la permission de dire quelques mots
sur un objet de la plus haute importance pour le commerce français. Il est
d'ailleurs certaines questions qui sont toujours �� l'ordre du jour. Les
r��publiques de l'Am��rique du Sud et du Mexique ont ��t�� depuis
longtemps, et bien avant toutes les autres puissances, reconnues par les
Etats-Unis. L'Angleterre vint ensuite apr��s une assez longue h��sitation;
d'autres gouvernements suivirent; mais, d'apr��s je ne sais quels proc��d��s
entre deux camarillas, la France ne les a pas jusqu'�� pr��sent reconnues.
J'ai trop de confiance en le gouvernement actuel pour n'��tre pas assur��
qu'il suivra d'autres maximes; mais je profite de la pr��sence de M. le
ministre des affaires ��trang��res pour inviter �� informer le Chambre [sic],
autant qu'il le pourra, de ce qui a ��t�� fait et prepar�� relativement �� ce
grand int��r��t public. M. le comte Mol��, ministre des affaires ��trang��res.
Je remercie l'illustre g��n��ral qui descend de la tribune de me fournir
l'occasion de m'expliquer devant la Chambre sur cette question. Le
gouvernement du roi a d��cid�� cette question qui, jusqu'ici il est vrai, avait
��t�� beaucoup trop controvers��e. Le roi nous a ordonn�� d'��crire �� nos
agents pr��s des gouvernements am��ricains et �� ceux des gouvernements
am��ricains qui sont ici, que nous ��tions pr��ts �� reconnaître l'existence de
ces gouvernements et �� traiter de nos int��r��ts commerciaux avec les
agents qu'ils enverraient ici, munis de pleins pouvoirs.��
185
Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, p. 63; Penot, M��connaissance, p. 115. V��ase la
traducci��n de la carta en: L��pez de Roux et Mar��n, El reconocimiento de
la independencia de M��xico, p. 376, documento 62.
186
Dugast, La tentation mexicaine en France au XIXᵉ si��cle. t. I. Les
mythiques attraits, p. 63. N��tese que en la breve intervenci��n de Mol��, el
reconocimiento diplom��tico no se subordin��.
Pablo Avil��s Flores

314
preocupado por lograr el reconocimiento de las otras potencias
europeas187.
A pesar de estos avances, no hubo un progreso real entre
ambas naciones. Si la presidencia de Guerrero hab��a sido tildada de
jacobina por Carlos X, el advenimiento de Felipe Augusto fue
recibido en M��xico con frialdad por el gobierno conservador del
presidente Anastasio Bustamante. En 1830, Bustamante releg�� a
una frase de su mensaje a la naci��n el inicio de relaciones con
Francia. Tras informar sobre el reconocimiento otorgado por el
Imperio del Brasil, se limit�� a pronunciar lac��nicamente: ��Francia
ha hecho lo mismo��, lo que interpretado como un insulto188. Poco a
poco desaparecieron los simpatizantes de los latinoamericanos en
Par��s: controlados los levantamientos en Par��s, el general La
Fayette fue obligado a renunciar a su cargo en la Guardia Nacional.
Mientras tanto, el diputado Villev��que perdi�� su puesto tras el
esc��ndalo de la colonia de Coatzacoalcos en 1831. Joseph Lain��
dej�� de asistir a las sesiones de la C��mara debido a una
enfermedad, y muri�� en 1835189.
El primer embajador franc��s fue el bar��n Deffaudis,
nombrado el 29 de febrero de 1832, y el primero mexicano, fue
Lorenzo de Zavala, quien fue nombrado el 26 de abril de 1834.
Deffaudis era conocido por haber colaborado en la redacci��n de las
Declaraciones de 1827 y por su car��cter fr��o y de desd��n que hab��a
dispensado a Murphy. A pesar de su car��cter y de los constantes
malentendidos con el gobierno mexicano, puede decirse que
Deffaudis privilegi�� la moderaci��n. Deffaudis estaba convencido
que el mercado mexicano podr��a convertirse, en poco tiempo, el
segundo m��s importante tras el de los Estados Unidos190.

187 Barker, The French Experience in Mexico, p. 35. Ser�� Alexander von
Humboldt, por cierto, el encargado de comunicar el reconocimiento del
rey de Prusia al gobierno de Luis Felipe. Humboldt, L'Am��rique
Espagnole vue par Humboldt, p. 26.
188 Barker, The French Experience in Mexico, p. 36.
189
Ib��d., p. 38.
190 Barker, The French Experience in Mexico, pp. 47-48; Penot, Primeros
contactos diplom��ticos, p. 87; Dugast, La tentation mexicaine en France
au XIXᵉ si��cle. t. I. Les mythiques attraits, p. 63.
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

315
8.- Conclusiones

Am��rica se mantuvo presente en la literatura y en la
estrategia pol��tica francesas desde antes de la Independencia. Es
cierto que la invasi��n a España despert�� de nuevo el inter��s por el
continente, pero el inter��s se centraliz�� en el aspecto econ��mico.
Jacques Penot afirma: ��De hecho, al ocupar España, Napole��n
separ�� la metr��poli de sus colonias; al querer unir la Am��rica
española a Jos��, le mostr�� el camino de la independencia; en
seguida, al inflamar los centros de la insurgencia por medio de la
acci��n clandestina de sus agentes, particip�� de manera importante,
en nuestra opini��n, en el ��xito futuro de la emancipaci��n��. Francia
particip�� entonces, de manera indirecta en la emancipaci��n de las
colonias. Tras su derrota, Francia perder�� toda influencia. Y de
hecho, los objetivos de Francia en Am��rica tras la aventura
napole��nica se reducir��n al ��inter��s comercial�� y a disminuir la
influencia inglesa191.
No pensamos que la influencia doctrinal de la Ilustraci��n o
de la Revoluci��n hayan sido generalizadas, pero no puede negarse
que la hubo. El aislamiento en el que, ciertamente, se manten��an las
colonias debe relativizarse. No creemos que haya impedido los
contactos con la Europa ilustrada y con las ideas revolucionarias,
pero es un hecho que fueron transformadas y adaptadas. Los
escritores y las personalidades francesas que se interesaron por
Am��rica Latina lo hicieron, en un primer momento, en el marco de
la lucha revolucionaria, de la difusi��n de las ideas republicanas y
de la lucha contra los d��spotas. Tal es el ejemplo del abad
Gr��goire. Pero despu��s es el argumento econ��mico el que adquiere
la mayor importancia. La intervenci��n del general La Fayatte para
lograr el reconocimiento franc��s de las rep��blicas latinoamericanas
merece ser estudiado con m��s detenimiento, pero parece claro que
el m��vil tiene tanto que ver con la importancia econ��mica del
continente como con una posible convicci��n personal.
Por otro lado, los estudios sobre el continente americano,
hechos in situ, fueron rar��simos antes del siglo XIX. Incluso podr��a
decirse que el viaje de Humboldt, por su amplitud y su

191 Aymes, ��Napole��n 1er et le Mexique,�� p. 59; Penot, M��connaissance,
p. 63.
Pablo Avil��s Flores

316
profundidad, permanece como una excepci��n, como un hecho
rar��simo. Las distancias y los medios tecnol��gicos s��lo permit��an
que aqu��llos cient��ficos con la posibilidad de permanecer
largu��simas temporadas en Am��rica pudieran realizar el viaje, de
por s�� fatigoso y peligroso, y dedicarse el tiempo suficiente para
lograr obtener resultados con alg��n valor. El auge de aventureros
coincide con una mejora en las comunicaciones, as�� como con una
inserci��n completa de los pa��ses latinoamericanos en el mercado
mundial.
Ciencia, econom��a y guerra se entrelazan. Una y otra sirven
de motivo para realizar el viaje en aqu��llas tierras. Y de los
resultados obtenidos se abstrae una imagen que poco a poco deja
de ser mitificada y se aclara. Por su largu��sima relaci��n con
España, las antiguas colonias adquieren diferentes caracter��sticas
reales o fant��sticas, y que pueblan el imaginario colectivo. Ya
percibidas como fuente inagotable de riquezas, como sede de
culturas fabulosas, tierra de pueblos oprimidos o destinos donde
reconstruir la sociedad europea, Am��rica ser�� el s��mbolo del
esplendor y de la decadencia del trono español. Convertidas en
pieza clave de la estrategia pol��tica de Inglaterra y Francia,
Fernando VII se aferra a ellas m��s por una lejana esperanza de
reconstrucci��n de un imperio pasado o por la conservaci��n de un
estatus que hasta entonces s��lo hab��a sido alcanzado por sus
predecesores en el trono.
Un gran n��mero de viajeros depositan sus esperanzas en el
continente americano. El gran n��mero de piratas, corsarios y
militares que lucharon en las independencias latinoamericanas
retoman los ideales que representa un ��nuevo mundo��. De la
misma manera, si lo hicieron por intereses personales, la
oportunidad, y en cierta medida, los agentes napole��nicos tambi��n.
Como en el pensamiento del abad Gr��goire, Am��rica se convierte
en esa tierra donde todo est�� por hacerse o donde Europa est�� por
rehacerse; donde los excesos que se le atribu��an al despotismo
español y europeo pueden a��n repararse. En sentido contrario, los
casos de Delpech y del Real son una muestra de la atm��sfera
pol��tica del momento y reflejan bien el temor que se ten��a de un
��contagio republicano��.
Queremos subrayar que el agotamiento de la econom��a
francesa provoc�� el surgimiento, entre otros, de dos fen��menos
La imagen de la independencia de M��xico en Francia

317
desigualmente estudiados. En primer lugar, uno demogr��fico y
sociol��gico que tiene que ver con la migraci��n europea,
particularmente la francesa, y la pobreza de dicha poblaci��n. En
efecto, la proliferaci��n de ��compañ��as de colonizaci��n�� es
testimonio claro de la fr��gil condici��n social y se encuentra en la
base de los movimientos sociales sucesivos, catalizadas por la
franca industrializaci��n francesa, por cierto m��s tard��a y menos
profunda que la inglesa. Los ��colonos�� franceses que, con grandes
sacrificios econ��micos y personales, y de manera dram��ticamente
parecida a lo que hoy ocurre en otras fronteras actuales,
normalmente se reclutaban entre los campesinos que hab��an
perdido parte de su patrimonio en las guerras, por deudas o debido
a la muerte de parte de su familia en el frente de batalla. Sin otra
posibilidad de subsistencia en sus tierras de origen, migraban a los
grandes centros urbanos franceses, Par��s, Lyon, Estrasburgo, Dijon
y grandes puertos como Marsella, Burdeos o Calais, en donde eran
reclutados para migrar a Am��rica. Con mayor o menor fortuna,
desde Texas hasta el Uruguay, la migraci��n francesa en Am��rica
permanece a la espera de m��s estudios.
En segundo, uno pol��tico, que traslada definitivamente el
centro de influencia europeo a Inglaterra y el dominio
incontestable de su marina. En el continente, aunque la hegemon��a
militar inglesa no es clara, el equilibrio pol��tico queda supeditado
en gran medida a su pol��tica comercial y colonial. Una de las
claves de la pol��tica europea de Londres radicar�� en evitar la
repetici��n de un desequilibrio como el que provoc�� Napole��n. As��,
era importante restaurar el lugar de Francia entre las naciones
europeas pues formaba parte importante del sistema pol��tico
continental. Este fen��meno est�� ��ntimamente ligado con el inicio
de la hegemon��a estadounidense. Los elementos de la Doctrina
Monroe comienzan a formarse precisamente en el gabinete
londinense, con el Memorandum Polignac y las declaraciones del
ministro George Canning que buscaban anular toda intervenci��n
europea en Am��rica.
Por su parte, la actitud de los diferentes gobiernos franceses
resulta por momentos dif��cil de comprender y de estudiar. Sin
embargo, durante todas esas ��pocas Am��rica mantiene su
importancia en el marco del equilibrio europeo. Los intentos de
Napole��n por hacerse con el control de los reinos americanos,
aunque insuficientes – o m��s bien, irrealizables –, no eran
Pablo Avil��s Flores

318
infundados. Aunque debilitada, la administraci��n española en
Am��rica hab��a logrado mal que bien mantener la imagen y la idea
imperial. Y las posibilidades no se escapaban para el primer
emperador de Francia. Tras su ca��da, el Pacto de Familia se
convirti�� en un fardo. La competencia inglesa y estadounidense
pronto se convirti�� en un gran riesgo, y tanto Luis XVIII como
Carlos X se apresuraron a buscar salidas convenientes. Al mismo
tiempo que reconocieron ��los derechos soberanos�� de España sobre
sus colonias, tem��an un contagio republicano que los condenara de
nuevo al exilio. El clima de constante sospecha contra los
simpatizantes de los insurgentes, como se muestra en el caso de
Delpech y del Real, es contempor��neo a la paulatina apertura al
comercio sudamericano, como se demuestra con la llegada de
barcos colombianos a Marsella, o las instrucciones de neutralidad
dirigidas a la flota francesa en el Caribe.
En resumen, entre 1821 y 1830, las relaciones entre Francia
y Am��rica pasaron de una franca oposici��n a la del establecimiento
de relaciones comerciales sin reconocimiento oficial, al
reconocimiento oficial.
Finalmente, la imagen de España era, en cierto sentido, la de
Am��rica. La informaci��n sobre el continente aumenta, se precisa y
se difunde con mayor facilidad conforme avanza el siglo y a pesar
de las dificultades t��cnicas y pol��ticas. Sin embargo, un halo de
leyenda se mantiene.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

319
LA EVOLUCIÓN DE LA JERARQUÍA DE LA
IGLESIA CATÓLICA EN EL TARDOFRANQUISMO


Manuel Antonio Pacheco Barrio
Universidad de Valladolid

La Iglesia Cat��lica ha experimentado cambios sustanciales
en las ��ltimas d��cadas debido en gran parte a la celebraci��n del
Concilio Vaticano II entre el 11 de octubre de 1962 y el 8 de
diciembre de 1965. Este acontecimiento promovido por el Papa
Juan XXIII que finaliz�� bajo el pontificado de Pablo VI, ten��a
como objetivo fundamental el aggiornamento de la Iglesia, la
renovaci��n de la instituci��n para adaptarse a los nuevos tiempos de
la segunda mitad del siglo XX. Los documentos aprobados en este
Concilio abrieron un nuevo per��odo en el conjunto de la Iglesia
Cat��lica. En el caso español, estos cambios coincidieron en parte
con los ��ltimos años del R��gimen franquista, que con la Iglesia
hab��a mantenido una estrecha relaci��n durante tres d��cadas. La
adaptaci��n al mundo moderno con el reconocimiento de la libertad
religiosa o el impulso a las relaciones con otras confesiones
conllevaron no solo cambios en el seno de la Iglesia sino tambi��n
en el ordenamiento jur��dico español. Auspiciado por la renovaci��n
del Vaticano II y por la convicci��n democr��tica del Papa Pablo VI,
la jerarqu��a cat��lica española fue cambiando su posicionamiento
hacia el r��gimen franquista.
En este texto se analizar�� a partir de los documentos del
episcopado español y del Vaticano II, el proceso de transformaci��n
de la Iglesia española desde un punto de vista pol��tico, pasando de
ser uno de los principales sustentos del sistema pol��tica dirigido por
Francisco Franco, a promover la evoluci��n pol��tica del r��gimen
hacia una transici��n que supusiese la llegada de la democracia.



Manuel Antonio Pacheco Barrio

320
1.- La Iglesia española en la primera mitad del siglo XX

La persecuci��n de la Iglesia en la Rep��blica y la guerra civil

Al mes de constituirse la II Rep��blica, y un par de d��as
antes de la fat��dica fecha del 11 de mayo de 1931 con la quema de
conventos, la Junta de Metropolitanos public�� un documento
analizando la constituci��n del nuevo sistema pol��tico en el Estado
español. En estas p��ginas, se alejan del partidismo pol��tico y
destacan que se van a limitar a mantener el bienestar espiritual de
los fieles y defender los sacramentos y los derechos inalienables de
la Iglesia. Esta ��ltima cuesti��n es la que puede constituir el mayor
punto de fricci��n entre el Gobierno y la Iglesia. Los arzobispos, en
tono conciliador, recuerdan a los fieles los deberes que les ligan
con las autoridades:

��Confiando tambi��n que las autoridades respetar��n los
derechos de la Iglesia y de los cat��licos en una naci��n en la que
casi la casi totalidad de la poblaci��n profesa la religi��n
cat��lica��1.

Inicialmente, la jerarqu��a eclesi��stica española intenta
defender los derechos y privilegios que tradicionalmente han
mantenido en España utilizando como argumento la catolicidad de
España. A pesar de esa petici��n y ese deseo, los arzobispos son
conscientes de que los nuevos dirigentes no est��n por la labor de
mantener los privilegios, por lo que piden a los cat��licos que se
organicen para que sean elegidos en las urnas como representantes
pol��ticos en las Cortes, y desde las instituciones puedan defender
los derechos de la Iglesia.

1
METROPOLITANOS ESPAÑOLES A TODOS LOS FIELES:
��Acontecimientos del r��gimen constituido y temas de la Iglesia�� 9 de
mayo de 1931, en IRIBARREN, Jes��s (1984): Documentos colectivos
del episcopado español. 1870-1974, Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid, p. 132.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

321
Aunque en un principio daba la sensaci��n de acatamiento y
respeto al nuevo r��gimen, pronto empezaron a alzarse las voces
desde el seno de la Iglesia contra los dirigentes republicanos. El 3
de junio de 1931, el Cardenal Segura, en representaci��n de la Junta
de Metropolitanos, envi�� una carta al presidente de la Rep��blica
exponiendo una serie de agravios cometidos hacia la Iglesia, ya
que desde el Gobierno se hab��an aprobado una serie de
disposiciones de marcado car��cter laicista, citando la separaci��n de
cementerios civiles y religiosos, la prohibici��n a los gobernadores
de asistir a los actos religiosos, de rendir honores militares, de
libertad de cultos, etc.
Un mes despu��s, el episcopado public�� un documento
dirigido a los cat��licos, con una serie de indicaciones sobre la
pr��xima Constituci��n. Los obispos claman contra el laicismo por la
separaci��n entre Iglesia y Estado tres d��cadas antes de que el
Concilio Vaticano II bendijera esta separaci��n entre poderes civiles
y religiosos, obligando al r��gimen franquista a modificar su
ordenamiento jur��dico para ajustarla a la nueva realidad de la
Iglesia. Si los obispos españoles pusieron grandes objeciones a la
aprobaci��n de este texto en las sesiones del Concilio de la d��cada
de los 60, en los años 30 esta posibilidad era entendida como un
ataque directo contra la Iglesia. En este documento los obispos
condenan que la autoridad emane ��nicamente del pueblo,
calificando esta circunstancia como ate��smo oficial enmascarado
de democracia sin Dios. Cabe recordar una vez m��s que la doctrina
oficial de la Iglesia en esa ��poca era contraria a separar Iglesia y
Estado. Los obispos sintieron respaldados por la Santa Sede, ya
que el 18 de octubre de 1931 contestan a un telegrama del
secretario de Estado Eugenio Pacelli, futuro P��o XII, agradeciendo
al Papa el apoyo dado a la Iglesia española, aprovechando el texto
para criticar la separaci��n entre Iglesia y Estado.
El 21 de noviembre de 1931, los obispos publican una
pastoral en la que establecen una colecta mensual a los fieles para
el sostenimiento del culto y del clero, pidiendo que se colabore
econ��micamente los domingos para sostener el culto despu��s de la
aprobaci��n de la nueva Constituci��n y las medidas del Gobierno,
en las que retir�� la financiaci��n a la Iglesia Cat��lica.
El año 1931 termin�� con un documento de los obispos
criticando duramente la nueva Constituci��n republicana, despu��s
Manuel Antonio Pacheco Barrio

322
de lo que defin��an como un silencio prudencial para ver c��mo
evolucionaba el texto:

��Se ha cometido el grande y funesto error de excluir a la
Iglesia de la vida p��blica y activa de la naci��n, de las leyes, de la
educaci��n, de la juventud, de la misma sociedad, con grave
menosprecio de sus derechos sagrados y de la conciencia cristiana
del pa��s, as�� como el daño manifiesto de la elevaci��n espiritual de
las costumbres y de las instituciones p��blicas��2.

El episcopado español critica la libertad religiosa ante el
resto de confesiones, porque a juicio de los prelados en 1931, ese
hecho perjudica a la Iglesia Cat��lica. Habr��a que cuestionar c��mo
cambiaba el discurso en apenas tres d��cadas tras la aprobaci��n de
Dignitarios Humana.
El 12 de abril de 1934, Isidro Goma, posterior impulsor de
la Carta Colectiva de los obispos, fue trasladado a Toledo como
arzobispo y Primado de España. El año siguiente fue nombrado
cardenal por P��o XI, durante el Gobierno de la CEDA en la II
Rep��blica, en un momento en el que la Iglesia viv��a una cierta
calma en España tras las persecuciones iniciales tras la victoria de
la izquierda en 1931. A pesar de este par��ntesis entre el asalto a los
conventos de mayo de 1931 y la persecuci��n religiosa en toda regla
durante el verano de 1936, Gom�� critica la organizaci��n del Estado
español.

La España de Franco: un r��gimen confesional

El cardenal Gom��, uno de los mayores defensores del
alzamiento nacional y promotor de la Carta Colectiva de los
obispos de 1937, una vez terminada la Guerra Civil parece que

2
METROPOLITANOS A LOS FIELES: ��Postura de los obispos ante la
nueva Constituci��n��, 31 de diciembre de 1931, en IRIBARREN, Jes��s
(1984): Documentos colectivos del episcopado español. 1870-1974,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, pp. 162.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

323
intenta desmarcarse en parte de algunos postulados de la doctrina
oficial del r��gimen franquista en tres cuestiones fundamentales. El
13 de octubre de 1939 env��a un informe al ministro de
Gobernaci��n Serrano Suñer, para que se permitiera la predicaci��n
en las iglesias en las lenguas regionales catalana y vasca. Ya en
1939 el cardenal tuvo un primer encontronazo con el r��gimen ya
que este censur�� la publicaci��n de una pastoral del cardenal
primado titulada ��Las acciones de la guerra y deberes de la paz��.
El Cardenal Goma muri�� en agosto de 1940, y para Mart��n Santa
Olalla en los ��ltimos meses de su vida rectific�� en parte su
posicionamiento respecto al Gobierno encabezado por Francisco
Franco:

��El prelado español acabar��a arrepentido de su actuaci��n
durante la Guerra Civil, siendo incluso capaz de reconocer que la
actitud de Vidal i Barraquer fue m��s inteligente o quiz�� m��s
adecuada a los intereses de la Iglesia��3.

Cabe recordar que Vidal i Barraquer fue uno de los obispos
que no firm�� la Carta Colectiva de 1937. A Gom�� le sustituy��
Enrique Pla y Deniel que fue obispo de Salamanca desde 1935 y
que public�� la pastoral ��Las dos ciudades�� en septiembre de 1936,
un apoyo claro y contundente hacia el levantamiento de los
militares golpistas.
No fue el ��nico caso de tensi��n entre ambas instituciones,
ya que desde 1938 el nuevo nuncio en Madrid, Cicognani, hab��a
advertido del riesgo que supon��a para los intereses de la Iglesia el
acuerdo hispano-alem��n con el r��gimen de Hitler.
Desde el primer momento el r��gimen franquista estrech��
los lazos de uni��n entre el Estado y la Iglesia. En 1945 se aprueba
el Fuero de los españoles, una seria de leyes fundamentales que
estar��n en vigor durante las d��cadas siguientes. Uno de sus
art��culos hace referencia directa a la cuesti��n religiosa dejando
sentado una serie de principios:

3
MARTÍN SANTA OLALLA, Pablo (2003): De la victoria al
Concordato, Alertes, Barcelona, P. 117
Manuel Antonio Pacheco Barrio

324

��La profesi��n y pr��ctica de la Religi��n Cat��lica, que es la
del Estado español, gozar�� de la protecci��n oficial. Nadie podr��
ser molestado por sus creencias religiosas ni por el ejercicio
privado de su culto. No se permitir��n otras ceremonias ni
manifestaciones externas que las de la Religi��n Cat��lica��4.

Este art��culo determina que el Estado español es
confesional, estableciendo la religi��n cat��lica como la oficial del
Estado y no permitiendo la libertad religiosa, ya que aunque
destaca que nadie ser�� molestado por sus creencias poco despu��s
indica que no se permitir�� la libertad de culto p��blico a otras
confesiones. Este art��culo es pr��cticamente calcado al de la
Constituci��n de la Restauraci��n mon��rquica de 1876:

��La religi��n cat��lica, apost��lica, romana, es la del
Estado. La Naci��n se obliga a mantener el culto y sus ministros.
Nadie ser�� molestado en el territorio español por sus opiniones
religiosas ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el respeto
debido a la moral cristiana. No se permitir��n, sin embargo, otras
ceremonias ni manifestaciones p��blicas que las de la religi��n del
Estado��5.

Aunque en la lectura inicial del art��culo puede dar la
sensaci��n de que se permite la libertad religiosa, en la parte final
del mismo se restringe a la privacidad de cada persona, es decir, no
se pueden hacer manifestaciones p��blicas de otra religiosidad que
no sea cat��lica, que en la pr��ctica es una clara cortapisa a la
libertad de conciencia de cada individuo. Es lo mismo que hizo el
Gobierno republicano durante la Guerra Civil prohibiendo el culto
p��blico cat��lico en esa parte de España, justificando esta medida
porque no pod��a mantener la seguridad y la integridad de las
personas que tomaran parte en estas actividades. Mart��n Santa

4
Art��culo 6º del Fuero de los Españoles,
5
Art��culo 11 de la Constituci��n de 1876, www.congreso.es, consultado el
23 de septiembre de 2010.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

325
Olalla realiza la siguiente reflexi��n sobre el papel de la Iglesia en
este per��odo:

��La Iglesia tuvo en todo momento conciencia de lo que
hab��a vivido durante cerca de tres años (a lo cual se añad��an los
acontecimientos de la etapa republicana) y tard�� m��s de treinta
años en recordar que, por encima de cualquier actuaci��n e
ideolog��a, la instituci��n deb��a ser elemento de reconciliaci��n de
todos los españoles y no partidaria de un sector de la poblaci��n��6.

Esta reflexi��n en parte corrobora el planteamiento de este
art��culo, ya que pone de manifiesto que la jerarqu��a cat��lica, y la
mayor parte de la Iglesia española cambi�� su posicionamiento
respecto al r��gimen despu��s de tres d��cadas de apoyo al
General��simo, en la segunda mitad de la d��cada de los 60,
coincidiendo con el final del Concilio Vaticano II.
Antes de la aprobaci��n del Fuero de los Españoles, el
Gobierno de Franco estableci�� un Convenio con la Santa Sede el 7
de junio de 19417, por el que se acordaba la recuperaci��n del
privilegio de la presentaci��n de obispos. El privilegio de
presentaci��n de obispos est�� institucionalizado desde el
Concordato de 1753 con Fernando VI como rey de España y
Benedicto XIV como Sumo Pont��fice de la Iglesia. Tras este
primer acuerdo entre el Gobierno presidido por Franco y el Papa
P��o XII a los dos años de su pontificado, en diciembre de 1942 se
nombraron los primeros obispos por este nuevo sistema,
concretamente a los de Barcelona, Ciudad Real, Ja��n, Salamanca y
Urgell. Menos de un lustro despu��s, el 16 de julio 1946 se firma en
Madrid el Convenio entre la Santa Sede y el Gobierno para la
provisi��n de beneficios no consistoriales. El 8 de diciembre de ese
mismo año, se pacta un convenio concertado entre ambos estados
sobre seminarios y universidades de estudios eclesi��sticos, por el
que el Estado español, contribuir��a econ��micamente al
mantenimiento de los seminarios. La vinculaci��n entre la Iglesia y

6
MARTÍN SANTA OLALLA, Pablo (2003): De la victoria al
Concordato, Alertes, Barcelona, p.54.
7
BOE 17 de junio de 1941.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

326
el Estado, con una nula separaci��n entre ambos poderes, puede
apreciarse tambi��n desde finales de 1946 cuando en las monedas se
incluye la inscripci��n ��Caudillo por la Gracia de Dios��.
Tras el final de la II Guerra Mundial España vivi�� uno de
sus peores momentos en la esfera mundial, ya que con la derrota
de los reg��menes nazis y fascistas, España fue sometida a un
bloqueo y aislamiento internacional. En 1946 se retirar��an los
embajadores de los pa��ses aliados de Madrid y Francia cerrar��a su
frontera. En 1948 fue enviado a la embajada de España ante el
Vaticano Joaqu��n Ruiz-Gim��nez, donde present�� sus credenciales.
All�� permanecer��a hasta 1951 cuando fue nombrado ministro de
Asuntos Exteriores.
Adem��s del acercamiento entre el Estado español y la
Santa Sede, el R��gimen de Franco ve��a como poco a poco se va
rebajando el aislamiento internacional al que estaba sometido
desde el final de la II Guerra Mundial. El 4 de noviembre de 1950
la Asamblea de la ONU revoca el bloqueo que previamente hab��a
aprobado en diciembre de 1946. As�� empez�� el fin del aislamiento
diplom��tico que llegar��a a su culminaci��n con la entrada de España
en la ONU el 14 de diciembre de 1955.
La apertura exterior se realiz�� casi de manera simult��nea
por dos v��as: hacia la Santa Sede y EE.UU. En mayo de 1951 los
norteamericanos env��an a Stanton Griffis como embajador a
Madrid.
En mayo de 1952 se celebr�� en Barcelona el XXXV
Congreso Eucar��stico Internacional, en el que participaron 12
cardenales, 300 obispos y 1500 sacerdotes de cerca de un centenar
de pa��ses de todo el mundo. Vicente C��rcel ofrece el siguiente
planteamiento sobre la actitud de la Iglesia en España durante el
r��gimen franquista:

��Despu��s de la guerra en España no hubo silencio sino
miedo. No hubo desinter��s sino acciones aislados de intervenci��n
a favor de los condenados. Afortunadamente algunos obispos
comenzaron muy pronto a levantar su voz cr��tica que supuso
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

327
tambi��n una esperanza para los cat��licos que no se sent��an a gusto
con el nuevo R��gimen��8.

La Iglesia todav��a se encontraba en estado de shock por la
persecuci��n sufrida durante la II Rep��blica y la Guerra Civil por
parte del bando republicano, puede que esa situaci��n influyera en
determinados ��mbitos eclesiales para acatar el nuevo r��gimen que
les hab��a salvado tras los asesinatos masivos cometidos por
sectores de la izquierda. Pero a pesar de ese razonamiento, no
parece apropiado alegar el miedo como justificaci��n al apoyo
permanente y constante hacia Francisco Franco, sino m��s bien
porque en esta nueva situaci��n la jerarqu��a se encontraba c��moda
ya que de esta manera mantiene los privilegios tradicionales de la
Iglesia en España.
A pesar de las acusaciones de connivencia con el r��gimen
franquista, los obispos españoles no se mostraban del todo
satisfechos con el trato que recib��a la Iglesia como instituci��n, ya
que ped��an a��n m��s privilegios que los que ostentaban. En 1948
publicaron un documento sobre la propaganda protestante en
España, en la que entremezclaban la pol��tica y la cuesti��n religiosa:

��La cuesti��n de la libertad y de la tolerancia de cultos no
es una cuesti��n meramente pol��tica, sino una cuesti��n dogm��tica y
de derecho p��blico eclesi��stico, resuelta por las enc��clicas
pontificias y de concreta aplicaci��n a cada naci��n o Estado, seg��n
las circunstancias de hechos en que se encuentra��9.

Cabe recordar una vez m��s que la cuesti��n de la libertad
religiosa fue modificada por la Iglesia Cat��lica en el Vaticano II,
por lo que la defensa que desde este documento se hace de este
tema aludiendo a documentos anteriores a esa fecha, apenas una

8
CARCEL ORTÍ, Vicente ( 2003): La Iglesia y la Transici��n española,
Temas de Hoy, Madrid, p. 313.
9
METROPOLITANOS A LOS FIELES: ��Sobre la propaganda
protestante en España��, 28 de mayo de 1948, en IRIBARREN, Jes��s
(1984): Documentos colectivos del episcopado español. 1870-1974,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, p. 243.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

328
d��cada despu��s quedar��an obsoletos y sin validez en el propio seno
de la Iglesia. Los obispos españoles aluden directamente a la
enc��clica sobre Libertad de Culto de Le��n XIII publicada en 1888.
La jerarqu��a cat��lica española destaca que Le��n XIII enseñ��
claramente que no puede defenderse la libertad de cultos en los
estados:

��La libertad de cultos es muy perjudicial para la libertad
verdadera, tanto de los gobernantes como de los gobernados. La
religi��n, en cambio, es sumamente provechosa para esa libertad,
porque coloca en Dios el origen primero del poder e impone con la
m��xima autoridad a los gobernantes la obligaci��n de no olvidar
sus deberes��10.

Tomando como referencia esta enc��clica, los obispos
españoles dan un paso y afirman tajantemente que es necesario
que el Estado profese una religi��n, y que esa debe ser la verdadera,
terminolog��a que en el Vaticano II qued�� en desuso. Los obispos
españoles menosprecian gravemente la libertad de culto, y el
respeto que debe tenerse hacia aquellas personas que piensan
diferente:

��Los españoles que no hacen profesi��n de fe cat��lica, y
sobre todo los adheridos oficialmente a alguna confesi��n religiosa
distinta de la cat��lica, son un n��mero tan insignificante que no
puede tenerse en cuenta para una ley que mira a la comunidad
social��11.


10
LEÓN XIII: ��Enc��clica LIBERTAS PRAESTANTISSIMUM��, 20 de
junio de 1888, www.vatican.va, consultado el 10 de diciembre de 2010.
11
METROPOLITANOS A LOS FIELES: ��Sobre la propaganda
protestante en España��, 28 de mayo de 1948, en IRIBARREN, Jes��s
(1984): Documentos colectivos del episcopado español. 1870-1974,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, p. 246.

La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

329
Esta afirmaci��n est�� en el debate que mantuvieron los
obispos de los diferentes pa��ses en el Vaticano II, ya que desde
Europa Occidental, especialmente desde España e Italia se
defend��a este planteamiento coercitivo hacia los que profesan
religiones minoritarias, mientras que los obispos de cardenales de
pa��ses de minor��a cristiana, demandan una ley de libertad religiosa
y de respeto por las minor��as, ya que ellos se encuentran en esa
posici��n. Seg��n esta afirmaci��n del documento del episcopado
español, los cristianos en los pa��ses de mayor��a musulmana, no
deber��an tener ning��n derecho por ley, ya que representan a algo
tan insignificante que no deben tener ning��n tipo de cobertura
legal.
Solo amparan en cierta medida el respeto hacia otras
confesiones si los que profesan esa religi��n son extranjeros, ya que
su mente no puede admitir que un español de nacimiento no sea
cat��lico, algo que est�� en consonancia con la postura que
defendieron algunos cl��rigos en las Cortes de C��diz de 1812, como
el obispo Iguanzo.
Un par de años m��s tarde, los obispos españoles establecen
una pequeña l��nea diferenciadora entre la Iglesia y el Estado, al
referirse a la censura de obras teatrales y cinematogr��ficas:


��Si bien es cierto que un Estado cat��lico, como el nuestro,
debe prohibir lo gravemente inmoral, no puede una censura civil
ser tan exigente como la censura de car��cter religioso, dedicada a
orientar y formar la conciencia de los fieles��12.

Aunque en 1950 la censura moral franquista era muy
r��gida, a la jerarqu��a de la Iglesia no le parec��a suficiente, ya que
hace este llamamiento a los escritores cat��licos para que tengan en
cuenta estas normativas desde un punto de vista m��s estricto. En

12
METROPOLITANOS A LOS PERIODISTAS Y ESCRITORES
CATÓLICOS: ��Sobre cr��tica propaganda y publicidad de obras literarias
teatrales y cinematogr��ficas de car��cter inmoral��, en IRIBARREN, Jes��s
(1984): Documentos colectivos del episcopado español. 1870-1974,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, p. 256
Manuel Antonio Pacheco Barrio

330
las postrimer��as del franquismo, cuando se empez�� a abrir la mano
sobre la censura moral y el sexo, los planteamientos del Estado y
de la Iglesia est��n en las ant��podas.

2.- El cambio experimentado con el Concilio Vaticano II

Aunque la Iglesia est�� c��moda con la relaci��n que se ha
establecido entre el Estado y la religi��n, que en muchos casos lleva
a la confusi��n y a la no distinci��n entre el poder civil y el poder
eclesi��stico, edita una pastoral en 1959 para diferenciar el papel de
Acci��n Cat��lica como asociaci��n exclusivamente religiosa:

��Acci��n cat��lica como la misma Iglesia, se mantiene por
encima y al margen de los partidos pol��ticos, de lo que debe
mantenerse alejada, ya que no est�� llamada a ser una fuerza en el
campo de la pol��tica de partidos. Esto no quiere decir que sus
miembros, individualmente deban desentenderse de toda acci��n
pol��tica, no quiere decir otra cosa que colaboraci��n para el bien
de la ciudadan��a��13.

Resulta curioso como discierne que Acci��n Cat��lica no
puede participar en pol��tica como asociaci��n, pero incita a sus
miembros a movilizarse para tomar partido en este terreno para que
la Iglesia siga teniendo un peso espec��fico en el campo pol��tico.
En 1969 la Conferencia Episcopal publicaba un documento
de apenas tres p��rrafos en el que ped��a la reforma de esta ley:

��Los obispos españoles reunidos en la XI Asamblea
Plenaria, reconocemos la urgente necesidad de una ley Sindical

13
METROPOLITANOS A LOS PERIODISTAS Y ESCRITORES
CATÓLICOS: ��Sobre cr��tica propaganda y publicidad de obras literarias
teatrales y cinematogr��ficas de car��cter inmoral��, 25 de julio de 1950, en
IRIBARREN, Jes��s (1984): Documentos colectivos del episcopado
español. 1870-1974, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, p. 327.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

331
que d�� cauce legal satisfactorio a las leg��timas aspiraciones del
mundo del trabajo��14.

Estas palabras se enmarcan en la l��nea trazada por las
enc��clicas de contenido social de los Papas en el siglo XX. No hay
que olvidar la importancia adquirida en los ��ltimos decenios por el
movimiento sindical obrero de inspiraci��n cristiana, en el caso
español concretamente el sindicato USO.
El 21 de julio de 1968, la VII Plenaria de la Conferencia
Episcopal Española publicaba un documento bajo el t��tulo
Principios cristianos relativos al sindicalismo en el que habla
espec��ficamente sobre la libertad sindical, una cuesti��n muy
avanzada y pol��ticamente incorrecta para la ��poca, no hay que
olvidar que el r��gimen franquista todav��a permaneci�� vigente casi
una d��cada m��s. El documento da un paso m��s y pide el
reconocimiento al derecho de huelga:

��Solo cuando fallaren todos los medios, la huelga puede
seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de
los derechos y el logro de las aspiraciones justas de los
trabajadores, bien entendido que se excluye la huelga pol��tica y
revolucionaria��15.

En este sentido habr��a que plantearse qu�� entendemos por
huelga pol��tica, ya que en cierta medida todas son pol��ticas porque
persiguen unos fines concretos relacionados con materias pol��ticas,
ya sea contra el poder establecido o contra la patronal.



14
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Sobre la Ley sindical��, 4 de diciembre de 1969, en
www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de noviembre de 2010.
15
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Principios cristianos sobre el sindicalismo��, 21 de julio de
1968, en www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de noviembre de
2010.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

332
El Concilio y la participaci��n española

En el Concilio Vaticano II el peso de los obispos españoles
era insignificante, con apenas un 5% de representatividad sobre el
total del plenario:

��Seg��n el testimonio del entonces obispo auxiliar de
Barcelona, futuro cardenal Jubany, los obispo españoles adictos a
la renovaci��n conciliar eran al principio exactamente 11 sobre un
total de 78��16

Una de las cuestiones que mayor pol��mica levant�� en el
Concilio, especialmente entre el episcopado español, fue la
aprobaci��n del Decreto Dignitatis Humanae, sobre la libertad
Religiosa. Por primera vez en la Historia la Iglesia reconoc��a la
libertad religiosa y dejaba de considerar a la religi��n cat��lica como
la ����nica verdadera��. Los mayores enemigos de la declaraci��n
sobre libertad religiosa eran la Curia Vaticana, junto con los
obispos italianos y los españoles:

��Italianos y españoles defend��an sus respectivos
concordatos que conced��an a la Iglesia Cat��lica grandes
privilegios y restring��an las actividades de proselitismo de los no
cat��licos��17.

Muchos pensaban que con este decreto quedar��an
desautorizados los concordatos de Italia, España y Portugal.
Un grupo de obispos españoles redactaron una carta al
Papa Pablo VI pidiendo que sustrajera a la votaci��n del Concilio la

16
RAGUER, Hilari (2006): R��quiem por la cristiandad. El Concilio
Vaticano II y su impacto en España, Ediciones Pen��nsula, Barcelona, p.
119.
17
RAGUER, Hilari (2006): R��quiem por la cristiandad. El Concilio
Vaticano II y su impacto en España, Ediciones Pen��nsula, Barcelona, p.
278.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

333
cuesti��n de la libertad religiosa, ya que esto supondr��a un duro
golpe toque a la estructura de la Iglesia en España, al
nacionalcatolicismo y al propio concordato de 1953. Estos
esfuerzos fueron capitaneados por el cardenal Larraona, a pesar de
lo cual la mayor��a de los obispos españoles votaron a favor de este
decreto por no ir a contracorriente de la mayor��a de los padres
conciliares
En 1962 hab��a 78 obispos en España, incluidos los
em��ritos, para un total de 64 di��cesis. Precisamente 64 de estos
obispos hab��an sido nombrados despu��s de 1936, en uso del
derecho de presentaci��n de obispo ejercido por Franco.
Hasta la aprobaci��n de las nuevas directrices del Concilio
Vaticano II, el ��rgano de decisi��n de los obispos españoles era la
Junta de metropolitanos, formada por los arzobispos que hab��a al
frente de las provincias eclesi��sticas españolas junto con el
arzobispo castrense: Madrid, Valladolid, Burgos, Santiago de
Compostela, Toledo, Pamplona, Zaragoza, Barcelona, Tarragona,
Valencia, Sevilla, M��rida-Badajoz y Granada. En la d��cada de los
50 esta conferencia estaba presidida por el primado de España, el
arzobispo de Toledo Pla y Deniel. Pla fund�� en 1940 la Pontificia
Universidad Eclesi��stica de Salamanca, ciudad de la hab��a sido
obispo desde 1935. En 1941, fue nombrado arzobispo de Toledo y
Primado de España. El Papa P��o XII le cre�� cardenal en febrero de
1946. Como m��ximo responsable de la jerarqu��a eclesi��stica
española tambi��n fue procurador en las Cortes franquistas.
El Decreto-Ley del 9 de enero de 1950, publicado en el
BOE del 25 de enero, establecer��a una serie de nuevas di��cesis que
surgieron de la divisi��n de algunas de las provincias eclesi��sticas
del Estado: Albacete, Barbastro, Bilbao, Ciudad Rodrigo, Ibiza y
San Sebasti��n. La divisi��n de la di��cesis de Vitoria, que aglutinaba
a las tres provincias vascas, en tres di��cesis, una por cada una de
las capitales, se llev�� a cabo por presiones de Franco hacia la Santa
Sede que tambi��n impidi�� que se creara una provincia eclesial
vasca con sede en Vitoria, dejando a las tres di��cesis bajo la
jurisdicci��n de la archidi��cesis de Burgos. En 1956 la di��cesis de
San Sebasti��n pasar��a a depender de Pamplona, aunque esta
problem��tica m��s pol��tica que religiosa, se ha arrastrado hasta
entrado el siglo XXI, ya que los nacionalistas vascos han solicitado
en reiteradas ocasiones que se creara la provincia eclesi��stica vasca
Manuel Antonio Pacheco Barrio

334
con Vitoria, San Sebasti��n y Bilbao dependiendo del arzobispado
de Pamplona.
Para Casiano Florist��n, la Iglesia española experiment�� un
notable cambio a partir de la segunda mitad de la d��cada de los 60
ya que se produjeron conjuntamente dos circunstancias
importantes, por un lado los cambios que se llevaron a la Iglesia
con el Concilio Vaticano II, y por otro lado, en parte como
consecuencia de este acontecimiento, la Iglesia española comenz��
a distanciarse de un r��gimen dictatorial que estaba agonizando, por
lo que deb��an posicionarse de cara a los futuros cambios que se
llevar��an a cabo en la pol��tica y la sociedad del pa��s:

��La Iglesia española ha operado un cambio postconciliar
como no se ha dado en ninguna otra Iglesia europea, superior si
cabe al de la Iglesia holandesa. Me refiero a la Iglesia de base, a
juzgar por las caracter��sticas que han tenido los movimientos
apost��licos y que hoy tienen ciertos grupos y comunidades
cristianas��18.

Este autor considera que en casi ninguna Iglesia nacional
se dan al mismo tiempo las tendencias eclesiales que se
evidenciaron en el caso español de finales de los 60 y principios de
los 70, aunque ese camino no fue nada f��cil ya que se llev�� a cabo
con continuos conflictos entre miembros de la Iglesia, de la
jerarqu��a, y con el propio Estado. En la misma l��nea se manifiesta
Jos�� Chao:

��El clero es el estamento social que en estos años (60-70),
evoluciona m��s r��pidamente, adaptando una distancia cr��tica
hacia el R��gimen y adquiriendo un populismo m��s o menos s��lido
y coherente que le ha convertido en factor de desarrollo e incluso
revoluci��n��19.

18
FLORISTÁN, Casiano ( 1976): ��Pr��logo��, en CHAO REGO, Jos��: La
Iglesia en el franquismo, FELMAR, Madrid, p. 14.
19
CHAO REGO, Jos�� ( 1976): La Iglesia en el franquismo, FELMAR,
Madrid, p. 152.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

335
En esta misma l��nea tambi��n se posicionan otros autores
como Santa Olalla:

��El episcopado español experimentar��a a lo largo de los
años del Postconcilio una transformaci��n en la que tuvo mucho
que ver la Santa Sede y, en concreto, la persona de su nuncio,
Guigu�� Dadaglio��20.

En 1961 la Conferencia de Metropolitanos publica una
carta sobre la convocatoria del Concilio Vaticano II. Ese mismo
año se crea la Cadena COPE vinculada a los obispos españoles. En
1962, Antonio Riberi fue nombrado nuncio en Madrid, que llev�� a
cabo una serie de nombramientos de obispos m��s acordes con los
nuevos tiempos postconciliares que se avecinaban. Entre 1965 y
1970 se retiraron 22 obispos por superar los 75 años, llegando a
haber 20 di��cesis vacantes. Entre 1968 y 1970 nombr�� a 15
obispos y 6 administradores apost��licos.
Desde 1967 el nuevo nuncio Dadaglio lleva a cabo un
proyecto continuista con la reforma y adaptaci��n de la Iglesia
española a los nuevos tiempos religiosos y pol��ticos que se
avecinaban en la Iglesia y en España.
Hilari Raguer destaca que el Vaticano II supuso el
espaldarazo definitivo para la separaci��n entre Iglesia y Estado que
se hab��a iniciado en los pa��ses occidentales en el siglo XIX,
pasando a un sistema marcado por la laicidad, aunque en España y
otros pa��ses subsist��a todav��a una situaci��n un tanto anacr��nica
marcada por el Concordato preconciliar de 1953:

��El Vaticano II supuso el fin (al menos como doctrina
oficial de la Iglesia) de aquel modo de entender las relaciones

20
MARTÍN DE SANTA OLALLA, Pablo (2005): La Iglesia que se
enfrent�� a Franco, Diles, Madrid, p.17.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

336
entre la Iglesia y el Estado que se ha llamado la cristiandad o era
constantiniana��21.

Cristiandad se puede definir como un sistema de relaciones
entre la Iglesia y el Estado en sentido jur��dico, lo que com��nmente
se entiende como una alianza entre el trono y el altar. En la España
franquista se institucionaliz�� esta alianza mediante el denominado
nacional-catolicismo, expresi��n acuñada por Alfonso Álvarez
Bolado. Con este sistema, el Estado pon��a a disposici��n de la
Iglesia todo su aparato pol��tico, a cambio de que esta le prestara
apoyo moral, es decir, la iglesia se apoyaba en el aparato estatal
para desempeñar funciones que van m��s all�� de su labor puramente
pastoral o evang��lica.
El Concordato entre España y la Santa Sede se rubrica el
25 de agosto de 1953, y posteriormente Francisco Franco lo
presentar�� en las Cortes a los procuradores el 30 de octubre de ese
mismo año. Tras la celebraci��n del Concilio Vaticano II, con la
puesta en marcha de la colegialidad, las iglesias nacionales se
organizaron bajo la denominaci��n de Conferencias Episcopales.
Hasta ese momento, en España el poder decisorio lo ostentaba la
Junta de Metropolitanos, es decir, los arzobispos que estaban al
frente de la archidi��cesis. Pero tras la progresiva creaci��n de
nuevas sedes episcopales, el ��rgano de decisi��n de la jerarqu��a de
la Iglesia Cat��lica española queda estructurado con la participaci��n
de los arzobispos, obispos y auxiliares, todos ellos con la misma
capacidad de voz y voto. El 27 de febrero de 1966 se aprueban los
estatutos de la Conferencia Episcopal Española en la I Asamblea
Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. El art��culo 1.1 de
estos estatutos, determinada la definici��n de este nuevo ��rgano
creado a instancias del Vaticano II:

��La Conferencia Episcopal Española se constituye, en
comuni��n con el Romano Pont��fice y bajo su autoridad, para el
ejercicio conjunto de la misi��n del Episcopado Español en los
asuntos de inter��s com��n, con el fin de orientar y fomentar el

21
RAGUER, Hilari (2006): R��quiem por la cristiandad. El Concilio
Vaticano II y su impacto en España, Ediciones Pen��nsula, Barcelona, p.
13.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

337
desarrollo y la coordinaci��n de las actividades cat��licas que le
est��n confiadas��22.

Seg��n indica el art��culo 2, los miembros de la CEE son los
arzobispos y obispos diocesanos, obispos titulares con misi��n
pastoral dentro del ��mbito nacional, los obispos coadjutores y
auxiliares, los administradores apost��licos y vicarios capitulares.
Esta variedad de denominaciones se debe a que como el Gobierno
ten��a el privilegio de presentaci��n de obispos, era habitual que las
sedes se quedaran vacantes hasta que el candidato recibiera el visto
bueno de los dirigentes pol��ticos. Por este motivo, como por el
Concordato de 1953 no se pod��a nombrar obispos sin el visto
bueno del R��gimen, el Papa nombraba administradores
apost��licos, que a efectos pr��cticos ten��an las mismas funciones
pero sin esa denominaci��n. La estructura de la CEE quedaba
formada por el Consejo de Presidencia, la Asamblea Plenaria, la
Comisi��n Permanente, el Comit�� Ejecutivo, las comisiones
episcopales y el secretariado del episcopado.
El Consejo de Presidencia quedaba constituido por los
cardenales, cuyas funciones quedaban resumidas en la
convocatoria de asambleas extraordinarias plenarias y capacidad de
modificaciones sobre el orden del d��a de estas reuniones.
La asamblea plenaria es el ��rgano del que forman parte
todos los miembros de la Conferencia Episcopal citados
anteriormente. Este ��rgano celebra una reuni��n anual aunque a lo
largo del año pod��an convocarse asambleas extraordinarias a
instancias del Comit�� de Presidencia. La Asamblea Plenaria toma
sus decisiones por votaci��n secreta aunque todos los acuerdos
requieren dos terceras partes del plenario.
Para facilitar la operatividad de la CEE, se constituye la
Comisi��n Permanente que est�� formada por el presidente, el
secretario del episcopado, los presidentes de las Comisiones
episcopales de car��cter permanente y seis obispos pertenecientes a
diversas provincias eclesi��sticas. El arzobispado de Madrid se

22
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA: ��Estatutos de la
Conferencia Episcopal Española��, 27 de febrero de 1966, en
www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de noviembre de 2010.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

338
reservaba la participaci��n permanente de al menos el cardenal o el
arzobispo de la capital.
En la III Asamblea Plenaria celebrada el 6 de diciembre de
1966 se aprobaron el reglamento del Comit�� Ejecutivo de la CEE.
A lo largo de estos años se han aprobado algunas modificaciones al
reglamento inicial con el desglose de diversos art��culos aunque en
l��neas generales se mantienen las l��neas b��sicas.
El 23 de enero de 1973, la Conferencia Episcopal Española
publica un documento bajo el t��tulo La Iglesia y la comunidad
pol��tica, un texto que como dice en sus primeros p��rrafos ha sido
impulsado por Pablo VI, lo que pone de manifiesto une vez m��s la
implicaci��n del Papa Montini en el cambio de rumbo de la Iglesia
española.
El Concilio Vaticano II lleva a los obispos españoles a la
publicaci��n de documentos de contenido pol��tico, algo que no se
circunscribe exclusivamente a España sino que se extendi�� a otros
pa��ses europeos. La jerarqu��a española destaca en este texto que
dentro de la Iglesia segu��an d��ndose los posicionamientos m��s
diversos.
Aunque el contenido es fundamentalmente pol��tico, como
indica el t��tulo del documento, los obispos destacan que hablan de
religi��n desde un punto de vista social, no pol��tico. La l��nea que
separa lo social y lo pol��tico es muy tenue, en muchos casos no se
puede discernir como sucede en este y en otros textos:

��No podr�� decirse, sin m��s, que un obispo o un sacerdote
hacen pol��tica cuando en virtud de su misi��n pastoral enjuician
hechos, situaciones u obras de la sociedad civil desde la
perspectiva de la fe. Sin desconocer que las limitaciones humanas
y, a veces, el apasionamiento pueden alterar la serenidad del
juicio, hay que tener presente que la denuncia prof��tica de los
pecados es siempre molesta, y con frecuencia no se acepta con la
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

339
humildad y la actitud y la actitud de conversi��n que cabr��a
esperar��23.

Resulta llamativo que en este p��rrafo la jerarqu��a diga que
no hacen pol��tica, y unas l��neas m��s abajo pidan libertad y
democracia de manera impl��cita al r��gimen franquista que estaba
agonizando:

��Los obispos pedimos encarecidamente a todos los
cat��licos españoles que sean conscientes de su deber de
ayudarnos, para que la Iglesia no sea instrumentalizada por
ninguna tendencia pol��tica partidista, sea del signo que fuere.
Queremos cumplir nuestro deber libres de presiones. Queremos
ser promotores de unidad en el Pueblo de Dios educando a
nuestros hermanos en una fe comprometida con la vida,
respetando siempre la justa libertad de las conciencias en materias
opinables��24.

Claramente pide que se reconozca el derecho a la libertad
de expresi��n. Los obispos consideran que la Iglesia y el Estado
tienen que ser independientes aunque esto no suponga que no
puedan colaborar.
Los obispos inciden en el derecho a la libertad religiosa y
anuncian que van a renunciar a sus privilegios, aunque hay que
recordar que unos años antes clamaban contra la separaci��n
Iglesia-Estado y contra la p��rdida de los derechos adquiridos por la
Iglesia Cat��lica. ¿A qu�� se ha debido ese cambio tan radical?
L��gicamente a la renovaci��n en el episcopado impulsado por el
Vaticano II y por Pablo VI en persona con los cambios que efectu��
en determinadas sedes colocando como cabeza visible a Taranc��n
con el encargo claro de pilotar la nave de la Iglesia española hacia

23
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��La Iglesia y la comunidad pol��tica��, 23 de enero de 1973,
en www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de noviembre de 2010.
24
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��La Iglesia y la comunidad pol��tica��, 23 de enero de 1973,
en www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de noviembre de 2010.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

340
la democracia alejada del r��gimen totalitario que estaba viviendo
sus ��ltimos momentos.
El documento solicita la libertad religiosa pidiendo la
derogaci��n del privilegio que ten��a el r��gimen de presentaci��n de
obispos, reconocido en el Concordato de 1953 entre el Estado
español y la Santa Sede. Los obispos tambi��n destacan que la
religi��n no debe meterse en pol��tica. Incide en la libertad religiosa
renunciando a sus privilegios, aunque a la hora de hablar de la
confesionalidad del Estado no la critica directamente, entre l��neas
puede leerse que conf��an en que el Estado siga manteniendo esa
misma estructura:

��Nuestro actual ordenamiento jur��dico, a��n manteniendo
que la religi��n cat��lica es la profesada oficialmente por el Estado,
ha pasado del r��gimen de estricta tolerancia para las dem��s
confesiones al de protecci��n del derecho de la libertad religiosa.
La confesionalidad de nuestro Estado, por tanto, responde hoy a
una f��rmula distinta de la tradicional y m��s abierta que ella��25.

Esta afirmaci��n choca con el documento publicado en
1948 sobre la propaganda protestante en España en el que se
criticaba duramente el proselitismo de esta religi��n en el pa��s,
aludiendo a la condici��n casi innata de ser cat��lico y ser español.
Una vez m��s se pone de manifiesto el cambio radical de posturas
que supuso para muchos obispos españoles la celebraci��n de
Concilio Vaticano II en la d��cada de los 60.
El R��gimen hab��a cubierto de esta manera su principal
objetivo de abrirse al mundo y terminar con el aislamiento,
sellando una alianza con la Santa Sede de la que sal��an
beneficiadas ambas partes seg��n los principios estipulados por la
Iglesia hasta aquel momento. El R��gimen no pod��a sospechar que
una d��cada despu��s la Iglesia sufriera una profunda transformaci��n
de apertura hacia el mundo moderno, o de aggionarmento como
dec��a Juan XXIII. Algunos de los puntos rubricados en ese acuerdo

25
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��La Iglesia y la comunidad pol��tica��, 23 de enero de 1973,
en www.conferenciaepisocpal.es, consultado el 20 de noviembre de 2010
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

341
supon��an una grave incongruencia respecto a las renovadas
doctrinas aprobadas en este concilio.
Cuando Juan XXIII fue elegido Papa, el ministro de
Asuntos Exteriores de España era Fernando Mar��a Castiella y
Maiz, que anteriormente hab��a sido embajador ante la Santa Sede.
Francisco G��mez de Llano le sustituir��a en este cargo en 1957. A
este embajador le suceder��a Jos�� Mar��a Doussinague y Teixidor.
La Comisi��n Permanente de la Conferencia Episcopal
Española publica un documento despu��s de finalizado el Concilio,
en el que analiza la nueva situaci��n de la Iglesia Cat��lica en
relaci��n con la sociedad civil despu��s de la celebraci��n de aquel
acontecimiento. Los obispos españoles reflexionan sobre una de las
conclusiones del Concilio, el motivo fundamental por el que lo
convoc�� Juan XXIII, que la Iglesia se adaptara a los nuevos
tiempos y a la sociedad, el aggiornamento. Destacan dos vertientes
contrapuestas a las que dicen que se ha llegado tras la conclusi��n
del Concilio: que la Iglesia se implique en la vida cotidiana o que
se ciña a su misi��n espiritual. Aplica estos dos ejes la situaci��n
concreta española:

��La fase de desarrollo econ��mico-social y de ordenaci��n
institucional que est�� viviendo el pueblo español, puede dar
ocasi��n a que se fomente el extremismo en cada una de las dos
tendencias��26.

En la Iglesia española ya hab��a dos marcadas tendencias
contrapuestas, la condescendiente con el R��gimen y los nuevos
movimientos que estaban surgiendo principalmente en los barrios
de clase con la Iglesia de los curas obreros que clamaba por un
cambio de rumbo en la pol��tica nacional y en la propia Iglesia.
La jerarqu��a cat��lica consideraba que la Iglesia y la
sociedad est��n ligadas, ya que tiene que trasladar al orden temporal

26
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��La Iglesia y el orden temporal a la luz del Concilio��, 29 de
junio de 1966, en IRIBARREN, Jes��s (1984): Documentos colectivos del
episcopado español. 1870-1974, Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid, p. 372.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

342
las enseñanzas del Evangelio. Los obispos consideran que los
cristianos tambi��n son ciudadanos por lo que pueden actuar
directamente en la sociedad civil. La jerarqu��a cat��lica publica un
ap��ndice a este documento con motivo de la celebraci��n del
Refer��ndum de 1966 sobre la Ley Org��nica del Estado de respaldo
a Franco, un texto en el que no se pronuncia:

��El Episcopado español, a la vez que respeta las leg��timas
opiniones de todos los ciudadanos, siente el deber de recordar la
obligaci��n que tiene cada uno de asumir en conciencia su
responsabilidad, inform��ndose convenientemente, actuando con
reflexi��n y orientando su voto libre, de suerte que contribuya a
promover el bien com��n��27.

La jerarqu��a no pide el respaldo para Franco, sino que se
limita a recordar la obligatoriedad de participar y ejercer el derecho
al voto, por lo que indirectamente respalda este refer��ndum y por
lo tanto al Jefe del Estado.
Los obispos no critican el r��gimen pol��tico franquista
ampar��ndose en que el Concilio Vaticano II no aboga por ning��n
sistema pol��tico en concreto, sino que se limitan a afirmar que lo
importante es que los ciudadanos con opiniones puedan contribuir
al bien com��n. Aunque no critican la dictadura franquista, s�� que
lanzan duros ataques con lo que califican como sistemas de
arbitrariedad opresora fundados en el ate��smo o en el agnosticismo,
en clara referencia a los reg��menes comunistas del Este de Europa.
En enero de 1968 despu��s de la celebraci��n del Concilio
Vaticano II en el que se aprob�� el Decreto Dignitatis Humanae
sobre Libertad Religiosa, los obispos publican un documento a ra��z
de las modificaciones en materia religiosa del ordenamiento
jur��dico que hab��a acometido el Gobierno de España para adecuar
el texto a la nueva realidad de la Iglesia:

27
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��La Iglesia y el orden temporal a la luz del Concilio��, 29 de
junio de 1966, en IRIBARREN, Jes��s (1984): Documentos colectivos del
episcopado español. 1870-1974, Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid, p.403.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

343
��No cabe pues opci��n moral entre aceptar o rechazar la
religi��n revelada. Tal interpretaci��n de la libertad, seg��n fue
difundido por el liberalismo religioso y filos��fico del siglo XIX, ha
sido reprobada por la Iglesia desde la enc��clica Mirari Vos de
Gregorio XVI, hasta Pacem in Terris y el Concilio Vaticano II (...)
Queda excluido el concepto de Estado arreligioso o indiferente��28.

Aporta una visi��n muy peculiar el documento Dignitatis
Humanae, ya que lo pone al mismo nivel que otras publicaciones
de pont��fices previos, aunque supone una clara ruptura al reconocer
la libertad religiosa, algo que no gusta a la mayor��a del episcopado
español. El Decreto del Vaticano II deja clara la separaci��n entre
Iglesia y estado y la libertad religiosa, aunque a los obispos
españoles no les guste.
En la documentaci��n analizada en los Archivos Vaticanos,
hay una serie de cartas enviadas por parte de los obispos españoles
contra este decreto en el proceso previo de estudio y elaboraci��n.
Una carta enviada por el arzobispo de Toledo, el Primado de
España, el 23 de enero de 1964 mostrando su oposici��n al Decreto
sobre la Libertad Religiosa:

��El Estado de un pa��s cat��lico tiene el deber de mantener
y profesar p��blicamente la religi��n de sus ciudadanos. Nuestro
Estado se comporta como un Estado cat��lico en todas las clases de
sus actividades��29.

En esta misma l��nea se posicionan tambi��n sendos
mensajes enviados por los obispos de Bilbao y Ciudad Real,
citando incluso de manera expresa las palabras de Francisco
Franco defendiendo la confesionalidad del Estado.

28
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Sobre libertad religiosa��, 22 de enero de 1968, en
IRIBARREN, Jes��s (1984): Documentos colectivos del episcopado
español. 1870-1974, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, p. 414.
29
Carta del Arzobispo de Toledo, 23 de enero de 1964, BUSTA 106. De
Ecumenismo. Acta Synodalia III, 621-697. Archivo Vaticano.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

344
Unos años despu��s de la finalizaci��n del Concilio, en
1973, la CEE public�� un nuevo documento relacionado con la
Libertad Religiosa bajo el t��tulo Iglesia y comunidad pol��tica. En
este texto, parece que acepta de mejor grado que en el publicado a
finales de los 70, el cambio en el ordenamiento jur��dico de la
Iglesia y del Estado español, con la consiguiente permisividad y de
tolerancia con el resto de religiones amparadas por el derecho de
libertad religiosa, aunque a pesar de todo, se siguen reafirmando en
la catolicidad de España:

��Conviene advertir que dentro de esta nueva f��rmula, se
sigue afirmando expl��citamente que España es un Estado
cat��lico��30.

Los obispos españoles no se quer��an resignar
aparentemente a perder los privilegios que la Iglesia ten��a en
España.

3.- La agon��a del franquismo en la d��cada de los setenta: la
Iglesia se desvincula del R��gimen.

El 25 de noviembre de 1964, el embajador accidental de
España ante la Santa Sede, Antonio El��as, env��a un informe al
ministro de AA.EE., Fernando Mar��a Castiella, sobre el
aplazamiento de la votaci��n del decreto de Libertad Religiosa. En
el texto indica que solo una minor��a de obispos españoles se
adhiri�� a las maniobras iniciadas por alg��n representante de la
Curia para aplazar la votaci��n sobre esta cuesti��n. Seg��n el
embajador, la mayor��a de los obispos españoles tuvieron una
actitud pasiva, siguiendo la corriente general de la mayor��a de los
padres conciliares. Los que seg��n este informe mostraron una

30
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Sobre la Iglesia y la comunidad pol��tica��, 23 de enero de
1973, en IRIBARREN, Jes��s (1984): Documentos colectivos del
episcopado español. 1870-1974, Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid, p. 545.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

345
posici��n contraria a la libertad religiosa fueron los obispos de
Orense (Ángel Temiño Saiz), el de Calahorra-Logroño (Abilio del
Campo), el de Ciudad Rodrigo (Demtrio Mansilla Reoyo) y el
cardenal de Santiago (Quiroga Palacios).
Seg��n este mismo informe, los partidarios de la libertad
religiosa estaban encabezados por el arzobispo de Zaragoza (Pedro
Cantero), el obispo de Oviedo (Javier Lauzurica), el de C��diz
(Tom��s Guti��rrez D��ez), Gerona (Narciso Jubany), el auxiliar de
Valencia (Rafael Gonz��lez Moralejo), auxiliar de M��laga (Emilio
Benavent Escu��n), el de Segorbe-Castell��n (Jos�� Pont y Gol), el de
Salamanca (Mario Rubio Repull��s), y el auxiliar de Sevilla (Jos��
Mar��a Cirarda Lachiondo).
El presidente de la Conferencia Episcopal Española en este
primer per��odo era Quiroga Palacios.
Hilari Raguer hace la siguiente apreciaci��n sobre el escaso
entusiasmo que despert�� de Giovanni Battista Montini como Papa
en el c��nclave de 1963:

��No por ser esperada fue menos desoladora, para Franco
y su gobierno, la elecci��n de Montini��31.

Siendo arzobispo de Mil��n envi�� un telegrama a Franco
pidiendo clemencia para un condenado a muerte. El 19 de
septiembre de 1962 detienen en Barcelona al estudiante Jordi
Conill Valls, acusado de poner bombas en La Vanguardia y un
colegio mayor del Opus Dei. El 22 de octubre de 1962 se celebra el
Consejo de Guerra. En un principio le condenaron a 30 años de
c��rcel, pero el Capit��n General de Cataluña no acepta esta
resoluci��n y el caso pasa al Consejo Supremo de Justicia Militar.
Ese d��a secuestran en Mil��n al vicec��nsul de España en la capital
de Lombard��a, liber��ndolo unos d��as despu��s. Mientras tanto, la
sentencia militar no se hace p��blica, por lo que desde los ambientes
antifranquistas se da por hecho que se le va imponer la pena

31
RAGUER, Hilari (2006): R��quiem por la cristiandad. El Concilio
Vaticano II y su impacto en España, Ediciones Pen��nsula, Barcelona, p.
204.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

346
capital, ya que esa sol��a ser la pr��ctica habitual para no dejan
tiempo de reacci��n. El abogado del acusado solicita la intervenci��n
del arzobispo de Mil��n para evitar la muerte del preso, y el 9 de
noviembre de 1962 Montini env��a un telegrama a Franco
solicitando clemencia para Conill, que finalmente no fue
condenado a muerte. En mayo de 1994 se celebr�� en Madrid un
simposio sobre Pablo VI y España organizado por el Instituto
Paolo VI de Brescia y la Universidad Pontificia de Salamanca. En
esta cita el abogado defensor destac�� que gracias al telegrama de
Montini no hubo sentencia de muerte ya que el r��gimen cambi�� su
decisi��n, lo que no se puede confirmar es si esta afirmaci��n es
cierta o no.
El Concordato de 1953 conced��a a Franco el privilegio de
presentaci��n de obispos residenciales, pero no establec��a nada en
torno a los obispos auxiliares. En la nueva Conferencia Episcopal,
los auxiliares tendr��n el mismo derecho al voto que el resto de
obispos, con lo que el privilegio de veto de Franco quedaba
notablemente tocado con esta reforma. Entre Pablo VI y el nuncio
Dadaglio procedieron a nombrar obispos auxiliares que volcaron el
sentido de la Conferencia Episcopal. El Gobierno español solicit��
que se ampliara el derecho de presentaci��n incluyendo tambi��n a
estos obispos, pero la Santa Sede l��gicamente no accedi�� a esta
petici��n.
Vicente C��rcel Ort��, uno de los mayores estudiosos de la
Historia de la Iglesia en España., considera falaces las acusaciones
que se vertieron contra este Papa desde ciertos sectores del
r��gimen:

��Pablo VI no fue jam��s antiespañol, aunque s�� que fue
claramente antifranquista. El sentido democr��tico lo llevaba en la
misma sangre. Su padre fue iniciador del Movimiento Social
Cat��lico de Italia��32.

Uno de los momentos de mayor tensi��n entre el R��gimen y
la Santa Sede se vivi�� en la d��cada de los 70 por el Proceso de

32
CARCEL ORTÍ, Vicente ( 2003): La Iglesia y la Transici��n española,
Temas de Hoy, Madrid, p. 153.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

347
Burgos y por los fusilamientos que se llevaron a cabo en 1975,
unas semanas antes de la muerte del dictador. En junio de 1969, en
el encuentro que mantuvo con los cardenales, Pablo VI se refiere
directamente a la situaci��n española. Pide comprensi��n para los
dif��ciles momentos por los que atraviesa el pa��s y a su vez ruego
porque España siga progresando en paz y justicia:

��Certe situazioni non lasciano talvolta quei Nostri Figli
indifferenti, e provocano reazioni che non possono certo trovare
sufficiente giustificazione nell��impeto di una giovanile esuberanza,
ma possono tuttavia suggerire almeno una indulgente
comprensione. Noi auspichiamo per quel nobile Paese ordinato e
pacifico progresso, e auguriamo a tale scopo che non venga meno
il sapiente coraggio nella promozione della giustizia sociale��33.

En 1975, con la condena a muerte de un grupo de
terroristas de ETA y FRAC, una ola de protestas y de solidaridad
recorre el mundo entero. Incluso desde la Santa Sede el Papa alza
la voz para pedir clemencia ante los condenados a muerte:

��Fra quelle che oggi feriscono il nostro cuore pastorale vi
sono alcune che segnaliamo alla vostra umana e cristiana
sensibilit��. I condannati a morte dei terroristi di Spagna, dei quali
noi pure deploriamo le gesta criminali, ma che vorremmo redenti
da una giustizia che sa affermarsi magnanima nella clemenza��34.

Durante estos momentos tan complicados para la Iglesia en
España, el representante del Vaticano en Madrid fue Luigi
Dadaglio, que ocup�� el puesto de nuncio entre 1967 y 1980.



33
PABLO VI (1969): Discurso al Colegio Cardenalicio, 23 de junio de
1969, www.vatican.va, consultado el 7 de diciembre de 2010.
34
PABLO VI (1975): Ángelus, 21 de septiembre de 1975,
www.vatican.va, consultado el 7 de diciembre de 2010.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

348
Las Iglesias nacionalistas contra Franco

El posicionamiento masivo del clero vasco contra el
r��gimen franquista, provoc�� situaciones de tensi��n entre la Iglesia
y el Estado, por lo que la Conferencia Episcopal se vio obligada a
sacar un comunicado en diciembre de 1970 con motivo de la
situaci��n que se estaba produciendo en este territorio con el
Proceso de Burgos. La jerarqu��a española se muestra comprensiva
ante las dolorosas circunstancias por las que atraviesan las di��cesis
de San Sebasti��n y de Bilbao, aunque tambi��n lamenta que en
determinados sectores de opini��n se hayan producido
malentendidos y tergiversaciones sobre los escritos que publicaron
los obispos de estas di��cesis:

��La CEE pide la m��xima clemencia para los ajusticiados
de Burgos. Siguiendo el ejemplo de la Santa Sede, ha acordado
dirigirse respetuosamente al Gobierno de la naci��n pidiendo la
m��xima clemencia a favor de estos ciudadanos y haciendo constar
que en ning��n caso y por ning��n t��tulo quiere impedir o entorpecer
la acci��n de la justicia��35.

Otra de las cuestiones pol��micas surgi�� en 1973 con la
publicaci��n de un documento en torno a la objeci��n de conciencia.
El obispo auxiliar de San Sebasti��n, monseñor Seti��n, lleva a cabo
una ponencia sobre la objeci��n de conciencia basada en el Decreto
del Vaticano II Gaudium et Spes. Ante lo novedoso de este
fen��meno se plantea qu�� decir teniendo en cuenta las directrices de
los obispos de otros pa��ses en el Concilio Vaticano II. La jerarqu��a
cat��lica española valora a las Fuerzas Armadas, pero a su vez
expresa su comprensi��n y defensa de la objeci��n de conciencia en
determinadas ocasiones:


35
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Tres comunicados sobre delicadas circunstancias de las
di��cesis vascas��, 1 de diciembre de 1970, en
www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de noviembre de 2010.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

349
��El caso de objetores de conciencia que tengan estas
motivaciones, no puede identificarse ni recibir el mismo
tratamiento que el de los simples desertores��36.

Tras los acontecimientos acaecidos a finales de 1973, al
asesinato perpetrado por ETA contra el presidente del Gobierno,
Luis Carrero Blanco, la Conferencia Episcopal publica un escueto
documento analizando brevemente la situaci��n pol��tica de España
tras este suceso y con la problem��tica vivida en las di��cesis vascas
con el encarcelamiento de prelados que fueron trasladados a la
c��rcel de Zamora:

��Compartimos el sufrimiento de aquellos hermanos
nuestros en el Episcopado que se ven m��s afectados por estas
situaciones, especialmente si se confirman las noticias de posibles
querellas contra algunos de ellos��37.

Pide clemencia a los responsables del Estado para las
personas condenadas, se entiende que por motivaciones pol��ticas.
A pesar de este apoyo, condena la presi��n ejercida por
determinados grupos cristianos.
En septiembre de 1975, con motivo del Consejo de Guerra
contra varios miembros de ETA y los FRAP, que se sald�� con el
fusilamiento de cinco de los condenados, en España y en el mundo
en general se levant�� una oleada de protestas contra la condena a
muerte. El propio Papa Pablo VI pidi�� clemencia para los
sentenciados desde la ventana de su habitaci��n en el Vaticano, ante

36
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Sobre la objeci��n de conciencia��, 1 de diciembre de 1973,
en IRIBARREN, Jes��s (1984): Documentos colectivos del episcopado
español. 1870-1974, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, p. 556.
37
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Problem��tica de los acontecimientos recientes (sacerdotes
de la c��rcel de Zamora y asesinato de Luis Carrero Blanco)��, 31 de
diciembre de 1973, en www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de
noviembre de 2010.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

350
los congregados en la Plaza de San Pedro, y mediante los
telegramas enviados al Jefe del Estado español al que apelaba
como cat��lico e hijo de la Iglesia. Tras la muerte de Franco, la
Conferencia Episcopal Española emite un comunicado en el que
pide libertad para los detenidos pol��ticos, pidiendo respeto y
di��logo entre todas las partes:

��Los presos y exiliados pol��ticos, al t��rmino del Año
Santo de Roma, y ante el pr��ximo compostelano, reiteramos
nuestra petici��n de que obtengan pronto la libertad los detenidos
por delitos puramente pol��ticos, de que puedan volver a la Patria
quienes se encuentran fuera de ella por razones pol��ticas y de que
se revisen las leyes restrictivas del ejercicio de las libertades
c��vicas��38.

La jerarqu��a cat��lica española habla de una nueva Iglesia
que ha renovado su vida interna para afrontar de la mejor manera
posible los cambios que se estaban produciendo en el pa��s,
present��ndose como mediadora, independiente y exenta de
privilegios.
El 30 de mayo de 1960 un grupo de 339 sacerdotes vascos
publicaron una carta denunciando el compromiso de los obispos
con el r��gimen. La tensi��n entre parte del episcopado español y el
resto de padres conciliares va en aumento cuando en 1963 se
difunde en el Concilio un documento antifranquista firmado por
339 sacerdotes vascos.
En las postrimer��as del franquismo, el Estado tuvo un duro
enfrentamiento con la Iglesia, concretamente con el obispo de
Bilbao Antonio Muñoveros, ya que hab��a aprobado la lectura de un
texto en las iglesias vizca��nas titulado ��El cristianismo mensaje de
salvaci��n para los pueblos��, el 2 de febrero de 1974, que versaba
sobre la identidad del pueblo vasco. Como consecuencia de esta
carta, se decreta el arresto domiciliario del obispo. Franco quiere

38
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��la Iglesia ante el momento actual: petici��n de libertad para
detenidos pol��ticos��, 19 de diciembre de 1975, en
www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de noviembre de 2010.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

351
expulsarlo fuera de España pero se encuentra una contundente
oposici��n de los cardenales de Sevilla, Madrid y Barcelona que
llegan a preparar una bula de excomuni��n para el dictador, aunque
finalmente no se tom�� ninguna determinaci��n.
En marzo de 1964 unos 400 sacerdotes catalanes env��an
una carta a sus obispos reflexionando sobre las relaciones entre la
Iglesia y el Estado.
El 11 de mayo de 1966 tiene lugar en Barcelona una
marcha pac��fica y silenciosa de 100 sacerdotes en protesta por las
torturas de la polic��a a los detenidos. Despu��s de esta cita, llevaron
un escrito al jefe de la Brigada Pol��tico-Social de Barcelona,
Antonio Juan Creix, algo que no permitieron los agentes que
disolvieron la marcha utilizando la fuerza.

La puesta en marcha de la Conferencia Episcopal

Antes del Vaticano II ya funcionaba alguna conferencia
episcopal de ��mbito estatal o interregional, pero con la doctrina de
la colegialidad hab��a que poner en marcha muchas m��s
conferencias siguiendo los par��metros marcados por la
Constituci��n sobre la Sagrada Liturgia del 4 de diciembre de 1963.
El 12 de agosto de 1964 se redacta el anteproyecto de
Conferencia Episcopal Española. La primera asamblea tuvo lugar
entre el 26 de febrero y el 4 de marzo de 1966.
En 1969 fue nombrado presidente de la Conferencia
Episcopal Española Casimiro Morcillo, arzobispo de Madrid y
hasta ese momento vicepresidente, imponi��ndose en la votaci��n
por 48 votos a 25 sobre Taranc��n. Morcillo morir��a poco despu��s
de esta elecci��n, sucedi��ndole en el cargo el vicepresidente
Taranc��n, que era el arzobispo de Toledo primado de España.
Desde Roma aprovecharon esta vacante para trasladar al nuevo
cabeza visible de la Iglesia española a Madrid, nombr��ndole
administrador apost��lico de la archidi��cesis, una treta para
esquivar el bloqueo de presentaci��n de obispos que ostentaba el
r��gimen, aunque poco despu��s se le nombrar��a arzobispo titular.
El��as Yanes fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal y
obispo auxiliar de Toledo.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

352
En la asamblea de obispos y sacerdotes de 1971 la Iglesia
decidi�� dar un salto cualitativo para ofrecer una nueva imagen
desligada del franquismo. En ese per��odo cabe destacar la
publicaci��n del texto ��La Iglesia y la comunidad pol��tica��, en
enero de 1973 junto con la problem��tica que surgi�� con el caso
Añoveros y la pastoral que public�� defendiendo la identidad vasca.
Vicente Taranc��n ocup�� el cargo de presidente de la
Comisi��n Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal
Española entre 1964 y 1971. Precisamente en 1969 fue nombrado
arzobispo de Toledo y cardenal. Pablo VI se hab��a fijado en ��l para
que fuera la cabeza visible de la transformaci��n de la Iglesia
española, y su progresiva adaptaci��n a los nuevos tiempos
democr��ticos. Cuando muri�� Casimiro Morcillo, que ocupaba el
cargo de arzobispo de Madrid, Pablo VI determin�� que se ocupara
de las di��cesis de Toledo y de Madrid hasta que el r��gimen, que
segu��a manteniendo el privilegio de presentaci��n de obispos, diera
luz verde a su nombramiento al frente de la di��cesis de la capital
del Estado. El 4 de diciembre de 1971 se hace p��blico su traslado
definitivo a Madrid, tomando posesi��n de su cargo el 10 de enero
de 1972. En marzo de 1972 fue nombrado presidente de la
Conferencia Episcopal Española. El 14 de mayo de 1982 present��
su renuncia como arzobispo, dejando su cargo el 12 de abril de
1983

4.- La Iglesia apuesta por la democracia tras la muerte de
Franco

En pleno proceso de la transici��n, despu��s de la muerte del
dictador y unos antes de que se celebrara el refer��ndum ley para la
Reforma Pol��tica que dar��a paso a la democracia, la Conferencia
Episcopal publica un documento con una serie de orientaciones
desde el punto de vista cristianos para guiar la participaci��n
pol��tica y social de los ciudadanos. En este texto consideran que la
Constituci��n es una oportunidad hist��rica. Los obispos defienden
abiertamente la democracia, la pluralidad pol��tica y la participaci��n
de los ciudadanos:

La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

353
��El poder pol��tico, concentrado en pocas manos y sin un
adecuado control p��blico, abre el camino a posiciones totalitarias,
en las que no es posible el juego de la din��mica social, e induce a
reacciones violentas, incompatibles con la paz y la seguridad
p��blica��39.

Este fragmento demuestra el cambio radical vivido por la
Iglesia española, ya que pas�� de defender el r��gimen franquista o al
menos, silenciar toda cr��tica al mismo, a condenar abiertamente los
reg��menes en los que no se permite la participaci��n de los
ciudadanos en las tareas pol��ticas. Condena directamente los
reg��menes totalitarios en general, no exclusivamente los totalitarios
de izquierdas como hab��an hecho hasta la fecha.
En este texto vuelve a defender el derecho a la huelga:

��Si queremos caminar de verdad hacia una sociedad m��s
justa es indispensable que las disposiciones legales ofrezcan
cauces adecuados para el ejercicio del derecho a la huelga
laboral. Este derecho debe ser claramente reconocido y plasmado
en disposiciones legales que aseguren su efectividad, sin temor a
represalias y sanciones��40.

El documento tambi��n reivindica una serie de derechos
fundamentales en toda democracia, el de asociaci��n, la libertad
sindical y el derecho a voto. Los obispos hacen un llamamiento a
los cristianos para que tengan en cuenta sus convicciones a la hora
de votar, excluyendo a los partidos que defiende la violencia como
recurso y que no defienden los derechos humanos, por lo que se

39
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Orientaciones cristianas sobre participaci��n pol��tica y
social de los ciudadanos��, 9 de julio de 1976, en
www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de noviembre de 2010.
40
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Orientaciones cristianas sobre participaci��n pol��tica y
social de los ciudadanos��, 9 de julio de 1976, en
www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de noviembre de 2010.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

354
entiende que quedan excluidos los partidos totalitarios como el
futuro Fuerza Nueva de Blas Piñar y los comunistas.
Los obispos condenan claramente la violencia como
recurso, pidiendo respeto para todos los posicionamientos
pol��ticos.
Antes de que muriera Francisco Franco, la Iglesia ya hab��a
protagonizado una serie de enfrentamientos con el r��gimen,
posicion��ndose por una reforma del sistema y por la defensa de los
derechos humanos y las libertades. En noviembre de 1974, la XXI
Asamblea Plenaria de la CEE publica un documento sobre los
derechos humanos, en el que condena contundentemente todo tipo
de violencia:

��Ni el terrorismo, ni la subversi��n revolucionaria, in la
represi��n de los derechos de la persona humana son compatibles
con la concepci��n cristiana del hombre y de la sociedad. Los
obispos condenan, con su Cardenal Presidente, los extremismos
que ejercitan la violencia, a��n verbal, y que coartan la esperanza
de la convivencia en la libertad��41.

Condenan la violencia del Estado y de los terroristas. Esta
es una de las primeras ocasiones en las que la jerarqu��a critica por
escrito y claramente al r��gimen de Franco. Piden reformas, no se
limitan a condenar sino que solicitan una evoluci��n hacia la
democracia, ya que la CEE en 1974 apoya una reforma del sistema
defendiendo los derechos y libertades:

��La CEE considera obligado apoyar una evoluci��n en
profundidad de nuestras instituciones a fin de que garanticen

41
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Extracto del comunicado final de la XXI Asamblea
Plenaria de la CEE sobre la violencia y sobre la tutela de los derechos
humanos��, 30 de noviembre de 1974, en www.conferenciaepiscopal.es,
consultado el 20 de noviembre de 2010.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

355
siempre eficazmente los derechos fundamentales de los
ciudadanos, tales como los de asociaci��n, reuni��n y expresi��n��42.

En el ocaso del franquismo, los obispos españoles apoyan
abiertamente un r��gimen democr��tico. El posicionamiento de la
jerarqu��a de la Iglesia tambi��n estuvo motivado por la persecuci��n
que estaban viviendo bastantes sacerdotes por cuestiones pol��ticas:

��En relaci��n con los sacerdotes, el Episcopado ve con
inquietud c��mo se les imponen con frecuencia sanciones
gubernativas bajo la acusaci��n de que en sus homil��as inciden
indebidamente en temas temporales, y cree necesario recordar,
con el Concilio, que la predicaci��n sacerdotal, especialmente
dif��cil en las circunstancias actuales, para que pueda persuadir
con idoneidad al esp��ritu de oyentes, no debe exponer la Palabra
de Dios de modo general y abstracto, sino aplicando la perenne
verdad del Evangelio a las circunstancias de la vida��43.

Unas l��neas m��s abajo, los obispos piden expl��citamente,
siguiendo las indicaciones de Pablo VI que va a poner en marcha
en el año siguiente que era Jubilar en Roma, la libertad de los
presos pol��ticos, algo que al R��gimen franquista no debi�� agradar
ya que supon��a que la Iglesia se posicionara al lado de los
opositores al r��gimen, al mismo nivel que los izquierdistas. Los
franquistas consideran esto una traici��n, despu��s de todo lo que
hab��a hecho Franco por la Iglesia y de la persecuci��n religiosa

42
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Extracto del comunicado final de la XXI Asamblea
Plenaria de la CEE sobre la violencia y sobre la tutela de los derechos
humanos��, 30 de noviembre de 1974, en www.conferenciaepiscopal.es,
consultado el 20 de noviembre de 2010.
43
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Extracto del comunicado final de la XXI Asamblea
Plenaria de la CEE sobre la violencia y sobre la tutela de los derechos
humanos��, 30 de noviembre de 1974, en www.conferenciaepiscopal.es,
consultado el 20 de noviembre de 2010.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

356
ejecutada desde ciertos sectores de la izquierda durante la II
Rep��blica y la Guerra Civil.
La Iglesia continu�� dando pasos en las postrimer��as del
franquismo impulsando el cambio y la reconciliaci��n nacional,
lema que fue utilizado en la pastoral publicada en abril de 1975.
En este texto proponen que la Iglesia sea la impulsora de la ansiada
reconciliaci��n nacional, aunque esta visi��n no era homog��nea en
toda la instituci��n. El documento reflexiona sobre las distintas
visiones que hay en la Iglesia española, una que se posicionaba por
el continuismo franquista frente a los partidarios de la ruptura y la
apuesta por la democracia. Lamenta la divisi��n interna que se vive
en el seno de la Iglesia, hablando incluso de rupturas entre grupos
pertenecientes a la misma Iglesia.
En este sentido cabe recordar la c��rcel de Zamora que
albergaba a los sacerdotes encarcelados por cuestiones pol��ticas,
los gritos contra Taranc��n en los funerales de los asesinados por
ETA, las asambleas celebradas en las iglesias, etc.
En este documento, como ven��a haciendo desde finales de
los años 60, la jerarqu��a cat��lica vuelve a defender los derechos
sindicales aunque se centra fundamentalmente en la reconciliaci��n
utilizando una terminolog��a muy teol��gica, para de esta manera
intentar esquivar la censura y los enfrentamientos directos con el
r��gimen ampar��ndose en que la labor de la Iglesia no es solo
teolog��a, sino tambi��n ejercer la labor pastoral. De vez en cuando
aplican la terminolog��a al mundo real de la sociedad española,
aunque a primera vista pueda parecer que son enseñanzas
puramente teol��gicas.
El documento pide directamente que se supere la Guerra
Civil y se busque la reconciliaci��n entre todos los españoles:

��En nuestra Patria, el esfuerzo progresivo por la creaci��n
de estructuras e instituciones pol��ticas adecuadas ha de estar
sostenido por la voluntad de superar los efectos nocivos de la
contienda civil, que dividi�� entonces a los ciudadanos en
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

357
vencedores y vencidos y que todav��a constituyen obst��culo serio
para una plena reconciliaci��n entre hermanos��44.

La Iglesia pasa una p��gina de la Historia m��s triste de la
España contempor��nea y pide la reconciliaci��n nacional. En este
mismo texto, como en documentos anteriores, vuelve a reivindicar
el reconocimiento de los derechos de asociaci��n, de reuni��n y de
expresi��n, es decir, la democracia plena.
Ante el proceso constituyente que se hab��a iniciado tras la
celebraci��n de las primeras elecciones democr��ticas en junio de
1977, la Conferencia Episcopal Española sale a la palestra para
dejar claro sus postulados y planteamientos ante el nuevo texto
constitucional. Destacan que como pastores se van a referir a los
aspectos morales y religiosos de la nueva Constituci��n, aunque
tambi��n inciden en que a nivel general piden libertad, respeto por
los derechos humanos e igualdad de los hombres. Los obispos
vuelven a criticar la dictadura como ya hab��an hecho en anteriores
documentos publicados despu��s de la muerte de Franco:

��Ninguna dictadura, no la mayor��a de la naci��n, ni un
grupo que pretenda ser su vanguardia, pueden leg��timamente
anular estos derechos, y menos para imponer a otros la propia
concepci��n del hombre y de la sociedad��45.

Piden la inclusi��n de referencias al cristianismo en el
nuevo texto. Quieren la libertad religiosa aunque por otro lado
piden que se incluyan referencias cristianas en la Constituci��n y
condenan la amenaza laicista. Parece un tanto ambiguo:

44
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��La reconciliaci��n de la Iglesia con la sociedad��, 17 de
abril de 1975, en www.conferenciaepiscopal.es, consultado el 20 de
noviembre de 2010.
45
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Los valores morales y religiosos ante la Constituci��n
española��, 26 de noviembre de 1977, en www.conferenciaepiscopal.es,
consultado el 20 de noviembre de 2010.
Manuel Antonio Pacheco Barrio

358
��No basta afirmar la no confesionalidad del Estado para
instaurar en nuestra Patria la paz religiosa y las relaciones
respetuosas y constructivas entre el Estado y la Iglesia. Si
prevalecen en el texto constitucional formulaciones equ��vocas y de
acento negativo que pudieran dar pie a interpretaciones laicistas,
no se dar��a respuesta suficiente a la realidad religiosa de los
españoles, con el peso indudable del catolicismo y la presencia en
nuestra sociedad de otras iglesias y confesiones religiosas��46.

Piden libertad religiosa pero a su vez un reconocimiento
espec��fico a la Iglesia Cat��lica, como finalmente recogi�� el art��culo
16.3 de la Constituci��n. Al margen de temas morales y de derechos
humanos, piden respeto a la diferenciaci��n de los pueblos de
España, un guiño al nacionalismo teniendo en cuenta la
peculiaridad y el peso de la Iglesia en Cataluña y el Pa��s Vasco.

5.- Conclusiones

La Iglesia española experiment�� cambios sustanciales
durante los ��ltimos años del franquismo. Parte de la jerarqu��a
cat��lica, impulsada por la actitud del Papa Pablo VI, queda de
manifiesto en los documentos publicados por la Conferencia
Episcopal Española que se han analizado en este texto. En la etapa
final del franquismo se publican una serie de pastorales
defendiendo los derechos humanos y las libertades, incluso el
derecho a huelga. Este posicionamiento se intensifica m��s
claramente tras la muerte del dictador en noviembre de 1975,
cuando la Conferencia Episcopal Española defiende la renovaci��n
del sistema y la llegada de la democracia.
A pesar de este cambio de posicionamiento, en algunos
documentos todav��a se deja entrever el temor a la p��rdida de
privilegios por parte de la Iglesia en el nuevo r��gimen democr��tico,

46
COMISIÓN PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
ESPAÑOLA: ��Los valores morales y religiosos ante la Constituci��n
española��, 26 de noviembre de 1977, en www.conferenciaepiscopal.es,
consultado el 20 de noviembre de 2010.
La evoluci��n de la jerarqu��a de la Iglesia cat��lica en el tardofranquismo

359
ya que solicitan que la nueva Constituci��n recoja planteamientos
morales cat��licos y un reconocimiento expreso para esta confesi��n.
El Concilio Vaticano II supuso un punto de inflexi��n en
toda la Iglesia, y en el caso español fue m��s acuciante ya que se
viv��a en un Estado confesional. La aprobaci��n del Decreto
Dignitatis Humanae sobre la Libertad Religiosa supuso un duro
golpe para los sectores conservadores de la Iglesia Española que
controlaban la Junta de Metropolitanos. Durante la celebraci��n del
Concilio los obispos españoles mostraron abiertamente su
oposici��n a este decreto ya que supon��a la p��rdida de privilegios.
El propio r��gimen franquista tuvo que modificar los textos
legislativos, el Fuero de los Españoles, para adaptarlo al nuevo
ordenamiento de la Iglesia Cat��lica.
La Iglesia española vivi�� un largo camino de penurias
desde la llegada de la II Rep��blica y la Guerra Civil con las
persecuciones religiosas, lo que supuso que el clero se pusiera
mayoritariamente al lado de los sublevados, salvo algunas
excepciones especialmente en territorios como Cataluña y Pa��s
Vasco. El apoyo mutuo entre el Estado y la Iglesia se ratific�� con
el Concordato de 1953 que supone en la pr��ctica la apertura al
exterior del r��gimen franquista despu��s del aislamiento al que fue
sometido tras el final de la II Guerra Mundial. Una d��cada despu��s
de la r��brica de este documento, la puesta en marcha del Concilio
Vaticano II altera en gran parte las aspiraciones de la jerarqu��a
conservadora española que tiene que adaptarse al nuevo orden
aprobado por los padres conciliares con el impulso de los papas
Juan XXIII y Pablo VI.
Tras el Concilio, el Papa Montini impulsa la reforma en la
Iglesia Española con la confianza depositada en el Cardenal
Taranc��n que desde la sede episcopal de Madrid y bajo la
presidencia de la recientemente instaurada CEE, impulsa una serie
de documentos aperturistas. La Iglesia de base en zonas obreras y
en territorios con un fuerte sentimiento identitario como Pa��s
Vasco, gu��a en cierta medida los pasos de la jerarqu��a española que
ve como cada vez hay m��s sacerdotes perseguidos y encarcelados
por defender las libertades y la llegada de la democracia, lo que
provoca la ruptura entre el R��gimen de Franco y la Iglesia.

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